27 de octubre de 2008

ROMA


Desconcertante Roma.
Por el desafío que supone para los sentidos. Por su aguda belleza que se te clava en la retina a presión, inyectada por el sol infinito de un octubre casi estival. Y los pinos siempre en el horizonte, de larguísimos troncos y esféricas copas que con su verde oscuro refrescan la fantasía de la mirada. De todas las miradas que sobre ella se han posado a lo largo de su milenaria historia. Millones de miradas de todo el planeta, de todas y cada una de las épocas. Desde la Antigüedad al Futuro. Todas se han quedado allí, quizá sobrecogidas por el descaro de esa íntima grandeza que inspira este centro de gravedad del mediterráneo, alma profunda de lo latino, de la romanización, de toda esa forma de existencia que expandieron sus habitantes a través de las orillas antiguas del mare nostrum.

Continuamente reinventada desde su origen. Superpuesta como un rompecabezas tridimensional, donde las diferentes capas de la historia no se superponen sólo en vertical sino que se entremezclan y se fusionan como en un mosaico de teselas ínfimas y sin embargo indispensables. Roma que ha sido la capital de uno de los imperios políticos y humanos más grandes de la humanidad aún nos despierta seduciéndonos con la imaginación de su esplendor descomunal entre las piedras caídas, las estatuas desmembradas o las solitarias columnas que apoyan el sueño de los arquitrabes como una memoria que se recorta siempre en el naranja de esta ciudad que se llama eterna porque así lo es. Eterna en no rendirse al olvido ni al capricho de ser reino de Papas guerreros y déspotas, desmesurados e ingratos o ciudad provinciana y decadente a pesar de su refinada aristocracia .

Ciudad casi de mentira a veces en su personalidad ecléctica y teatral, sacra e infinitamente pagana a la vez. Cuidad que no se deja comprender, que se retuerce en el cliché y que esconde otras subterráneas realidades, como las del subsuelo hueco que sella su pasado. Roma invadida de ideas y de piedras que ocupan el espacio de los sueños de todos los que la aman y de todos los que la han vivido. Grandeza que no epata por el tamaño ni la simetría ni la perfección, sino por el caos espontáneo de su belleza desmedida y caprichosa, desparramada sin límite, pero siempre encerrada en el equilibrio de su milenario clasicismo. Copiada a sí misma en la arquitectura que se encaja en plazas y esquinas, en explanadas y avenidas, en lo grande y en lo pequeño, fundido con esa milagrosa inspiración que no existe más allá de sus siete colinas.

Roma llena de vida y de sonrisas, y de gestos al aire y olor intenso de queso pecorino sobre pasta con tomate y albahaca. Helados y miradas al fondo de los ojos, galantería en las aceras, elegancia y desmedida manera de significarse en ese sentido de la responsabilidad de tener que representar la originalidad del made in italy. La sonrisa de quien lo ve desde fuera, entre condescendiente y con sentido del ridículo, pero con secreta e inexplicable envidia.

Roma inexplicable e infinita, inigualable y desconcertante de nuevo, única entre las ciudades únicas, secreta y universal, pequeña y gigante, inagotable y rotunda. Antigua, siempre antigua. Milenaria y sabia, y por ello también futurista, trampolín de la cultura occidental, reflexión de lo que somos y de lo que seremos.

Humana y viva...
Eterna, siempre eterna.

21 de octubre de 2008

Música y Futuro.

El próximo viernes se entregan los premios Príncipe de Asturias y en la presente edición no me voy a perder la entrega de uno de los reconocimientos que más me han emocionado en los últimos tiempos. El premio Príncipe de Asturias de las Artes, que ha recaído en el Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela.

No sólo porque la labor que llevan realizando durante años ha sido bella y fructífera, sino también porque está basado en unos principios que comparto desde lo más profundo de mis valores y que además consigue algo tan sencillo e importante como universalizar el acceso a la creación, a la interpretación y a la capacidad de entender y disfrutar de algo tan beneficioso como a veces desgraciadamente inaccesible es la música clásica.
El artífice del nacimiento de este sistema es José Antonio Abreu, que en sus palabras de agradecimiento al jurado del premio declaraba de manera muy concisa el objetivo de este proyecto:


"el objetivo esencial del Sistema Nacional de las Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela no se refiere sólo al plano artístico, sino que se inserta, directa y profundamente, en el contexto global de una estrategia de Participación, Capacitación, Prevención y Rescate de Jóvenes y Niños en y por el Arte. En su condición de comunidades en perpetuo ejercicio de concertación, las Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles representan el modelo de una avanzada y auténtica Escuela de Vida Social. En Venezuela, la Práctica Orquestal y Coral cotidiana ha demostrado ser herramienta particularmente eficaz para hincar sólidamente a jóvenes y niños en el quehacer colectivo, en la coexistencia solidaria, en un quehacer creador profundamente realizador de la personalidad, propicio a la forja de un espíritu solidario y fraterno, tanto como a un formidable desarrollo de la autoestima. La pobreza material comienza a ser vencida por aquella sublime riqueza espiritual que germina en y por la Música. "

En este vídeo que podéis ver si pincháis aquí y seleccionáis la pestaña de El Comunicador, encontraréis un resumen de la película Tocar y Luchar en el que el propio Abreu explica estas razones de manera más detallada. Os recomiendo escucharlo. A mí me parece que su mensaje es humano y emocionante como pocos.

Siempre he pensado que la música culta era un notable instrumento de crecimiento y maduración personal. Además, también tengo la convicción de que para quien quiere ir más allá de aprehender su belleza y se lanza con esfuerzo a desentrañar los universos formales, conceptuales y humanos que encierra, el regalo que ésta nos ofrece como compensación es tan inmenso como imposible de explicar, pero tengo la certeza de que en general nos hace mejores seres humanos y más libres.

Por ello, desde mi punto de vista, este premio viene a celebrar la labor de una institución que no sólo ha contribuido a ampliar los horizontes vitales de miles de niños y adolescentes que por el contexto que les ha tocado vivir se habrían visto abocados a la mendicidad o a la violencia, sino que está de hecho sembrando en ellos una serie de valores que les permitirán sin duda (independientemente de su éxito profesional como músicos) crecer y madurar como seres humanos. Es más, les reglará tres inmensos dones como son la capacidad de apreciar la belleza, el instinto crítico para con ellos y con el mundo, y el valor del esfuerzo como herramienta de superación.

Es por ello que el mensaje de este proyecto es universal y profundamente humano como pocos. Porque constituye toda una filosofía de educación para una sociedad y un mundo mejor, a nivel individual y colectivo. Algo de lo que podemos aprender en todos los demás países independientemente de nuestra riqueza, educación o nivel de vida.

El Sistema de Orquestas ha asombrado ya a una gran parte de la comunidad musical internacional y cuenta con apasionados abanderados de la talla de Claudio Abbado, Simon Rattle o Daniel Baremboim (tres de los mejores directores de orquesta del mundo en este momento). Además, ha dado ya sus frutos lanzando a músicos de la proyección y personalidad de Gustavo Dudamel (probablemente el director revelación con la proyección más fulgurante de los últimos 50 años) o Edicson Ruíz (el más joven interprete que haya ingresado nunca en la Filarmónica de Berlín).

Por ello, quiero expresar mi más profundo agradecimiento a José Antonio Abreu y a su esfuerzo maravilloso, que sin duda contribuye bastante a que la esperanza en un mundo mejor pueda ser un poquito más grande. Que no es poco.

Os dejo con el trailer de un interesante documental sobre otro de los éxitos de este proyecto, la Joven Orquesta Simón Bolívar. Creo que se estrena en breve en España.

17 de octubre de 2008

Cine para olvidar.

Hace mucho tiempo que Julio no va al cine solo. Solía hacerlo hace años, y le gustaba especialmente esa sensación de silencio que llegaba con el final de los títulos de crédito que observaba religiosamente hasta el final, sobre todo si la película le había hecho reflexionar. Adoraba ese momento en el que las letras pasaban mientras la música contribuía a alargar un poco más la atmósfera de la película.
La gente se iba levantando de sus butacas y abandonando la sala, pero él se quedaba hasta que el ruido del cinematógrafo cesaba y disfrutaba de esos instantes de silencio y oscuridad que antecedían al encendido de la iluminación.
Le gustaba estar solo y dejar que la película madurase en su interior sin que nada ni nadie le perturbase, para así poder llenarse de esas otras vidas y sensaciones que la película le había sugerido.
Si la película le había gustado mucho, solía pasear durante horas. A veces sin rumbo fijo, perdido, caminando sin ser consciente de hacia donde iba, con la cabeza llena de colores y de músicas, de palabras y de pensamientos. Cuando volvía a la realidad descubría por fin dónde le habían llevado sus pasos. Madrid es tan grande que veces ni siquiera podía reconocer dónde estaba, así que se veía forzado a pedir un taxi para volver a casa.

No sabe cómo, pero dejó de hacerlo. Pasó a apreciar la compañía de otros para ir a ver pelis, y a veces incluso usó el cine para alguna que otra actividad que poco tenía que ver con la vista. Le terminó gustando compartir sus impresiones primeras con alguien y no le importaba sacrificar que la película se le escapase rápidamente de la cabeza devorada por las opiniones de los demás.

Julio ha olvidado la intensidad de aquellas tardes en las que iba solo a las salas de cine, y de cómo fueron importantes en su proceso de descubrir quién quería ser.

Julio no necesita ya pensar ni llenar su cabeza de colores, de belleza o de reflexiones. Se siente completo y cómodo con su vida. Más o menos desde que conoció a Andrés y se enamoró de verdad. Desde que vive con él y por fin ha conseguido llegar al final del camino de acercarse a quien quería ser.

La suerte le sonrío por partida doble ya que justo unos meses después de conocer a Andrés aquella multinacional le aceptó tras un arduo proceso de selección. Consciente de que en principio no era el trabajo que quería, les había enviado una respuesta a un anuncio de trabajo porque estaba harto de no obtener respuestas a las ofertas que en realidad le interesaban. Era un trabajo cualificado y le pagaban bien. Debía viajar, pero a él siempre le había gustado hacerlo. Los horarios tampoco eran muy humanos, pero imaginó que a fin de cuentas tampoco uno puede pedir mucho más cuando está empezando. El salario estaba muy bien, y eso sí que contaba. Contaba para dejar aquel cuchitril compartido con estudiantes de paso. Contaba para poder hacer muchas de las cosas que siempre había querido hacer. Contaba para llevar un nivel de vida como el que quería llevar con Andrés. En el fondo, de alguna forma, siempre consideró que aquel golpe de suerte estaba inevitablemente unido a haberle conocido.

Los años pasaron y poco a poco se incrementaron los viajes y las jornadas saliendo cada vez más tarde de la oficina. Pero también lo hicieron con creces sus ingresos. Lo consideraba algo normal, como la vida misma. Con Andrés las cosas iban bien, cada vez mejor, se atrevía a imaginar. También él tenía muchas horas de trabajo, así que cuando llegaban a casa, se dedicaban todo el tiempo y la energía que les quedaba. Ambas cosas, sin embargo, fueron poco a poco disminuyendo con los años, y lo hicieron tan sutilmente que nunca lograron llegar a hacerles cuestionar aquella sensación de plenitud que algún día sintieron.

Hace poco, en el transcurso de un viaje de trabajo a Londres, Julio tuvo un importante retraso en Heathrow, así que dedicó sus horas de espera en el hotel que le asignaron a chatear un poco en Internet. Lo hacía de vez en cuando, por mero pasatiempo, sobre todo cuando estaba solo. Le gustaba mentir e inventarse vidas que contar. Le gustaba incluso coquetear con otros. Pero se aburría rápido, en realidad nadie conseguía captar su atención más de veinte minutos, así que abandonaba las salas de chat pronto, cerrando aquellas vidas imaginarias de un golpe veloz y aséptico de tecla. Así lo hizo aquel día.

Fue entonces cuando comenzó a teclear nombres y frases sin mucho orden en google. Nombres de lugares primero. Lugares en los que había estado, lugares que quería visitar, lugares donde le habían sucedido cosas importantes. El tiempo pasaba, y le resultaba mucho más entretenido que ponerse a revisar trabajo para el día siguiente o volver al chat.

Pero con ese jueguecito aparentemente inofensivo, empezó a penetrar en un terreno que nunca supuso que tuviera prohibido. Pero lo tenía. Y las grafías por las que viajaba le condujeron a sus correspondientes semánticas personales que, de manera aplastante, le fueron llevando de un lugar a otro, de una persona a otra. Así hasta que se decidió a teclear aquel nombre, aparentemente olvidado desde hacía años, supuestamente inocuo.

Tras la pesquisa aparecieron una serie de entradas. Un par de la universidad y varias más en diferentes periódicos. Cuando pulsó sobre la primera de aquellas, la noticia, como un rayo, le dejó fulminado. Era la lista de víctimas mortales de un accidente de trenes del año anterior. Su nombre era uno de ellos. Siguió investigando y descubrió que en un periódico local de su ciudad se hacía una breve referencia a él y a su familia, pues era bastante conocido. Estaba casado y tenía dos hijas pequeñas. Hacía un viaje a Barcelona, por motivo desconocido. En noticias posteriores se especulaba con la posibilidad de que no hubiese hecho aquel viaje en solitario y hasta se le relacionaba con otro de los pasajeros que habían fallecido en el accidente y que viajaría a su lado. En otras declaraciones al periódico su mujer confesaba que desconocía el hecho de que su marido viajara en el tren accidentado. Parece que llevaba una vida normal. Sus vecinos apreciaban su generosidad y su simpatía.

Las tripas le hicieron un nudo a Julio. Un nudo muy fuerte, lleno de dolor y vacío. Cerró la página e intentó no pensar en ello, pero los recuerdos y los pensamientos, inevitablemente, se precipitaban en el estómago. Le faltaba el aire. Era como si media vida se le escapara entre los espacios de las palabras que acababa de leer.

Decidió que necesitaba salir a pasear. Lo hizo, y se lanzó a la calle sin mucha idea, caminando con prisa, como si sus pisadas pudiesen borrar el trazo de vida amarga que acababa de nacerle muy dentro. Al poco se dio cuenta que no sabía bien donde estaba, pues no conocía la zona. Fue cuando de repente recordó aquellos paseos que solía dar sin ninguna orientación después de las sesiones de cine. No sólo volvía a estar físicamente perdido. También era la primera vez en mucho tiempo que se encontraba frente a un sentimiento que le hacía dudar de su sensación de seguridad con su vida aparentemente sin fisuras. Se sentía incómodo. No podía evitar pensar en aquel tren, en la sonrisa de Óscar, que nunca había en realidad olvidado, en las circunstancias en las que salió de su vida, en cómo tantas veces había querido volverle a ver para explicarle tantas cosas que ahora ya nunca podrían llegarle. Respiró hondo y miró al horizonte. Andrés se desdibujaba en su pecho, como un personaje secundario de una película. Sintió un terrible miedo frente a lo que sentía.

Fue entonces cuando decidió pensar que sólo había visto una película, como entonces. Una película desconcertante, pero una película al fin y al cabo. Y ya le había dado muchas vueltas a esta película. Demasiadas. Ahora debía volver a casa. Como entonces también. Sólo que entonces en casa no le esperaba nadie. Ahora sí. Alzó la mano con fuerza, para hacerse ver bien en la avenida donde los vehículos cruzaban a gran velocidad. Un taxi se detuvo y Julio entró en él.

- Sheraton Hotel, Heathrow, please. I am in a hurry.

Pensó así que Óscar desaparecería definitivamente, con su correspondiente silencio y su fundido en negro.

14 de octubre de 2008

Au revoir, Guillaume.

Guillaume Depardieu (1971-2008)


Cuando en 1993, Alain Corneau estrenaba en los cines su versión cinematográfica de la novela de Pascal Quignard Tous les matins du monde, yo vivía en Inglaterra y tenía tan sólo 1 año menos que él. La película me embriagó por su belleza, por la extrema delicadeza de su música, que en aquel momento contribuyó a acrecentar el interés por el hasta entonces aparentemente anodino barroco francés.
Me fascinó cómo trataba la hondura que la música puede ejercer en la vida y en la búsqueda de uno mismo. Me impactó mucho, me influyó mucho, me magnetizó mucho. Escuché aquella música como un poseso durante meses. Sigue estando entre mis compactos favoritos.

Pero también recuerdo aquel jóven Guillaume. 20 años. 1 menos que yo. La viva imagen de su padre, el célebre Gérard. Qué juventud tenían aquellos ojos azules, tan sólo unos meses mayores que yo. Ese espacio de tiempo que hemos compartido muchos años, todos esos en los que alguna vez de pasada leí alguna vez de su vida al límite, de sus coqueteos con el alcohol y las drogas, de su accidente de automóvil... En fin, de su vida, de la que yo siempre he guardado aquel recuerdo del joven Depardieu interpretando a un adolescente Marin Marais. A partir de ahora esos meses que nos llevamos irán creciendo, agigantándose, porque para él su vida se ha detenido a causa de una neumonía fulminante (sic).

Su muerte, aunque no fuera un personaje cercano a mí, me ha causado especial estupor. Quizá por compartir generación. No sé. Me voy a dormir con cierta inquietud, con una extraña, aunque agridulce necesidad de seguir exprimiendo la vida con fuerza, hasta con ansia, mañana cuando me despierte. Mañana, antes de que la nada me trague, antes de que pueda tragarme fulminante como ella sería capaz de hacerlo. Ansia de vivir y de buscar la belleza cada vez que puedo, y de hacer todo aquello que a veces no consigo descifrar, pero que poco a poco voy sabiendo que me hace feliz: abrazar cada mañana a quien deseo, aprender cada día algo nuevo, besar todas las veces que puedo a quienes quiero, viajar hasta el fin del mundo, oler cuantas veces puedo a quien amo, emborracharme de todo aquello de me gusta, no menoscabar la intensidad, escucharme más a mí mismo, intentar cada día entender mejor a quien no soy capaz de entender... y por supuesto alargar siempre que pueda esta lista con paciencia.

6 de octubre de 2008

Noches en blanco.



Había noches en las que reconozco que no era aplicado. Me escapaba sin ser visto y echaba a andar calle abajo, hasta que la oscuridad me tragaba. Confiaba en el sueño pesado de Íñigo. A pesar de la libertad que siempre me había dado, en el fondo el estómago se me hacía un nudo al cerrar la puerta y apretar el botón de llamada del ascensor. Y eso que creo que nunca notó nada.

Aquellas noches la sangre me hervía y el frío de la calle no refrescaba mi excitación ni un ápice. Acudía a los bares de entonces. Esos a los que iba antes de conocer a Íñigo. Seguían yendo casi los mismos. También él, aunque nunca le hablé. En eso las cosas no habían cambiado. Al primer sorbo de vodka el estómago se apaciguaba y comenzaba a borrarse esa extraña sensación de no estar haciendo lo correcto. A veces me quedaba hasta pasadas las tres de la mañana y al volver a casa no siempre quería recordar todo lo que había sucedido. El filo del ecuador de la noche solía sorprenderme en lugares insólitos como parques, portales o incluso algún que otro interior. Pero hasta ahí alcanzaba mi indisciplina. Estuviese donde estuviese, retomaba mis pasos y me marchaba a casa. Nunca hubo palabras. No las necesité. No las necesitábamos.
Al volver, con el frío retomando mis manos y mis pies, olía mis dedos con ansia y dejaba que por última vez el caudal de sentimientos encontrados chocase en mi interior. Después entraba sigiloso en casa, me lavaba silenciosamente en el lavabo, entraba en la cama y me acercaba a Íñigo, que respiraba profundamente hundido en su sueño. Era muy especial sentirlo tan tibio entre las sábanas. Como volver a casa después de un largo viaje.

Después de Íñigo vino Felipe, pero con él nunca me he escapado. No sabría muy bien por qué. Felipe es diferente. Y supongo que también porque su sueño es demasiado ligero. Pero también porque es más frágil, más débil, más inseguro, y eso me hace preocuparme más por él. Supongo que es una relación más descompensada. No sé, hasta ahora no lo había pensado. Y es que tampoco echaba de menos el peligro de las noches ausente de casa en secreto.

Hoy, sin embargo, aquella sensación ha vuelto. Esta tarde me ha parecido verle en un vips del centro mientras hojeaba una revista. He salido enseguida, sin ser visto, eso creo. Pero no me detenido hasta llegar a casa y encontrar aquella camiseta rebuscando entre la ropa vieja. Me ha costado, casi pensé que la habría tirado. Pero allí estaba, perdida entre las cosas de verano, en el fondo del altillo del armario. Aún tiene aquel olor. Y su efecto no se ha hecho esperar.

Esta noche Felipe no está, se ha ido a pasar la noche con su madre, que anda mala la pobre. No es la primera vez que lo hace, pero sí la primera que siento esta desazón, como un animal que mordisquea mis entrañas. He puesto música alegre, de la que nunca suele fallar. Pero hoy, esas mismas notas se me cruzan en la cabeza y me empujan hacia la puerta. Siento un deseo atroz de calzar mis pies desnudos en los zapatos que descansan inmóviles a tan sólo unos metros. Después, es tan fácil como tomar una chaqueta y llegar hasta el pomo frío de la puerta. Siento ya cómo calmará mi mano que arde. Abrir y salir. Tan sencillo. Hoy, ni siquiera tengo que preocuparme de no ser escuchado.
Me detengo y tomo una decisión. Sonrío, porque la duda acaba de esfumarse. Ya pensaré en lo demás mañana por la mañana, me digo.

2 de octubre de 2008

El otoño imaginario





Este inicio de otoño me trae atardeceres que no quieren ser noche.
Noches que quieren escapar del sueño
Y sueños de recuerdos y olores que de allá escaparon.

De allá donde no había mar,
De allá donde la isla vagaba rozada por el olvido
Y las estrellas invernales.

Se agotan en mi garganta.
Allí naufragan y se hunden en mi lengua,
Pero arrojan su daga en el pozo oscuro

La pared es alta y callada,
Sólo Mozart osa mirar a través de sus huecos
Para sonar también detrás de ella.

Y en el otro lado crece la hierba que no escucho,
Desde la playa la arena sigue un trazo frío de pasos
Hasta la sorda espuma.

Pero a mi espalda a veces llegan pequeños alientos
Suaves vacíos de humo ligero que en su curva
Sin tocarme... me atraviesan.

29 de septiembre de 2008

Apuntes de domingos y de lunes.


A veces espera pacientemente las horas quietas del domingo. Recuerda aquellos otros en que las sonrisas afiladas de la noche silbaban aún sobre su cuello y una dulce anestesia de pequeñas angustias solía sembrarse por su pecho. La nada se esparcía entonces por el suelo que tan sólo horas antes desordenaba la ropa tibia y desdoblada del secreto. Cuando en las esquinas aún temblaba el polvo y la mirada temblorosa de las arañas, el silencio se hacía de nuevo. Sin embargo su mirada, entre perdida e intensa, quedaba adherida a las paredes, y el rastro de piel que dejaba su aliento se iba escondiendo entre las hojas de aquella hortensia que entristecía en la esquina del salón.
Después venían aquellos otros lunes de mañana fría y perfume en las aceras, de tráfico ordenado y continuo en la avenida, de rutinas salvadoras y sonrisas estrenadas de buenos días que definían de nuevo su norte desdibujado.

Aquellos domingos se extinguieron, y se fueron apagando las bombillas una a una. Todo estaba en el plan, meticulosamente previsto por él, diseñado para una conveniente madurez y una sostenible felicidad dentro de una vida sentimental sana, ordenada y satisfactoria.

-Y soy feliz – piensa.

Pero cada domingo, especialmente esos en los que el cielo gris se instala en la garganta como erizo de mar inquieto, no puede evitar sentir un vacío enorme cuando mira la calle desierta a través de su amplio ventanal de casa acomodada.

-Las tardes de domingo siempre han sido tristes- sostiene.

Pero sabe que el precipicio se está haciendo inevitablemente hondo, y su oscuridad inmensa y venenosa. Por eso cada semana desea con más fuerza la llegada del lunes y su despacho vacío, de Rosa trayéndole la agenda de la jornada y ese inquietante becario que se cruza cada mañana con él en el ascensor sin apartar la mirada de su retina.

-En el fondo, siempre me gustaron los lunes- dice para sí, confiado.

25 de septiembre de 2008

Mozart o el milagro de borrar la tristeza con tristeza.

Nunca dudé de su efecto apaciguador, evasivo, balsámico, reparador... Compañía sigilosa y sutil que nos lleva al sueño del que llegamos y al que alguna vez retornaremos. Tristeza de un adagio que sin embargo nos purifica, nos eleva y nos anestesia contra la aguja del dolor.


La versión de Daniel Barenboim es tan redonda que uno casi se atrevería a asegurar que jamás alguien podrá volver a grabarla con esa perfección de su primera integral para la EMI, de 1985.



Piano Sonata No. 12 in F major, K. 332 (K. 300k): Adagio - Wolfgang Amadeus Mozart

21 de septiembre de 2008

Del Miño a la globalización...



Aún hay lugares donde el tiempo se ha detenido hace años. Donde a pesar de que las ondas del móvil lleguen (dónde no, ya hoy en día), o de que puedas dormir en un hotel de diseño, aún no se ha transformado el paisaje, ni las costumbres, ni se ha perdido ese sutil aislamiento capaz de crear microcosmos únicos.
En España aún contamos con algunos. Como este de la foto, en las riberas del Miño, entre las provincias de Lugo y Orense, donde he estado estos días.
A pesar de la tristeza que supone ver muchas de estas zonas deshabitadas, las casas cerradas o pueblos enteros como fantasmas, aún no se ha despoblado del todo.

En un momento en el que parece que sólo es posible la dicotomía entre la homogenización que nos impone el mundo globalizado o la defensa a ultranza de una cultura como única forma de entender el mundo sin que quepan aportaciones externas, se me ocurre que estamos perdiendo la capacidad de entender la vida como un ejercicio de sumar y superponer formas y miradas: sumar para conocer y superponer para dudar y poder crecer. Que estamos perdiendo, en definitiva, la capacidad de elegir y la de crecer en la multiculturalidad. En sitios como el que he estado, que admito que nunca elegiría como lugar para vivir, sin embargo, soy consciente de que son el pequeño y casi único reducto de muchos paisajes naturales y humanos que creíamos desterrados ya y que están a punto de perderse. Reductos de una forma de vida que tiene también mucho que aportarnos y que sin embargo hemos rechazado de manera global, como si nada de ella fuese válido.
Lo mismo ocurre con los nacionalismos, en tantos y tantos lugares donde la oportunidad de tener varias miradas, varios lenguajes, se está desperdiciando en pro de defender la que cada uno considera legítima. Y no hacemos más que perder y perder. Los unos y los otros, por pura miopía.
Igualarse al resto en mi opinión es tan pobre como diferenciarse sin posibilidad de intercambio y enriquecimiento con el resto. ¿Será que saber mantener la diferencia de cada uno sin convertirla en una muralla es tan difícil? Debe ser que sí. Pero también debe ser que es lo que quieren algunos, pues sino no entiendo la virulencia con la que se está atacando una asignatura que en realidad es “menor” dentro del sistema educativo. La crisis del sistema no está en la asignatura de educación para la ciudadanía, sino en el sistema mismo, del cual esta asignatura no es más que una anécdota, quizá la más vistosa de criticar y de hacer mover esas voluntades deseosas de levantar murallas y flechas contra los que no piensan como ellos, pero no deja de ser una mera anécdota. Eso sí, cargada de valores que muchos no desean, porque hará que los futuros ciudadanos se planteen cosas que no interesan.
De todas formas y así, entre unos y otros, se marea la perdiz y la casa (el sistema educativo) sin barrer.

Vaticino un futuro en el que todos mantendremos nuestro idioma y no se fomentará más que el estudio del inglés. Un futuro donde la diferencia cultural será una máscara vistosa y que nos llene de orgullo, pero que no hará más que esconder nuestras almas globalizadas y estandarizadas, prestas a ser manejadas a la perfección por un sistema capitalista que nos convertirá aún más en súbditos dependientes de un sistema que nos dejará respirar pensando que somos únicos y diferentes, y a la vez guapos y estupendos...

Qué pena.

18 de septiembre de 2008

La vida que soñamos


En estos momentos se entrega en Barcelona el IV Premio de narrativa gay y lésbica. El ganador de la presente edición es el joven escritor de Terrassa Raúl Portero, y la novela con la que ha conseguido convencer al jurado se titula “la vida que soñamos”.

No suelo hacer mención ni crítica aquí a novelas ni premios relacionados con la denominada literatura gay, literatura gltb, o similares, pues no entiendo muy bien que deba hablarse de un subgénero en la literatura en función del comportamiento sexual de sus protagonistas. Creo que la literatura es literatura en base a otros criterios y los subgéneros de la misma así deberían serlo.

No obstante, no puedo dejar de mencionar una novela que conozco bien porque conozco a Raúl y la he leído varias veces. Una novela que desde el principio me pareció no sólo un ejercicio notable de narrativa, sino poseedora de elementos por los que quien la lea no puede quedar indiferente.

Raúl nos habla en ella del amor, de la pérdida y de la memoria. Y lo hace de una manera simple y directa, pero al mismo tiempo con un extraño lirismo.
Desde el principio me gustó su prosa, porque es muy depurada, y consigue, con una economía de adjetivos que sorprende, ser enormemente bella a la vez que contundente.


A través un juego en el que el narrador nos va guiando desde diferentes pasados a diferentes futuros, el lector va componiendo el puzzle de una historia que conmueve, pues nos enfrenta a nuestro propio miedo a la ausencia y a la soledad. Y lo hace a través no de la evidencia, sino de la descripción de pequeños detalles de la cotidianeidad, aparentemente insignificantes, pero que se convierten en otros narradores, que de manera paralela y sutil nos van susurrando acerca del dolor, de la incredulidad, del recuerdo como alivio vital, de la necesidad del duelo...

Por todo ello siempre he apostado por esta novela, porque pienso que es literatura y eso hoy en día no se da con mucha frecuencia. Y da igual que el protagonista sea o no homosexual porque aquello de lo que nos habla es lo importante de la vida y le llegará igual a una lesbiana que a un transexual, o a un heterosexual, lo mismo que a un joven o a un anciano. Porque en ella nos podemos reconocer todos, y eso es lo grande de esta novela.

Creo que más allá de eso, también contribuye a la normalización de (en este caso) los gays en la sociedad, pero precisamente lo hace por eso, porque los coloca sin ningún tipo de máscara ni tópico, desnudos ante la vida, como lo estamos todos.

Por eso, desde aquí mi felicitación a Raúl, a quien además me une una amistad muy fructífera en lo personal y en lo artístico. Y mis deseos de que aquí comience una carrera de escritor, porque sé lo que viene después de la vida que soñamos, y sinceramente lo merece.

Y a los lectores, no dejéis de comprarlo cuando se edite, ya os mantendré informados. De momento, y esperando que su autor no lo tome a mal, aquí os dejo con unos brevísimos fragmentos.


se besan en mitad de la pista mientras cierran los ojos y por primera vez en algún tiempo no están pensando en otros

(...)

carlos sostiene la mirada sobre enrique como si fuera un desafío. no quiere que le den ánimos. sabe que josep no se va a despertar nunca más.
-¿cómo se puede vivir después? -susurra.
-es difícil al principio –contesta enrique, moviendo la cabeza.
carlos se reclina en el asiento, llevándose el cigarrillo a la boca

(...)

carlos se reclina en el asiento, llevándose el cigarrillo a la boca.
-me gustan tus pies –añade josep, señalándolos con la mirada.
carlos baja la vista para mirárselos. está descalzo y son unos pies pálidos, sin vello, con unos dedos perfectos. carlos mira a josep desconcertado y sorprendido.

(...)

-¿sabes lo que más me asusta ahora mismo?
ernesto niega con la cabeza, secándose los ojos con las manos. ha intentado no llorar, pero las lágrimas se acumulan en los párpados y resbalan lentamente por su cara.
-¿qué?
-todas las cosas que he olvidado –responde carlos,