1 de febrero de 2011

Colpo di fulmine.

(Colpo di fulmine: innamoramento immediato e intenso)

Io sono l'amore, Luca Guadagnino, 2010


No sé qué ha sido lo que me ha atrapado de esta película. Quizá que está muy bien contada, más allá de posibles carencias. Quizá que, a pesar de un tono demasiado épico y grandilocuente, sabe llegar a la médula de la historia de este colpo di fulmine arrebatado e inevitable que nos cuenta con gran sutilidad. Y que lo hace con una mirada, posiblemente criticable, pero inmensamente poderosa.

Como ocurre con la mayoría de las atracciones fatales, el azar más inocente e inesperado enciende de manera inicialmente inapreciable una curiosidad que en un momento dado empieza a rodar y a acelerarse, a ganar pasión, desconcierto y fuerza descomunal, siendo capaz de quebrar todo lo que se interpone en su camino.



La atracción se presenta aquí como lo que es muchas veces: Un vértigo poderoso que nos consume, que nos arrastra sobre todas las cosas. Que destapa de repente todos los vacíos existenciales, las insatisfacciones, los deseos ocultos e invisibles que nunca evidenciamos. Un sentimiento que, en definitiva, es capaz de hacer desmoronar el esqueleto de una vida entera que en realidad lleva muchos años sin funcionar. Un nudo que se va estrechando cada vez más hasta ahogar a la protagonista en su propia existencia.
Y aquí uno puede llegar a preguntarse si es posible que ese sentimiento, abrasador donde los haya, no nazca precisamente como respuesta a una frustración vital acallada durante años. Que el cuerpo y la mente respondan de manera salvaje haciéndonos experimentar lo más intenso que podemos imaginar, como revulsivo a una vida que no funciona, o a una insatisfacción que nos envenena. ¿O verdaderamente la pasión descontrolada de un colpo de fulmine como éste tiene una razón física o química que la sostenga? Seguramente hay un poco de ambas cosas. La pasión no es parangonable, imagino, y cada historia es única, con sus condicionantes y sus razones. Sin embargo no es difícil identificarse en ese tobogán de sentimientos que provoca la pasión de la protagonista. La película lo muestra de una forma sutil, pero carnal y volputuosa, en fusión con una naturaleza excesiva de belleza y esplendor, como lo es el éxtasis al que conduce.



Después viene el vacío, un vacío que comienza casi en sordina pero que después continúa como un ruido que se eleva por encima de todo y de todos, ensordecedor, aniquilante, visceral, simbolizado por una música estridente y desproporcionada, pero que nos conmueve hasta el agudo final. Y ya no hay nada que hacer: el golpe de pasión se transforma en golpe seco que hace desmoronar la familia, los vínculos, las rutinas, los cariños, evidenciando así la inhóspita y frágil naturaleza que los soportaba, a pesar del aparente halo con el que casi nos había cegado al inicio.

Después no hay nada más que contar. La continuación, el futuro, la fortaleza del amor que nace, ya no interesa. Es una historia quizá predestinada a acabar rápido. O no. Pero eso es ya otro cuento, uno que desde ese mismo instante empieza a contar hacia atrás. Y así, tras el estruendo, volvemos de nuevo a un silencio que nos deja mudos, absortos en la idea de un esplendor que no hace más que rondar nuestro propio deseo.

La mirada de Luca Guadagnino es abiertamente efectista, pero no deja de ser personalísima. Por el ángulo con el que nos muestra los espacios, por los silencios y las miradas, que encierran tantas cosas, por una lectura honda del poder de los sentidos, reflejado en un sólo aparente preciosismo que sin embargo oculta todo un universo de sensaciones, por una estética contundente, pero del todo coherente y llena de sentido. Un sentido que intenta provocar algo físico en nosotros, algo que nos evoque, aunque torpemente, el nudo en la garganta, el vacío, el vértigo que se produce en la vida de la protagonista. A mi juicio, lo consigue. Repito, la película tiene carencias, y se puede criticar desde muchos aspectos, pero también, si te dejas llevar, puede conquistarte, hacer que sientas, de repente un intenso y afilado colpo di fulmine hacia ella. Yo, así lo confieso, lo he sentido.

¿Qué opináis de los amores fatales?

26 de enero de 2011

Cinco

Esta semana hace cinco años que comencé a escribir en este espacio. Iniciar un blog supuso para mí una aventura y un cambio importante en mi vida, porque era el primer paso en firme que daba para desarrollar una inquietud que tenía desde siempre, y que había practicado de manera discontinua durante mucho tiempo. El blog significaba en aquel momento, además, una apuesta por trasladar a las palabras la memoria y las búsquedas que más me asaltaban entonces. Y, sobre todo, una forma de recuperar una intensidad que había perdido, o creía haber perdido. Surgieron relatos, música, prosa pseudo-poética, reflexiones, viajes, crítica de espectáculos, guiños, etc. En suma, un conjunto de historias, pensamientos y sensaciones que me han ayudado no solo a construir quien he sido en este tiempo, sino a recuperar en mí una intensidad que yo consideraba perdida. En este tiempo aparecieron cómplices y compañeros de escritura que me aportaron cosas, pero sobre todo aparecieron personas con las que la química fue importante y especial. Algunas de ellas entraron también en mi vida y ocuparon (y continúan haciéndolo) lugares importantes en ella. Era un momento de auge, y muchos estábamos dispuestos a poner entusiasmo e imaginación en las palabras que volcábamos aquí, de manera que el conjunto hacía un efecto tremendamente reforzante, inspirador y motivador. Después esto empezó a perder aire. Al principio muy poco a poco. Después de manera casi dramática. Muchas de aquellas bitácoras fueron cerrando y otras disminuyendo el ritmo, especialmente desde la explosión del uso masivo de las redes sociales como vía de comunicación de ideas y emociones en la red. Así ocurrió un poco con el amante del volcán. Quise mantener un cierto ritmo, una cierta sinceridad con lo que ocurría dentro de mí. Pero lo cierto es que la batalla la ganaron la pereza, la inmediatez y la no necesidad de tener que elaborar ideas para crear algo único y sincero.

Tras unos meses inactivo, he estado pensando que de alguna manera, para mí, resultaba más satisfactorio y me llenaba más personalmente escribir aquí que dedicarme a cultivar redes sociales. Y a pesar de que parece que el mundo del blog no ha muerto, sí se ha transformado bastante, y resulta ahora más bien un medio de comunicación profesional, técnico o de especialización. Así que escribir hoy en un blog como se hacía antes es una aventura en solitario, y precisa de mucha fuerza de voluntad. La inmediatez y la potencia de otros medios nos han empujado a un proceso de invertir poco en esfuerzo y en reflexión sobre lo que comunicamos en la red. Y ha coartado mucho la iniciativa para ciertos tipos de creación.

Perro semihundido, Francisco de Goya.


Quiero empezar este año, y esta nueva etapa del blog con esta imagen en la que llevo pensando unos días, de uno de los frescos que Goya pinto en su “quinta del sordo”. Un cuadro calificado de rupturista y en el que se ha querido ver un retrato de inmensa soledad, de insignificancia frente al universo. Estudios recientes, basados sobre todo en fotos que se pudieron hacer antes de retirar el cuadro de la pared donde fue pintado para ser trasladado a un lienzo (proceso muy invasivo en el que se perdieron matices e incluso detalles enteros del cuadro) parecen indicar que podríamos estar simplemente ante una escena inacabada. En cualquier caso, lo importante de este cuadro para mí es lo seductor de la falta de límites y de la indefinición. Quiero situarme un poco en esa mirada, quizá algo desolada y lastimera, del perro ante un abismo que uno ni siquiera acierta a adivinar en cuál los dos planos que parecen abrirse se nos representa (¿cielo y tierra? ¿Tierra y horizonte? ¿Suelo y nada?). Un poco así me encuentro: agotado de no ser capaz de sacar palabras, argumentos e historias como lo era antes, hundido por la vorágine cibernética del universo 2.0 actual, estéril frente a mis necesidades vitales. Creo que me voy a volver a agarrar a este instrumento que tanta energía y deseo comenzó a proporcionarme en 2006. Aunque esta vez, lo sé, estaré más solo. Pero quiero volver a intentarlo. Me hundo, pues, en este albero espeso de Goya, sin límites ni reglas, esperando no perder ese incierto rumbo que parece esconderse en los ocres del horizonte de un perro semihundido.

19 de octubre de 2010

Como de otro planeta, pero en éste

Claudio Abbado.

La orquesta del Festival de Lucerna sólo ofrece dos o tres conciertos al año fuera del Festival, siempre con Mahler en el programa. Es una orquesta hecha por y para Claudio Abbado, que reúne jóvenes de las mejores orquestas europeas, y consagrados solistas que admiran al director italiano tanto como para ponerse bajo sus órdenes como un músico más. En resumen, un conjunto de ensueño el que hemos tenido la ocasión de escuchar los días 17 y 18 de Octubre pasados en el Auditorio Nacional de Madrid.
Para esta ocasión, Abbado ha escogido la última sinfonía completa del compositor bohemio. Una sinfonía inmensa y compleja, que destila todas las miradas de Mahler y las sublima en un tremendo viaje vital que representa la culminación de toda una etapa de la historia de la música a punto de llegar a su límite y desmoronarse para siempre. La dramática y angustiosa vida del compositor está siempre presente en la partitura melancólica y sombría de esta sinfonía, a pesar de que las incursiones pastoriles, tan propias de su música, también lo están. La sinfonía construye un universo aparentemente desordenado, como en forma de una amalgama que incluye casi todos los humores, pasiones y vicios humanos, desde lo grotesco y vulgar, hasta lo sublime, pasando por la pasión o el humor. Un verdadero retrato no sólo de la experiencia vital de Mahler, sino de toda una sociedad que se agotaba, en un momento, justo antes de las dos guerras mundiales, en el que se encontraba a punto de caer en un abismo de consecuencias insospechadas. La música de Mahler se impone aquí moderna, visionaria, obscenamente humana, en el borde de la ruptura de la tonalidad en muchas ocasiones. Un mundo que se terminaba, un universo que se extinguía. Y así la traduce Abbado, con una soberbia inteligencia, fruto de sus muchos años de peregrinaje mahleriano, de sus reflexiones en torno a la música. Abbado, pese a su edad y a los problemas de salud afortunadamente superados, está en un momento de madurez esplendoroso. No ha perdido la pasión a punto de descontrol con la que desconcertaba al mundo musical en los años 70 e inicios de los 80. Pero ahora su mirada ha ganado en hondura, en sinceridad, en profunda humanidad. Y la orquesta del Festival de Lucerna es el instrumento perfecto para traducirle. Una orquesta que exhibe una perfección que produce estupefacción, pero que al mismo tiempo suena humana y viva, vibrante, llena de vida y de expresividad. En el primer movimiento, el despliegue cromático que exhibieron de la que es una de las páginas sinfónicas más redondas de la historia de la música, fue casi desconcertante. El tiempo justo, los matices adecuados, el tono apropiado: sin estridencias ni efectos, dibujando el poder hipnótico que descansa en la esencia de la partitura. Después, la orquesta se hizo cada vez más y más grande, encajando el complejo mosaico del universo sonoro que imaginó Mahler con una genialidad que no he escuchado antes, destacando cada familia de instrumentos, casi cada instrumento, con identidad propia, pero sin perderse en ese océano sinfónico monumental que es la novena. Los movimientos segundo y tercero resultaron rotundos pero sin efectismos, apasionados y fervientes. La emoción iba creciendo, y con ella la sensación colectiva de que estábamos viviendo un sueño, casi irreal. El adagio final de la novena es una música bellísima y crepuscular, un canto de cisne que impone tras el viaje cósmico por la identidad compleja e irracional de lo humano, su melodía honda, perturbadora, como triunfo de la esencia espiritual del hombre. De un hombre y un mundo al borde del cataclismo de su destrucción. La batuta de Abbado exprime de la orquesta una delicadeza casi religiosa. El final, injustamente trufado de sonidos de móviles, no entorpeció, sin embargo, el éxtasis de un auditorio que dejó de respirar al unísono mientras la música se extinguía poco a poco y las luces, en un efecto hábil y sincero, con ella. Al final, silencio y penumbra. Como parte ineludible del final, de la metamorfosis intelectual, de la caída en el vacío, de la visión fascinante del límite de la realidad. Un silencio impagable que duró varios minutos, tras los cuales los aplausos y vítores llovieron de manera atronadora.
Pocas veces he sentido que asistía a algo tan trascendente, tan efímero a la vez, pero que marcará un antes y un después en la vida como melómano de gran parte de los que asistimos. Algo, como de otro planeta, pero en éste. Algo profunda y sinceramente emocionante. Mi deseo de inmensa gratitud a Claudio Abbado, sin duda el más grande director vivo.

23 de julio de 2010

El último gran Mozartiano.


Sir Charles Mackerras (1925 - 2010)


Hace unos días tuvimos que decirle adiós. Quizá el último de los grandes del siglo XX, y uno de los directores más completos y personales de la historia reciente de la música. Su nombre no brilló tanto como los de Karajan, Celibidache, Giulini o Bernstein, por poner algunos nombres a la altura de él.
Siempre fue más discreto, pero los que amamos la música clásica sí sabemos de él, de su impresionante currículum, y de sus inolvidables grabaciones. Creo que lo más destacable de él fue su inmensa curiosidad hacia la música, lo cual lo convirtió, sin pretensión alguna, en un increíble visionario. Apostó siempre por géneros, autores y formas de interpretación que muchos años después adquirieron una justa valoración e importancia. Tal es el caso de la opereta, de la música checa o de la interpretación con instrumentos originales, por destacar algunos de los géneros y aproximaciones a la interpretación que él indagó desde sus comienzos como director, cuando nadie apostaba por ellos.
Es el gran difusor de la música de Janáček, de cuyas óperas (hoy aclamadas mundialmente como un corpus de referencia en el género) realizó la primera (y hasta hoy aún no igualada) integral. A finales de los cincuenta ya se atrevió a realizar grabaciones de música barroca con instrumentos originales, versión que el mundo de la música no supo entender muy bien pero que terminó constituyendo una gran e impulsiva corriente de la interpretación de la música anterior al siglo XIX que hoy es la que probablemente más interés (y beneficio económico por lo tanto) reporta a las casas discográficas.
Sin embargo, algunos lo recordaremos siempre como uno de los más grandísimos intérpretes de la música de Mozart de todos los tiempos. Es un compositor que siempre ocupó un lugar primordial en su discografía. Un músico que le ha acompañado toda su vida, desde sus inicios hasta este triste final que a los 84 años le ha sobrevenido repleto aún de energía y proyectos. Sus grabaciones de las óperas mozartianas, si no de referencia, siempre han sido de las más equilibradas y completas. Su Idomeneo para el presente festival de Edimburgo quedará huérfano sin su dirección, lo cual no deja de ser un símbolo de la importancia de la música del salzburgués en la carrera de este director incomparable.
Su visión de Mozart fue haciéndose cada vez más rica y madura. Ya había grabado una de las integrales de referencia de sus sinfonías con la Orquesta de Cámara de Praga. Pero con su actual orquesta (la Orquesta de Cámara Escocesa) nos ha regalado probablemente dos de los mejores discos de la historia de la música de Mozart. Grabados en 2008 y 2010, recogen las últimas sinfonías de Mozart en unas versiones que resultan rotundas, inmejorables. Mackerras expresa en ellas toda una vida de amor por la música de Mozart, y su mirada, sabia y madura nos transporta a un Mozart en el que la luz y la sombra nos asaltan con contundencia, pero en el que la luz se impone claramente. Unas versiones expresivas y enérgicas, como salidas de la mano de un adolescente, atropelladas a veces, pero con un desconcertante análisis de detalles en el que Mackerras nos descubre los infinitos matices de la partitura, casi como si las escucháramos por primera vez. Tengo ambos compactos (4 cd’s en total) y confieso que no me aburro de escucharlos.



Tienen una libertad expresiva y una clarividencia que es difícil de expresar con palabras. Su luz, sus ritmos exactos, que pasan de lo sobrio a lo exultante, pero siempre con una indefinible majestuosidad que los hace siempre perfectos, hacen que estas grabaciones sean una referencia absoluta de aquí al futuro cuando se hable de esta música. La producción de estas grabaciones es simplemente exquisita, y saca a la luz del oyente la riqueza de matices expresivos de la composición, especialmente la de los instrumentos de viento, tan olvidada por los productores habituales. Qué pena que personas así tengan que dejarnos. Una pérdida insustituible para el mundo de la música. Curiosamente este año programó un concierto en el Auditorio Nacional de Madrid, para el que yo tenía entrada, que guardaba con emoción, pues nunca había asistido a un concierto suyo, pero que por problemas que no termino de entender con la productora del concierto, se terminó cancelando. Una pena. Menos mal que nos quedan sus estupendos discos, que desde aquí recomiendo encarecidamente porque son de referencia casi todos. Pero, especialmente, los dos últimos, con sinfonías de Mozart y la Scottish Chamber Orchestra, esos son imprescindibles para cualquier mozartiano. Y como prueba, el glorioso final de la sinfonía Jupiter, imposible interpretarlo con más inteligencia… Le recordaremos así, para siempre.

28 de junio de 2010

En el limbo de Scarlatti.

"No te esperes encontrar en estas composiciones, seas diletante o maestro, una intención profunda, sino más bien una forma ingeniosa para que te ejercites con osadía en el arte de tocar el clavecín" advierte en 1738 el propio Scarlatti al lector de sus sonatas.


Y sin embargo ahí están, después de casi 300 años, como una isla de libertad de forma y contenido, el corpus de sonatas a las que se dedicó el compositor Napolitano desde su llegada a la península Ibérica, para convertirse en el profesor de música de Doña Bárbara de Braganza, primero en Lisboa y más tarde en la corte de Madrid.

Sonatas sencillas, en estilo binario, que evidentemente, como él mismo reza, fueron escritas para ejercitar al intérprete del instrumento (la propia Doña Bárbara) en diferentes problemas técnicos.

Y sin embargo, uno no puede dejar de asombrarse ante la enorme riqueza no sólo de efectos, sino de melodías, acentuadas por la influencia de las músicas folclóricas que conoció en España, así como por ese especial gusto de Scarlatti por las repeticiones obsesivas de grupos de notas.

Estas sonatas son toda una aventura experimental, casi imposible de pensar en el imaginable mundo cerrado de la corte española en la que vivió a lo largo de los treinta años en los que compuso estas obras con dedicación absoluta.

¿Mero ejercicio sin intención? La fascinación que ejercen estas sonatas sigue contagiando hoy a muchos, porque detrás de ellas parece que siempre hay un secreto, un mensaje oculto, una intencionada intensidad, una muy concreta emoción. De su vida poco sabemos, por lo cual el secreto está sellado.

Así, sólo queda escucharlas, una y otra vez, y seguir sedientos de continuar dando vueltas a sus espirales como locos, pensando que tal vez sí exista un limbo extraño que se sitúe entre la realidad y el deseo. Igual que el de esta misma noche, entre la certeza de un cielo que aparentemente alberga pocas nubes y los truenos que no dejan de caer, cada vez más cerca.


19 de junio de 2010

Adeus, adeus, adeus...


Se fue Saramago, desde su autoexilio volcánico y marino. No se fue a ninguna parte. Desapareció. Desapareció su vida, su energía, sus ojos curiosos, su voz quebrada. La vida se detiene así, de repente, y desaparece.
Desaparecemos.
No desaparecen sus palabras, ni su lucidez, ni su humanismo, ni su espíritu crítico y solidario, ni su esfuerzo por hacerse escuchar, desde la sencillez, desde la modestia, con su palabra redonda y rotunda, con su pensamiento voraz y lleno de reflexión y duda.
Sus palabras, sus personajes, sus universos, forman una obra monumental que quedará para todos nosotros, para el futuro del mundo, iluminando conciencias, asombrando lectores.

Desde su pensamiento incisivo:

"Por que foi que cegámos, Não sei, talvez um dia se chegue a conhecer a razão, Queres que te diga o que penso, Diz, Penso que não cegámos, penso que estamos cegos, Cegos que veem, Cegos que, vendo, não veem"
(Ensaio Sobre a Cegueira)


Hasta la inmensa grandeza de su palabra.

Tu estavas, avó, sentada na soleira da tua porta, aberta para a noite estrelada e imensa, para o céu de que nada sabias e por onde nunca viajarias, para o silêncio dos campos e das árvores assombradas, e disseste, com a serenidade dos teus noventa anos e o fogo de uma adolescência nunca perdida:
- O mundo é tão bonito e eu tenho tanta pena de morrer.
Assim mesmo. Eu estava lá
(Pequenas memórias)


Adeus, José, Adeus :'(

25 de mayo de 2010

La felicidad dionisíaca.

La felicidad tiene muchas formas de manifestarse. A veces la sentimos como una ausencia de problemas, como un estado de placidez y despreocupación. Otras como un placer, físico o intelectual, como la culminación de un empeño o de un deseo, como el premio de un esfuerzo realizado.
Otras, sin embargo, la felicidad es un estado de catarsis, una revolución que nos hace aflorar vivencias que corren más internas, sentimientos que se van gestando poco a poco y que, de repente, encuentran una fuerza dionisíaca, visceral y desatada, que nos agarra por dentro y nos entrega de manera febril al abandono de la razón. La música y la danza son proclives a despertar estos estados, y así lo han hecho este pasado sábado, llevándome a explotar de júbilo ante la felicidad de los que quiero, ante el cariño y la complicidad que siento por ellos, ante la suerte de tener relaciones tan ricas y tan llenas de pasado y de futuro, tan libres y comprensivas, tan auténticas. Por ello, como nunca antes había hecho, me dejé llevar por la música, y por la embriaguez de la felicidad. La resaca, dulce, aún me droga caminando firme por la nueva semana anodina. Hay que seguir viviendo, hay que seguir bailando, hay que seguir desatándose...




6 de mayo de 2010

Paraíso inhabitado


"A lo mejor no estaba triste por ninguna de estas cosas, pensé. La tristeza parecía un sentimiento muy delicado, que se podía rasgar en cualquier momento, que se podía convertir inesperadamente en otra cosa, algo que me repelía. Todo esto bullía en mi cabeza, sin saber muy bien lo que significaba, pero anticipando un vacío. Un vacío parecido al que sentí aquella mañana en que Isabel me llevó con ella al terrado, y me apoyé en la baranda y miré hacia abajo y me invadió un irresistible impulso hacia el abismo. Sólo la voz rotunda de Isabel y sus brazos vigorosos me apartaron de aquel atractivo. El imán, la atracción que recogía las piezas caídas del Meccano, se abría ahora, sutil, bajo cuanto hacía o decía papá.
- Pide lo que quieras, hoy no tienes que comer lo que no te guste, y, cuando ya no tengas apetito, puedes dejar en el plato lo que no quieras…
Creo aún recordar, como en una neblina, casi todo lo que ocurrió en aquella comida, y la voz de papá. Intentaba ser amable, intentaba darme confianza, intentaba quizá, darme cariño. Pero yo tenía miedo: y así supe que siempre lo había tenido, y que el miedo acababa apoderándose de todo lo que hacía o decía, o escuchaba. Era un miedo sutil, frágil, y sin embargo, poderosamente destructor. "


PARAÍSO INHABITADO, Ana María Matute, 2008

Los ojos de Adriana, la protagonista de la última novela de Ana María Matute, desde sus diez años, observan el mundo y ya se dan cuenta que ella va a ser (es) diferente a casi todos los que la rodean. Rara, hasta mala la empezarán a llamar. Desde su inocencia es capaz, sin embargo, de perturbarnos con su mirada sobre cosas que conforman el universo particular de los seres sensibles, frágiles, pero que se beben la vida a tragos largos: el miedo, la duda, el vértigo, la atracción… Todo ello comienza a despertar, desde sus diez años, y lo hace con una capacidad asombrosa para hacernos cómplices a los adultos que leemos estas páginas, y para conseguir que nos identifiquemos, desde la distancia temporal y emocional, con esas sensaciones que, sin embargo, ya, son tan puras, tan definidas. La pérdida de la candidez, la consciencia de la turbidez de la vida, de la pulsión, del deseo, de la fascinación. Todo eso leemos en Adriana, sin que resulte impostado, fuera de lugar o de edad. Por eso esta novela, a medida que voy avanzando en ella, se me antoja un ejemplo absoluto de literatura, de humanidad, de universalidad. ¿Qué es la vida sino un experimento, una continua reacción, una temblorosa, oscura y progresiva clarividencia de uno mismo y de los demás? Y por encima de todo ello, la fantasía desatada, la realidad inhabitada pero intensamente existente, casi palpable, como dimensión añadida que nos explica el infinito, aunque con ello nos condene a esa inefable melancolía vital.

26 de abril de 2010

Sunshine



Lo primero que observa al salir es aquella chimenea de metal que gira al viento de la primera tarde de calor. Arriba, tan arriba. Los guiños, al incidir en su acero el sol, como cuchillas en la retina, son veloces, apenas se puede distinguir entre la realidad física que la hace dar vueltas, y el fuego que imagina en su retina, el mismo que aquella vez. Abajo, sobre las aceras, la rutina se desplaza despacio, algún abanico de papel improvisado se agita al aire, y los coches, con la luz poderosa de la tarde, desprenden un brillo irreal, casi mortecino. El primer calor pesa sobre las pieles, aunque la gente lo disfrace con sonrisas desiguales. A él le parece que todo es leve, muy leve. Y se siente hundido en la escena, arrastrado por un torrente de apatía y normalidad, incapaz de apreciar que camina sobre el primer verano. Paso a paso se siente enterrar entre los coches, los abanicos, las mangas recortando la piel de los brazos. Y la chimenea, que por más que ande, sigue allá en lo alto, impasible y ardiente sobre todos, como si se fuera a deshacer a cada instante, arrojando llamas sobre la calle. Saber que las llaman existen, piensa, es a veces una especie de maldición, una jodida maldición. Y al tiempo roza con los dedos la verja del pequeño jardín a lo largo del cual camina, a la misma altura a la que sintió los barrotes fríos sobre su espalda, en enero. No, ya no están fríos, ya no están tan fríos como aquella noche. Y la chimenea no se precipitará. Seguirá allá en lo alto, observándole hasta que se pierda de vista, como un puntito. Hace buena tarde, se dice, y sigue caminando, casi convencido de estar contento, entre tanta normalidad.

12 de abril de 2010

Obsesión y olvido


Después de 10 años no había logrado olvidarla. Le seguía persiguiendo, pese a la disciplina con la que intentaba hacerla desaparecer. En el momento más banal e inesperado, de repente, aparecía de nuevo como si fuera la primera vez, dando vueltas en su cabeza, afilada y curva como una hoz. No le abandonaba en días. Era una melodía tonta, sin sentido, y no soportaba que comenzara a invadir el resto de su producción. Cada vez que intentaba componer algo, se colaba aquí y allá, contagiaba esto o lo otro. Al principio dejó que lo hiciera, lo asumió como algo normal. Después se fue dando cuenta de que aquello lo desestabilizaba, lo volvía casi loco. La necesitaba, resultaba enfermizo cómo la silbaba desde la mañana a la noche cuando le venía a la mente.
Hasta que decidió que se enfrentaría a ella sobre el papel. Se encerró durante dos días y la exprimió hasta que no quedó nada de ella. Cuando terminó, le pareció tan mediocre que la desecho en un cajón del que poco tiempo después hasta llegó a olvidar la existencia. De hecho, tan sólo años más tarde de su muerte la rescató su hijo de allí, por casualidad. Él... Él no volvió a componer una sola nota desde entonces. Y lo extraño es que nunca achacó a aquel episodio su repentina y definitiva falta de inspiración. Vivió desde entonces dedicado otras labores, menos creativas. Nadie le preguntó nunca por aquello, todos lo atribuyeron a la edad. Nadie supo, tampoco, quién le había susurrado la melodía aquella vez. Eso, también, quedó en el olvido.