No me gusta poner inicio ni límite a los cambios, y el cambio de año no deja de ser una conveniencia que no marca demasiadas cosas en la vida diaria ni en la de los anhelos. El más importante, el inicio del crecimiento del día solar, ya comenzó hace días... Poco más importante va a cambiar que sea previsible, a parte de las inscripciones en los gimnasios para bajar estos quilos de más que las fechas y sus consecuencias nos han regalado. Pero, como cualquier otro momento, ¿por qué no también hacer recuento de lo que ha sucedido? que conste que yo lo hago por que sí, no porque lo haga la mayoría, que también...
Además, este año ha sido fácil de resumir. Para mí ha sido un año de tránsito, de recuperar el ritmo que había iniciado cuando me vine a vivir a mi terraza, y que de alguna forma se quebró un poco por el camino. Ha sido un año de asumir muchas situaciones, de incapacidad para olvidar la intensidad de lo que he vivido en estos últimos años, de hacerme amigo del silencio que siempre desdeñé, y de entender que hay dudas que, aunque duelan, nos hacen entender la vida mejor y eso siempre nos hace crecer como personas. Porque no es fácil soñar día a día sin dudar, y no es fácil tampoco buscar el lado intenso de la existencia sin equivocarse. Me equivoco continuamente, me pierdo con frecuencia, me distraigo y pierdo rumbo, me aburro, me hundo en la pereza... pero intento asumirlo cada vez más, porque es inútil hacer trascendencia de eso, siendo como somos tan frágiles, tan breves... Por eso, os invito a que seamos benévolos con la imperfección propia, porque así también podremos serlo con la ajena. Sólo somos bellos porque nos equivocamos, sólo aprendemos y crecemos porque no nos herimos con los errores, sino que los usamos para tomar conciencia de que ser humanos (con todo lo que ello conlleva) en ese minúsculo instante en que vivimos, es lo más intenso que nos puede regalar la existencia.
Ha sido un año rico en encuentros y en amistades de las que marcan. La mayoría se han iniciado aquí, pero han hecho su surco intenso en la realidad de mi vida. Sabéis quiénes sois. Este año habéis estado en el centro de mi vida y la habéis decorado como nunca habría imaginado. Desde los que entraron en la primavera, y se han ido forjando con la más sincera de las dedicaciones, a los que acaban de surgir y ya me llenan muchas tardes de sentimientos muy grandes, pasando por los que se van y vienen, pero tienen su huequito siempre en mi corazón. A todos vosotros un GRACIAS así, enorme y sincero. No hay mejor regalo en la vida, me siento afortunado de que se hayan cruzado nuestros hilos... Nos vemos en el 2008, seguiremos sin duda cruzando los hilos.
La gente se apresura por las calles ondeando sus abrigos y bufandas. Todos corren, como si se fuese a acabar el mundo. Como si avanzar rápido fuera una orden incontrolable y los pies se deslizasen por un cable eléctrico, como uno de esos trenes milagrosos de la alta velocidad. Nosotros andamos despacio, casi rozando con nuestros dedos los cristales luminosos, pero terminamos atropellados. Parece que en cada empujón nos roban unos minutos de tiempo. Los roban con ansiedad, en su efecto colateral de robots prenavideños. Las luces sólo lucen en las calles bonitas. En las feas continúa la misma oscuridad municipal de siempre. Y ya son las siete, las luces intermitentes de los grandes almacenes tiran de las manecillas hacia adelante sin pudor alguno. Nos paramos a mirar al cielo, que sigue existiendo, callado, allá arriba, sembrando el silencio por las calles. Pero sólo parece llovernos a unos cuantos. Ya hemos provocado un colapso. ¡Las aceras de Fuencarral son tan estrechas! ¡Y hay tanto niño mono que no sabe leer nuestros sutiles “ceda el paso”! Llevo escrita la agenda sobre la palma de la mano, pero esta tarde cierro el puño con fuerza. Te miro. ¿Nadamos a contracorriente? Detesto las citas sobre las paginas pautadas, cayendo como un puzzle en los últimos días del año: sonríe, lleva las manos llenas de bolsas de diseño con regalos perfectos, asiste a todas esas cenas, llama por teléfono a todos los que lo esperan, canta algún villancico, sé comprensivo, dile a todos lo ocupado que estás, piensa en qué vas a meter en la maleta, empaqueta y pon lazos, decora tu casa, compra turrones en el supermercado, ropa interior bonita, por si acaso... Nos siguen empujando, y ya son las nueve y cuarto. -Me tengo que ir, he quedado- -Espera que contesto esta llamada y te acompaño al metro- -¿Llueve?- -Sí, aún llueve un poco- El cielo se ha cansado de sembrar silencios. A estas alturas ya nadie los recoge.
No me había dado cuenta que ya han empezado mis vacaciones. ¿Son mías realmente? Respiro. Mañana buscaré esos silencios del cielo mientras desayuno con zumo de naranja y Mozart. Saldré a encontrarme con ellos por las calles menos transitadas, haciendo un borrón grande con la goma sobre la agenda. Pasearé y olvidaré todas esas listas que se atropellan en mi memoria. No quiero regalos, quiero no hacer nada, y no quiero tener prisa. Es mi propio regalo... ¿quién me sigue?
La noche te trae muchas veces detrás del secreto, a través de la misma puerta que atravesaste una vez. Delante surge mi piel sonámbula, acercándose hasta el límite del calor, como esas notas de Ravel que siempre parecen caer al suelo, como palabras derramadas sobre el sueño. Palabras infinitas que ocupan mapas y sobrevuelan soledades. Palabras que hilan fino el silencio que traza el agua que no se detiene, que me arrastra aunque yo no quiera porque mi deseo nace como ella, de lo más oscuro, de lo más profundo, de lo más inevitable. Después, como la luna pálida que me recorre, viajas lento sobre la marca de tus dedos, despegas de nuevo y te alejas, dejando sólo tu rumor callado de mariposas acuáticas.
Respondeme la siguiente pregunta: ¿Termina el erotismo con el matrimonio? La mujer y el hombre que, día a día, reciben juntos la mañana, que, de pie, lado a lado, se cepillan los dientes que, igual como si estuvieran solos, se despojan de la ropa y se quedan desnudos sin pudor o vergüenza ¿pueden aún albergar el misterio del mutuo descubrimiento?
Nada es ya prohibido entre ellos. Al contrario. Tienen licencia, sello, para los desaforos; un lugar perenne para estar solos, todas las noches del mundo para vivir la intimidad.
¿Sobrevive el asombro esta absoluta carencia de restricciones, esta revelación constante, cruel y permanente de todas las funciones del cuerpo los ruidos diurnos y nocturnos la indiscreta pornografía de la cotidianidad? Mis abuelos paternos vivían en una casa señorial frente a la Plaza de Correos. No dormían juntos. Sus cuartos y baños diferentes, estaban situados a cada extremo de un largo corredor.
(Por donde se filtraría la luz lunar al caer la noche)
Vi llorar a mi abuelo, -mi abuelo que era duro y no expresaba los sentimientos- solamente cuando ella murió. Aulló como lobo. Sin recato su dolor.
Nunca sentí el secreto de sus habitaciones distantes. De niña exploraba la de la abuela -curiosa- esperando encontrar claves, señales para desentrañar el acertijo.
Ahora me es fácil imaginar el escenario nocturno de sus vidas. La espera de los pasos acercándose, El pomo de la puerta cediendo, El inesperado color de la bata de noche en el quicio entreabierto.
Ellos lo sabían, me digo. Se evadían, se escondían. Se negaban el uno al otro.
Me gusta entrar en el Teatro Real y disfrutar de ese momento previo al inicio del espectáculo. Sobre todo cuando se atenúan las luces y se pasa a la oscuridad sólo rota por la iluminación de los atriles de la orquesta. Uno puede imaginar mil cosas, sentirse mil espíritus de los que han vibrado en esos asientos en sus siglos de existencia. La música aún no ha comenzado, pero hasta las paredes parecen susurrar ya la música que está a punto de brotar de voces e instrumentos. Me gusta ir a ver Rossini, porque aunque su música es fácil y a veces algo superficial, está siempre cargada de una belleza formal abrumadora. Porque hace que las melodías vibren dentro de uno y transmitan hacia dentro esa musicalidad veloz y pura que tienen sus partituras. Me gusta porque me deja alegre, de buen rollo, incluso a pesar de ser ésta una ópera dramática y con final triste.
La luz y las vibraciones han durado todo el fin de semana. Y han atravesado la niebla y el frío, los rincones inexplorados y las caricias ocultas, la noche y el alcohol, las miradas ciertas y los huecos en la almohada, las palabras afiladas y la nítida consciencia... Porque después de Rossini uno sólo puede querer ser feliz y jugar. Y jugar entre dedos y miradas, y enredarme en las palabras que también juegan y se anudan a las notas que no han hecho más que resonar y resonar en un eco que me ha mantenido más vivo que en meses durante todas estas horas.
Los lunes son feos, y aunque te den el beso más tierno del mundo al despertar, Rossini se ha ido, y el amanecer ha sido menos naranja. Y ni la anestesia del ipod rossiniano termina de poder vacunarme. Quiero volver a divisar el desenfreno y galopar sobre él. Y lanzarme a volar sobre la oscuridad, retarla. Y sobre todo reír, y reír, y reír...
Te miro y mi cuerpo se aproxima al tuyo. Te rozo casi sin querer y te persigo en la piel, caminando siempre por las calles que descienden, por los callejones más oscuros, esos que me hacen imaginar lo que no imagino. Y siempre me detiene la luz de una angustia que me siega los pulmones, que me paraliza al llegar a las yemas de tus dedos, que me abrasa cuando mi nariz roza tus pestañas. Sé que mis manos no entienden de posesión ni de conquista, que para ellas sólo cuenta el instante de cabalgar sobre tu espalda y navegar desde tu pecho a tus caderas. Y que atraquen otras naves llenas de piratas de olor a madera y sal. Mezclar nuestras lenguas con las suyas, y el aliento recorrerá las mentes llenas de inhóspitas mareas, y deshará todo el espanto contenido entre la espalda y la retina. Quiero librar ese sortilegio de latidos, quiero desatarme entre vuestros muslos, quiero brotar entre mis grietas y mis precipicios, y quiero sobre todo sentir que estoy vivo, aunque sea fugaz el verbo que nos define, y también el que nos deshace en el olvido. El instante, grabado a fuego con el viento de vuestros labios, durará por siempre.
Pensamientos y conexiones al hilo del ensayo "El Sexo y el Espanto" de Pascal Quignard (Ed. Minúscula, 2005). De él, traigo aquí un extracto del prólogo, para que meditéis y reflexionéis sobre esas turbadoras miradas llenas de estupor y espanto de los frescos de Pompeya, y de cómo se perpetúan en nosotros y en nuestra manera de entender el sexo.
(...)
Venimos de una escena en la que no estábamos. El hombre es aquel a quién le falta una imagen. Aunque cierre los ojos y sueñe de noche, aunque los abra y observe atentamente las cosas reales a la luz resplandeciente del sol, aunque su mirada se aleje y se extravíe, o vuelva sus ojos al libro que tiene entre sus manos, aunque espíe una película sentado en la oscuridad o se quede absorto contemplando un cuadro, el hombre es una mirada deseante que busca otra imagen detrás de todo lo que ve.
Las patricias representadas en los frescos que compusieron los antiguos romanos están como ancladas. Permanecen inmóviles, con la mirada oblicua, en una actitud de espera anonadada, paralizadas justo en el momento dramático de un relato que ya no comprendemos. Quiero meditar sobre una palabra romana difícil: la fascinatio. La palabra griega phallos se dice en latín fascinus. Los cantos que lo acompañan se llaman "fescenius". El fascinus atrapa la mirada, ya que no podrá apartarse de él. Los cantos que inspira están en el origen de la invención romana de la novela: la satura. La fascinación es la percepción del ángulo muerto del lenguaje. Por eso la mirada es siempre oblicua
Trato de comprender algo incomprensible: el traspaso del erotismo de los griegos a la Roma imperial. Esa mutación no ha sido pensada hasta ahora, no tanto por una razón que ignoro como por un temor que concibo. La metamorfosis del erotismo alegre y preciso de los griegos en melancolía aterrada tuvo lugar durante los cincuenta y seis años del reinado de Augusto, que reorganizó el mundo romano bajo la forma del Imperio. Esta mutación tardó solo unos treinta años en imponerse (del año 18a.c. al 14 d.c.). Y sin embargo aún nos envuelve y domina nuestras pasiones. El cristianismo no fue más que una consecuencia de esa metamorfosis: retomó, por así decirlo, el erotismo en el estado en el que lo habían reformulado los funcionarios romanos que promovió el principado de Octavio Augusto y que el Imperio, en los cuatro siglos siguientes, se vio obligado a multiplicar con obsequiosidad.
Hablo de los terremotos
El eros es una placa arcaica, prehumana, totalmente bestial, que aborda el continente que emerge del lenguaje humano adquirido y de la vida psíquica voluntaria, adoptando las dos formas de la angustia y la risa. La angustia y la risa son las cenizas densas que caen lentamente de ese volcán. No se trata nunca del fuego abrasador ni de la roca aún incandescente y viciosa que sube del fondo de la tierra. Las sociedades y el lenguaje se protegen sin cesar de la amenaza de ese desbordamiento. En los hombres, la fabulación genealógica tiene el carácter involuntario de un reflejo muscular: son los sueños en los animales homeotermos entregados al sueño cíclico; son los mitos en las sociedades; son las novelas familiares en los individuos. Inventamos padres, es decir historias, a fin de dar sentido a lo aleatorio de un apareamiento que ninguno de nosotros -ninguno de sus frutos, tras diez oscuros meses lunares- puede ver.
Cuando los bordes de las civilizaciones se tocan y se superponen, se producen sacudidas. Uno de esos seísmos tuvo lugar en Occidente cuando el borde de la civilización griega tocó el borde de la civilización romana y el sistema de sus ritos: cuando la angustia erótica se convirtió en fascinatio y la risa erótica en el sarcasmo del ludibrium. (...)
Madrid, 20:25 horas. Parada de metro de Nuevos Ministerios (para los que no conozcan Madrid, una de las paradas de metro del distrito financiero de la capital). Yo, bajando las escaleras del metro para volver a casa. Por la mañana he salido impecable, arregladito, perfumado y perfecto. A lo largo del día, sin embargo, las horas de trabajo, de correr de aquí para allá, la piscina, las clases, el café con un amigo, las compras, las carreras por la calle, me han ido transformando... me siento un poco maltrecho. Ya sólo en la última media hora el calor excesivo de los interiores de las tiendas, los paseos en el super porque no encuentro la mozarella, las ganas por vivir cada minuto de lo que queda de día, me han ido dejando la cara con signos de cansancio, y mi cabeza ya algo despeinada. Además siento que me muero de calor bajo la cazadora acolchada y con las bolsas de plástico en las manos mientras deseo llegar a casa cuanto antes. La escalera de descenso es larguísima, interminable. De repente, aparece él subiendo. Inmóvil –la máquinaria de la escalera lo hace todo- y con cada prenda en su sitio, al igual que sus cabellos, como si hubieran sido colocados uno por uno. Siento que no se han debido mover un milímetro en todo el día. Es rubio, y muy atractivo. Viste de negro. El olor de su perfume aún se siente intensamente al pasar junto a mí, y observo con sorpresa que su rostro permanece como recién afeitado, absolutamente hidratado. Lo imagino en su oficina, imperturbable sobre las teclas, midiendo cada uno de sus movimientos de manera meticulosa: los dedos, los brazos, la cabeza, incluso la mirada. Todo con un criterio de máxima eficiencia con el menor gasto energético posible. Lo imagino hablando lentamente, usando sólo las palabras justas. Casi puedo verlo mientras come una ensalada baja en calorías en un recipiente de plástico y bebe agua mineral. Su ropa no se arruga y llegará a casa casi exactamente igual que como salió. No ha sudado una gota, ni ha hecho mella en él la polución. Tampoco se ha sobresaltado ni ha hecho nada que no estuviera en sus planes. Pasa de largo junto a mí, ni se inmuta detrás de sus auriculares. Me miro a mí, acalorado, con el cierre de la chaqueta un poco torcido, sofocado y atravesado por mil reflexiones, al borde de más de una pasión, con las plantas de los pies ardiéndome dentro de las deportivas. Me gustaría poder contagiarme de un poquito de su perfección a estas horas del día, de su inmaculada pose, que todos observamos en silencio desde la escalera que baja... Sin embargo, no puedo evitar sentir un escalofrío cuando termina de pasar, como si algo en él no fuera humano, como si toda esa legión de seres perfectos que puebla los laberintos de la gran ciudad entre semana fueran de aire, producto de una oscura fuerza que pretende crear en nosotros envidia, ganas de no ser imperfectos y parecernos a ellos, algo que alguien acaba de estrenar y que no necesita cambio alguno porque ya es pefecto mientras nada cambie, como si pudiesemos no cambiar nada y cruzarnos todos inmóviles y exactos en los pasillos del metro... No, en el fondo he sentido pena por él y me he alegrado de sentir calor, y sudar, y estar despeinado. Es también por ello que mi corazón late fuerte.
Hace días que vengo escribiendo un microrelato en forma de pequeño cuento mitológico inventado, inspirándome en la contundente música (Le sacre du printemps) con la que Igor Stravinski escandalizó París en el año 1913. La provocación de Igor enfrentaba una leyenda eslava anclada en lo primitivo con una música revolucionaria y desconcertante, estructurada en base al ritmo y la percusión, hostil en muchos momentos a los sentidos, alejada del lirismo tradicional y proponiendo una nueva estética grave, inquietante, telúrica y a la vez vanguardista.
Yo he transformado la leyenda en otra, pero con la intención de respetar la esencia de lo que Stravinski nos quiso transmitir. Tenía la intención de ilustrarla con uno de los montajes que más honor le hace a la partitura. La del coreógrafo belga Maurice Béjart, uno de los padres de la danza contemporánea (de la que ha sido uno de los máximos difusores en el final del siglo pasado) y creador de algunos de los montajes más absolutamente redondos del género. Lo elegí a él porque me ha subyugado siempre, porque fue un rompedor y ha sido uno de los que ha sacado la danza clásica del estrecho corsé en el que la historia la había encajado. Por eso creo que su versión es la que más se adapta a la intención primaria del Ballet de Stravinski. Yo aún me maravillo cuando la veo. Casualmente Maurice Béjart nos dejaba ayer un gran vacío al desaparecer. Me ha parecido una noticia triste para el arte en general, y me ha impulsado a terminar el relato que pensé que iba a quedar eternamente en borrador. Os dejo con unas escenas de su coreografía absolutamente extraordinarias (no os perdáis el maravilloso final) y con mi pequeño relato.
En los últimos segundos antes de expirar, un tumulto de sensaciones y recuerdos cae como un aguacero sobre Selune. Las drogas que ha ingerido durante la tarde previa al ritual la mantienen en una semiinconsciencia de la que sólo cree despertar a medias cuando el reflejo del fuego sobre la gran daga de del hechicero Laur le quema los ojos con su resplandor. Sus ojos oscuros tras la máscara, a pesar de la euforia desatada por los cientos de golpes de tambor sobre sus oídos, la tranquilizan. El olor de la sangre de los animales recién descuartizados comienza a invadirlo todo, y la imagen de la suya que será vertida en breve sobre ellos, le llena de imágenes la retina. Pero al brillo intenso de la daga todo se desvanece. Ha llegado el final. El mundo entero parece detenerse de pronto y un extraño silenció la invade. Entonces llegan los recuerdos, como en tumulto, abrasándole la piel de las sienes. La mañana en que la nieve comenzó a deshacerse sobre la llanura, y la mirada oscura de su madre, que no decía nada, pero que tragaba estoica la amargura de ser madre de la virgen más joven del poblado. El viento que se iba haciendo menos frío, la aparición de las primeras brisas templadas, con la llegada de la cuarta luna desde el inicio de la crecida del día. Selune conocía a Tremel desde niña, y habían compartido juegos y noches en torno a la hoguera del poblado. Pero no fue hasta el verano pasado cuando comenzó a sentir una poderosa atracción hacia él. Aquella imagen también le llega como una piedra afilada lanzada sobre su memoria. Tremel y ella nadaban en el río, jugando como siempre lo habían hecho, desnudos, salpicándose y riendo todo el tiempo. Y entonces Selune, sin saber muy bien por qué, se sintió profundamente turbada mientras contemplaba la espalda mojada de Tremel saliendo del agua, y los minúsculos ríos de agua descendiendo furiosos por su piel para caer salpicando la superficie, y el sol haciendo que brillase como una estrella. Selune sintió un escalofrío de placer, un estremecimiento desconocido, seguido de repente de una sensación de embarazo, de pudor y de soledad. Y recuerda cómo salió corriendo en otra dirección, a cubrirse veloz con la tela de su saya. Pero desde entonces no puede evitar mirar hacia Tremel donde quiera que esté. Se siente como poseída por un hechizo, atraída brutalmente por su cuerpo y por su mirada. Sin embago, desde aquel día, paradójicamente, se siente incapaz de ser la misma de antes con él, y no se ha atrevido a romper la distancia que guardan entre sí quienenes no se conocen mucho. Pero le dolía, le dolía ser incapaz de acercarse a él, y sentía como fuego en el pensamiento cuando estaba él delante. Hasta que una noche sin luna, después de cantar junto a la hoguera, por fin se aproximó, y le dijo algo cariñoso, y caminaron juntos un rato en la oscuridad del bosque. El resplandor lejano de las hogueras era la única claridad que les llegaba. Aún en esa penumbra Selune sentía los ojos de Tremel clavársele como espadas en los suyos. Con todo el temblor que la recorría, Selune acercó poco a poco sus dedos a las mejillas de él. El gesto provocó que él se acercara más aún y le dejara un beso en la frente. Le sonrió y tomó el camino de vuelta a las cabañas. Selune se quedó detenida, y su cara se llenó enseguida de abundantes lágrimas. Desde entonces ha vivido como un espíritu, vagando siempre sola y sin emitir apenas sonidos. Su madre la mira con melancolía, pero no dice nada. Últimamente le toma la mano y la acaricia con frecuencia, como sabiendo que es algo que no podrá volver a hacer. Nadie dice nada, pero todos la miran en el poblado desde hace días. Todas esas miradas también llegan a su cabeza en el último momento. Miradas que se mezclan con la oscuridad que percibe detrás de los huecos profundos de la máscara de Laur y el intenso resplandor de la llama en la daga, que parece penetrar en ellos. Después siente el metal hirviendo sobre la piel, y se desvanece. Lo último que siente recordar son las gotas de agua cayendo por la espalda de Tremel, iluminada por el sol. Delante de la sangre aún tibia de Selune derramada sobre una copa de barro azul todo el poblado acaba de hacer silencio. Los primeros rayos de la mañana se vislumbran ya sobre las montañas. Con el sacrificio de la virgen más joven del poblado la primavera que ya despunta no morirá, y podrá haber frutos que comer, y caza abundante. Se van retirando todos, como cada año. Las más jóvenes sienten un extraño temblor en su piel, y los adultos comienzan a pensar en el día de trabajo. Se retiran a descansar a sus cabañas. Aún huele a sangre, y el único que permanece junto a las brasas, ya con el sol levantado, es Tremel. Mira fijamente el lugar del sacrificio, y es difícil saber qué siente o qué piensa, pero permanece de pie junto a los restos cuando han pasado horas ya del final, solo, y no aparta su mirada del último lugar en el que ha visto la mirada de Selune.
Siempre quise besarles, aunque ellos no lo supieran. Desde que los conocí. Suelen tener el color de sus labios ligeramente acentuado en un tono más claro de lo normal. Es mi pequeña obsesión, acercarme a ellos y posar los míos lentamente, casi morderlos y deslizar mi lengua lenta, casi imperceptible, entre ellos. La mayoría se quedan ahí, en deseo que envuelve mi garganta. Algunos casi los he conseguido. Es una cuestión de arrojo, de ese que me abunda en el verbo pero que se repliega cuando la atracción me desgarra. He estado a milímetros de distancia, para retirarme después, como si se tratase de puertas de bronce oscuro que no he osado abrir. Están todos a buen recaudo, encerrados en el palacio que mi deseo ha construido mirada tras mirada, estupor tras estupor. Secretos, ocultos en la más remota sala, disfrazados de color y memoria.
Esos que miro ahora no son los mismos. Pero han invadido la ciudad, y nos observan a todos desde lo alto y desde lo bajo, a ras del suelo o desde las esquinas del subterráneo. Labios puros, imaginados castos, impolutos, apenas rozados por otros. No tengo la menor idea de dónde los sacó Alberto, ni de si los imagino o los tomó del natural, de alguien que pasó a su lado atrapando su aliento, o de alguna dama que a él los expuso alguna noche de invierno frío. Y sin embargo no puedo evitar pensar que aunque sean reales, sólo existieron en su deseo, y jamás cruzaron el umbral de la realidad. Me lo delata esa mirada fija y esquiva que los protege, que levanta ese muro invisible envolviendo el beso imposible. Esos ojos desafiantes guardan con celo la cuerda que ciñe el impulso, que lo paraliza. Lo sé porque lo he vivido, porque lo vivo en los que a mí me persiguen, en los que arden en mi estómago silbando entre los cabellos que me rozan, sobre la piel que me precipita al olor, sobre el vértigo sutil que me borra el olvido. Esos labios... tan cerca y a veces tan lejos. Esos labios (estos días reproducidos en avenidas, multiplicados sobre nuestras cabezas) los conozco. Los conozco porque los deseo. Los deseo tanto, que sigo sin poder besarlos.
Las tardes se cierran como oscuras y veloces grutas, y no tiene tiempo el aliento de encontrar el sol quebrándose sobre los límites. Mis sobremesas son mares de fuego que se arrastran para extinguirse. El sueño, noches frías en las que la médula tiembla. No sé quién me trae la extrañeza, ni los pasos rotundos sobre la razón, como asfixiándola. Y sin embargo ahí está, desafiándome en el tálamo de la duda. Intento verter el temor, y saciarme de presente, pero el hilo que me une al futuro se me enreda entre los dedos. Extrañeza que me separa de mí, que extravía mis latidos y los esconde bajo una almohada invisible, que me amarga el tacto del volante, que me arroja al vacío entre lámparas rojas que flotan en la oscuridad, como suspendidas. Es toda esa extrañeza de la reflexión y de la calma, que me devora, que me arrastra y me acuchilla, pero que va seguida de lo cotidiano, como un metrónomo humano, como un reloj de piel que dibuja de nuevo la mañana y la tierra oscura que se me clava en la retina. La mañana despliega el ancla y las ramas sobre la lengua, pronunciando las mismas palabras, reconociendo los túneles de mis venas, habitando en la estrecha espalda de la rutina. Y reconocida la felicidad de lo exiguo, siento algo parecido al respiro, inevitablemente falso, pero poderoso, como cuando tras un adagio que instala el silencio, Wolfgang nos arranca del limbo para devolvernos al trepidante humor, a la distancia de lo grave... y la vida sigue.