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19 de marzo de 2011

El universo y la nada.


"Una vez, en quinto o sexto de primaria, fui con mis amigos a acampar a la montaña y vi por la noche un cielo cubierto de incontables estrellas. Tantas, que parecía que el cielo no iba a poder soportar su peso, que se partiría y caería en pedazos. Nunca antes había visto un cielo estrellado tan prodigioso, ni volvería a verlo jamás. Después de que todos se durmieran, como yo no podía conciliar el sueño, me deslicé fuera de la tienda, me tendí boca arriba y permanecí inmóvil contemplando aquel precioso cielo estrellado. De vez en cuando, la línea brillante de una estrella fugaz cruzaba el cielo. Pero me fue entrando miedo. Había demasiadas estrellas, el cielo de la noche era demasiado vasto y profundo. Aquel abrumador y extraño ente me rodeaba, me envolvía, provocándome inseguridad. Hasta entonces había creído que la tierra que pisaba seguiría siendo eternamente sólida. No, ni siquiera me había parado a pensar en ello. Lo había dado por supuesto. Pero la tierra no era, en realidad, más que un pedrusco que flotaba en algún rincón del universo. Visto desde la inmensidad, no pasaba de ser un andamio efímero. Sólo con un pequeño cambio de fuerza, o con un destello momentáneo de luz, la Tierra, con todos nosotros, podría ser barrida mañana mismo. Bajo un cielo tan magnífico que cortaba el aliento, pensé que iba a desmayarme en cualquier momento pensando en la pequeñez e incertidumbre de mi propia existencia."

Hakuri Murakami (Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, 1994)


Si, realmente sí. El mundo es un pequeño andamio, una cáscara de nuez en medio del océano más grande que podamos imaginar. Un frágil recipiente en el que es asombroso contemplar cómo un inmenso infinito estrellado no se desploma ante nosotros en esas noches en que somos capaces de observarlo. El equilibrio y la relativa estabilidad del suelo que pisamos no deja de ser algo milagroso, cabria decir que hasta excepcional.

De pequeño también miraba las estrellas de esa manera, allá donde no había luz, especialmente en el pequeño pueblo donde solía pasar los veranos. Supongo que hoy en día cada vez existen menos lugares así.
Recuerdo nítidamente sentir como si la vía láctea entera, de tan densa e infinita, fuese a desplomarse con todos aquellos puntos blancos que parecían una red sin fin, sobre la tierra. A veces, sin embargo, me gustaba imaginar la sensación de aquellos muchos miles de kilómetros por hora a los que se desplazaba nuestro planeta, según había leído en alguna parte. En realidad, todas aquellas millones de partículas blancas se movían a tal velocidad que era imposible descubrir cómo hacían para no chocar entre ellas. Incluyendo, por supuesto, planetas miles de veces mayores que la tierra. De hecho, aquellos puntitos eran probablemente soles cientos de veces más voluminosos que el nuestro.

Fue entonces cuando aquel pensamiento recurrente empezó a vagar por mí, como un virus de los que se quedan en el cuerpo de por vida. La pequeñez de nuestro tamaño, y más allá de ello, lo minúsculo de nuestra existencia y de nuestra importancia. Fue trágico descubrir que podía empezar a pensar en la vida desde fuera y sentirla como algo pequeño y con final. A mí también me asustaba mirar a los cielos estrellados, pero ya no tanto porque pensara que el universo podía ser incapaz de sostener aquello. No, lo que me asustaba a mí era la capacidad que me daba aquella visión para poder imaginar una escala con la que comparar la vida, y sentir la terrible angustia de lo extremadamente pequeño. Aquel pensamiento redundante era como un bucle: como un bucle en el que el infinito iba pasando por el ojo de una aguja, llenando la consciencia al otro lado, hasta casi estallar.
Aquel infinito apenas sospechado se parecía en realidad, de manera irremediable, a la nada: en el fondo siempre he pensado que son parecidos, al menos parecidos en la forma en la que uno puede imaginarlos.
Así, llegué a pensar en la nada siendo casi un niño. No sé por qué me daba por pensar aquellas cosas, cuando en lo demás no dejaba de tener la inocencia (acentuada incluso) de un crío de mi edad. Jugar con aquel concepto de la nada, era un desafío que me asustaba, pero al que no podía evitar lanzarme.
La nada debía ser lo que uno sentía una vez muerto, imaginaba yo. No, una vez acabada la vida uno no siente nada. Sentir es estar vivo. Yo imaginaba la nada, sintiéndola, desde la vida, y ya me parecía terrible, así que imaginar no existir, pasar a ser la nada, me resultaba desconcertante. No había sufrido aún la muerte de ninguna persona cercana, así que mi primer pensamiento de la muerte vino así, imaginando el universo infinito y de ahí la nada. Es curioso.
Sentí miedo, evidentemente. Un miedo al que quise hacer frente pensando que en los millones de años que tenía el mundo hasta que yo había nacido tampoco había sido yo nada. Esa misma nada de la que pasaría a formar parte cuando se acabara mi vida. Nada antes, nada después. Y esta vida, en medio de la nada del tiempo, pero rodeada del infinito físico del universo (aunque ahora digan los físicos que sí que tiene límites).

Llevo casi toda la vida perseguido por ese sentimiento al que con el tiempo he puesto yo también (como los físicos) límite. Límite a mi propia angustia, y límite al desconcierto de algo que no parece tener vía de escape ni de salvación. Un límite sobre el que me apoyo a diario, para mantenerme a salvo, para intentar ejercer mi credo de disfrute de placeres, de belleza y de humanidad.
Somos demasiado pequeños, y demasiado frágiles. Aunque nos creamos superhombres la nada está ahí rodeándonos siempre. A nosotros, al planeta entero. No, no somos superhombres aunque hayamos descubierto cómo llegar a Marte, o cómo fundir el núcleo del uranio para generar energía. Somos especiales y albergamos dentro de cada uno de nosotros, la posibilidad de un universo. Pero la piel de ese universo es tan fina y quebradiza que puede borrar en un instante fuerza e inteligencia, universo y existencia. A pesar de que nos resulte imposible concebir que todo eso pueda desaparecer de esa manera tan inexplicable.

Será que la muerte me ha tocado de cerca hace poco, será que no entiendo por qué vivimos, ni por qué me sigue persiguiendo, como un huracán, esa imagen nítida de la nada, desde mi infancia, que ahora se hace más sólida, casi soberbia, usando el nombre de alguien de mi propia vida. Será todo ello lo que me trae por el camino del silencio, de la observación, de la trascendencia. Querría arrojarme a la vida con soberbia, con vehemencia. Sin embargo permanezco quieto, apocado, como con miedo, con incomprensión. Un miedo y una incomprensión que en el fondo me han rondado toda la vida, pero que ahora me desafían más, recordándome que siempre han estado ahí, pero que la madurez que tengo ya me sugiere que he de decidir qué hacer, si vencerlos o hacerme amigo de éllos.

19 de octubre de 2010

Como de otro planeta, pero en éste

Claudio Abbado.

La orquesta del Festival de Lucerna sólo ofrece dos o tres conciertos al año fuera del Festival, siempre con Mahler en el programa. Es una orquesta hecha por y para Claudio Abbado, que reúne jóvenes de las mejores orquestas europeas, y consagrados solistas que admiran al director italiano tanto como para ponerse bajo sus órdenes como un músico más. En resumen, un conjunto de ensueño el que hemos tenido la ocasión de escuchar los días 17 y 18 de Octubre pasados en el Auditorio Nacional de Madrid.
Para esta ocasión, Abbado ha escogido la última sinfonía completa del compositor bohemio. Una sinfonía inmensa y compleja, que destila todas las miradas de Mahler y las sublima en un tremendo viaje vital que representa la culminación de toda una etapa de la historia de la música a punto de llegar a su límite y desmoronarse para siempre. La dramática y angustiosa vida del compositor está siempre presente en la partitura melancólica y sombría de esta sinfonía, a pesar de que las incursiones pastoriles, tan propias de su música, también lo están. La sinfonía construye un universo aparentemente desordenado, como en forma de una amalgama que incluye casi todos los humores, pasiones y vicios humanos, desde lo grotesco y vulgar, hasta lo sublime, pasando por la pasión o el humor. Un verdadero retrato no sólo de la experiencia vital de Mahler, sino de toda una sociedad que se agotaba, en un momento, justo antes de las dos guerras mundiales, en el que se encontraba a punto de caer en un abismo de consecuencias insospechadas. La música de Mahler se impone aquí moderna, visionaria, obscenamente humana, en el borde de la ruptura de la tonalidad en muchas ocasiones. Un mundo que se terminaba, un universo que se extinguía. Y así la traduce Abbado, con una soberbia inteligencia, fruto de sus muchos años de peregrinaje mahleriano, de sus reflexiones en torno a la música. Abbado, pese a su edad y a los problemas de salud afortunadamente superados, está en un momento de madurez esplendoroso. No ha perdido la pasión a punto de descontrol con la que desconcertaba al mundo musical en los años 70 e inicios de los 80. Pero ahora su mirada ha ganado en hondura, en sinceridad, en profunda humanidad. Y la orquesta del Festival de Lucerna es el instrumento perfecto para traducirle. Una orquesta que exhibe una perfección que produce estupefacción, pero que al mismo tiempo suena humana y viva, vibrante, llena de vida y de expresividad. En el primer movimiento, el despliegue cromático que exhibieron de la que es una de las páginas sinfónicas más redondas de la historia de la música, fue casi desconcertante. El tiempo justo, los matices adecuados, el tono apropiado: sin estridencias ni efectos, dibujando el poder hipnótico que descansa en la esencia de la partitura. Después, la orquesta se hizo cada vez más y más grande, encajando el complejo mosaico del universo sonoro que imaginó Mahler con una genialidad que no he escuchado antes, destacando cada familia de instrumentos, casi cada instrumento, con identidad propia, pero sin perderse en ese océano sinfónico monumental que es la novena. Los movimientos segundo y tercero resultaron rotundos pero sin efectismos, apasionados y fervientes. La emoción iba creciendo, y con ella la sensación colectiva de que estábamos viviendo un sueño, casi irreal. El adagio final de la novena es una música bellísima y crepuscular, un canto de cisne que impone tras el viaje cósmico por la identidad compleja e irracional de lo humano, su melodía honda, perturbadora, como triunfo de la esencia espiritual del hombre. De un hombre y un mundo al borde del cataclismo de su destrucción. La batuta de Abbado exprime de la orquesta una delicadeza casi religiosa. El final, injustamente trufado de sonidos de móviles, no entorpeció, sin embargo, el éxtasis de un auditorio que dejó de respirar al unísono mientras la música se extinguía poco a poco y las luces, en un efecto hábil y sincero, con ella. Al final, silencio y penumbra. Como parte ineludible del final, de la metamorfosis intelectual, de la caída en el vacío, de la visión fascinante del límite de la realidad. Un silencio impagable que duró varios minutos, tras los cuales los aplausos y vítores llovieron de manera atronadora.
Pocas veces he sentido que asistía a algo tan trascendente, tan efímero a la vez, pero que marcará un antes y un después en la vida como melómano de gran parte de los que asistimos. Algo, como de otro planeta, pero en éste. Algo profunda y sinceramente emocionante. Mi deseo de inmensa gratitud a Claudio Abbado, sin duda el más grande director vivo.

23 de julio de 2010

El último gran Mozartiano.


Sir Charles Mackerras (1925 - 2010)


Hace unos días tuvimos que decirle adiós. Quizá el último de los grandes del siglo XX, y uno de los directores más completos y personales de la historia reciente de la música. Su nombre no brilló tanto como los de Karajan, Celibidache, Giulini o Bernstein, por poner algunos nombres a la altura de él.
Siempre fue más discreto, pero los que amamos la música clásica sí sabemos de él, de su impresionante currículum, y de sus inolvidables grabaciones. Creo que lo más destacable de él fue su inmensa curiosidad hacia la música, lo cual lo convirtió, sin pretensión alguna, en un increíble visionario. Apostó siempre por géneros, autores y formas de interpretación que muchos años después adquirieron una justa valoración e importancia. Tal es el caso de la opereta, de la música checa o de la interpretación con instrumentos originales, por destacar algunos de los géneros y aproximaciones a la interpretación que él indagó desde sus comienzos como director, cuando nadie apostaba por ellos.
Es el gran difusor de la música de Janáček, de cuyas óperas (hoy aclamadas mundialmente como un corpus de referencia en el género) realizó la primera (y hasta hoy aún no igualada) integral. A finales de los cincuenta ya se atrevió a realizar grabaciones de música barroca con instrumentos originales, versión que el mundo de la música no supo entender muy bien pero que terminó constituyendo una gran e impulsiva corriente de la interpretación de la música anterior al siglo XIX que hoy es la que probablemente más interés (y beneficio económico por lo tanto) reporta a las casas discográficas.
Sin embargo, algunos lo recordaremos siempre como uno de los más grandísimos intérpretes de la música de Mozart de todos los tiempos. Es un compositor que siempre ocupó un lugar primordial en su discografía. Un músico que le ha acompañado toda su vida, desde sus inicios hasta este triste final que a los 84 años le ha sobrevenido repleto aún de energía y proyectos. Sus grabaciones de las óperas mozartianas, si no de referencia, siempre han sido de las más equilibradas y completas. Su Idomeneo para el presente festival de Edimburgo quedará huérfano sin su dirección, lo cual no deja de ser un símbolo de la importancia de la música del salzburgués en la carrera de este director incomparable.
Su visión de Mozart fue haciéndose cada vez más rica y madura. Ya había grabado una de las integrales de referencia de sus sinfonías con la Orquesta de Cámara de Praga. Pero con su actual orquesta (la Orquesta de Cámara Escocesa) nos ha regalado probablemente dos de los mejores discos de la historia de la música de Mozart. Grabados en 2008 y 2010, recogen las últimas sinfonías de Mozart en unas versiones que resultan rotundas, inmejorables. Mackerras expresa en ellas toda una vida de amor por la música de Mozart, y su mirada, sabia y madura nos transporta a un Mozart en el que la luz y la sombra nos asaltan con contundencia, pero en el que la luz se impone claramente. Unas versiones expresivas y enérgicas, como salidas de la mano de un adolescente, atropelladas a veces, pero con un desconcertante análisis de detalles en el que Mackerras nos descubre los infinitos matices de la partitura, casi como si las escucháramos por primera vez. Tengo ambos compactos (4 cd’s en total) y confieso que no me aburro de escucharlos.



Tienen una libertad expresiva y una clarividencia que es difícil de expresar con palabras. Su luz, sus ritmos exactos, que pasan de lo sobrio a lo exultante, pero siempre con una indefinible majestuosidad que los hace siempre perfectos, hacen que estas grabaciones sean una referencia absoluta de aquí al futuro cuando se hable de esta música. La producción de estas grabaciones es simplemente exquisita, y saca a la luz del oyente la riqueza de matices expresivos de la composición, especialmente la de los instrumentos de viento, tan olvidada por los productores habituales. Qué pena que personas así tengan que dejarnos. Una pérdida insustituible para el mundo de la música. Curiosamente este año programó un concierto en el Auditorio Nacional de Madrid, para el que yo tenía entrada, que guardaba con emoción, pues nunca había asistido a un concierto suyo, pero que por problemas que no termino de entender con la productora del concierto, se terminó cancelando. Una pena. Menos mal que nos quedan sus estupendos discos, que desde aquí recomiendo encarecidamente porque son de referencia casi todos. Pero, especialmente, los dos últimos, con sinfonías de Mozart y la Scottish Chamber Orchestra, esos son imprescindibles para cualquier mozartiano. Y como prueba, el glorioso final de la sinfonía Jupiter, imposible interpretarlo con más inteligencia… Le recordaremos así, para siempre.

28 de junio de 2010

En el limbo de Scarlatti.

"No te esperes encontrar en estas composiciones, seas diletante o maestro, una intención profunda, sino más bien una forma ingeniosa para que te ejercites con osadía en el arte de tocar el clavecín" advierte en 1738 el propio Scarlatti al lector de sus sonatas.


Y sin embargo ahí están, después de casi 300 años, como una isla de libertad de forma y contenido, el corpus de sonatas a las que se dedicó el compositor Napolitano desde su llegada a la península Ibérica, para convertirse en el profesor de música de Doña Bárbara de Braganza, primero en Lisboa y más tarde en la corte de Madrid.

Sonatas sencillas, en estilo binario, que evidentemente, como él mismo reza, fueron escritas para ejercitar al intérprete del instrumento (la propia Doña Bárbara) en diferentes problemas técnicos.

Y sin embargo, uno no puede dejar de asombrarse ante la enorme riqueza no sólo de efectos, sino de melodías, acentuadas por la influencia de las músicas folclóricas que conoció en España, así como por ese especial gusto de Scarlatti por las repeticiones obsesivas de grupos de notas.

Estas sonatas son toda una aventura experimental, casi imposible de pensar en el imaginable mundo cerrado de la corte española en la que vivió a lo largo de los treinta años en los que compuso estas obras con dedicación absoluta.

¿Mero ejercicio sin intención? La fascinación que ejercen estas sonatas sigue contagiando hoy a muchos, porque detrás de ellas parece que siempre hay un secreto, un mensaje oculto, una intencionada intensidad, una muy concreta emoción. De su vida poco sabemos, por lo cual el secreto está sellado.

Así, sólo queda escucharlas, una y otra vez, y seguir sedientos de continuar dando vueltas a sus espirales como locos, pensando que tal vez sí exista un limbo extraño que se sitúe entre la realidad y el deseo. Igual que el de esta misma noche, entre la certeza de un cielo que aparentemente alberga pocas nubes y los truenos que no dejan de caer, cada vez más cerca.


25 de mayo de 2010

La felicidad dionisíaca.

La felicidad tiene muchas formas de manifestarse. A veces la sentimos como una ausencia de problemas, como un estado de placidez y despreocupación. Otras como un placer, físico o intelectual, como la culminación de un empeño o de un deseo, como el premio de un esfuerzo realizado.
Otras, sin embargo, la felicidad es un estado de catarsis, una revolución que nos hace aflorar vivencias que corren más internas, sentimientos que se van gestando poco a poco y que, de repente, encuentran una fuerza dionisíaca, visceral y desatada, que nos agarra por dentro y nos entrega de manera febril al abandono de la razón. La música y la danza son proclives a despertar estos estados, y así lo han hecho este pasado sábado, llevándome a explotar de júbilo ante la felicidad de los que quiero, ante el cariño y la complicidad que siento por ellos, ante la suerte de tener relaciones tan ricas y tan llenas de pasado y de futuro, tan libres y comprensivas, tan auténticas. Por ello, como nunca antes había hecho, me dejé llevar por la música, y por la embriaguez de la felicidad. La resaca, dulce, aún me droga caminando firme por la nueva semana anodina. Hay que seguir viviendo, hay que seguir bailando, hay que seguir desatándose...




12 de abril de 2010

Obsesión y olvido


Después de 10 años no había logrado olvidarla. Le seguía persiguiendo, pese a la disciplina con la que intentaba hacerla desaparecer. En el momento más banal e inesperado, de repente, aparecía de nuevo como si fuera la primera vez, dando vueltas en su cabeza, afilada y curva como una hoz. No le abandonaba en días. Era una melodía tonta, sin sentido, y no soportaba que comenzara a invadir el resto de su producción. Cada vez que intentaba componer algo, se colaba aquí y allá, contagiaba esto o lo otro. Al principio dejó que lo hiciera, lo asumió como algo normal. Después se fue dando cuenta de que aquello lo desestabilizaba, lo volvía casi loco. La necesitaba, resultaba enfermizo cómo la silbaba desde la mañana a la noche cuando le venía a la mente.
Hasta que decidió que se enfrentaría a ella sobre el papel. Se encerró durante dos días y la exprimió hasta que no quedó nada de ella. Cuando terminó, le pareció tan mediocre que la desecho en un cajón del que poco tiempo después hasta llegó a olvidar la existencia. De hecho, tan sólo años más tarde de su muerte la rescató su hijo de allí, por casualidad. Él... Él no volvió a componer una sola nota desde entonces. Y lo extraño es que nunca achacó a aquel episodio su repentina y definitiva falta de inspiración. Vivió desde entonces dedicado otras labores, menos creativas. Nadie le preguntó nunca por aquello, todos lo atribuyeron a la edad. Nadie supo, tampoco, quién le había susurrado la melodía aquella vez. Eso, también, quedó en el olvido.

26 de marzo de 2010

Placebo primaveral



La primavera ha traído la calma,
las tardes ordenadas,
desbaratadas letras sobre el sofá.

Alejo de mí el recuerdo del torrente,
su fuerza transparente, helando mi piel,
alejo de mí el incendio de mis dedos
en las tardes de lluvia,
alejo de mí las esperas del aire
sobre la pantalla inclinada,
las migas que ya no quedan en el sofá.

De tanto alejar, sobre el borde del deseo
se aproxima la nada,
una nada que medra y se hincha,
que acaricia la mejilla,
que se contagia a mi estómago,
a mis tendones,
al aire entre mis dientes.

Me lanzo a un océano
de orden involuntario,
de placeres discretos,
de placebos secretos,
de engaños del antídoto
de lo trivial.

Trivial como el lodazal tras la tormenta,
como las tardes cada vez más largas,
como los paseos programados,
como las rutinas y las conversaciones.

Paso tras paso,
huella tras huella,
caminando de nuevo al lejano futuro,
a las improbables noches,
a la pasión deshecha
que sólo entonces recordará quién es,
para volver a precipitarse
sobre el torrente.

La nada,
amordazada,
continuará sonriendo en secreto.


* * *

Celle qui fait tout mon tourment,
Je l'aime à la folie;
depuis longtemps je suis amant
De l'aimable Sylvie,
la voir et l'aimer seulement,
C'est toute mon envie.
Je n'ai point passé de moment
Sans l'avoir bien servie.
Les maux que je souffre en l'aimant
Me coûteron la vie.
Dès que je la vois cependant,
Mon âme en est ravie.

Marc-Antoine Charpentier: Chanson à danser.
Anne Sophie Von Otter, mezzosoprano.
Les Arts Florissants, dirigidos por William Christie.

24 de febrero de 2010

El vacío en la piscina.


Hoy te he recordado bajo el agua, mientras nadaba. Me gusta pensar mientras los músculos hacen fuerza, como si de alguna manera también exprimiesen la reflexión, como si todo el cuerpo y la mente trabajasen en una máquina capaz de moverse, de disfrutar del azul subacuático y pensar todo al mismo tiempo. La potencia que obliga a pensar. Pensar que obliga a moverse. En un continuo.
No sé por qué me ha parecido reconocerte en la calle vecina. Quizá porque aún recuerdo bien cómo es tu cuerpo. Tus caderas ligeramente anchas, la piel extremadamente blanquecina. El vello, cuidadosamente localizado, pero denso y oscuro. La barba ocasional y estrecha. Y las ondas de tu cabello, escapándose casi como en un descuido bajo tu gorro de baño, como entonces.
Esta piscina me la descubriste tú. Veníamos juntos todos los miércoles y los viernes a las siete. Es la piscina de tu barrio de niñez, donde aún vive tu familia, donde te traía tu padre hace muchos años para después comprar el pan en aquella panadería que me enseñaste más de una vez. Tu barrio se convirtió también en el mío, porque yo te seguí. Secretamente. En uno de esos secretos a voces que pueden enternecer y sonrojar al mismo tiempo.
Nos hicimos un hueco en nuestras vidas. Más tú en la mía que al contrario, siempre lo he pensado. Me enseñaste a enamorarme de Madrid mientras lo estaba de ti. También fuiste mi primer amor de noche madrileña, de huida en taxi de madrugada o en aquel coche tuyo desvencijado y frío, mi primer desayuno en la cama, entre besos, mi primer despertar junto a la piel de alguien que me hacía vibrar. Nada de eso fui yo para ti, y me produce curiosidad saber cómo me recordarás. Porque aunque tardamos muchos años en desaparecer, al final desapareciste del todo. Y a mí no me dio tiempo nunca de deshacer el hueco que dejaste, la ilusión que tuve que tragarme intacta, el deseo que debí enterrar y que siguió visitándome durante muchas noches, sin avisar. La última vez me hice el despistado en el pasillo del metro, para no saludarte. De eso hace ya años. Pero hoy… Hoy estaba dispuesto a saludarte, a hablar contigo apoyado en el borde de la piscina en la que tantas tardes hablamos. Estaba hasta dispuesto a decirte si querías subir a casa a tomar un café, y hablar de tantas cosas como hablábamos entonces. Te habría dicho por fin que en el fondo tampoco era aquello lo que yo quería, como siempre me dijiste tú. Pero que necesitaba probarlo. Y que, a pesar de aquella forma ambigua e imperfecta de hacerlo, aquel aprendizaje sentimental lo guardo como uno de los más especiales que me han ocurrido. Hasta te habría perdonado por todo lo que pasó después… Me habría gustado contarte lo lejos que estoy de allí, lo mucho que me he acordado de ti, y las veces que he pensado que me gustaría saber qué es de ti, dónde estás, hacia dónde caminas… Pero no, no eras tú el de la piscina. El arca que encierra ese vacío que dejaste ha vuelto a sepultarse ahí, donde lleva años y años. Podría desaparecer, ya no la necesito. Sin embargo, hoy, mientras daba con todas mis fuerzas las últimas brazadas de mi hora de nado, he pensado que me gusta saber que sigue ahí, aunque no me haga falta ya para nada.

9 de febrero de 2010

Donde pongo la vida pongo el fuego


Donde pongo la vida pongo el fuego
de mi pasión volcada y sin salida.
Donde tengo el amor, toco la herida.
Donde dejo la fe, me pongo en juego.

Pongo en juego mi vida, y pierdo, y luego
vuelvo a empezar, sin vida, otra partida.
Perdida la de ayer, la de hoy perdida,
no me doy por vencido, y sigo, y juego

lo que me queda: un resto de esperanza.
Al siempre va. Mantengo mi postura.
Si sale nunca, la esperanza es muerte.

Si sale amor, la primavera avanza.
Pero nunca o amor, mi fe segura:
jamás o llanto, pero mi fe fuerte.

Ángel González.



Y en la frontera de nunca o amor, el fuego se divide y se multiplica, y se repite desde el fuego en el que pongo la vida, desde la fe segura con la que me arrojo al nunca, desde la postura de la esperanza con la que toco la herida, cada partida, cada perdida, perdida la de ayer, la de hoy perdida. Y no me doy por vencido, y sigo, y juego.

26 de enero de 2010

Zimerman, el cerebro de la pasión.



Es uno de los mejores intérpretes de piano del mundo en este momento. Eso ya lo sabíamos. Estuvo en Madrid hace menos de dos años y ya así lo demostró. Ayer regresó, para interpretar a su más internacional compatriota en una de las tardes más intensas que recuerdo en el ciclo de Grandes Intérpretes del Auditorio Nacional. Y es que cuando Krystian Zimerman interpreta Chopin se convierte en un gigantesco músico, en uno de los mejores traductores del polaco que ha dado la historia, seguramente.

La música de Chopin siempre ha encontrado vías muy divergentes de interpretación, y casi siempre bastante polarizadas entre el sentimentalismo que desdibuja la estructura musical y la desafectación al borde de la frialdad. Pero creo que Zimerman tiene una poderosa capacidad para tocar de un modo escrupulosamente cerebral sin perder musicalidad, ritmo ni capacidad de emocionar. Su equilibrio es casi milagroso, y lo hace desde su técnica perfecta y segura, de las más impecables que he visto nunca, sin una mínima nota en falso o en duda. Zimmerman tiene la esencia de Chopin en la cabeza con una nitidez que asombra, y es capaz de interpretar con el corazón, pero desde una contención y una inteligencia tan sutil que sólo deja lugar al asombro.

Empezó el concierto con el nocturno op15, nº2 , para entrar en calor, interpretado correctamente, pero sin ninguna concesión al romanticismo que para muchos parecen exigir estas piezas que, sin embargo, tienen mucho más que explorar bajo otras ópticas. Después, con la sonata nº2 comenzó el verdadero despliegue de talento. La mirada de Zimerman es exacta y limpia, y desgrana la partitura con minuciosidad, sin estridencias ni efectismos inútiles. Tan sólo rigor y convicción, exactitud y controlada pasión. La celebérrima marcha fúnebre quizá resultó algo lenta, pero sin perder ni ritmo ni musicalidad, con un sutilísimo refuerzo de lo marcial que la hizo inolvidable. El final, acelerado y rotundo, dejó boquiabierto a un auditorio que escuchaba, segundos después, una de las más originales versiones del segundo scherzo que he podido escuchar nunca. A pesar de su inusual elección de tiempos e intensidades, me resultó canónica, casi perfecta.

En la segunda parte, la (menos programada) sonata nº3 nos volvía a embriagar. Su lectura fue soberbia, iluminando con precisión y sensibilidad todo el edificio sonoro de esta partitura, llegando a todos sus rincones, explorando implacable cuantos pasajes cruzan esta catedral de sonido. Fue un momento grande para cualquier melómano que se tercie. El final, apasionado pero sin efectos, provocó una de las más grande ovaciones que recuerdo en este escenario. Para terminar, una hermosa traducción de la célebre Barcarola que nos dejaba una inmejorable sensación para terminar esta velada, que el pianista cerró regalándonos uno de los más conocidos valses del músico. De nuevo un Auditorio entregado que sabía que asistía a un concierto para recordar toda la vida, precisamente en el año Chopin, ¿qué mejor homenaje?

19 de enero de 2010

La dolce fiamma



Sin duda uno de los mejores recitales del 2009. El nuevo trabajo del contratenor francés Philippe Jaroussky, acompañado del conjunto Le Cercle de l’Harmonie de Jérémie Rhorer, es un disco indispensable para todo aquel que guste de la ópera con mayúsculas, especialmente recomendado para los amantes del siglo XVIII musical.

Como siempre, Jaroussky es un cantante que levanta pasiones y rechazos con la misma vehemencia. En mi opinión, éstos últimos parten casi siempre de aquellos a los que no termina de convencer la voz de contratenor. En su registro, sin embargo, Jaroussky es un cantante de impecable técnica, y que nunca defrauda en su capacidad dramática y expresiva. Siente la música, y eso se ve cuando le escuchamos cantar en directo (por cierto, que tendremos ocasión de hacerlo próximamente en Madrid, pues participa en el reparto de la próxima producción de L’incoronazione di Poppea de Monteverdi que traerá al Teatro Real de Madrid William Christie y Les Arts Florissants, cerrando el ciclo de óperas del compositor italiano que vienen representando en estos años en el escenario madrileño).

Pero en el caso de esta última grabación, hay más razones de peso para hacerse con el CD, ya que el programa está dedicado a recuperar parte del impresionante legado operístico de uno de los músicos más brillantes del siglo XVIII, Johann Christian Bach, hijo menor de Johann Sebastian, aunque siempre eclipsado por él y por sus hermanos mayores. Sin embargo, estamos ante uno de los compositores más apasionantes de todo el siglo de las luces, a camino entre el barroco y el clasicismo, y con una inspiración musical extraordinaria. El recorrido que Jaroussky hace, casi cronológico, por algunas de las mejores arias de sus óperas, se convierte en un viaje apasionante en el que somos conscientes del rico universo musical de Johann Christian Bach, de su sensibilidad extrema para la orquestación, de su depuración, equilibrio y esmerada inspiración melódica. Bach siguió un poco de manera casual la misma historia que Handel, formándose en Alemania pero con un viaje y estancia en Italia que le marca para siempre y le introduce en el mundo de la “dramma per musica” del que ya no escaparía jamás. Como el músico de Halle, Bach también terminó emigrando a Londres y haciéndose célebre en sus teatros con sus óperas italianas. Las arias que encontramos en el compacto, expresivas y brillantes, escritas para castrato, nos sitúan en un mágico momento de transición entre la coloratura barroca y la elegancia y sofisticación del clasicismo. Son, en definitiva, como un caramelo en la boca que no se cansa uno de saborearlo una y otra vez. El pobre Bach terminó sus días en una oscura decadencia provocada por la pérdida de interés del público por el “dramma per musica” (que él no abandonó jamás). Desapareció por tanto antes de haberse podido adaptar a la nueva corriente clasicista que se imponía. Por eso cayó en un olvido desmerecido del que es necesario sacarle. En su día, no obstante, fue conocidísimo y admirado en toda Europa. El propio Mozart lo consideraba uno de los más grandes, y de alguna forma se vio influenciado por él, lo cual nos resulta evidente cuando escuchamos este compacto.
En definitiva, un disco obligatorio y necesario, interpretado además con gran talento y entrega.


La Dolce Fiamma.

Cara, la dolce fiamma
dell’alma mia tu sei;

e negli affetti miei

constante ognor sarò


Serena il tuo bel core;

il lungo suo rigore

il fato già cangiò.




Hay músicas para quedarse a vivir en ellas, para no querer salir nunca, como un refugio a salvo de todo lo que no queremos. En una de las sorpresas discográficas del año que acaba de terminar llega este nuevo refugio, que lo está siendo en las últimas semanas. Refugio y paraíso de lo que pasa sin que nadie lo perciba, sin que el resto del mundo entre a ver qué sucede, girando y girando como siempre, y yo también girando, y haciendo como si fuera yo en el mundo, como siempre, caminando, sonriendo, hablando como si detrás de los párpados todo fuese como desde fuera se percibe. Y yo, sin embargo, dentro, en el torrente de neuronas y de sangre que me conforma, no hago más que nadar en estas notas, para salvarme de la mediocridad, para salvarme del gris y de la inmundicia, sólo borradas brevemente cuando, de repente, detrás de tu retina, veo la luz.

6 de enero de 2010

Un segundo más

La pasión no se explica ni se entiende. Se contagia al espiarla, cruda, en noches como ésta. Su fiebre perturba cuando la piel se queda a un centímetro, o se espera, tan sólo un segundo más, abrazando un dedo con la yema del tuyo; vaciando de paso mis pulmones a pesar de ser viejos amigos de noches interminables.
La pasión se vive en la hoja que cae del aire, en la blancura de una mano sobre la página, en la incrédula fuerza que me desabrocha junto a la nuca, en el olor que llega a la puerta, que nos hace alienígenas recién nacidos a un planeta por estrenar, a una noche por evitar, a las fauces salvajes de la curiosidad, a un hilo que se teje sobre el estómago, que cose cicatrices extrañas en la memoria, que continúa aún dormido, entre un aliento y otro, esperando que alguno tire de una vez, para abrir el telón de los lejanos sueños.

31 de diciembre de 2009

Haydn y el camino a la luz en el final de 2009

Se trata de una variante que da curso musical a una de las ideas musicales haydnianas más recurrentes: el ascenso hacia la luz, o la recuperación de ésta en la victoria sobre las fuerzas de las tinieblas. Casi todo Haydn gravita en torno a la expectativa de un ascenso hacia la luz. Charles Rosen señala que uno de los grandes gestos musicales de Haydn consiste en una ascensión de notas muy breves escalonadas que llegan a alcanzar una atalaya tonal, expresión simbólica de ese impulso ascensional hacia la luz. Los introitos lentos de las grandes sinfonías últimas también presagian y presienten la oscuridad y tiniebla que se logrará esquivar y vencer. (…) En la sinfonía el reloj, el preludio es pura indeterminación tonal y temática; apenas se puede reconocer la melodía; no hay tema. Parece una página postwagneriana.

Eugenio Trías, El canto de las sirenas, ed. Galaxia Gutemberg.



En este año en el que se conmemoran los 200 años de la muerte del compositor austríaco, no quería dejar pasar la ocasión de usarlo para terminar el año. Un año que, entre otras muchas cosas, me ha servido para conocer a este grandísimo compositor mucho más. Nadie niega que sea uno de los grandes, pero también es cierto que casi nadie lo cita entre sus favoritos, ahogado por el efecto mucho más intenso y sentimental de su gran amigo Mozart o de los primeros románticos, como Beethoven o Schubert. Y sin embargo, todo el universo musical que usó el salzburgués, y la posterior ruptura que se produjo con el romanticismo musical, no tendrían sentido sin el orden y la forma que impuso Haydn. No sólo hablamos de que inventara la sinfonía o las sonatas, como formas de expresión musical que siguieron estando en el centro de la creación musical, sino que inventó una forma de escribir, una forma de hacer dialogar los instrumentos, tanto en la música de cámara como en las sinfonías, que a pesar de todo lo que se ha transformado la composición musical, sigue existiendo como un abecedario imprescindible en el mundo de la música.

Pero en el terreno de la intensidad, Haydn también ha sido objeto de una grandísima desconsideración, pues su inspiración afinada, su humor, y su vivacidad han de ser revisadas detenidamente para descubrir que su música es capaz de provocar una gran cantidad de emoción. Quizá siempre dentro de una fórmula, pero su inspiración es inagotable en su capacidad expresiva y en su fuerza. Así lo creo yo, y pienso que, este leif motiv del ascenso a la luz, si bien de raíz religiosa, es un grandísimo antídoto contra la frustración y el lado más oscuro de la vida. Su humor y su luminosidad pueden casi con todo. Por eso, he querido usarlo para despedir este año, como símbolo del viaje hacia la luz que debe ser, periódicamente, nuestra vida.


Ha sido un año extraño y de cambios para mí, el 2009. De personas nuevas, de emociones nuevas, de universos enteros que ahora también están dentro de mí. De frustraciones y de malos recuerdos, de olvidos y de celebraciones. Pero si algo siento con fuerza es que ha sido enormemente compartido, que he sentido una inmensa cercanía de quienes siempre han estado cerca y de aquellos a los que me he acercado.


En mi viaje anual, ha sido especialmente emotivo rescatar a alguien de un pasado en el que no pudimos encontrarnos para, más sabios, más comprensivos, más capaces de todo, emprender el duro camino de la catarsis y de la creación de una amistad nueva y llena de sinceridad como nunca, que ha sido quizá lo más importante que me ha ocurrido y que me ha enseñado muchísimo a saber, un poquito más, quién soy.


Quizá que con un año nuevo (qué más da la fecha) nos veamos sumidos de nuevo en una tiniebla de tiempo y de personas y situaciones que nos obligarán a vivir de nuevo en el día a día espeso y a veces gris que forma el tejido de la vida. Pero lo importante es que uno tenga la sensación de que se van cumpliendo los ciclos, que va pasando el tiempo y que uno va creciendo y transformándose. De momento, este año que acaba tiene un ascenso importante hacia una luz que es lo que hay que celebrar ahora. Con la del finale lleno de fuerza y luminosidad de esa misma sinfonía 101, llamada del reloj, lejos ya de ese titubeante inicio que he puesto antes, os dejo y os deseo un año de nuevos ascensos hacia la luz para todos.

26 de diciembre de 2009

El enigma.

Hace unos días, atravesando las montañas de Córdoba en el tren, camino de casa, quedé sobrecogido por el agua que bajaba torrencialmente por todas las laderas. La cantidad excesiva de lluvia caída en los últimos días no había dejado que la tierra la pudiese asimilar, y torrentes tumultuosos bajaban amenazadores por cualquier pliegue del terreno. Era como si el agua brotase de la misma montaña y, enfurecido, iniciase una carrera en la que la velocidad y la potencia no hiciesen más que aumentar, sin saber hasta dónde. Se me quedó grabada la imagen, algo inquietante, en la retina. Como tantas otras cosas que se quedan prendidas, quién sabe por qué, en la memoria sensorial. Al igual que aquella música que surgió una noche de invierno, fulminante, hace demasiados años ya. Fue una mirada en aquella ocasión, ya no es importante por qué fue ni a causa de quién. Lo importante era la música. Aquellas notas hipnóticas que aún no he sabido descifrar, pero que sé que llegan al final de mí mismo, al centro de mí, a todo lo que soy aún sin saber, a todo lo que temo, a todo lo que deseo y, sin embargo, escondo. Aquella música vuelve de vez en cuando, acompañada de alguien o, simplemente, en un momento de soledad. Sigo sin entenderla, a pesar de sentirla casi mía, a pesar de no poder evitar escucharla una y otra vez, como un mantra, cada vez que cae sobre mí. Como lo harán los torrentes embarrados y salvajes, como lo hará aquel olor o aquella mañana de luz. Sólo que, con estas notas, sólo con ellas, sé que llego al inicio de todo, al núcleo, al nudo mismo del enigma que soy yo, y que temo atravesar, de una vez por todas.

10 de diciembre de 2009

Georg Friedrich Handel



Enfrentarse como melómano a hablar de Georg F. Handel no es fácil, sobre todo porque es un músico extraordinariamente popular, y por ello casi todo el mundo que conoce algo de música clásica tiene una idea preconcebida de quién es y qué tipo de música componía.

En mi caso, sin embargo, después de muchos años dedicado a escuchar música clásica, no ha sido hasta recientemente que el efecto mágico de sus composiciones ha llegado hasta mí de una manera intensa, y casi adictiva.

Desde hace un par de décadas vivimos un proceso de recuperación de todo su legado operístico y de oratorios escenificados, beneficiado por el creciente interés en el rescate y reinterpretación de de la música barroca que vivimos y al que han contribuido nombres tan destacados como René Jacobs, William Christie, Alan Curtis, o Mark Minkowski entre otros. Y es que, a pesar de que Handel ha seguido siendo bien conocido como músico desde su muerte, sólo algunas de sus obras se habían seguido interpretando ininterrumpidamente hasta el siglo XX. En este año 2009 en el que conmemoramos el 250 aniversario de su muerte este proceso de se ha intensificado con multitud de nuevas grabaciones y conciertos.

Me pregunto a veces, ¿qué he descubierto ahora en Handel que no había descubierto antes, para haberme lanzado como un poseso a comprar todas las obras de él que he podido y no perderme un solo concierto de los que se programan? No sabría explicarlo bien, pero creo que la palabra (aunque ambigua) que mejor lo define, es: un rotundo flechazo. Diría que tiene que ver con su capacidad dramática, con la humana espiritualidad de su música o con la belleza de sus melodías, que tienen un sello inconfundible que se te mete en el cuerpo y ya no te abandona.






Handel es, ante todo, uno de los músicos más grandes de le historia de la música. Su grandeza abarca varios géneros, para los que escribió innumerables obras maestras. Sus obras para clave o sus conciertos así lo prueban. Pero hay que reconocer que Handel es, sobre todo, uno de los más grandes compositores de ópera del periodo barroco. Dedicó su vida a ello, y de manera profesional. Tras su formación en Alemania y sus estancias en Italia, Handel se estableció definitivamente en Londres en 1712, llevando consigo las dos tradiciones musicales más importantes de Europa. A inicios del siglo XVIII Londres era ya la metrópoli más importante y activa de Europa, y su avidez de vida lírica la convertía en el destino ideal para alguien ambicioso como Handel. Allí retomó la tradición del teatro musical inglés, que tenía su máximo exponente en Henry Purcell (del que de alguna manera es continuador) para darle un estilo que conjugaba las tendencias musicales europeas del momento con su inconfundible talento personal y una de las inspiraciones más asombrosas de toda la historia de la música. Su primera obra londinense, Rinaldo, recogía material de sus obras anteriores, predominantemente italianas, y en ella, además, Handel quiso epatar al público de Londres con una puesta en escena espectacular y llena de efectos que incluían batallas, tormentas, pájaros cantando en el escenario y un sinfín de sorpresas que hicieron que esta obra lo catapultara a la fama. De esa obra quizá hoy en día sólo se recuerda el famoso “lascia ch’io pianga” (en realidad tomado de su oratorio anterior, “il triunfo del tempo e del disinganno”) pero la obra, a pesar de su flojo libretto (algo, por otro lado, habitual en Handel y que de hecho es uno de sus puntos flacos) tiene muchos otros hallazgos de espectacularidad.








No debemos olvidar que Handel era una persona muy ambiciosa y que al mismo tiempo que compositor, fue también empresario de teatro de sus propias producciones. A él le interesaba sobre todo la fama y la rentabilidad económica de las obras que estrenaba. No olvidó, no obstante, su necesidad compositiva, pues a lo largo de su vida siguió escribiendo muchísimas obras para otro tipo de encargos, e incluso para su propio disfrute.

En el terreno de la lírica, fue en la Royal Academy of Music primero y después en el teatro del Covent Garden donde dio rienda suelta a una capacidad compositiva que se nutrió de la moda londinense de la época en el gusto por la ópera en italiano. De esa época (1720-1738) son algunas de sus obras maestras, como Giulio Cesare, Tamerlano, Alcina, Rodelinda o Ariodante, que reflejan un absoluto dominio del género y en el que los personajes llenos de sentimientos y pasiones despliegan en sus arias una fuerza expresiva y dramática incomparable. Es ahí donde mejor se puede comprobar ese inefable imán de su música.












Con el tiempo, el teatro italiano dejó de estar de moda (e incluso prohibido en algún periodo), algo a lo que también contribuyó la popularidad de los oratorios escenificados en las iglesias, con libretos en inglés, comprensibles sin necesidad de traducción, y argumentos muy dramáticos, al límite de lo religioso, que intentaban recrear las mismas pasiones que enfervorizaban a la gente en los teatros (amor, celos, pasión, ira, odio…). Además, las intrigas políticas, las disputas con los divos, la bancarrota de su compañía teatral y la aparición de otras compañías nuevas hicieron que parte del público que hasta entonces le había aplaudido le volviera la espalda. En esa época, Handel también comenzó a componer oratorios y con gran inspiración. Algunos de sus mejores son de este periodo, como Saul o Israel en Egipto, pero sobre todo, y de manera espectacular, su obra más grandiosa, el oratorio El Mesias (1741), cumbre absoluta del género y de todo su arte compositivo, plagado de algunas de las mejores arias y coros que escribió nunca. Un milagro de una inspiración como pocas en la historia de la música. El maravilloso relato incluido en el libro “Momentos estelares de la humanidad” de Stefan Zweig novela ese proceso de gestación de una forma conmovedora.









A partir de él, Handel se dedicó únicamente al oratorio en inglés, y su música, aunque quizá no evolucionó formalmente, adquirió una pureza, una depuración de estilo, una profundidad y una espiritualidad que son evidentes cuando escuchamos algunas de estas últimas obras, como Semele, Theodora, Hercules o Susanna.







Con ellos Handel llega a su madurez habiendo sido casi el equivalente a una estrella del pop actual. Sus obras habían arrebatado a Londres, cuyos habitantes de seguro tararearon muchísimas de sus melodías por la calle, y su fama se había extendido, aunque de forma irregular, por todo el continente. El poder y la fascinación de su música, de su capacidad para transmitir toda la intensidad dramática de la vida y de sus pasiones, nos llega hasta hoy casi intacta, y toda una hermandad de seguidores de su música continuamos enganchados a él sin remedio.
Os invito a conocerlo para quién no lo conozca y a profundizar en él a quien no lo tenga demasiado explorado. El riesgo es, como ya he dicho, la adicción que crea su música.

16 de noviembre de 2009

Giros de guión.

All I really wanted was one night with him, just one night -one hour, even- if only to determine whether I wanted him for another night after that. What I didn't realize was that wanting to test desire is nothing more than a ruse to get what we want without admiting that we want it.

André Aciman (Call me by your name)




Abandona la senda de arena,
con tus huellas tú,
en la arena nada,
salvo las agujas de los pinos.

La rama se deshace al viento,
no quiere seguir paralela al mar,
con la fuerza de la palma de la mano
sobre la piel de la incógnita.

Se hunde el sueño,
sobre el tiempo,
sobre la puerta erguida,
desdibujada,
sobre el futuro que borra ya,
despacio,
el pasado que nunca hubo.


Aria de Horacio, de la zarzuela “Amor aumenta el valor”, de José de Nebra Blasco



Adiós prenda de mi amor
que tú lograrás vencer
pues mi alma has de temer
Y ella te dará valor.
Tu esposo pretendí ser,
no lo quiso hado traidor con morir,
con fallecer, satisfaré tu rigor.

4 de noviembre de 2009

Detrás de la normalidad.


La ducha fría ha deshecho ya
el ardor consumado,
el sudor huye veloz por el desagüe,
los humores regresan
tras filtrar en el agua su disfraz.

Retorna la mirada perdida
y la normalidad.
La sonrisa no huye,
se incrusta rebelde sobre las cejas
No la doblega ni el hidratante
aplicado con ahínco.

El temblor se ha agarrado con fuerza
al guante de la tarde,
en silencio.
Se duerme entre tus dedos,
viaja lento,
sedado entre las horas,
jugando en el olvido,
en la desidia y la memoria,
camuflada la mentira,
la estéril normalidad.

No sabes cuándo,
Pero intuyes que el deseo
se despega en su cloaca
la máscara de sudor
y navega afilando
su quilla subterránea.
En sus colmillos se respira
de nuevo tu nuca mojada,
tu olvido,
tu desidia,
tu memoria,
tu mentira,
tu jodida normalidad.

2 de noviembre de 2009

El arte de la fuga.


Aquella era una herida que atravesó el frío
hundiéndose en la piel,
disolviendo su cicatriz en la sangre,
retando insolentemente a su causa,
contagiando el futuro como una maldición atávica.

Su pecado fue averiguar
que el miedo lo habían inventado otros.
Su condena,
descubrir que tenían razón. Su existencia lo probaba
cada vez que el viento del norte soplaba
y sus gargantas se llenaban.

Sin miedo, ya no supo qué hacer,
y su vivir se perdió entre pasos frágiles,
mirando de soslayo las serpientes.
Encarcelado pues,
en su propio paraíso.

27 de octubre de 2009

El volcán del barroco español


Ha sido uno de los discos revelación de este año. Llegó a mis manos en una mezcla de curiosidad y magnetismo por su portada y su título. Pero sobre todo ha sido el disco que me ha llevado a iniciar el descubrimiento del patrimonio musical español del siglo XVIII del que no tenía ninguna referencia antes.

Si en los últimos decenios se ha invertido mucho esfuerzo investigador y fonográfico en descubrir y difundir la música española de los siglos de oro con un éxito innegable (esta música es reconocida y escuchada hoy en día en casi cualquier auditorio del mundo), la recuperación de nuestro patrimonio musical se ha detenido ahí, con dos siglos de producción musical abultada (XVIII y XIX) pero prácticamente inédita hoy en día. Hay muchas causas para argumentar este abandono, sobre todo la dificultad de recuperación de unas partituras que en el siglo XVIII pasaron a copiarse de manera manual y a archivarse con mucho menos cuidado que en el pasado, pero también el prejuicio musical de que la música barroca y de transición al periodo clásico en este país era una copia de lo que se hacía en Italia y tenía tan pocas características de identidad que era poco interesante recuperarla.

La tradición musical española en el XVIII es de una naturaleza napolitana evidente; las relaciones políticas, comerciales y sociales con Nápoles, uno de los focos de creación musical más intensos y personales del continente en aquel momento, lo hacían casi inevitable. Pero hubo mucha más influencia mutua de la que podríamos pensar inicialmente. Centrándonos en la música que se hizo aquí en ese periodo, un análisis más detallado nos permite descubrir muchos rasgos característicos, además de una calidad sorprendente. Pasando por alto el capítulo de la música instrumental, del que verdaderamente sólo han sobrevivido ejemplos testimoniales, tenemos todo un corpus de música religiosa, popular y escénica aún por descubrir, y que gracias a la labor de grupos como Al Ayre Español o esta Orquesta Barroca de Sevilla, están poco a poco comenzando a ser divulgados.

En mi caso, como ya he dicho, este disco ha sido la puerta de entrada a todo un mundo de grabaciones de zarzuela barroca, cantadas, jácaras y tonadillas que me ha proporcionado un año de muchísimo placer musical, así como un sentimiento de enorme cercanía con esta música que está vinculada en muchos aspectos a nuestra sensibilidad cultural. Autores como José de Nebra, Antonio de Líteres o Juan Francés de Iribarren deberían estar en un lugar más importante de nuestra cultura musical, porque son de una calidad excepcional, igualable a otras grandes figuras del barroco europeo. Esperemos que poco a poco vaya sucediendo, no sólo por merecimiento, sino porque eso permitirá que muchas obras que están guardando polvo en los archivos, puedan ver la luz en discos y en conciertos.
Mi intención es poder ir hablando poco a poco aquí de todos estos discos a medida que los voy descubriendo. Tengo ya varios en la lista, pero quería que este fuese el primero de la serie, porque es un trabajo de investigación y de interpretación excepcional y porque es el disco que me ha llevado al barroco español, hasta ahora desconocido para mí.



Arde el Furor intrépido no es otra cosa que el nombre de una de las cantadas religiosas que se incluyen en este disco, que recoge trabajos escritos por Juan Francés de Iribarren (1699-1767) y Jayme Torrens (1741-1803), dos de los maestros de capilla de la Catedral de Málaga, que se sucedieron en el cargo a lo largo del siglo XVIII.
Es el primer número del disco, y llama la atención por su tono festivo y luminoso. Con una escritura muy inspirada en lo musical, muy italianizante, pero sobre todo con una esmerada coloratura en la parte vocal, inteligentemente adaptada a un texto de palabras subyugantes. No hay que olvidar que una de las características de este dieciocho musical español es la gran calidad literaria de los textos teatrales y religiosos, lo cual nos diferencia del resto de barroco europeo que tuvo que consolarse con libretistas mucho más mediocres.
A pesar de tener tema religioso, las letras de estas cantadas son ciertamente poéticas, y hasta ardientes:

Arde el furor intrépido
Del enemigo osado,
Furioso y obstinado,
Al ver que Dios benéfico
Su Cuerpo al hombre da.

* * *

Nebado albergue
De un amor bizarro
En cuio Centro fino
Compitiendo lo humano y lo Divino
Con toda la deydad,
Dio allí en el barro
Mas con tal gusto que su amante excelso,
Se vino a tierra de su propio peso,
Recíbele mortal no seas alebe
Ve que su fuego prenderá en la nieve
Ya que tu ingrato pecho
No atendiendo al favor y a tu probecho,
Consiente que su abrigo,
De tu indocilidad sea testigo,
Pues tan humilde espacio
Le has dispuesto a su ser, para Palazio

* * *

Soberano señor
De tierra y Cielo
Que en esse blanco velo
Ocultas amoroso
El volcán de tus rayos luminoso,
Y que en abrasada hoguera
Te ciñe de un biril
La breve esfera
Oy tan amante fiel
Por mi te veo
Que excede tu fineza
A mi desseo
Pues en suave calma
Te entregas a mi pecho
En cuerpo y alma



Palabras que evocan imágenes seductoras y magnéticas, que estos músicos que trabajaron en Málaga se encargan de ilustrar musicalmente con mucha inteligencia e inspiración. Este tono alegre y hasta triunfal de la cantada de Iribarren da paso a otros ejemplos de él y de su heredero y malagueño Jayme Torrens, en las que tenemos ocasión de oír desde reelaboraciones de conciertos de Corelli que sirven de interludio musical, hasta arias que nos evocan un barroco más evolucionado o incluso el primer clasicismo vienés.



Me da muchísima envidia la experiencia que ha debido suponer para estos músicos investigar en el archivo de la catedral de Málaga y descubrir estos tesoros musicales (experiencia en parte descrita en las notas del disco) y más aún imaginar la emoción de sospechar qué inmenso legado albergan los archivos municipales y religiosos de todo el país, cuánta música estupenda ha quedado en el olvido.



Este proyecto de descubrimiento del patrimonio musical de la Catedral de Málaga en el siglo XVIII se inició con un disco publicado hace un año en el Sello del Centro de Documentación de música de la Junta de Andalucía. Entonces el nombre escogido fue el sugerente “Serpiente venenosa” tomado del título de una cantata de Jayme Torrens. Hablaré en otra entrada de él.
Para “Arde el Furor Intrépido” la orquesta ha creado un sello propio. Se nota, además, que los músicos de la orquesta se han tomado este proyecto con cariño. Un cariño que se plasma en un sonido barroco vibrante y lleno de vitalidad, de la mano de su director, el italiano Diego Fasolis. En la parte vocal, la agrupación cuenta con la deslumbrante colaboración de la soprano extremeña María Espada, una soprano que en este trabajo está en un absoluto estado de gracia, toda una especialista que interpreta estas obras con una coloratura de vértigo (a veces vértigo real el que nos produce su voz, especialmente en sus osadas ornamentaciones de las arias da capo). En resumen, una verdadera fiesta para el oído. Música de calidad estupendamente interpretada que emociona e impacta. Y todo un descubrimiento para los amantes de la música del XVIII, porque se trata de música absolutamente nueva para el oyente actual. Esperemos que su ejemplo se repita y no sólo ellos, si no que más grupos se animen a rescatar todas estas obras injustamente olvidadas. Intentaré desde aquí subir más ejemplos, para contribuir a su difusión.