Buscando en la primavera perfecta. Buscando entre sus nubes abultadas. Buscando en el instante de la brisa fresca, aún sin agostar. Buscando a través del tráfico, surcando el anhelo entre los humos y los cuerpos llenos de deseo y de olvido. Buscando entre las pieles que se saludan y se saben recién estrenadas. Buscando en las ramas del sol cegador. Buscando, alcanzado de sonrisas anónimas.
Buscando entre las palabras, sobre las aceras, sobre las esquinas, sobre los iconos, en la tarde diminuta y sola.
Buscando en la memoria que me asalta, en el aliento que me atrapa, en el latido que me alcanza. Buscando, sobre las llamas buscando.
Me da por pensar últimamente en el poco cuidado que ponemos en tomar consciencia de nuestro Patrimonio. A veces parece que lo único que merece el rescate, la restauración o la puesta en valor es lo más tangible del pasado, es decir, la arquitectura. Y sin embargo hemos descuidado revisiones de importantes periodos de la historia de nuestro país, géneros literarios, científicos importantes, y otros tantos y tantos importantes creadores de las más diversas Artes...
La música, desgraciadamente, tampoco está entre los valores culturales por los que nos hayamos destacado mucho en cuidar como es debido. Últimamente estoy intentando descubrir nuevas obras y nuevos autores de nuestro país. Hay muy pocos, pero algún músico hay, que se está dedicando a rescatar y dar a conocer el inmenso patrimonio musical español encerrado en archivos de diferente naturaleza, olvidado y sin ser interpretado en muchos casos desde hace siglos. Al igual que hicieran hace años algunos con esa época de esplendor de la música española de los siglos XVI y XVII que ahora encandila a tantos melómanos de todo el mundo, se comienza a hacer ahora con el desconocido periodo (en lo musical, quiero decir) de los siglos XVIII y XIX. Intentaré hacer alguna entrada con lo que voy descubriendo.
Pero al hilo de lo que quería comentar, ayer fui plenamente consciente del desinterés que estos temas suscitan, ni siquiera entre las autoridades e instituciones que vertebran la vida cultural de nuestro país. Ayer se celebró el 100 aniversario de la muerte de uno de los músicos más importantes que hemos tenido, Isaac Albéniz. Casi nadie se ha hecho eco. Las celebraciones, a pesar de la rueda de prensa a bombo y platillo de la ministra de cultura, van a ser muy discretas. Y de muestra un par de botones. Ni siquiera la Orquesta Nacional de España (que la próxima semana ejecuta un programa de música española sin contar con él) lo ha programado este año. Tampoco el ciclo más importante de recitales de pianistas de este país, el de la revista Scherzo, ha intentado que su obra maestra, la suite Iberia, sea tocada en este año del aniversario de la muerte de su autor. Es cierto que existe un programa de actividades que pretende reivindicarlo, pero que si se mira detenidamente, tampoco aporta mucho, ni servirá para que efectivamente la figura de Albéniz sea más conocida y apreciada.
Y es que hablamos de un músico reconocido internacionalmente, no sólo como uno de los intérpretes de piano más importantes que hemos tenido, sino especialmente como uno de los más grandes compositores de música para piano del XIX. Su suite Iberia es considerada una de las cimas del instrumento.
Albéniz fue un músico formado en Francia, y estuvo en contacto con las élites y las vanguardias musicales de su época. Su modernidad es incuestionable, pero aquí nunca se le entendió, y eso que partió siempre de un conocimiento profundo y apasionado de la música popular, principalmente de aquellas del sur de la península ibérica. Él consiguió traducirlas a un lenguaje musical universal y moderno, a través de una escritura vibrante y honda sin dejar de ser profundamente folclórica. Y todo ello desde una complejidad formal fuera de lo normal, y una creatividad que simplemente nos desarma.
Para recordarle he elegido uno de los números de la suite Iberia menos conocidos, pero que está entre mis favoritos: Almería. Es la pura esencia del cante jondo, convertida en un impresionante ejercicio de ensoñación musical que desde una escritura nueva nos hace llegar igualmente ese lado hondo e infinitamente melancólico y oscuro que describe muy bien cómo no todo en este lugar del mundo es luz, alegría y buen humor...
La interpretación es la del pianista cordobés, Rafael Orozco, uno de los más grandes que hemos tenido en España en el siglo XX, y que se merece sólo él una entrada entera (quizá mi amigo Pe-jota se atreva a hacerlo, es de los que creo que encajan bien en su blog). No hace falta decir que es mi interpretación favorita.
Defender la alegría como una trinchera defenderla del escándalo y la rutina de la miseria y los miserables de las ausencias transitorias y la definitivas defender la alegría como un principio defenderla del pasmo y las pesadillas de los neutrales y de los neutrones de las dulces infamias y los graves diagnósticos
defender la alegría como una bandera defenderla del rayo y la melancolía de los ingenuos y de los canallas de la retórica los paros cardíacos y de las endemias y las academias
defender la alegría como un destino defenderla del fuego y de los bomberos de los suicidas y los homicidas de las vacaciones y del agobio de la obligación de estar alegres
defender la alegría como un certeza defenderla del óxido y la roña de la famosa pátina del tiempo del relente y del oportunismo de los proxenetas de la risa
defender la alegría como un derecho defenderla de dios y del invierno de las mayúsculas y de la muerte de los apellidos y las lástimas del azar y también de la alegría.
A pesar de que me gustaría poder escribir algo más neutro y objetivo, reconozco que me resulta difícil hacerlo cuando de quien estoy hablando es de Iñaki.
Parece que aquella noche de otoño primerizo en la que me lo encontré por primera vez quedase muy atrás en el tiempo. Pero en realidad no fue hace tanto. Sólo que entramos rápido uno en la vida del otro. Con calma, pero con la discreta velocidad de la complicidad. Y nos sembramos de noches y cervezas por las cuestas de ese Madrid que a ambos nos subyuga. Y desde el inicio nos cosimos con palabras, yo las suyas y él las mías. A nuestra manera, siendo tan diferentes, ocupamos un espacio común en nuestra manera de entender la palabra. Lo intuía, pero ahora que por fin tengo su primer trabajo entre mis manos, soy consciente de la ruta que hasta ahora yo sólo sospechaba.
Iñaki es un gran imaginador de oscura humanidad. Y su palabra es precisa, contundente y esculpida con mimo e inteligencia, como en la mejor literatura.
Sus personajes son derrotados de la vida, pequeños trozos de cristal roto, imposible de recomponer, pero reflejan lo que somos, seres en continua construcción porque continuamente nos destruimos un poco. Y es que el reflejo de quienes somos es imperfecto, fragmentario, superpuesto, pero es únicamente así, desde la ruptura, como lo más íntimo de nuestra identidad, ese secreto que todos llevamos dentro, puede respirar un poco y hacernos algo libres.
Pero no es sólo la complicidad lo que me lleva a recomendar el libro de Iñaki, Blues y otros cuentos. Sinceramente creo que en su construcción literaria, en su forma de narrar, hay no sólo una mirada personal y coherente, sino profundamente literaria.
Y para dar comienzo a este viaje infinito que supone lanzar un libro al mundo, el inicio lo pone la presentación que tendrá lugar en la Librería Antinous (Josep Anselm Clavé 6) de Barcelona, el próximo viernes 15 de mayo a las 19:30, y en la que participará Raúl Portero, actual ganador del IV Premio Terenci Moix de Narrativa Gay y Lésbica
La premura con la que se ha organizado todo me impide asistir, pero os animo a hacerlo a todos los que viváis o estéis por Barcelona. Pronto también lo presentará en Madrid, os mantendré al corriente.
Y qué mejor prueba que un pequeño extracto para dejaros con ganas de ir...
"Sonia salió a la calle, vestida únicamente con los calzoncillos del hombre sin nombre. Era un barrio nuevo y apenas había gente. Y aunque la hubiera. Le daba igual que la vieran así. Ya no le importaba nada. Se sentó en el mismo banco en el que había conocido a su última pareja sexual y cruzó las piernas. Sonia pensó que había elegido mal, de nuevo, que necesitaba cambiar, otra vez. Lo que no alcanzo a pensar es que si se limitaba a cambiar de nombre, de casa, lo único que lograría era acabar sentada en un banco, semidesnuda, de madrugada, meditando una nueva herida"
(La eterna fugitiva, Blues y otros cuentos. Iñaki Echarte Vidarte, 2009)
Un abrazo grande, amigo, de esos míos que al principio te daban un poco de susto. Y suerte en el viaje.
Esta ciudad es un pozo continuo de secretos que día a día se precipitan en sus noches con el ansia voraz de algunos de sus habitantes. Su capacidad transformadora me sigue sorprendiendo después de todos estos años. Y no me refiero a su rostro físico, continuamente desfigurado por la mano de un gobernante sin criterio estético ni humano, sino a la capacidad de sus habitantes para reinventar el espacio que ocupan sus múltiples realidades y sus insospechados anhelos, siempre atravesados por ese margen del sueño suyo, tan especial.
En su velocidad, en su aparente frivolidad, nada parece evidenciarlo, pero sólo es preciso retirar esa primera corteza para que su humanidad, múltiple y compleja, se derrame por barras de bar trasnochadoras, esquinas de calles olvidadas o incluso silenciosos andenes. Cualquier lugar es idóneo para enterrar palabras en el aire espeso de sus madrugadas. Y con el inicio de las noches tibias, algo parece desnudar aún más su limpia oscuridad, algo así como el agudo presentimiento de sus iconos privados, a la vez dulces e intransferibles.
Ayer, mientras volvía a casa en taxi, a toda velocidad, sentía el escalofrío de todos esos innumerables viajes insospechados con los que he ido trazado poco a poco mis secretas redes sobre su asfalto. Son trayectos, cada uno desde su minúscula historia de una noche, que han ido tejiendo lentamente el lazo intenso que me une esta ciudad increíble. También están los otros, cosidos a base de pequeños pasos sobre sus aceras llenas de sorpresas y ocultas inmensidades. O incluso aquellos otros subterráneos, como el que trazabas tú al mismo tiempo que yo, como si se tratara de un túnel invisible en este nuevo sueño que se mueve en secreto por las últimas madrugadas de nuestra inevitable amada: Madrid. De nuevo, esta ciudad, que no cesa de tejer sus propios e inconfundibles mapas.
“I wish I had one friend I wasn’t destined to loose.” She looked at me with a pensive smile. “You’re speaking volumes, my friend, and tonight we’re doing short poems only.” She kept looking at me. “I feel for you.” She brought her palm in a sad and lingering caress to my face, as if I had suddenly become her child. “You’re too young to know what I am saying -but one day soon, I hope we’ll speak again, an then we’ll see if I’m big enough to take back the word I used tonight. Scherzavo, I was only joking.” A kiss to my cheek.
André Aciman, Call me by your name, 2007.
Alex sentía el sol evaporar las últimas gotas de agua de la piscina sobre su espalda. El calor era asfixiante, pero aún incapaz de sofocarle debido a la humedad fresca proporcionada por el chapuzón. Frente a él, Fede permanecía en un delicado estado de modorra, a pleno sol, sin que una gota de sudor apareciese en su frente. ¡Qué resistencia!, pensaba Alex. Las últimas palabras de la conversación previa a sus cuatro largos aún se repetía como en eco en su memoria, casi aún en la piel de sus oídos. Como con otras personas a lo largo de su aún breve vida, Alex acababa de descubrir que de aquellas tardes de verano en la piscina o paseando en el jardín botánico, la amistad con Fede se cristalizaba con una especial fuerza y profundidad. Con una complicidad que surgía imparable, como indestructible, con ese ímpetu de lo que pensamos que nunca se puede desvanecer.
Alex, debido a su timidez, siempre había sido muy lento haciendo amigos, y aún más intimando con ellos. Necesitaba una empatía extraordinaria para lanzarse y confiar en alguien. El fantasma de la pérdida y del dolor le acechaban con frecuencia, como una sombra viva a la que la felicidad siempre despierta. Alex sentía un miedo inexplicable, un miedo confuso que se mezclaba inevitablemente con aquella otra sensación de no tener ese "mejor amigo" del que todo el mundo siempre habla. Alex se sentía como huérfano vital, incapaz, imperfecto, discriminado. En aquel instante, oyendo las palabras de Fede golpear aún en la frontera de su vulnerabilidad, Alex se sentía extraño y feliz. Decidió justo entonces que sacaría de la mochila el libro que le había traído como regalo atrasado de cumpleaños. Mientras Fede seguía inmutable sobre la toalla, tomó su bolígrafo y se dispuso a escribir en la primera hoja en blanco del libro una pequeña dedicatoria. "Te doy permiso para entrar en mi vida", o algo así debía poner, "pero si algún día has de salir, por favor, hazlo despacio, de puntillas, para no perderte de golpe, para que pueda, al menos, prepararme y conservar algo de ti."
Parecía que el tiempo se hubiese detenido, hasta el barullo continuo de la piscina se había acallado, cuando Fede abrió los ojos y Alex le tendió el libro con una mueca entre tímida y orgullosa. La sonrisa de Fede al leer su pequeño texto, su diminuto guiño, casi imperceptible, animándole a lanzarse prestos al agua, le devolvieron el ruido y la realidad de nuevo. Siguieron hablando de otras cosas, de otras personas, de sus vidas y de las de los otros. Y siguieron así el camino de una amistad de esas que no entiende nadie.
Pero Fede se marchó un día. Sin imaginarlo él, pero se marchó para siempre. De golpe y enojado con Alex, destruyendo aquel castillo que de repente se transformó en arena frágil que se desmoronaba. Y el miedo de Alex lo invadió todo para siempre, asaltado de dolor, ahogado por la incomprensión de ver tanto empeño, tanto sentimiento y vehemencia, tantas palabras y tantos minutos transformarse de camino en vía muerta, como una macabra metáfora de la vida, con el incisivo y hondo dolor de las cuerdas de ese quinteto que tanto le gustaba, pero que también tanto le perturbaba.
Aquella tarde se quedó adherida en su memoria como un refugio del último instante de inocencia y felicidad confiada, como su pequeño Schubert personal y privado.
Cease, anxious world, your fruitless pain, To grasp forbidden store; Your studied labours shall prove vain, Your Alchemy unblest, While seeds of far more precious ore Are ripen'd in my breast.
My breast, the forge of happier love, Where my Lucinda lives; And the rich stock does so improve, As she her art employs, That ev'ry smile and touch she gives Turns all to golden joys.
Since then we can such treasures raise Let's no expense refuse; In love let's lay out all our days, How can we ever be poor When ev'ry blessing that we use Begets a thousand more?
Sir George Etheredge (1635?-1691)
Y así alzamos tales tesoros Que no escatimemos esfuerzo, Vivamos ejerciendo el amor todos los días ¿Cómo íbamos a ser pobres Cuando cada fortuna que consumimos engendra un millar más?
Me despierto estas mañanas con el sueño a punto de ser atrapado por sus extremos. Con la sensación en los labios pero sin argumento, con un sentimiento parecido más a la intuición que al recuerdo que se borra, como si los sueños se traspusieran transformándose en futuro posible que aún está por llegar, pero que deja un preludio en algún lugar de los innumerables pasillos que guardan dedos, memoria o anhelo... A veces sí, a veces consigo tirar del hilo, a la espera de ver desplomarse sobre mí, uno tras otro, los personajes secundarios, protagonistas de todas las historias menores, secuelas, anécdotas... Y es que ya me lo sé, lo principal siempre me queda en sombra. Un abrazo que no di y tampoco sé a quién, una palabra que olvidé, un rostro que no descifro, que puede no ser nadie, pero a quien no dejo de presentir clave para comprenderlo todo.
Recuerdo cuando, hace años ya, solía recordar casi todas las historias que pasaban por mi cabeza en las horas de la noche. Siempre ligados a las inquietudes del momento, casi siempre reconocibles, recomponibles como un puzzle que encajaba bien con la realidad. Ahora no, ahora los sueños son pistas secundarias, rostros de lo más cotidiano, y la sospecha de que entre las sombras, algo sucede durante el sueño que no soy capaz de trasladar al consciente. He dejado de angustiarme por ese olvido que me practica mi propia mente.
Llevar una vida ciertamente equilibrada, aunque no carente de emociones, ha ordenado quizá demasiado el descontrol incierto del pasado, y a veces no sé si me ha dormido a mí también en un orden que no estoy seguro si permite dudas, o tan sólo las tolera en los márgenes del cuaderno o a pie de página. Soy consciente que en ese pozo de oscuridad de la noche no sólo los protagonistas de mis sueños se pliegan hasta hacerse invisibles a la luz del despertar. Sé que también yo mismo me oculto entre ellos, con ellos, con los deseos que ya no sé leer, con los miedos que superé pero que jamás volví a observar de frente. ¿Será que cada vez me alejo más de quien soy? ¿Será que de hecho lo hago con cada despertar?
No lo sé, nada sé en esta confusa primavera que se empeña en revolverlo todo. Tan sólo el ancla del abrazo matutino, ese que me das al despertar y que se hace grande, inmenso, real, tan sólo él me devuelve al camino. Al igual que tu sonrisa amplia, espontánea y sincera, compartida entre torpes empujones en el cuarto de baño. Realidades que son las que me definen, las que me hacen encontrarme en un mapa de personajes secundarios y sombras desplegadas por el territorio. Se me olvidaba que estás tú, y que con eso es suficiente para aceptar la duda y la sombra, la inevitable fragilidad que también sin ti existiría, pero que contigo se hace razón sincera del camino que pisas, del que piso, del que pisamos sin cruzarnos, sin apenar ir de la mano, pero que sigue adelante sin inercia, pero con voluntad. Una voluntad que no se explica, que simplemente sucede.
¿Cuáles son los límites del amor anárquico, cuáles los del oscuro objeto de la intención que esquiva lo consciente? ¿Son acaso sus bordes sólidos, o es que se hunden en un imposible continuo? ¿Dónde está el final, dónde se quiebra el hielo alrededor de la botella?
Entre los barrotes amplios de mi morada se escapa el aire en huracanes deshechos, libremente deshechos. Entre ellos, frágiles, cabe mi mano, lo sé. Mis labios también. Sienten el agua del arroyo al otro lado cuando suena, fresca, las tardes de verano, aún sin tocarla. Mis pies alargados siempre se quedan dentro, arrastrándose como serpientes a lo largo del borde, en el vértice mismo de la esquina de la vida. Les gusta sentirse en el margen, descuidados, siempre al acecho del otro lado, siempre escondiéndose del silencio y del hastío.
No saben que el verdadero pozo interminable del deseo está dentro del límite, dentro de la misma cárcel que no evito. Sus más sinceros secretos no están en el más allá que alguna vez pisé (lo confieso) sino en el presente que no es secreto porque nunca nada fue. Discretamente agazapado en lo que nunca podrá siquiera ser inconfesable porque carece de existencia, y ni aún el ansia lo puede construir porque se deshace antes de ser dentro del aliento, antes de ser palabra en el vacío de la memoria oscura, antes mismo de brotar a la no-vida, en el imposible de una mano que casi no toca, de un olor breve sobre la piel del cuello o del roce imperceptible de los átomos de un pantalón y otro antes de pulverizarse en nada y ser borrados con la furia del olvido consciente, antes incluso de abrazar la verdad del presente convenido, como un universo que desaparece detrás de un gesto para no haber existido jamás.
We shall not cease from exploration And the end of all our exploring Will be to arrive where we started And know the place for the very first time.
T.S. Eliot.
(...)
Un día como uno de los de esta semana pero de hace ya diez años, llegué a esta ciudad en la que ahora vivo. Traía conmigo una maleta grande, el sol de la primavera titánica de Andalucía, y muchas sombras sobre mi espalda.
A pesar de no creer demasiado en los ciclos, sobre todo porque suelo evitar los condicionamientos en general, supongo que a veces se hacen inevitables, porque la vida para algunos, como descubre Elliot más arriba, supone una exploración en la que volvemos a llegar una y otra vez al punto de partida, que no dejamos de ser nosotros mismos, pero habiendo comprendido cada vez un poco más.
De aquel veinteañero que llegaba a la capital en el año 99 queda lo fundamental, la búsqueda de mi propia búsqueda. Madrid me acogió con generosidad de manera veloz, tanto como el inimitable tránsito humano de su Gran Vía. Me dio noches inolvidables, y olvidos necesarios .También me regaló encuentros que cambiaron mi vida, o que la torcieron lo suficiente. Inevitablemente ahondó en mi desarraigo y en mi dolorosa aceptación del desapego necesario para ejercer la libertad que es mi único pasaporte para poder acercarme a mí mismo, pero que secretamente también me hace asumir un oscuro dolor del que casi nadie sabe. Madrid también, como no, me ha regalado monumentales equivocaciones vitales, tropiezos varios, y amargos momentos de desesperanza. Aún de esta forma, siempre me ofreció la contagiosa alegría de sus calles y la imparable fuerza de su vitalidad para perderme en ella cuando más espesa fue la oscuridad.
Con todas esas piezas me he ido construyendo y he ido sumando poco a poco personas. Las que siempre estuvieron, y algunas más, que ejercen de familia madrileña y sustituyen esa red de apoyo vital que me da por imaginar que sustituyen a la verdadera. También amigos, amantes, indefinibles relaciones que fueron son y vendrán a ser. Todas ellas también me hicieron caminar en esa ruta de exploración. Así como los viajes cercanos o lejanos, y todos sus retornos a Madrid para ver de nuevo sus avenidas elegantes mirarme desde sus piedras, cada vez haciéndose más mías, más necesarias, adaptando cada vez más un hueco para ser ese mi lugar en el mundo que creo que han llegado a ser. También el amor compartido en noches de música, de terraza, de desayunos de naranja y aliento, de sexo desenfrenado o experimental, de inefable complicidad que se va definiendo con el perfil de esta ciudad que ha crecido también en estos diez años en los que ha erigido rascacielos, ciudades empresariales, vanguardistas centros culturales, y uno de los aeropuertos más grandes del mundo. Se diría que cada vez puede ser más incómoda, pero ese es el secreto de esta ciudad, que lo suma todo, que lo integra todo, que lo engulle todo. Y aquí todo es posible, todas las creencias y todas las mentalidades, todos los defectos y todas las virtudes. Desconcertante, pero adictiva. Terrible, pero con un enorme hueco para la felicidad de los que se dejen llevar por ella. Así es Madrid, diez años después. Y así me veo yo, los mismos años después, de nuevo en el punto de salida, más consciente de mí mismo. Consciente y orgulloso de una ciudad que me acogió, se construyó conmigo en su particular siglo XXI, pero que sobre todo, me ha hecho feliz. Mucho. Que así continúe haciéndolo.
Para terminar, la música de otro foráneo adoptado por esta ciudad, esta vez en el siglo XVIII. Su música lo dice todo de su loca fascinación.