31 de diciembre de 2009

Haydn y el camino a la luz en el final de 2009

Se trata de una variante que da curso musical a una de las ideas musicales haydnianas más recurrentes: el ascenso hacia la luz, o la recuperación de ésta en la victoria sobre las fuerzas de las tinieblas. Casi todo Haydn gravita en torno a la expectativa de un ascenso hacia la luz. Charles Rosen señala que uno de los grandes gestos musicales de Haydn consiste en una ascensión de notas muy breves escalonadas que llegan a alcanzar una atalaya tonal, expresión simbólica de ese impulso ascensional hacia la luz. Los introitos lentos de las grandes sinfonías últimas también presagian y presienten la oscuridad y tiniebla que se logrará esquivar y vencer. (…) En la sinfonía el reloj, el preludio es pura indeterminación tonal y temática; apenas se puede reconocer la melodía; no hay tema. Parece una página postwagneriana.

Eugenio Trías, El canto de las sirenas, ed. Galaxia Gutemberg.



En este año en el que se conmemoran los 200 años de la muerte del compositor austríaco, no quería dejar pasar la ocasión de usarlo para terminar el año. Un año que, entre otras muchas cosas, me ha servido para conocer a este grandísimo compositor mucho más. Nadie niega que sea uno de los grandes, pero también es cierto que casi nadie lo cita entre sus favoritos, ahogado por el efecto mucho más intenso y sentimental de su gran amigo Mozart o de los primeros románticos, como Beethoven o Schubert. Y sin embargo, todo el universo musical que usó el salzburgués, y la posterior ruptura que se produjo con el romanticismo musical, no tendrían sentido sin el orden y la forma que impuso Haydn. No sólo hablamos de que inventara la sinfonía o las sonatas, como formas de expresión musical que siguieron estando en el centro de la creación musical, sino que inventó una forma de escribir, una forma de hacer dialogar los instrumentos, tanto en la música de cámara como en las sinfonías, que a pesar de todo lo que se ha transformado la composición musical, sigue existiendo como un abecedario imprescindible en el mundo de la música.

Pero en el terreno de la intensidad, Haydn también ha sido objeto de una grandísima desconsideración, pues su inspiración afinada, su humor, y su vivacidad han de ser revisadas detenidamente para descubrir que su música es capaz de provocar una gran cantidad de emoción. Quizá siempre dentro de una fórmula, pero su inspiración es inagotable en su capacidad expresiva y en su fuerza. Así lo creo yo, y pienso que, este leif motiv del ascenso a la luz, si bien de raíz religiosa, es un grandísimo antídoto contra la frustración y el lado más oscuro de la vida. Su humor y su luminosidad pueden casi con todo. Por eso, he querido usarlo para despedir este año, como símbolo del viaje hacia la luz que debe ser, periódicamente, nuestra vida.


Ha sido un año extraño y de cambios para mí, el 2009. De personas nuevas, de emociones nuevas, de universos enteros que ahora también están dentro de mí. De frustraciones y de malos recuerdos, de olvidos y de celebraciones. Pero si algo siento con fuerza es que ha sido enormemente compartido, que he sentido una inmensa cercanía de quienes siempre han estado cerca y de aquellos a los que me he acercado.


En mi viaje anual, ha sido especialmente emotivo rescatar a alguien de un pasado en el que no pudimos encontrarnos para, más sabios, más comprensivos, más capaces de todo, emprender el duro camino de la catarsis y de la creación de una amistad nueva y llena de sinceridad como nunca, que ha sido quizá lo más importante que me ha ocurrido y que me ha enseñado muchísimo a saber, un poquito más, quién soy.


Quizá que con un año nuevo (qué más da la fecha) nos veamos sumidos de nuevo en una tiniebla de tiempo y de personas y situaciones que nos obligarán a vivir de nuevo en el día a día espeso y a veces gris que forma el tejido de la vida. Pero lo importante es que uno tenga la sensación de que se van cumpliendo los ciclos, que va pasando el tiempo y que uno va creciendo y transformándose. De momento, este año que acaba tiene un ascenso importante hacia una luz que es lo que hay que celebrar ahora. Con la del finale lleno de fuerza y luminosidad de esa misma sinfonía 101, llamada del reloj, lejos ya de ese titubeante inicio que he puesto antes, os dejo y os deseo un año de nuevos ascensos hacia la luz para todos.

26 de diciembre de 2009

El enigma.

Hace unos días, atravesando las montañas de Córdoba en el tren, camino de casa, quedé sobrecogido por el agua que bajaba torrencialmente por todas las laderas. La cantidad excesiva de lluvia caída en los últimos días no había dejado que la tierra la pudiese asimilar, y torrentes tumultuosos bajaban amenazadores por cualquier pliegue del terreno. Era como si el agua brotase de la misma montaña y, enfurecido, iniciase una carrera en la que la velocidad y la potencia no hiciesen más que aumentar, sin saber hasta dónde. Se me quedó grabada la imagen, algo inquietante, en la retina. Como tantas otras cosas que se quedan prendidas, quién sabe por qué, en la memoria sensorial. Al igual que aquella música que surgió una noche de invierno, fulminante, hace demasiados años ya. Fue una mirada en aquella ocasión, ya no es importante por qué fue ni a causa de quién. Lo importante era la música. Aquellas notas hipnóticas que aún no he sabido descifrar, pero que sé que llegan al final de mí mismo, al centro de mí, a todo lo que soy aún sin saber, a todo lo que temo, a todo lo que deseo y, sin embargo, escondo. Aquella música vuelve de vez en cuando, acompañada de alguien o, simplemente, en un momento de soledad. Sigo sin entenderla, a pesar de sentirla casi mía, a pesar de no poder evitar escucharla una y otra vez, como un mantra, cada vez que cae sobre mí. Como lo harán los torrentes embarrados y salvajes, como lo hará aquel olor o aquella mañana de luz. Sólo que, con estas notas, sólo con ellas, sé que llego al inicio de todo, al núcleo, al nudo mismo del enigma que soy yo, y que temo atravesar, de una vez por todas.

10 de diciembre de 2009

Georg Friedrich Handel



Enfrentarse como melómano a hablar de Georg F. Handel no es fácil, sobre todo porque es un músico extraordinariamente popular, y por ello casi todo el mundo que conoce algo de música clásica tiene una idea preconcebida de quién es y qué tipo de música componía.

En mi caso, sin embargo, después de muchos años dedicado a escuchar música clásica, no ha sido hasta recientemente que el efecto mágico de sus composiciones ha llegado hasta mí de una manera intensa, y casi adictiva.

Desde hace un par de décadas vivimos un proceso de recuperación de todo su legado operístico y de oratorios escenificados, beneficiado por el creciente interés en el rescate y reinterpretación de de la música barroca que vivimos y al que han contribuido nombres tan destacados como René Jacobs, William Christie, Alan Curtis, o Mark Minkowski entre otros. Y es que, a pesar de que Handel ha seguido siendo bien conocido como músico desde su muerte, sólo algunas de sus obras se habían seguido interpretando ininterrumpidamente hasta el siglo XX. En este año 2009 en el que conmemoramos el 250 aniversario de su muerte este proceso de se ha intensificado con multitud de nuevas grabaciones y conciertos.

Me pregunto a veces, ¿qué he descubierto ahora en Handel que no había descubierto antes, para haberme lanzado como un poseso a comprar todas las obras de él que he podido y no perderme un solo concierto de los que se programan? No sabría explicarlo bien, pero creo que la palabra (aunque ambigua) que mejor lo define, es: un rotundo flechazo. Diría que tiene que ver con su capacidad dramática, con la humana espiritualidad de su música o con la belleza de sus melodías, que tienen un sello inconfundible que se te mete en el cuerpo y ya no te abandona.






Handel es, ante todo, uno de los músicos más grandes de le historia de la música. Su grandeza abarca varios géneros, para los que escribió innumerables obras maestras. Sus obras para clave o sus conciertos así lo prueban. Pero hay que reconocer que Handel es, sobre todo, uno de los más grandes compositores de ópera del periodo barroco. Dedicó su vida a ello, y de manera profesional. Tras su formación en Alemania y sus estancias en Italia, Handel se estableció definitivamente en Londres en 1712, llevando consigo las dos tradiciones musicales más importantes de Europa. A inicios del siglo XVIII Londres era ya la metrópoli más importante y activa de Europa, y su avidez de vida lírica la convertía en el destino ideal para alguien ambicioso como Handel. Allí retomó la tradición del teatro musical inglés, que tenía su máximo exponente en Henry Purcell (del que de alguna manera es continuador) para darle un estilo que conjugaba las tendencias musicales europeas del momento con su inconfundible talento personal y una de las inspiraciones más asombrosas de toda la historia de la música. Su primera obra londinense, Rinaldo, recogía material de sus obras anteriores, predominantemente italianas, y en ella, además, Handel quiso epatar al público de Londres con una puesta en escena espectacular y llena de efectos que incluían batallas, tormentas, pájaros cantando en el escenario y un sinfín de sorpresas que hicieron que esta obra lo catapultara a la fama. De esa obra quizá hoy en día sólo se recuerda el famoso “lascia ch’io pianga” (en realidad tomado de su oratorio anterior, “il triunfo del tempo e del disinganno”) pero la obra, a pesar de su flojo libretto (algo, por otro lado, habitual en Handel y que de hecho es uno de sus puntos flacos) tiene muchos otros hallazgos de espectacularidad.








No debemos olvidar que Handel era una persona muy ambiciosa y que al mismo tiempo que compositor, fue también empresario de teatro de sus propias producciones. A él le interesaba sobre todo la fama y la rentabilidad económica de las obras que estrenaba. No olvidó, no obstante, su necesidad compositiva, pues a lo largo de su vida siguió escribiendo muchísimas obras para otro tipo de encargos, e incluso para su propio disfrute.

En el terreno de la lírica, fue en la Royal Academy of Music primero y después en el teatro del Covent Garden donde dio rienda suelta a una capacidad compositiva que se nutrió de la moda londinense de la época en el gusto por la ópera en italiano. De esa época (1720-1738) son algunas de sus obras maestras, como Giulio Cesare, Tamerlano, Alcina, Rodelinda o Ariodante, que reflejan un absoluto dominio del género y en el que los personajes llenos de sentimientos y pasiones despliegan en sus arias una fuerza expresiva y dramática incomparable. Es ahí donde mejor se puede comprobar ese inefable imán de su música.












Con el tiempo, el teatro italiano dejó de estar de moda (e incluso prohibido en algún periodo), algo a lo que también contribuyó la popularidad de los oratorios escenificados en las iglesias, con libretos en inglés, comprensibles sin necesidad de traducción, y argumentos muy dramáticos, al límite de lo religioso, que intentaban recrear las mismas pasiones que enfervorizaban a la gente en los teatros (amor, celos, pasión, ira, odio…). Además, las intrigas políticas, las disputas con los divos, la bancarrota de su compañía teatral y la aparición de otras compañías nuevas hicieron que parte del público que hasta entonces le había aplaudido le volviera la espalda. En esa época, Handel también comenzó a componer oratorios y con gran inspiración. Algunos de sus mejores son de este periodo, como Saul o Israel en Egipto, pero sobre todo, y de manera espectacular, su obra más grandiosa, el oratorio El Mesias (1741), cumbre absoluta del género y de todo su arte compositivo, plagado de algunas de las mejores arias y coros que escribió nunca. Un milagro de una inspiración como pocas en la historia de la música. El maravilloso relato incluido en el libro “Momentos estelares de la humanidad” de Stefan Zweig novela ese proceso de gestación de una forma conmovedora.









A partir de él, Handel se dedicó únicamente al oratorio en inglés, y su música, aunque quizá no evolucionó formalmente, adquirió una pureza, una depuración de estilo, una profundidad y una espiritualidad que son evidentes cuando escuchamos algunas de estas últimas obras, como Semele, Theodora, Hercules o Susanna.







Con ellos Handel llega a su madurez habiendo sido casi el equivalente a una estrella del pop actual. Sus obras habían arrebatado a Londres, cuyos habitantes de seguro tararearon muchísimas de sus melodías por la calle, y su fama se había extendido, aunque de forma irregular, por todo el continente. El poder y la fascinación de su música, de su capacidad para transmitir toda la intensidad dramática de la vida y de sus pasiones, nos llega hasta hoy casi intacta, y toda una hermandad de seguidores de su música continuamos enganchados a él sin remedio.
Os invito a conocerlo para quién no lo conozca y a profundizar en él a quien no lo tenga demasiado explorado. El riesgo es, como ya he dicho, la adicción que crea su música.

5 de diciembre de 2009

Adrián

Adrián tenía una forma propia de mirar la realidad y contártela después. Y cuando lo hacía, su pequeño universo, por increíble que pareciera, se convertía en el único en el que podías creer. Cuando intentabas recordar lo que te había contado, nada adquiría sentido, todo parecía absurdo y sin lógica. Los argumentos para desmontar todas aquellas ideas suyas venían a la cabeza como la cosa más normal del mundo. Sin embargo, cuando hablabas con él era imposible que pudieran verse las cosas de otra manera.

Pero aquella mirada suya era, inevitablemente, despiadada y perversa. Adrián era desconfiado, inseguro e infinitamente posesivo con todo aquello que quería, hasta el punto de no distinguir la verdad de la mentira, lo honesto de lo infame. A pesar de ello, su magnetismo era innegable. Las personas que entrábamos en su juego nos veíamos envueltos en una espiral de dependencia que en absoluto era sana. Le ocurrió a Héctor. También a mí. Estar cerca de Adrián nos cegaba de una manera tan intensa que lo demás se desvanecía, por importante que fuese.

Me terminé enfrentando a Héctor por aquella época. De manera pueril acabamos luchando por ocupar la posición más cercana a Adrián. Y fui yo quien perdió. A Héctor, por supuesto, y también a Adrián. Ambos se fueron aislando de los demás, incrustándose lentamente en su mundo imposible. Héctor terminó también saliendo de su vida, alguien me lo dijo después. No quise saber nada más de ellos.

En las noches de insomnio, sin embargo, no podía evitar acordarme de él y de tardes como aquella en la que creí volverme loco cuando me miraba con sus grandes ojos azules. De su energía y su vehemencia, de sus manos haciendo aspavientos en el aire, o posándose de pronto sobre mi muslo. Un escalofrío me recorría el cuerpo al reconocer que nadie había vuelto a hacerme sentir así. Hoy en día Adrián no vive ya en mi recuerdo. He conseguido borrarlo por fin. Eso sí, a base de somníferos. Lo de hoy… Lo de hoy sólo ha sido que se me terminó la caja y me dio pereza bajar a la farmacia.

16 de noviembre de 2009

Giros de guión.

All I really wanted was one night with him, just one night -one hour, even- if only to determine whether I wanted him for another night after that. What I didn't realize was that wanting to test desire is nothing more than a ruse to get what we want without admiting that we want it.

André Aciman (Call me by your name)




Abandona la senda de arena,
con tus huellas tú,
en la arena nada,
salvo las agujas de los pinos.

La rama se deshace al viento,
no quiere seguir paralela al mar,
con la fuerza de la palma de la mano
sobre la piel de la incógnita.

Se hunde el sueño,
sobre el tiempo,
sobre la puerta erguida,
desdibujada,
sobre el futuro que borra ya,
despacio,
el pasado que nunca hubo.


Aria de Horacio, de la zarzuela “Amor aumenta el valor, de José de Nebra Blasco



Adiós prenda de mi amor
que tú lograrás vencer
pues mi alma has de temer
Y ella te dará valor.
Tu esposo pretendí ser,
no lo quiso hado traidor con morir,
con fallecer, satisfaré tu rigor.

4 de noviembre de 2009

Detrás de la normalidad.


La ducha fría ha deshecho ya
el ardor consumado,
el sudor huye veloz por el desagüe,
los humores regresan
tras filtrar en el agua su disfraz.

Retorna la mirada perdida
y la normalidad.
La sonrisa no huye,
se incrusta rebelde sobre las cejas
No la doblega ni el hidratante
aplicado con ahínco.

El temblor se ha agarrado con fuerza
al guante de la tarde,
en silencio.
Se duerme entre tus dedos,
viaja lento,
sedado entre las horas,
jugando en el olvido,
en la desidia y la memoria,
camuflada la mentira,
la estéril normalidad.

No sabes cuándo,
Pero intuyes que el deseo
se despega en su cloaca
la máscara de sudor
y navega afilando
su quilla subterránea.
En sus colmillos se respira
de nuevo tu nuca mojada,
tu olvido,
tu desidia,
tu memoria,
tu mentira,
tu jodida normalidad.

2 de noviembre de 2009

El arte de la fuga.


Aquella era una herida que atravesó el frío
hundiéndose en la piel,
disolviendo su cicatriz en la sangre,
retando insolentemente a su causa,
contagiando el futuro como una maldición atávica.

Su pecado fue averiguar
que el miedo lo habían inventado otros.
Su condena,
descubrir que tenían razón. Su existencia lo probaba
cada vez que el viento del norte soplaba
y sus gargantas se llenaban.

Sin miedo, ya no supo qué hacer,
y su vivir se perdió entre pasos frágiles,
mirando de soslayo las serpientes.
Encarcelado pues,
en su propio paraíso.

27 de octubre de 2009

El volcán del barroco español


Ha sido uno de los discos revelación de este año. Llegó a mis manos en una mezcla de curiosidad y magnetismo por su portada y su título. Pero sobre todo ha sido el disco que me ha llevado a iniciar el descubrimiento del patrimonio musical español del siglo XVIII del que no tenía ninguna referencia antes.

Si en los últimos decenios se ha invertido mucho esfuerzo investigador y fonográfico en descubrir y difundir la música española de los siglos de oro con un éxito innegable (esta música es reconocida y escuchada hoy en día en casi cualquier auditorio del mundo), la recuperación de nuestro patrimonio musical se ha detenido ahí, con dos siglos de producción musical abultada (XVIII y XIX) pero prácticamente inédita hoy en día. Hay muchas causas para argumentar este abandono, sobre todo la dificultad de recuperación de unas partituras que en el siglo XVIII pasaron a copiarse de manera manual y a archivarse con mucho menos cuidado que en el pasado, pero también el prejuicio musical de que la música barroca y de transición al periodo clásico en este país era una copia de lo que se hacía en Italia y tenía tan pocas características de identidad que era poco interesante recuperarla.

La tradición musical española en el XVIII es de una naturaleza napolitana evidente; las relaciones políticas, comerciales y sociales con Nápoles, uno de los focos de creación musical más intensos y personales del continente en aquel momento, lo hacían casi inevitable. Pero hubo mucha más influencia mutua de la que podríamos pensar inicialmente. Centrándonos en la música que se hizo aquí en ese periodo, un análisis más detallado nos permite descubrir muchos rasgos característicos, además de una calidad sorprendente. Pasando por alto el capítulo de la música instrumental, del que verdaderamente sólo han sobrevivido ejemplos testimoniales, tenemos todo un corpus de música religiosa, popular y escénica aún por descubrir, y que gracias a la labor de grupos como Al Ayre Español o esta Orquesta Barroca de Sevilla, están poco a poco comenzando a ser divulgados.

En mi caso, como ya he dicho, este disco ha sido la puerta de entrada a todo un mundo de grabaciones de zarzuela barroca, cantadas, jácaras y tonadillas que me ha proporcionado un año de muchísimo placer musical, así como un sentimiento de enorme cercanía con esta música que está vinculada en muchos aspectos a nuestra sensibilidad cultural. Autores como José de Nebra, Antonio de Líteres o Juan Francés de Iribarren deberían estar en un lugar más importante de nuestra cultura musical, porque son de una calidad excepcional, igualable a otras grandes figuras del barroco europeo. Esperemos que poco a poco vaya sucediendo, no sólo por merecimiento, sino porque eso permitirá que muchas obras que están guardando polvo en los archivos, puedan ver la luz en discos y en conciertos.
Mi intención es poder ir hablando poco a poco aquí de todos estos discos a medida que los voy descubriendo. Tengo ya varios en la lista, pero quería que este fuese el primero de la serie, porque es un trabajo de investigación y de interpretación excepcional y porque es el disco que me ha llevado al barroco español, hasta ahora desconocido para mí.



Arde el Furor intrépido no es otra cosa que el nombre de una de las cantadas religiosas que se incluyen en este disco, que recoge trabajos escritos por Juan Francés de Iribarren (1699-1767) y Jayme Torrens (1741-1803), dos de los maestros de capilla de la Catedral de Málaga, que se sucedieron en el cargo a lo largo del siglo XVIII.
Es el primer número del disco, y llama la atención por su tono festivo y luminoso. Con una escritura muy inspirada en lo musical, muy italianizante, pero sobre todo con una esmerada coloratura en la parte vocal, inteligentemente adaptada a un texto de palabras subyugantes. No hay que olvidar que una de las características de este dieciocho musical español es la gran calidad literaria de los textos teatrales y religiosos, lo cual nos diferencia del resto de barroco europeo que tuvo que consolarse con libretistas mucho más mediocres.
A pesar de tener tema religioso, las letras de estas cantadas son ciertamente poéticas, y hasta ardientes:

Arde el furor intrépido
Del enemigo osado,
Furioso y obstinado,
Al ver que Dios benéfico
Su Cuerpo al hombre da.

* * *

Nebado albergue
De un amor bizarro
En cuio Centro fino
Compitiendo lo humano y lo Divino
Con toda la deydad,
Dio allí en el barro
Mas con tal gusto que su amante excelso,
Se vino a tierra de su propio peso,
Recíbele mortal no seas alebe
Ve que su fuego prenderá en la nieve
Ya que tu ingrato pecho
No atendiendo al favor y a tu probecho,
Consiente que su abrigo,
De tu indocilidad sea testigo,
Pues tan humilde espacio
Le has dispuesto a su ser, para Palazio

* * *

Soberano señor
De tierra y Cielo
Que en esse blanco velo
Ocultas amoroso
El volcán de tus rayos luminoso,
Y que en abrasada hoguera
Te ciñe de un biril
La breve esfera
Oy tan amante fiel
Por mi te veo
Que excede tu fineza
A mi desseo
Pues en suave calma
Te entregas a mi pecho
En cuerpo y alma



Palabras que evocan imágenes seductoras y magnéticas, que estos músicos que trabajaron en Málaga se encargan de ilustrar musicalmente con mucha inteligencia e inspiración. Este tono alegre y hasta triunfal de la cantada de Iribarren da paso a otros ejemplos de él y de su heredero y malagueño Jayme Torrens, en las que tenemos ocasión de oír desde reelaboraciones de conciertos de Corelli que sirven de interludio musical, hasta arias que nos evocan un barroco más evolucionado o incluso el primer clasicismo vienés.



Me da muchísima envidia la experiencia que ha debido suponer para estos músicos investigar en el archivo de la catedral de Málaga y descubrir estos tesoros musicales (experiencia en parte descrita en las notas del disco) y más aún imaginar la emoción de sospechar qué inmenso legado albergan los archivos municipales y religiosos de todo el país, cuánta música estupenda ha quedado en el olvido.



Este proyecto de descubrimiento del patrimonio musical de la Catedral de Málaga en el siglo XVIII se inició con un disco publicado hace un año en el Sello del Centro de Documentación de música de la Junta de Andalucía. Entonces el nombre escogido fue el sugerente “Serpiente venenosa” tomado del título de una cantata de Jayme Torrens. Hablaré en otra entrada de él.
Para “Arde el Furor Intrépido” la orquesta ha creado un sello propio. Se nota, además, que los músicos de la orquesta se han tomado este proyecto con cariño. Un cariño que se plasma en un sonido barroco vibrante y lleno de vitalidad, de la mano de su director, el italiano Diego Fasolis. En la parte vocal, la agrupación cuenta con la deslumbrante colaboración de la soprano extremeña María Espada, una soprano que en este trabajo está en un absoluto estado de gracia, toda una especialista que interpreta estas obras con una coloratura de vértigo (a veces vértigo real el que nos produce su voz, especialmente en sus osadas ornamentaciones de las arias da capo). En resumen, una verdadera fiesta para el oído. Música de calidad estupendamente interpretada que emociona e impacta. Y todo un descubrimiento para los amantes de la música del XVIII, porque se trata de música absolutamente nueva para el oyente actual. Esperemos que su ejemplo se repita y no sólo ellos, si no que más grupos se animen a rescatar todas estas obras injustamente olvidadas. Intentaré desde aquí subir más ejemplos, para contribuir a su difusión.

18 de octubre de 2009

Casualidad desde el aire

Cada vez que volaba buscaba insistentemente un coche solitario recorriendo una carretera. Desde cierta altura de vuelo los vehículos eran como pequeñas moléculas, como puntitos, casi no parecían tener nada que ver con algo humano. Le gustaba seguir al elegido un rato, hasta que se perdía de vista. Seguirlo e imaginar la vida de sus ocupantes; mejor dicho, de su ocupante, pues siempre que lo hacía imaginaba a un hombre solo o a una mujer sola al volante. Le gustaba también reconstruir el paisaje que se vería desde el asiento del conductor: la luz del sol, las montañas, los árboles, e incluso el mismo avión en el que él viajaba, también, como un puntito sobre el cielo.

Imaginaba también que el conductor pensaría lo mismo al ver la aeronave y su pequeña estela. Pensaría que allá dentro, tan diminuto como parecía aquel puntito metálico, llevaría personas en su interior. Cada una con su vida y con sus problemas. Pero que alguna de ellas, por casualidad tal vez, estaría mirando hacia él, atravesando la carretera. Pensarían ambos, quien sabe si al mismo tiempo, en las probabilidades de llegar a conocerse sin proponérselo, sólo porque la vida les llevara a ello. Si tal suceso ocurría, era improbable que ninguno supiera que aquel instante previo había tenido lugar. Es más, era imposible que llegaran a averiguarlo.

Todo aquello le gustaba imaginar a Pedro. Fantaseaba que le había ocurrido con Laura. Con ella, desde el principio, siempre habían funcionado las casualidades. Sin provocarlas, ocurrían, una vez tras otra, de manera natural. Pero nunca le comentó aquel pensamiento que tenía, sin embargo, insistentemente. En el fondo, él nunca había volado en avión.

16 de octubre de 2009

Sobre el Caos.

Cuando Joseph Haydn concibió la génesis de su oratorio La Creación, contaba ya con más de sesenta años, y una reputación en vida que pocos músicos hasta él habían tenido.
Con un catálogo de obras abultadísimo, Haydn, animado por el efecto que sobre él produjo escuchar los oratorios de Handel (algún guiño a él dejó en la partitura) en sus visitas a Londres a principios de 1790, donde aún se seguían representando, empezó a imaginar la composición de un gran oratorio, género que sintió muy adecuado a su sensibilidad musical.

El descubrimiento de un texto basado en el génesis de la Biblia, tema que aún nadie se había atrevido a musicar, le interesó lo suficiente, y a partir de ahí, papá Haydn se retiró casi dos años a escribirla con calma y atención, consciente de que quería crear su gran obra. El resultado no pudo ser más rotundo, y constituye una de las más grandes obras de la música de todos los tiempos. En ella, no sólo da rienda suelta el autor a una creatividad exuberante y que explora todas las posibilidades de los cánones del clasicismo que, de alguna manera, él más que nadie había establecido. Su madurez musical a esas alturas le permitió, quizá sin ni siquiera darse cuenta, empezar a apuntar hacia un nuevo lenguaje y hacia una nueva sensibilidad musical.

A pesar de que la obra está concebida como una ilustración de la creación del universo por parte de Dios y una profunda oración de gracias al creador por dar la existencia al mundo y a la humanidad, más allá de creencias religiosas concretas, uno no puede dejar de sentir cómo la obra va desenvolviéndose entre arias sublimes y coros grandiosos, adquiriendo una dimensión monumental y construyendo poco a poco una inmensa loa a la naturaleza universal, a la existencia misma y a todas sus consecuencias.
Sin embargo, quizá el hallazgo más notable de esta obra sea el inicio, como un preludio, pero que además se convierte (conceptualmente al menos) también epílogo y eje de todo el oratorio. Haydn, en un ejercicio de suprema lucidez, nos describe en el inicio de la obra, a través de un interludio musical, la representación del caos: es decir, la nada, lo opuesto a la existencia y al orden divino. Esa osadía, en una obra religiosa, no sólo lo es a nivel argumental, sino que en la escritura de esa introducción, Haydn encuentra una inspiración inusitada y conmovedora que nos dibuja el caos y la nada con una sabiduría que aún hoy nos deja aturdidos. La nada en Haydn no es rotunda o salvaje, sino levemente disonante, melancólica y hasta sentimental. Es un caos visto con la mirada del hombre, asumiendo su incapacidad para entenderlo (y quizá hasta para asumirlo). Es una nada que nos desola, pero que no nos araña. Al escucharlo con detenimiento descubrimos ya ahí al futuro Beethoven, Schubert, o incluso Brahms. Escondidos, pero están ya ahí: Haydn imaginó un nuevo lugar hacia el que caminar. Eso, en un músico que establece las bases de todo el movimiento clásico y que lo desarrolla hasta su esplendor, lo convierte en mucho más visionario de lo que estamos acostumbrados a pensar. Y grande, uno de los más grandes sin duda.

Pero sigo dándole vueltas a la genialidad del preludio con esa descripción exhaustiva del caos, de la no existencia, en el que uno parece viajar a un pasado de agujeros negros y silencio que nos aterra, pero que nos absorbe, al igual que el inicio de la Creación. Sobre todo como oposición a la existencia y al orden, que parecen ser los necesarios, los benéficos. Y a pesar de todo, el caos está ahí, como parte inevitable de la vida, como necesaria afirmación para dar sentido al orden.
Pienso en mí y en mi eterna lucha por asumirlo. Por asumir el caos, por no rechazarlo como indeseable, por evitar la búsqueda del orden y de la seguridad de las cosas como el camino que “hay que seguir”. Por aprender que caos y orden (al igual que todo y nada) no son conceptos dicotómicos, sino profundamente simbióticos, y que querría que estuviesen despojados de connotación. Difícil de conseguir, habiendo sido educado para entender otra óptica de la vida y de las expectativas.

En noches de insomnio, como éstas, donde la inquietud y la extrañeza parecen quererse apoderar de mí y de mis pocas seguridades, vuelvo a esta música, y me sumerjo en ella para dejarme sanar, para dejarme vivir, para seguir en el camino que contempla el caos como parte de la aventura, la duda como fuente de vida y de crecimiento, la nada como exigencia que le da sentido a todo, la inseguridad como realidad y no como temor, la vida, en suma, un poco más fácil, un poco menos dolorosa.
Y así la imaginó él, casi como un secreto, como un camuflaje musical que quizá no hemos sabido entender, que quizá sólo se me ocurre a mí, en estas noches de insomnio extrañas en mí, en las que la vida entera me da vueltas, y todas estas ideas absurdas, como el mismo caos, me llueven sobre la cabeza.

4 de octubre de 2009

Si se calla el cantor.

Pero el cantor se calló. Mercedes Sosa, la cantora, la gran cantora de América del Sur se apagó para siempre. No su voz, que seguirá con nosotros, así como su recuerdo y su compromiso con los desfavorecidos y en general con las injusticias de esa América Latina que seguro la llora hoy con fuerza.
La vi sólo una vez, hace algunos años. Su voz estaba ya algo cansada, pero su fuerza en el escenario y su voz rotunda seguían emocionando como siempre. A mi madre le gustaba mucho, la recuerdo con frecuencia sonando en casa, o en el coche cuando era pequeño, de camino a Galicia en los veranos, todos en silencio intentando percibirla tras el sonido del aire entrando por las ventanillas. Esperemos que sigan levantándose voces de cantores que continúen luchando contra la opresión, plantando semillas en la conciencia general. Hoy, se nos fue una de las más grandes.




Si se calla el cantor calla la vida
porque la vida, la vida misma es todo un canto
si se calla el cantor, muere de espanto
la esperanza, la luz y la alegría.

Si se calla el cantor se quedan solos
los humildes gorriones de los diarios,
los obreros del puerto se persignan
quién habrá de luchar por su salario.

HABLADO
'Que ha de ser de la vida si el que canta
no levanta su voz en las tribunas
por el que sufre,´por el que no hay
ninguna razón que lo condene a andar sin manta'

Si se calla el cantor muere la rosa
de que sirve la rosa sin el canto
debe el canto ser luz sobre los campos
iluminando siempre a los de abajo.

Que no calle el cantor porque el silencio
cobarde apaña la maldad que oprime,
no saben los cantores de agachadas
no callarán jamás de frente al crimén.

HABLADO
'Que se levanten todas las banderas
cuando el cantor se plante con su grito
que mil guitarras desangren en la noche
una inmortal canción al infinito'.

Si se calla el cantor . . . calla la vida.

1 de octubre de 2009

De sentimientos, obsesiones y eternidad.

Me persigue por la mañana, nada más despertar. Supongo que se agazapa en mis sueños, pero esto no lo puedo asegurar, puesto que hace muchos años que rara vez los recuerdo. Va y viene todo el día, a pesar de que no le dejo que se recree mucho, pues conozco sus tretas, pero cada vez que me pellizca las sienes se me contamina más y más el aliento. Las ideas obsesivas son como bolas de nieve rodando por una pendiente ligera, avanzando despacio, pero ganando volumen y velocidad de una manera que no podemos controlar. Sé que podría detenerla, pero también sé que cuando deseo algo no me sirve de nada la lucidez ni la fuerza de la razón. Sé que la pendiente es un pozo hacia una oscuridad de destino incierto, pero el sonido sordo y crujiente de la nieve acelerándose me tiene absorto y entregado.

Atravieso la ciudad en la noche, como otras veces, casi me había olvidado de cómo te miran los edificios en las madrugadas de esta ciudad, desde lo alto. Siento que la vida merece la pena sólo por la complicidad de algunas noches, incluso las que, como éstas, no ocurre nada tangible. Tan sólo la bola avanzando imparable en el estómago, en el olor que te sale de la nuca, y de los cabellos.

No entiendo de eternidades, para mí siempre la entrega ha sido entrega: total y sin condiciones. Sin tiempo… con todo el tiempo. No la concibo de otra forma. Y el tamiz de los años, la experiencia o esa capacidad de sentir que todo es relativo porque es la manera más sana de vivir, no han menoscabado mi vehemencia sentimental. Soy más precavido, es cierto. Más contenido en la forma de avanzar. Más consciente de que el futuro, implacable o no, siempre existe. Pero me despojo de todo ello cuando se trata de sentir, porque no he dejado de hacerlo como aquella primera vez.

Saber que es así, me doy cuenta ahora, es una de mis armas secretas contra la desidia vital.

26 de septiembre de 2009

Se extinguió el prodigio.


Alicia de Larrocha. Barcelona, 1923-2009

Probablemente la mejor intérprete de piano que hemos tenido en España en todo el siglo se nos ha ido hoy. Prodigiosa en su técnica impecable y perfecta, en su estilo cálido, pero siempre contenido, en sus tempi, siempre correctísimos, en su fraseo espectacular, en sus matices sublimes. La escuché varias veces, sobre todo en su última etapa pública, y recuerdo sus salidas a escena, discretísimas (apenas gesticulaba, tan sólo una leve inclinación) con aquel andar desgarbado suyo, con aquella estética, como de ama de casa aburrida. Pero en cuanto sus dedos tocaban el teclado, uno no podía más que fascinarse ante su rigor al tocar, ante su respeto a las partituras y su pasmosa capacidad para transmitir la esencia de la obra con una musicalidad que en pocos pianistas (y he visto muchos y muy buenos en mi vida) he vuelto a encontrar. Y todo con una aparente facilidad que aún hoy me sigue pareciendo imposible. Es una pena que de su inmenso repertorio fonográfico, poco se haya reeditado en los catálogos hoy en día.

Alicia ha supuesto una contribución como ninguna otra a la difusión de la música clásica española, y sus interpretaciones, sobre todo de Granados, Albéniz o Falla, de altísima calidad, han sido cruciales para que estas músicas estén en los repertorios de los pianistas de todo el mundo. Pero ella era una artista versátil, y era excelente en todo lo que se proponía, desde el repertorio romántico alemán, a los franceses, e incluso algún que otro barroco tremendo le llegué a escuchar.

Aquí la vemos hablando en un ensayo del primer concierto de Beethoven, con Michael Tilson Thomas y Dudley Moore. Es apasionante su interacción, y cómo desde su inglés españolizado, con esa dulzura que tenía ella al hablar, uno nunca se imaginaría la rotundidad con la que ejecuta a Beethoven.

Pero sin duda fue siempre su Mozart el que me apasionó. Cristalino como pocos, inimaginablemente lleno de musicalidad, fresco y profundo a la vez. Ella fue niña prodigio, al igual que el salzburgués, y siempre manifestó un apasionado amor por él. Es una pena, no he podido encontrar grabaciones de sus sonatas de piano (olvidadas casi hoy en día, pero una de las mejores versiones del ciclo que se han grabado nunca). Quizá sólo cuando tocaba a su (también) amado Granados, me llegó a emocionar tanto. Recuerdo una Danza de Granados en el Teatro de la Maestranza, que puso en pie a todo la audiencia sin la mínima duda. Y ella, tan tímida siempre, que casi sin más gesto que el de inclinar un poco la cabeza, era como si casi no se sintiera digna de tanto elogio.

Aquí os dejo con una admirable versión del final de esa obra maestra que es el último concierto de piano de Mozart, a quien en mi corazón de melómano empedernido, siempre la tendré asociada.

Gracias por ser música en estado puro, y haberlo compartido con nosotros
Enlazo también el emotivísimo artículo de despedida que escribe en El País hoy, la gran pianista Rosa Torres-Pardo.

24 de septiembre de 2009

De ilusiones...



José Manuel nunca había visto el mar, a pesar de tener ya 13 años. Yo, que no recordaba haber tenido que imaginar nunca el mar porque lo conocía casi desde que nací, encontraba cierta ansiedad en recrearme en aquella sensación. Hasta me ponía nervioso ante la posibilidad de presenciar la cara que pondría cuando, de repente, llegásemos a la playa. Quería estar a su lado para no perdérmelo. Le dije que le gustaría, que era muy especial. Él insistía que en la tele y en el cine ya lo había visto muchísimas veces. Y yo, erre que erre, que verlo en persona no tenía nada que ver. Con la misma edad que él, yo contaba ya con una verborrea y una vehemencia considerables. Supongo que le insistí demasiado, impaciente y excesivo como era. Imaginó más de lo que debía. Así que cuando, en aquella excursión de final de la primaria, nos acercamos todos corriendo a aquella playa de barrio en Málaga, mientras la mayoría de los chiquillos se apresuraba a despojarse de la ropa y lanzarse contra las olas, yo no perdía de vista a José Manuel. Pero él, inconsciente de mí, hizo exactamente como los demás. Se quitó los pantalones y la camiseta, dejando al sol aquella piel blanquísima que tenía, e hizo una carrera veloz hasta la orilla, junto a los otros. Nada, ni una expresión en su rostro, ni una mueca de sorpresa. José Manuel se lanzó al agua como si llevase todos los veranos de su vida haciéndolo. Creo que fui el único que se quedó allí, sobre la arena, mirando a los otros chapotear, extrañado de que nadie se diera cuenta de que ver el mar por primera vez no era ninguna cosa trivial.
A la noche, en la cama, le pregunté, cuando la mayoría habían caído ya presa del sueño, qué le había parecido. “¿El qué?” dijo él, como si no entendiera de qué le estaba hablando. “El mar” le susurré yo, “¿qué te ha parecido el mar?”.
“Ah… pues normal, como en las películas”.
No le dije nada más, claro. Ahí empecé a sospechar que quizá era yo demasiado fantasioso… O que a lo mejor, como había leído una vez, las personas somos muy diferentes entre nosotros.

19 de septiembre de 2009

Creta, Grecia, Mediterráneo


No sé de dónde partió la idea de un viaje así. Una inexplicable conjunción de razones que por separado no deberían tener fuerza para mover a una elección así (Mediterráneo, gastronomía, memorias de viajes de amigos, ruinas, historia...) y que tampoco sé cómo fueron sumándose para convertirse en razón poderosa para elegir Creta como destino vacacional.
Reconozco que, a priori, poco más que las ruinas minoicas de Knossos tenía yo en mente con respecto a ella. Eso, y varios testimonios de amigos que siempre han hablado con entusiasmo de aquel lugar. Supongo que este último dato, cuando se trata de personas que comparten con uno criterios de viaje y placeres de la vida, es un potente aliciente.

Hacía años que quería ir a Grecia, era uno de esos países europeos turísticos que había ido posponiendo conocer. Las masas de turistas en verano, el calor, los precios, etc., siempre me habían hecho desecharlo. Pero Creta parecía ser un destino menos frecuente, más tranquilo y con un turismo más sostenible y racional. Eso me terminó de convencer. En cuanto empezamos a vislumbrarlo se me ocurrió que en una de las escalas de avión en Atenas, podíamos permanecer por un par de días para tener una primera impresión de una ciudad. Y así lo hicimos, a la vuelta.

Reconozco que es de los destinos vacacionales que menos me he preparado previamente. Lo cual, teniendo en cuenta que la fórmula que elegimos para recorrerla, como en otros años, era el coche alquilado con un par de bases en la isla para hacer excursiones de un día, nos hacía correr el riesgo de dejar cosas potencialmente importantes sin visitar. Pero en esta ocasión, me apetecía ir un poco a ciegas y que todo resultase nuevo. Un par de tardes leyendo la Rough Guide por encima y marcando puntos sobre un mapa con lugares que me atrajeron por alguna razón. Con esos puntos ya elaboraría las rutas una vez allí. A priori hay que ver cómo son las carreteras, lo que cuesta desplazarse, etc, para que hacer una ruta tenga algo de sentido.

En fin, que me vi montado en el avión, rumbo a Atenas, sabiendo poco más de la Isla. A Saber, que fue cuna de una de las evolucionadas civilizaciones mediterráneas, que se transformó posteriormente en una de las herederas de la cultura helénica... Vamos, la cuna misma de la cultura clásica, de la que somos deudores todo el mundo occidental. En el vuelo y la espera en Atenas, continué leyendo un poco más. Romana, Bizantina después, con un periodo de ocupación Musulmana de más de un siglo, y en posterior decadencia tomada por los Cruzados que terminaron vendiéndola a los Venecianos, los cuales la mantuvieron hasta mediados del sXVII en que fue conquistada por el Imperio Otomano. La ocupación turca no consiguió una transformación cultural completa, y a lo largo de su duración estuvo repleta de revueltas e intentos de desbancarlos del poder (en muchas ocasiones apoyados desde Grecia, por su evidente cercanía religiosa y cultural). Tras muchos intentos y avatares, la isla terminó uniéndose a Grecia al final de las guerras balcánicas de 1913. Pero tras esta larga y abultada historia de guerras y conquistas que produjo un continuado y triste ejercicio de destrucción del patrimonio, nada parecía prever que lo peor estaba aún por llegar. Y es que en la segunda guerra mundial, la isla se vio envuelta en uno de los episodios más duros de la contienda mundial. En resumen, podíamos prever que no nos íbamos a encontrar con ciudades monumentales ni con cascos antiguos conservados, como así fue.

No, lo que queda de patrimonio está bastante aislado. Alguna iglesia pequeña perdida en el campo, mezquitas reconstruidas, monasterios venecianos, palacios o logias aislados, casas otomanas o de principios del siglo XX, alguna pequeña zona de alguna ciudad que se conserva como antes de la guerra. Pero en general nos íbamos a enfrentar a ciudades feas y destartaladas, construidas después de la guerra y en muchos casos sin planificación, armonía ni encanto alguno. A pesar de saberlo, o de imaginarlo, el efecto inicial es fuerte. Pero la isla no tarda mucho en conquistarte, por su geografía recortada, por ese perfil costero retorcido que crea bahías, cabos, entrantes, perspectivas nuevas a cada kilómetro, mar y tierra en sus más variadas y complejas combinaciones. Y luego la rica orografía del terreno de esta isla profundamente montañosa, que crea valles, mesetas, llanuras y campos fértiles entre sus elevadas montañas. La isla, estrecha y larga, tiene una altitud media elevada y en cualquier lugar de su perímetro tan sólo hay que internarse un poco para subir a una altitud considerable, cuando no a una verdadera cima. Pero son sobre todo tres los grandes macizos montañosos que se agrupan a lo largo de la Isla, con montañas que superan los 2000m de altitud, haciendo que a veces la ruta escasa en kilómetros entre muchos puntos del norte y del sur se convierta en un camino difícil y tortuoso de recorrer, pero siempre satisfactorio gracias a las vistas siempre cambiantes y a la belleza de la abundante vegetación de las montañas cretenses o al sereno cultivo mediterráneo de olivos y vides de sus campos. Por otro lado, una geografía así podría dar a pensar que ésta es una isla con pocas playas y, en general, de roca, y lo cierto es que no es así. Las hay y muchas: grandes, pequeñas, de arena fina inmaculada o de piedras, llanas o recortadas por escarpados acantilados, y siempre bañadas por esa transparencia sin igual del Mediterráneo oriental.

Mientras en el norte existe una carretera que va más o menos paralela a la línea de costa, en el Sur de la Isla las montañas llegan hasta el mar de una manera mucho más dramática. Las carreteras llegan tan sólo a puntos concretos, pero sin estar conectados entre ellos, quedando los mismos bastante aislados y desconectados entre sí. En el suroeste insular, además, estas montañas forman cañones espectaculares que llegan hasta el mar de Libia (de entre ellos, el de Samaria es el más conocido, parque nacional protegido, que no vimos por el tiempo y la logística que hay que emplear en hacerlo, no sólo por lo que se tarda en recorrerlo sino por la necesidad de pernoctar en el pueblo que hay a su salida, una aldea en la que no hay apenas nada, o tomar un barco a otro lugar). Pero hay otros muchos, sobre todo en esta zona de la isla, aunque también en otras.

Supongo que en pocos días, entre el interés que nos iba creando las ruinas minoicas y las bondades del paisaje y del mar, fuimos cayendo poco a poco en el influjo de esta isla que nos ha quedado en el recuerdo como un viaje de los más especiales que hemos hecho. Sí, poco a poco, entre la música que nos acompañó en el minúsculo vehículo con el que hicimos las excursiones, la deliciosa gastronomía de la isla, los paisajes, el peso de la historia de cada lugar que veíamos... Y así Creta nos conquistó.

(El resto de la crónica la seguiré contando en la otra casa del volcán)



15 de septiembre de 2009

Tarde de Prado.



Madrid te sorprende así, en medio de una tarde de calor y bullicio, por entre los despistados y los foráneos. Uno parece quererse confundir con ellos, y sentir que está en un lugar lejano, lleno de personas ansiosas también por ver qué ocurre en la noche, qué lunas nos mirarán, qué interiores nos acogerán, como si nada pudiera preverse, como si todo fuese nuevo y apetitoso. Me gusta Madrid porque a veces me hace sentir extraño, porque me acoge con complicidad pero al mismo tiempo me hace sentir extraño, lejano, inconsciente…
Tras la tarde el guiño de sol en la ventana, y eso que quizás, entre tanto turista a la puerta del Prado, tan sólo yo sé que en unas semanas sobre la fachada de la Academia de la Lengua el sol pintará las tardes más bonitas que conozco justo allí, junto a los árboles del retiro, en el Otoño que quiere anunciarse ya, una vez más.

8 de septiembre de 2009

Inicio de Septiembre




Alejarse para olvidar,
olvidar para recordar,
recordar desde la consciencia
que imprime el olvido.

En un lugar imaginario
que es real.
Desde la luz y el cielo,
desde las letras,
desde la música.

Y volver,
volver para mirar de nuevo,
volver para saber.

2 de septiembre de 2009

La noche inextinguible


El calor aún invade la noche y los cuerpos, los tejados arañan la luna allá en lo alto. No quedan demasiadas noches de verano y esta ciudad que lo mismo vibra con el ardor que con el hielo, se vuelca discretamente en las esquinas.
El humo y el alcohol se pierden en la oscuridad, la vida muerde los dedos, las bocas, las miradas. No quiero que se termine nunca la noche, no quiero que te termines nunca tú, ni el hilo de palabras que se nos queda sobre los posos. Tiemblan aún los recuerdos, oscuro se cierra el vértigo sobre el pecho, y se desprende la frágil naturaleza, llena de estupor, de olvido, de vida... Ebria de nosotros y de tiempo. Ebrios nosotros de vacío y de futuro.

31 de agosto de 2009

31 de Agosto.

Esta mañana he sentido rozar el final de agosto con los dedos. El calor aplastante que el mes nos ha preparado para despedirse parece haberse enredado en el calendario para que el verano se detenga, pero probablemente será ya la última gran ola de calor. Tendremos calor y buen tiempo hasta más allá del final de la estación, como siempre. Pero este calor agudo y asfixiante se terminará en breve. Y con él las noches irrespirables y la quietud llena de deseo que las habita, casi escondida entre ocaso y ocaso. Este hedonismo de tiempo detenido, este indagar en la naturaleza propia sin más contexto que el del día vivido, tiene mucho que ver con mi pasión por esta estación, aunque el final cíclico de todo aquello que nos apasiona es necesario para poderlo valorar y asimilar.

Ha sido un verano fugaz e intenso de noches y de palabras, de habitantes nuevos, de Mediterráneo, de Madrid en estado puro, de estrellas a pesar de la polución y de observar un poco más si cabe dentro de la grieta inmensa que se abre cuando miro dentro de mí.

Este verano me ha enseñado a su manera que sigo guiándome por mi impulso vital, y que sigo apostando por aquellos que, como decía Adriana, arden y se secan de deseo. Que me alejo inevitablemente de los cobardes y de los que se tienen miedo a sí mismos. He descubierto que, pese a los límites que a veces me quiero construir, mi felicidad está con los honestos, con los que no temen el conflicto, con los que creen en la relatividad de todo en la vida, con los que se niegan a frenar sus expectativas porque sólo de ellas nace la vida, con los que son capaces de transformar una hora en un universo, con aquellos que sonríen y con los que les arden las palabras en las yemas de los dedos. He descubierto que ellos me dan la vida, y este verano he decidido que me lanzo a la piscina de los sentidos, que en ellos debe estar mi prioridad y que me resisto a entrar en la horma de una generación que prometía, pero que al final no ha sabido romper con las cadenas. No quiero que me atrape la monotonía ni las esperas inútiles. Se acerca el otoño y poco a poco será inevitable evitar muchas de ellas, pero apretaré fuerte mis manos para ser capaz de no olvidarme que las palabras de Adriana siguen siendo mi más firme apuesta en la vida.


Eu gosto dos que têm fome
Dos que morrem de vontade
Dos que secam de desejo
Dos que ardem...


Senhas, Adriana Calcanhoto.

28 de agosto de 2009

La canícula.

El sonido de sus propios tacones en el suelo la golpea como un martillo en las sienes. Es imposible que no haya otro ruído más fuerte. Pero no, en plena canícula de agosto las calles, incluso ésta, tan céntrica, muestran un aspecto desolador, roto únicamente por el tac, tac, tac que imprimen sus tobillos, doblándose ligeramente a cada paso. Siempre ha considerado que es bastante ágil andando sobre tacones de esa envergadura, pero hoy su pericia parece haberse esfumado. Los golpes sobre el suelo la perturban, parecen significarla, como si la ciudad entera fuera a girarse para observar cómo camina, para intentar averiguar adónde se dirige. Marina se detiene y reflexiona un instante. Aún podría darse la vuelta y buscar un taxi en la esquina. Pero el silencio es absoluto, no parece que vaya a ser fácil tampoco. Y una vez que ha llegado hasta este punto... En casa sólo encontraría los platos sucios del desayuno en el fregadero, y esa imagen la aterra aún más. Sigue caminando, de nuevo el ruido seco sobre la acera, y de nuevo esa sensación de dividirse en dos, de ser solo una de las dos la que ha tomado una decisión amordazando a la otra. Pero continúa. Tac, tac, tac. En el día más cálido del verano, el sol cae a plomo, casi vertical sobre las aceras que no encuentran sombra que alivie su ardor. El aire pesa mucho, y se posa como un paño caliente, hirviendo sobre la piel de sus hombros. La ciudad entera está envuelta de ese aire denso que cuesta deshacer al caminar. Dentro también siente un calor insoportable, que le estalla en el pecho con fuerza. Ha salido de casa impecable, pero el sudor comienza a asomar por sus axilas. Las mira con pudor un instante y se toca la izquierda con un movimiento brusco, como queriendo ocultarla. Vuelve a mirar a su alrededor, pero la calle sigue siendo un desierto. No más desierto que su propia casa, piensa. Y la imagen de los platos desordenados en la cocina vuelve a ella, poderosa. Se reafirma y acelera el paso. Recuerda que debe pasar por el cajero. Localiza uno y se dirige a él. Las teclas queman con furia, pero el fuego sobre las yemas de sus dedos casi le gusta. Mientras teclea su clave no puede evitar pensar en Javi y en el niño. ¿Qué estarán haciendo? Por la mañana le han dicho que irían a la cala de levante que está más aireada los días de calor como hoy. Javi ha insistido en que tomara un avión y los acompañase el resto del fin de semana, pero ella ha repetido que tiene demasiado trabajo pendiente, que no iba a estar relajada. En el fondo no ha sido más que una excusa para quedarse sola, pero ahora, en este preciso instante, querría poder haber tomado ese avión y estar con ellos, tumbada tranquilamente en la cala, sintiendo la brisa del mar sobre la piel. Piensa en Septiembre y en retomar sus clases de natación. Y en las tardes con trabajo extra de nuevo, saliendo con el tiempo justo de pasar por el super antes de que cierren, de llegar a casa y que Javi tenga la cena preparada y se vaya pronto a la cama, y se quede ella sola en el salón viendo la tele o leyendo... Tan sola como ahora, pero sin estarlo. Sí, le gusta esa sensación. Ojalá termine pronto este maldito agosto, se dice. Y el calor, este calor malsano.
Los billetes salen calientes por la ranura, y huelen a nuevo. No puede evitar oler siempre los billetes cuando salen de una de estas máquinas. Pasa un coche veloz, calle abajo, rompiendo el silencio con violencia. Sabe que desde que tiene los billetes en la mano, ha dado ya el paso definitivo. Saca su teléfono móvil y repasa de nuevo el último mensaje recibido. Se sabe la dirección de memoria, pero necesita comprobarla de nuevo. El sol la aplasta insoportablemente, y una gota de sudor acaba de resbalar por su frente. Acelera el paso, quedan solo dos calles. Los últimos pasos los da como obligada. Llama al timbre, y tarda bastante en contestar la voz de Lorenzo. Pasa, dice. Suena tan masculina como al teléfono. La oscuridad repentina del interior del edificio la sumerge durante unos segundos en la confusión. Decide subir por la escalera, evitando el ascensor. Un frescor extraño y húmedo parece desprenderse de las paredes del viejo inmueble. Sube los primeros escalones cuando de repente suena su móvil. En la pantalla lee "Javi". Se detiene y lo silencia, pero no puede apartar sus ojos del nombre que se ilumina al ritmo del vibrador. Repasa mentalmente la conversación de esa mañana. Sí, le ha dicho que iría un rato a la piscina, a dormir la siesta junto al agua. Lo vuelve a meter en el bolso, sin contestar.
Cuando llega al segundo piso adivina una de las puertas del descansillo abierta, y supone que es la de Lorenzo. La empuja suavemente y entra. En el interior, casi tan oscuro como el rellano, un fuerte olor a incienso especiado la asalta con fuerza, desagradándole un poco. Más allá, el apartamento le parece sucio y destartalado. Hace mucho calor de nuevo. Aquel lugar no era para nada lo que tenía en mente. Lorenzo debe estar en el baño. Aún no es capaz de imaginárselo sobre la sábana roída color rojo que cubre el sofá. En menos de diez segundos aparece. Como en las fotos, intensamente bronceado, con el tatuaje que le recorre los hombros. Y el anillo en la mano. Sí, es casi lo primero que mira. Ancho plateado, con esa inconfundible onda negra circundándolo. Exactamente igual que el suyo. Un diseño exclusivo, o eso al menos pensaba ella. Ninguno media palabra. Se miran. Lorenzo no es tan atractivo como en las fotos. Al natural es más bien anodino, casi mediocre. Sonríe, pero tampoco así consigue despertar ninguna sensación especial en Marina. Él se acerca a sus labios, y ella le detiene con la mano. Ha sacado los billetes y los mantiene entre los dedos. Lo primero es lo primero, dice. Lorenzo los agarra aún calientes, y los deja sobre la mesa.
- ¿Tienes alguna pregunta?
- No, en el mensaje estaba todo claro.
- ¿Lo has borrado?
- Sí.
Lorenzo acerca sus labios a los de Marina y ella se deja besar. Lo hace tan suavemente, que casi no siente nada. No se mueve ni un milímetro. Y en cuanto Lorenzo se separa lo suficiente, ella, fruto ya de la metamorfosis, sin apartar la mirada del infinito, se da la vuelta lentamente y desaparece por la puerta.
- Adiós.
Mientras baja las escaleras desarma su teléfono móvil para extraer la tarjeta, que arrojará nada más salir por la puerta, en una alcantarilla. El aparato también lo arroja, en un contenedor. La calle parece haber recobrado algo de vida, y suena algún que otro coche avanzar veloz por la avenida. Es extraño, el sudor parece haberse evaporado de su cuerpo, justo ahora, en la hora de mayor sofoco. Con las llaves de casa en la mano, duda un instante, pero finalmente las arroja también a la alcantarilla con fuerza. Desde la esquina puede ver perfectamente el final de la avenida. A lo lejos, la minúscula luz verde de un taxi se acerca. Marina saca del bolso los dos billetes que ha sacado esta mañana en Internet. Los dos a la misma hora, cada uno a un destino muy diferente. El taxi para y Marina duda un instante antes de decir
- A la estación de Atocha, por favor. Deprisa, llego tarde.

25 de agosto de 2009

¿Evitar el deseo?


Me ocurre a veces que me cuesta trabajo hacer las cosas que más me gustan. Me cuesta trabajo escuchar mi ópera favorita, o comer el plato que más me gusta, o releer ese libro del que siempre hablo. Incluso a veces quedar con quien adoro, o pasear por ese sitio que me encanta... No me lo explico. Se trata de un miedo inexplicable a agotar mi deseo por esas cosas. Siempre he sido de natural inquieto y curioso por todo, pero igualmente pierdo el interés rápido por la mayoría de las cosas. Cuando decido que algo me gusta mucho, a veces me creo esa estúpida responsabilidad de mantenerlo. Y, para ello, de hacerlo inevitablemente intocable. Lo pienso bien y es algo que no me gusta, pero en lo que caigo inconscientemente. Es el lado más oscuro de mi natural intensidad. Tendencias en las que caigo con demasiada facilidad. Llevo pensándolo varios días, y he decidido que no quiero ser así. He decidido que me quiero lanzar a lo que me gusta, con furia si es preciso. Y no tenerle miedo a que me dejen de gustar las cosas. Que ya vendrán otras. Que hay cosas que no creo que vayan a poder dejar de gustarme nunca. Que hay deseos inextinguibles, que evitar no los potencia, que la vida es sólo una y que es ahora. Que nada es tan importante, que la existencia debe ser más leve... Y que no quiero acostumbrarme a tenerle miedo a hacer lo que más quiero...

¿Seré capaz?

10 de agosto de 2009

Música para las perseidas



Aquellas noches de agosto eran siempre iguales, tumbados entre la inmensidad oscura del cielo y la hierba fresca bajo el cuerpo. Los insectos parecían silenciarse en aquellas horas, pero nosotros por entonces todavía escondíamos las palabras detrás de los labios. A veces, después de algún fogonazo en el cielo, parecían deslizarse justo hasta la punta de la lengua, pero la magia de los astros pulverizándose suicidas las desviaba de nuevo a la garganta.
Nos susurrábamos que habíamos pedido un secreto. No recuerdo ya qué podía yo desear entonces. Quizá una felicidad que no sentía, o una vida lejos de allí, a pesar de todo, o una imagen de mí mismo en libertad, que se me imponía tan lejana como poderosa. No lo sé. Pero sí sé que en aquellas horas era como si nadie más existiera, y que el Strauss que poníamos religiosamente de fondo sonaba alto, bien alto, dirigiendo la galaxia. La tierra parecía moverse tan deprisa que había que agarrarse con fuerza al césped. Luego, con los ojos cansados de buscar astros, caíamos rendidos por el sueño.
Cada uno siguió su camino, tan diferente, tan lejos uno de otro. Y sin embargo, aquellas noches las recordamos nítidas y contundentes en la memoria, a pesar de que ya no exista aquel lugar, ni los agostos compartidos, ni la inocencia aquella. Sí, cada año siguen ahí aquellas horas, como si nunca se hubiesen acabado.

4 de agosto de 2009

Charming Nights.

Secrecy:
One charming night
Gives more delight,
Than a hundred lucky days.
Night and I improve the taste,
Make the pleasure longer last,
A thousand, thousand several ways.

(extracto de "The Fairy Queen" de H. Purcell, basado en textos de "A Midsummer Night's Dream" de W. Shakespeare).


17 ACT 2 No.16 - Secrecy One charming night - Henry Purcell

Foto tomada de aquí

En verano las noches de placer surgen así, repentinamente, sin previo aviso.
Quemando la intuición y devorando la mirada.
Imprevistamente desabrochadas,
hundiéndose en el laberinto que se agota,
desordenando el alma a la vez que calmándola,
posando la mano suave sobre la balanza vencida.

Noches equívocas de permitida lucidez,
llamas bajo la lengua,
aliento que se guarda en la memoria
y pasos en silencio.

Silencio sobre los pasos,
silencio bajo el tambor del pecho.
Sábanas limpias y sueños imposibles.
Y de nuevo el amanecer, diáfano sobre la frente.
Una mañana más, con el acecho de la noche que nos persigue,
la pasada, enredada en el capricho
la futura, agazapada de nuevo en el calor del verano.

1 de agosto de 2009

Curiosidad que salva...

Me veo en las fotos recientes en Grecia y me doy cuenta de la energía que me ha dado este viaje, de cómo el ansia de descubrir, la necesidad de saber, de ver, de percibir, de experimentar, me han renovado por completo. Consciente de que esta necesidad es una clave de mi forma de estar en el mundo y de mi búsqueda de la felicidad. Un impulso por saber, por imaginar, por entender cada lugar del mundo, para verlo en perspectiva, para imaginar y considerar su pasado.

En Creta la destrucción de patrimonio artístico e histórico, fruto de sus continuos cambios de dominación y de los intensos bombardeos de la segunda guerra mundial dejan poco que imaginar más allá de las ruinas de la antigüedad, pequeñas iglesias, monasterios o mezquitas aisladas. Pero también así queda más espacio para la imaginación que en otros lugares. Uno tiene menos ocasiones para deslumbrarse de belleza artística, en una isla llena de ciudades feas y destartaladas. Sin embargo, en este viaje he visto nacer un increíble asombro por la naturaleza y la intensa belleza paisajística de Creta. Montañas inmensas, mesetas fértiles, valles frondosos, olivos infinitos y milenarios sobre colinas que se pliegan dramáticamente hasta donde alcanza la vista, gargantas pronunciadas, rincones casi imposibles, golfos de azul perfecto, costas imposibles de caprichosas formas, montañas que se precipitan en mares inimaginables, visiones sin límites… Como si de un inmenso continente se tratara, Creta se alza estrecha y alargada, pero llena de infinitos lugares esparcidos por los increíbles rincones de su orografía excesiva. Uno se imagina que esa abundancia provocase la imaginación telúrica que dio lugar a la mitología clásica, que en muchos de sus rincones ubicó pasajes de sus historias imposibles de dioses y semidioses. Y en eso andaba pensando mientras la atravesaba, mientras la observaba, mientras, de alguna forma, la poseía.

Y es que la curiosidad me salva. Me salva de la oscuridad, de la limitación, de la tristeza, de la mediocridad… Me alegro de verme aún así, siempre atento al mundo, siempre ansioso por más. Espero poder seguir haciéndolo con la misma pasión que hasta ahora.







En breve, comenzaré a escribir la crónica en mi otro blog.

28 de julio de 2009

Mapas y volcanes.

Desde niño he sentido un extraño magnetismo por los mapas. Me pasaba horas mirando fijamente los que encontraba en las páginas de la enciclopedia que teníamos en casa. Me encantaban a partes iguales los físicos y los políticos. Estimulaban mucho mi imaginación, pues adoraba recrear en mi mente cómo serían aquellas costas, qué ciudades se asentarían sobre ellas, cómo se verían las montañas que sobre el papel sólo se adivinaban, por dónde estarían los puertos que las salvaban, qué capítulo histórico habría determinado el capricho o la necesidad de esta o aquella frontera... Los miraba durante horas, soñaba viajar a todos esos países, llenarme de sus imágenes, descubrirlo todo, en fin.

Hoy en día sigo perdiendo muchas horas viajando virtualmente con el Google Maps o mejor aún, con el Earth. Sobre todo, a esos sitios que no forman parte del imaginario viajero colectivo (al menos de este mundo occidental nuestro) como a ciudades (inmensas) perdidas de China, al corazón de África, a la selva amazónica o al desierto de Australia.

Claro, cuando uno llega a los sitios, la comparación con los mapas es a veces una cuestión harto difícil. Nos falta esa visión de pájaro que, sin embargo, sí tenemos en los aviones. Cuando voy en ellos, siempre intento descifrar los mapas que se extienden sin identificar allá abajo. ¿Qué ciudad será aquella, qué bahía, qué cadena montañosa? Escucho con atención las rutas, cuando el comandante del vuelo las explica al pasaje, e intento imaginar el vuelo sobre un mapa imaginario con una (también imaginaria) línea de puntos discontinuos.

El otro día, a la vuelta de Atenas, se nos dijo que la ruta cruzaría la bahía de Nápoles y giraría rumbo a Cerdeña, Baleares y la costa de Valencia. Creo que me quedé dormido un rato, y cuando desperté, sobre las nubes se elevaba inmensa aquella montaña que inicialmente confundí con el Vesubio. Pero no, la línea de la costa no me encajaba con mi memoria cartográfica de Nápoles. Además, tampoco veía la gran urbe del sur de Italia... El Vesubio tampoco es tan elevado como para imponerse sobre unas nubes tan altas como las de aquel día... Hasta que de repente se aclaró la costa y apareció el estrecho de Messina, dejándome claro que estábamos un poco más al sur, y que era el Etna lo que precisamente se levantaba poderoso sobre buena parte del Mediterráneo. Recordé el año de Sicilia y todo el impacto de su belleza. Después, en seguida traté de componer el perfil de la isla, pero es demasiado grande para hacerlo de un vistazo. Así que traté de centrarme en Messina y contemplar toda Calabria, la provincia de Catania, el mar separandolas. Fue entonces cuando las descubrí de golpe. Las Eolias, desplegándose entre isla y continente con su dedos volcánicos alzándose sobre el agua. La grandes, perfectamente reconocibles, Lipari y Vulcano casi inseparables desde la altura. Salina junto a ellas. Panarea, casi minúscula. Y la más cercana, Stromboli, redonda, con su imponente volcán que lo ocupa todo desafiándonos, levemente coronado por una fumarola. Fue emocionante verlo, sentirlo abajo, como si fuera él quien me observara, impotente, pero igualmente magnético a mis ojos. Recordé las imborrables imágenes de Stromboli, o aquellas otras de la Meglio Gioventù en las que aparece... y sentí una secreta inquietud por dentro, una llamada salvaje que sigue hablándome desde entonces. La imagen quedó fijada en mi mente y no se borra... ¿La distinguen?