24 de septiembre de 2006

En noches de luna nueva

No es extraño que aquella tarde yo sintiera un escozor especial en la piel de mi cuello. Llevaba días durmiendo poco y la alergia siempre se acuerda de mí en esos periodos de baja actividad de Morfeo. Ellos tienen su secreto pacto. La leve urticaria me avisa que debo retornar al dominio de los párpados plegados. El caso es que obedecer al cuerpo cuando el aullido de los lobos es tan estridente en mis oídos no es tarea fácil, pues en el fondo ambos son reclamos de mi parte física. Quizá ambos destinados a equilibrar la dualidad de una carne que se asombra cada noche, que cada atardecer ingresa en esa transfiguración química de lo felino. Pero está claro que sólo uno de ellos puede ganar.

Por un instante, mientras los dedos rozaban mi piel en forma de interrogación, miré despistado al cielo, buscando a esa luna culpable. Pero no, el firmamento era un todo oscuro, ni siquiera salpicado de estrellas tenues. Olvidé que la vorágine de la metrópoli se encarga de digerirlas y transportarlas a otro universo, camufladas en esos sueños robados de sus habitantes. Luna nueva que no me amansaba, y una inquietud que no sentía en meses. Así que la llamada de lo oscuro pudo sobre mi piel, y me dediqué con ahínco a descubrir qué pequeño recodo del laberinto de la ciudad me aguardaba para abrirme la sangre, ésa que comenzaba sin duda a coagularse. Mis piernas caminaron ágiles, y se detuvieron en esquinas y avenidas, en largas pendientes y relajadas plazas. Mi Ariadna no quiso tender el hilo esa noche, como presintiendo mi traición. Pero en noches de luna ausente, no consigo determinar enemigo ni deseo. Por ello, me dejé llevar por la compañía de marineros expertos en ese mediterráneo urbano que es el placer de la noche. Y así, arrastrado conscientemente a universos noctámbulos cada vez más pequeños y poblados, llegué al espacio estrecho de la risa inconsciente, de la palabra negada y de la mirada esquiva. En la noche, llega un momento en que ruido, palabra, deseo y ese mareo voraz de la existencia se funden en uno: un duende que se escapa por la boca en sutiles declaraciones, y que araña con el fuego de sus pupilas. Un ímpetu que no sabe esperar, y que en su vacío, regresa a casa derramando aliento en las aceras. Un alma que sólo al llegar a casa descubre en el espejo de su cuello, una casi imperceptible traza naranja, discontinua y discreta. Una curiosa mutación de la urticaria que le hace pensar que algo sí debió mover el cielo un instante, para descubrir con osadía esa torcida sonrisa de la luna.

7 comentarios:

pe-jota dijo...

Extraños son los caminos iluminados por la Luna, pero más extraños son los que descubrimos cuando se nos oculta tras su velo, y nos deja aventurarnos en las entrañas de la noche sin sus plateados reflejos.
Cual amante caprichosa nos pone a prueba y nos invita y nos provoca
Y se ríe de nosotros al vernos perdidos en parajes ignotos a merced de la gran encantadora, La Noche

EFESOR dijo...

ay mi golfiyo... ya me contarás que haces cuando la luna no decide aparecer de forma controlada o cuando las estrellas han decidido tomarse el dia libre....

de esa peli me quedo con otro fotograma, es más me gustaría que alguien me regalara un poster del mismo :P ... ya te enviaré cual me refiero, aunque pensando solo un poco lo reconocerias.

NaT dijo...

A veces los marineros te empujan a contra corriente y otras; quizá las más sin tú saberlo, te llevan a encallar tus naves en playas ajenas que no por ello no pueden ser tuyas en el instante en que haces pie en ellas, como un náufrago tomando aliento, la espalda sobre la caliente arena de la mañana que aún en la noche conserva su calor. Algo mueve el cielo, y algo remueve el infierno: nuestra mente y nuestro corazón, el sol y la luna que eternos giran el uno sobre el otro, se siguen los pasos, pero no se encuentran, quizá, para evitar la catarsis de los cuerpos celestiales.
Besillos volcánicos de mañanas largas y noches eternas

Alfredo dijo...

Para la alergia, Ebastel 10 mg. Carísimo, pero es mano de santo.
Solucionar la licantropía es más difícil: el remedio clásico es una bala de plata, ya sabes...

Anónimo dijo...

big vic presents:
Yo tenia esa foto de los amantes de circulo polar en mi carpeta. de hecho, la tenia por duplicado al modo de la vision de medem.pero todo hay que decir que yo he sido siempre muy rarito, y como dice el poema , creo que de Lope de Vega "quine lo probó, lo sabe". Vivan las benditas luces del otoño, espero que algun dia escribas sobre ellas. y una peli recomendacion para el blog, "jeanne et le garçon formidable"

Pedro dijo...

Qué alegría de noches sin luna, de marineros en esquinas de callejones que luego no sabríamos encontrar...!

Un libro: Querelle de Brest de Jean Genet. Marineros y noche juntos.

Un beso.

luigi dijo...

Sigo sin poder descifrar el post este... pero me quedo con lo poetico de: 'Olvidé que la vorágine de la metrópoli se encarga de digerirlas y transportarlas a otro universo, camufladas en esos sueños robados de sus habitantes. ' Lo criptico te lo dejo para ti. Jejeje.
Un beso