El mundo evoluciona tan deprisa que saltamos a diario por abismos que ni siquiera paramos a mirar. Cuando nos detenemos y tomamos conciencia de quiénes somos y dónde estamos, más de uno siente un vértigo y una extrañeza que no puede eliminar sino con más velocidad y con menos toma de contacto con la realidad aún, alimentando así un proceso que seguramente no tendrá fin.
Seamos realistas: en una sola generación, casi con seguridad, se habrán desmontado la mayoría de las instituciones sociales que llevan construyéndose, fortificándose y sosteniendo el mundo occidental desde hace siglos. Y no digo que ponerlas en duda (en muchos casos) sea lo mejor. Pero es innegable que se está haciendo de manera automática y discreta, y que en este mundo de lo inmediato la mirada crítica, la reflexión y la comprensión del valor del pasado y de la memoria, no están efectivamente teniendo lugar.
La última película de Olivier Assayas lo intenta, a su manera. Sin ninguna intención de posicionarnos en ninguna opinión, nos abre una pequeña ventana a un momento de inflexión en la historia de una familia. Un momento en el que se va a poner de manifiesto una descomposición que de facto ya existe. La muerte de una madre que vive anclada en un mundo que ya ha desaparecido deja a sus tres hijos la no fácil tarea de enfrentarse al hecho de poner punto y final a la historia familiar. El pasado y la memoria (algo de lo que ella llevaba viviendo demasiados años) inevitablemente van a desaparecer por completo. Los hijos han construido vidas completamente diferentes, y cada uno (de alguna manera) representa un diferente modelo de éxito de la sociedad globalizada y actual. Uno director de producción de una empresa multinacional en expansión que se traslada a China para abaratar la mano de obra, la otra diseñadora de fama en Nueva York y sólo el mayor aún en París, padre de familia desbordado por el trabajo y la incomunicación. Sus vidas ya sólo estaban ligadas por las visitas a la casa materna en el campo unos pocos días de verano al año. Ella es una madre fría y algo excéntrica, hundida en un pasado con más de un secreto que sus hijos desconocen y heredera del legado artístico del tío abuelo de su marido, pintor de reconocido prestigio y hábil coleccionista de objetos de arte. Además, es ya la habitante única, junto con una criada que cuida de ella, de la mansión donde se atesoran todos estos objetos. A su muerte, el único hijo que aún vive en Francia intentará sin éxito salvaguardar la casa y el patrimonio artístico y sentimental de la familia, pero la causa está perdida, pues cada uno tiene su vida y sus intereses y ya nada de ese universo abultado, hermoso y desconocido en parte parece poder salvarse.
Con este punto de partida, Assayas nos deja ver las escenas que se suceden en esos días y que, más que mostrarnos la vida y la esencia de los personajes, nos dejan ver la realidad de la disolución de la familia y la pérdida de valor de la memoria y de sus iconos. Así, con la casa como símbolo de la familia que ya no interesa a nadie se provoca una reflexión sobre el valor de la memoria, el vacío en el que caen las vidas y sus secretos, el poder indestructible del proceso de individualización en el mundo, la falta de comunicación, los límites del arte, su pérdida de humanización y otras muchas que sin duda se me escaparon...En realidad no ocurre nada que no tenga que ocurrir, pero Assayas nos coloca como espectadores evidentes de una visión que nos remueve porque la sentimos cercana (a pesar de la distancia social y personal que pueda haber con los personajes individuales). En el fondo lo importante aquí no es lo que pasa, sino que lo estamos viendo con mucha evidencia desde fuera, y podríamos así también vernos a nosotros mismos y a nuestro entorno cercano. Cómo cambia el mundo, las costumbres, los referentes, las redes vitales en las que nos refugiamos... y en medio de esa velocidad nosotros incapaces de pararnos en cada uno de esos cambios para valorar su naturaleza real.
El bisturí de Assayas es muy preciso, pero no ataca a las personajes ni a sus vicios, sino a los mecanismos y a las inercias que provoca el mundo actual. Por eso quizá nos deje un retrato algo vacío de los protagonistas (que también por ello requieren una brillante interpretación para sostenerse, y así la brindan absolutamente todos los personajes principales y secundarios) pero nos dibuja a cambio un espacio de reflexión muy lúcido y certero. Cada cual opinará lo que quiera, pero la evidencia dejará huella en cada uno de nosotros. Assayas no nos alecciona, sólo nos invita a darnos cuenta una inevitable realidad ante la que a menudo tendemos a pasar de largo. Nadie se sentirá decepcionado porque la película tiene la capacidad para que cada espectador la haga suya desde su sinceridad. La vuelta de tuerca irónica del final es todo un canto a que la vida sigue a pesar de que lo destruyamos todo: un guiño estupendo para terminar esta cinta que vuelve a demostrar de nuevo lo fino que sigue hilando el cine francés.






