29 de septiembre de 2008

Apuntes de domingos y de lunes.


A veces espera pacientemente las horas quietas del domingo. Recuerda aquellos otros en que las sonrisas afiladas de la noche silbaban aún sobre su cuello y una dulce anestesia de pequeñas angustias solía sembrarse por su pecho. La nada se esparcía entonces por el suelo que tan sólo horas antes desordenaba la ropa tibia y desdoblada del secreto. Cuando en las esquinas aún temblaba el polvo y la mirada temblorosa de las arañas, el silencio se hacía de nuevo. Sin embargo su mirada, entre perdida e intensa, quedaba adherida a las paredes, y el rastro de piel que dejaba su aliento se iba escondiendo entre las hojas de aquella hortensia que entristecía en la esquina del salón.
Después venían aquellos otros lunes de mañana fría y perfume en las aceras, de tráfico ordenado y continuo en la avenida, de rutinas salvadoras y sonrisas estrenadas de buenos días que definían de nuevo su norte desdibujado.

Aquellos domingos se extinguieron, y se fueron apagando las bombillas una a una. Todo estaba en el plan, meticulosamente previsto por él, diseñado para una conveniente madurez y una sostenible felicidad dentro de una vida sentimental sana, ordenada y satisfactoria.

-Y soy feliz – piensa.

Pero cada domingo, especialmente esos en los que el cielo gris se instala en la garganta como erizo de mar inquieto, no puede evitar sentir un vacío enorme cuando mira la calle desierta a través de su amplio ventanal de casa acomodada.

-Las tardes de domingo siempre han sido tristes- sostiene.

Pero sabe que el precipicio se está haciendo inevitablemente hondo, y su oscuridad inmensa y venenosa. Por eso cada semana desea con más fuerza la llegada del lunes y su despacho vacío, de Rosa trayéndole la agenda de la jornada y ese inquietante becario que se cruza cada mañana con él en el ascensor sin apartar la mirada de su retina.

-En el fondo, siempre me gustaron los lunes- dice para sí, confiado.

25 de septiembre de 2008

Mozart o el milagro de borrar la tristeza con tristeza.

Nunca dudé de su efecto apaciguador, evasivo, balsámico, reparador... Compañía sigilosa y sutil que nos lleva al sueño del que llegamos y al que alguna vez retornaremos. Tristeza de un adagio que sin embargo nos purifica, nos eleva y nos anestesia contra la aguja del dolor.


La versión de Daniel Barenboim es tan redonda que uno casi se atrevería a asegurar que jamás alguien podrá volver a grabarla con esa perfección de su primera integral para la EMI, de 1985.



Piano Sonata No. 12 in F major, K. 332 (K. 300k): Adagio - Wolfgang Amadeus Mozart

21 de septiembre de 2008

Del Miño a la globalización...



Aún hay lugares donde el tiempo se ha detenido hace años. Donde a pesar de que las ondas del móvil lleguen (dónde no, ya hoy en día), o de que puedas dormir en un hotel de diseño, aún no se ha transformado el paisaje, ni las costumbres, ni se ha perdido ese sutil aislamiento capaz de crear microcosmos únicos.
En España aún contamos con algunos. Como este de la foto, en las riberas del Miño, entre las provincias de Lugo y Orense, donde he estado estos días.
A pesar de la tristeza que supone ver muchas de estas zonas deshabitadas, las casas cerradas o pueblos enteros como fantasmas, aún no se ha despoblado del todo.

En un momento en el que parece que sólo es posible la dicotomía entre la homogenización que nos impone el mundo globalizado o la defensa a ultranza de una cultura como única forma de entender el mundo sin que quepan aportaciones externas, se me ocurre que estamos perdiendo la capacidad de entender la vida como un ejercicio de sumar y superponer formas y miradas: sumar para conocer y superponer para dudar y poder crecer. Que estamos perdiendo, en definitiva, la capacidad de elegir y la de crecer en la multiculturalidad. En sitios como el que he estado, que admito que nunca elegiría como lugar para vivir, sin embargo, soy consciente de que son el pequeño y casi único reducto de muchos paisajes naturales y humanos que creíamos desterrados ya y que están a punto de perderse. Reductos de una forma de vida que tiene también mucho que aportarnos y que sin embargo hemos rechazado de manera global, como si nada de ella fuese válido.
Lo mismo ocurre con los nacionalismos, en tantos y tantos lugares donde la oportunidad de tener varias miradas, varios lenguajes, se está desperdiciando en pro de defender la que cada uno considera legítima. Y no hacemos más que perder y perder. Los unos y los otros, por pura miopía.
Igualarse al resto en mi opinión es tan pobre como diferenciarse sin posibilidad de intercambio y enriquecimiento con el resto. ¿Será que saber mantener la diferencia de cada uno sin convertirla en una muralla es tan difícil? Debe ser que sí. Pero también debe ser que es lo que quieren algunos, pues sino no entiendo la virulencia con la que se está atacando una asignatura que en realidad es “menor” dentro del sistema educativo. La crisis del sistema no está en la asignatura de educación para la ciudadanía, sino en el sistema mismo, del cual esta asignatura no es más que una anécdota, quizá la más vistosa de criticar y de hacer mover esas voluntades deseosas de levantar murallas y flechas contra los que no piensan como ellos, pero no deja de ser una mera anécdota. Eso sí, cargada de valores que muchos no desean, porque hará que los futuros ciudadanos se planteen cosas que no interesan.
De todas formas y así, entre unos y otros, se marea la perdiz y la casa (el sistema educativo) sin barrer.

Vaticino un futuro en el que todos mantendremos nuestro idioma y no se fomentará más que el estudio del inglés. Un futuro donde la diferencia cultural será una máscara vistosa y que nos llene de orgullo, pero que no hará más que esconder nuestras almas globalizadas y estandarizadas, prestas a ser manejadas a la perfección por un sistema capitalista que nos convertirá aún más en súbditos dependientes de un sistema que nos dejará respirar pensando que somos únicos y diferentes, y a la vez guapos y estupendos...

Qué pena.

18 de septiembre de 2008

La vida que soñamos


En estos momentos se entrega en Barcelona el IV Premio de narrativa gay y lésbica. El ganador de la presente edición es el joven escritor de Terrassa Raúl Portero, y la novela con la que ha conseguido convencer al jurado se titula “la vida que soñamos”.

No suelo hacer mención ni crítica aquí a novelas ni premios relacionados con la denominada literatura gay, literatura gltb, o similares, pues no entiendo muy bien que deba hablarse de un subgénero en la literatura en función del comportamiento sexual de sus protagonistas. Creo que la literatura es literatura en base a otros criterios y los subgéneros de la misma así deberían serlo.

No obstante, no puedo dejar de mencionar una novela que conozco bien porque conozco a Raúl y la he leído varias veces. Una novela que desde el principio me pareció no sólo un ejercicio notable de narrativa, sino poseedora de elementos por los que quien la lea no puede quedar indiferente.

Raúl nos habla en ella del amor, de la pérdida y de la memoria. Y lo hace de una manera simple y directa, pero al mismo tiempo con un extraño lirismo.
Desde el principio me gustó su prosa, porque es muy depurada, y consigue, con una economía de adjetivos que sorprende, ser enormemente bella a la vez que contundente.


A través un juego en el que el narrador nos va guiando desde diferentes pasados a diferentes futuros, el lector va componiendo el puzzle de una historia que conmueve, pues nos enfrenta a nuestro propio miedo a la ausencia y a la soledad. Y lo hace a través no de la evidencia, sino de la descripción de pequeños detalles de la cotidianeidad, aparentemente insignificantes, pero que se convierten en otros narradores, que de manera paralela y sutil nos van susurrando acerca del dolor, de la incredulidad, del recuerdo como alivio vital, de la necesidad del duelo...

Por todo ello siempre he apostado por esta novela, porque pienso que es literatura y eso hoy en día no se da con mucha frecuencia. Y da igual que el protagonista sea o no homosexual porque aquello de lo que nos habla es lo importante de la vida y le llegará igual a una lesbiana que a un transexual, o a un heterosexual, lo mismo que a un joven o a un anciano. Porque en ella nos podemos reconocer todos, y eso es lo grande de esta novela.

Creo que más allá de eso, también contribuye a la normalización de (en este caso) los gays en la sociedad, pero precisamente lo hace por eso, porque los coloca sin ningún tipo de máscara ni tópico, desnudos ante la vida, como lo estamos todos.

Por eso, desde aquí mi felicitación a Raúl, a quien además me une una amistad muy fructífera en lo personal y en lo artístico. Y mis deseos de que aquí comience una carrera de escritor, porque sé lo que viene después de la vida que soñamos, y sinceramente lo merece.

Y a los lectores, no dejéis de comprarlo cuando se edite, ya os mantendré informados. De momento, y esperando que su autor no lo tome a mal, aquí os dejo con unos brevísimos fragmentos.


se besan en mitad de la pista mientras cierran los ojos y por primera vez en algún tiempo no están pensando en otros

(...)

carlos sostiene la mirada sobre enrique como si fuera un desafío. no quiere que le den ánimos. sabe que josep no se va a despertar nunca más.
-¿cómo se puede vivir después? -susurra.
-es difícil al principio –contesta enrique, moviendo la cabeza.
carlos se reclina en el asiento, llevándose el cigarrillo a la boca

(...)

carlos se reclina en el asiento, llevándose el cigarrillo a la boca.
-me gustan tus pies –añade josep, señalándolos con la mirada.
carlos baja la vista para mirárselos. está descalzo y son unos pies pálidos, sin vello, con unos dedos perfectos. carlos mira a josep desconcertado y sorprendido.

(...)

-¿sabes lo que más me asusta ahora mismo?
ernesto niega con la cabeza, secándose los ojos con las manos. ha intentado no llorar, pero las lágrimas se acumulan en los párpados y resbalan lentamente por su cara.
-¿qué?
-todas las cosas que he olvidado –responde carlos,

9 de septiembre de 2008

El libro de colores

Recogió sus cosas poco a poco. La ropa diseminada por el suelo del salón. Un calcetín aún descansaba, milagrosamente extendido en toda su longitud, sobre el brazo del sillón. Otro sobre la mesa, encima de un libro de pastas coloreadas. Las paredes pintadas de amarillo intenso, las estanterías llenas de libros, música, folletos de exposiciones. Todo un almacén de recursos para pasar horas y horas sin levantarse del sillón. Una vida aburrida, supuso. A pesar de que a veces sintiera envidia de quien podía pasar horas y horas delante de un libro sin aburrirse y hasta disfrutando, en el fondo él no lo entendía.

Éste de hoy, sin embargo, no le parecía igual que los otros (que los otros que vivían en casas llenas de libros, claro). No dijo nada extraño ni le habló de temas que le sonaran a chino. Le habló directamente de sus intenciones, y en la escasa conversación que mantuvieron hasta llegar a la cama, hasta comentó varios programas basura de la televisión. En la cama se comportó como un animal. Aún dormía mientras Dani pensaba todas estas cosas aprisa, al tiempo que se ponía los vaqueros, aún arrugados tras varias horas hechos una bola sobre el parquet.

Quizá no era su casa, sino la de algún amigo. No había fotos en las estanterías. En realidad Dani no conocía de nada a aquel chico. Luis, le había dicho que se llamaba. Tenía la cara triste. La mayoría de los tristes tienen libros en su casa. Pero era tan atractivo, que no le importó aquella melancolía que tenía su rostro.
Su piel le había encantado, sobre todo cuando se quedó dormido sobre su hombro, tras el orgasmo. Su respiración, la temperatura tibia, el olor, era todo tan balsámico. Pero cuando abrió los ojos y sintió que aún no se había hecho de día, Dani volvió a sentir ese peso en el pecho. El pavor de despertarse junto a un desconocido, la extrañeza de un abrazo en una cama ajena, esa sensación de difusa familiaridad que se le colaba, como un placer más, por la garganta.

Entonces, como tantas otra veces, se levantó y quiso salir en silencio.

Mientras se ataba el cordón del último zapato recordó que aún no había recuperado su reloj. Con sigilo se internó en el pasillo, donde creía haberse despojado de él antes de entrar completamente desnudo en el dormitorio, envuelto en el asedio de las manos de Luis. Sí, allí estaba, junto a la puerta del baño. Decidió entrar a beber un poco de agua y refrescarse la cara antes de salir. La respiración profunda de Luis se escuchaba aún con fuerza, desde el fondo del pasillo. No había peligro.

En oposición a la opulencia de la biblioteca, el baño era más bien espartano, y con cierto aire de suciedad. De un color feucho, daba una fuerte sensación de descuido. Dani se sintió triste en él. Era como si un alma oscura e invisible lo habitara. Sobre la estantería de cristal, lleno de polvo, un bote de gomina de la más barata, una colonia de marca impronunciable y un tubo de pasta dentífrica retorcido. En un vaso de plástico amarillo, dos cepillos de dientes. Nada más. Le pareció inhóspita aquella visión, casi asfixiante, y salió de allí sin haber abierto el grifo. Tomó su chaqueta y abrió la puerta muy despacio. Antes de salir, mientras cerraba muy despacito la puerta, sintió que el fondo del pasillo se hacía la luz. Luis debía haberse despertado. Se quedó quieto un par de segundos, esperando oír su voz, o algún ruido. Pero nada, el silencio no se rompió. Encajó la puerta suavemente y salió escaleras abajo, como poseído por una prisa extraña.
Al salir a la calle observó que el cielo comenzaba a clarear. Se sintió casi como una especie de hombre lobo, asustado y saciado a la vez. Caminó deprisa hasta la avenida más cercana y tomó un taxi. En el camino a casa, viendo los primeros transeúntes de la mañana acudir a sus trabajos, se sintió ajeno a todo, pero con cierta envidia de la normalidad que comenzaba a llenar la calle. Se olió las manos, que no terminó de enjuagar en el baño aquel. El sexo aún se adivinaba en ellas. Se sintió triste.
Pagó al taxista y subió las escaleras de su casa. Al entrar se quedó pensativo. En seguida decidió que llamaría al trabajo para decir que no se sentía bien, que no lo esperaran. En realidad calculaba que había dormido varias horas, pero se sentía revuelto, incapaz de enfrentarse al resto de la jornada.
Han pasado unos minutos. Ahora está sentado en el sofá y se vuelve a oler las manos. La imagen de la biblioteca de la casa donde acaba de estar le persigue por la mente desde que salió de allí. El libro de pastas de colores, los folletos y periódicos de arte, las postales de cuadros extraños. Todo le da vueltas en la cabeza. Y el olor de ese chico, Luis, o como se llame, que no se va de las manos. Tampoco quiere lavárselas. El cansancio comienza a invadirle y camina hasta el dormitorio. Pero se detiene ante su ordenador. Lo enciende y teclea la clave de su nick para entrar al chat de búsqueda de sexo. Es muy temprano, piensa, pero alguien habrá. Y con las pestañas cargadas de sueño comienza a teclear las mismas frases de siempre. Entonces, como bajo los efectos de una goma de borrar, los libros, las caras de los transeúntes por la mañana, los cepillos de dientes en el vaso de plástico... comienzan todos a borrarse. Y también, con ellos, se borra el olor de Luis. Poco a poco también su rostro, y sus caricias, y esa sensación de bienestar que tuvo durante el instante en que se durmió sobre él. La lujuria toma de nuevo el poder, y en breve correrá de nuevo a satisfacerlo. Dani aún no lo sabe, pero hoy, ese libro de colores sobre el que dejó el calcetín izquierdo, no se le podrá borrar de la cabeza con goma alguna.

4 de septiembre de 2008

Las Troyanas


A pesar de no apasionarme, siempre he concedido a Mario Gas mi respeto porque creo que es un sabio traductor que suele estar a la altura con un razonable grado de dignidad. Tenía mucha curiosidad por conocer su montaje de las Troyanas de Eurípides que estrenada en el festival de Teatro Clásico de Mérida, se representa ahora y durante el resto del verano en el las naves del Español del Matadero de Madrid.

Este texto milenario de Eurípides contiene intacto después de todo el tiempo transcurrido por él la inmensa fuerza de la sinrazón de la guerra y sirve con plena vigencia aún hoy como reflexión sobre la crueldad humana, el dolor, la venganza y la piedad. Es un texto mayúsculo, elegíaco, desolador, que conmueve porque sus palabras nos muerden continuamente la conciencia.
Tengo que reconocer que la producción me pareció muy acertada, y que creo que resuelve con acierto el dilema que este tipo de textos supone para ofrecernos la obra de manera fiel y sin embargo actualizada. El secreto desde mi punto de vista está en la capacidad de no tocar el sentido del texto ni añadir elementos que nos alejen de él, pues es ahí donde reside la verdadera fuerza de un clásico de esta envergadura. La puesta en escena de Mario Gas es sobria, pero contiene los justos golpes de efecto para conmover sin distraer la atención de las palabras. Una escenografía entre moderna y atemporal que nos acerca palabras e imágenes a una identificación más directa por parte del espectador, pero que no sobresale ni enmascara nada. La sobriedad y elegancia de Mario Gas sólo es sutilmente transgredida para recrear los momentos de mayor tensión, como la entrada de Helena o la muerte de Astianacte. Pero aún así, me parece soberbio el manejo de la acción dramática que nos propone.

La versión del texto me pareció acertadísima, sobre todo porque el conjunto de actrices que lo soporta, especialmente las protagonistas Gloria Muñoz, Anna Ycobalzeta y Mía Esteve (Hécuba, Casandra y Andrómaca) realizan una gran interpretación que se mueve dentro del histrionismo necesario de una tragedia de estas características, pero sin forzar el tono más de lo necesario para no despegarse del texto. Un texto que pronuncian con una dicción extraordinaria que nos hace temblar ante el sonido y la contundencia de unas palabras que nos llegan llenas de infinita belleza y espanto.

El coro de secundarias es de mucha menor calidad, y a veces, cuando en algún momento salen de su silencio o de sus cantos, se nota mucho, bajando algo la tensión del texto, haciéndonos escapar un poco del sueño al que nos somete esta obra. Tampoco termino de entender la elección de Ángel Pavlovsky para el pequeño papel inicial de Atenea, que nos hace dudar por momentos de cuál va a ser el tono de la versión. Pero al final el trazo de Eurípides se impone, porque su fuerza solo necesita de un escenario justo y una correcta interpretación para poder desplegar ante todos el inmenso y hondo dolor de este fresco de la sinrazón humana.

2 de septiembre de 2008

Ricordi di Puglia.

Como antídoto postvacacional estoy recopilando mis memorias del viaje a Puglia, menos reflexivas que otras veces, más como un cuaderno de viaje. No sé si lo terminaré subiendo pues me está quedando demasiado largo y lleno de detalles y anécdotas que no sé si tienen en realidad cabida aquí.
Pero mientras lo pienso, he decidido traer el pase de fotos que había seleccionado para ilustrarlo, y así recrearme un rato la vista con las cosas que estuve viendo en Julio, y también compartirlas con vosotros.

Con un poco de música italiana, y el que pueda que le añada el sonido del mar...


27 de agosto de 2008

El fin de agosto y el límite de la belleza.

W. A. Mozart

Antes de que la mayoría volvamos a la rutina con ese empeño habitual del final de la época vacacional llegan estos últimos días de agosto. Intensos, porque en ellos el aroma del final del verano se respira con fuerza y eso hace que de alguna manera inconsciente (aún sabedores que la estación del estío todavía tiene casi un mes de vida por delante) sintamos que su esplendor ha terminado. Sabemos que enseguida llega Septiembre, mes del inicio, de la renovación, del continuar y del imaginar nuevas vidas, nuevos planes, en la mayoría de las veces casi con más fuerza que ese otro cambio que supone el pasar de un año al siguiente en el calendario. Aún así, abandonar agosto me deja siempre un poco triste.

Por eso los sentimientos suelen ser contradictorios estos días, que siempre se me presentan bañados en una melancolía que responde a no querer que la parálisis y el hedonismo del verano se terminen, a pesar de saber que continuar es necesario para la vida, y para que el verano y su esencia también tengan sentido. A mí me suele ocurrir que quiero aprovechar al máximo estos últimos días de tranquilidad, de dolce farniente, de no querer mirar lo que viene después, de vivir intensamente cada instante como si el tiempo se hubiese detenido ahí para siempre.
Lo pensaba ayer mientras escuchaba la Sinfonía Concertante K364 de Mozart, especialmente su andante central, que mientras sonaba en mi casa a última hora de la tarde me parecía que no podía reflejar mejor esa especie de distanciamiento de la vida que supone el verano. Esa comunión con el equilibrio cósmico, con la naturaleza, con el olvido de los caminos emprendidos, con el placer de las cosas más sencillas. Por eso la he traído aquí, para compartirla, porque me parece que es una excelente compañía para una de estas tardes de verano.

Mozart escribió para este concierto uno de los tiempos lentos más rotundos de toda su producción y en realidad de toda la historia de la música. Quizá mi favorito.


Este concierto, concebido como una sinfonía con acompañamiento solista de dos instrumentos -el violín y la viola- que Mozart procura situar en términos de igualdad a pesar de sus desigualdades tímbricas, es uno de los más populares entre los apasionados de Mozart, y ello es especialmente debido a este segundo movimiento.
Mozart consigue aquí no sólo una escritura en la que ambos instrumentos se fusionan con pasmoso equilibrio y armonía, sino que parece haber sido alcanzado por una inspiración melódica absolutamente increíble. El movimiento entero es un rotundo ejercicio de belleza y de lirismo que se va construyendo compás a compás, y que nos envuelve lentamente en una espiral de placer musical que Mozart lleva hasta el mismo límite.
Y hablo de límite porque siempre he pensado que la belleza tiene un límite, ya que nuestra capacidad para percibirla es limitada. Creo que más o menos se puede trazar una línea a partir de la cual sabemos que el exceso de belleza nos hace caer en la desmesura.
Mozart era un genio y además era totalmente consciente de ello. Así, en una sublime osadía, en este andante nos lleva hasta ese límite para rozarlo pero nunca traspasarlo. En un alarde de genialidad transforma toda esa belleza al límite de lo soportable en drama, en desolación, en abismo. En efecto, cuando llegamos a la cadencia del final y parece que ya no somos capaces de asimilar tanta belleza, cuando parece que continuar la línea melódica que nos propone Wolfgang nos llevará sin duda a un exceso que no podrá sostenerse, de repente Mozart como forma de terminar el movimiento, nos hunde en un abismo oscuro ante el que nos estremecemos del espanto de sentirnos en realidad frente a nosotros mismos.
Es ese grito de auxilio frente al tiempo el que nos devora sin piedad. Como este Septiembre que llega y que en el fondo nos devolverá al camino, a la vida, pero al cual todavía tememos en algún lugar de la mente, porque supondrá el fin de este reino del verano, del placer y del olvido. Un Septiembre que se intuye lleno de vida y de planes, de movimiento, de ese sentimiento certero de que el mundo sigue su curso. En unos días llegará, como un tercer movimiento, como el que le corresponde a la sinfonía concertante, como así lo escribió Mozart...

25 de agosto de 2008

Verano 2008. Preludio desordenado.


Cada viaje tiene sus momentos, sus cumbres y sus valles, sus horas de tedio y de felicidad. Y en cada uno de ellos se alcanza un día, acaso por casualidad, por necesidad, porque el universo nos arropa de repente sin decirnos por qué, ese o esos momentos de perfección que hacen merecer cansancio, calor y lejanía. Incluso en un destino tan poco proclive a dejarme indiferente o aburrido en instante alguno, también llega ese día en el que me gustaría poder vivir para siempre.

Este año la idea era recorrer la región de Puglia, es decir toda la costa Sureste de la península italiana, desde el promontorio del Gargano hasta llegar a la península Salentina, el punto más oriental de Italia.

El Sur de Italia es siempre desconcertante y atractivo al mismo tiempo. El retraso económico, la aparente desidia generalizada, la suciedad a veces, la frágil presencia de los poderes públicos, el olvido y el descuido que parecen campar a sus anchas en medio del desarrollo, como si del polvo en una vieja casa se tratase, se unen al mismo tiempo a una notable calidad humana en el trato diario y a una cultura rica y compleja, no exenta de incoherencias, pero que descansa sobre un innegable hedonismo que la belleza de las ciudades, los paisajes y el mar, de unos colores rotundamente intensos, parecen provocar por sí solos.
A destacar, como siempre, la inimitable simpatía y emotividad de los italianos, la alegría y familiaridad que en verano desborda este país, su apabullante riqueza artística y su no menos intensa riqueza gastronómica (esta es la región de origen de la Burrata de Bufala, uno de mis iconos sobre la mesa, y de la que ya he hablado aquí).
Si a eso sumamos la posibilidad de poder hablar italiano (que para mí es siempre un verdadero placer) y esas costumbres que adopto nada más llegar y que reconozco que adoro (il caffé, il gelato, la granita, l'aperitivo...) es de suponer que es, por un lado, difícil que nada en Italia me decepcione y por otro también igualmente difícil poder destacar algo entre tal magnitud de sensaciones.

En Puglia he sentido con fuerza todos los tópicos de Italia. Quizá por eso sorprenda menos, porque todo es (más o menos) tal y como cabría esperar. Además, porque muchos de los paisajes de la naturaleza y de los pueblos de esta región italiana, aún profundamente auténticos y pintorescos, son mucho más reconocibles para quienes venimos de regiones también autenticamente mediterráneas.

Una de las características más interesantes de Italia (relacionada quizá con su pasado fragmentario) es la de la diversidad de sus perfiles y características regionales y hasta locales. Cada comarca, cada ciudad incluso, tiene una personalidad estética única y diferenciada, lo cual convierte viajar por Italia en un continuo y delicioso ejercicio de observación que nunca se agota. Esto se sigue cumpliendo en Puglia. A pesar de que en un primer momento nos pueda parecer más monótona que otras regiones o más parecida a otros lugares conocidos (por ejemplo, el sur de España), las particularidades van apareciendo y precipitando en la visión del viajero poco a poco. En mi caso, además, organicé inconscientemente el viaje de manera que terminó convirtiéndose en todo un ejercicio de introspección en las raíces y en la historia de esta región.

Comenzando por el centro de la región y viajando hacia el sur nos empapamos de toda la riqueza del esplendor barroco de ciudades como Lecce o Martina Franca, que es quizá más parangonable al barroco andaluz, aunque en el fondo sea muy diferente, para después descubrir las raíces medievales de esta región representadas en su personalísimo y único arte románico, de origen fundamentalmente normando, pero con influencias de los muchos pueblos que dominaron estas tierras (bizantinos, ostrogodos, carolingios, lombardos y hasta sarracenos).

La Edad Media fue sin duda una de las épocas de mayor esplendor de esta tierra, pues en ella estaban los puertos de los que partían los caballeros a las Cruzadas (Bari, Brindisi) y ello permitió un intenso intercambio económico y cultural con el resto de Europa y con el Oriente. Este momento histórico irrepetible dio lugar a una necesaria arquitectura religiosa de características muy especiales, a la que nos dedicamos en el último tramo de nuestro recorrido.

Uno de los últimos días del viaje, una vez pasada una temible ola de calor que nos impidió disfrutar de la costa adriática y de sus ciudades de una manera más agradable, pudimos disfrutar por fin en la costa del Gargano del mar, del viento y de las olas perfectas a la última hora de la tarde. Es de ese momento la foto del inicio.
Después de respirar tranquilamente desde las alturas la inmensidad de la arena de esta playa de Vieste que retaraté, nos dejamos caer en ella y probamos la espuma del borde del mar hasta que la tarde y el interminable vaivén de las olas nos dejaron como en una especie de silencio de los sentidos (sólo aire, olas rompiendo, sal en los labios, luz naranja) desde el que era difícil evitar que la felicidad nos atravesase.

Al día siguiente partimos desde la Foresta Umbra, uno de los bosques más antiguos de Europa, en el corazón de la península del Gargano, para emular la ruta que solían hacer los cruzados en su camino hacia los puertos de partida a los Lugares Santos, desde la capilla del Arcángel San Miguel, junto a la tumba del rey Rotary de los lombardos en Monte Sant'Angelo, descendiendo hasta el nivel del mar para pasar por las capillas románicas de la desaparecida Siponto.

Finalmente nos acercamos también ese día al promontorio de Troia, pequeña ciudad, bastión levantado sobre una colina desde la que se domina toda la llanura del norte de Puglia, la segunda en extensión de Italia.


Sin turistas, bañada en el silencio del mediodía pero sin mucho calor, pudimos disfrutar en completa soledad de una de las más fantásticas catedrales románicas italianas, no tanto por su perfección sino por su maravillosa armonía, su exuberante decoración de influencias orientales y el sorprendente bestiario que está representado en su portada.







No sé cuánto tiempo pasamos sentados observando estas piedras. Mucho, como si no consiguiéramos fijar en la retina toda su belleza, todo su exotismo. Aún me parece poder estar allí si cierro un poco los ojos y hago el esfuerzo. Quizá es que aún quiero estar allí escuchando el silencio y el tiempo pasar, degustando aquella maravilla de bruschette y laticini que nos sirvió aquel chico tan amable en una vinoteca cercana, al frescor de la sombra, con los ojos aún estremecidos.


Sí, definitivamente esos han sido los momentos más especiales del verano. Y los recordaré una y otra vez, y harán sin duda más dulce la llegada del frío, de los días cortos, de la luz más frágil que llegará cuando se acerque el otoño.


(continuará)

20 de agosto de 2008

Aquellos veranos.


A veces los recuerdos nos ponen muchas cosas en orden. Siempre tiendo a pensar que la fuerza de los momentos que nos quedan grabados en la memoria de alguna manera tiene que ver con la intensidad con la que los vivimos, con las dosis de pasión que nuestra forma de sentir les dio entonces. Y en parte así es, puesto que esos días en los que amamos intensamente, o nos hirieron con crueldad, o sufrimos con toda nuestra alma, están siempre ahí, en algún rincón, cubiertos con el matiz que a lo largo del tiempo le hayamos querido dar (indiferencia, aprendizaje, plenitud...) pero siempre conscientes de que rascando un poco podemos llegar a aquella sensación casi como si nos acabara de suceder.

Otras veces, sin embargo, momentos mucho menos intensos, vividos desde la sencillez con la que tantas veces pasamos por los instantes de mayor felicidad -a pesar de su aparente levedad y su más discreta substancia- también quedan adheridos entre los más importantes recuerdos que conservamos. Uno podría pensar que tienen menos fuerza que aquellos otros para fijarse en la memoria, o que al recordarlos su intensidad es menor.

Pero conforme pasan los años mi recuerdo me va iluminando cada vez más y más momentos de aquellos que cuando sucedieron me dieron mucha paz y equilibrio, pero que nunca sospeché que en el futuro iban a quedar en mi memoria en la cima del ranking de recuerdos especiales, de esos que uno siente que son los que le dan sentido a la vida y sustancia al pasado.
Me ocurrió ayer, mirando al cielo, escuchando los insectos de la noche de verano, y recordando aquella cocina donde mientras preparábamos la cena aún ebrios de sol y agua de la piscina donde tantas cosas importantes sucedieron me enseñaste a cantar a dos voces el Pie Jesu del réquiem de Lloyd Weber. Quizá porque es difícil que un momento así vuelva pues ya no existe aquel lugar ni la inocencia con la que vivíamos aquellas noches de verano mirando las estrellas con música de Strauss, ya amando la belleza por encima de todo y viviendo ese cariño que siempre hemos sentido espontáneo e independiente de tantas cosas que nos separan, pero inconscientes aún de la vida y de lo que nos tenía preparado a cada uno. Y sin embargo, sé que es uno de esos momentos que más feliz me han hecho en toda la vida, de los que sin duda caminan conmigo y con mi sonrisa para siempre. Me alegro tanto de que existas...