No me gustan las estaciones de tren. Los aeropuertos tampoco. Ni siquiera cuando me llevan donde deseo ir. Son lugares que me recuerdan las muchas distancias físicas que siempre ha habido en mi vida. Distancia familiar, distancia sentimental... Distancias sólo remediables acudiendo a esos lugares que sin embargo me llenan de una tristeza inevitable. Porque en ellas es como si siempre oliese a melancolía. Como si la tristeza se pegara a los zapatos y me llegara a la sangre. En ellos se me encoge el corazón, como fruto de una presión infinita. Me siento lejos, desprotegido, ausente, perdido...
Las distancias nacen a veces como murallas que es necesario salvar, traspasar, dominar. Pero otras muchas son el resultado de elecciones que tomamos porque es necesario vivir y perseguir aquello que deseamos, aquello que nos hace sentirnos vivos aquello por lo que podemos ser nosotros mismos. Casi nada es gratuito cuando elegimos, y las pérdidas que con ellas asumimos no son menos duras. Pero uno debe ser responsable y saber llorar en silencio. Son muchas lágrimas tragadas en soledad, demasiados 500 kilómetros trazados y atravesados, demasiados momentos de ausencia que sin remedio pasan factura. Y es en lugares como aquellos donde suelen hacerlo, inesperados, en la cola de facturación de una terminal abarrotada de sandalias o en un anden de cemento duro, mientras algún despistado arrastra lentamente su maleta en sentido contrario.
Y es tan fácil pensar que falta decisión, que faltan ganas o cariño. Y tan difícil entender el peso de la responsabilidad de ser coherente con lo que uno siente que es, con el lugar del mundo en el que uno siente que puede ser a pesar de tener que empujar uno mismo la daga del dolor de la distancia.
Y al tiempo que la vida toma sus lugares y sus heridas también el tiempo impone su ley y me demuestra año a año que ningún statu quo es posible, que nunca esos periodos donde parece que ya todo ha llegado a su clímax van a poder mantenerse así. En suma, que ninguna perfección se mantiene en el tiempo, porque todo cambia siempre. Y siempre hay quien se va, inesperadamente, como quien llega de repente. Y que nada puede ser nunca la realidad que podemos contar como perpetua, que todo son breves capítulos. Y que esa sensación de infancia donde parecía que todo iba a durar para siempre –el cielo tan azul, los paseos de julio con el viento fresco entre los árboles, la inocencia con la que contemplábamos la madurez como algo de otro mundo, como algo eterno y lejano a la vez- no es más que uno de esos milagros que nos regala la vida, pero que luego todo queda atrás, y que sólo la memoria la rescata, literaria como siempre, aunque la de la infancia lo es especialmente.
A pesar de ello, a veces cierro los ojos con fuerza y la arena casi parece estar ahí, húmeda entre mis dedos antes de entrar en el cubo de plástico azul intenso mientras mamá me recuerda que no se me ocurra bañarme, que se me puede cortar la digestión. Y de fondo el griterío de otros niños se mezcla con el olor de la imaginación de un helado en la terraza, al sol, o de un bocadillo interminable sintiendo el viento, siempre el viento, enredado entre los árboles oscuros.
El fuego en la sede de la Orquesta Filarmónica de Berlín nos ha asaltado en todos los telediarios y páginas de noticias de internet. Aún no se sabe el alcance del mismo, pero ya he leído que el edificio no será destruido por las llamas, aunque los daños serán considerables. En el momento del incidente el mítico Claudio Abbado, anterior director de la Orquesta -a quien hemos disfrutado recientemente con gran emoción en Madrid- y los músicos de la Filarmónica estaban ensayando, y han tenido que ser evacuados rápidamente. Poco más se sabe aún. Pero no puedo evitar pensar en otros teatros míticos como la Fenice veneciana o nuestro Liceu barcelonés, destruidos ambos fruto de las llamas en incendios más que polémicos que se saldaron con reconstrucciones aún si cabe más polémicas que muchos no terminan de comprender ni de sentir sinceras. El espacio es algo más que la materia para muchos de nosotros.
Sobre todo me da pena no haber visitado todos esos lugares maravillosos antes de que desaparecieran, cuando sé que pude haberlo hecho, como en el caso de ésta, la "Berliner Philharmonie", construida en los años 60 durante el "reinado" del director alemán Hertbert von Karajan en la orquesta alemana. Fue el modelo para muchas otras sedes de orquestas, y su disposición con la orquesta en el centro de un espacio en forma de un perfecto pentágono permite una visibilidad inmejorable para todos los espectadores, además de una interrelación entre los músicos y el público mucho más auténtica y cercana. Su sonoridad también es reconocida como de las mejores del mundo. Recuerdo haber tenido en la cabeza todo el tiempo haber visitado este edificio cuando estuve en Berlín, hace más de 10 años, pero al final no lo hice.
De nuevo el fuego destructor de la materia y de la belleza. Las notas que deben aún resonar en algún lugar, los recuerdos que alberga quien alguna vez la disfrutó, los instantes irrepetibles que se han vivido en ese lugar... esos no podrán ser jamás eliminados, porque en eso sí es indestructible el poder de la música. Momentos como el que os dejo, en el concierto aniversario de los 100 años de la Orquesta Filarmónica de Berlín, con el inefable Karajan traduciendo como bien sabía hacer él al gran Beethoven.
Sempre considereina unha das linguas románicas máis belas. A orixe das súas letras esta na Idade Media, e aínda que a evolución da súa literatura teña sido moi irregular, depois do inicio da democracia e da oficialidade do galego, tense desenvolvido moito a nivel de publicacións e número de escritores que a usan. Cada ano dedico un anaquiño de espazo do blog a deixar testemuña destas palabras que tamén sinto miñas, porque están no meu sangue dende que eu lembre. Hoxe escollín un fragmento da miña novela favorita dun dos escritores actuais que máis me interesan.
BARLOVENTO
"A avoa sacábame a pasear cun cazo laranxa e eu recollía as gotas de chuvia. A avoa falábame das plantas e das flores que había na vila onde naceu, a vila que tiña un castelo que a defendía do medo. Eu nunca fun alí. Non queda ninguén. Quizá non quede nin o castelo. O tempo acaba con todo. A avoa parolaba da borraxe brava e da sorbeira e dos toxos e do castigo e do piorno. A avoa falábame do olvido, e contábame contos. A avoa dicía que as árvores podían falar. Que as árvores e as flores podían falar cos animais. Eu, ata moi maior, pensei que a avoa non mentía. Creo que ainda o penso. Cando lin os primeiros libros de piratas inventáballe batallas en barcos enormes. Faláballe de barlovento e sotavento. E ela ría, porque xa non podía pensar. Porque xa non me podía falar do olvido: o avó paseando unha noite de agosto do trinta e seis. E o mar que eu lle contaba, a mar talvez, salfería de gotas de auga o seu rostro. E a auga do mar, a mar, era a chuvia que nos mollaba. A avoa tiña nos ollos o peso da memoria. E da chuvia."
Hace tiempo que quería trasladar aquí un párrafo de un libro que he leído últimamente. Ma vie avec Mozart. Se trata de un libro que el escritor y dramaturgo francés Eric-Emmanuel Schmidt escribió hace un par de años con motivo del 250 aniversario del nacimiento del genial músico. Apasionado del compositor salzburgués, el autor escribe esta obra en forma epistolar, dirigiéndose al mismo Wolfgang para confesarle cómo su música le ha acompañado a lo largo de su vida, al mismo tiempo de compartir con los lectores las razones de este amor con gran sinceridad y detalle, a pesar de estar escrito para un público no iniciado en música clásica. Creo que su visión como dramaturgo, que por lo tanto tiene en cuenta no sólo la música, traduce muy bien las razones de la genialidad de la Ópera de Mozart y del porqué estas óperas (especialmente sus cuatro mayores obras, Las Bodas de Fígaro, Don Giovanni, Così fan tutte y La Flauta Mágica) después de más de doscientos años, continúan siendo una de las cimas del género y siguen conquistando audiencias cuando son representadas. El fragmento hace referencia a las reflexiones del autor cuando le fue pedido que hiciese una versión francesa de Las Bodas de Figaro que la hiciese accesible al público francófono no familiarizado con el argumento de esta genial pieza.
Como inicio y final he querido acompañar este texto con un par de fragmentos de las representaciones de esta obra que tuvieron lugar en el Festival de Salzburgo de 2006 a cargo del director aleman Nikolaus Harnoncourt y sque me parecen notables por su calidad musical y por lo acertado y contenido de su puesta en escena. La calidad de sonido no es muy buena, pero os animo a verlos porque de verdad merecen mucho la pena.
"(...) Digamos, por resumir, que se trata de practicar a la vez el teatro, la música, las matemáticas, la traducción y la poesía. La paciencia que exige una prueba como ésta, me la das tú permitiéndome poder tratar con tu genio. Trabajar en las cocinas de una obra maestra desentumece al aprendiz. ¿Es que acaso necesitas halagos allá arriba en tu sillón de nubes? Entonces, siéntate recto y abre tus orejas. Como si de un gran dramaturgo se tratase, tú le das oportunidades a todos los personajes. Cuando entras en cada uno de ellos, no los juzgas, sino que les concedes tu simpatía, les permites respirar. Tan justo en el lacayo Fígaro como en el Conde voraz, tan feliz en Susana como nostálgica en la Condesa. Descarado cuando toca Cherubino, afectado mientras Bartoloadivina, de repente infantil si Barbarina se pierde en medio de la noche, demuestras ser capaz de expresar la humanidad en todos sus aspectos, en todos sus sexos, en todas sus edades. Lo mismo Don Juan que Elvira, igual verdugo que víctima. Sin limitar en ningún momento al verdugo a su función de verdugo ni a la víctima a su estatus de víctima, tienes sentido del espesor, de la complejidad, permitiendo así al público codearse con personajes muy diferentes de sí mismo. Contigo, nuestro lejano se convierte en nuestro cercano. Sabes contarlo todo porque haces que todo se torne palpable.
Sostuviste que el teatro era el arte de la ruptura y de la discontinuidad. Sin cesar, cambias de ritmo, de tempo, acelerando aquí, conteniedo allá, sólo deteniéndote la pausa de un silencio para poder recomenzar mejor.
En Teatro se fracasa cuando se piensa en uno mismo. Los escritores ebrios de su lenguaje o los compositores encantados con su música fallan en la escena ya que en lugar de escuchar a los personajes y a las necesidades de la acción sólo se escuchan a ellos. Incluso aunque tengan talento, el oído que acercan con demasiada complacencia les impide escuchar lo esencial: el corazón de los personajes, el recorrido de los pasos, el reposo necesario, la vida que se organiza y se improvisa, autónoma. Tú, antes de tener oído de músico, has tenido ojo de escenógrafo, Tu música regla los movimientos, las entradas, las salidas, acentúa un detalle, destaca una emoción. Ella crea la acción en lugar de interrumpirla o acompañarla. Con frecuencia tus colegas se preguntaron, en diferentes momentos de la Historia, cómo debía funcionar la música, ¿primacía de las palabras? ¿primacía de la música? Falso dilema al que tú respondes: ¡Primero el teatro! Preferir el teatro a la música, preferir el teatro a la literatura... son pocos los compositores y los escritores que han cortado de esta manera, De ahí la estrechez de nuestros repertorios."
Era un viaje esperado por mucho tiempo y no por ello me ha defraudado. No sabía lo que me iba a encontrar ni cómo lo iba a percibir, a pesar de estar todo bastante bien explicado en las guías y en los libros de historia que ya había hojeado. Pero nada más llegar sentí que la ciudad tenía algo que me llamaba, que me hacía vivirla como si fuera también mía, como si yo también hubiese estado allí en algún otro momento del pasado, en alguna otra vida. Son tantos los millones de vidas que han debido cruzar esas calles, ese mar, esas piedras, que bien podría haber sido yo mismo, en otra existencia anterior, una de ellas. Uno va acumulando impresiones, pequeños detalles, imágenes y sensaciones de ciudades que inevitablemente están en la iconografía del cine, de los libros, de la historia, de la música o del arte. Sin querer uno se va haciendo una imagen artificial con todo eso, pero luego llega el encuentro con la realidad, que puede resolverse de maneras muy diversas. En el caso de Estambul, las referencias son demasiadas, sobre todo para quien -como yo- tiene especial interés por la historia antigua. Pero Estambul es mucho más que historia antigua. Es una ciudad continuamente reinventada, en continuo movimiento (pocas ciudades he visto tan vivas como ésta) llena de complejas contradicciones y desconciertos. Capital de dos Imperios sucesivos (Bizantino y Otomano), es una de las más grandes ciudades que han visto los ojos de la humanidad. Después ha perdido casi toda su importancia, ya que actualmente no es ni siquiera capital de su país, Turquía, que pasó a ser Ankara durante la primera guerra mundial debido a la ocupación de aquella por parte de los aliados, y siguió siéndolo después. Esa condición impregna a la ciudad de una cierta melancolía, de esa que se desprende de las piedras antiguas, de la decadencia de un lugar que fue el centro del mundo, o al menos de una parte importante del mundo y que ahora, en un mundo globalizado que no entiende de culturas milenarias ni de glorias del pasado, no quiere renunciar a estar ahí, reclamando una posición que su magnetismo humano e histórico le hacen merecer. Por eso no quiere perder el tren de Europa, del progreso y de un mejor escenario para los derechos humanos. Y eso se siente de manera patente en la ciudad a pesar de las evidentes restricciones a la libertad que de manera bien visible impone el fuertemente militarizado estado turco. Se siente en las ganas de los ciudadanos de que todo funcione, de que todo esté más limpio, de que todo sea agradable para el que viene de fuera... Uno entrevé que detrás del evidente esfuerzo gubernamental, de intenciones previsiblemente económicas y de relevancia, está el apoyo de los habitantes de una ciudad (que en el fondo sigue siendo la más importante de Turquía y su escaparate más evidente hacia el mundo) que quiere progresar y conquistar poco a poco más parcelas de libertad. Y ello pasa en este momento por la oportunidad de estar en el grupo de países del mundo que han alcanzado más derechos y más libertades de todo género. Pero más allá de todo eso Estambul late con fuerza en su increíble mosaico de culturas, de etnias y dialectos, de creencias y maneras de entender la vida. Y todos tienen su espacio juntos y en verdadero respeto desde hace siglos. Por ello, los atentados de los últimos años contra intereses hebreos o lugares de interés turístico, de efectos eminentemente efectistas, no son representativos de lo que uno siente en la calle, donde los turistas siempre son agasajados, saludados, preguntados con interés, a veces por el mero hecho de hablar unos minutos, y donde personas de actitud claramente occidental y globalizada pasean sin ningún problema junto a otras que exhiben la más estricta forma de entender el Islam, o junto a ortodoxos griegos o judíos de origen sefardí (menos en proporción, claro). Lo mismo se observa si hablamos de lenguas, o diferentes tonos de piel o de facciones físicas. El inmenso legado histórico de la ciudad nos cuenta un poco de esta milenaria fusión de razas y culturas en esta ciudad cuya estratégica situación en el estrecho del Bósforo -entre el Mar Negro y el Mar de Mármara, que lo comunica a su vez con el Egeo- la hace ser puente entre Europa y Asia, y donde la herencia helénica y romana, así como su estatus de capital de vastos imperios que llegaron a incluir grandes zonas de Europa Oriental, Oriente Medio y Asia, la convirtieron desde su origen en hogar de personas procedentes de muchos pueblos muy diversos que han hecho que su situación geográfica no sea sino una metáfora efectiva del verdadero punto de encuentro humano y cultural entre Oriente y Occidente que en realidad siempre ha sido. Por ello mis fotos, más que recoger la vida vibrante y desenfrenada de esta ciudad imposible de describir (puesto que es necesario vivirla para poderlo percibir, y sentirse así en la Europa más desarrollada y cosmopolita a la vez que en el más retirado y olvidado pueblo de un Islam que vemos demasiadas veces con reservas en la televisión) se han ocupado de captar las piedras pues ellas hablan en silencio de todo ese complejo mosaico de culturas y diferentes realidades que la ciudad ha ido viviendo y acumulando sin destruir del todo a lo largo de su historia. Con ellas y con la música de esta canción de la banda sonora de la imprescindible película del turco Fatih Akin (al otro lado) con el que de alguna manera comenzó la decisión final de este viaje, y que me ha acompañado estos días muchas veces en mi cabeza al caminar por las calles de Estambul.
De estos días, me quedo con tres fuertes impresiones. La primera, el indescriptible estupor al entrar en el gran templo de Santa Sofía, en muchos aspectos intacto desde su construcción en el siglo VI. Y sentir que pocos edificios en el devenir de la historia de la arquitectura han podido llegar a ser más bellos, más gigantescos y rotundos, más conmovedores. E imaginar (qué sería de los viajes sin la imaginación) lo que debió ser la grandiosidad de la capital del Imperio Bizantino. En esa impresión está toda la emoción que he sentido también al ver maravillosas iglesias bizantinas, como San Salvador in Chora o Pammakaristos. La segunda, la inolvidable tarde a orillas del Bósforo, bajo la pintoresca Mezquita neobarroca de Ortaköy, porque en ella se resume esa sublime atmósfera de decadencia de las orillas del Bósforo, el yogurt exquisito de Kanica o la vitalidad de los turcos, que viven la calle de una manera intensísima. Y por último, la belleza, la poesía de la música que en nuestra última noche nos asaltó en un restaurante lleno de turcos que cantaban canciones tradicionales y que, como metáfora de la realidad múltiple de esta ciudad, mezclaba la tradición otomana con la griega e incluso con alguna canción sefardita (como los judíos del Barrio de Balat, que aún lo hablan). Poesía que impregna la ciudad, una vez nos desprendemos de la grandiosidad de muchos de sus monumentos, para asaltarnos en una pequeña lápida, en el frescor de un jardín, o en el silencio de una calle con casas otomanas de madera oscura.
Cada dos domingos la misma historia. Julia acompaña a Leo hasta la estación a tomar el tren rumbo a la capital. Suben en coche por la avenida principal desde el puerto, despacio (siempre se toman el tiempo necesario para no llegar con prisas), y aparcan un minuto en el vado de los taxis, con las luces de emergencia. A Leo no le gustan las despedidas, así que siempre ruega a Julia que no entre con él en el edificio. Se dan un tímido y rápido beso antes de que Leo tome su pequeña maleta de fin de semana y se encamine a la puerta principal, siempre con tiempo de comprar en la cafetería una botella de agua mineral. Son muchas horas de trayecto y la marca de agua que venden en el tren no le gusta mucho. Antes de cruzar el umbral, se vuelve a mirar fuera. Julia, ya desde el interior del vehículo, le hace un gesto cariñoso de adiós. Hoy Leo piensa en lo tranquila que está siempre la avenida los domingos a primera hora de la tarde. Ya comienza a hacer algo de calor y hay un par de heladerías en el camino. Se fija en que los veladores de fuera no están al completo, y algunos niños sorben su helado con parsimonia, como si así pudiesen resultar aún más grandes. Leo ha bajado la ventanilla para verlos mejor desde el semáforo en el que se acaban de detener. El coche se pone de nuevo en marcha y el aire comienza a entrar, y Leo respira hondo, tiene la sensación de que hace tiempo que un aire tan fresco no alcanza su rostro. Los niños han quedado atrás, y los observa, como pequeñas figuras, en el espejo retrovisor. Siente de repente una nostalgia enorme, que se le incrusta en la garganta. Siente que los domingos son como una losa extraña y pesada que se le posa sobre los hombros nada más despertar. Da igual que llueva o que, como hoy, haga un día estupendo. Los domingos son amargos, porque siempre tienen despedidas. Mira los transeúntes que caminan distraídos por la acera. Para alguno supone que también el domingo debe tener algo de tedioso. Imagina cómo debe ser el lunes, con todo el tráfico de los coches por la avenida, y el trajín de personas recién duchadas y con ropa limpia caminando a sus trabajos, a sus obligaciones, a sus citas. Siente con fuerza que le gustaría quedarse para poder verlo, que querría quedarse allí y sentir toda esa energía de los lunes desde las aceras. La tarde de domingo se le antoja triste, decadente, casi amarga a pesar del sol anaranjado que baña la ciudad y el mar, allá a lo lejos ya. Después de dos años y medio, en realidad, nunca había sentido esa atracción por quedarse. Nunca han hablado de ello, como si estuviese prohibido. Y cuando la casualidad ha hecho que traten el tema de manera circunstancial, ambos han sentido que pronunciar esa frase les iba a arañar demasiado, como si hubiese una pared entre las palabras y ellos mismos. Y han cambiado siempre de tema. Leo piensa un segundo si podría cambiar de trabajo y venirse. Sabe que en realidad Julia lo tiene más fácil, pero sabe también que no le gusta la gran ciudad, al menos es eso lo que siempre ha dicho. Piensa en qué diría si se lo plantease. Que se viniera con él, y que los domingos dejasen de ser tan tristes. Casi le rozan la lengua las palabras, pero se echa atrás. Se le adelanta Julia. - ¿Te lo has pasado bien? - Sí, claro, como siempre. - Yo este finde me lo he pasado mejor que otras veces. Me da pena que te vayas. - Ya, a mí siempre me da pena. - Bueno, ya sabes, en realidad así es más bonito, si estuviésemos juntos igual estábamos ya aburridos. - No sé, es posible... pero también es posible que no. Vivimos un poco lejos, ¿no te parece? - Sí, un poco... ¿es que te da pereza venir? - No... pero... - Bueno, con todas las horas que trabajamos, tampoco nos veríamos mucho más, ¿no crees? Se hace el silencio en el coche. El ruido de la ciudad, suave, como adormecido, se vierte de lleno en el interior y Leo siente que le duele respirar. Hoy su beso de despedida será un poco más largo de lo habitual. Y Julia, por primera vez en muchas semanas, insistirá para acompañarlo hasta el anden. - No, de verdad. Ya sabes que me pone muy triste. - Llámame al llegar, ¿vale? - Sí, claro, como siempre. Pero siente que nada es ya como siempre. Y al volver la mirada, y ver a Julia en el coche partir y fundirse con el resto de ciudadanos aletargados en las aceras, como tirando del tiempo para que se detenga, Leo siente de nuevo con fuerza que le gustaría quedarse hasta el lunes y levantarse y salir a la avenida limpio y con una camisa recién planchada, a sentir el frescor del mar en la cara, y ver cómo la ciudad se va despertando poco a poco. Una lágrima se le escapa cuando ya no está a la vista de Julia, y en ese mismo instante, mientras se la seca discretamente con la manga de la cazadora mientras sube y se instala en su asiento, nace por primera vez en su interior la idea de que ya no volverá más.
Siempre por el borde de la calle oscura, Sin mirar, Sin escuchar las flores rotas.
Detrás de las esquinas, Como cuchilla fría, Ese vacío que crece cuando lo escucho.
Impenetrable, Incrustado en las entrañas, Inútil.
Algunas tardes me traen descalza la extrañeza Como un virus, sin tarjeta de visita, Como un contagio casual que no tiene explicación Ni cura que no sea el reposo.
Extraña la tarde azul, Extrañas las nubes cruzando. Extraña hasta tu piel templada, Extraña mi propia sangre.
Y mi vacío que medra Que sin remedio se escapa Y se derrama Sobre los dedos.
Con el sol se pasa, Me digo, Con el sol. Sana, pequeño, sana.
No me gusta dejarme llevar por el exceso de expectativas. Por ello quizá entré con cierta incredulidad el sábado pasado en el Teatro Real, en una de las veladas que se anunciaban como históricas para el teatro madrileño. Todo un triunfo para sus directores el haber podido apuntarse el tanto de ser uno de los 5 teatros del mundo donde el mítico Claudio Abbado, a sus casi 75 años ya, dirige su primera aproximación al Fidelio de Beethoven. Esta ha sido, además, la primera visita del director italiano a España, como director de ópera. Nunca me arrebató el milanés, a pesar de que sus discos de juventud al frente de la Orquesta Sinfónica de Londres me parecen de lo mejor de la fonografía del siglo XX. Su Beethoven siempre me ha parecido brillante, aunque no sobresaliente como el de Fürtwangler o Kleiber. A pesar de todo había suficientes ingredientes para pensar que algo extraordinario podía ocurrir. Así lo auguraban las crónicas del estreno de la producción en el Teatro de Reggio Emilia. La obra beethoveniana no exige menos. Es una de esas grandes obras maestras infinidad de veces grabada, pero extrañamente poco representada. Es una pena que Beethoven no siguiera por ese camino del Singspiel pues de alguna manera, tomando el relevo de la Flauta Mágicamozartiana, llevó el género a su cumbre. La calidad y la hondura musicales se conjugan en esta obra con una acción dramática brillante que en escena resulta sobrecogedora. La fidelidad y la libertad guían el mensaje de esta ópera: fidelidad sentimental, la de Leonora a Florestan, que siempre he querido ver en realidad como una metáfora de la fidelidad a las ideas y a lo que uno siente como forma de encontrar la libertad interior, la cual es, a su vez, la única manera posible de alcanzar cualquier otra forma de libertad. Hablando desde una concepción más objetiva de la libertad, el director milanés siempre se ha posicionado políticamente a la izquierda y son ya célebres sus conciertos en las fábricas como manera de democratizar la música o su participación en todo tipo de proyectos en pro de la difusión de la música sin barreras ni discriminaciones. Así, es de imaginar que el impulso de la lectura de esta obra maestra nace de la convicción ideológica personal de uno de los más grandes directores de orquesta vivos, que la transforma en un mensaje musical y vital que nos llega en todas las dimensiones de la sensibilidad. Y así fue desde su salida, abrumadora, la más calurosa y entregada que recuerdo yo para la salida de un músico a escena. Desde los primeros compases de la imponente obertura Abbado consigue un Beethoven fluido y dramático, que nos llega directo al corazón, que es donde tiene que llegar la música. La partitura beethoveniana no es fácil, porque su imponente entramado vocal y orquestal la hacen proclive a caer en lo pesado. Pero el milanés consigue ese milagro de hacer que parezca una música leve sin perder toda la hondura que tiene. Y da igual que el cuadro de solistas, aunque fuese de primera fila, no resultase perfecto y tuviese algún que otro desequilibrio (a destacar, con diferencia, la brillantísima voz de Anja Kampe como Leonore-Fidelio) o que la puesta en escena tuviese poca acogida en el teatro madrileño (aunque a mi parecer sólo adoleciese de un poco de rigidez y alguna que otra libertad de interpretación discutible, pues consiguió sin duda momentos memorables, como el de la bajada a las mazmorras de Fidelio y Rocco), o que los dos coros que participaron (todo un acierto juntar el Arnold Schoenberg Chor y el Coro de la Comunidad de Madrid) estuviesen soberbios, en una obra en la que es uno de los engranajes más importantes. Sí, en el fondo todo eso da un poco igual, porque el verdadero artífice del milagro fue sin duda el gran Claudio Abbado. Porque es su mirada la que estuvo impresa en toda la representación a través de su magnetismo especial, que se desplegó nada más salir a escena. Su aspecto aparentemente circunspecto se rompe nada más tomar la batuta. Porque detrás de ella están, no sólo años y años de estudio de la partitura y de análisis de la música del gran compositor alemán, sino toda una concepción de la música, del mensaje y de su manera de ser transmitido. Lo importante es ya no sólo emocionar, pues eso lo consiguen muchos músicos, sino trascender, conseguir hacer sentir que uno está viviendo algo que está más allá de nuestra comprensión racional, algo único y que es absolutamente irrepetible. Y así lo consigue Abbado. Su final es grande, inmenso... y nos sobrepasó. El reconocimiento final del público madrileño, arrebatado como nunca, fue honesto en este sentido. Acabábamos de presenciar uno de los momentos operísticos más redondos de la historia del Real, de la memoria de muchos de los que allí estábamos, uno de esos momentos que quedarán para siempre en la memoria. Y sino al tiempo.
Ya he dejado de preocuparme por él. De imaginarlo cada mañana detrás de la cortina de la ducha. He dejado de pensar en él cuando hago un viaje o cuando compro yogures de melocotón en el supermercado. También en el teatro o cuando subo una montaña. He perdido incluso el miedo a que me asalte en cualquier bar en medio de la noche, cuando el alcohol hace descender la guardia y reta a la voluntad.
Alguien me dijo una vez que hacía falta un año, y sin embargo transcurrieron cinco sin poder olvidarle. Ahora son ya ocho, y me digo que en realidad no pienso ya nunca en él. Eso, en realidad, no es cierto del todo. Pero bueno, nunca le diría a nadie que no puedo evitar fantasear con él cada vez que siento que estoy a punto de llegar al orgasmo porque es la única forma en que sé ya provocarlo. A pesar de que el olor que inunda mi casa es ahora otro. El que quiero.
Por fin me siento feliz, o al menos eso le digo a todo el mundo que me pregunta. Con Alex son ya tres años juntos. Sí, me siento mucho más realizado que antes, mucho más yo. Mucho más que antes, mucho más de lo hubiese podido imaginar.
Por eso, esta tarde, cuando de nuevo lo he visto aparecer ante mis narices, no ha sucedido nada. Acababa de dejar a Alex a la salida del cine porque tenía prisa, y me he quedado un minuto haciendo una llamada de móvil mientras miraba distraídamente los carteles de los próximos estrenos. Ha sido él quien me ha visto y ha venido a saludarme. Llevaba a un chico de la mano. Bastante guapo. Siempre he sido muy observador, y no se me ha escapado el detalle de que mientras hablaba le apretaba fuertemente la mano, como un niño obediente. La conversación ha sido muy corta, como si fuésemos simples conocidos. Me pregunto si en realidad no fuimos más que eso.
- ¡Cuánto tiempo! - Sí, unos años. He estado viviendo fuera una temporada. - Ah Silencio - ¿ Y, todo bien? El acompañante sonríe, tiene una sonrisa preciosa. - Sí, genial. ¿Qué tal tú? - Bien, estoy contento. - Me alegro - sonríe, lleno de encanto - Disculpa, llegamos tarde - Se muerde el labio. Siempre se lo mordía cuando estaba nervioso. - Sí, sí, claro. Yo también tengo prisa. - Hasta otra. - Sí, eso, hasta otra.
Había temido ese momento muchas veces. ¡Ha sido tan sencillo, sin embargo! En realidad sé que en el fondo se me ha arrugado el alma un poco. Una de esas arrugas como las que a veces le hago a las camisas por error mientras las plancho y que son tan difíciles de eliminar después. Me he vuelto para mirar hacia la puerta del cine y lo he descubierto girándose él también para mirar hacia mí. Lo inesperado de la acción ha hecho que haya cazado su mirada triste. Posiblemente más triste que ninguna de las que recuerdo de él. Una mirada llena de desazón. Me he vuelto en seguida y sus ojos, de repente clavados en mi retina, han comenzado a desvanecerse. A los pocos segundos me ha llegado un sms de Alex. Siempre me envía uno cuando me acaba de dejar. He sonreído y todo ha vuelto a su lugar. Pasado mañana ni me acordaré. Claro. En realidad estoy deseando que llegue esta noche para poder follar con Alex. Aunque sepa que no voy a poder evitar pensar en él, como siempre... Pero eso sólo lo sé yo. No importa. Siempre he sabido que hay cosas que, mientras no salgan de mi imaginación, en realidad, no suceden.