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16 de noviembre de 2009

Giros de guión.

All I really wanted was one night with him, just one night -one hour, even- if only to determine whether I wanted him for another night after that. What I didn't realize was that wanting to test desire is nothing more than a ruse to get what we want without admiting that we want it.

André Aciman (Call me by your name)




Abandona la senda de arena,
con tus huellas tú,
en la arena nada,
salvo las agujas de los pinos.

La rama se deshace al viento,
no quiere seguir paralela al mar,
con la fuerza de la palma de la mano
sobre la piel de la incógnita.

Se hunde el sueño,
sobre el tiempo,
sobre la puerta erguida,
desdibujada,
sobre el futuro que borra ya,
despacio,
el pasado que nunca hubo.


Aria de Horacio, de la zarzuela “Amor aumenta el valor, de José de Nebra Blasco



Adiós prenda de mi amor
que tú lograrás vencer
pues mi alma has de temer
Y ella te dará valor.
Tu esposo pretendí ser,
no lo quiso hado traidor con morir,
con fallecer, satisfaré tu rigor.

4 de noviembre de 2009

Detrás de la normalidad.


La ducha fría ha deshecho ya
el ardor consumado,
el sudor huye veloz por el desagüe,
los humores regresan
tras filtrar en el agua su disfraz.

Retorna la mirada perdida
y la normalidad.
La sonrisa no huye,
se incrusta rebelde sobre las cejas
No la doblega ni el hidratante
aplicado con ahínco.

El temblor se ha agarrado con fuerza
al guante de la tarde,
en silencio.
Se duerme entre tus dedos,
viaja lento,
sedado entre las horas,
jugando en el olvido,
en la desidia y la memoria,
camuflada la mentira,
la estéril normalidad.

No sabes cuándo,
Pero intuyes que el deseo
se despega en su cloaca
la máscara de sudor
y navega afilando
su quilla subterránea.
En sus colmillos se respira
de nuevo tu nuca mojada,
tu olvido,
tu desidia,
tu memoria,
tu mentira,
tu jodida normalidad.

2 de noviembre de 2009

El arte de la fuga.


Aquella era una herida que atravesó el frío
hundiéndose en la piel,
disolviendo su cicatriz en la sangre,
retando insolentemente a su causa,
contagiando el futuro como una maldición atávica.

Su pecado fue averiguar
que el miedo lo habían inventado otros.
Su condena,
descubrir que tenían razón. Su existencia lo probaba
cada vez que el viento del norte soplaba
y sus gargantas se llenaban.

Sin miedo, ya no supo qué hacer,
y su vivir se perdió entre pasos frágiles,
mirando de soslayo las serpientes.
Encarcelado pues,
en su propio paraíso.

27 de octubre de 2009

El volcán del barroco español


Ha sido uno de los discos revelación de este año. Llegó a mis manos en una mezcla de curiosidad y magnetismo por su portada y su título. Pero sobre todo ha sido el disco que me ha llevado a iniciar el descubrimiento del patrimonio musical español del siglo XVIII del que no tenía ninguna referencia antes.

Si en los últimos decenios se ha invertido mucho esfuerzo investigador y fonográfico en descubrir y difundir la música española de los siglos de oro con un éxito innegable (esta música es reconocida y escuchada hoy en día en casi cualquier auditorio del mundo), la recuperación de nuestro patrimonio musical se ha detenido ahí, con dos siglos de producción musical abultada (XVIII y XIX) pero prácticamente inédita hoy en día. Hay muchas causas para argumentar este abandono, sobre todo la dificultad de recuperación de unas partituras que en el siglo XVIII pasaron a copiarse de manera manual y a archivarse con mucho menos cuidado que en el pasado, pero también el prejuicio musical de que la música barroca y de transición al periodo clásico en este país era una copia de lo que se hacía en Italia y tenía tan pocas características de identidad que era poco interesante recuperarla.

La tradición musical española en el XVIII es de una naturaleza napolitana evidente; las relaciones políticas, comerciales y sociales con Nápoles, uno de los focos de creación musical más intensos y personales del continente en aquel momento, lo hacían casi inevitable. Pero hubo mucha más influencia mutua de la que podríamos pensar inicialmente. Centrándonos en la música que se hizo aquí en ese periodo, un análisis más detallado nos permite descubrir muchos rasgos característicos, además de una calidad sorprendente. Pasando por alto el capítulo de la música instrumental, del que verdaderamente sólo han sobrevivido ejemplos testimoniales, tenemos todo un corpus de música religiosa, popular y escénica aún por descubrir, y que gracias a la labor de grupos como Al Ayre Español o esta Orquesta Barroca de Sevilla, están poco a poco comenzando a ser divulgados.

En mi caso, como ya he dicho, este disco ha sido la puerta de entrada a todo un mundo de grabaciones de zarzuela barroca, cantadas, jácaras y tonadillas que me ha proporcionado un año de muchísimo placer musical, así como un sentimiento de enorme cercanía con esta música que está vinculada en muchos aspectos a nuestra sensibilidad cultural. Autores como José de Nebra, Antonio de Líteres o Juan Francés de Iribarren deberían estar en un lugar más importante de nuestra cultura musical, porque son de una calidad excepcional, igualable a otras grandes figuras del barroco europeo. Esperemos que poco a poco vaya sucediendo, no sólo por merecimiento, sino porque eso permitirá que muchas obras que están guardando polvo en los archivos, puedan ver la luz en discos y en conciertos.
Mi intención es poder ir hablando poco a poco aquí de todos estos discos a medida que los voy descubriendo. Tengo ya varios en la lista, pero quería que este fuese el primero de la serie, porque es un trabajo de investigación y de interpretación excepcional y porque es el disco que me ha llevado al barroco español, hasta ahora desconocido para mí.



Arde el Furor intrépido no es otra cosa que el nombre de una de las cantadas religiosas que se incluyen en este disco, que recoge trabajos escritos por Juan Francés de Iribarren (1699-1767) y Jayme Torrens (1741-1803), dos de los maestros de capilla de la Catedral de Málaga, que se sucedieron en el cargo a lo largo del siglo XVIII.
Es el primer número del disco, y llama la atención por su tono festivo y luminoso. Con una escritura muy inspirada en lo musical, muy italianizante, pero sobre todo con una esmerada coloratura en la parte vocal, inteligentemente adaptada a un texto de palabras subyugantes. No hay que olvidar que una de las características de este dieciocho musical español es la gran calidad literaria de los textos teatrales y religiosos, lo cual nos diferencia del resto de barroco europeo que tuvo que consolarse con libretistas mucho más mediocres.
A pesar de tener tema religioso, las letras de estas cantadas son ciertamente poéticas, y hasta ardientes:

Arde el furor intrépido
Del enemigo osado,
Furioso y obstinado,
Al ver que Dios benéfico
Su Cuerpo al hombre da.

* * *

Nebado albergue
De un amor bizarro
En cuio Centro fino
Compitiendo lo humano y lo Divino
Con toda la deydad,
Dio allí en el barro
Mas con tal gusto que su amante excelso,
Se vino a tierra de su propio peso,
Recíbele mortal no seas alebe
Ve que su fuego prenderá en la nieve
Ya que tu ingrato pecho
No atendiendo al favor y a tu probecho,
Consiente que su abrigo,
De tu indocilidad sea testigo,
Pues tan humilde espacio
Le has dispuesto a su ser, para Palazio

* * *

Soberano señor
De tierra y Cielo
Que en esse blanco velo
Ocultas amoroso
El volcán de tus rayos luminoso,
Y que en abrasada hoguera
Te ciñe de un biril
La breve esfera
Oy tan amante fiel
Por mi te veo
Que excede tu fineza
A mi desseo
Pues en suave calma
Te entregas a mi pecho
En cuerpo y alma



Palabras que evocan imágenes seductoras y magnéticas, que estos músicos que trabajaron en Málaga se encargan de ilustrar musicalmente con mucha inteligencia e inspiración. Este tono alegre y hasta triunfal de la cantada de Iribarren da paso a otros ejemplos de él y de su heredero y malagueño Jayme Torrens, en las que tenemos ocasión de oír desde reelaboraciones de conciertos de Corelli que sirven de interludio musical, hasta arias que nos evocan un barroco más evolucionado o incluso el primer clasicismo vienés.



Me da muchísima envidia la experiencia que ha debido suponer para estos músicos investigar en el archivo de la catedral de Málaga y descubrir estos tesoros musicales (experiencia en parte descrita en las notas del disco) y más aún imaginar la emoción de sospechar qué inmenso legado albergan los archivos municipales y religiosos de todo el país, cuánta música estupenda ha quedado en el olvido.



Este proyecto de descubrimiento del patrimonio musical de la Catedral de Málaga en el siglo XVIII se inició con un disco publicado hace un año en el Sello del Centro de Documentación de música de la Junta de Andalucía. Entonces el nombre escogido fue el sugerente “Serpiente venenosa” tomado del título de una cantata de Jayme Torrens. Hablaré en otra entrada de él.
Para “Arde el Furor Intrépido” la orquesta ha creado un sello propio. Se nota, además, que los músicos de la orquesta se han tomado este proyecto con cariño. Un cariño que se plasma en un sonido barroco vibrante y lleno de vitalidad, de la mano de su director, el italiano Diego Fasolis. En la parte vocal, la agrupación cuenta con la deslumbrante colaboración de la soprano extremeña María Espada, una soprano que en este trabajo está en un absoluto estado de gracia, toda una especialista que interpreta estas obras con una coloratura de vértigo (a veces vértigo real el que nos produce su voz, especialmente en sus osadas ornamentaciones de las arias da capo). En resumen, una verdadera fiesta para el oído. Música de calidad estupendamente interpretada que emociona e impacta. Y todo un descubrimiento para los amantes de la música del XVIII, porque se trata de música absolutamente nueva para el oyente actual. Esperemos que su ejemplo se repita y no sólo ellos, si no que más grupos se animen a rescatar todas estas obras injustamente olvidadas. Intentaré desde aquí subir más ejemplos, para contribuir a su difusión.

18 de octubre de 2009

Casualidad desde el aire

Cada vez que volaba buscaba insistentemente un coche solitario recorriendo una carretera. Desde cierta altura de vuelo los vehículos eran como pequeñas moléculas, como puntitos, casi no parecían tener nada que ver con algo humano. Le gustaba seguir al elegido un rato, hasta que se perdía de vista. Seguirlo e imaginar la vida de sus ocupantes; mejor dicho, de su ocupante, pues siempre que lo hacía imaginaba a un hombre solo o a una mujer sola al volante. Le gustaba también reconstruir el paisaje que se vería desde el asiento del conductor: la luz del sol, las montañas, los árboles, e incluso el mismo avión en el que él viajaba, también, como un puntito sobre el cielo.

Imaginaba también que el conductor pensaría lo mismo al ver la aeronave y su pequeña estela. Pensaría que allá dentro, tan diminuto como parecía aquel puntito metálico, llevaría personas en su interior. Cada una con su vida y con sus problemas. Pero que alguna de ellas, por casualidad tal vez, estaría mirando hacia él, atravesando la carretera. Pensarían ambos, quien sabe si al mismo tiempo, en las probabilidades de llegar a conocerse sin proponérselo, sólo porque la vida les llevara a ello. Si tal suceso ocurría, era improbable que ninguno supiera que aquel instante previo había tenido lugar. Es más, era imposible que llegaran a averiguarlo.

Todo aquello le gustaba imaginar a Pedro. Fantaseaba que le había ocurrido con Laura. Con ella, desde el principio, siempre habían funcionado las casualidades. Sin provocarlas, ocurrían, una vez tras otra, de manera natural. Pero nunca le comentó aquel pensamiento que tenía, sin embargo, insistentemente. En el fondo, él nunca había volado en avión.

16 de octubre de 2009

Sobre el Caos.

Cuando Joseph Haydn concibió la génesis de su oratorio La Creación, contaba ya con más de sesenta años, y una reputación en vida que pocos músicos hasta él habían tenido.
Con un catálogo de obras abultadísimo, Haydn, animado por el efecto que sobre él produjo escuchar los oratorios de Handel (algún guiño a él dejó en la partitura) en sus visitas a Londres a principios de 1790, donde aún se seguían representando, empezó a imaginar la composición de un gran oratorio, género que sintió muy adecuado a su sensibilidad musical.

El descubrimiento de un texto basado en el génesis de la Biblia, tema que aún nadie se había atrevido a musicar, le interesó lo suficiente, y a partir de ahí, papá Haydn se retiró casi dos años a escribirla con calma y atención, consciente de que quería crear su gran obra. El resultado no pudo ser más rotundo, y constituye una de las más grandes obras de la música de todos los tiempos. En ella, no sólo da rienda suelta el autor a una creatividad exuberante y que explora todas las posibilidades de los cánones del clasicismo que, de alguna manera, él más que nadie había establecido. Su madurez musical a esas alturas le permitió, quizá sin ni siquiera darse cuenta, empezar a apuntar hacia un nuevo lenguaje y hacia una nueva sensibilidad musical.

A pesar de que la obra está concebida como una ilustración de la creación del universo por parte de Dios y una profunda oración de gracias al creador por dar la existencia al mundo y a la humanidad, más allá de creencias religiosas concretas, uno no puede dejar de sentir cómo la obra va desenvolviéndose entre arias sublimes y coros grandiosos, adquiriendo una dimensión monumental y construyendo poco a poco una inmensa loa a la naturaleza universal, a la existencia misma y a todas sus consecuencias.
Sin embargo, quizá el hallazgo más notable de esta obra sea el inicio, como un preludio, pero que además se convierte (conceptualmente al menos) también epílogo y eje de todo el oratorio. Haydn, en un ejercicio de suprema lucidez, nos describe en el inicio de la obra, a través de un interludio musical, la representación del caos: es decir, la nada, lo opuesto a la existencia y al orden divino. Esa osadía, en una obra religiosa, no sólo lo es a nivel argumental, sino que en la escritura de esa introducción, Haydn encuentra una inspiración inusitada y conmovedora que nos dibuja el caos y la nada con una sabiduría que aún hoy nos deja aturdidos. La nada en Haydn no es rotunda o salvaje, sino levemente disonante, melancólica y hasta sentimental. Es un caos visto con la mirada del hombre, asumiendo su incapacidad para entenderlo (y quizá hasta para asumirlo). Es una nada que nos desola, pero que no nos araña. Al escucharlo con detenimiento descubrimos ya ahí al futuro Beethoven, Schubert, o incluso Brahms. Escondidos, pero están ya ahí: Haydn imaginó un nuevo lugar hacia el que caminar. Eso, en un músico que establece las bases de todo el movimiento clásico y que lo desarrolla hasta su esplendor, lo convierte en mucho más visionario de lo que estamos acostumbrados a pensar. Y grande, uno de los más grandes sin duda.

Pero sigo dándole vueltas a la genialidad del preludio con esa descripción exhaustiva del caos, de la no existencia, en el que uno parece viajar a un pasado de agujeros negros y silencio que nos aterra, pero que nos absorbe, al igual que el inicio de la Creación. Sobre todo como oposición a la existencia y al orden, que parecen ser los necesarios, los benéficos. Y a pesar de todo, el caos está ahí, como parte inevitable de la vida, como necesaria afirmación para dar sentido al orden.
Pienso en mí y en mi eterna lucha por asumirlo. Por asumir el caos, por no rechazarlo como indeseable, por evitar la búsqueda del orden y de la seguridad de las cosas como el camino que “hay que seguir”. Por aprender que caos y orden (al igual que todo y nada) no son conceptos dicotómicos, sino profundamente simbióticos, y que querría que estuviesen despojados de connotación. Difícil de conseguir, habiendo sido educado para entender otra óptica de la vida y de las expectativas.

En noches de insomnio, como éstas, donde la inquietud y la extrañeza parecen quererse apoderar de mí y de mis pocas seguridades, vuelvo a esta música, y me sumerjo en ella para dejarme sanar, para dejarme vivir, para seguir en el camino que contempla el caos como parte de la aventura, la duda como fuente de vida y de crecimiento, la nada como exigencia que le da sentido a todo, la inseguridad como realidad y no como temor, la vida, en suma, un poco más fácil, un poco menos dolorosa.
Y así la imaginó él, casi como un secreto, como un camuflaje musical que quizá no hemos sabido entender, que quizá sólo se me ocurre a mí, en estas noches de insomnio extrañas en mí, en las que la vida entera me da vueltas, y todas estas ideas absurdas, como el mismo caos, me llueven sobre la cabeza.

4 de octubre de 2009

Si se calla el cantor.

Pero el cantor se calló. Mercedes Sosa, la cantora, la gran cantora de América del Sur se apagó para siempre. No su voz, que seguirá con nosotros, así como su recuerdo y su compromiso con los desfavorecidos y en general con las injusticias de esa América Latina que seguro la llora hoy con fuerza.
La vi sólo una vez, hace algunos años. Su voz estaba ya algo cansada, pero su fuerza en el escenario y su voz rotunda seguían emocionando como siempre. A mi madre le gustaba mucho, la recuerdo con frecuencia sonando en casa, o en el coche cuando era pequeño, de camino a Galicia en los veranos, todos en silencio intentando percibirla tras el sonido del aire entrando por las ventanillas. Esperemos que sigan levantándose voces de cantores que continúen luchando contra la opresión, plantando semillas en la conciencia general. Hoy, se nos fue una de las más grandes.




Si se calla el cantor calla la vida
porque la vida, la vida misma es todo un canto
si se calla el cantor, muere de espanto
la esperanza, la luz y la alegría.

Si se calla el cantor se quedan solos
los humildes gorriones de los diarios,
los obreros del puerto se persignan
quién habrá de luchar por su salario.

HABLADO
'Que ha de ser de la vida si el que canta
no levanta su voz en las tribunas
por el que sufre,´por el que no hay
ninguna razón que lo condene a andar sin manta'

Si se calla el cantor muere la rosa
de que sirve la rosa sin el canto
debe el canto ser luz sobre los campos
iluminando siempre a los de abajo.

Que no calle el cantor porque el silencio
cobarde apaña la maldad que oprime,
no saben los cantores de agachadas
no callarán jamás de frente al crimén.

HABLADO
'Que se levanten todas las banderas
cuando el cantor se plante con su grito
que mil guitarras desangren en la noche
una inmortal canción al infinito'.

Si se calla el cantor . . . calla la vida.

1 de octubre de 2009

De sentimientos, obsesiones y eternidad.

Me persigue por la mañana, nada más despertar. Supongo que se agazapa en mis sueños, pero esto no lo puedo asegurar, puesto que hace muchos años que rara vez los recuerdo. Va y viene todo el día, a pesar de que no le dejo que se recree mucho, pues conozco sus tretas, pero cada vez que me pellizca las sienes se me contamina más y más el aliento. Las ideas obsesivas son como bolas de nieve rodando por una pendiente ligera, avanzando despacio, pero ganando volumen y velocidad de una manera que no podemos controlar. Sé que podría detenerla, pero también sé que cuando deseo algo no me sirve de nada la lucidez ni la fuerza de la razón. Sé que la pendiente es un pozo hacia una oscuridad de destino incierto, pero el sonido sordo y crujiente de la nieve acelerándose me tiene absorto y entregado.

Atravieso la ciudad en la noche, como otras veces, casi me había olvidado de cómo te miran los edificios en las madrugadas de esta ciudad, desde lo alto. Siento que la vida merece la pena sólo por la complicidad de algunas noches, incluso las que, como éstas, no ocurre nada tangible. Tan sólo la bola avanzando imparable en el estómago, en el olor que te sale de la nuca, y de los cabellos.

No entiendo de eternidades, para mí siempre la entrega ha sido entrega: total y sin condiciones. Sin tiempo… con todo el tiempo. No la concibo de otra forma. Y el tamiz de los años, la experiencia o esa capacidad de sentir que todo es relativo porque es la manera más sana de vivir, no han menoscabado mi vehemencia sentimental. Soy más precavido, es cierto. Más contenido en la forma de avanzar. Más consciente de que el futuro, implacable o no, siempre existe. Pero me despojo de todo ello cuando se trata de sentir, porque no he dejado de hacerlo como aquella primera vez.

Saber que es así, me doy cuenta ahora, es una de mis armas secretas contra la desidia vital.

26 de septiembre de 2009

Se extinguió el prodigio.


Alicia de Larrocha. Barcelona, 1923-2009

Probablemente la mejor intérprete de piano que hemos tenido en España en todo el siglo se nos ha ido hoy. Prodigiosa en su técnica impecable y perfecta, en su estilo cálido, pero siempre contenido, en sus tempi, siempre correctísimos, en su fraseo espectacular, en sus matices sublimes. La escuché varias veces, sobre todo en su última etapa pública, y recuerdo sus salidas a escena, discretísimas (apenas gesticulaba, tan sólo una leve inclinación) con aquel andar desgarbado suyo, con aquella estética, como de ama de casa aburrida. Pero en cuanto sus dedos tocaban el teclado, uno no podía más que fascinarse ante su rigor al tocar, ante su respeto a las partituras y su pasmosa capacidad para transmitir la esencia de la obra con una musicalidad que en pocos pianistas (y he visto muchos y muy buenos en mi vida) he vuelto a encontrar. Y todo con una aparente facilidad que aún hoy me sigue pareciendo imposible. Es una pena que de su inmenso repertorio fonográfico, poco se haya reeditado en los catálogos hoy en día.

Alicia ha supuesto una contribución como ninguna otra a la difusión de la música clásica española, y sus interpretaciones, sobre todo de Granados, Albéniz o Falla, de altísima calidad, han sido cruciales para que estas músicas estén en los repertorios de los pianistas de todo el mundo. Pero ella era una artista versátil, y era excelente en todo lo que se proponía, desde el repertorio romántico alemán, a los franceses, e incluso algún que otro barroco tremendo le llegué a escuchar.

Aquí la vemos hablando en un ensayo del primer concierto de Beethoven, con Michael Tilson Thomas y Dudley Moore. Es apasionante su interacción, y cómo desde su inglés españolizado, con esa dulzura que tenía ella al hablar, uno nunca se imaginaría la rotundidad con la que ejecuta a Beethoven.

Pero sin duda fue siempre su Mozart el que me apasionó. Cristalino como pocos, inimaginablemente lleno de musicalidad, fresco y profundo a la vez. Ella fue niña prodigio, al igual que el salzburgués, y siempre manifestó un apasionado amor por él. Es una pena, no he podido encontrar grabaciones de sus sonatas de piano (olvidadas casi hoy en día, pero una de las mejores versiones del ciclo que se han grabado nunca). Quizá sólo cuando tocaba a su (también) amado Granados, me llegó a emocionar tanto. Recuerdo una Danza de Granados en el Teatro de la Maestranza, que puso en pie a todo la audiencia sin la mínima duda. Y ella, tan tímida siempre, que casi sin más gesto que el de inclinar un poco la cabeza, era como si casi no se sintiera digna de tanto elogio.

Aquí os dejo con una admirable versión del final de esa obra maestra que es el último concierto de piano de Mozart, a quien en mi corazón de melómano empedernido, siempre la tendré asociada.

Gracias por ser música en estado puro, y haberlo compartido con nosotros
Enlazo también el emotivísimo artículo de despedida que escribe en El País hoy, la gran pianista Rosa Torres-Pardo.

24 de septiembre de 2009

De ilusiones...



José Manuel nunca había visto el mar, a pesar de tener ya 13 años. Yo, que no recordaba haber tenido que imaginar nunca el mar porque lo conocía casi desde que nací, encontraba cierta ansiedad en recrearme en aquella sensación. Hasta me ponía nervioso ante la posibilidad de presenciar la cara que pondría cuando, de repente, llegásemos a la playa. Quería estar a su lado para no perdérmelo. Le dije que le gustaría, que era muy especial. Él insistía que en la tele y en el cine ya lo había visto muchísimas veces. Y yo, erre que erre, que verlo en persona no tenía nada que ver. Con la misma edad que él, yo contaba ya con una verborrea y una vehemencia considerables. Supongo que le insistí demasiado, impaciente y excesivo como era. Imaginó más de lo que debía. Así que cuando, en aquella excursión de final de la primaria, nos acercamos todos corriendo a aquella playa de barrio en Málaga, mientras la mayoría de los chiquillos se apresuraba a despojarse de la ropa y lanzarse contra las olas, yo no perdía de vista a José Manuel. Pero él, inconsciente de mí, hizo exactamente como los demás. Se quitó los pantalones y la camiseta, dejando al sol aquella piel blanquísima que tenía, e hizo una carrera veloz hasta la orilla, junto a los otros. Nada, ni una expresión en su rostro, ni una mueca de sorpresa. José Manuel se lanzó al agua como si llevase todos los veranos de su vida haciéndolo. Creo que fui el único que se quedó allí, sobre la arena, mirando a los otros chapotear, extrañado de que nadie se diera cuenta de que ver el mar por primera vez no era ninguna cosa trivial.
A la noche, en la cama, le pregunté, cuando la mayoría habían caído ya presa del sueño, qué le había parecido. “¿El qué?” dijo él, como si no entendiera de qué le estaba hablando. “El mar” le susurré yo, “¿qué te ha parecido el mar?”.
“Ah… pues normal, como en las películas”.
No le dije nada más, claro. Ahí empecé a sospechar que quizá era yo demasiado fantasioso… O que a lo mejor, como había leído una vez, las personas somos muy diferentes entre nosotros.