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3 de julio de 2009

Pasión desde la pasión.


Nos confiesa Annie Liebovitz que es así, tal como aparece en esta foto, como le gusta recordar a Susan Sontag, la que fue su compañera durante 16 años en una relación que sorprendentemente nunca terminaron de confesar como sentimental.
Recortada, casi superpuesta sobre los bordes caprichosos del desfiladero, la minúscula imagen detenida de Susan, de espaldas, permanece absorta ante la magnitud del capricho fabuloso de los edificios de la ciudad de Petra, que surgen como espejismos, entre oníricos e imposibles. La instantánea es de una privacidad salvaje, si pensamos bien, pues nos hace penetrar directamente en el universo de la escritora americana, alter ego de uno de sus grandes protagonistas, Sir William Hamilton, apasionados ambos y llenos de una curiosidad y una avidez inmensa por el arte, por la belleza y por lo desconocido. Un juego de espejos en el que, como ocurría en el bellísimo Amante del Volcán, se nos confunde la mirada entre la pasión misma, y la mirada apasionada que la contempla. Annie Liebovitz ejerce de testigo apasionado de la pasión de la mirada curiosa, infinita de belleza y de conocimiento, de Susan Sontag.

Es un ejemplo bien ilustrado de la imprescindible muestra que la americana nos deja este año en PhotoEspaña. En ella, la fotógrafa se nos desnuda con un collage tan sólo aparentemente desordenado en el que vida privada, viajes, memoria y trabajos profesionales reconstruyen a modo de un impresionante puzzle un retrato de sí misma. En él tienen cabida desde sus trabajos para Vanity Fair o Rolling Stones, hasta fotos familiares y retratos de amigos, pasando por fotografía más comprometida o innumerables instantáneas de paisajes tomados en sus viajes, todo ello en los más dispares formatos y tamaño que se conjugan también sin aparente criterio. Entre ellas, casi sempiternas, los retratos de su padre o de Susan en sus últimos periodos de vida, cercanos ya a la muerte, en viajes a Venecia o a Long Beach, y en situaciones domésticas casi íntimas, como evidenciando ser auténtica médula del paso de Annie por el mundo. Muerte que se enlaza a la vida de manera necesaria a través de las fotos llenas de vida y esperanza de sus hijas, ya en el nuevo milenio. Su trabajo es abrumador y nos alcanza sobre todo por la sinceridad y honestidad que consigue en sus retratos, con una finísima capacidad para llegar a la esencia de los personajes y a la emoción misma que transportan. Su técnica tiene mucho que ver con una composición absolutamente impregnada de los grandes retratistas de la historia de la pintura. Su clasicismo y su limpieza son evidentes a la hora de componer espacios y miradas como si de un cuadro de Wermeer, Velázquez o Goya se tratase. Su mirada parte también de una absoluta pasión por la fotografía en sí, lo cual combinado por su incisiva capacidad para desnudar a sus modelos con una humanidad generosa y llena de asombro, nos ofrece un singular testimonio de vida, de humanidad, de pasión y de belleza que sin duda sobrecogerá a quien se acerque a observarla, hasta el 6 de septiembre, en la Consejería de las Artes de la Comunidad de Madrid, Alcalá 31. No os la perdáis.

1 de julio de 2009

Memorias de Julio.



Todos los años la misma historia, mi padre se empeñaba en salir con las luces del alba para que no se nos hiciera noche en el viaje. Un viaje repetido una y otra vez, tal día como hoy, siempre tal día como hoy. Las maletas abiertas sobre el sofá durante días iban preparando el ambiente. Tener que sacar de nuevo las chaquetas, las sudaderas, hasta el paraguas, era como un rito extraño cuando en la calle se alcanzaban ya los 40 grados a la sombra sin problema. Y al final llegaba el día, con un aviso suave de mi madre nos poníamos en marcha en silencio, metíamos la infinidad de cosas en el coche, nunca sin alguna pequeña discusión acerca de nuestra capacidad para hacer equipajes, y finalmente subíamos al coche aún con el frescor de la madrugada.

Recuerdo con mucha intensidad aquellos viajes, los amaneceres lentamente recortando las montañas del norte de Sevilla, la primera parada, obligatoria, en la sierra para un café fuerte y un bollo o una tostada. Y el sol poco a poco definiéndose en aquellos cielos azules de verano. Recuerdo que salvo mi padre, que era el único que conducía (ni incluso cuando mi hermano y yo nos sacamos el carnet nos dejaba turnarnos mucho con él, pues con lo obsesivo que es tampoco le servía mucho de descanso estar pendiente de cómo conducíamos nosotros), todos los demás caían dormidos al poco de desayunar. Mi padre bajaba la música y se disponía con parsimonia a enfrentarse al tráfico lento de viajeros, camiones y vehículos agrícolas que plagaba la ruta de la Plata. Yo no, yo no podía dormir, quería verlo todo: los horizontes parduzcos, las encinas que pasaban veloces, los alcornoques trazados en los campos extremeños, la subida a Béjar, la entrada en Castilla, los campos amarillos de trigo seco, la inmensidad, las ciudades y sus murallas, los ciudadanos ordenados y elegantes que parecían llenar las ciudades castellanas a primera hora de la mañana. Yo deseaba parar en todos aquellos sitios, quedarme brevemente para siempre en ellos, saborearlos. Por supuesto no decía nada, estaba bien claro que para mis padres el viaje era una etapa, un medio para llegar a nuestro destino, nada más que eso, y que cualquier distracción no tenía ninguna posibilidad... No lo sabía aún, pero quizá era aquella sensación el primer germen de mi curiosidad viajera, de mi necesidad de ver otros mundos, otras personas, otras realidades, otros paisajes, de mi interés por la historia, por el legado cultural, por la naturaleza... Para mí aquellos viajes no eran un mero trámite, eran toda una emoción, incluso aunque tuviera que observar todo desde la ventanilla del coche. A pesar de que supiera de memoria ya (al cabo de los años) la ruta, las ciudades y hasta los paisajes... No, yo no me podía quedar nunca dormido, mi emoción me lo impedía... Tenía que verlo todo.

La tarde nos sorprendía en la inmensidad monótona y difusa de los campos de Salamanca o Zamora. El sol en su cenit estival lo llenaba todo. Aquello era antes del aire acondicionado, así que las ventanillas comenzaban a abrirse y el aire entraba como un huracán revolviéndonos el cabello y ensordeciendo la música de boleros que mis padres solían poner, reducida casi a los golpes de bajo borradas las melodías y las palabras ya, sin que a nadie le pareciera extraño seguir poniendo casettes y casettes que en realidad no se escuchaban. Llegábamos a León y ya el campo se tornaba verde, las montañas se comenzaban a adivinar boscosas y frondosas... Poco a poco olvidábamos el calor, los campos secos, la canícula... Y nos internábamos en el noroeste, como si de otro país se tratara. Llegaba ya el olor rotundo y fresco de Galicia, la hierba sobre los campos, los castaños carnosos, los ritmos pausados de los habitantes, la dulzura del acento escuchado por azar desde la ventanilla, la humedad y el vértigo como de entrar en otra realidad. Los robles y los eucaliptos infinitos, el bosque haciéndose más agreste conforme el océano se acercaba... y por fin el mar, azul, intensamente azul, recogido en la pequeña ría, tranquila y escondida de la inmensidad atlántica, pero reflejando sus secretos a la luz indescriptible de la tarde.
Se iniciaba con aquellas emociones de la llegada y los abrazos a la familia, el mes de Julio en el norte. Y vendrían como siempre las mañanas de playa, las tardes de asueto frente al sol, los paseos hasta el faro, los bocadillos de chorizo, las noches frías, las tertulias femeninas -la literatura , el cine y la música siempre presentes- los juegos, el bosque oscuro y el mar siempre rodeándonos, haciéndonos casi isla alejada del resto del mundo, del resto de las vidas de todos los que allí habitábamos por aquellos días. Todo un curioso y delicado art de vivre que nos hacía abandonarnos irremediablemente a las rutinas de aquellos estíos.
Soy consciente de que en aquella época aún no sabía yo lo que significaba vivir en mayúsculas. Sin embargo, los meses de Julio en la Costa da Morte quedaron fijados a fuego como paradigma de la felicidad, y de tantas y tantas cosas que después han marcado mi camino. Y comenzaba todos los años, sí, tal día como hoy...

22 de junio de 2009

Bálsamo de espinas.

Era una tranquila mañana de verano cuando el joven Wolfgang se asomó a la ventana de su casa paterna junto al río Salzach en Salzburgo. Sólo entonces se dio cuenta de que la voz de la joven cantora de la taberna de la Hannibalplatz había dejado de escucharse. Pensó que tal vez estuviese enferma, o de peor humor que de costumbre, aunque era difícil imaginar que una chica que tenía una de las sonrisas más bonitas de la ciudad pudiese estar enfadada por algo. Wolfgang llevaba varios días atascado con una nueva ópera seria, de nombre El Serrallo. El argumento le parecía tan simple y aburrido que no le inspiraba nada. A sus veinticuatro añitos el joven Mozart tenía muchas otras cosas en mente, quizá por eso se le estaba atravesando aquel libreto. Conocedor de su talento y posibilidades, aquel músico prometedor se ahogaba en la estrecha y oprimente Salzburgo. Quizá las preocupaciones de su reciente y tan largo como poco prometedor viaje a varias ciudades europeas en busca de un futuro mejor le rondaran aquellos días. La reciente muerte de su padre Leopold, las deudas crecientes o el rechazo de Aloysia Weber, en sus últimos días en Munich le acechaban sin duda. Resignado a aceptar el modesto y castrante puesto en el oscuro arzobispado de Salzburgo, aquellas mañanas grises de julio se vieron aliviadas tan solo por la voz de la joven Elise. No escucharla aquella mañana le produjo una insólita y aguda melancolía. Sobre la mesa, la escena de Zaide, que se enamora de uno de los esclavos del harém mientras éste duerme, y que le entrega su retrato. Él ya sabe que serán descubiertos, llevados en presencia del sultán, y que éste les negará el perdón. Después… después aún no está seguro de cómo continuar. Pero en ese momento, el joven Wolfgang toma la pluma y se deja llevar por el impulso de su extraña amargura, de su parálisis personal, de la falta de la voz de Elise cruzando la plaza, llegando hasta su ventana.
Y de ahí pudo haber salido esta pequeña aria, que en realidad es inmensa. Mozart aún no lo sabía, pero estaba a punto de dar el gran salto de su vida, viajar a Viena, componer para el emperador, tener éxito en la corte, ser admirado por todo el mundo… Un camino que, también, le llevaría a la libertad personal y profesional, y que le conduciría del mismo modo al amor de su vida… Pero no, eso aún no lo sabía. Aquel Serrallo, hoy en día recuperado con el nombre de Zaide (por evitar la confusión con su otra gran ópera de Serrallo, compuesta poco después, nada más desembarcar en Viena) quedó incompleta y olvidada. Y quedó en la sombra del misterio cuál sería el destino de Zaide y su enamorado Gomatz. Sólo nos queda su inicio, en la cual está incluida esta aria, con una de las más hermosas melodías que compuso el Salzburgués, elevándose sobre todo espacio y sobre todo tiempo, sobre toda realidad, imponiéndose por encima de todo bien y de todo mal, llegando al futuro con la misma honestidad con la que fue escrita una mañana de verano, para llegar hasta nosotros, hasta todos los que sinceramente le apreciamos.



Ruhe sanft, mein holdes Leben,
schlafe, bis dein Glück erwacht!
da, mein Bild will ich dir geben,
schau, wie freundlich es dir lacht:
Ihr süßen Träume, wiegt ihn ein,
und lasset seinem Wunsch am Ende
die wollustreichen Gegenstände
zu reifer Wirklichkeit gedeihn.

Descansa tranquilo, dulce amor de mi vida,
Duerme hasta que te vuelvas a despertar en la felicidad.
Aquí te entrego un retrato mío,
Mira qué amorosamente te sonríe.
Oh, deja que esos sueños dulces le acunen,
Y dejen que todas las cosas sensuales que desea
Se hagan finalmente realidad.

18 de junio de 2009

Este huir sin acertar...

Qué mal se me da huir cuando el deseo es cierto.
Y sin embargo ¡qué cierto el deseo de huir! Huir del deseo para desear más, huir de mí para encontrarme más, aún más. No acertar... no acertar y desear, y existir, y huir, siempre huir, huir para encontrar, huir...



Dúo de Clorilene y Celauro

(A dúo)
No sé qué blando temor
Me haze creer que es valor,
Este huir sin acertar

(Celauro)
Pues mis ojos
(Clorilene)
Mis enojos

(A dúo)
Se quisieran retraer,
Sin acertarse a apartar,

No sé qué blando temor, Etc.

De la Ópera "Las Amazonas de España"
Música: Giaccomo Facco
Libreto: José de Cañizares.
Estrenada en el Coliseo del Palacio del Buen Retiro de Madrid el 22 de Abril de 1720.

17 de junio de 2009

Les nuits d'été.

Comienza la estación de la noche, la del deseo y la incógnita, la del olvido y la distancia. Se nos van despegando lentamente las vendas del hábito y el ancla que agarra los apetitos insospechados. Las lunas crecerán más blancas y lechosas, y su influjo lloverá sobre las aceras tibias, invisible a los sonidos de la noche. Y nos atravesará el silencio como una daga en mitad de la metamorfosis, para recordarnos esa piel que tan sólo rozamos una vez, pero que se quedó sumida en la amnesia de nuestros dedos, atada únicamente al perfume aquel que vendrá a despertar, como un milagro inesperado, en el inicio de cualquier noche de sábado, el único soplo que podremos recordar en las largas noches de invierno.

9 de junio de 2009

El tiempo de las cerezas.



Era un día de finales de mayo y en el frigorífico de Joaquín quedaban algunas cerezas en un bol verde, tapadas con una de esas finas mallas de plástico protectoras que, tras toda una mañana cerrando el recipiente, recogía ya unas minúsculas gotas de agua en su parte interior.
Cuando salió del metro subiendo lentamente las escaleras que daban a la calle Sagasta, Joaquín aún tenía los labios húmedos y su espalda guardaba algo del frescor metálico de la columna sobre la que Juanjo le había empujado en aquel rincón oscuro del andén.
Un gran termómetro digital sobre la acera marcaba con precisión la temperatura (veintiséis grados y dos décimas) y sus pasos rotundos sobre el granito de los escalones comenzaban a fundirse ya con el bullicio de la calle, con los cientos de pasos de zapatos, tacones y chanclas que pisaban sobre el pavimento.
Fue entonces cuando se detuvo, y miró hacia arriba. El azul oscuro se derramaba abundante y opulento, invadiendo el perfil de los edificios, y el sol rozaba los brazos de los transeúntes. No llegaba a abrasarlos, pero cegaba sus miradas lo suficiente como para embriagarlos. Mayo se desvanecía ya ante la llegada del verano y aquel día parecía haber sido creado para una indescriptible eternidad.
Sacó su lengua puntiaguda y compacta y la deslizó lentamente sobre los labios. Aún conservaba el sabor en la boca, casi idéntico al de las cerezas de su desayuno.
Comenzó a caminar, y fue entonces cuando sintió que la felicidad, tras un instante detenida en su garganta, se quedaba a pasear perezosa por su estómago. Encendió su ipod, y todo el caudal de música de ese barroco sublime andaluz recién descubierto con entusiasmo aquellos días, cayó sobre él, sobre el azul, sobre las ramas y sobre los brazos peinados por el sol. Las gotas de agua sobre las cerezas, sin que él lo supiera, acababan de evaporarse sobre el bol.



6 de junio de 2009

treinta y siete.



El tiempo se va, un día detrás de otro, una semana y después otra, un mes, el siguiente… A pesar de que pongamos contadores el tiempo es continuo, y cada milésima de segundo es seguida de otra sin posibilidad de que sea de otra manera. Nada permanece.
Los contadores, vaya usted a saber por qué, nos hacen balance de lo que hemos vivido con un peso, con una cantidad que no siempre nos resulta agradable porque no hay manera (como en lo infinitesimal) de que se detengan, siempre aumentan sin parar.
Así, yo sumo hoy 37 de esos años que acostumbramos a festejar. Y me digo que lo importante es ese 37, ese verano, ese mes de junio, ese mismo día 6 que estoy viviendo ahora. Eso es lo que tenemos. Y no es que no quiera ser consciente de la importancia de la experiencia, de la memoria, de lo aprendido, de lo que hemos construido en ese tiempo que queda detrás, simbolizado en ese (en mi caso) número 37... Por supuesto, sino no tendría sentido.
Pero cada día me siento más tentado a viajar con bisturí en mano, extirpando lo que no quiero que me determine, lo que no me gusta, lo que no quise... Siempre con precaución de no borrar en el gesto también lo que de enseñanza hubo y hay en el dolor, en la amargura, en la frustración...
Pero me niego cada día más a caminar con amarguras, frustraciones o dolores, a viajar con ellas presentes. Lo hablaba con alguien a quien quiero mucho últimamente. Uno debe vivir de nuevo cada día. No olvidar quien uno es, pero nacer de nuevo cada mañana... o al menos intentarlo.

Nacemos sin sueños, y a medida que la caja de años se va llenando, también lo hace la de los sueños, al tiempo que la de la memoria… De todas ellas, sólo la de los sueños podemos aligerar, modificar, retorcer o hasta vaciar. Lo mismo que hacer infinita. Y yo me veo con esta maleta de treinta y siete años, una caja de memoria de un peso sentimental quizá excesivo, pero sobre todo me veo con una ligera a la vez que infinita e intacta caja de sueños. Y es con esa con la que intento despertarme cada día, para agrandarla, y dejarla intacta cada noche al irme a dormir. Sé que la humanidad inevitable me hace errar y caminar por paisajes con equipajes queridos, hipócritas, deseados, aburridos, constantes… pero ese deseo de soltar lastre y continuar sólo con los sueños y lo aprendido es mi intención (al menos mi intención) cuando me levanto cada día. Y así quiero que siga siendo. 37, 38, 39...

1 de junio de 2009

La piel de la manzana

Miguel pelaba las manzanas de un solo corte, dejando que de la hoja del cuchillo se fuese escapando la fina piel en una cinta perfecta que iba cayendo como un inmenso tirabuzón, bajo la palma de su mano. Yo lo intentaba en casa, pero la cinta de piel resultaba irregular y terminaba siempre rompiéndose en algún momento, para mi frustración. Me llegué a obsesionar con aquel ejercicio que Miguel, sin embargo, parecía ejecutar casi con los ojos cerrados, como un héroe. Había otras muchas cosas que Miguel hacía a la perfección. Además, sus opiniones eran sabias y justas. Era capaz de decir la frase precisa para hacer reflexionar sobre algo en lo que aparentemente uno estaba seguro, provocando como nadie una extraña sensación de incomodidad y pudor que se te quedaba en la intimidad pero que te hacía odiarle y envidiarle a partes iguales. Yo consideraba inquietante aquella capacidad suya para hacerte creer que siempre estaba en lo cierto, que siempre tenía razón, ya fuera en un asunto de cultura general, de memoria sobre cualquier cuestión o incluso de relaciones personales. Su juicio siempre te hacía sentir que, de alguna forma o en alguna dimensión, tú eras inferior a él. Y todo ello sin arrogancia alguna, siempre haciendo gala de una modestia y de una generosidad impecables.

Durante muchos años me quedó la secreta costumbre de comparar todo lo que yo pensaba o hacía con lo que haría o diría Miguel. La opinión de Miguel, su visión de las cosas, siguió pesando en mayor o menor medida en mí aún cuando, tiempo después, dejé la ciudad y hasta el país, y había perdido el contacto con muchos de mis amigos, incluido él. Hasta que un día, en una de mis visitas a mis padres lo volví a encontrar casualmente por la calle y se empeñó en invitarme a comer para ponernos al día.

El Miguel de aquel día era mucho menos seguro del que yo recordaba. De aspecto descuidado y con aire cansado, me contó que tras dos divorcios en cinco años, se encontraba solo ahora y que por fin estaba recomponiendo su vida. A pesar de lo escueto que fue en sus explicaciones, me pareció que lo de estar solo no lo llevaba muy bien. Tampoco su trabajo, que le daba para vivir bien, pero le resultaba una carga, aunque que no había tenido la fuerza de buscar otro. Ahora, con la pensión que debía pasar a su segunda mujer, no podía permitirse arriesgarse a cambiar. Lo dijo con un tono amargo que jamás habría imaginado en el pasado. Como si al final todos aquellos consejos, todas aquellas opiniones suyas, por perfectas que pareciesen, no hubiesen logrado evitarle error tras error. Ya no hablaba de la misma manera que antes. Se había vuelto más relativo en todo. Cuando le conté lo bien que me iba en el extranjero, se alegró mucho, pero no comentó nada más.
Miguel no había sido nunca una persona tendente a lamentarse y tampoco lo era ahora, pero su semblante triste se te clavaba en los ojos, incluso cuando, como entonces, volvió a pelar de manera impecable la manzana que tomamos de postre mientras yo destrozaba la mía como siempre. Sí, seguía siendo una proeza aquella piel extraída de manera tan perfecta y matemática. Sólo que ahora creo que ya no me parece algo tan envidiable.

27 de mayo de 2009

Buscando


Buscando en la primavera perfecta.
Buscando entre sus nubes abultadas.
Buscando en el instante de la brisa fresca, aún sin agostar.
Buscando a través del tráfico, surcando el anhelo entre los humos y los cuerpos llenos de deseo y de olvido.
Buscando entre las pieles que se saludan y se saben recién estrenadas.
Buscando en las ramas del sol cegador.
Buscando, alcanzado de sonrisas anónimas.

Buscando entre las palabras,
sobre las aceras,
sobre las esquinas,
sobre los iconos,
en la tarde diminuta y sola.

Buscando en la memoria que me asalta,
en el aliento que me atrapa,
en el latido que me alcanza.
Buscando,
sobre las llamas buscando.

Buscando,
siempre buscando.

19 de mayo de 2009

100 años sin Albéniz.


Isaac Albéniz, 1860-1909

Me da por pensar últimamente en el poco cuidado que ponemos en tomar consciencia de nuestro Patrimonio. A veces parece que lo único que merece el rescate, la restauración o la puesta en valor es lo más tangible del pasado, es decir, la arquitectura. Y sin embargo hemos descuidado revisiones de importantes periodos de la historia de nuestro país, géneros literarios, científicos importantes, y otros tantos y tantos importantes creadores de las más diversas Artes...

La música, desgraciadamente, tampoco está entre los valores culturales por los que nos hayamos destacado mucho en cuidar como es debido. Últimamente estoy intentando descubrir nuevas obras y nuevos autores de nuestro país. Hay muy pocos, pero algún músico hay, que se está dedicando a rescatar y dar a conocer el inmenso patrimonio musical español encerrado en archivos de diferente naturaleza, olvidado y sin ser interpretado en muchos casos desde hace siglos. Al igual que hicieran hace años algunos con esa época de esplendor de la música española de los siglos XVI y XVII que ahora encandila a tantos melómanos de todo el mundo, se comienza a hacer ahora con el desconocido periodo (en lo musical, quiero decir) de los siglos XVIII y XIX. Intentaré hacer alguna entrada con lo que voy descubriendo.

Pero al hilo de lo que quería comentar, ayer fui plenamente consciente del desinterés que estos temas suscitan, ni siquiera entre las autoridades e instituciones que vertebran la vida cultural de nuestro país. Ayer se celebró el 100 aniversario de la muerte de uno de los músicos más importantes que hemos tenido, Isaac Albéniz. Casi nadie se ha hecho eco. Las celebraciones, a pesar de la rueda de prensa a bombo y platillo de la ministra de cultura, van a ser muy discretas. Y de muestra un par de botones. Ni siquiera la Orquesta Nacional de España (que la próxima semana ejecuta un programa de música española sin contar con él) lo ha programado este año. Tampoco el ciclo más importante de recitales de pianistas de este país, el de la revista Scherzo, ha intentado que su obra maestra, la suite Iberia, sea tocada en este año del aniversario de la muerte de su autor. Es cierto que existe un programa de actividades que pretende reivindicarlo, pero que si se mira detenidamente, tampoco aporta mucho, ni servirá para que efectivamente la figura de Albéniz sea más conocida y apreciada.

Y es que hablamos de un músico reconocido internacionalmente, no sólo como uno de los intérpretes de piano más importantes que hemos tenido, sino especialmente como uno de los más grandes compositores de música para piano del XIX. Su suite Iberia es considerada una de las cimas del instrumento.

Albéniz fue un músico formado en Francia, y estuvo en contacto con las élites y las vanguardias musicales de su época. Su modernidad es incuestionable, pero aquí nunca se le entendió, y eso que partió siempre de un conocimiento profundo y apasionado de la música popular, principalmente de aquellas del sur de la península ibérica. Él consiguió traducirlas a un lenguaje musical universal y moderno, a través de una escritura vibrante y honda sin dejar de ser profundamente folclórica. Y todo ello desde una complejidad formal fuera de lo normal, y una creatividad que simplemente nos desarma.

Para recordarle he elegido uno de los números de la suite Iberia menos conocidos, pero que está entre mis favoritos: Almería. Es la pura esencia del cante jondo, convertida en un impresionante ejercicio de ensoñación musical que desde una escritura nueva nos hace llegar igualmente ese lado hondo e infinitamente melancólico y oscuro que describe muy bien cómo no todo en este lugar del mundo es luz, alegría y buen humor...

La interpretación es la del pianista cordobés, Rafael Orozco, uno de los más grandes que hemos tenido en España en el siglo XX, y que se merece sólo él una entrada entera (quizá mi amigo Pe-jota se atreva a hacerlo, es de los que creo que encajan bien en su blog). No hace falta decir que es mi interpretación favorita.