Cada mañana estaba ahí, en la esquina, mirándome fijamente. Nadie parecía darse cuenta de que su forma de observarme era ruda y al mismo tiempo llena de oscuridad. Echaba un vistazo alrededor y el mundo parecía seguir discurriendo como si nada sucediese. Yo solía apartar la mirada, pero sientía siempre la suya como fuego sobre mi nuca. Y si, por casualidad, me volvía a comprobarlo, ahí siguía, girada para alcanzarme, recorriéndome aún, llena de intenciones que no alcanzaba a traducir, de deseos que se escapaban de su retina. Ni un músculo más de su cuerpo se movía, sólo su cuello, buscándome ya en el final de la calle.
Un día desapareció para no volver. Lo olvidé rápido, lo admito. Pero nunca fui consciente de la semilla que aquella mirada había enterrado en mí hasta hoy.
Esta noche he vuelto a cruzarme con él, inesperadamente. El viento que se ha levantado de repente, aquellos cables rozándose con ese insoportable ruido metálico, el frío que me recorre el cuerpo. No, no he sido capaz de escuchar ninguna de las señales que llevan un rato queriendo anunciármelo. De golpe ha surgido, como entonces, de una esquina. Esta vez todo está oscuro y sus manos brillan bajo la débil luz de la farola. El viento sigue silbando, nada más se escucha. Parecemos los dos únicos seres sobre la tierra. Sé que está vez no se quedará parado. Sé que viene a por mí. Cada vez se escucha con más fuerza el ruido de los cables. Parece que los siento quemar sobre la piel. He debido tener cientos de pesadillas desde que aquella mirada suya se cruzó con la mía. Pesadillas en las que he perdido casi toda la inocencia de mis intenciones. No recuerdo ninguna, mi consciencia ha pasado por ellas como de puntillas. Pero esta noche, al verle de nuevo, se han despertado todas desde ese pozo infinito de lo inquietante, de lo que no osamos pensar que sucede, de todo lo que está más allá. Su mano me acaba de tomar por el hombro y la luna amarilla brilla insistentemente en sus uñas. Siempre supe que debía pagar por mi secreta perversidad, esa que nadie conoce. Su aliento llega a mi nuca, y sé que es ahora.
28 de febrero de 2008
Él
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25 de febrero de 2008
Invierno de puntillas.
Me gusta el tránsito de las tardes de febrero, que nunca se escapa sin dejar su imperceptible hendidura sobre las manos. Febrero loco de viento y sombras detrás de la mirada, de noches pisando charcos, de esquinas de vacío, de mar que llega hasta la luna, de secretas primaveras escondidas, de olvidos y reencuentros. Y de pinos. Pinos que arañan entre los minutos de la tarde que pasa al sol de un invierno que a pesar de todo, derrite...
21 de febrero de 2008
Cuando el espíritu se hace carne.
La vida de la mayoría de nosotros nos coloca muchas barreras a la hora de despegarnos de la realidad, a pesar incluso de que la realidad de la mayoría incluya cada vez más elementos virtuales que tangibles. Así, el ejercicio de la espiritualidad se convierte en algo que no es para nada evidente, pues nos exige por un lado un abandono momentáneo de la realidad y de una cotidianeidad que a la mayoría se nos adhiere demasiado a la piel, y por otro una toma de perspectiva lo suficientemente alejada como para poder viajar sin rumbo ni condicionantes. La música antigua es un excelente vehículo para ello, y su fuerza es mucho mayor de la que la mayoría imagina. Las limitaciones de los instrumentos en la época obligaron a los compositores un ingenio especial para poder atraer a los oyentes de la época. En la música religiosa, el impacto psicológico imagino que era uno de los objetivos que se intentaban conseguir. Monteverdi está en la cima del desarrollo de este tipo de música, y la revolucionó hasta tal punto que sentó las bases de la evolución posterior en todo el periodo barroco. Su música religiosa se libera de la rigidez y la solemnidad para dar rienda suelta a la investigación de múltiples formas. Su fascinante resultado está lleno de contrastes y juega con la danza, el dramatismo y la teatralidad, envolviéndolo todo de un cromatismo espectacular, lo cual hace de sus obras espirituales un ejercicio de llegar al infinito místico, pero desde una evidente carnalidad.
Jordi Savall es uno de los músicos más brillantes de su generación, y sus abundantes y premiados trabajos discográficos dan buena cuenta de ello. Su maestría parte de un hondo conocimiento de la historia y del contexto en el que fueron escritas las obras, además de contar con un equipo fijo de músicos (La Capella Reial de Catalunya y Le Concert des Nations) que deben formar a estas alturas casi una familia.
Ayer presentó con ellos y con algunos de sus (excelentes) solistas colaboradores, las Vísperas de la Beata Virgen en el Auditorio Nacional. Esta monumental obra, en mi opinión, necesita de un aforo más reducido y de otro lugar de representación más adecuado a poder apreciar la inmensa riqueza de matices de la obra, no sólo por razones musicales, sino porque es una obra con un innegable carácter teatral, que el escenario de un Auditorio no contribuye nada a realzar. Precisa de un lugar más en penumbra, de una situación espacial de músicos y cantantes que el Auditorio madrileño no puede ofrecer (por poner un ejemplo, las abundantes escenas de eco que Monteverdi nos propone no consiguen su efecto) a pesar de que Savall hizo lo que pudo adaptando la colocación de solistas y músicos a cada uno de los fragmentos de la obra. Tampoco ayuda mucho la necesidad (no la comparto ni la entiendo) de tener que partir una obra así, que te va cuajando poco a poco en los sentidos, para hacer el intermedio, que en este concierto sobraba.
Así, con esta frialdad de partida, me costó bastante dejarme llevar por la música. Tengo la percepción, además, de que la mayoría de los músicos debieron también acusar todas estas dificultades, pues el inicio de la obra resultó un poco desbaratado, disperso, falto de la necesaria fusión de instrumentos y voces. Poco a poco, sin embargo, se fueron haciendo con la partitura y desplegando el inmenso talento que poseen todos, la milagrosa perfección con la que ejecutan la música, desde una equilibrada y contenida pasión, justo la que necesita esta obra para ir cristalizando en nuestros oídos y en nuestros espíritus. Desde luego, la visión de Savall es discutible en muchos puntos, pero creo que es ante todo homogénea y sentida. La cohesión del conjunto llegó a su cima en el espectacular Magnificat final con el que consiguieron un momento de rotunda carnalidad, liberándose por fin de todas las limitaciones del espacio y del tiempo. Un final sobrecogedor, voluptuoso a la vez que profundamente espiritual, un auténtico viaje desde la ruptura de la realidad que finalmente fueron capaces de obrar. Siempre espero que las Vísperas me hagan abandonar la realidad, como tirando de mí desde una de esas rupturas de cielo tan del gusto pictórico barroco. Ayer, casí llegué a sentirlo, que no es poco. Magnífico Magníficat, Magnífico Savall.
Gracias.
20 de febrero de 2008
¿Febrero muerde?
Es como lo ilustra mi calendario de pared... Para el presente mes, unas fauces. ¿Alguien se deja que le muerda?
12 de febrero de 2008
Abrigos para la tristeza
Cuando te araña el día, y la semana, y hasta el sol y las aceras. Cuando no quieres responder ni callar. Cuando la tristeza no se deja esquivar y te abarca como el mar. Cuando incluso la carne se evade y hasta te hace olvidar que duelen sobre la piel las hojas secas de la navaja.
Es entonces cuando huyo en su lomo de belleza indestructible. Huyo y me olvido, y despego a ese otro mundo, y me dejo vivir en él, como si fuera posible permanecer para siempre en esa incansable anestesia de la perfección cuando es humana.
y es que en esas pocas notas está todo... sin una nota de más, sin que falte nada... ahí está él todo y todo él. Maravilla inexplicable... No sé cuándo volveré.
Es entonces cuando huyo en su lomo de belleza indestructible. Huyo y me olvido, y despego a ese otro mundo, y me dejo vivir en él, como si fuera posible permanecer para siempre en esa incansable anestesia de la perfección cuando es humana.
y es que en esas pocas notas está todo... sin una nota de más, sin que falte nada... ahí está él todo y todo él. Maravilla inexplicable... No sé cuándo volveré.
8 de febrero de 2008
Schubert, Cádiz, y la Felicidad

La música nos ha acompañado desde el principio, aunque a veces haya sido mi pequeña invasión en tu vida. Un mundo que hasta entonces era sólo mi mundo, pero que entraste a compartir desde el principio. Sólo desde la voluntad de querer y comprender a alguien se puede llegar a sus mundos personales, para compartirlos, para mirarlos y mimarlos, para transformarlos.
Siempre nos quedamos con las músicas más sencillas, que suelen ser las más auténticas, como esta pieza de Schubert que escuchábamos con las ventanillas del coche abiertas mientras los pinares de Roche nos escondían del mundo camino a aquellas playas blancas de Conil, en un Sur de pascua temprana como lo fue también la de aquel año que nos conocimos. Acabábamos de empezar, y ya sentíamos que para nosotros la felicidad había cambiado de espejo para siempre. Las noches frías en aquella camita estrecha, y la luz blanca y cegadora de las playas de Bolonia o Zahara que nos vieron sonreír con envidia aquellas mañanas inolvidables.
Esta de Schubert es para nosotros (siempre lo fue) una música de fondo con la que seguir abarcando instantes inolvidables, en el infinito o en el borde del colchón. Y Schubert, que es ya demasiado nuestro, demasiado difícil de compartir con nadie, y que en su honda humanidad, en su belleza pura y rotunda, nos regala el camino, la melodía, y la banda sonora de este viaje que comienza cada mañana, y que cada noche se detiene en el sueño, con ese beso infinitamente pequeño e inimitable que me das dormido cuando llego a la cama. Se detiene y sigue, sorteando tantas y tantas cosas, pero sumando y sumando también. Sumando mundos, miradas, intimidades, futuros, palabras y vida, toda la vida que reinventamos para nosotros y con la que me siento cada día más en el mundo, más consciente de mí, de nosotros, de nuestro pequeño gran universo. Ese en el que después de estos 6 años, seguimos sintiendo que abrir las ventanillas del coche y escuchar a Schubert juntos es lo que más se parece a la felicidad absoluta.
5 de febrero de 2008
Quiero huir.
Quiero huir hacia dentro,
detener el mundo y escapar por las venas,
navegar y eludir este invierno, aunque no haga frío.
Y ser fugitivo de la piel y del aliento,
y huir con las piedras lejos,
muy lejos,
dentro de mí.
En lo hondo de las nubes rojas,
en el fin de las miradas que se me enganchan
como ortigas de sal.
Escurrirme hasta que el tiempo se detenga,
hasta que se esfumen todos,
hasta no ser más que yo
y las horas detenidas.
Y entonces respirar despacio,
para seguir caminando.
detener el mundo y escapar por las venas,
navegar y eludir este invierno, aunque no haga frío.
Y ser fugitivo de la piel y del aliento,
y huir con las piedras lejos,
muy lejos,
dentro de mí.
En lo hondo de las nubes rojas,
en el fin de las miradas que se me enganchan
como ortigas de sal.
Escurrirme hasta que el tiempo se detenga,
hasta que se esfumen todos,
hasta no ser más que yo
y las horas detenidas.
Y entonces respirar despacio,
para seguir caminando.
31 de enero de 2008
Meridiana Belleza.
Una tarde fría de invierno es suficiente excusa para dejarse caer en el sofá y hacer una de esas excursiones por la belleza sin salir de casa con las que me gusta agasajarme.
Mozart e Italia en el reproductor de dvd. El chocolate lo pongo yo, la mirada, el director estadounidense Joseph Losey. A pesar de que el salzburgués (o más bien su libretista, en este caso Lorenzo Da Ponte siguiendo los textos de Molière y Tirso) sitúa la acción en Sevilla, al americano debía apetecerle más en ese momento rodar en el norte de Italia. Para ello eligió la espectacular ciudad de Vicenza y, como escenarios, algunos de los edificios y espacios más significativos de uno los arquitectos más notables del renacimiento italiano: Andrea Palladio.
Si alguno ha visto película me dirá que, a pesar de ser mítica, tiene deficiencias en la puesta en escena, en el concepto dramático y de la acción, en la forma en la que retrata a los personajes (en una ópera que como ninguna otra lo hace a través de la música) o en la rigidez de los planos (que no se adaptan del todo a las constantes modulaciones y humores de la música de Mozart). Entramos aquí en la eterna discusión de la Ópera en el Cine. Matrimonio imposible a mi parecer, pero que aquí, sin embargo, alcanza un nivel aceptable. Y eso porque más allá de discusiones, sinceramente, darse un paseo por la Piazza dei Signoria de Vicenza, recrearse en la espectacular Villa Rotonda o entrar en el escenario renacentista del Teatro Olímpico es siempre un placer para los sentidos. Y más si se hace de la mano de una de las grandes versiones de esta ópera de Mozart: la que firma el también americano Lorin Maazel (uno de mis directores fetiche), con entre otros el rotundo Ruggiero Raimondi, el elegantísimo José Van Dam, la siempre correcta Kiri Te Kanawa o nuestra siempre exquisita Teresa Berganza.
Al final todo anda un poco desajustado en esta producción pero la belleza intrínseca de cada elemento es tan poderosa que su visionado es siempre reconfortante.
En fin, sólo hay que ver algunas de las imágenes, que os dejo aquí... La cita en casa, que se apunte el que le apetezca.
Mozart e Italia en el reproductor de dvd. El chocolate lo pongo yo, la mirada, el director estadounidense Joseph Losey. A pesar de que el salzburgués (o más bien su libretista, en este caso Lorenzo Da Ponte siguiendo los textos de Molière y Tirso) sitúa la acción en Sevilla, al americano debía apetecerle más en ese momento rodar en el norte de Italia. Para ello eligió la espectacular ciudad de Vicenza y, como escenarios, algunos de los edificios y espacios más significativos de uno los arquitectos más notables del renacimiento italiano: Andrea Palladio.
Si alguno ha visto película me dirá que, a pesar de ser mítica, tiene deficiencias en la puesta en escena, en el concepto dramático y de la acción, en la forma en la que retrata a los personajes (en una ópera que como ninguna otra lo hace a través de la música) o en la rigidez de los planos (que no se adaptan del todo a las constantes modulaciones y humores de la música de Mozart). Entramos aquí en la eterna discusión de la Ópera en el Cine. Matrimonio imposible a mi parecer, pero que aquí, sin embargo, alcanza un nivel aceptable. Y eso porque más allá de discusiones, sinceramente, darse un paseo por la Piazza dei Signoria de Vicenza, recrearse en la espectacular Villa Rotonda o entrar en el escenario renacentista del Teatro Olímpico es siempre un placer para los sentidos. Y más si se hace de la mano de una de las grandes versiones de esta ópera de Mozart: la que firma el también americano Lorin Maazel (uno de mis directores fetiche), con entre otros el rotundo Ruggiero Raimondi, el elegantísimo José Van Dam, la siempre correcta Kiri Te Kanawa o nuestra siempre exquisita Teresa Berganza.
Al final todo anda un poco desajustado en esta producción pero la belleza intrínseca de cada elemento es tan poderosa que su visionado es siempre reconfortante.
En fin, sólo hay que ver algunas de las imágenes, que os dejo aquí... La cita en casa, que se apunte el que le apetezca.
28 de enero de 2008
El vestuario.
Cada vez que la puerta del vestuario se abre todo el murmullo de voces y chapoteos de la piscina se cuela hacia el interior, como empujado por una mano invisible, y llega hasta los oídos de los que, con la mente seguramente puesta ya en otro lugar, se apresuran a vestirse o a ducharse con rapidez.
Exactamente así ocurre cuando entran Raúl y Nacho. En el interior de la sala, esta tarde, sólo hay un chico de unos treinta años, de un moreno intenso, que no parece tener la prisa que parece ser la norma aquí. Se seca con una parsimonia poco habitual, deteniéndose en cada pliegue de la piel, en cada articulación, en cada pequeña esquina de su cuerpo.
Raúl y Nacho pasan a las duchas sin parar apenas en las taquillas, Cuando, al cerrarse la puerta, el sonido procedente de la piscina contigua se deja de escuchar, sólo se sienten sus voces de chiquillo con una nitidez sólo rota por el agua de las duchas al comenzar a caer. Habla sobre todo Nacho, y se refiere a lo que tiene que hacer esa tarde. También de Rosa, de la que presume que la tiene a sus pies, con una hombría hinchada de adolescente. Nacho es alto, corpulento y moreno, y habla sin sombra de duda, con un tono de saberlo casi todo. Deportista, con los brazos perfilados de gimnasio, luce un vistoso piercing al final de su ceja izquierda. Raúl es su mejor amigo y le admira. Le escucha siempre con atención, con lo ojos más abiertos de lo que imagina. A Nacho le gusta, porque sabe que siempre le da la razón y casi nunca juzga sus opiniones.
El agua de las duchas se detiene y los chicos comienzan a secarse entre risas. Cuando salen, el treintañero aún continúa secándose. Ahora ya sentado, se afana en pasar su toalla meticulosamente por cada dedo de cada pie. Es bastante guapo, eso es innegable, y en esa postura inclinada se diría que despierta un interés entre tierno y morboso. Del agua que resbala de sus cabellos aún corren algunas gotas por su pecho. Raúl le mira de pasada, y se fija sobre todo en esas gotas de agua que aún permanecen sobre su pecho y sus hombros.
- Seguro que la Rosa me ha dejao ya un par de mensajes. Voy a mirar el móvil. ¿Quieres leerlos? Mira, mira, ja ja ja, mírala lo que dice. Está pilladísima la piba.
El treintañero mira, como dando a entender que el tono de voz es demasiado alto. Se detiene en Raúl, sin embargo, en el que no había reparado hasta ese momento. Le mira directamente a los ojos, y Raúl, algo sofocado, retira la mirada a los dos segundos.
- Sí, ya
- ¿Te vienes esta tarde al centro? Va a venir Claudia. Yo creo que le molas. La Rosa lo dice.
- No sé, yo creo que no. ¿Tú crees que son tan amigas? Yo creo que Claudia es más amiga de Marta y de Laura.
- ¿Marta? ¿Cuál? ¿La rara?
- Hombre- duda- tampoco es tan rara...
- Raúl, tío, es una friki. ¿No has visto la pintas que lleva siempre?, cómo mira y... Vaya, que no mola.
- Tío, Nacho, es que ha vivido en París, igual es por eso, ¿no? Su padre es diplomático o algo así. Debe ser guay vivir así en tantos sitios diferentes
- Raúl, joder, ¿qué dices? ¿Qué más dará dónde vivir, si el mundo está ahora globalizado? Además, los gabachos me dan mal rollo
- Pues (dudando) no sé... a mí París me parece que mola, ¿no? Yo... (breve silencio). De hecho, es un sitio donde me gustaría vivir alguna vez una temporada, a mí me parece que tiene que ser un lugar alucinante. He empezado a aprender un poco de francés, ¿no te lo había dicho?
El treintañero, que inevitablemente escucha las palabras de Raúl, ya a medio vestir, mira de nuevo a Raúl con interés mientras se sube con parsimonia la cremallera del pantalón. Raúl lo siente, de soslayo, pero no se atreve a mirar. Siente de repente que se le seca la garganta, y traga saliva. Comienza a enrojecer, así que se dirige hacia el lavabo, a mirarse el cabello en el espejo mientras se moja la cara con agua del grifo.
- ¿Francés? (se ríe y le mira con cierta sorna) ¿A París? Pues no sé que le ves a París, Ra. A ver si vas a ser tú un friki también como la Marta... Será por eso que la molas a la Claudia, porque a los dos os mola Marta. Eso y París, ja, ja, ja.
- No seas cabrón, Nacho
Lo dice volviéndose hacia el banco del vestuario. Su cara aún húmeda del agua que acaba de dejar caer sobre ella no ha rebajado el tono rosado del pudor que le sube desde el pecho. El treintañero sujeta la camiseta negra en una mano, como detenido, pero sigue mirándole fijamente. Una de las gotas de agua de su cabello se desliza de nuevo en ese preciso instante, y cruza todo su pecho hasta llegar al ombligo.
Raúl se ha quedado paralizado y mira al suelo.
- Y ¿cómo es la otra? La Laura esa. Nunca la he oído hablar. ¿es maja?
- Laura. Laura es... es así un poco callada, es verdad.
El treintañero termina de ponerse la camiseta y acaba de cruzar hasta el lavabo también para peinar sus cabellos. Se ha dado cuenta que Raúl no intercambia su juego de miradas y pasa de él.
- En fin, vaya panorama de tías que tenemos en clase.
- ¿Sabes que me ha dicho Ramón?
- ¿De qué?
- De Laura
Raúl se queda un instante callado, y duda un par de segundos antes de continuar, como si no estuviese seguro de que quiere decir lo que va a decir, como si llevase un par de días pensando si hablar del asunto o no. Finalmente se decide.
- Pues... según Ramón... pues, vamos, que... que le... que le gustan las chicas. Hasta creo que tiene novia, pero por lo visto es así como medio en secreto.
Lo dice despacio, como temeroso.
- ¿Bollera? Joder, Raúl, lo que yo te digo, vaya mierda. y ¿quién es la otra?, ¿alguien de la clase también? Hay que tener cuidado, tío, que todo se pega.
- Sí
Raúl pronuncia su sí muy bajito, como por inercia, pero se le llena el estómago de un vacío grande. Alrededor, las baldosas blancas del vestuario reflejan su mirada perdida. Se siente, por un instante, la persona más sola del mundo. Busca de repente, también sin saber por qué, la mirada del treintañero, como si en él pudiese encontrar una ventana abierta. Pero el treintañero acaba de cerrar su bolsa y sale ya del vestuario. Cruza un instante su mirada con la de Raúl y por primera vez, se reconoce en él. Le parece que el muchacho le mira con angustia, como pidiéndole algo. Pero sigue su camino y sale de la sala. El ruido de la piscina vuelve a entrar en el vestuario mientras Nacho y Raúl terminan de vestirse. Raúl siente ahora pudor. Nacho se peina frente al espejo. Raúl mira su espalda y se detiene en la curva ligerísima de su cadera. El silencio vuelve a hacerse con el espacio al cerrarse la puerta, y Raúl lo siente como un pinchazo agudo en el estómago.
Exactamente así ocurre cuando entran Raúl y Nacho. En el interior de la sala, esta tarde, sólo hay un chico de unos treinta años, de un moreno intenso, que no parece tener la prisa que parece ser la norma aquí. Se seca con una parsimonia poco habitual, deteniéndose en cada pliegue de la piel, en cada articulación, en cada pequeña esquina de su cuerpo.
Raúl y Nacho pasan a las duchas sin parar apenas en las taquillas, Cuando, al cerrarse la puerta, el sonido procedente de la piscina contigua se deja de escuchar, sólo se sienten sus voces de chiquillo con una nitidez sólo rota por el agua de las duchas al comenzar a caer. Habla sobre todo Nacho, y se refiere a lo que tiene que hacer esa tarde. También de Rosa, de la que presume que la tiene a sus pies, con una hombría hinchada de adolescente. Nacho es alto, corpulento y moreno, y habla sin sombra de duda, con un tono de saberlo casi todo. Deportista, con los brazos perfilados de gimnasio, luce un vistoso piercing al final de su ceja izquierda. Raúl es su mejor amigo y le admira. Le escucha siempre con atención, con lo ojos más abiertos de lo que imagina. A Nacho le gusta, porque sabe que siempre le da la razón y casi nunca juzga sus opiniones.
El agua de las duchas se detiene y los chicos comienzan a secarse entre risas. Cuando salen, el treintañero aún continúa secándose. Ahora ya sentado, se afana en pasar su toalla meticulosamente por cada dedo de cada pie. Es bastante guapo, eso es innegable, y en esa postura inclinada se diría que despierta un interés entre tierno y morboso. Del agua que resbala de sus cabellos aún corren algunas gotas por su pecho. Raúl le mira de pasada, y se fija sobre todo en esas gotas de agua que aún permanecen sobre su pecho y sus hombros.
- Seguro que la Rosa me ha dejao ya un par de mensajes. Voy a mirar el móvil. ¿Quieres leerlos? Mira, mira, ja ja ja, mírala lo que dice. Está pilladísima la piba.
El treintañero mira, como dando a entender que el tono de voz es demasiado alto. Se detiene en Raúl, sin embargo, en el que no había reparado hasta ese momento. Le mira directamente a los ojos, y Raúl, algo sofocado, retira la mirada a los dos segundos.
- Sí, ya
- ¿Te vienes esta tarde al centro? Va a venir Claudia. Yo creo que le molas. La Rosa lo dice.
- No sé, yo creo que no. ¿Tú crees que son tan amigas? Yo creo que Claudia es más amiga de Marta y de Laura.
- ¿Marta? ¿Cuál? ¿La rara?
- Hombre- duda- tampoco es tan rara...
- Raúl, tío, es una friki. ¿No has visto la pintas que lleva siempre?, cómo mira y... Vaya, que no mola.
- Tío, Nacho, es que ha vivido en París, igual es por eso, ¿no? Su padre es diplomático o algo así. Debe ser guay vivir así en tantos sitios diferentes
- Raúl, joder, ¿qué dices? ¿Qué más dará dónde vivir, si el mundo está ahora globalizado? Además, los gabachos me dan mal rollo
- Pues (dudando) no sé... a mí París me parece que mola, ¿no? Yo... (breve silencio). De hecho, es un sitio donde me gustaría vivir alguna vez una temporada, a mí me parece que tiene que ser un lugar alucinante. He empezado a aprender un poco de francés, ¿no te lo había dicho?
El treintañero, que inevitablemente escucha las palabras de Raúl, ya a medio vestir, mira de nuevo a Raúl con interés mientras se sube con parsimonia la cremallera del pantalón. Raúl lo siente, de soslayo, pero no se atreve a mirar. Siente de repente que se le seca la garganta, y traga saliva. Comienza a enrojecer, así que se dirige hacia el lavabo, a mirarse el cabello en el espejo mientras se moja la cara con agua del grifo.
- ¿Francés? (se ríe y le mira con cierta sorna) ¿A París? Pues no sé que le ves a París, Ra. A ver si vas a ser tú un friki también como la Marta... Será por eso que la molas a la Claudia, porque a los dos os mola Marta. Eso y París, ja, ja, ja.
- No seas cabrón, Nacho
Lo dice volviéndose hacia el banco del vestuario. Su cara aún húmeda del agua que acaba de dejar caer sobre ella no ha rebajado el tono rosado del pudor que le sube desde el pecho. El treintañero sujeta la camiseta negra en una mano, como detenido, pero sigue mirándole fijamente. Una de las gotas de agua de su cabello se desliza de nuevo en ese preciso instante, y cruza todo su pecho hasta llegar al ombligo.
Raúl se ha quedado paralizado y mira al suelo.
- Y ¿cómo es la otra? La Laura esa. Nunca la he oído hablar. ¿es maja?
- Laura. Laura es... es así un poco callada, es verdad.
El treintañero termina de ponerse la camiseta y acaba de cruzar hasta el lavabo también para peinar sus cabellos. Se ha dado cuenta que Raúl no intercambia su juego de miradas y pasa de él.
- En fin, vaya panorama de tías que tenemos en clase.
- ¿Sabes que me ha dicho Ramón?
- ¿De qué?
- De Laura
Raúl se queda un instante callado, y duda un par de segundos antes de continuar, como si no estuviese seguro de que quiere decir lo que va a decir, como si llevase un par de días pensando si hablar del asunto o no. Finalmente se decide.
- Pues... según Ramón... pues, vamos, que... que le... que le gustan las chicas. Hasta creo que tiene novia, pero por lo visto es así como medio en secreto.
Lo dice despacio, como temeroso.
- ¿Bollera? Joder, Raúl, lo que yo te digo, vaya mierda. y ¿quién es la otra?, ¿alguien de la clase también? Hay que tener cuidado, tío, que todo se pega.
- Sí
Raúl pronuncia su sí muy bajito, como por inercia, pero se le llena el estómago de un vacío grande. Alrededor, las baldosas blancas del vestuario reflejan su mirada perdida. Se siente, por un instante, la persona más sola del mundo. Busca de repente, también sin saber por qué, la mirada del treintañero, como si en él pudiese encontrar una ventana abierta. Pero el treintañero acaba de cerrar su bolsa y sale ya del vestuario. Cruza un instante su mirada con la de Raúl y por primera vez, se reconoce en él. Le parece que el muchacho le mira con angustia, como pidiéndole algo. Pero sigue su camino y sale de la sala. El ruido de la piscina vuelve a entrar en el vestuario mientras Nacho y Raúl terminan de vestirse. Raúl siente ahora pudor. Nacho se peina frente al espejo. Raúl mira su espalda y se detiene en la curva ligerísima de su cadera. El silencio vuelve a hacerse con el espacio al cerrarse la puerta, y Raúl lo siente como un pinchazo agudo en el estómago.
23 de enero de 2008
de veranos en invierno, de pérdidas y de aniversarios.
Se ha abierto una brecha de primavera en este invierno que no había más que comenzado. Es posible caminar por el retiro sin abrigo, sentarse a leer en un banco como si fuera abril o comer en una terraza a mediodía. Como en aquella película del belga Stéphane Vuillet (si bien allí la cosa era aún más sorprendente porque se trataba de Bruselas en el mes de enero) en la que al personaje protagonista, de repente, parecía sucederle de todo en el mismo día en el que, para colmo -o afortunadamente- también se anunciaba una inusual ola de calor casi veraniego en pleno invierno.
Casi igual que a mí el sábado pasado en plena Gran Vía, rebosante de luz y actividad como si fuese abril, con el sol engañándonos a través de este anticiclón templado que parece haberse encariñado con nosotros. Y de repente estaba allí, igual que entonces: aquel banco en el que me senté dos veranos atrás, habitado ahora por unos adolescentes molestos y gritones a quienes ni por asomo se les ocurriría pensar que allí, en aquel preciso lugar, en otro momento, habitó el trozo de una caricia que no se terminó nunca. Allí, justo allí, casi con la misma luz y casi con el mismo calor.
La gente atraviesa y camina, se tropieza y mira, avanza y no para... Nuestra Gran Vía es así, no deja respiro a la intensidad, en seguida la borra con más y más vida que pasa y pasa sin fin. No sé si los bancos de madera tendrán memoria, ni si ésta será limitada, o incluso selectiva, pero lo cierto es que el atropello de la memoria, la densidad del recuerdo, la torre que me vigilaba, el calor inusual... todo ello a la vez hizo que me parara en seco. Nada más se detuvo, todos continuaban fluyendo. Pero aquel instante que me acababa de atravesar desde el pasado se había quedado allí, paralizado, como accionado por el “pause” inteligentemente usado de un reproductor de vídeo.
No sé por qué, pero precisamente en aquel momento, recordé mi blog. Un blog que cumple hoy justo dos años. Cómo y por qué nació, y quiénes han estado cerca de él todo este tiempo, o parte de él...
No sé cuántas palabras habré escrito desde entonces, esto parece que no tiene contador. Ahora que lo repaso, hago cuentas y me salen unas 280 entradas, de las cuales 61 relatos. Han sido palabras y palabras que no han dejado de salir de mi cabeza. Muchas veces he pensado que no tenía mucho sentido seguir, que la inspiración había desaparecido, que ya no tenía nada que contar, que se había convertido en algo aburrido y que ya no era capaz de volcar en él nada interesante. Pero seguí adelante, a veces no sé ni por qué.
Hago balance y observo que además de mis historias han ido apareciendo por aquí músicas, poesía, arte, viajes, reflexiones, cine... un conjunto de cosas importantes de mi vida que he intentado descifrar poco a poco, aunque me temo que en el fondo son ellas las que me han ido descifrando a mí, sin ni siquiera ser consciente de ello.
A pesar de que la intención inicial era más higiénica, y sólo pretendía ordenar mis escritos y disciplinar un ejercicio continuado de escritura, creo que al final, a través de estas líneas, se ha escapado más de mí de lo que nunca pensé. Mis elipsis, mis enigmas, mis guiños privados, mis entrelíneas... quizá no son fáciles, pero tienen sus razones y sé que llegan cuando deben llegar y a quién tienen que llegar. Forman parte de mi necesidad de tender relaciones únicas con las personas que quiero. Sin duda este espacio me ha permitido sumar y sumar en la cuenta de las personas que quiero y que aprecio. Y hablo sobre todo de las que me han acercado no sólo a sus palabras aquí, sino a sus vidas en el mundo de lo real, sea en la vertiente que sea. Son, con diferencia, lo más intenso e importante que me ha dado el blog. Sé que no hacen falta nombres, pero muchas gracias a todos.
El texto se está haciendo un poco largo, pero antes de terminar quería también aprovechar otra de esas incomprensibles coincidencias que tiene la vida. Y es que hoy, repasando textos, caí en la cuenta de que el primer texto que subí al amante del volcán, un 24 de enero de hace 2 años, fueron mis impresiones de la gran película de Ang Lee, Brokeback Mountain. Justo cuando esas palabras van a cumplir dos años, no quiero dejar de recordar que ayer desaparecía el actor Heath Ledger, co-protagonista de una cinta que a muchos nos ha proporcionado algunas de las escenas más emocionantes del cine de los últimos años.
Ennis abrazado a esa camisa, más allá de todo lo predecible que podría parecer, no deja de tener un significado especial y poderoso, ya que ahí, con esa brillante sencillez, está sutilmente representada toda una forma de sentir y de mirar la vida... la misma que respira bajo este volcán.
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