Nana, de "Bodas de Sangre", Federico García Lorca (...) Nana, niño, nana del caballo grande que no quiso el agua. El agua era negra dentro de las ramas. Cuando llega el Puente se detiene y canta. ¿Quién dirá, mi niño, lo que tiene el agua
Salí de ti en plena noche, el viento retorcía las hojas de la hilera de árboles, utopía del verano que a veces enfría para calmar los insectos.
El silencio se arrastraba por las aceras y vino a hacerme un hueco entre los huesos. Silencio que se comía mis pasos, que barría la consciencia, que seducía a la extrañeza y la hacía verdad y vértigo.
Volver empapado en gris y neón, y en las mil vidas que nacen cuando toco otras pieles, cuando me hundo en la cintura de la madrugada, cuando cruzo la línea exacta de la convención.
Sentir el miedo observarme desde las calles vacías mientras me tragan los túneles de cemento y el taxi no se detiene. Miedo de destripar la vida, miedo de encontrar el engranaje de la razón. Miedo de mirar sin ojos, de ver la sombra medrar. Miedo que muerde, que se hace trampolín de las horas que se esconden, de las que nunca nos dejaron imaginar. Miedo que destiñe el deseo, que lo traga sin remedio, que desvanece el día. Miedo de la noche en la que todo es posible.
Y regresar con el viento entre los dedos, y el silencio latiendo en los zapatos, aún recién calzados. Y respirar las sábanas y el dulzor de la cocina y de la madera al ceder. Ver nacer el sol y todas las cintas desceñidas regresar. Y sin remedio sentir que en la duermevela de la primera mañana, al sentir aún las dos caricias extenderse sobre el sueño y sobre los hombros, el aliento no hace sino estremecerse y sellar el arca.
La vida es como un viaje en un tren. Me lo escribieron ayer. Como un tren luminoso, quizá como aquel enigmático tren supersónico de la película 2046 en el que se podía viajar en el tiempo hacia el futuro con destino a aquel año, pero nadie había vuelto para poderlo contar. Se trata del tren particular de cada uno, con sus vagones transparentes y otros que no lo son. Con la máquina siempre visible y con rincones que sólo cada uno conoce. Pasan los años y la sensación del viaje es cada vez de mayor velocidad. Tanta que a veces cuesta plantearse si el trayecto que llevamos es el correcto, o habría que cambiar los ejes de los raíles y desviarse por otros lugares. A pesar de todo, esta velocidad, me gusta.
Hoy, además de un día más, como cada mañana, he cumplido un año más de vida. Lo he sentido nada más abrir los ojos, casualmente a la misma hora más o menos a la que debí nacer. Me he despertado con la mejor compañía, con el mejor beso. El tren se ha detenido en una estación. Una silenciosa y tan especial como la que recuerdo de pequeño, junto a casa de mi abuelo. El revisor me ha dejado bajar un instante a respirar el aire puro, y casi me ha parecido que, como aquella otra estación, se sentía con intensidad el olor salvaje de la madera fresca y los mil acentos del bosque. Me he sentado un rato. No me he hecho preguntas, he sabido en seguida que me gusta esta estación. Me sonrío al pensar que cada estación a la que llego me gusta más, porque cada una se suma a las anteriores y es a su vez la suma de ellas. Y es que hace tiempo que dedico mi viaje a explorar lo que me hace sentir bien, las personas que me hacen sentir bien: las cosas y las personas con las que comparto ilusiones, cariño, ideas o desacuerdos, respeto, y libertad. Esas que conservo junto a mí porque son el mejor paisaje, el que merece la pena, el que le impone la velocidad y la belleza al camino. Al final del viaje ninguno sabemos donde va todo eso a parar. Igual se deshace, o se archiva en algún lugar secreto donde nadie más tendrá acceso. Pero todo eso da igual ahora. Lo importante del ahora es sentirse vivo y hacer que ese sentimiento sea robusto, sincero, consciente. Asumiento que esperanzas y desilusiones forman ambas parte de él, que compartir el viaje es una obligación de quien quiere estar vivo, que luchar por lo que uno cree es la razón de que el tren se mueva, que conservar los sueños significa no perder el niño que llevamos dentro y que conviene acomodarlo en la máquina porque cuando todo pierde sentido es él el único que conoce la ruta que debemos seguir. La mía, detenida hoy un instante aquí, se llena segundo a segundo de plenitud y necesidad de seguir viviendo, porque a pesar de todo lo que no me gusta, de la mediocridad, de la tristeza, de la imperfección, de la injusticia y del dolor que también implica la existencia, cada instante de vida sigue siendo un regalo y no una pérdida. Y yo, hace mucho que decidí intentar llenarlos de intensidad. Continúo en el empeño. Muchas gracias a todos lo que lo hacéis posible. Mi banda sonora de hoy, esa cancioncilla que escuché en el blog de Luis, y que me llena de felicidad instantánea:
En la última semana el madrileño Teatro Real ha vivido intensas jornadas con el punto final de uno de los ciclos que ha programado esta temporada, el dedicado al mito de Orfeo en la ópera. De aprobado con nota calificaría las dignísimas representaciones de L'Orfeo de Monteverdi que nos ha traído William Christie con su notable conjunto, Les Arts Florissants y un dúo protagonista ciertamente inspirado:un Dietrich Henschel sobrio pero apasionado, de una elegancia pasmosa en su movimiento, cuasi bailarín por el escenario, y una Maria Grazia Schiavo de correctísima y bellísima voz, que supo además modular con gran sutilidad. La versión de Christie se enmarca en un proyecto que lo liga al Real para la representación de las tres Operas completas de Monteverdi en años sucesivos. El inicio no ha podido ser más alentador, una versión más que digna con la que el Teatro Real, tras el fichaje de Paul McCreesh en el Tamerlano o la visita de Fabio Biondi con su Bajazet vivaldiano, parece dar el espacio que se merece en su programación a la ópera barroca, repertorio que vive actualmente toda una revolución, debido en gran parte a una serie de renovadores como los que nos han visitado este año y que esperamos ver pronto de nuevo desfilar por el Teatro de la Plaza de Oriente. Como decía, Chirstie brindó una bastante correcta y personal versión, que tuvo momentos de poesía musical verdaderamente inolvidables reforzados por la acertada y elegante si bien poco arriesgada puesta en escena del italiano Pier Luigi Pizzi, lo cual en mi opinión es de agradecer en una época en la que cada vez me asustan más las escenografías rompedoras, por su falta de rigor en las intenciones y de profundidad a la hora de argumentar la creatividad.
El lunes pasado se cerraba el ciclo con la última de las representaciones de otra de las grandes óperas de la historia. El Orphée et Euridice de William Gluck, esta vez en versión de concierto y a cargo de la orquesta, coro y director titulares del Teatro. La expectación estaba garantizada con la presencia del gran tenor peruano Juan Diego Flórez, quizá el más cotizado y aclamado de la actualidad. Era la primera vez que se enfrentaba al papel del Orfeo de Gluck, uno de los roles más difíciles del repertorio clásico. Además, constituía todo un desafío para un tenor más bien lírico y acostumbrado al belcanto el de asumir el reto de este rol en una ópera seria, honda y dramática como es ésta. Tengo que reconocer que es una de mis óperas favoritas. A pesar de la reputación de aburrido que tiene Gluck yo encuentro en esta ópera absolutamente fascinante, más allá de la maestría y la modernidad que supone el definitivo paso que da Gluck desde la rígida ópera barroca a otro mundo lleno de posibilidades. No sólo por la belleza de su música y de sus arias, sino -y especialmente- por la extrema inspiración con la que Gluck da rienda suelta su interpretación de la acción del texto y convierte la partitura en toda una herramienta dramatúrgica de un resultado redondo como pocos en la historia del género. El papel de Orfeo es un papel difícil, porque exige cualidades que pocos tenores reúnen. Potencia, agudeza vocal, coloratura, timbre, agilidad, lirismo, dramatismo, flexibilidad, sutilidad... Es necesario un tenor que reúna características propias de tenor lírico y a la vez dramático. A Flórez lo suponía del primer grupo, aunque la representación de esta semana me hace verlo con nuevos ojos, y me hace suponer que su repertorio se abre a toda una serie de personajes y de estilos que le auguran un futuro deslumbrante. Juan Diego llegó y venció en una ópera que exige al protagonista una presencia vocal prácticamente continua a lo largo de toda la duración de la obra. Su canto fue bellísimo en timbre y modulación, y su pasión a la hora de interpretar no se desbordó ni cayó en lo fácil. El peruano hizo gala de una contención bastante equilibrada. Creo que en esto tiene mucho que ver la mirada de Jesús López Cobos, que ofreció una versión absolutamente poética de la obra, quizá criticable por su abandono en algunos momentos de la fuerza dramática, pero que se compensaba con una maravillosa exploración de la melancolía y la belleza de la partitura. Flórez se dejó guiar por esta mirada eminentemente lírica y se enfrentó con igual emoción y elegancia a la coloratura del "L'espoir renaître dans mon âme", que a la hondura del "J'ai perdu mon Eurydice" o de los continuos e intensos recitativos que recorren la obra. Su halo parecía contagiar a todos en la escena: al coro del teatro -que estuvo ejemplar en sus contínuas apariciones- a sus compañeras de reparto Ainhoa Garmendia y Alessandra Marianelli (dos bellísimas voces que superaron la mera corrección) y a una Orquesta Sinfónica de Madrid que bajo la batuta de López Cobos desgranó la partitura con una elegancia exquisita y que llegó a momentos puntuales de intensísima inspiración. El conjunto hizo que la obra maestra de Gluck desplegara toda su capacidad teatral y musical, de manera que el hecho de que la versión fuese de concierto llegó a ser una mera anécdota, pues con una tan inspirada interpretación, la historia y la acción se recrearon sin problemas en la imaginación. Pocas veces sucede eso, que la ópera entre dentro de uno y se produzca ese milagro que todos los amantes de la ópera bien conocemos de sentir que de repente uno vive dentro de la ópera. Inolvidable, repito. Y para terminar, salir -como una nave que parte- del Teatro a pasear por esas calles silenciosas del barrio de ópera, con el mar de la música batiéndose entre las neuronas y la sangre, con esa inefable sensación de haber atrapado, aunque sea por unos breves instantes, la verdadera felicidad.
Detrás de cada mañana azul, del desayuno sobre la loza inmaculada, de la mesa recogida al terminar y del sol pausado en la terraza se esconde el bastidor espeso de las preguntas que se clavan en la garganta. Y las sombras caminando descalzas y silbando entre las cuerdas del telón. El engranaje secreto de los ríos que me impulsan se hace torrente cuando la mañana sin horas se transforma en abismo, y a mí me gustaría poder huir sólo un minuto hasta el fin del mundo imaginado, y ver los tulipanes limpios y alineados de los jardines de Estambul, o las pequeñas flores de un templo olvidado entre las arboledas de Kyoto. No ser yo un instante y volar sobre mi carne para sentir, desde el no sentir, que existir es lo único que tenemos a pesar de las espinas, a pesar de la asfixia de lo no elegido, a pesar de las nubes oscuras que cobija la responsabilidad, a pesar de la inevitable mediocridad de tantas horas. Y volver para elegir la intensidad de la sonrisa, el azul sobre el gris, el descontrol de espaldas a la razón que -a pesar de ello- nunca se evapora. En el fondo de la recámara, en el lugar donde cabe el engaño y los muros opacos, sabemos que podemos decidir, más allá de todo, la felicidad. Tras la filosofía y las palabras sólo la carne, al final, nos redime, y sólo la intensidad la fija en la endeble memoria. No cabe más sabiduría que esa, no valen más engaños que el de engañar a la propia vida y sentir, sentir, sentir...
No me gustan las estaciones de tren. Los aeropuertos tampoco. Ni siquiera cuando me llevan donde deseo ir. Son lugares que me recuerdan las muchas distancias físicas que siempre ha habido en mi vida. Distancia familiar, distancia sentimental... Distancias sólo remediables acudiendo a esos lugares que sin embargo me llenan de una tristeza inevitable. Porque en ellas es como si siempre oliese a melancolía. Como si la tristeza se pegara a los zapatos y me llegara a la sangre. En ellos se me encoge el corazón, como fruto de una presión infinita. Me siento lejos, desprotegido, ausente, perdido...
Las distancias nacen a veces como murallas que es necesario salvar, traspasar, dominar. Pero otras muchas son el resultado de elecciones que tomamos porque es necesario vivir y perseguir aquello que deseamos, aquello que nos hace sentirnos vivos aquello por lo que podemos ser nosotros mismos. Casi nada es gratuito cuando elegimos, y las pérdidas que con ellas asumimos no son menos duras. Pero uno debe ser responsable y saber llorar en silencio. Son muchas lágrimas tragadas en soledad, demasiados 500 kilómetros trazados y atravesados, demasiados momentos de ausencia que sin remedio pasan factura. Y es en lugares como aquellos donde suelen hacerlo, inesperados, en la cola de facturación de una terminal abarrotada de sandalias o en un anden de cemento duro, mientras algún despistado arrastra lentamente su maleta en sentido contrario.
Y es tan fácil pensar que falta decisión, que faltan ganas o cariño. Y tan difícil entender el peso de la responsabilidad de ser coherente con lo que uno siente que es, con el lugar del mundo en el que uno siente que puede ser a pesar de tener que empujar uno mismo la daga del dolor de la distancia.
Y al tiempo que la vida toma sus lugares y sus heridas también el tiempo impone su ley y me demuestra año a año que ningún statu quo es posible, que nunca esos periodos donde parece que ya todo ha llegado a su clímax van a poder mantenerse así. En suma, que ninguna perfección se mantiene en el tiempo, porque todo cambia siempre. Y siempre hay quien se va, inesperadamente, como quien llega de repente. Y que nada puede ser nunca la realidad que podemos contar como perpetua, que todo son breves capítulos. Y que esa sensación de infancia donde parecía que todo iba a durar para siempre –el cielo tan azul, los paseos de julio con el viento fresco entre los árboles, la inocencia con la que contemplábamos la madurez como algo de otro mundo, como algo eterno y lejano a la vez- no es más que uno de esos milagros que nos regala la vida, pero que luego todo queda atrás, y que sólo la memoria la rescata, literaria como siempre, aunque la de la infancia lo es especialmente.
A pesar de ello, a veces cierro los ojos con fuerza y la arena casi parece estar ahí, húmeda entre mis dedos antes de entrar en el cubo de plástico azul intenso mientras mamá me recuerda que no se me ocurra bañarme, que se me puede cortar la digestión. Y de fondo el griterío de otros niños se mezcla con el olor de la imaginación de un helado en la terraza, al sol, o de un bocadillo interminable sintiendo el viento, siempre el viento, enredado entre los árboles oscuros.
El fuego en la sede de la Orquesta Filarmónica de Berlín nos ha asaltado en todos los telediarios y páginas de noticias de internet. Aún no se sabe el alcance del mismo, pero ya he leído que el edificio no será destruido por las llamas, aunque los daños serán considerables. En el momento del incidente el mítico Claudio Abbado, anterior director de la Orquesta -a quien hemos disfrutado recientemente con gran emoción en Madrid- y los músicos de la Filarmónica estaban ensayando, y han tenido que ser evacuados rápidamente. Poco más se sabe aún. Pero no puedo evitar pensar en otros teatros míticos como la Fenice veneciana o nuestro Liceu barcelonés, destruidos ambos fruto de las llamas en incendios más que polémicos que se saldaron con reconstrucciones aún si cabe más polémicas que muchos no terminan de comprender ni de sentir sinceras. El espacio es algo más que la materia para muchos de nosotros.
Sobre todo me da pena no haber visitado todos esos lugares maravillosos antes de que desaparecieran, cuando sé que pude haberlo hecho, como en el caso de ésta, la "Berliner Philharmonie", construida en los años 60 durante el "reinado" del director alemán Hertbert von Karajan en la orquesta alemana. Fue el modelo para muchas otras sedes de orquestas, y su disposición con la orquesta en el centro de un espacio en forma de un perfecto pentágono permite una visibilidad inmejorable para todos los espectadores, además de una interrelación entre los músicos y el público mucho más auténtica y cercana. Su sonoridad también es reconocida como de las mejores del mundo. Recuerdo haber tenido en la cabeza todo el tiempo haber visitado este edificio cuando estuve en Berlín, hace más de 10 años, pero al final no lo hice.
De nuevo el fuego destructor de la materia y de la belleza. Las notas que deben aún resonar en algún lugar, los recuerdos que alberga quien alguna vez la disfrutó, los instantes irrepetibles que se han vivido en ese lugar... esos no podrán ser jamás eliminados, porque en eso sí es indestructible el poder de la música. Momentos como el que os dejo, en el concierto aniversario de los 100 años de la Orquesta Filarmónica de Berlín, con el inefable Karajan traduciendo como bien sabía hacer él al gran Beethoven.
Sempre considereina unha das linguas románicas máis belas. A orixe das súas letras esta na Idade Media, e aínda que a evolución da súa literatura teña sido moi irregular, depois do inicio da democracia e da oficialidade do galego, tense desenvolvido moito a nivel de publicacións e número de escritores que a usan. Cada ano dedico un anaquiño de espazo do blog a deixar testemuña destas palabras que tamén sinto miñas, porque están no meu sangue dende que eu lembre. Hoxe escollín un fragmento da miña novela favorita dun dos escritores actuais que máis me interesan.
BARLOVENTO
"A avoa sacábame a pasear cun cazo laranxa e eu recollía as gotas de chuvia. A avoa falábame das plantas e das flores que había na vila onde naceu, a vila que tiña un castelo que a defendía do medo. Eu nunca fun alí. Non queda ninguén. Quizá non quede nin o castelo. O tempo acaba con todo. A avoa parolaba da borraxe brava e da sorbeira e dos toxos e do castigo e do piorno. A avoa falábame do olvido, e contábame contos. A avoa dicía que as árvores podían falar. Que as árvores e as flores podían falar cos animais. Eu, ata moi maior, pensei que a avoa non mentía. Creo que ainda o penso. Cando lin os primeiros libros de piratas inventáballe batallas en barcos enormes. Faláballe de barlovento e sotavento. E ela ría, porque xa non podía pensar. Porque xa non me podía falar do olvido: o avó paseando unha noite de agosto do trinta e seis. E o mar que eu lle contaba, a mar talvez, salfería de gotas de auga o seu rostro. E a auga do mar, a mar, era a chuvia que nos mollaba. A avoa tiña nos ollos o peso da memoria. E da chuvia."
Hace tiempo que quería trasladar aquí un párrafo de un libro que he leído últimamente. Ma vie avec Mozart. Se trata de un libro que el escritor y dramaturgo francés Eric-Emmanuel Schmidt escribió hace un par de años con motivo del 250 aniversario del nacimiento del genial músico. Apasionado del compositor salzburgués, el autor escribe esta obra en forma epistolar, dirigiéndose al mismo Wolfgang para confesarle cómo su música le ha acompañado a lo largo de su vida, al mismo tiempo de compartir con los lectores las razones de este amor con gran sinceridad y detalle, a pesar de estar escrito para un público no iniciado en música clásica. Creo que su visión como dramaturgo, que por lo tanto tiene en cuenta no sólo la música, traduce muy bien las razones de la genialidad de la Ópera de Mozart y del porqué estas óperas (especialmente sus cuatro mayores obras, Las Bodas de Fígaro, Don Giovanni, Così fan tutte y La Flauta Mágica) después de más de doscientos años, continúan siendo una de las cimas del género y siguen conquistando audiencias cuando son representadas. El fragmento hace referencia a las reflexiones del autor cuando le fue pedido que hiciese una versión francesa de Las Bodas de Figaro que la hiciese accesible al público francófono no familiarizado con el argumento de esta genial pieza.
Como inicio y final he querido acompañar este texto con un par de fragmentos de las representaciones de esta obra que tuvieron lugar en el Festival de Salzburgo de 2006 a cargo del director aleman Nikolaus Harnoncourt y sque me parecen notables por su calidad musical y por lo acertado y contenido de su puesta en escena. La calidad de sonido no es muy buena, pero os animo a verlos porque de verdad merecen mucho la pena.
"(...) Digamos, por resumir, que se trata de practicar a la vez el teatro, la música, las matemáticas, la traducción y la poesía. La paciencia que exige una prueba como ésta, me la das tú permitiéndome poder tratar con tu genio. Trabajar en las cocinas de una obra maestra desentumece al aprendiz. ¿Es que acaso necesitas halagos allá arriba en tu sillón de nubes? Entonces, siéntate recto y abre tus orejas. Como si de un gran dramaturgo se tratase, tú le das oportunidades a todos los personajes. Cuando entras en cada uno de ellos, no los juzgas, sino que les concedes tu simpatía, les permites respirar. Tan justo en el lacayo Fígaro como en el Conde voraz, tan feliz en Susana como nostálgica en la Condesa. Descarado cuando toca Cherubino, afectado mientras Bartoloadivina, de repente infantil si Barbarina se pierde en medio de la noche, demuestras ser capaz de expresar la humanidad en todos sus aspectos, en todos sus sexos, en todas sus edades. Lo mismo Don Juan que Elvira, igual verdugo que víctima. Sin limitar en ningún momento al verdugo a su función de verdugo ni a la víctima a su estatus de víctima, tienes sentido del espesor, de la complejidad, permitiendo así al público codearse con personajes muy diferentes de sí mismo. Contigo, nuestro lejano se convierte en nuestro cercano. Sabes contarlo todo porque haces que todo se torne palpable.
Sostuviste que el teatro era el arte de la ruptura y de la discontinuidad. Sin cesar, cambias de ritmo, de tempo, acelerando aquí, conteniedo allá, sólo deteniéndote la pausa de un silencio para poder recomenzar mejor.
En Teatro se fracasa cuando se piensa en uno mismo. Los escritores ebrios de su lenguaje o los compositores encantados con su música fallan en la escena ya que en lugar de escuchar a los personajes y a las necesidades de la acción sólo se escuchan a ellos. Incluso aunque tengan talento, el oído que acercan con demasiada complacencia les impide escuchar lo esencial: el corazón de los personajes, el recorrido de los pasos, el reposo necesario, la vida que se organiza y se improvisa, autónoma. Tú, antes de tener oído de músico, has tenido ojo de escenógrafo, Tu música regla los movimientos, las entradas, las salidas, acentúa un detalle, destaca una emoción. Ella crea la acción en lugar de interrumpirla o acompañarla. Con frecuencia tus colegas se preguntaron, en diferentes momentos de la Historia, cómo debía funcionar la música, ¿primacía de las palabras? ¿primacía de la música? Falso dilema al que tú respondes: ¡Primero el teatro! Preferir el teatro a la música, preferir el teatro a la literatura... son pocos los compositores y los escritores que han cortado de esta manera, De ahí la estrechez de nuestros repertorios."
Era un viaje esperado por mucho tiempo y no por ello me ha defraudado. No sabía lo que me iba a encontrar ni cómo lo iba a percibir, a pesar de estar todo bastante bien explicado en las guías y en los libros de historia que ya había hojeado. Pero nada más llegar sentí que la ciudad tenía algo que me llamaba, que me hacía vivirla como si fuera también mía, como si yo también hubiese estado allí en algún otro momento del pasado, en alguna otra vida. Son tantos los millones de vidas que han debido cruzar esas calles, ese mar, esas piedras, que bien podría haber sido yo mismo, en otra existencia anterior, una de ellas. Uno va acumulando impresiones, pequeños detalles, imágenes y sensaciones de ciudades que inevitablemente están en la iconografía del cine, de los libros, de la historia, de la música o del arte. Sin querer uno se va haciendo una imagen artificial con todo eso, pero luego llega el encuentro con la realidad, que puede resolverse de maneras muy diversas. En el caso de Estambul, las referencias son demasiadas, sobre todo para quien -como yo- tiene especial interés por la historia antigua. Pero Estambul es mucho más que historia antigua. Es una ciudad continuamente reinventada, en continuo movimiento (pocas ciudades he visto tan vivas como ésta) llena de complejas contradicciones y desconciertos. Capital de dos Imperios sucesivos (Bizantino y Otomano), es una de las más grandes ciudades que han visto los ojos de la humanidad. Después ha perdido casi toda su importancia, ya que actualmente no es ni siquiera capital de su país, Turquía, que pasó a ser Ankara durante la primera guerra mundial debido a la ocupación de aquella por parte de los aliados, y siguió siéndolo después. Esa condición impregna a la ciudad de una cierta melancolía, de esa que se desprende de las piedras antiguas, de la decadencia de un lugar que fue el centro del mundo, o al menos de una parte importante del mundo y que ahora, en un mundo globalizado que no entiende de culturas milenarias ni de glorias del pasado, no quiere renunciar a estar ahí, reclamando una posición que su magnetismo humano e histórico le hacen merecer. Por eso no quiere perder el tren de Europa, del progreso y de un mejor escenario para los derechos humanos. Y eso se siente de manera patente en la ciudad a pesar de las evidentes restricciones a la libertad que de manera bien visible impone el fuertemente militarizado estado turco. Se siente en las ganas de los ciudadanos de que todo funcione, de que todo esté más limpio, de que todo sea agradable para el que viene de fuera... Uno entrevé que detrás del evidente esfuerzo gubernamental, de intenciones previsiblemente económicas y de relevancia, está el apoyo de los habitantes de una ciudad (que en el fondo sigue siendo la más importante de Turquía y su escaparate más evidente hacia el mundo) que quiere progresar y conquistar poco a poco más parcelas de libertad. Y ello pasa en este momento por la oportunidad de estar en el grupo de países del mundo que han alcanzado más derechos y más libertades de todo género. Pero más allá de todo eso Estambul late con fuerza en su increíble mosaico de culturas, de etnias y dialectos, de creencias y maneras de entender la vida. Y todos tienen su espacio juntos y en verdadero respeto desde hace siglos. Por ello, los atentados de los últimos años contra intereses hebreos o lugares de interés turístico, de efectos eminentemente efectistas, no son representativos de lo que uno siente en la calle, donde los turistas siempre son agasajados, saludados, preguntados con interés, a veces por el mero hecho de hablar unos minutos, y donde personas de actitud claramente occidental y globalizada pasean sin ningún problema junto a otras que exhiben la más estricta forma de entender el Islam, o junto a ortodoxos griegos o judíos de origen sefardí (menos en proporción, claro). Lo mismo se observa si hablamos de lenguas, o diferentes tonos de piel o de facciones físicas. El inmenso legado histórico de la ciudad nos cuenta un poco de esta milenaria fusión de razas y culturas en esta ciudad cuya estratégica situación en el estrecho del Bósforo -entre el Mar Negro y el Mar de Mármara, que lo comunica a su vez con el Egeo- la hace ser puente entre Europa y Asia, y donde la herencia helénica y romana, así como su estatus de capital de vastos imperios que llegaron a incluir grandes zonas de Europa Oriental, Oriente Medio y Asia, la convirtieron desde su origen en hogar de personas procedentes de muchos pueblos muy diversos que han hecho que su situación geográfica no sea sino una metáfora efectiva del verdadero punto de encuentro humano y cultural entre Oriente y Occidente que en realidad siempre ha sido. Por ello mis fotos, más que recoger la vida vibrante y desenfrenada de esta ciudad imposible de describir (puesto que es necesario vivirla para poderlo percibir, y sentirse así en la Europa más desarrollada y cosmopolita a la vez que en el más retirado y olvidado pueblo de un Islam que vemos demasiadas veces con reservas en la televisión) se han ocupado de captar las piedras pues ellas hablan en silencio de todo ese complejo mosaico de culturas y diferentes realidades que la ciudad ha ido viviendo y acumulando sin destruir del todo a lo largo de su historia. Con ellas y con la música de esta canción de la banda sonora de la imprescindible película del turco Fatih Akin (al otro lado) con el que de alguna manera comenzó la decisión final de este viaje, y que me ha acompañado estos días muchas veces en mi cabeza al caminar por las calles de Estambul.
De estos días, me quedo con tres fuertes impresiones. La primera, el indescriptible estupor al entrar en el gran templo de Santa Sofía, en muchos aspectos intacto desde su construcción en el siglo VI. Y sentir que pocos edificios en el devenir de la historia de la arquitectura han podido llegar a ser más bellos, más gigantescos y rotundos, más conmovedores. E imaginar (qué sería de los viajes sin la imaginación) lo que debió ser la grandiosidad de la capital del Imperio Bizantino. En esa impresión está toda la emoción que he sentido también al ver maravillosas iglesias bizantinas, como San Salvador in Chora o Pammakaristos. La segunda, la inolvidable tarde a orillas del Bósforo, bajo la pintoresca Mezquita neobarroca de Ortaköy, porque en ella se resume esa sublime atmósfera de decadencia de las orillas del Bósforo, el yogurt exquisito de Kanica o la vitalidad de los turcos, que viven la calle de una manera intensísima. Y por último, la belleza, la poesía de la música que en nuestra última noche nos asaltó en un restaurante lleno de turcos que cantaban canciones tradicionales y que, como metáfora de la realidad múltiple de esta ciudad, mezclaba la tradición otomana con la griega e incluso con alguna canción sefardita (como los judíos del Barrio de Balat, que aún lo hablan). Poesía que impregna la ciudad, una vez nos desprendemos de la grandiosidad de muchos de sus monumentos, para asaltarnos en una pequeña lápida, en el frescor de un jardín, o en el silencio de una calle con casas otomanas de madera oscura.