4 de abril de 2011

Madrid y yo, doce años después.


Intento imaginar lo que tenía yo en la cabeza cuando hice el viaje que me trajo a vivir a Madrid, hace hoy doce años. Recuerdo la primavera que ya en el sur era abrasadora, y la operación retorno de Semana Santa por los llanos de Ciudad Real, con los atascos habituales de esa fecha. El descenso de temperatura que se iba notando kilómetro a kilómetro, a medida que avanzábamos hacia el norte.

Quizá el sentimiento más intenso que tenía yo en aquel momento era el de liberación. Liberación de una ciudad que me asfixiaba, de una historia que me torturaba, de mí mismo tal y como era allí. Con 26 años ya había probado varias veces lo que era vivir fuera de casa, ser independiente, pero era la primera vez que emprendía un proyecto personal de duración desconocida. Me iba a vivir a la gran ciudad, que a priori me atraía, aunque me daba algo de miedo también. Sin embargo la atracción superaba con creces todos los demás sentimientos.
Por un lado, sabía que la oportunidad laboral que se me ofrecía era inmejorable, y eso me daba energía y cierta seguridad. Pero mi ansiedad se alimentaba sobre todo de la incógnita que suponía construir una vida más o menos desde cero, y la oportunidad para poderlo hacer como yo quería. Y sí, me zambullí en Madrid con ansiedad y con la necesidad de romper con multitud de cosas: mis prejuicios, mis dudas acerca de mi orientación sexual, mis inseguridades en cuanto a mis relaciones sociales, etc. Necesitaba vivir y exprimir al máximo todo, necesitaba encontrarme con gente diferente de la que había estado rodeado durante tantos años, necesitaba alejarme de mi entorno familiar. Era tal la cantidad de cosas que necesitaba que supongo que a pesar de la intensidad con la que me lancé a ellas, anduve también un poco perdido aquellos primeros meses.

Ahora, doce años después, me cuesta un poco imaginar cómo era yo antes de llegar a Madrid. Miro atrás y veo un adolescente acomplejado, inseguro, temeroso, intenso, algo altivo, incomprendido y con poca capacidad para estar en el lugar y en el camino que quería.
Mirando con perspectiva, creo que lo más importante de este camino ha sido que me he ido conociendo poco a poco. Es curioso pensar en cómo nos reafirmamos con vehemencia cuando somos adolescentes, siento en el fondo tan poco conscientes de quiénes somos, y viviendo internamente la incoherencia vital con tanta fragilidad.
Yo, en estos años, siento sobre todo que me he ido recorriendo. Recorriendo y entendiendo: en mi lado irracional, en mis abundantes obsesiones, en lo que de mí me gustaría desechar, en lo que me apasiona... He intentado hacerlo a través de mí, pero también a través de las personas que han pasado por mi vida, y en cómo me han visto.
Siento que poco a poco he conseguido limar mis aristas, y he aprendido a usar la perspectiva para intentar entender las cosas, y la relatividad para vivirlas. He sufrido pasiones y abandonos, de esos que se quedan ahí para siempre. Y creo que, en fin, camino hacia entenderme cada vez más de una manera sincera, y darme al mundo desde esa sinceridad.

Y todo ello, casi siempre con el escenario de fondo de esta ciudad a la que ahora me siento tan intensamente unido. Porque sigo pensando que aunque haya muchas ciudades que tienen muchas cosas que no tiene Madrid, lo que tiene Madrid aún no lo he encontrado en ningún otro lugar. Quizá también porque Madrid forma parte ya de mí, y muchos rincones de ella se han enganchado a mi memoria con mucha fuerza. Sigue siendo esa ciudad de la que siempre hay multitud de cosas de las que quejarse, pero a la que se desea igualmente a pesar de ellas. Incoherente y vulgar, pero que es capaz de apasionarte con mil pequeñas cosas, inesperadamente. Que nunca duerme, que no conoce la tristeza, aunque a veces los que vivamos en ella sí lo estemos, que puede ser sucia e inhóspita, pero que de repente
te abrasa con una puesta de sol en otoño, con una mañana de domingo desbordante de primavera, o con encuentros casuales a los que la verticalidad de esta ciudad encierra en cápsulas de cristal que después atesoramos con un deseo casi cinéfilo. En fin, doce años ya... y que no pare el cuento…

9 comentarios:

mikgel dijo...

Las decisiones que tomamos y las que no, nos convierten en lo que somos, trazan un camino único, sin vuelta atrás, que es nosotros.

De todos modos el proceso de conocernos, de comprendernos, de perdonarnos, de aprender a vivir con nosotros mismos, está siempre a medio hacer, siempre apuntado a lápiz y lleno de avances y retrocesos.

un-angel dijo...

cuanto he vivido en madrid, ya lo sabes tu, porque de alguna manera has sido partícipe de ello...y para los que cuando vemos madris lo vemos con los ojos de la gente de fuera, esa imagen tuya es de las primeras que me vienen a la retina si pienso cuando he estado allí...un abrazo, como siempre...

JFL dijo...

Dicen que Madrid transforma. todo el que viene tiende a quedarse.Yo no lo sé porque nací aquí, asi que la transformación será de nacimiento, pero lo cierto es que me encanta y si no hubiera nacido en Madrid, me hubiera tenido seguro.
Un abrazo, volveré en cada entrada.

pe-jota dijo...

Y tímido, creo que en el fondo eres un gran tímido, es una percepción que tengo.

Tessitore di Sogno dijo...

¡Grande Madrid!, ¡Grande Vulcano!... OLÉ

GUSPLANET dijo...

Ahhhh amigo Vulcano, cuánta sinceridad desbordante!
Sabes? al describirte, has descrito a (creo) toooooooodos los chicos de provincia que alguna vez alcanzamos 'la gran ciudad' y cambia el escenario, pero las historias se repiten.

Está muy bueno éso de 'encontrar nuestro lugar', el que nos hace crecer y que nos mantiene vivos. Luego veremos si éso se transforma en una refugio más o en una vida rutinaria más ... pero claro, cada uno escribirá su propia página.

Personalmente siento que cuando me fuí a vivir a la gran ciudad, Buenos Aires, fueron los años del aprendizaje total y claro, los años de los estudios universitarios. Luego en Nueva York sentí que realicé un 'master' de la vida y que ésa increible ciudad me preparó para poder vivir ésta etapa en Paris, donde siento que estoy 'ejerciendo' el título de 'ciudadano del mundo' con el que aprendí a sentirme en las calles de NYC ...

En fin, lo bueno de estar en el camino, como tú dices, son las personas que han compartido nuestra vida y todo lo que, de alguna manera, hemos aprendido de ellos.

¡Un abrazo grande y sí, para mi, Madrid también eres tú!

Anónimo dijo...

a veces entreabro la puerta, que tengas buen viaje y que el viento te sea favorable:

Quan surts per fer el viatge cap a Ítaca,
has de pregar que el camí sigui llarg,
ple d’aventures, ple de coneixences.
Has de pregar que el camí sigui llarg,
que siguin moltes les matinades
que entraràs en un port que els teus ulls ignoraven,
i vagis a ciutats per aprendre dels que saben.
Tingues sempre al cor la idea d’Ítaca.

Argax dijo...

Ay Vulcano! Qué bien lo cuentas!

Yo soy y pertenezco a ese sur que abandonaste, a esa ciudad pequeña que se cree más de lo que es y que precisamente por eso, por no verse con perspectiva, sigue incurriendo en los mismos errore, sigue sin potenciar lo que tiene de bueno y sigue, sobre todo, cerrada a cal y canto ante cualquier posibilidad de cambio.
Ese sur del que algo tienes, yo lo veo. Y aquí estaré, para que cuando vengas me cuentes cosas de Madrid.
Besos.

Lola dijo...

¿Doce años llevas en Madrid? Doce llevo yo fuera de ella. Curiosa coincidencia. Soy madrileña de nacimiento, chica de asfalto, creía yo. Urbanita 100%. No tenía ni el carné de conducir para no comprarme un coche. Me gustaba el metro y andar mucho. Pateaba todo Madrid.
Marché de casa de mi padre con 18 años y, aunque si tenía hambre siempre tenía un plato de comida, nunca volví a su casa, así que tuve que buscarme la vida. Fui comercial durante muchos años. Vivía en ese mundo de los negocios, de los ejecutivos, todo comidas de negocios, reuniones de negocios, partidas de mus también de negocios, siempre con clientes y compañeros de trabajo...
Hace 12 años me fui. Seguí durante un tiempo trabajando en Madrid, unos 5 años. Ahora vivo en un pequeño pueblo de Guadalajara, 30 habitantes en invierno (mi familia somos 5) y no volveré a vivr en Madrid nunca.
Tengo muchos y muy buenos recuerdos. Toda mi infancia, toda mi juventud, todas mis locuras, mis salidas nocturnas, mis bailes y mis cenas, mis cines y teatros, mis aventuras amorosas y no tan amorosas. Mis mesones de la Cava Baja, donde tantos vinos tomé en compañía de mis amigos de la tuna.
Madrid es grande (y no me refiero al tamaño) y llena de vida. Pero ya no pertenezco a ese mundo. Tras la muerte de mi padre ya no tengo ni motivos para volver. No siento nostalgia ni sensación de pérdida.
Grande Ablanque, digo ahora. Vive intensamente esa gran ciudad. Cuéntame como está, cómo es la noche ahora. ¿La han terminado por fin o siguen con las faraónicas e interminables obras? Vívela y disfrútala.
Saludos desde el paraíso.