4 de abril de 2011

Madrid y yo, doce años después.


Intento imaginar lo que tenía yo en la cabeza cuando hice el viaje que me trajo a vivir a Madrid, hace hoy doce años. Recuerdo la primavera que ya en el sur era abrasadora, y la operación retorno de Semana Santa por los llanos de Ciudad Real, con los atascos habituales de esa fecha. El descenso de temperatura que se iba notando kilómetro a kilómetro, a medida que avanzábamos hacia el norte.

Quizá el sentimiento más intenso que tenía yo en aquel momento era el de liberación. Liberación de una ciudad que me asfixiaba, de una historia que me torturaba, de mí mismo tal y como era allí. Con 26 años ya había probado varias veces lo que era vivir fuera de casa, ser independiente, pero era la primera vez que emprendía un proyecto personal de duración desconocida. Me iba a vivir a la gran ciudad, que a priori me atraía, aunque me daba algo de miedo también. Sin embargo la atracción superaba con creces todos los demás sentimientos.
Por un lado, sabía que la oportunidad laboral que se me ofrecía era inmejorable, y eso me daba energía y cierta seguridad. Pero mi ansiedad se alimentaba sobre todo de la incógnita que suponía construir una vida más o menos desde cero, y la oportunidad para poderlo hacer como yo quería. Y sí, me zambullí en Madrid con ansiedad y con la necesidad de romper con multitud de cosas: mis prejuicios, mis dudas acerca de mi orientación sexual, mis inseguridades en cuanto a mis relaciones sociales, etc. Necesitaba vivir y exprimir al máximo todo, necesitaba encontrarme con gente diferente de la que había estado rodeado durante tantos años, necesitaba alejarme de mi entorno familiar. Era tal la cantidad de cosas que necesitaba que supongo que a pesar de la intensidad con la que me lancé a ellas, anduve también un poco perdido aquellos primeros meses.

Ahora, doce años después, me cuesta un poco imaginar cómo era yo antes de llegar a Madrid. Miro atrás y veo un adolescente acomplejado, inseguro, temeroso, intenso, algo altivo, incomprendido y con poca capacidad para estar en el lugar y en el camino que quería.
Mirando con perspectiva, creo que lo más importante de este camino ha sido que me he ido conociendo poco a poco. Es curioso pensar en cómo nos reafirmamos con vehemencia cuando somos adolescentes, siento en el fondo tan poco conscientes de quiénes somos, y viviendo internamente la incoherencia vital con tanta fragilidad.
Yo, en estos años, siento sobre todo que me he ido recorriendo. Recorriendo y entendiendo: en mi lado irracional, en mis abundantes obsesiones, en lo que de mí me gustaría desechar, en lo que me apasiona... He intentado hacerlo a través de mí, pero también a través de las personas que han pasado por mi vida, y en cómo me han visto.
Siento que poco a poco he conseguido limar mis aristas, y he aprendido a usar la perspectiva para intentar entender las cosas, y la relatividad para vivirlas. He sufrido pasiones y abandonos, de esos que se quedan ahí para siempre. Y creo que, en fin, camino hacia entenderme cada vez más de una manera sincera, y darme al mundo desde esa sinceridad.

Y todo ello, casi siempre con el escenario de fondo de esta ciudad a la que ahora me siento tan intensamente unido. Porque sigo pensando que aunque haya muchas ciudades que tienen muchas cosas que no tiene Madrid, lo que tiene Madrid aún no lo he encontrado en ningún otro lugar. Quizá también porque Madrid forma parte ya de mí, y muchos rincones de ella se han enganchado a mi memoria con mucha fuerza. Sigue siendo esa ciudad de la que siempre hay multitud de cosas de las que quejarse, pero a la que se desea igualmente a pesar de ellas. Incoherente y vulgar, pero que es capaz de apasionarte con mil pequeñas cosas, inesperadamente. Que nunca duerme, que no conoce la tristeza, aunque a veces los que vivamos en ella sí lo estemos, que puede ser sucia e inhóspita, pero que de repente
te abrasa con una puesta de sol en otoño, con una mañana de domingo desbordante de primavera, o con encuentros casuales a los que la verticalidad de esta ciudad encierra en cápsulas de cristal que después atesoramos con un deseo casi cinéfilo. En fin, doce años ya... y que no pare el cuento…

26 de marzo de 2011

Las primaveras del sur




Al levantar la vista observó un naranjo en flor. Se sorprendió, ya que no era aquella ciudad de naranjos, y a pesar de transitar por aquel pequeño jardín con frecuencia, resultaba que nunca había reparado en que casi pegado a la verja por la que él solía pasar, había plantado un naranjo alto, de copa regular. Ya avanzado el mes de abril, sus hojas oscuras y perfectas aparecían invadidas de multitud de capullos que comenzaban a abrir.

¿Habría sido el blanco insultante del azahar sobre el verde negruzco de las hojas el que había llamado su atención? Daba igual. Lo importante era que aquel detalle había traído a su memoria la adolescencia, en aquellas calles del sur llenas de naranjos bajos, alineados y perfectos, que reventaban de flores, cada año antes, con los primeros calores de marzo. Y aquel olor agudo que invadía el centro de la ciudad, como una invitación al hedonismo.

Casi había olvidado aquellas primaveras del sur, insultantes y repentinas en el final del invierno. Aceleradas, rabiosas, impredecibles y salvajes. Cada lugar tiene su momento, y el momento del sur era aquel inicio de la primavera, porque era intenso, muy intenso. En el norte las primaveras eran más graduales, más erráticas, y sobre todo más tardías.

De repente se dio cuenta de que había olvidado prácticamente aquellas sensaciones. Había olvidado ya cómo era aquel aire firme, tibio y soleado. O aquellos sábados en la playa, en pleno mes de marzo, renovando la sensación de los pies desnudos y la espuma helada sobre ellos. Había olvidado aquella prisa incontrolable, aquel ansia indefinible que se agarraba a la sangre, aquel tono de fiesta desbocada, de olor a nuevo con el que se vivía en aquellas semanas hasta que llegaban los calores inhumanos en mayo. Sí, todo aquello había volado de un soplo de su memoria. Él, de las primaveras, sólo recordaba aquel ardor que entró en su cuerpo cuando se detuvieron sus ojos en él un instante. Aquel ardor, y las siestas con la ventana abierta, y él hundido en la almohada, traspasando al otro lado. Para él las primaveras del sur eran sólo largas tardes de domingo apostado en la ventana, a escondidas, mirando la puerta de la estación, por si lo veía llegar de su pueblo. Y el deseo de que llegara el lunes, tiritando en la noche de abril. Nada más recordaba cuando pensaba en las primaveras del sur, sólo el palpitar de sus arterias al sentarse junto a él en clase, o aquella única vez que le tocó la mano, como distraído.

19 de marzo de 2011

El universo y la nada.


"Una vez, en quinto o sexto de primaria, fui con mis amigos a acampar a la montaña y vi por la noche un cielo cubierto de incontables estrellas. Tantas, que parecía que el cielo no iba a poder soportar su peso, que se partiría y caería en pedazos. Nunca antes había visto un cielo estrellado tan prodigioso, ni volvería a verlo jamás. Después de que todos se durmieran, como yo no podía conciliar el sueño, me deslicé fuera de la tienda, me tendí boca arriba y permanecí inmóvil contemplando aquel precioso cielo estrellado. De vez en cuando, la línea brillante de una estrella fugaz cruzaba el cielo. Pero me fue entrando miedo. Había demasiadas estrellas, el cielo de la noche era demasiado vasto y profundo. Aquel abrumador y extraño ente me rodeaba, me envolvía, provocándome inseguridad. Hasta entonces había creído que la tierra que pisaba seguiría siendo eternamente sólida. No, ni siquiera me había parado a pensar en ello. Lo había dado por supuesto. Pero la tierra no era, en realidad, más que un pedrusco que flotaba en algún rincón del universo. Visto desde la inmensidad, no pasaba de ser un andamio efímero. Sólo con un pequeño cambio de fuerza, o con un destello momentáneo de luz, la Tierra, con todos nosotros, podría ser barrida mañana mismo. Bajo un cielo tan magnífico que cortaba el aliento, pensé que iba a desmayarme en cualquier momento pensando en la pequeñez e incertidumbre de mi propia existencia."

Hakuri Murakami (Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, 1994)


Si, realmente sí. El mundo es un pequeño andamio, una cáscara de nuez en medio del océano más grande que podamos imaginar. Un frágil recipiente en el que es asombroso contemplar cómo un inmenso infinito estrellado no se desploma ante nosotros en esas noches en que somos capaces de observarlo. El equilibrio y la relativa estabilidad del suelo que pisamos no deja de ser algo milagroso, cabria decir que hasta excepcional.

De pequeño también miraba las estrellas de esa manera, allá donde no había luz, especialmente en el pequeño pueblo donde solía pasar los veranos. Supongo que hoy en día cada vez existen menos lugares así.
Recuerdo nítidamente sentir como si la vía láctea entera, de tan densa e infinita, fuese a desplomarse con todos aquellos puntos blancos que parecían una red sin fin, sobre la tierra. A veces, sin embargo, me gustaba imaginar la sensación de aquellos muchos miles de kilómetros por hora a los que se desplazaba nuestro planeta, según había leído en alguna parte. En realidad, todas aquellas millones de partículas blancas se movían a tal velocidad que era imposible descubrir cómo hacían para no chocar entre ellas. Incluyendo, por supuesto, planetas miles de veces mayores que la tierra. De hecho, aquellos puntitos eran probablemente soles cientos de veces más voluminosos que el nuestro.

Fue entonces cuando aquel pensamiento recurrente empezó a vagar por mí, como un virus de los que se quedan en el cuerpo de por vida. La pequeñez de nuestro tamaño, y más allá de ello, lo minúsculo de nuestra existencia y de nuestra importancia. Fue trágico descubrir que podía empezar a pensar en la vida desde fuera y sentirla como algo pequeño y con final. A mí también me asustaba mirar a los cielos estrellados, pero ya no tanto porque pensara que el universo podía ser incapaz de sostener aquello. No, lo que me asustaba a mí era la capacidad que me daba aquella visión para poder imaginar una escala con la que comparar la vida, y sentir la terrible angustia de lo extremadamente pequeño. Aquel pensamiento redundante era como un bucle: como un bucle en el que el infinito iba pasando por el ojo de una aguja, llenando la consciencia al otro lado, hasta casi estallar.
Aquel infinito apenas sospechado se parecía en realidad, de manera irremediable, a la nada: en el fondo siempre he pensado que son parecidos, al menos parecidos en la forma en la que uno puede imaginarlos.
Así, llegué a pensar en la nada siendo casi un niño. No sé por qué me daba por pensar aquellas cosas, cuando en lo demás no dejaba de tener la inocencia (acentuada incluso) de un crío de mi edad. Jugar con aquel concepto de la nada, era un desafío que me asustaba, pero al que no podía evitar lanzarme.
La nada debía ser lo que uno sentía una vez muerto, imaginaba yo. No, una vez acabada la vida uno no siente nada. Sentir es estar vivo. Yo imaginaba la nada, sintiéndola, desde la vida, y ya me parecía terrible, así que imaginar no existir, pasar a ser la nada, me resultaba desconcertante. No había sufrido aún la muerte de ninguna persona cercana, así que mi primer pensamiento de la muerte vino así, imaginando el universo infinito y de ahí la nada. Es curioso.
Sentí miedo, evidentemente. Un miedo al que quise hacer frente pensando que en los millones de años que tenía el mundo hasta que yo había nacido tampoco había sido yo nada. Esa misma nada de la que pasaría a formar parte cuando se acabara mi vida. Nada antes, nada después. Y esta vida, en medio de la nada del tiempo, pero rodeada del infinito físico del universo (aunque ahora digan los físicos que sí que tiene límites).

Llevo casi toda la vida perseguido por ese sentimiento al que con el tiempo he puesto yo también (como los físicos) límite. Límite a mi propia angustia, y límite al desconcierto de algo que no parece tener vía de escape ni de salvación. Un límite sobre el que me apoyo a diario, para mantenerme a salvo, para intentar ejercer mi credo de disfrute de placeres, de belleza y de humanidad.
Somos demasiado pequeños, y demasiado frágiles. Aunque nos creamos superhombres la nada está ahí rodeándonos siempre. A nosotros, al planeta entero. No, no somos superhombres aunque hayamos descubierto cómo llegar a Marte, o cómo fundir el núcleo del uranio para generar energía. Somos especiales y albergamos dentro de cada uno de nosotros, la posibilidad de un universo. Pero la piel de ese universo es tan fina y quebradiza que puede borrar en un instante fuerza e inteligencia, universo y existencia. A pesar de que nos resulte imposible concebir que todo eso pueda desaparecer de esa manera tan inexplicable.

Será que la muerte me ha tocado de cerca hace poco, será que no entiendo por qué vivimos, ni por qué me sigue persiguiendo, como un huracán, esa imagen nítida de la nada, desde mi infancia, que ahora se hace más sólida, casi soberbia, usando el nombre de alguien de mi propia vida. Será todo ello lo que me trae por el camino del silencio, de la observación, de la trascendencia. Querría arrojarme a la vida con soberbia, con vehemencia. Sin embargo permanezco quieto, apocado, como con miedo, con incomprensión. Un miedo y una incomprensión que en el fondo me han rondado toda la vida, pero que ahora me desafían más, recordándome que siempre han estado ahí, pero que la madurez que tengo ya me sugiere que he de decidir qué hacer, si vencerlos o hacerme amigo de éllos.

8 de febrero de 2011

Nueve



El que acaba de empezar es un año que se inició de la manera más triste posible, y que además daba por terminado uno de los más anodinos y apagados de toda mi vida. A veces la pérdida nos sacude con tal violencia y fatalidad donde menos lo esperamos que el resto de la existencia cobra, de repente, una óptica diferente, aunque no lo pretendamos. Con la tristeza y la ausencia aún en muchos rincones de mi día a día, esa quiebra de la perspectiva de la realidad me ha dejado la sensación de que hay cosas que empiezan a moverse. Dentro de mí, de repente, siento que tras muchos meses de ausencia de motivación y de ganas de hacer cosas, por fin, algo comienza a inspirarme entusiasmo, energía, vitalidad. Me considero una persona vital, enérgica, contundente en ejercer lo que me apasiona, siempre atento a disfrutar de la vida, de aquellos a los que quiero y de todas las cosas en las que veo o siento belleza y por las cuales, irremediablemente, siento una sana obsesión. Aún no ha sucedido nada, pero me siento más responsable de intentar continuar la búsqueda de mí mismo, que creo que abandoné accidentalmente hace un tiempo, de manera gradual. Igual de gradualmente espero que surja de nuevo ese camino, donde lo dejé, y con quienes lo dejé. Estar en el mundo no es fácil, y sobre todo precisa de un cuidado continuo, que quizá desatendí, animado o preocupado por otras inquietudes que ahora ya ni recuerdo. En fin, así es la vida: perderse, para poder encontrarse de nuevo.

Así, esta semana recupero muchas cosas con entusiasmo y con intensidad. Es curioso cómo sin que apenas haya cambiado nada, el hecho de uno sea capaz de mirar las cosas de otro modo, que uno decida vivir con honestidad y con los ojos bien abiertos su vida, puede cambiar absolutamente la manera de sentir. Siempre he sido demasiado inquieto, demasiado exigente, demasiado precipitado con el deseo (a pesar de que quienes bien me conocen discreparían en algunos de estos puntos). No es fácil entender qué le hace a uno feliz, cómo, por qué y con quien; implica mirarse demasiado a uno mismo por dentro, y eso es algo que nos suele asustar. A mí el primero. Por ello, muchas veces lo más importante que tenemos, por obvio que sea (o quizá debido a ello) queda como escondido, y hasta termina por hacerse invisible.
Casi siempre tenemos ahí, al alcance de la mano, lo que más nos hace sentirnos bien. Sólo hay que cuidar de ello. Yo, acabo de empezar a hacerlo.

Y todo ello precisamente esta semana, una semana con mucho significado, que me llega con cifras que suman ilusiones, deseos, decisiones y voluntad. Me escapo a celebrar. A celebrar que vivo, que siento, que estoy con quien quiero estar. Con serenidad, como en uno de esos dúos maravillosos de felicidad que escribió Handel. Porque la felicidad más rotunda se escribe así, sin estridencias, con caligrafía discreta y serena, pero firme, sin artificios.

1 de febrero de 2011

Colpo di fulmine.

(Colpo di fulmine: innamoramento immediato e intenso)

Io sono l'amore, Luca Guadagnino, 2010


No sé qué ha sido lo que me ha atrapado de esta película. Quizá que está muy bien contada, más allá de posibles carencias. Quizá que, a pesar de un tono demasiado épico y grandilocuente, sabe llegar a la médula de la historia de este colpo di fulmine arrebatado e inevitable que nos cuenta con gran sutilidad. Y que lo hace con una mirada, posiblemente criticable, pero inmensamente poderosa.

Como ocurre con la mayoría de las atracciones fatales, el azar más inocente e inesperado enciende de manera inicialmente inapreciable una curiosidad que en un momento dado empieza a rodar y a acelerarse, a ganar pasión, desconcierto y fuerza descomunal, siendo capaz de quebrar todo lo que se interpone en su camino.



La atracción se presenta aquí como lo que es muchas veces: Un vértigo poderoso que nos consume, que nos arrastra sobre todas las cosas. Que destapa de repente todos los vacíos existenciales, las insatisfacciones, los deseos ocultos e invisibles que nunca evidenciamos. Un sentimiento que, en definitiva, es capaz de hacer desmoronar el esqueleto de una vida entera que en realidad lleva muchos años sin funcionar. Un nudo que se va estrechando cada vez más hasta ahogar a la protagonista en su propia existencia.
Y aquí uno puede llegar a preguntarse si es posible que ese sentimiento, abrasador donde los haya, no nazca precisamente como respuesta a una frustración vital acallada durante años. Que el cuerpo y la mente respondan de manera salvaje haciéndonos experimentar lo más intenso que podemos imaginar, como revulsivo a una vida que no funciona, o a una insatisfacción que nos envenena. ¿O verdaderamente la pasión descontrolada de un colpo de fulmine como éste tiene una razón física o química que la sostenga? Seguramente hay un poco de ambas cosas. La pasión no es parangonable, imagino, y cada historia es única, con sus condicionantes y sus razones. Sin embargo no es difícil identificarse en ese tobogán de sentimientos que provoca la pasión de la protagonista. La película lo muestra de una forma sutil, pero carnal y volputuosa, en fusión con una naturaleza excesiva de belleza y esplendor, como lo es el éxtasis al que conduce.



Después viene el vacío, un vacío que comienza casi en sordina pero que después continúa como un ruido que se eleva por encima de todo y de todos, ensordecedor, aniquilante, visceral, simbolizado por una música estridente y desproporcionada, pero que nos conmueve hasta el agudo final. Y ya no hay nada que hacer: el golpe de pasión se transforma en golpe seco que hace desmoronar la familia, los vínculos, las rutinas, los cariños, evidenciando así la inhóspita y frágil naturaleza que los soportaba, a pesar del aparente halo con el que casi nos había cegado al inicio.

Después no hay nada más que contar. La continuación, el futuro, la fortaleza del amor que nace, ya no interesa. Es una historia quizá predestinada a acabar rápido. O no. Pero eso es ya otro cuento, uno que desde ese mismo instante empieza a contar hacia atrás. Y así, tras el estruendo, volvemos de nuevo a un silencio que nos deja mudos, absortos en la idea de un esplendor que no hace más que rondar nuestro propio deseo.

La mirada de Luca Guadagnino es abiertamente efectista, pero no deja de ser personalísima. Por el ángulo con el que nos muestra los espacios, por los silencios y las miradas, que encierran tantas cosas, por una lectura honda del poder de los sentidos, reflejado en un sólo aparente preciosismo que sin embargo oculta todo un universo de sensaciones, por una estética contundente, pero del todo coherente y llena de sentido. Un sentido que intenta provocar algo físico en nosotros, algo que nos evoque, aunque torpemente, el nudo en la garganta, el vacío, el vértigo que se produce en la vida de la protagonista. A mi juicio, lo consigue. Repito, la película tiene carencias, y se puede criticar desde muchos aspectos, pero también, si te dejas llevar, puede conquistarte, hacer que sientas, de repente un intenso y afilado colpo di fulmine hacia ella. Yo, así lo confieso, lo he sentido.

¿Qué opináis de los amores fatales?

26 de enero de 2011

Cinco

Esta semana hace cinco años que comencé a escribir en este espacio. Iniciar un blog supuso para mí una aventura y un cambio importante en mi vida, porque era el primer paso en firme que daba para desarrollar una inquietud que tenía desde siempre, y que había practicado de manera discontinua durante mucho tiempo. El blog significaba en aquel momento, además, una apuesta por trasladar a las palabras la memoria y las búsquedas que más me asaltaban entonces. Y, sobre todo, una forma de recuperar una intensidad que había perdido, o creía haber perdido. Surgieron relatos, música, prosa pseudo-poética, reflexiones, viajes, crítica de espectáculos, guiños, etc. En suma, un conjunto de historias, pensamientos y sensaciones que me han ayudado no solo a construir quien he sido en este tiempo, sino a recuperar en mí una intensidad que yo consideraba perdida. En este tiempo aparecieron cómplices y compañeros de escritura que me aportaron cosas, pero sobre todo aparecieron personas con las que la química fue importante y especial. Algunas de ellas entraron también en mi vida y ocuparon (y continúan haciéndolo) lugares importantes en ella. Era un momento de auge, y muchos estábamos dispuestos a poner entusiasmo e imaginación en las palabras que volcábamos aquí, de manera que el conjunto hacía un efecto tremendamente reforzante, inspirador y motivador. Después esto empezó a perder aire. Al principio muy poco a poco. Después de manera casi dramática. Muchas de aquellas bitácoras fueron cerrando y otras disminuyendo el ritmo, especialmente desde la explosión del uso masivo de las redes sociales como vía de comunicación de ideas y emociones en la red. Así ocurrió un poco con el amante del volcán. Quise mantener un cierto ritmo, una cierta sinceridad con lo que ocurría dentro de mí. Pero lo cierto es que la batalla la ganaron la pereza, la inmediatez y la no necesidad de tener que elaborar ideas para crear algo único y sincero.

Tras unos meses inactivo, he estado pensando que de alguna manera, para mí, resultaba más satisfactorio y me llenaba más personalmente escribir aquí que dedicarme a cultivar redes sociales. Y a pesar de que parece que el mundo del blog no ha muerto, sí se ha transformado bastante, y resulta ahora más bien un medio de comunicación profesional, técnico o de especialización. Así que escribir hoy en un blog como se hacía antes es una aventura en solitario, y precisa de mucha fuerza de voluntad. La inmediatez y la potencia de otros medios nos han empujado a un proceso de invertir poco en esfuerzo y en reflexión sobre lo que comunicamos en la red. Y ha coartado mucho la iniciativa para ciertos tipos de creación.

Perro semihundido, Francisco de Goya.


Quiero empezar este año, y esta nueva etapa del blog con esta imagen en la que llevo pensando unos días, de uno de los frescos que Goya pinto en su “quinta del sordo”. Un cuadro calificado de rupturista y en el que se ha querido ver un retrato de inmensa soledad, de insignificancia frente al universo. Estudios recientes, basados sobre todo en fotos que se pudieron hacer antes de retirar el cuadro de la pared donde fue pintado para ser trasladado a un lienzo (proceso muy invasivo en el que se perdieron matices e incluso detalles enteros del cuadro) parecen indicar que podríamos estar simplemente ante una escena inacabada. En cualquier caso, lo importante de este cuadro para mí es lo seductor de la falta de límites y de la indefinición. Quiero situarme un poco en esa mirada, quizá algo desolada y lastimera, del perro ante un abismo que uno ni siquiera acierta a adivinar en cuál los dos planos que parecen abrirse se nos representa (¿cielo y tierra? ¿Tierra y horizonte? ¿Suelo y nada?). Un poco así me encuentro: agotado de no ser capaz de sacar palabras, argumentos e historias como lo era antes, hundido por la vorágine cibernética del universo 2.0 actual, estéril frente a mis necesidades vitales. Creo que me voy a volver a agarrar a este instrumento que tanta energía y deseo comenzó a proporcionarme en 2006. Aunque esta vez, lo sé, estaré más solo. Pero quiero volver a intentarlo. Me hundo, pues, en este albero espeso de Goya, sin límites ni reglas, esperando no perder ese incierto rumbo que parece esconderse en los ocres del horizonte de un perro semihundido.

19 de octubre de 2010

Como de otro planeta, pero en éste

Claudio Abbado.

La orquesta del Festival de Lucerna sólo ofrece dos o tres conciertos al año fuera del Festival, siempre con Mahler en el programa. Es una orquesta hecha por y para Claudio Abbado, que reúne jóvenes de las mejores orquestas europeas, y consagrados solistas que admiran al director italiano tanto como para ponerse bajo sus órdenes como un músico más. En resumen, un conjunto de ensueño el que hemos tenido la ocasión de escuchar los días 17 y 18 de Octubre pasados en el Auditorio Nacional de Madrid.
Para esta ocasión, Abbado ha escogido la última sinfonía completa del compositor bohemio. Una sinfonía inmensa y compleja, que destila todas las miradas de Mahler y las sublima en un tremendo viaje vital que representa la culminación de toda una etapa de la historia de la música a punto de llegar a su límite y desmoronarse para siempre. La dramática y angustiosa vida del compositor está siempre presente en la partitura melancólica y sombría de esta sinfonía, a pesar de que las incursiones pastoriles, tan propias de su música, también lo están. La sinfonía construye un universo aparentemente desordenado, como en forma de una amalgama que incluye casi todos los humores, pasiones y vicios humanos, desde lo grotesco y vulgar, hasta lo sublime, pasando por la pasión o el humor. Un verdadero retrato no sólo de la experiencia vital de Mahler, sino de toda una sociedad que se agotaba, en un momento, justo antes de las dos guerras mundiales, en el que se encontraba a punto de caer en un abismo de consecuencias insospechadas. La música de Mahler se impone aquí moderna, visionaria, obscenamente humana, en el borde de la ruptura de la tonalidad en muchas ocasiones. Un mundo que se terminaba, un universo que se extinguía. Y así la traduce Abbado, con una soberbia inteligencia, fruto de sus muchos años de peregrinaje mahleriano, de sus reflexiones en torno a la música. Abbado, pese a su edad y a los problemas de salud afortunadamente superados, está en un momento de madurez esplendoroso. No ha perdido la pasión a punto de descontrol con la que desconcertaba al mundo musical en los años 70 e inicios de los 80. Pero ahora su mirada ha ganado en hondura, en sinceridad, en profunda humanidad. Y la orquesta del Festival de Lucerna es el instrumento perfecto para traducirle. Una orquesta que exhibe una perfección que produce estupefacción, pero que al mismo tiempo suena humana y viva, vibrante, llena de vida y de expresividad. En el primer movimiento, el despliegue cromático que exhibieron de la que es una de las páginas sinfónicas más redondas de la historia de la música, fue casi desconcertante. El tiempo justo, los matices adecuados, el tono apropiado: sin estridencias ni efectos, dibujando el poder hipnótico que descansa en la esencia de la partitura. Después, la orquesta se hizo cada vez más y más grande, encajando el complejo mosaico del universo sonoro que imaginó Mahler con una genialidad que no he escuchado antes, destacando cada familia de instrumentos, casi cada instrumento, con identidad propia, pero sin perderse en ese océano sinfónico monumental que es la novena. Los movimientos segundo y tercero resultaron rotundos pero sin efectismos, apasionados y fervientes. La emoción iba creciendo, y con ella la sensación colectiva de que estábamos viviendo un sueño, casi irreal. El adagio final de la novena es una música bellísima y crepuscular, un canto de cisne que impone tras el viaje cósmico por la identidad compleja e irracional de lo humano, su melodía honda, perturbadora, como triunfo de la esencia espiritual del hombre. De un hombre y un mundo al borde del cataclismo de su destrucción. La batuta de Abbado exprime de la orquesta una delicadeza casi religiosa. El final, injustamente trufado de sonidos de móviles, no entorpeció, sin embargo, el éxtasis de un auditorio que dejó de respirar al unísono mientras la música se extinguía poco a poco y las luces, en un efecto hábil y sincero, con ella. Al final, silencio y penumbra. Como parte ineludible del final, de la metamorfosis intelectual, de la caída en el vacío, de la visión fascinante del límite de la realidad. Un silencio impagable que duró varios minutos, tras los cuales los aplausos y vítores llovieron de manera atronadora.
Pocas veces he sentido que asistía a algo tan trascendente, tan efímero a la vez, pero que marcará un antes y un después en la vida como melómano de gran parte de los que asistimos. Algo, como de otro planeta, pero en éste. Algo profunda y sinceramente emocionante. Mi deseo de inmensa gratitud a Claudio Abbado, sin duda el más grande director vivo.

23 de julio de 2010

El último gran Mozartiano.


Sir Charles Mackerras (1925 - 2010)


Hace unos días tuvimos que decirle adiós. Quizá el último de los grandes del siglo XX, y uno de los directores más completos y personales de la historia reciente de la música. Su nombre no brilló tanto como los de Karajan, Celibidache, Giulini o Bernstein, por poner algunos nombres a la altura de él.
Siempre fue más discreto, pero los que amamos la música clásica sí sabemos de él, de su impresionante currículum, y de sus inolvidables grabaciones. Creo que lo más destacable de él fue su inmensa curiosidad hacia la música, lo cual lo convirtió, sin pretensión alguna, en un increíble visionario. Apostó siempre por géneros, autores y formas de interpretación que muchos años después adquirieron una justa valoración e importancia. Tal es el caso de la opereta, de la música checa o de la interpretación con instrumentos originales, por destacar algunos de los géneros y aproximaciones a la interpretación que él indagó desde sus comienzos como director, cuando nadie apostaba por ellos.
Es el gran difusor de la música de Janáček, de cuyas óperas (hoy aclamadas mundialmente como un corpus de referencia en el género) realizó la primera (y hasta hoy aún no igualada) integral. A finales de los cincuenta ya se atrevió a realizar grabaciones de música barroca con instrumentos originales, versión que el mundo de la música no supo entender muy bien pero que terminó constituyendo una gran e impulsiva corriente de la interpretación de la música anterior al siglo XIX que hoy es la que probablemente más interés (y beneficio económico por lo tanto) reporta a las casas discográficas.
Sin embargo, algunos lo recordaremos siempre como uno de los más grandísimos intérpretes de la música de Mozart de todos los tiempos. Es un compositor que siempre ocupó un lugar primordial en su discografía. Un músico que le ha acompañado toda su vida, desde sus inicios hasta este triste final que a los 84 años le ha sobrevenido repleto aún de energía y proyectos. Sus grabaciones de las óperas mozartianas, si no de referencia, siempre han sido de las más equilibradas y completas. Su Idomeneo para el presente festival de Edimburgo quedará huérfano sin su dirección, lo cual no deja de ser un símbolo de la importancia de la música del salzburgués en la carrera de este director incomparable.
Su visión de Mozart fue haciéndose cada vez más rica y madura. Ya había grabado una de las integrales de referencia de sus sinfonías con la Orquesta de Cámara de Praga. Pero con su actual orquesta (la Orquesta de Cámara Escocesa) nos ha regalado probablemente dos de los mejores discos de la historia de la música de Mozart. Grabados en 2008 y 2010, recogen las últimas sinfonías de Mozart en unas versiones que resultan rotundas, inmejorables. Mackerras expresa en ellas toda una vida de amor por la música de Mozart, y su mirada, sabia y madura nos transporta a un Mozart en el que la luz y la sombra nos asaltan con contundencia, pero en el que la luz se impone claramente. Unas versiones expresivas y enérgicas, como salidas de la mano de un adolescente, atropelladas a veces, pero con un desconcertante análisis de detalles en el que Mackerras nos descubre los infinitos matices de la partitura, casi como si las escucháramos por primera vez. Tengo ambos compactos (4 cd’s en total) y confieso que no me aburro de escucharlos.



Tienen una libertad expresiva y una clarividencia que es difícil de expresar con palabras. Su luz, sus ritmos exactos, que pasan de lo sobrio a lo exultante, pero siempre con una indefinible majestuosidad que los hace siempre perfectos, hacen que estas grabaciones sean una referencia absoluta de aquí al futuro cuando se hable de esta música. La producción de estas grabaciones es simplemente exquisita, y saca a la luz del oyente la riqueza de matices expresivos de la composición, especialmente la de los instrumentos de viento, tan olvidada por los productores habituales. Qué pena que personas así tengan que dejarnos. Una pérdida insustituible para el mundo de la música. Curiosamente este año programó un concierto en el Auditorio Nacional de Madrid, para el que yo tenía entrada, que guardaba con emoción, pues nunca había asistido a un concierto suyo, pero que por problemas que no termino de entender con la productora del concierto, se terminó cancelando. Una pena. Menos mal que nos quedan sus estupendos discos, que desde aquí recomiendo encarecidamente porque son de referencia casi todos. Pero, especialmente, los dos últimos, con sinfonías de Mozart y la Scottish Chamber Orchestra, esos son imprescindibles para cualquier mozartiano. Y como prueba, el glorioso final de la sinfonía Jupiter, imposible interpretarlo con más inteligencia… Le recordaremos así, para siempre.

28 de junio de 2010

En el limbo de Scarlatti.

"No te esperes encontrar en estas composiciones, seas diletante o maestro, una intención profunda, sino más bien una forma ingeniosa para que te ejercites con osadía en el arte de tocar el clavecín" advierte en 1738 el propio Scarlatti al lector de sus sonatas.


Y sin embargo ahí están, después de casi 300 años, como una isla de libertad de forma y contenido, el corpus de sonatas a las que se dedicó el compositor Napolitano desde su llegada a la península Ibérica, para convertirse en el profesor de música de Doña Bárbara de Braganza, primero en Lisboa y más tarde en la corte de Madrid.

Sonatas sencillas, en estilo binario, que evidentemente, como él mismo reza, fueron escritas para ejercitar al intérprete del instrumento (la propia Doña Bárbara) en diferentes problemas técnicos.

Y sin embargo, uno no puede dejar de asombrarse ante la enorme riqueza no sólo de efectos, sino de melodías, acentuadas por la influencia de las músicas folclóricas que conoció en España, así como por ese especial gusto de Scarlatti por las repeticiones obsesivas de grupos de notas.

Estas sonatas son toda una aventura experimental, casi imposible de pensar en el imaginable mundo cerrado de la corte española en la que vivió a lo largo de los treinta años en los que compuso estas obras con dedicación absoluta.

¿Mero ejercicio sin intención? La fascinación que ejercen estas sonatas sigue contagiando hoy a muchos, porque detrás de ellas parece que siempre hay un secreto, un mensaje oculto, una intencionada intensidad, una muy concreta emoción. De su vida poco sabemos, por lo cual el secreto está sellado.

Así, sólo queda escucharlas, una y otra vez, y seguir sedientos de continuar dando vueltas a sus espirales como locos, pensando que tal vez sí exista un limbo extraño que se sitúe entre la realidad y el deseo. Igual que el de esta misma noche, entre la certeza de un cielo que aparentemente alberga pocas nubes y los truenos que no dejan de caer, cada vez más cerca.


19 de junio de 2010

Adeus, adeus, adeus...


Se fue Saramago, desde su autoexilio volcánico y marino. No se fue a ninguna parte. Desapareció. Desapareció su vida, su energía, sus ojos curiosos, su voz quebrada. La vida se detiene así, de repente, y desaparece.
Desaparecemos.
No desaparecen sus palabras, ni su lucidez, ni su humanismo, ni su espíritu crítico y solidario, ni su esfuerzo por hacerse escuchar, desde la sencillez, desde la modestia, con su palabra redonda y rotunda, con su pensamiento voraz y lleno de reflexión y duda.
Sus palabras, sus personajes, sus universos, forman una obra monumental que quedará para todos nosotros, para el futuro del mundo, iluminando conciencias, asombrando lectores.

Desde su pensamiento incisivo:

"Por que foi que cegámos, Não sei, talvez um dia se chegue a conhecer a razão, Queres que te diga o que penso, Diz, Penso que não cegámos, penso que estamos cegos, Cegos que veem, Cegos que, vendo, não veem"
(Ensaio Sobre a Cegueira)


Hasta la inmensa grandeza de su palabra.

Tu estavas, avó, sentada na soleira da tua porta, aberta para a noite estrelada e imensa, para o céu de que nada sabias e por onde nunca viajarias, para o silêncio dos campos e das árvores assombradas, e disseste, com a serenidade dos teus noventa anos e o fogo de uma adolescência nunca perdida:
- O mundo é tão bonito e eu tenho tanta pena de morrer.
Assim mesmo. Eu estava lá
(Pequenas memórias)


Adeus, José, Adeus :'(