Hace mucho tiempo que Julio no va al cine solo. Solía hacerlo hace años, y le gustaba especialmente esa sensación de silencio que llegaba con el final de los títulos de crédito que observaba religiosamente hasta el final, sobre todo si la película le había hecho reflexionar. Adoraba ese momento en el que las letras pasaban mientras la música contribuía a alargar un poco más la atmósfera de la película.
La gente se iba levantando de sus butacas y abandonando la sala, pero él se quedaba hasta que el ruido del cinematógrafo cesaba y disfrutaba de esos instantes de silencio y oscuridad que antecedían al encendido de la iluminación.
Le gustaba estar solo y dejar que la película madurase en su interior sin que nada ni nadie le perturbase, para así poder llenarse de esas otras vidas y sensaciones que la película le había sugerido.
Si la película le había gustado mucho, solía pasear durante horas. A veces sin rumbo fijo, perdido, caminando sin ser consciente de hacia donde iba, con la cabeza llena de colores y de músicas, de palabras y de pensamientos. Cuando volvía a la realidad descubría por fin dónde le habían llevado sus pasos. Madrid es tan grande que veces ni siquiera podía reconocer dónde estaba, así que se veía forzado a pedir un taxi para volver a casa.
No sabe cómo, pero dejó de hacerlo. Pasó a apreciar la compañía de otros para ir a ver pelis, y a veces incluso usó el cine para alguna que otra actividad que poco tenía que ver con la vista. Le terminó gustando compartir sus impresiones primeras con alguien y no le importaba sacrificar que la película se le escapase rápidamente de la cabeza devorada por las opiniones de los demás.
Julio ha olvidado la intensidad de aquellas tardes en las que iba solo a las salas de cine, y de cómo fueron importantes en su proceso de descubrir quién quería ser.
Julio no necesita ya pensar ni llenar su cabeza de colores, de belleza o de reflexiones. Se siente completo y cómodo con su vida. Más o menos desde que conoció a Andrés y se enamoró de verdad. Desde que vive con él y por fin ha conseguido llegar al final del camino de acercarse a quien quería ser.
La suerte le sonrío por partida doble ya que justo unos meses después de conocer a Andrés aquella multinacional le aceptó tras un arduo proceso de selección. Consciente de que en principio no era el trabajo que quería, les había enviado una respuesta a un anuncio de trabajo porque estaba harto de no obtener respuestas a las ofertas que en realidad le interesaban. Era un trabajo cualificado y le pagaban bien. Debía viajar, pero a él siempre le había gustado hacerlo. Los horarios tampoco eran muy humanos, pero imaginó que a fin de cuentas tampoco uno puede pedir mucho más cuando está empezando. El salario estaba muy bien, y eso sí que contaba. Contaba para dejar aquel cuchitril compartido con estudiantes de paso. Contaba para poder hacer muchas de las cosas que siempre había querido hacer. Contaba para llevar un nivel de vida como el que quería llevar con Andrés. En el fondo, de alguna forma, siempre consideró que aquel golpe de suerte estaba inevitablemente unido a haberle conocido.
Los años pasaron y poco a poco se incrementaron los viajes y las jornadas saliendo cada vez más tarde de la oficina. Pero también lo hicieron con creces sus ingresos. Lo consideraba algo normal, como la vida misma. Con Andrés las cosas iban bien, cada vez mejor, se atrevía a imaginar. También él tenía muchas horas de trabajo, así que cuando llegaban a casa, se dedicaban todo el tiempo y la energía que les quedaba. Ambas cosas, sin embargo, fueron poco a poco disminuyendo con los años, y lo hicieron tan sutilmente que nunca lograron llegar a hacerles cuestionar aquella sensación de plenitud que algún día sintieron.
Hace poco, en el transcurso de un viaje de trabajo a Londres, Julio tuvo un importante retraso en Heathrow, así que dedicó sus horas de espera en el hotel que le asignaron a chatear un poco en Internet. Lo hacía de vez en cuando, por mero pasatiempo, sobre todo cuando estaba solo. Le gustaba mentir e inventarse vidas que contar. Le gustaba incluso coquetear con otros. Pero se aburría rápido, en realidad nadie conseguía captar su atención más de veinte minutos, así que abandonaba las salas de chat pronto, cerrando aquellas vidas imaginarias de un golpe veloz y aséptico de tecla. Así lo hizo aquel día.
Fue entonces cuando comenzó a teclear nombres y frases sin mucho orden en google. Nombres de lugares primero. Lugares en los que había estado, lugares que quería visitar, lugares donde le habían sucedido cosas importantes. El tiempo pasaba, y le resultaba mucho más entretenido que ponerse a revisar trabajo para el día siguiente o volver al chat.
Pero con ese jueguecito aparentemente inofensivo, empezó a penetrar en un terreno que nunca supuso que tuviera prohibido. Pero lo tenía. Y las grafías por las que viajaba le condujeron a sus correspondientes semánticas personales que, de manera aplastante, le fueron llevando de un lugar a otro, de una persona a otra. Así hasta que se decidió a teclear aquel nombre, aparentemente olvidado desde hacía años, supuestamente inocuo.
Tras la pesquisa aparecieron una serie de entradas. Un par de la universidad y varias más en diferentes periódicos. Cuando pulsó sobre la primera de aquellas, la noticia, como un rayo, le dejó fulminado. Era la lista de víctimas mortales de un accidente de trenes del año anterior. Su nombre era uno de ellos. Siguió investigando y descubrió que en un periódico local de su ciudad se hacía una breve referencia a él y a su familia, pues era bastante conocido. Estaba casado y tenía dos hijas pequeñas. Hacía un viaje a Barcelona, por motivo desconocido. En noticias posteriores se especulaba con la posibilidad de que no hubiese hecho aquel viaje en solitario y hasta se le relacionaba con otro de los pasajeros que habían fallecido en el accidente y que viajaría a su lado. En otras declaraciones al periódico su mujer confesaba que desconocía el hecho de que su marido viajara en el tren accidentado. Parece que llevaba una vida normal. Sus vecinos apreciaban su generosidad y su simpatía.
Las tripas le hicieron un nudo a Julio. Un nudo muy fuerte, lleno de dolor y vacío. Cerró la página e intentó no pensar en ello, pero los recuerdos y los pensamientos, inevitablemente, se precipitaban en el estómago. Le faltaba el aire. Era como si media vida se le escapara entre los espacios de las palabras que acababa de leer.
Decidió que necesitaba salir a pasear. Lo hizo, y se lanzó a la calle sin mucha idea, caminando con prisa, como si sus pisadas pudiesen borrar el trazo de vida amarga que acababa de nacerle muy dentro. Al poco se dio cuenta que no sabía bien donde estaba, pues no conocía la zona. Fue cuando de repente recordó aquellos paseos que solía dar sin ninguna orientación después de las sesiones de cine. No sólo volvía a estar físicamente perdido. También era la primera vez en mucho tiempo que se encontraba frente a un sentimiento que le hacía dudar de su sensación de seguridad con su vida aparentemente sin fisuras. Se sentía incómodo. No podía evitar pensar en aquel tren, en la sonrisa de Óscar, que nunca había en realidad olvidado, en las circunstancias en las que salió de su vida, en cómo tantas veces había querido volverle a ver para explicarle tantas cosas que ahora ya nunca podrían llegarle. Respiró hondo y miró al horizonte. Andrés se desdibujaba en su pecho, como un personaje secundario de una película. Sintió un terrible miedo frente a lo que sentía.
Fue entonces cuando decidió pensar que sólo había visto una película, como entonces. Una película desconcertante, pero una película al fin y al cabo. Y ya le había dado muchas vueltas a esta película. Demasiadas. Ahora debía volver a casa. Como entonces también. Sólo que entonces en casa no le esperaba nadie. Ahora sí. Alzó la mano con fuerza, para hacerse ver bien en la avenida donde los vehículos cruzaban a gran velocidad. Un taxi se detuvo y Julio entró en él.
- Sheraton Hotel, Heathrow, please. I am in a hurry.
Pensó así que Óscar desaparecería definitivamente, con su correspondiente silencio y su fundido en negro.
17 de octubre de 2008
14 de octubre de 2008
Au revoir, Guillaume.
Cuando en 1993, Alain Corneau estrenaba en los cines su versión cinematográfica de la novela de Pascal Quignard Tous les matins du monde, yo vivía en Inglaterra y tenía tan sólo 1 año menos que él. La película me embriagó por su belleza, por la extrema delicadeza de su música, que en aquel momento contribuyó a acrecentar el interés por el hasta entonces aparentemente anodino barroco francés.
Me fascinó cómo trataba la hondura que la música puede ejercer en la vida y en la búsqueda de uno mismo. Me impactó mucho, me influyó mucho, me magnetizó mucho. Escuché aquella música como un poseso durante meses. Sigue estando entre mis compactos favoritos.
Pero también recuerdo aquel jóven Guillaume. 20 años. 1 menos que yo. La viva imagen de su padre, el célebre Gérard. Qué juventud tenían aquellos ojos azules, tan sólo unos meses mayores que yo. Ese espacio de tiempo que hemos compartido muchos años, todos esos en los que alguna vez de pasada leí alguna vez de su vida al límite, de sus coqueteos con el alcohol y las drogas, de su accidente de automóvil... En fin, de su vida, de la que yo siempre he guardado aquel recuerdo del joven Depardieu interpretando a un adolescente Marin Marais. A partir de ahora esos meses que nos llevamos irán creciendo, agigantándose, porque para él su vida se ha detenido a causa de una neumonía fulminante (sic).
Su muerte, aunque no fuera un personaje cercano a mí, me ha causado especial estupor. Quizá por compartir generación. No sé. Me voy a dormir con cierta inquietud, con una extraña, aunque agridulce necesidad de seguir exprimiendo la vida con fuerza, hasta con ansia, mañana cuando me despierte. Mañana, antes de que la nada me trague, antes de que pueda tragarme fulminante como ella sería capaz de hacerlo. Ansia de vivir y de buscar la belleza cada vez que puedo, y de hacer todo aquello que a veces no consigo descifrar, pero que poco a poco voy sabiendo que me hace feliz: abrazar cada mañana a quien deseo, aprender cada día algo nuevo, besar todas las veces que puedo a quienes quiero, viajar hasta el fin del mundo, oler cuantas veces puedo a quien amo, emborracharme de todo aquello de me gusta, no menoscabar la intensidad, escucharme más a mí mismo, intentar cada día entender mejor a quien no soy capaz de entender... y por supuesto alargar siempre que pueda esta lista con paciencia.
6 de octubre de 2008
Noches en blanco.
Había noches en las que reconozco que no era aplicado. Me escapaba sin ser visto y echaba a andar calle abajo, hasta que la oscuridad me tragaba. Confiaba en el sueño pesado de Íñigo. A pesar de la libertad que siempre me había dado, en el fondo el estómago se me hacía un nudo al cerrar la puerta y apretar el botón de llamada del ascensor. Y eso que creo que nunca notó nada.
Aquellas noches la sangre me hervía y el frío de la calle no refrescaba mi excitación ni un ápice. Acudía a los bares de entonces. Esos a los que iba antes de conocer a Íñigo. Seguían yendo casi los mismos. También él, aunque nunca le hablé. En eso las cosas no habían cambiado. Al primer sorbo de vodka el estómago se apaciguaba y comenzaba a borrarse esa extraña sensación de no estar haciendo lo correcto. A veces me quedaba hasta pasadas las tres de la mañana y al volver a casa no siempre quería recordar todo lo que había sucedido. El filo del ecuador de la noche solía sorprenderme en lugares insólitos como parques, portales o incluso algún que otro interior. Pero hasta ahí alcanzaba mi indisciplina. Estuviese donde estuviese, retomaba mis pasos y me marchaba a casa. Nunca hubo palabras. No las necesité. No las necesitábamos.
Al volver, con el frío retomando mis manos y mis pies, olía mis dedos con ansia y dejaba que por última vez el caudal de sentimientos encontrados chocase en mi interior. Después entraba sigiloso en casa, me lavaba silenciosamente en el lavabo, entraba en la cama y me acercaba a Íñigo, que respiraba profundamente hundido en su sueño. Era muy especial sentirlo tan tibio entre las sábanas. Como volver a casa después de un largo viaje.
Después de Íñigo vino Felipe, pero con él nunca me he escapado. No sabría muy bien por qué. Felipe es diferente. Y supongo que también porque su sueño es demasiado ligero. Pero también porque es más frágil, más débil, más inseguro, y eso me hace preocuparme más por él. Supongo que es una relación más descompensada. No sé, hasta ahora no lo había pensado. Y es que tampoco echaba de menos el peligro de las noches ausente de casa en secreto.
Hoy, sin embargo, aquella sensación ha vuelto. Esta tarde me ha parecido verle en un vips del centro mientras hojeaba una revista. He salido enseguida, sin ser visto, eso creo. Pero no me detenido hasta llegar a casa y encontrar aquella camiseta rebuscando entre la ropa vieja. Me ha costado, casi pensé que la habría tirado. Pero allí estaba, perdida entre las cosas de verano, en el fondo del altillo del armario. Aún tiene aquel olor. Y su efecto no se ha hecho esperar.
Esta noche Felipe no está, se ha ido a pasar la noche con su madre, que anda mala la pobre. No es la primera vez que lo hace, pero sí la primera que siento esta desazón, como un animal que mordisquea mis entrañas. He puesto música alegre, de la que nunca suele fallar. Pero hoy, esas mismas notas se me cruzan en la cabeza y me empujan hacia la puerta. Siento un deseo atroz de calzar mis pies desnudos en los zapatos que descansan inmóviles a tan sólo unos metros. Después, es tan fácil como tomar una chaqueta y llegar hasta el pomo frío de la puerta. Siento ya cómo calmará mi mano que arde. Abrir y salir. Tan sencillo. Hoy, ni siquiera tengo que preocuparme de no ser escuchado.
Me detengo y tomo una decisión. Sonrío, porque la duda acaba de esfumarse. Ya pensaré en lo demás mañana por la mañana, me digo.
2 de octubre de 2008
El otoño imaginario
Este inicio de otoño me trae atardeceres que no quieren ser noche.
Noches que quieren escapar del sueño
Y sueños de recuerdos y olores que de allá escaparon.
De allá donde no había mar,
De allá donde la isla vagaba rozada por el olvido
Y las estrellas invernales.
Se agotan en mi garganta.
Allí naufragan y se hunden en mi lengua,
Pero arrojan su daga en el pozo oscuro
La pared es alta y callada,
Sólo Mozart osa mirar a través de sus huecos
Para sonar también detrás de ella.
Y en el otro lado crece la hierba que no escucho,
Desde la playa la arena sigue un trazo frío de pasos
Hasta la sorda espuma.
Pero a mi espalda a veces llegan pequeños alientos
Suaves vacíos de humo ligero que en su curva
Sin tocarme... me atraviesan.
29 de septiembre de 2008
Apuntes de domingos y de lunes.
A veces espera pacientemente las horas quietas del domingo. Recuerda aquellos otros en que las sonrisas afiladas de la noche silbaban aún sobre su cuello y una dulce anestesia de pequeñas angustias solía sembrarse por su pecho. La nada se esparcía entonces por el suelo que tan sólo horas antes desordenaba la ropa tibia y desdoblada del secreto. Cuando en las esquinas aún temblaba el polvo y la mirada temblorosa de las arañas, el silencio se hacía de nuevo. Sin embargo su mirada, entre perdida e intensa, quedaba adherida a las paredes, y el rastro de piel que dejaba su aliento se iba escondiendo entre las hojas de aquella hortensia que entristecía en la esquina del salón.
Después venían aquellos otros lunes de mañana fría y perfume en las aceras, de tráfico ordenado y continuo en la avenida, de rutinas salvadoras y sonrisas estrenadas de buenos días que definían de nuevo su norte desdibujado.
Aquellos domingos se extinguieron, y se fueron apagando las bombillas una a una. Todo estaba en el plan, meticulosamente previsto por él, diseñado para una conveniente madurez y una sostenible felicidad dentro de una vida sentimental sana, ordenada y satisfactoria.
-Y soy feliz – piensa.
Pero cada domingo, especialmente esos en los que el cielo gris se instala en la garganta como erizo de mar inquieto, no puede evitar sentir un vacío enorme cuando mira la calle desierta a través de su amplio ventanal de casa acomodada.
-Las tardes de domingo siempre han sido tristes- sostiene.
Pero sabe que el precipicio se está haciendo inevitablemente hondo, y su oscuridad inmensa y venenosa. Por eso cada semana desea con más fuerza la llegada del lunes y su despacho vacío, de Rosa trayéndole la agenda de la jornada y ese inquietante becario que se cruza cada mañana con él en el ascensor sin apartar la mirada de su retina.
-En el fondo, siempre me gustaron los lunes- dice para sí, confiado.
25 de septiembre de 2008
Mozart o el milagro de borrar la tristeza con tristeza.
Nunca dudé de su efecto apaciguador, evasivo, balsámico, reparador... Compañía sigilosa y sutil que nos lleva al sueño del que llegamos y al que alguna vez retornaremos. Tristeza de un adagio que sin embargo nos purifica, nos eleva y nos anestesia contra la aguja del dolor.
La versión de Daniel Barenboim es tan redonda que uno casi se atrevería a asegurar que jamás alguien podrá volver a grabarla con esa perfección de su primera integral para la EMI, de 1985.
La versión de Daniel Barenboim es tan redonda que uno casi se atrevería a asegurar que jamás alguien podrá volver a grabarla con esa perfección de su primera integral para la EMI, de 1985.
21 de septiembre de 2008
Del Miño a la globalización...
Aún hay lugares donde el tiempo se ha detenido hace años. Donde a pesar de que las ondas del móvil lleguen (dónde no, ya hoy en día), o de que puedas dormir en un hotel de diseño, aún no se ha transformado el paisaje, ni las costumbres, ni se ha perdido ese sutil aislamiento capaz de crear microcosmos únicos.
En España aún contamos con algunos. Como este de la foto, en las riberas del Miño, entre las provincias de Lugo y Orense, donde he estado estos días.
A pesar de la tristeza que supone ver muchas de estas zonas deshabitadas, las casas cerradas o pueblos enteros como fantasmas, aún no se ha despoblado del todo.
En un momento en el que parece que sólo es posible la dicotomía entre la homogenización que nos impone el mundo globalizado o la defensa a ultranza de una cultura como única forma de entender el mundo sin que quepan aportaciones externas, se me ocurre que estamos perdiendo la capacidad de entender la vida como un ejercicio de sumar y superponer formas y miradas: sumar para conocer y superponer para dudar y poder crecer. Que estamos perdiendo, en definitiva, la capacidad de elegir y la de crecer en la multiculturalidad. En sitios como el que he estado, que admito que nunca elegiría como lugar para vivir, sin embargo, soy consciente de que son el pequeño y casi único reducto de muchos paisajes naturales y humanos que creíamos desterrados ya y que están a punto de perderse. Reductos de una forma de vida que tiene también mucho que aportarnos y que sin embargo hemos rechazado de manera global, como si nada de ella fuese válido.
Lo mismo ocurre con los nacionalismos, en tantos y tantos lugares donde la oportunidad de tener varias miradas, varios lenguajes, se está desperdiciando en pro de defender la que cada uno considera legítima. Y no hacemos más que perder y perder. Los unos y los otros, por pura miopía.
Igualarse al resto en mi opinión es tan pobre como diferenciarse sin posibilidad de intercambio y enriquecimiento con el resto. ¿Será que saber mantener la diferencia de cada uno sin convertirla en una muralla es tan difícil? Debe ser que sí. Pero también debe ser que es lo que quieren algunos, pues sino no entiendo la virulencia con la que se está atacando una asignatura que en realidad es “menor” dentro del sistema educativo. La crisis del sistema no está en la asignatura de educación para la ciudadanía, sino en el sistema mismo, del cual esta asignatura no es más que una anécdota, quizá la más vistosa de criticar y de hacer mover esas voluntades deseosas de levantar murallas y flechas contra los que no piensan como ellos, pero no deja de ser una mera anécdota. Eso sí, cargada de valores que muchos no desean, porque hará que los futuros ciudadanos se planteen cosas que no interesan.
De todas formas y así, entre unos y otros, se marea la perdiz y la casa (el sistema educativo) sin barrer.
Vaticino un futuro en el que todos mantendremos nuestro idioma y no se fomentará más que el estudio del inglés. Un futuro donde la diferencia cultural será una máscara vistosa y que nos llene de orgullo, pero que no hará más que esconder nuestras almas globalizadas y estandarizadas, prestas a ser manejadas a la perfección por un sistema capitalista que nos convertirá aún más en súbditos dependientes de un sistema que nos dejará respirar pensando que somos únicos y diferentes, y a la vez guapos y estupendos...
Qué pena.
18 de septiembre de 2008
La vida que soñamos

En estos momentos se entrega en Barcelona el IV Premio de narrativa gay y lésbica. El ganador de la presente edición es el joven escritor de Terrassa Raúl Portero, y la novela con la que ha conseguido convencer al jurado se titula “la vida que soñamos”.
No suelo hacer mención ni crítica aquí a novelas ni premios relacionados con la denominada literatura gay, literatura gltb, o similares, pues no entiendo muy bien que deba hablarse de un subgénero en la literatura en función del comportamiento sexual de sus protagonistas. Creo que la literatura es literatura en base a otros criterios y los subgéneros de la misma así deberían serlo.
No obstante, no puedo dejar de mencionar una novela que conozco bien porque conozco a Raúl y la he leído varias veces. Una novela que desde el principio me pareció no sólo un ejercicio notable de narrativa, sino poseedora de elementos por los que quien la lea no puede quedar indiferente.
Raúl nos habla en ella del amor, de la pérdida y de la memoria. Y lo hace de una manera simple y directa, pero al mismo tiempo con un extraño lirismo.
Desde el principio me gustó su prosa, porque es muy depurada, y consigue, con una economía de adjetivos que sorprende, ser enormemente bella a la vez que contundente.
A través un juego en el que el narrador nos va guiando desde diferentes pasados a diferentes futuros, el lector va componiendo el puzzle de una historia que conmueve, pues nos enfrenta a nuestro propio miedo a la ausencia y a la soledad. Y lo hace a través no de la evidencia, sino de la descripción de pequeños detalles de la cotidianeidad, aparentemente insignificantes, pero que se convierten en otros narradores, que de manera paralela y sutil nos van susurrando acerca del dolor, de la incredulidad, del recuerdo como alivio vital, de la necesidad del duelo...
Por todo ello siempre he apostado por esta novela, porque pienso que es literatura y eso hoy en día no se da con mucha frecuencia. Y da igual que el protagonista sea o no homosexual porque aquello de lo que nos habla es lo importante de la vida y le llegará igual a una lesbiana que a un transexual, o a un heterosexual, lo mismo que a un joven o a un anciano. Porque en ella nos podemos reconocer todos, y eso es lo grande de esta novela.
Creo que más allá de eso, también contribuye a la normalización de (en este caso) los gays en la sociedad, pero precisamente lo hace por eso, porque los coloca sin ningún tipo de máscara ni tópico, desnudos ante la vida, como lo estamos todos.
Por eso, desde aquí mi felicitación a Raúl, a quien además me une una amistad muy fructífera en lo personal y en lo artístico. Y mis deseos de que aquí comience una carrera de escritor, porque sé lo que viene después de la vida que soñamos, y sinceramente lo merece.
Y a los lectores, no dejéis de comprarlo cuando se edite, ya os mantendré informados. De momento, y esperando que su autor no lo tome a mal, aquí os dejo con unos brevísimos fragmentos.
se besan en mitad de la pista mientras cierran los ojos y por primera vez en algún tiempo no están pensando en otros
carlos sostiene la mirada sobre enrique como si fuera un desafío. no quiere que le den ánimos. sabe que josep no se va a despertar nunca más.
-¿cómo se puede vivir después? -susurra.
-es difícil al principio –contesta enrique, moviendo la cabeza.
carlos se reclina en el asiento, llevándose el cigarrillo a la boca
carlos se reclina en el asiento, llevándose el cigarrillo a la boca.
-me gustan tus pies –añade josep, señalándolos con la mirada.
carlos baja la vista para mirárselos. está descalzo y son unos pies pálidos, sin vello, con unos dedos perfectos. carlos mira a josep desconcertado y sorprendido.
-¿sabes lo que más me asusta ahora mismo?
ernesto niega con la cabeza, secándose los ojos con las manos. ha intentado no llorar, pero las lágrimas se acumulan en los párpados y resbalan lentamente por su cara.
-¿qué?
-todas las cosas que he olvidado –responde carlos,
(...)
carlos sostiene la mirada sobre enrique como si fuera un desafío. no quiere que le den ánimos. sabe que josep no se va a despertar nunca más.
-¿cómo se puede vivir después? -susurra.
-es difícil al principio –contesta enrique, moviendo la cabeza.
carlos se reclina en el asiento, llevándose el cigarrillo a la boca
(...)
carlos se reclina en el asiento, llevándose el cigarrillo a la boca.
-me gustan tus pies –añade josep, señalándolos con la mirada.
carlos baja la vista para mirárselos. está descalzo y son unos pies pálidos, sin vello, con unos dedos perfectos. carlos mira a josep desconcertado y sorprendido.
(...)
-¿sabes lo que más me asusta ahora mismo?
ernesto niega con la cabeza, secándose los ojos con las manos. ha intentado no llorar, pero las lágrimas se acumulan en los párpados y resbalan lentamente por su cara.
-¿qué?
-todas las cosas que he olvidado –responde carlos,
9 de septiembre de 2008
El libro de colores
Recogió sus cosas poco a poco. La ropa diseminada por el suelo del salón. Un calcetín aún descansaba, milagrosamente extendido en toda su longitud, sobre el brazo del sillón. Otro sobre la mesa, encima de un libro de pastas coloreadas. Las paredes pintadas de amarillo intenso, las estanterías llenas de libros, música, folletos de exposiciones. Todo un almacén de recursos para pasar horas y horas sin levantarse del sillón. Una vida aburrida, supuso. A pesar de que a veces sintiera envidia de quien podía pasar horas y horas delante de un libro sin aburrirse y hasta disfrutando, en el fondo él no lo entendía.
Éste de hoy, sin embargo, no le parecía igual que los otros (que los otros que vivían en casas llenas de libros, claro). No dijo nada extraño ni le habló de temas que le sonaran a chino. Le habló directamente de sus intenciones, y en la escasa conversación que mantuvieron hasta llegar a la cama, hasta comentó varios programas basura de la televisión. En la cama se comportó como un animal. Aún dormía mientras Dani pensaba todas estas cosas aprisa, al tiempo que se ponía los vaqueros, aún arrugados tras varias horas hechos una bola sobre el parquet.
Quizá no era su casa, sino la de algún amigo. No había fotos en las estanterías. En realidad Dani no conocía de nada a aquel chico. Luis, le había dicho que se llamaba. Tenía la cara triste. La mayoría de los tristes tienen libros en su casa. Pero era tan atractivo, que no le importó aquella melancolía que tenía su rostro.
Su piel le había encantado, sobre todo cuando se quedó dormido sobre su hombro, tras el orgasmo. Su respiración, la temperatura tibia, el olor, era todo tan balsámico. Pero cuando abrió los ojos y sintió que aún no se había hecho de día, Dani volvió a sentir ese peso en el pecho. El pavor de despertarse junto a un desconocido, la extrañeza de un abrazo en una cama ajena, esa sensación de difusa familiaridad que se le colaba, como un placer más, por la garganta.
Entonces, como tantas otra veces, se levantó y quiso salir en silencio.
Mientras se ataba el cordón del último zapato recordó que aún no había recuperado su reloj. Con sigilo se internó en el pasillo, donde creía haberse despojado de él antes de entrar completamente desnudo en el dormitorio, envuelto en el asedio de las manos de Luis. Sí, allí estaba, junto a la puerta del baño. Decidió entrar a beber un poco de agua y refrescarse la cara antes de salir. La respiración profunda de Luis se escuchaba aún con fuerza, desde el fondo del pasillo. No había peligro.
En oposición a la opulencia de la biblioteca, el baño era más bien espartano, y con cierto aire de suciedad. De un color feucho, daba una fuerte sensación de descuido. Dani se sintió triste en él. Era como si un alma oscura e invisible lo habitara. Sobre la estantería de cristal, lleno de polvo, un bote de gomina de la más barata, una colonia de marca impronunciable y un tubo de pasta dentífrica retorcido. En un vaso de plástico amarillo, dos cepillos de dientes. Nada más. Le pareció inhóspita aquella visión, casi asfixiante, y salió de allí sin haber abierto el grifo. Tomó su chaqueta y abrió la puerta muy despacio. Antes de salir, mientras cerraba muy despacito la puerta, sintió que el fondo del pasillo se hacía la luz. Luis debía haberse despertado. Se quedó quieto un par de segundos, esperando oír su voz, o algún ruido. Pero nada, el silencio no se rompió. Encajó la puerta suavemente y salió escaleras abajo, como poseído por una prisa extraña.
Al salir a la calle observó que el cielo comenzaba a clarear. Se sintió casi como una especie de hombre lobo, asustado y saciado a la vez. Caminó deprisa hasta la avenida más cercana y tomó un taxi. En el camino a casa, viendo los primeros transeúntes de la mañana acudir a sus trabajos, se sintió ajeno a todo, pero con cierta envidia de la normalidad que comenzaba a llenar la calle. Se olió las manos, que no terminó de enjuagar en el baño aquel. El sexo aún se adivinaba en ellas. Se sintió triste.
Pagó al taxista y subió las escaleras de su casa. Al entrar se quedó pensativo. En seguida decidió que llamaría al trabajo para decir que no se sentía bien, que no lo esperaran. En realidad calculaba que había dormido varias horas, pero se sentía revuelto, incapaz de enfrentarse al resto de la jornada.
Han pasado unos minutos. Ahora está sentado en el sofá y se vuelve a oler las manos. La imagen de la biblioteca de la casa donde acaba de estar le persigue por la mente desde que salió de allí. El libro de pastas de colores, los folletos y periódicos de arte, las postales de cuadros extraños. Todo le da vueltas en la cabeza. Y el olor de ese chico, Luis, o como se llame, que no se va de las manos. Tampoco quiere lavárselas. El cansancio comienza a invadirle y camina hasta el dormitorio. Pero se detiene ante su ordenador. Lo enciende y teclea la clave de su nick para entrar al chat de búsqueda de sexo. Es muy temprano, piensa, pero alguien habrá. Y con las pestañas cargadas de sueño comienza a teclear las mismas frases de siempre. Entonces, como bajo los efectos de una goma de borrar, los libros, las caras de los transeúntes por la mañana, los cepillos de dientes en el vaso de plástico... comienzan todos a borrarse. Y también, con ellos, se borra el olor de Luis. Poco a poco también su rostro, y sus caricias, y esa sensación de bienestar que tuvo durante el instante en que se durmió sobre él. La lujuria toma de nuevo el poder, y en breve correrá de nuevo a satisfacerlo. Dani aún no lo sabe, pero hoy, ese libro de colores sobre el que dejó el calcetín izquierdo, no se le podrá borrar de la cabeza con goma alguna.
Éste de hoy, sin embargo, no le parecía igual que los otros (que los otros que vivían en casas llenas de libros, claro). No dijo nada extraño ni le habló de temas que le sonaran a chino. Le habló directamente de sus intenciones, y en la escasa conversación que mantuvieron hasta llegar a la cama, hasta comentó varios programas basura de la televisión. En la cama se comportó como un animal. Aún dormía mientras Dani pensaba todas estas cosas aprisa, al tiempo que se ponía los vaqueros, aún arrugados tras varias horas hechos una bola sobre el parquet.
Quizá no era su casa, sino la de algún amigo. No había fotos en las estanterías. En realidad Dani no conocía de nada a aquel chico. Luis, le había dicho que se llamaba. Tenía la cara triste. La mayoría de los tristes tienen libros en su casa. Pero era tan atractivo, que no le importó aquella melancolía que tenía su rostro.
Su piel le había encantado, sobre todo cuando se quedó dormido sobre su hombro, tras el orgasmo. Su respiración, la temperatura tibia, el olor, era todo tan balsámico. Pero cuando abrió los ojos y sintió que aún no se había hecho de día, Dani volvió a sentir ese peso en el pecho. El pavor de despertarse junto a un desconocido, la extrañeza de un abrazo en una cama ajena, esa sensación de difusa familiaridad que se le colaba, como un placer más, por la garganta.
Entonces, como tantas otra veces, se levantó y quiso salir en silencio.
Mientras se ataba el cordón del último zapato recordó que aún no había recuperado su reloj. Con sigilo se internó en el pasillo, donde creía haberse despojado de él antes de entrar completamente desnudo en el dormitorio, envuelto en el asedio de las manos de Luis. Sí, allí estaba, junto a la puerta del baño. Decidió entrar a beber un poco de agua y refrescarse la cara antes de salir. La respiración profunda de Luis se escuchaba aún con fuerza, desde el fondo del pasillo. No había peligro.
En oposición a la opulencia de la biblioteca, el baño era más bien espartano, y con cierto aire de suciedad. De un color feucho, daba una fuerte sensación de descuido. Dani se sintió triste en él. Era como si un alma oscura e invisible lo habitara. Sobre la estantería de cristal, lleno de polvo, un bote de gomina de la más barata, una colonia de marca impronunciable y un tubo de pasta dentífrica retorcido. En un vaso de plástico amarillo, dos cepillos de dientes. Nada más. Le pareció inhóspita aquella visión, casi asfixiante, y salió de allí sin haber abierto el grifo. Tomó su chaqueta y abrió la puerta muy despacio. Antes de salir, mientras cerraba muy despacito la puerta, sintió que el fondo del pasillo se hacía la luz. Luis debía haberse despertado. Se quedó quieto un par de segundos, esperando oír su voz, o algún ruido. Pero nada, el silencio no se rompió. Encajó la puerta suavemente y salió escaleras abajo, como poseído por una prisa extraña.
Al salir a la calle observó que el cielo comenzaba a clarear. Se sintió casi como una especie de hombre lobo, asustado y saciado a la vez. Caminó deprisa hasta la avenida más cercana y tomó un taxi. En el camino a casa, viendo los primeros transeúntes de la mañana acudir a sus trabajos, se sintió ajeno a todo, pero con cierta envidia de la normalidad que comenzaba a llenar la calle. Se olió las manos, que no terminó de enjuagar en el baño aquel. El sexo aún se adivinaba en ellas. Se sintió triste.
Pagó al taxista y subió las escaleras de su casa. Al entrar se quedó pensativo. En seguida decidió que llamaría al trabajo para decir que no se sentía bien, que no lo esperaran. En realidad calculaba que había dormido varias horas, pero se sentía revuelto, incapaz de enfrentarse al resto de la jornada.
Han pasado unos minutos. Ahora está sentado en el sofá y se vuelve a oler las manos. La imagen de la biblioteca de la casa donde acaba de estar le persigue por la mente desde que salió de allí. El libro de pastas de colores, los folletos y periódicos de arte, las postales de cuadros extraños. Todo le da vueltas en la cabeza. Y el olor de ese chico, Luis, o como se llame, que no se va de las manos. Tampoco quiere lavárselas. El cansancio comienza a invadirle y camina hasta el dormitorio. Pero se detiene ante su ordenador. Lo enciende y teclea la clave de su nick para entrar al chat de búsqueda de sexo. Es muy temprano, piensa, pero alguien habrá. Y con las pestañas cargadas de sueño comienza a teclear las mismas frases de siempre. Entonces, como bajo los efectos de una goma de borrar, los libros, las caras de los transeúntes por la mañana, los cepillos de dientes en el vaso de plástico... comienzan todos a borrarse. Y también, con ellos, se borra el olor de Luis. Poco a poco también su rostro, y sus caricias, y esa sensación de bienestar que tuvo durante el instante en que se durmió sobre él. La lujuria toma de nuevo el poder, y en breve correrá de nuevo a satisfacerlo. Dani aún no lo sabe, pero hoy, ese libro de colores sobre el que dejó el calcetín izquierdo, no se le podrá borrar de la cabeza con goma alguna.
4 de septiembre de 2008
Las Troyanas

A pesar de no apasionarme, siempre he concedido a Mario Gas mi respeto porque creo que es un sabio traductor que suele estar a la altura con un razonable grado de dignidad. Tenía mucha curiosidad por conocer su montaje de las Troyanas de Eurípides que estrenada en el festival de Teatro Clásico de Mérida, se representa ahora y durante el resto del verano en el las naves del Español del Matadero de Madrid.
Este texto milenario de Eurípides contiene intacto después de todo el tiempo transcurrido por él la inmensa fuerza de la sinrazón de la guerra y sirve con plena vigencia aún hoy como reflexión sobre la crueldad humana, el dolor, la venganza y la piedad. Es un texto mayúsculo, elegíaco, desolador, que conmueve porque sus palabras nos muerden continuamente la conciencia.
Tengo que reconocer que la producción me pareció muy acertada, y que creo que resuelve con acierto el dilema que este tipo de textos supone para ofrecernos la obra de manera fiel y sin embargo actualizada. El secreto desde mi punto de vista está en la capacidad de no tocar el sentido del texto ni añadir elementos que nos alejen de él, pues es ahí donde reside la verdadera fuerza de un clásico de esta envergadura. La puesta en escena de Mario Gas es sobria, pero contiene los justos golpes de efecto para conmover sin distraer la atención de las palabras. Una escenografía entre moderna y atemporal que nos acerca palabras e imágenes a una identificación más directa por parte del espectador, pero que no sobresale ni enmascara nada. La sobriedad y elegancia de Mario Gas sólo es sutilmente transgredida para recrear los momentos de mayor tensión, como la entrada de Helena o la muerte de Astianacte. Pero aún así, me parece soberbio el manejo de la acción dramática que nos propone.
La versión del texto me pareció acertadísima, sobre todo porque el conjunto de actrices que lo soporta, especialmente las protagonistas Gloria Muñoz, Anna Ycobalzeta y Mía Esteve (Hécuba, Casandra y Andrómaca) realizan una gran interpretación que se mueve dentro del histrionismo necesario de una tragedia de estas características, pero sin forzar el tono más de lo necesario para no despegarse del texto. Un texto que pronuncian con una dicción extraordinaria que nos hace temblar ante el sonido y la contundencia de unas palabras que nos llegan llenas de infinita belleza y espanto.
El coro de secundarias es de mucha menor calidad, y a veces, cuando en algún momento salen de su silencio o de sus cantos, se nota mucho, bajando algo la tensión del texto, haciéndonos escapar un poco del sueño al que nos somete esta obra. Tampoco termino de entender la elección de Ángel Pavlovsky para el pequeño papel inicial de Atenea, que nos hace dudar por momentos de cuál va a ser el tono de la versión. Pero al final el trazo de Eurípides se impone, porque su fuerza solo necesita de un escenario justo y una correcta interpretación para poder desplegar ante todos el inmenso y hondo dolor de este fresco de la sinrazón humana.
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