13 de marzo de 2008

King Lear


Mi primera visita al flamante Teatro Valle Inclán, segunda sede del Centro Dramático Nacional. Compañía que casi siempre creo que está a buen nivel, pero esto en los tiempos que corremos de facilidad de ideas y falta de creatividad eso no es demasiado difícil.
En el escenario, una de las mayores tragedias de Shakespeare, "El Rey Lear". Una obra inmensa, que recorre con una pluma impecable y una vitalidad sobrecogedora ese puñado de pasiones y perversiones humanas que siguen definiendo en gran medida el género humano. Pasiones carnales y ansias de poder, miedos, envidias, vanidades, egoísmos, temores... de todo ello está sembrada la obra, que además lo desarrolla a lo largo de una historia llena de escenas de puro placer dramático, llena de posibilidades escénicas. En suma, puro teatro, del mejor.
La versión de Juan Mayorga me pareció noble y ajustada, y muy en consonancia con la dirección de Gerardo Vera, que ha hecho un verdadero ejercicio de economía de medios, para despojar la historia de ropajes y escenarios grandilocuentes (los que uno imaginaría para una corte como la que describe esta obra). La escena queda desnuda, y aparte de algunos pocos muebles esenciales (los mínimos) y esas espadas que se ensartan en la pared para ser empuñadas cuando es necesario, la escena eran sólo volúmenes y algunos efectos (brillantísimos) de luz y sonidos que no protagonizaron sino más bien apoyaron a la acción de manera rotunda. Igual que el vestuario, de época indeterminada aunque de evidencia contemporánea, pero que no consistía en un ejercicio de pretendida "modernidad" sino más bien en un apoyo más a la deslocalización histórica, geográfica y social de una historia que tiene en las palabras argumentos suficientes como para agarrar nuestras entrañas de manera suficiente. Y es que en el texto está todo lo necesario para convencer, para emocionar, para hasta reconocernos y avergonzarnos... Una correcta interpretación del texto de Shakespeare es suficiente para desplegar lo que el Rey Lear tiene en sus páginas. Las interpretaciones de la presente producción del CDN son más que correctas, si bien hay un desequilibrio evidente entre los papeles masculinos y los femeninos, ya que estos últimos quedan por debajo de aquellos en intensidad y calidad, lo cual desmerece un poco esta tan brillante producción. El Lear de Alfredo Alcón es intenso y lleno de fuerza, pero no brillante, y en mi opinión convierte la locura final en un acto demasiado tendente a la ñoñería y el amaneramiento, en un signo de arrepentimiento que yo no creo (o quiero) ver en Lear. Aún así, es una interpretación a la altura. Para terminar, me gustaría resaltar el montaje de las escenas, dinámico, quizá tendente e lo efectista, pero que encaja perfectamente en la acción dramática. Dos horas y media de función prácticamente sin posibilidad de respiro ni aburrimiento.
En fin, una noche de verdadero teatro, de ese que tanto cuesta ya encontrar hoy en día. Siempre he sido defensor de los clásicos, porque por algo lo son. Pero el actual panorama del teatro y su tendencia a deformar los textos y las intenciones no me convence casi nunca, por eso soy proclive a preferir producciones correctas como ésta, que tocan poco el original y más bien tienden a realzar las palabras y la interpretación que a ensombrecerlas. En definitiva, una obra verdaderamente recomendable para los amantes del teatro clásico.

10 de marzo de 2008

Primera Piedra

En medio de este pequeño oasis de descanso de la blogosfera que me he estoy tomando, he decidido subir un texto que he estado corrigiendo estos días. Se trata del primer relato que subí a este blog, por lo que es posible que alguno ya lo haya leído, en su primera versión.
Sí, he decidido escoger algunos de los textos que he ido escribiendo aquí que puedan tener algún tipo de nexo y revisarlos para hacer con ellos algo. No sé aún qué saldrá, pero esta tenía que ser sin duda la primera piedra.

A quienes deseamos
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Hace muchos años vi tu foto colocada en el corcho de la habitación de un amigo. Estabas con tu pareja, sonrientes los dos, y tu mano rodeaba firmemente el hombro de él. Tu mirada fija y sostenida al objetivo de la cámara captó mi atención. Su efecto se deslizó desde el papel fotográfico para hacerse densidad en mi recuerdo. Entonces, aún nadie se atrevía a colocar fotos de parejas de chicos, ni siquiera en corchos de dormitorios de estudiante. Pero éramos adolescentes viviendo en el extranjero, sentíamos cierta facilidad para infringir ese tipo de cosas. Supongo que aquello contribuyó a hechizarme aún más. Desde aquella ventana amplia de la residencia de estudiantes en la colina donde vivía mi amigo, se veía la afilada aguja del crucero de la catedral alzarse gigantesca sobre los tejados e, iluminada, recortar la noche cuando bajábamos al centro por aquel minúsculo camino en pendiente, tropezando con raíces y arbustos. Él me enseñaba la ciudad casi siempre por la noche, silenciosa e hirientemente bella en sus rincones medievales. Y sin embargo yo sólo deseaba regresar a la habitación para volver a mirar tu foto. Aprovechaba sus ausencias al baño para acercarme más, para recorrerte despacio, para guardar tus rasgos en la memoria. El día que pregunté quién eras lo hice con disimulo, como de pasada, escondiendo la necesidad imperativa que tenía de saber de ti.
- Es Luis, ese chico de Ciudad Real del que te hablé, que nos conocimos en un curso de verano, en Lovaina... Y ese es su novio, GertJan. Lo conoció precisamente allí –
Cierto que me había hablado de él. ¡Cómo deseé ser ese Gertjan, y sentir el brazo de Luis sobre el mío, y escuchar su respiración en mi oído mientras nos deteníamos a hacer esa foto! Pero no, en realidad lo odiaba, ¡menudo nombrecito!, y con esa cara pálida de flamenco y esos pelos tan rubios y tan lisos. Mi amigo cambió de tema en seguida, y distraídamente comenzó a hablar de algo interesante, impidiendo cualquier intento mío de poder hacer más preguntas sobre ti.
Mi amigo no vivió mucho más en aquella habitación, pero cada vez que regresé allí a visitarle, lo cual hice con relativa frecuencia en aquellos meses, volví a recrearme en secreto con tu mirada. Aprendí de memoria la curva de tu cuerpo, la elegancia de tu mano al tocar a tu chico, la sonrisa de felicidad que parcialmente iluminaba un sol que se adivinaba español. Mi necesidad de saber de ti siempre era frenada por el impulso de ocultar el evidente deseo que el tono de mis palabras podía descubrir. Así, me esforzaba en complicados desarrollos en la conversación para poder hacer alguna pregunta relativa a ti. Tras meses de visitas sólo supe que vivías en Bruselas con él. Juntos, quiero decir. Y que tú te abrías paso en el mundo de los "stagières" con deseos de ingresar en la Comisión Europea. No sentías muchas ganas de volver a España, porque con tu familia no guardabas una buena relación.
Yo seguí amándote y deseándote en secreto, en mis visitas a Rouen, en aquel invierno de 1993. Llegó el verano, y en mi última visita también te vi por última vez, en aquel corcho iluminado por un intenso sol, el mismo que me acompañó por el sena mientras ondeaban los centenares de banderas tricolores del 14 de Julio junto al lugar donde ajusticiaron a Juana de Arco. Aquel día yo también ardí, en mi interior, porque sabía que era el final de lo nuestro.
Después de muchos años, Bruselas se convirtió en una de mis ciudades. David, mi amigo, se había establecido allí, y yo seguía visitándolo de vez en cuando. Conocía bien la ciudad, y poco a poco también su red de amigos. Supongo que en aquel momento ya me había olvidado conscientemente de ti. Era curioso, pero David nunca te volvió a mencionar. Yo tampoco osé preguntar.
Hasta que un día, de repente, fuimos a cenar y me presentaron a GertJan. Lo recordaba perfectamente de la foto. Mi amigo me lo presentó como un amigo más, pero yo sabía que era él. Mi odio intenso, acrecentado después de tantos años, se volvió deseo en un instante. Deseo de tocar a Gertjan, de oler su piel, de hacerle el amor a quien tú amabas.
La inusitada situación y la incapacidad de saber en ese instante nada de ti me turbaba profundamente. Conseguí sentarme junto a Gertjan esa noche.
Gertjan es realmente encantador, apasionado, inteligente, profundo en su gesto y morboso en su mirada. Mi ansiedad por tocarle me paralizaba los brazos, y también la capacidad de reaccionar. No sabía cómo preguntarle por ti, pero la necesidad me consumía. De repente, dijo algo en español perfecto, así que yo aproveché para preguntarle dónde había aprendido aquella más que correcta pronunciación. Con gesto neutro, contestó de manera seca
- ah, es que tuve un novio español, pero de eso hace muchos años, mi español ya no es lo que era-
La afirmación no me dejaba muchas posibilidades de preguntar sobre ti. De todas formas, y tras un par de miradas entre ambos, aquella noche conseguí su correo electrónico, y en un par de mensajes llegamos a conectar bastante. Descubrimos una complicidad que nos unió y que creó la suficiente curiosidad en ambos como para tirar del hilo de lo que sentíamos.
Mi siguiente viaje a Bruselas fue para estar en su casa, invitado por él. Recuerdo aquel viaje de avión con la respiración agitada, con el corazón que se me aceleraba por momentos. La llegada al aeropuerto y el encontrar su mirada me arrebataron de tal forma, que supe que aquel fin de semana lo único que quería era hacer el amor con él. Fue una aventura perfecta, llena de pasión, ternura y una sensación de que todo era como tenía que ser, como yo habría soñado que fuera -si yo soñara con esas cosas, claro-. Una aventura, además, que duró mucho tiempo. Mientras tanto, tú habías desaparecido por completo. Te diluiste en cuanto sentí que era a Gertjan a quien yo siempre había amado, quien en realidad ocupaba mi deseo más oscuro. Llegué a saber más cosas de ti, claro, formabas parte de la vida de Gertjan. Vuestra relación en realidad duró muy poco. A los pocos meses de llegar a Bruselas y fracasar en tu primer intento de oposición, regresaste a España, harto del gris y de la tristeza de Bruselas, algo que yo, en la cima de mi amor por Gertjan, no entendía, ya que sólo veía en la ciudad belga la belleza especial de una ciudad ecléctica y cargada de sorpresas estéticas a las que Gertjan me enseñaba a ser receptivo. Siempre habías sido un chico con poca capacidad para crear vínulos estables, ni en el amor ni en la amistad, así que con tu partida cortaste con casi todos tus conocidos de Bruselas y ni siquiera Gertjan pudo continuar en contacto más de un par de llamadas y algunos pocos más mensajes. Después de eso, te esfumaste... Te diluiste de nuevo en un océano de olvido y desinterés.

Después de tantos años, hoy te he visto mientras compraba unos discos en la Fnac. Al levantar la cabeza de una referencia, te he visto frente a mí, imponente y guapo, como en realidad has debido ser siempre. Con lo (en realidad) poco que llegué a saber de ti imaginé que terminarías tu juventud descuidando tu aspecto, quizá por buscar algún argumento racional que te hiciese salir de mi mente. Pero me equivocaba. Ahí estás, manteniéndome la mirada y sonriéndome. Una sonrisa que, de repente, ha levantado todo el pasado de un soplo. No puedo evitar sentir que todo mi deseo de años recordando aquel sol de verano llenar tu mirada indescriptible, ha llegado intacto, recuperado en una pulsión que en el fondo siempre ha seguido existiendo debajo de mi piel. Te has dado la vuelta y has comenzado a caminar, girando tu cabeza para mirarme un instante antes de abandonar la planta, sonriéndome de nuevo y confirmándome con certeza mi deseo de seguirte. Te he seguido, después de tantos años, por las calles de Madrid, por una Gran Vía atestada de gente que parecía caminar toda en sentido contrario. Hemos subido unas escaleras, yo con el deseo contenido de un encuentro anónimo (¿no lo es acaso?). Y tras la puerta abierta de tu apartamento me esperan ahora tus labios impetuosos, tus manos infinitas, y tu corazón en la boca, dispuesto a dejar que tu cuerpo se entregue, se deshaga dentro del mío, tus ojos en los míos, mi boca y mi sexo en el tuyo. Tras la lucha, felina, caemos en sueño, uno junto al otro, en una paz que siento como el momento más placentero de mi vida, una paz que he soñado durante años, una paz que siempre he vislumbrado desde el precipicio de mis abismos amorosos, pero a la que siempre una fuerza desconocida me ha impedido lanzarme. Ahora ha llegado, y me invade. Y, por primera vez, escucho tu voz. Me dices:
- ¿sabes? En realidad yo te conozco...
Sé que Gertjan, con quien sigo en cercano y amistoso contacto, perdió el hilo de tu existencia antes de aparecer yo en su vida.
- Me has visto a lo mejor en la Fnac alguna otra vez...
- No - dices, sonriendo.
- Te conozco de hace muchos, muchos años- añades.
Me quedo en silencio. Me acerco y escucho atentamente.
- Sí, hace muchos años, en Francia, tenía un amigo, bueno, en realidad era un amante que tenía una foto tuya en su corcho, en su habitación de la universidad. Supongo que te suena extraño (su voz es la que siempre había imaginado), pero aquella foto siempre me llamó la atención. Llevabas un abrigo verde oscuro, con capucha, y tenías a tu espalda el BigBen. ¿Me equivoco?
- No, (acierto a indicar con la cabeza, mientras un pánico terrible se apodera de mí).
- Estuve en la habitación de aquel chico, David se llamaba, dos o tres veces y siempre quise saber quién eras. En aquel momento no me atreví a preguntar. Además, tampoco consideré que fuera importante saberlo. Eras un amigo español, o al menos eso había dicho él el primer día, mientras me enseñaba las fotos... Después perdí el contacto con David y la posibilidad de preguntar, de indagar sobre ti. Pero para entonces, ya había comenzado a obsesionarme con aquella foto... Viví algunos años en Bruselas, pero terminé hartándome de aquello y volví a España. ¡Uf!, ¡cuántas cosas han pasado! Sé que esto te resultará extraño, pero he soñado con este instante muchas veces en todos estos años. Y creo que en el fondo sabía que algún día, me encontraría contigo.

Y me miras, inclinando el labio, como casi queriendo que yo lo tome por una broma.
Pero no es una broma. El viento que ha comenzado a soplar empuja lacónicamente una rama contra el cristal de la ventana, justo como en aquella película de David Lean, y repentinamente siento que acabo de perder la capacidad para el deseo, en un instante, para siempre.

3 de marzo de 2008

Irremediable y secreta pasión

Por toda esa pasión que corre y vive entre líneas, invisible y prohibida. A veces más posible, a veces menos, pero siempre silenciosa, cautiva, rugiendo en el lugar más común, en el más bello, en el más sórdido. Escondida en medio de palabras que se pronuncian en la noche, entre intencionadas y tímidas, o adheridas a los dedos que se rozan en la tarde, bajo la mirada única de las primeras mariposas.

28 de febrero de 2008

Él

Cada mañana estaba ahí, en la esquina, mirándome fijamente. Nadie parecía darse cuenta de que su forma de observarme era ruda y al mismo tiempo llena de oscuridad. Echaba un vistazo alrededor y el mundo parecía seguir discurriendo como si nada sucediese. Yo solía apartar la mirada, pero sientía siempre la suya como fuego sobre mi nuca. Y si, por casualidad, me volvía a comprobarlo, ahí siguía, girada para alcanzarme, recorriéndome aún, llena de intenciones que no alcanzaba a traducir, de deseos que se escapaban de su retina. Ni un músculo más de su cuerpo se movía, sólo su cuello, buscándome ya en el final de la calle.
Un día desapareció para no volver. Lo olvidé rápido, lo admito. Pero nunca fui consciente de la semilla que aquella mirada había enterrado en mí hasta hoy.

Esta noche he vuelto a cruzarme con él, inesperadamente. El viento que se ha levantado de repente, aquellos cables rozándose con ese insoportable ruido metálico, el frío que me recorre el cuerpo. No, no he sido capaz de escuchar ninguna de las señales que llevan un rato queriendo anunciármelo. De golpe ha surgido, como entonces, de una esquina. Esta vez todo está oscuro y sus manos brillan bajo la débil luz de la farola. El viento sigue silbando, nada más se escucha. Parecemos los dos únicos seres sobre la tierra. Sé que está vez no se quedará parado. Sé que viene a por mí. Cada vez se escucha con más fuerza el ruido de los cables. Parece que los siento quemar sobre la piel. He debido tener cientos de pesadillas desde que aquella mirada suya se cruzó con la mía. Pesadillas en las que he perdido casi toda la inocencia de mis intenciones. No recuerdo ninguna, mi consciencia ha pasado por ellas como de puntillas. Pero esta noche, al verle de nuevo, se han despertado todas desde ese pozo infinito de lo inquietante, de lo que no osamos pensar que sucede, de todo lo que está más allá. Su mano me acaba de tomar por el hombro y la luna amarilla brilla insistentemente en sus uñas. Siempre supe que debía pagar por mi secreta perversidad, esa que nadie conoce. Su aliento llega a mi nuca, y sé que es ahora.

25 de febrero de 2008

Invierno de puntillas.

Me gusta el tránsito de las tardes de febrero, que nunca se escapa sin dejar su imperceptible hendidura sobre las manos. Febrero loco de viento y sombras detrás de la mirada, de noches pisando charcos, de esquinas de vacío, de mar que llega hasta la luna, de secretas primaveras escondidas, de olvidos y reencuentros. Y de pinos. Pinos que arañan entre los minutos de la tarde que pasa al sol de un invierno que a pesar de todo, derrite...

21 de febrero de 2008

Cuando el espíritu se hace carne.


La vida de la mayoría de nosotros nos coloca muchas barreras a la hora de despegarnos de la realidad, a pesar incluso de que la realidad de la mayoría incluya cada vez más elementos virtuales que tangibles. Así, el ejercicio de la espiritualidad se convierte en algo que no es para nada evidente, pues nos exige por un lado un abandono momentáneo de la realidad y de una cotidianeidad que a la mayoría se nos adhiere demasiado a la piel, y por otro una toma de perspectiva lo suficientemente alejada como para poder viajar sin rumbo ni condicionantes. La música antigua es un excelente vehículo para ello, y su fuerza es mucho mayor de la que la mayoría imagina. Las limitaciones de los instrumentos en la época obligaron a los compositores un ingenio especial para poder atraer a los oyentes de la época. En la música religiosa, el impacto psicológico imagino que era uno de los objetivos que se intentaban conseguir. Monteverdi está en la cima del desarrollo de este tipo de música, y la revolucionó hasta tal punto que sentó las bases de la evolución posterior en todo el periodo barroco. Su música religiosa se libera de la rigidez y la solemnidad para dar rienda suelta a la investigación de múltiples formas. Su fascinante resultado está lleno de contrastes y juega con la danza, el dramatismo y la teatralidad, envolviéndolo todo de un cromatismo espectacular, lo cual hace de sus obras espirituales un ejercicio de llegar al infinito místico, pero desde una evidente carnalidad.
Jordi Savall es uno de los músicos más brillantes de su generación, y sus abundantes y premiados trabajos discográficos dan buena cuenta de ello. Su maestría parte de un hondo conocimiento de la historia y del contexto en el que fueron escritas las obras, además de contar con un equipo fijo de músicos (La Capella Reial de Catalunya y Le Concert des Nations) que deben formar a estas alturas casi una familia.

Ayer presentó con ellos y con algunos de sus (excelentes) solistas colaboradores, las Vísperas de la Beata Virgen en el Auditorio Nacional. Esta monumental obra, en mi opinión, necesita de un aforo más reducido y de otro lugar de representación más adecuado a poder apreciar la inmensa riqueza de matices de la obra, no sólo por razones musicales, sino porque es una obra con un innegable carácter teatral, que el escenario de un Auditorio no contribuye nada a realzar. Precisa de un lugar más en penumbra, de una situación espacial de músicos y cantantes que el Auditorio madrileño no puede ofrecer (por poner un ejemplo, las abundantes escenas de eco que Monteverdi nos propone no consiguen su efecto) a pesar de que Savall hizo lo que pudo adaptando la colocación de solistas y músicos a cada uno de los fragmentos de la obra. Tampoco ayuda mucho la necesidad (no la comparto ni la entiendo) de tener que partir una obra así, que te va cuajando poco a poco en los sentidos, para hacer el intermedio, que en este concierto sobraba.

Así, con esta frialdad de partida, me costó bastante dejarme llevar por la música. Tengo la percepción, además, de que la mayoría de los músicos debieron también acusar todas estas dificultades, pues el inicio de la obra resultó un poco desbaratado, disperso, falto de la necesaria fusión de instrumentos y voces. Poco a poco, sin embargo, se fueron haciendo con la partitura y desplegando el inmenso talento que poseen todos, la milagrosa perfección con la que ejecutan la música, desde una equilibrada y contenida pasión, justo la que necesita esta obra para ir cristalizando en nuestros oídos y en nuestros espíritus. Desde luego, la visión de Savall es discutible en muchos puntos, pero creo que es ante todo homogénea y sentida. La cohesión del conjunto llegó a su cima en el espectacular Magnificat final con el que consiguieron un momento de rotunda carnalidad, liberándose por fin de todas las limitaciones del espacio y del tiempo. Un final sobrecogedor, voluptuoso a la vez que profundamente espiritual, un auténtico viaje desde la ruptura de la realidad que finalmente fueron capaces de obrar. Siempre espero que las Vísperas me hagan abandonar la realidad, como tirando de mí desde una de esas rupturas de cielo tan del gusto pictórico barroco. Ayer, casí llegué a sentirlo, que no es poco. Magnífico Magníficat, Magnífico Savall.
Gracias.

20 de febrero de 2008

¿Febrero muerde?


Es como lo ilustra mi calendario de pared... Para el presente mes, unas fauces. ¿Alguien se deja que le muerda?

12 de febrero de 2008

Abrigos para la tristeza

Cuando te araña el día, y la semana, y hasta el sol y las aceras. Cuando no quieres responder ni callar. Cuando la tristeza no se deja esquivar y te abarca como el mar. Cuando incluso la carne se evade y hasta te hace olvidar que duelen sobre la piel las hojas secas de la navaja.
Es entonces cuando huyo en su lomo de belleza indestructible. Huyo y me olvido, y despego a ese otro mundo, y me dejo vivir en él, como si fuera posible permanecer para siempre en esa incansable anestesia de la perfección cuando es humana.

y es que en esas pocas notas está todo... sin una nota de más, sin que falte nada... ahí está él todo y todo él. Maravilla inexplicable... No sé cuándo volveré.

8 de febrero de 2008

Schubert, Cádiz, y la Felicidad






La música nos ha acompañado desde el principio, aunque a veces haya sido mi pequeña invasión en tu vida. Un mundo que hasta entonces era sólo mi mundo, pero que entraste a compartir desde el principio. Sólo desde la voluntad de querer y comprender a alguien se puede llegar a sus mundos personales, para compartirlos, para mirarlos y mimarlos, para transformarlos.
Siempre nos quedamos con las músicas más sencillas, que suelen ser las más auténticas, como esta pieza de Schubert que escuchábamos con las ventanillas del coche abiertas mientras los pinares de Roche nos escondían del mundo camino a aquellas playas blancas de Conil, en un Sur de pascua temprana como lo fue también la de aquel año que nos conocimos. Acabábamos de empezar, y ya sentíamos que para nosotros la felicidad había cambiado de espejo para siempre. Las noches frías en aquella camita estrecha, y la luz blanca y cegadora de las playas de Bolonia o Zahara que nos vieron sonreír con envidia aquellas mañanas inolvidables.
Esta de Schubert es para nosotros (siempre lo fue) una música de fondo con la que seguir abarcando instantes inolvidables, en el infinito o en el borde del colchón. Y Schubert, que es ya demasiado nuestro, demasiado difícil de compartir con nadie, y que en su honda humanidad, en su belleza pura y rotunda, nos regala el camino, la melodía, y la banda sonora de este viaje que comienza cada mañana, y que cada noche se detiene en el sueño, con ese beso infinitamente pequeño e inimitable que me das dormido cuando llego a la cama. Se detiene y sigue, sorteando tantas y tantas cosas, pero sumando y sumando también. Sumando mundos, miradas, intimidades, futuros, palabras y vida, toda la vida que reinventamos para nosotros y con la que me siento cada día más en el mundo, más consciente de mí, de nosotros, de nuestro pequeño gran universo. Ese en el que después de estos 6 años, seguimos sintiendo que abrir las ventanillas del coche y escuchar a Schubert juntos es lo que más se parece a la felicidad absoluta.

5 de febrero de 2008

Quiero huir.

Quiero huir hacia dentro,
detener el mundo y escapar por las venas,
navegar y eludir este invierno, aunque no haga frío.
Y ser fugitivo de la piel y del aliento,
y huir con las piedras lejos,
muy lejos,
dentro de mí.
En lo hondo de las nubes rojas,
en el fin de las miradas que se me enganchan
como ortigas de sal.
Escurrirme hasta que el tiempo se detenga,
hasta que se esfumen todos,
hasta no ser más que yo
y las horas detenidas.
Y entonces respirar despacio,
para seguir caminando.