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14 de mayo de 2011

El giro de llave.

Todo empezó en el momento en el que introdujo la llave en la cerradura para abrir la puerta de casa. Un acto tan cotidiano que a fuerza de hacerlo una y otra vez le salía solo, sin pensar. Sacar la llave del bolsillo interior de la mochila, donde siempre la guardaba, comprobar que estuviese en la posición correcta, encajarla, y dar un par de vueltas. Así lo había hecho. Sin embargo, algo extraño le había invadido al hacerlo. Era una sensación como de quien interpreta un papel, como de quien prepara un pastel siguiendo al pie de la letra las instrucciones de una receta, sin desviarse en un gramo de harina ni en unos minutos de más de horneado. En ese momento no le dio la menor importancia, pero la sensación continuó el resto del día, en cada cosa que debía hacer, en cada cosa que se propuso hacer. Era una sensación incómoda, inhóspita, pegajosa, como de extrañeza. Nada era igual que previamente. Lo que más le inquietaba era comprender lo que le estaba pasando de una manera casi racional. No se trataba de un dolor de cabeza que le impidiera su normal actividad, o de una herida en la mano que le obligase a hacer todo con mucho más cuidado. Se trataba de la consciencia de no ser él mismo al hacer todas y cada una de las cosas que hacía, como si su cuerpo y su mente no fueran suyos, y simplemente estuviesen siendo utilizados por él. Sin embargo, había una inercia poderosa que le dictaba qué debía hacer, qué debía pensar, cómo debía reaccionar, qué tenía que improvisar y qué decidir. Él, simplemente, acataba. Ordenar la casa, hacer la compra, llamar a Laura para preguntarle por su gripe, aguantar la conversación incómoda del vecino del tercero, evitar pasar por la calle Mayor al caminar hacia el centro, quedar con Inés sin que nadie les viera, tarde, como siempre, entrando por la puerta de atrás.
Todo lo hizo con el peso incómodo de quien se siente obligado, a pesar de hacer lo que desea. Su incomodidad iba creciendo hora a hora, a medida que se iba recreando en ella más y más, a medida que la palpaba y la intentaba observar desde fuera, como si no fuera suya. Él mismo creía estar fuera de sí, como apropiado de un cuerpo y de unos sentimientos que no le pertenecían del todo. Llegó incluso a rozar ese límite en el que lo extraño, lo incómodo, empiezan a ser casi deseables, como una vía hacia lo desconocido, a dejarse llevar sin tener miedo.
Al llegar a la puerta de su casa de nuevo recordó ese mismo instante de la tarde en el que había comenzado todo. Giró la llave en su mano, que brilló a la luz escasa del pasillo, como queriendo provocar un hechizo, y la introdujo en la cerradura. Fue entonces cuando descubrió aquel extraño sentado en su sofá, con los ojos clavados en él. A su lado, Laura tenía la mirada como perdida en el infinito, no se había percatado de su presencia.
- Dijiste que no ibas a volver hoy, Tony, ¡qué susto me has dado!
Entonces comprendió todo. Se sentó despacio, en el sofá, junto a ellos, y dijo.
- ¿es que no ponen algo más interesante en otro canal?
Aquella frase, ya le iba sonando más auténtica.

26 de marzo de 2011

Las primaveras del sur




Al levantar la vista observó un naranjo en flor. Se sorprendió, ya que no era aquella ciudad de naranjos, y a pesar de transitar por aquel pequeño jardín con frecuencia, resultaba que nunca había reparado en que casi pegado a la verja por la que él solía pasar, había plantado un naranjo alto, de copa regular. Ya avanzado el mes de abril, sus hojas oscuras y perfectas aparecían invadidas de multitud de capullos que comenzaban a abrir.

¿Habría sido el blanco insultante del azahar sobre el verde negruzco de las hojas el que había llamado su atención? Daba igual. Lo importante era que aquel detalle había traído a su memoria la adolescencia, en aquellas calles del sur llenas de naranjos bajos, alineados y perfectos, que reventaban de flores, cada año antes, con los primeros calores de marzo. Y aquel olor agudo que invadía el centro de la ciudad, como una invitación al hedonismo.

Casi había olvidado aquellas primaveras del sur, insultantes y repentinas en el final del invierno. Aceleradas, rabiosas, impredecibles y salvajes. Cada lugar tiene su momento, y el momento del sur era aquel inicio de la primavera, porque era intenso, muy intenso. En el norte las primaveras eran más graduales, más erráticas, y sobre todo más tardías.

De repente se dio cuenta de que había olvidado prácticamente aquellas sensaciones. Había olvidado ya cómo era aquel aire firme, tibio y soleado. O aquellos sábados en la playa, en pleno mes de marzo, renovando la sensación de los pies desnudos y la espuma helada sobre ellos. Había olvidado aquella prisa incontrolable, aquel ansia indefinible que se agarraba a la sangre, aquel tono de fiesta desbocada, de olor a nuevo con el que se vivía en aquellas semanas hasta que llegaban los calores inhumanos en mayo. Sí, todo aquello había volado de un soplo de su memoria. Él, de las primaveras, sólo recordaba aquel ardor que entró en su cuerpo cuando se detuvieron sus ojos en él un instante. Aquel ardor, y las siestas con la ventana abierta, y él hundido en la almohada, traspasando al otro lado. Para él las primaveras del sur eran sólo largas tardes de domingo apostado en la ventana, a escondidas, mirando la puerta de la estación, por si lo veía llegar de su pueblo. Y el deseo de que llegara el lunes, tiritando en la noche de abril. Nada más recordaba cuando pensaba en las primaveras del sur, sólo el palpitar de sus arterias al sentarse junto a él en clase, o aquella única vez que le tocó la mano, como distraído.

26 de abril de 2010

Sunshine



Lo primero que observa al salir es aquella chimenea de metal que gira al viento de la primera tarde de calor. Arriba, tan arriba. Los guiños, al incidir en su acero el sol, como cuchillas en la retina, son veloces, apenas se puede distinguir entre la realidad física que la hace dar vueltas, y el fuego que imagina en su retina, el mismo que aquella vez. Abajo, sobre las aceras, la rutina se desplaza despacio, algún abanico de papel improvisado se agita al aire, y los coches, con la luz poderosa de la tarde, desprenden un brillo irreal, casi mortecino. El primer calor pesa sobre las pieles, aunque la gente lo disfrace con sonrisas desiguales. A él le parece que todo es leve, muy leve. Y se siente hundido en la escena, arrastrado por un torrente de apatía y normalidad, incapaz de apreciar que camina sobre el primer verano. Paso a paso se siente enterrar entre los coches, los abanicos, las mangas recortando la piel de los brazos. Y la chimenea, que por más que ande, sigue allá en lo alto, impasible y ardiente sobre todos, como si se fuera a deshacer a cada instante, arrojando llamas sobre la calle. Saber que las llaman existen, piensa, es a veces una especie de maldición, una jodida maldición. Y al tiempo roza con los dedos la verja del pequeño jardín a lo largo del cual camina, a la misma altura a la que sintió los barrotes fríos sobre su espalda, en enero. No, ya no están fríos, ya no están tan fríos como aquella noche. Y la chimenea no se precipitará. Seguirá allá en lo alto, observándole hasta que se pierda de vista, como un puntito. Hace buena tarde, se dice, y sigue caminando, casi convencido de estar contento, entre tanta normalidad.

12 de abril de 2010

Obsesión y olvido


Después de 10 años no había logrado olvidarla. Le seguía persiguiendo, pese a la disciplina con la que intentaba hacerla desaparecer. En el momento más banal e inesperado, de repente, aparecía de nuevo como si fuera la primera vez, dando vueltas en su cabeza, afilada y curva como una hoz. No le abandonaba en días. Era una melodía tonta, sin sentido, y no soportaba que comenzara a invadir el resto de su producción. Cada vez que intentaba componer algo, se colaba aquí y allá, contagiaba esto o lo otro. Al principio dejó que lo hiciera, lo asumió como algo normal. Después se fue dando cuenta de que aquello lo desestabilizaba, lo volvía casi loco. La necesitaba, resultaba enfermizo cómo la silbaba desde la mañana a la noche cuando le venía a la mente.
Hasta que decidió que se enfrentaría a ella sobre el papel. Se encerró durante dos días y la exprimió hasta que no quedó nada de ella. Cuando terminó, le pareció tan mediocre que la desecho en un cajón del que poco tiempo después hasta llegó a olvidar la existencia. De hecho, tan sólo años más tarde de su muerte la rescató su hijo de allí, por casualidad. Él... Él no volvió a componer una sola nota desde entonces. Y lo extraño es que nunca achacó a aquel episodio su repentina y definitiva falta de inspiración. Vivió desde entonces dedicado otras labores, menos creativas. Nadie le preguntó nunca por aquello, todos lo atribuyeron a la edad. Nadie supo, tampoco, quién le había susurrado la melodía aquella vez. Eso, también, quedó en el olvido.

3 de enero de 2010

Mariposas en la noche


No sé desde cuando deben estar batiendo sus alas esas mariposas. En Singapur, o sobre las montañas del Atlas, pero lo hacen con fuerza, con un sonido sordo que a veces siento en el estómago, espeso y pesado, haciendo nudos con las palabras que nacen del aire que respiro, del mismo que respiras tú, ahora, en este coche que rueda despacio en la noche, que alarga lo que puede su destino para que al salir tú no entre de pronto esa ausencia fría que viajará conmigo de camino a casa y me borrará las luces de las farolas que tan intensas se sienten ahora.

Mi propio relato me da vueltas y vueltas, me llega a la sangre que de repente circula mucho más veloz que las ruedas de este coche, con el agitar de las alas blancas de esas mariposas de Singapur. No, no me salen las palabras, se tropiezan en mi pecho, que se ha quedado estrecho, casi sin espacio, y no encuentran la sintáctica adecuada. Las tuyas salen también rebeldes, incontroladas. Y se hace un silencio de esos de coche en la noche, como si el resto del mundo no existiese ya. Pero sí que existe, y de repente te traga en esa calle que hoy me parece más oscura que nunca. Y me deja con un silencio que trato de romper buscando torpemente una emisora que me acompañe de vuelta. Pero no encuentro ninguna. No acelero, no tengo prisa en llegar, no tengo ya prisa en nada. Como temía, las luces de la ciudad casi no brillan ya. Nada es como hace unos minutos. Las palabras, ahora sí, martillean en mis sienes. De repente, casi como un milagro, encuentro en las ondas esa voz que tanto nos hemos cruzado, rotunda, ordenando de nuevo la ciudad, las palabras, las mariposas que observan allá en la distancia, el año que comienza, y la evidencia de algo que me empuja y me llena cada vez más, a ritmo de bolero, y con la respuesta que me llega casi a los labios.

5 de diciembre de 2009

Adrián

Adrián tenía una forma propia de mirar la realidad y contártela después. Y cuando lo hacía, su pequeño universo, por increíble que pareciera, se convertía en el único en el que podías creer. Cuando intentabas recordar lo que te había contado, nada adquiría sentido, todo parecía absurdo y sin lógica. Los argumentos para desmontar todas aquellas ideas suyas venían a la cabeza como la cosa más normal del mundo. Sin embargo, cuando hablabas con él era imposible que pudieran verse las cosas de otra manera.

Pero aquella mirada suya era, inevitablemente, despiadada y perversa. Adrián era desconfiado, inseguro e infinitamente posesivo con todo aquello que quería, hasta el punto de no distinguir la verdad de la mentira, lo honesto de lo infame. A pesar de ello, su magnetismo era innegable. Las personas que entrábamos en su juego nos veíamos envueltos en una espiral de dependencia que en absoluto era sana. Le ocurrió a Héctor. También a mí. Estar cerca de Adrián nos cegaba de una manera tan intensa que lo demás se desvanecía, por importante que fuese.

Me terminé enfrentando a Héctor por aquella época. De manera pueril acabamos luchando por ocupar la posición más cercana a Adrián. Y fui yo quien perdió. A Héctor, por supuesto, y también a Adrián. Ambos se fueron aislando de los demás, incrustándose lentamente en su mundo imposible. Héctor terminó también saliendo de su vida, alguien me lo dijo después. No quise saber nada más de ellos.

En las noches de insomnio, sin embargo, no podía evitar acordarme de él y de tardes como aquella en la que creí volverme loco cuando me miraba con sus grandes ojos azules. De su energía y su vehemencia, de sus manos haciendo aspavientos en el aire, o posándose de pronto sobre mi muslo. Un escalofrío me recorría el cuerpo al reconocer que nadie había vuelto a hacerme sentir así. Hoy en día Adrián no vive ya en mi recuerdo. He conseguido borrarlo por fin. Eso sí, a base de somníferos. Lo de hoy… Lo de hoy sólo ha sido que se me terminó la caja y me dio pereza bajar a la farmacia.

18 de octubre de 2009

Casualidad desde el aire

Cada vez que volaba buscaba insistentemente un coche solitario recorriendo una carretera. Desde cierta altura de vuelo los vehículos eran como pequeñas moléculas, como puntitos, casi no parecían tener nada que ver con algo humano. Le gustaba seguir al elegido un rato, hasta que se perdía de vista. Seguirlo e imaginar la vida de sus ocupantes; mejor dicho, de su ocupante, pues siempre que lo hacía imaginaba a un hombre solo o a una mujer sola al volante. Le gustaba también reconstruir el paisaje que se vería desde el asiento del conductor: la luz del sol, las montañas, los árboles, e incluso el mismo avión en el que él viajaba, también, como un puntito sobre el cielo.

Imaginaba también que el conductor pensaría lo mismo al ver la aeronave y su pequeña estela. Pensaría que allá dentro, tan diminuto como parecía aquel puntito metálico, llevaría personas en su interior. Cada una con su vida y con sus problemas. Pero que alguna de ellas, por casualidad tal vez, estaría mirando hacia él, atravesando la carretera. Pensarían ambos, quien sabe si al mismo tiempo, en las probabilidades de llegar a conocerse sin proponérselo, sólo porque la vida les llevara a ello. Si tal suceso ocurría, era improbable que ninguno supiera que aquel instante previo había tenido lugar. Es más, era imposible que llegaran a averiguarlo.

Todo aquello le gustaba imaginar a Pedro. Fantaseaba que le había ocurrido con Laura. Con ella, desde el principio, siempre habían funcionado las casualidades. Sin provocarlas, ocurrían, una vez tras otra, de manera natural. Pero nunca le comentó aquel pensamiento que tenía, sin embargo, insistentemente. En el fondo, él nunca había volado en avión.

24 de septiembre de 2009

De ilusiones...



José Manuel nunca había visto el mar, a pesar de tener ya 13 años. Yo, que no recordaba haber tenido que imaginar nunca el mar porque lo conocía casi desde que nací, encontraba cierta ansiedad en recrearme en aquella sensación. Hasta me ponía nervioso ante la posibilidad de presenciar la cara que pondría cuando, de repente, llegásemos a la playa. Quería estar a su lado para no perdérmelo. Le dije que le gustaría, que era muy especial. Él insistía que en la tele y en el cine ya lo había visto muchísimas veces. Y yo, erre que erre, que verlo en persona no tenía nada que ver. Con la misma edad que él, yo contaba ya con una verborrea y una vehemencia considerables. Supongo que le insistí demasiado, impaciente y excesivo como era. Imaginó más de lo que debía. Así que cuando, en aquella excursión de final de la primaria, nos acercamos todos corriendo a aquella playa de barrio en Málaga, mientras la mayoría de los chiquillos se apresuraba a despojarse de la ropa y lanzarse contra las olas, yo no perdía de vista a José Manuel. Pero él, inconsciente de mí, hizo exactamente como los demás. Se quitó los pantalones y la camiseta, dejando al sol aquella piel blanquísima que tenía, e hizo una carrera veloz hasta la orilla, junto a los otros. Nada, ni una expresión en su rostro, ni una mueca de sorpresa. José Manuel se lanzó al agua como si llevase todos los veranos de su vida haciéndolo. Creo que fui el único que se quedó allí, sobre la arena, mirando a los otros chapotear, extrañado de que nadie se diera cuenta de que ver el mar por primera vez no era ninguna cosa trivial.
A la noche, en la cama, le pregunté, cuando la mayoría habían caído ya presa del sueño, qué le había parecido. “¿El qué?” dijo él, como si no entendiera de qué le estaba hablando. “El mar” le susurré yo, “¿qué te ha parecido el mar?”.
“Ah… pues normal, como en las películas”.
No le dije nada más, claro. Ahí empecé a sospechar que quizá era yo demasiado fantasioso… O que a lo mejor, como había leído una vez, las personas somos muy diferentes entre nosotros.

22 de junio de 2009

Bálsamo de espinas.

Era una tranquila mañana de verano cuando el joven Wolfgang se asomó a la ventana de su casa paterna junto al río Salzach en Salzburgo. Sólo entonces se dio cuenta de que la voz de la joven cantora de la taberna de la Hannibalplatz había dejado de escucharse. Pensó que tal vez estuviese enferma, o de peor humor que de costumbre, aunque era difícil imaginar que una chica que tenía una de las sonrisas más bonitas de la ciudad pudiese estar enfadada por algo. Wolfgang llevaba varios días atascado con una nueva ópera seria, de nombre El Serrallo. El argumento le parecía tan simple y aburrido que no le inspiraba nada. A sus veinticuatro añitos el joven Mozart tenía muchas otras cosas en mente, quizá por eso se le estaba atravesando aquel libreto. Conocedor de su talento y posibilidades, aquel músico prometedor se ahogaba en la estrecha y oprimente Salzburgo. Quizá las preocupaciones de su reciente y tan largo como poco prometedor viaje a varias ciudades europeas en busca de un futuro mejor le rondaran aquellos días. La reciente muerte de su padre Leopold, las deudas crecientes o el rechazo de Aloysia Weber, en sus últimos días en Munich le acechaban sin duda. Resignado a aceptar el modesto y castrante puesto en el oscuro arzobispado de Salzburgo, aquellas mañanas grises de julio se vieron aliviadas tan solo por la voz de la joven Elise. No escucharla aquella mañana le produjo una insólita y aguda melancolía. Sobre la mesa, la escena de Zaide, que se enamora de uno de los esclavos del harém mientras éste duerme, y que le entrega su retrato. Él ya sabe que serán descubiertos, llevados en presencia del sultán, y que éste les negará el perdón. Después… después aún no está seguro de cómo continuar. Pero en ese momento, el joven Wolfgang toma la pluma y se deja llevar por el impulso de su extraña amargura, de su parálisis personal, de la falta de la voz de Elise cruzando la plaza, llegando hasta su ventana.
Y de ahí pudo haber salido esta pequeña aria, que en realidad es inmensa. Mozart aún no lo sabía, pero estaba a punto de dar el gran salto de su vida, viajar a Viena, componer para el emperador, tener éxito en la corte, ser admirado por todo el mundo… Un camino que, también, le llevaría a la libertad personal y profesional, y que le conduciría del mismo modo al amor de su vida… Pero no, eso aún no lo sabía. Aquel Serrallo, hoy en día recuperado con el nombre de Zaide (por evitar la confusión con su otra gran ópera de Serrallo, compuesta poco después, nada más desembarcar en Viena) quedó incompleta y olvidada. Y quedó en la sombra del misterio cuál sería el destino de Zaide y su enamorado Gomatz. Sólo nos queda su inicio, en la cual está incluida esta aria, con una de las más hermosas melodías que compuso el Salzburgués, elevándose sobre todo espacio y sobre todo tiempo, sobre toda realidad, imponiéndose por encima de todo bien y de todo mal, llegando al futuro con la misma honestidad con la que fue escrita una mañana de verano, para llegar hasta nosotros, hasta todos los que sinceramente le apreciamos.



Ruhe sanft, mein holdes Leben,
schlafe, bis dein Glück erwacht!
da, mein Bild will ich dir geben,
schau, wie freundlich es dir lacht:
Ihr süßen Träume, wiegt ihn ein,
und lasset seinem Wunsch am Ende
die wollustreichen Gegenstände
zu reifer Wirklichkeit gedeihn.

Descansa tranquilo, dulce amor de mi vida,
Duerme hasta que te vuelvas a despertar en la felicidad.
Aquí te entrego un retrato mío,
Mira qué amorosamente te sonríe.
Oh, deja que esos sueños dulces le acunen,
Y dejen que todas las cosas sensuales que desea
Se hagan finalmente realidad.

9 de junio de 2009

El tiempo de las cerezas.



Era un día de finales de mayo y en el frigorífico de Joaquín quedaban algunas cerezas en un bol verde, tapadas con una de esas finas mallas de plástico protectoras que, tras toda una mañana cerrando el recipiente, recogía ya unas minúsculas gotas de agua en su parte interior.
Cuando salió del metro subiendo lentamente las escaleras que daban a la calle Sagasta, Joaquín aún tenía los labios húmedos y su espalda guardaba algo del frescor metálico de la columna sobre la que Juanjo le había empujado en aquel rincón oscuro del andén.
Un gran termómetro digital sobre la acera marcaba con precisión la temperatura (veintiséis grados y dos décimas) y sus pasos rotundos sobre el granito de los escalones comenzaban a fundirse ya con el bullicio de la calle, con los cientos de pasos de zapatos, tacones y chanclas que pisaban sobre el pavimento.
Fue entonces cuando se detuvo, y miró hacia arriba. El azul oscuro se derramaba abundante y opulento, invadiendo el perfil de los edificios, y el sol rozaba los brazos de los transeúntes. No llegaba a abrasarlos, pero cegaba sus miradas lo suficiente como para embriagarlos. Mayo se desvanecía ya ante la llegada del verano y aquel día parecía haber sido creado para una indescriptible eternidad.
Sacó su lengua puntiaguda y compacta y la deslizó lentamente sobre los labios. Aún conservaba el sabor en la boca, casi idéntico al de las cerezas de su desayuno.
Comenzó a caminar, y fue entonces cuando sintió que la felicidad, tras un instante detenida en su garganta, se quedaba a pasear perezosa por su estómago. Encendió su ipod, y todo el caudal de música de ese barroco sublime andaluz recién descubierto con entusiasmo aquellos días, cayó sobre él, sobre el azul, sobre las ramas y sobre los brazos peinados por el sol. Las gotas de agua sobre las cerezas, sin que él lo supiera, acababan de evaporarse sobre el bol.



1 de junio de 2009

La piel de la manzana

Miguel pelaba las manzanas de un solo corte, dejando que de la hoja del cuchillo se fuese escapando la fina piel en una cinta perfecta que iba cayendo como un inmenso tirabuzón, bajo la palma de su mano. Yo lo intentaba en casa, pero la cinta de piel resultaba irregular y terminaba siempre rompiéndose en algún momento, para mi frustración. Me llegué a obsesionar con aquel ejercicio que Miguel, sin embargo, parecía ejecutar casi con los ojos cerrados, como un héroe. Había otras muchas cosas que Miguel hacía a la perfección. Además, sus opiniones eran sabias y justas. Era capaz de decir la frase precisa para hacer reflexionar sobre algo en lo que aparentemente uno estaba seguro, provocando como nadie una extraña sensación de incomodidad y pudor que se te quedaba en la intimidad pero que te hacía odiarle y envidiarle a partes iguales. Yo consideraba inquietante aquella capacidad suya para hacerte creer que siempre estaba en lo cierto, que siempre tenía razón, ya fuera en un asunto de cultura general, de memoria sobre cualquier cuestión o incluso de relaciones personales. Su juicio siempre te hacía sentir que, de alguna forma o en alguna dimensión, tú eras inferior a él. Y todo ello sin arrogancia alguna, siempre haciendo gala de una modestia y de una generosidad impecables.

Durante muchos años me quedó la secreta costumbre de comparar todo lo que yo pensaba o hacía con lo que haría o diría Miguel. La opinión de Miguel, su visión de las cosas, siguió pesando en mayor o menor medida en mí aún cuando, tiempo después, dejé la ciudad y hasta el país, y había perdido el contacto con muchos de mis amigos, incluido él. Hasta que un día, en una de mis visitas a mis padres lo volví a encontrar casualmente por la calle y se empeñó en invitarme a comer para ponernos al día.

El Miguel de aquel día era mucho menos seguro del que yo recordaba. De aspecto descuidado y con aire cansado, me contó que tras dos divorcios en cinco años, se encontraba solo ahora y que por fin estaba recomponiendo su vida. A pesar de lo escueto que fue en sus explicaciones, me pareció que lo de estar solo no lo llevaba muy bien. Tampoco su trabajo, que le daba para vivir bien, pero le resultaba una carga, aunque que no había tenido la fuerza de buscar otro. Ahora, con la pensión que debía pasar a su segunda mujer, no podía permitirse arriesgarse a cambiar. Lo dijo con un tono amargo que jamás habría imaginado en el pasado. Como si al final todos aquellos consejos, todas aquellas opiniones suyas, por perfectas que pareciesen, no hubiesen logrado evitarle error tras error. Ya no hablaba de la misma manera que antes. Se había vuelto más relativo en todo. Cuando le conté lo bien que me iba en el extranjero, se alegró mucho, pero no comentó nada más.
Miguel no había sido nunca una persona tendente a lamentarse y tampoco lo era ahora, pero su semblante triste se te clavaba en los ojos, incluso cuando, como entonces, volvió a pelar de manera impecable la manzana que tomamos de postre mientras yo destrozaba la mía como siempre. Sí, seguía siendo una proeza aquella piel extraída de manera tan perfecta y matemática. Sólo que ahora creo que ya no me parece algo tan envidiable.

28 de abril de 2009

Schubert y la piscina.

“I wish I had one friend I wasn’t destined to loose.”
She looked at me with a pensive smile.
“You’re speaking volumes, my friend, and tonight we’re doing short poems only.”
She kept looking at me. “I feel for you.” She brought her palm in a sad and lingering caress to my face, as if I had suddenly become her child.
“You’re too young to know what I am saying -but one day soon, I hope we’ll speak again, an then we’ll see if I’m big enough to take back the word I used tonight. Scherzavo, I was only joking.” A kiss to my cheek.

André Aciman, Call me by your name, 2007.

Alex sentía el sol evaporar las últimas gotas de agua de la piscina sobre su espalda. El calor era asfixiante, pero aún incapaz de sofocarle debido a la humedad fresca proporcionada por el chapuzón. Frente a él, Fede permanecía en un delicado estado de modorra, a pleno sol, sin que una gota de sudor apareciese en su frente. ¡Qué resistencia!, pensaba Alex. Las últimas palabras de la conversación previa a sus cuatro largos aún se repetía como en eco en su memoria, casi aún en la piel de sus oídos. Como con otras personas a lo largo de su aún breve vida, Alex acababa de descubrir que de aquellas tardes de verano en la piscina o paseando en el jardín botánico, la amistad con Fede se cristalizaba con una especial fuerza y profundidad. Con una complicidad que surgía imparable, como indestructible, con ese ímpetu de lo que pensamos que nunca se puede desvanecer.

Alex, debido a su timidez, siempre había sido muy lento haciendo amigos, y aún más intimando con ellos. Necesitaba una empatía extraordinaria para lanzarse y confiar en alguien. El fantasma de la pérdida y del dolor le acechaban con frecuencia, como una sombra viva a la que la felicidad siempre despierta. Alex sentía un miedo inexplicable, un miedo confuso que se mezclaba inevitablemente con aquella otra sensación de no tener ese "mejor amigo" del que todo el mundo siempre habla. Alex se sentía como huérfano vital, incapaz, imperfecto, discriminado. En aquel instante, oyendo las palabras de Fede golpear aún en la frontera de su vulnerabilidad, Alex se sentía extraño y feliz. Decidió justo entonces que sacaría de la mochila el libro que le había traído como regalo atrasado de cumpleaños. Mientras Fede seguía inmutable sobre la toalla, tomó su bolígrafo y se dispuso a escribir en la primera hoja en blanco del libro una pequeña dedicatoria.
"Te doy permiso para entrar en mi vida", o algo así debía poner, "pero si algún día has de salir, por favor, hazlo despacio, de puntillas, para no perderte de golpe, para que pueda, al menos, prepararme y conservar algo de ti."

Parecía que el tiempo se hubiese detenido, hasta el barullo continuo de la piscina se había acallado, cuando Fede abrió los ojos y Alex le tendió el libro con una mueca entre tímida y orgullosa. La sonrisa de Fede al leer su pequeño texto, su diminuto guiño, casi imperceptible, animándole a lanzarse prestos al agua, le devolvieron el ruido y la realidad de nuevo. Siguieron hablando de otras cosas, de otras personas, de sus vidas y de las de los otros. Y siguieron así el camino de una amistad de esas que no entiende nadie.

Pero Fede se marchó un día. Sin imaginarlo él, pero se marchó para siempre. De golpe y enojado con Alex, destruyendo aquel castillo que de repente se transformó en arena frágil que se desmoronaba. Y el miedo de Alex lo invadió todo para siempre, asaltado de dolor, ahogado por la incomprensión de ver tanto empeño, tanto sentimiento y vehemencia, tantas palabras y tantos minutos transformarse de camino en vía muerta, como una macabra metáfora de la vida, con el incisivo y hondo dolor de las cuerdas de ese quinteto que tanto le gustaba, pero que también tanto le perturbaba.

Aquella tarde se quedó adherida en su memoria como un refugio del último instante de inocencia y felicidad confiada, como su pequeño Schubert personal y privado.

3 de febrero de 2009

Plancha ignota.

Pilar venía todos los jueves a hacer la limpieza de la casa. Mamá le tenía mucho aprecio y siempre estaba diciendo lo bien que hacía tal o cual cosa. La verdad, yo no sé qué veía en ella, porque a mí me parecía que no hacía mucho. Y, sinceramente, las cosas tampoco es que quedaran demasiado limpias tras su paso. Abusaba de productos que tenían un fuerte olor desinfectante a pino o a limón. Los usaba sin mucho ánimo, una leve pasada de bayeta embebida en uno de estos productos y chas, ya estaba. A pesar de que me quejara a mamá de que cada vez había más manchas de humedad en la ducha, como queriendo hacerla caer en la cuenta del poco empeño que ponía Pilar al limpiarla, ella siempre contestaba que hacía falta impermeabilizarla de nuevo, que a ver cuándo pedía papá presupuesto.
Más evidente era el tema de la ropa. Yo creo que Pilar nunca antes había planchado. Tenía en eso tan poca habilidad como conversación mientras lo hacía. Cuando estaba en casa, me quedaba mirándola fijamente mientras lo hacía, pero para ella era como si yo no existiera. Creo que jamás me dirigió una palabra en los 3 años que debió venir por casa. Cuando manejaba la plancha apenas recorría una vez a toda velocidad cada tramo de la tela y por supuesto nunca se detenía en hacer una segunda pasada. La ropa terminaba mal doblada y con signos de haber sido colocada de cualquier manera. Yo le preguntaba a mamá si pensaba que Pilar lo hacía bien con la plancha. Ella siempre me decía que sí, que todo era mejorable, que ya iría aprendiendo. Que qué marqués me había vuelto con esas cosas, que estábamos en una familia obrera, liberal y nada clasista, que esa no era la educación que me habían dado ellos. Yo me callaba, claro.
Cuando terminaba, mamá siempre la invitaba a un café, pero nunca nos dejaba entrar en la cocina cuando ellas estaban allí. Me llamaba la atención porque parecía que ante aquellos cafés Pilar no paraba de hablar. El murmullo de su parloteo se sentía desde el salón y también sus risas en más de una ocasión. Yo no entendía por qué cuando estaba delante de nosotros nunca nos hablaba y mantenía aquel gesto frío, casi desagradable, para después adoptar aquel aparente humor parlanchín y risueño cuando estaba con mamá en la cocina.

Un día, en lugar de Pilar apareció otra señora. Una señora mayor. Pilar era muy joven y bastante guapa, y tenía unos ojos grandes y oscuros que se te clavaban incluso a pesar de sus maneras distantes. En cambio Maruja, la nueva, era mayor, con muchas canas y unas horribles gafas gruesas de pasta marrón que transformaban sus pupilas en dos pequeñas bolitas. Pero era amable y eficiente. ¡Y planchaba tan bien! La ropa tras pasar por sus manos olía nueva y perfumada. Aún así, mamá no la invitó nunca a café. Cuando le preguntamos por qué he había ido Pilar, ella nos contestó que Papá había discutido con ella, por cosas de mayores. No quiso contarnos más, siempre pensé que aquellas cosas de mayores tendrían que ver con el dinero.

La volví a ver unos años después. Me costó reconocerla tan arreglada pues a casa siempre venía con aquel chándal viejo de color rojo. Ocurrió camino del bar al que solíamos ir al salir del instituto. Ella estaba sentada en un banco de la calle, con una minifalda cortísima y un jersey tan ajustado que le marcaba todas las curvas de su sugerente cadera. Tenía un aire triste, el cabello como despeinado, y estaba profusamente maquillada, con los labios coloreados de un rojo muy poco discreto. Mascaba chicle y permanecía callada, como ausente, mientras un chico junto a ella le hablaba con cierta vehemencia. Ella ni le miraba. Pero a mí sí que me vio. Me dirigió una mirada fulminante, como de odio, para apartarla un segundo después y mirar al suelo. Me sentí mal, como culpado de algo de lo que no estuviera muy seguro de haber hecho. Di media vuelta y me alejé, profundamente turbado. No pude evitar girarme antes de llegar a la esquina y desaparecer. Ella me observaba de nuevo. Fue entonces cuando se volvió y comenzó a besar obscenamente a su acompañante, tomándole la mano y llevándosela bajo la escasa sombra de la minifalda, justo desde donde yo podía verlo. Me quedé un rato mirando con una indescriptible sensación entre amarga y ansiosa, hasta que finalmente decidí marcharme. Nunca más la volví a ver. Quizá no fuera ella. Cuando se lo conté a mamá me dijo que le extrañaba, que Pilar se había ido a vivir a Córdoba de nuevo con sus padres. Me sorprendió que supiera de ella después de haberse marchado de aquella forma.
- ¿Pero cómo lo sabes, te lo ha dicho ella? - le pregunté.
- Sí, he hablado con ella alguna vez desde que se fue - dijo, como sin darle importancia.
Lo recuerdo bien, fue el mismo día que terminó discutiendo con Maruja y la despidió por aquella tontería que rompió sin querer. Ya nunca más tuvimos asistenta. Yo, sin embargo, aquella mirada y, sobre todo, aquella mano, no me las he podido quitar nunca de la imaginación.

23 de enero de 2009

Deriva

Jesús llevaba tantos años diciendo que se iba que ya nadie le hacía caso cuando por su boca se escapaban aquellas amenazas. Pero un día, sin decir nada, desapareció llevándose consigo un libro y su chaqueta como único equipaje. Todas aquellas advertencias no habían sido más que el camino para una decisión que tomo en secreto y que ejecutó discretamente, casi sin hacer ruido. De repente una tarde no volvió, y nada más se pudo saber de él. Mar al principio pensó en una de sus habituales rabietas, casi infantiles, y sospechó que alguno de sus amigos lo habría acogido en casa unos días. Todo calculado para provocar unos de esos efectos dramáticos a los que ella ya tan acostumbrada estaba.
Con el tiempo supo que no. Y supo también que con nadie más, con ninguno de sus amigos ni familiares había compartido ni un ápice de la decisión que finalmente tomó. Nadie lo esperaba y nadie volvió nunca a dar con él. Mar tardó casi un mes en acudir a la policía. Durante ese tiempo tuvo la secreta convicción de que todo había sido un plan tramado por él para asustarla. Después fue comprendiendo que se trataba de algo mucho más sencillo, pero a la vez difícil para ella. Animada por familiares y amigos por fin una mañana de febrero acudió a la policía a denunciar la desaparición de Jesús.

Las investigaciones se prolongaron durante varios meses aunque al final el expediente quedó en vía muerta. En algunas esquinas de las calles de la ciudad aún quedó durante un tiempo la foto olvidada de la campaña de búsqueda en la que durante varias semanas colaboraron vecinos y compañeros. La policía siempre trabajó con la hipótesis de que Jesús no había salido de la ciudad, que simplemente había querido desaparecer y que eso no era ningún delito. Decían que tenían muchos casos parecidos, y las estadísticas de los que habían terminado por resolverse así lo indicaban. En el caso de Jesús, además, tanto los precedentes como todos los datos que de él recabó la policía hacían indicar aún con más probabilidad que Jesús, en el fondo, no se había marchado muy lejos.

Era muy pequeño yo cuando sucedió aquello. Tampoco sé si me lo contaron todo o no. Es lo que sé y no he querido preguntar nunca mucho más. Mamá tiró casi todas las fotos de Jesús. Recuerdo los álbumes con las fotos rasgadas torpemente, como en un acto de ira. En algunas se podía ver una mano o parte del brazo de Jesús, pero de su cara la única foto que recuerdo haber podido ver era la del anuncio policial de búsqueda que, muchos años después, seguía aún colocada en la comisaría del barrio, y que me observaba cuando, periódicamente, debía acudir allí a renovar el carnet o el pasaporte.
Tuve siempre la secreta sospecha de que en realidad Jesús estaba cerca, espiándonos, observando todo lo que hacíamos. A veces creo que incluso podía sentir su presencia cuando caminaba por la calle camino del centro o de vuelta del instituto. Era una sensación extraña y que nunca compartí con nadie, pero muy nítida. A veces pienso que aquella secreta y discontinua sensación de falta de intimidad estuvo en el origen de mi tristeza durante toda mi niñez y adolescencia.

Juanjo (mi "padrastro") y mamá en realidad no se llevaron nunca demasiado bien. Juanjo era buen amigo de Jesús, y con todo aquel jaleo de buscarle se mostró muy atento con mamá... Al final terminaron formando una pareja. Juanjo es una persona afable aunque de poco carácter, y tardó aún unos años en empezar a sentir la actitud depresiva y autodestructiva de Mar. No sé quejó nunca, pero sé que en el fondo, al igual que a mí, lo consumía. Conmigo siempre ha sido muy bueno y me ha querido mucho. Creo que he tenido más feeling con él que con mamá, a la que de niño recuerdo siempre triste y callada, con frecuencia de mal humor y protestando por cosas sin importancia.

Con 18 años decidí marcharme fuera a estudiar. Con un poco de esfuerzo conseguí que mamá y Juanjo me dejaran inscribirme en la Universidad de Barcelona. En poco tiempo conseguí una buena beca y a partir de ahí no tuve siquiera que depender económicamente de ellos. Fue la mejor decisión que he tomado en mi vida, como una liberación de aquel ambiente agobiante de casa dominado por la melancolía de mamá y esa inconfesable sensación de la presencia invisible de Jesús. En Barcelona comencé una nueva vida, desde cero, con nuevos personajes que me ayudaban a ir borrando el pasado. Los años de facultad volvía religiosamente cuando tenía vacaciones, pero cada vez que lo hacía sentía como si una red me atrapase de nuevo en aquel mundo del que yo necesitaba desvincularme. Así fui poco a poco consiguiendo buscar impedimentos y excusas para regresar cada vez menos. Actualmente sólo acudo en Navidades, sobre todo porque sé que a Juanjo la gusta que vaya. Y también porque me da pena que tenga que aguantar él sólo a mamá con lo insoportable que se vuelve esos días. Con ella casi no hablo, ni siquiera cuando voy. Me hace alguna pregunta y yo le respondo con alguna otra, más por cortesía que por interés. Reconozco que pienso poco en ella. Cada vez que lo hago no me siento muy bien. No es fácil asumir algo así. Me siento realizado con el resto de cosas de mi vida: trabajo, amigos, romances... Es como si mi madre fuera el único punto negro de mi vida. Me da mucha pena, pero siento que es algo inevitable.

Desde la semana pasada, sin embargo, algo me inquieta sobremanera. Algo que no me termina de gustar en el nuevo apartamento al que me acabo de mudar. Algo con lo que no había contado. Algo, por otro lado, que no he elegido yo: el portero del inmueble. Me mira de un modo inquietante, como intentando escudriñar lo que pienso, lo que siento. Es una tontería, pero no me gusta cómo me mira. Está siempre ahí en su mostrador, con la mirada perdida en el periódico siempre abierto sobre la mesa, pero no desaprovecha ninguna ocasión para levantar la mirada cada vez que paso y observarme de una manera penetrante, con un gesto que a veces me resulta inquisidor. Otras temeroso, incluso angustiarte. Ahora que había conseguido encontrarme por fin a gusto y había decidido alquilar mi primera casa no compartida, resulta que cada vez que entro o salgo me encuentro con el desconcierto de tener que enfrentarme a este hombre. José María, así se llama. En realidad es el típico portero, de edad indefinida, pero por encima de los 45, y extremadamente educado. Demasiado quizá. Como si estuviera siempre haciendo la pelota. Siempre resulta correcto. No tengo nada que reprocharle. Es sólo su mirada, que me inquieta. Es fija, penetrante, como si me juzgara. Yo no puedo dejar de fijarme en cómo lo hace. Sé que una cosa así no debería afectarme, pero el hecho es que lo está haciendo. Hasta tal punto que creo que está haciendo cambiar mi buen humor poco a poco. No sé por qué, pero todo esto me pensar en mamá y en su carácter imposible. Ayer incluso la llamé por teléfono, algo que no hago más que dos o tres veces al año. Curiosamente, ahora es ella la que parece que está de un humor excelente. Le pregunté por Juanjo, pero no estaba. Es extraño, pensé. Lleva dos días sin contestarme al móvil ni a mis mensajes.

- No lo sé, hijo. Ya aparecerá. ¿Sabes? No se lo he dicho aún a nadie, pero creo que me voy a ir... sí, a ir. A vivir yo sola, que ya es hora.

Me quedado en silencio durante unos segundos, luego me he disculpado con la excusa de que estaban llamando al timbre, que era el portero que me subía una cosa. No sé por qué me ha salido esa excusa tan absurda. Yo tampoco se lo he dicho a nadie, pero también creo que me voy a ir de esta casa. Y con ella, creo que no voy a hablar más.

14 de enero de 2009

Al salir de clase.

Hace muchos años, cuando aún era un niño, Julián se perdió volviendo a casa del colegio. A sus doce años, mamá ya le dejaba ir y volver solo, teniendo en cuenta que el centro escolar se situaba a tan sólo tres manzanas. Julián siempre fue muy obediente y jamás se desvió de la acera que debía seguir. Eran sólo dos calles que cruzar, ambas con semáforo. A él gustaba perseguir los dibujos geométricos del suelo, que entrelazaban sus formas y sus colores de una manera fascinante. No se aburría nunca de mirarlos, y eso le hacía entretenido el viaje hasta casa que, a pesar de breve, él percibía como toda una aventura.

Sin embargo aquella tarde algo ocurrió, y aunque él recuerda haber seguido religiosamente el camino de diseños geométricos y haber cruzado por los dos habituales pasos de peatones como cualquier otro día, la realidad es que al llegar a casa se dio cuenta de que aquella no era su casa. Ni siquiera era su calle. Debió ser la espesa niebla de aquel día la que le llevó a desorientarse. Entonces, Julián se sentó consternado en el bordillo de aquella casa desconocida. Pensó que la manera más sencilla para ser encontrado era quedarse quieto en un mismo lugar y esperar. Así que eso hizo. La niebla se hacía más y más espesa y Julián la recuerda ahora, después de tantos años, fría, muy fría, inmovilizándole, y mezclada con una profunda sensación de confusión por no entender cómo había llegado hasta allí.

Al final fue Aurora, la vecina del tercero que siempre le daba caramelos cuando se cruzaba con ella en el portal, la que lo descubrió, por casualidad, mientras volvía de visitar a su hija. Con ella regresó a casa. Mamá estaba muy preocupada y había comenzado a llamar por teléfono a las casas de algunos compañeros de clase.

- En realidad no estaba tan lejos de casa -le dijo Aurora - sólo que con la niebla se ha equivocado de dirección al salir de la escuela. El pobre se ha quedado quietecito para no perderse más. No le riñas, que ya bastante asustado está.

Julián nunca entendió cómo pudo suceder. Aquella sensación de haber hecho lo correcto, lo mismo de todos los días, y a pesar de todo haberse perdido, sigue llevandola encima desde entonces como un peso invisible. La recuerda curiosamente hoy, sentado en las escaleras de un bloque de pisos desconocido, fumando el ultimo cigarrillo del paquete que aún conserva en el bolsillo.

Hace dos horas que ha nacido su primer hijo y, sin saber aún porqué, no ha sido capaz de acudir al hospital donde su mujer ha dado a luz. Es verdad que las cosas no van bien desde hace meses. Quizá nunca fueron del todo bien, pero ahora eso ya da igual. Es una cuestión de responsabilidad, ¿no?
Julián tiene miedo, lleva mucho tiempo teniéndolo. Desde que lo tiene, su único refugio ha sido pensar que hacía lo que creía que estaba bien, y punto. Pero hoy eso parece que no le sirve.

Le da rabia que Lucía haya dado a luz mientras él estaba en una reunión con el móvil desconectado. Y sin embargo, el hecho de tener una excusa coherente le produce un secreto sentimiento de liberación.
Ahora, la lluvia que cae con fuerza y el atasco de tráfico monumental que vive la ciudad han tomado el relevo de ser excusa perfecta para no haber llegado aún al hospital. Se disponía a ello cuando, repentinamente, un impulso le ha hecho detener el automóvil y bajarse a fumar en esas escaleras desconocidas al amparo de una marquesina de cristal. Ha sido esa misma sensación de confusión de aquel día, unida al frío, la que le ha hecho recordar aquella tarde de su niñez, cuando se perdió al salir de clase. Julián apura la última bocanada de humo y se da cuenta de que hoy no tendrá ninguna Aurora que venga a por él y lo excuse ante mamá.

5 de diciembre de 2008

Un día cualquiera.


6:20. Suena el despertador.

Abrazo, quizá beso.

Su olor por la mañana, mi favorito.

Ducha azul, agua caliente, ojos aún con el sueño que se derrama con el jabón por entre los pliegues de la piel.

Me quedo mirándome al espejo.

Los calcetines se me resisten siempre. La cafetera sólo a veces. Respiro su aroma justo cuando comienza a salir a borbotones. Escucharlo es lo que me decide a pensar que madrugar no es tan horrible.

Se me olvidó decidir qué me iba a poner. Mordisqueo una galleta, me peino, escojo qué voy a meter en mi bolsa.

Salgo de casa, siempre deprisa. Es triste hacer el trayecto solo en coche. Tampoco es ecológico. Es que son sólo quince minutos, me digo. Y cincuenta minutos más de sueño, me aseguro.

Llego a la ciudad gris, subo a mi puesto, me pongo algo de música bonita para empezar el día. Quiere amanecer. Voy sumergiéndome poco a poco en el trabajo, en la agenda, en la lista de tareas pendientes. El sol comienza a iluminar la inmensidad como si fuese una linterna gigante, emborronada sólo por el sarpullido de puntos-para-sol con los que han tratado todos los cristales. Será para que no veamos todas las cosas bonitas que hay ahí afuera.

No cuentan con la imaginación ni con el deseo...

Informes, correos, alguna reunión. Me ha vuelto a mirar desde la esquina. Me inquieta.

Un café y unas risas. Pocas confidencias.

Llamadas telefónicas, tareas monótonas.

Un sms que me dibuja una sonrisa.

Un respiro

La mañana que no se termina nunca.

Pereza y sueños cibernéticos.

Otro sms. Viaje al pasado. Otro universo me captura.

Salgo, pensando en otra cosa.

Camino de vuelta a casa. Jazz en las ondas de la radio, y el sol de la primera tarde que me apunta ese árbol solitario de la cuesta que me recibe cada día mientras amarillea despacio.

Una sopa y una ensalada pequeña en la bandeja, delante del televisor apagado. La soledad jugando a ser amiga o esquina amarga. La siesta me hunde en el sofá.

Me levanto y cojo la escoba. ¿Por qué las pelusas son tan inmensas en Madrid? Pongo Händel. ¡Qué bien se barre con Händel! Su melancolía está tan llena de grandeza que uno completa la tarea creyéndose el rey del mundo. Vuelvo a huir.

Me apresuro a bajar a la piscina. Azul, de nuevo azul. ¡Qué poco cívica es la gente nadando!
El agua me aleja, entre Händel y las palabras sobre la pantalla del teléfono móvil, aún adheridas a mi retina. En el ducha la piel me subyuga. Lo perfecto y lo imperfecto me parecen ajenos, como de otra raza. Yo sigo con Händel, pero no reconozco mi propia piel.

Vuelta a casa, son dos minutos. Libro en mano, vuelvo a mi esquina. Abrazos en cinco minutos, talvez diez. Besos y calor bajo la mejilla helada. Händel vuelve a lanzarnos a otro universo azul donde nadie más penetra.

Las calles de Madrid ya están oscuras y del sol sólo guardan un recuerdo de corazón lejano. Los charcos comienzan a salpicar mi paseo. Mil limpia-parabrisas se mueven al ritmo de Händel. La ciudad me engulle imparable. Veo a alguien, y los secretos surcan el cielo. Vino tinto en una esquina de madera. Los perfumes del vino tienen la elegancia de la noche que afila su frío. La mirada hace temblar al cosmos, porque no estamos solos. Ahora sí, confidencias...

Vuelta a casa, despacio. Mis ideas que precipitan en la cabeza, como una tormenta furiosa.

Hoy estoy callado al llegar. La cena se prepara crepitando sobre el sonido de la tele.

Cena y besos. Después de la cena, sobrecena cibernética. Intento escribir. La tormenta se me escapa, evaporada entre el rapto de las musas y las conversaciones sobre el teclado.

Un párrafo, tal vez dos. Dudo borrarlos. Un mensaje parpadea. Recuerdo noches donde todo parpadeaba. Y corro a dormir. La sábana fría, y él que dormido me abraza y me besa, sin ser consciente. Y de nuevo Händel que me hunde en el sueño, que nos hunde en el sueño. Enlazados primero, separados al final.

Un día cualquiera.
Tan pequeño... tan grande.

23 de noviembre de 2008

El cielo de Madrid



El de Madrid es uno de los cielos más intensos que existen. De un azul profundo y oscuro, casi insultante. Y las mañanas de otoño lo recortan con una fuerza tan inusitada que sorprende hasta para el que, como yo, lleva muchos años viviendo aquí. Tímidamente voluptuoso aunque con firmeza se asoma entre los tejados y terrazas para quien quiera darse cuenta de que más allá del cemento y de asfalto, más allá aún de los arboles que amarillean en el Retiro, existe una Naturaleza infinita que nos envuelve, que nos posee y que nos dibuja a su antojo con el color que define cada día. Así debió sentirlo la pequeña Sara ayer, mientras miraba con insistencia el abundante azul que se derramaba hasta el perfil de los edificios de la Gran Vía. En medio del gentío que avanzaba con lentitud en todas direcciones ella permanecía detenida, de la mano de su madre y en silencio, como queriendo escuchar el sonido de ese cielo por encima del rumor insistente de voces y automóviles. La madre comienza a tirar de ella hacia los grandes almacenes donde pretende hacer una compra. Y Sara nada, que no se mueve. La madre que se enfada, pero Sara no se inmuta.
Finalmente consigue levantar el dedo y señalar hacia arriba. La madre, sin embargo, le propina un ligero manotazo cariñoso en la mano y, sin ni siquiera mirar hacia donde señala la pequeña, tira de ella hacia delante. Sara mira hacia el suelo y sigue a su madre sin rechistar. Se vuelve una vez más para mirar, y es entonces cuando descubre mi mirada espía. Son sólo una par de segundos, pero en ellos ambos volcamos una infinita melancolía. La de los incomprendidos. La de los que tienen a su alrededor un mundo pero son capaces de ver otro. La de la tristeza de tener que vivirlo en secreto. Y es que ella, aunque no lo sabe aún, creo que lo presiente. Ese mundo tendrá que sellarlo para la mayoría. Al final le sonrío y ella también. Hasta me saca la lengua antes de ser tragada por la multitud, tras el brazo de su madre. Sara tampoco lo sabe, pues es probable que de momento sólo le digan que es una niña rara, pero yo sí lo sé, aunque no la conozca. Es y sin sin duda será un ser muy especial.

6 de octubre de 2008

Noches en blanco.



Había noches en las que reconozco que no era aplicado. Me escapaba sin ser visto y echaba a andar calle abajo, hasta que la oscuridad me tragaba. Confiaba en el sueño pesado de Íñigo. A pesar de la libertad que siempre me había dado, en el fondo el estómago se me hacía un nudo al cerrar la puerta y apretar el botón de llamada del ascensor. Y eso que creo que nunca notó nada.

Aquellas noches la sangre me hervía y el frío de la calle no refrescaba mi excitación ni un ápice. Acudía a los bares de entonces. Esos a los que iba antes de conocer a Íñigo. Seguían yendo casi los mismos. También él, aunque nunca le hablé. En eso las cosas no habían cambiado. Al primer sorbo de vodka el estómago se apaciguaba y comenzaba a borrarse esa extraña sensación de no estar haciendo lo correcto. A veces me quedaba hasta pasadas las tres de la mañana y al volver a casa no siempre quería recordar todo lo que había sucedido. El filo del ecuador de la noche solía sorprenderme en lugares insólitos como parques, portales o incluso algún que otro interior. Pero hasta ahí alcanzaba mi indisciplina. Estuviese donde estuviese, retomaba mis pasos y me marchaba a casa. Nunca hubo palabras. No las necesité. No las necesitábamos.
Al volver, con el frío retomando mis manos y mis pies, olía mis dedos con ansia y dejaba que por última vez el caudal de sentimientos encontrados chocase en mi interior. Después entraba sigiloso en casa, me lavaba silenciosamente en el lavabo, entraba en la cama y me acercaba a Íñigo, que respiraba profundamente hundido en su sueño. Era muy especial sentirlo tan tibio entre las sábanas. Como volver a casa después de un largo viaje.

Después de Íñigo vino Felipe, pero con él nunca me he escapado. No sabría muy bien por qué. Felipe es diferente. Y supongo que también porque su sueño es demasiado ligero. Pero también porque es más frágil, más débil, más inseguro, y eso me hace preocuparme más por él. Supongo que es una relación más descompensada. No sé, hasta ahora no lo había pensado. Y es que tampoco echaba de menos el peligro de las noches ausente de casa en secreto.

Hoy, sin embargo, aquella sensación ha vuelto. Esta tarde me ha parecido verle en un vips del centro mientras hojeaba una revista. He salido enseguida, sin ser visto, eso creo. Pero no me detenido hasta llegar a casa y encontrar aquella camiseta rebuscando entre la ropa vieja. Me ha costado, casi pensé que la habría tirado. Pero allí estaba, perdida entre las cosas de verano, en el fondo del altillo del armario. Aún tiene aquel olor. Y su efecto no se ha hecho esperar.

Esta noche Felipe no está, se ha ido a pasar la noche con su madre, que anda mala la pobre. No es la primera vez que lo hace, pero sí la primera que siento esta desazón, como un animal que mordisquea mis entrañas. He puesto música alegre, de la que nunca suele fallar. Pero hoy, esas mismas notas se me cruzan en la cabeza y me empujan hacia la puerta. Siento un deseo atroz de calzar mis pies desnudos en los zapatos que descansan inmóviles a tan sólo unos metros. Después, es tan fácil como tomar una chaqueta y llegar hasta el pomo frío de la puerta. Siento ya cómo calmará mi mano que arde. Abrir y salir. Tan sencillo. Hoy, ni siquiera tengo que preocuparme de no ser escuchado.
Me detengo y tomo una decisión. Sonrío, porque la duda acaba de esfumarse. Ya pensaré en lo demás mañana por la mañana, me digo.

29 de septiembre de 2008

Apuntes de domingos y de lunes.


A veces espera pacientemente las horas quietas del domingo. Recuerda aquellos otros en que las sonrisas afiladas de la noche silbaban aún sobre su cuello y una dulce anestesia de pequeñas angustias solía sembrarse por su pecho. La nada se esparcía entonces por el suelo que tan sólo horas antes desordenaba la ropa tibia y desdoblada del secreto. Cuando en las esquinas aún temblaba el polvo y la mirada temblorosa de las arañas, el silencio se hacía de nuevo. Sin embargo su mirada, entre perdida e intensa, quedaba adherida a las paredes, y el rastro de piel que dejaba su aliento se iba escondiendo entre las hojas de aquella hortensia que entristecía en la esquina del salón.
Después venían aquellos otros lunes de mañana fría y perfume en las aceras, de tráfico ordenado y continuo en la avenida, de rutinas salvadoras y sonrisas estrenadas de buenos días que definían de nuevo su norte desdibujado.

Aquellos domingos se extinguieron, y se fueron apagando las bombillas una a una. Todo estaba en el plan, meticulosamente previsto por él, diseñado para una conveniente madurez y una sostenible felicidad dentro de una vida sentimental sana, ordenada y satisfactoria.

-Y soy feliz – piensa.

Pero cada domingo, especialmente esos en los que el cielo gris se instala en la garganta como erizo de mar inquieto, no puede evitar sentir un vacío enorme cuando mira la calle desierta a través de su amplio ventanal de casa acomodada.

-Las tardes de domingo siempre han sido tristes- sostiene.

Pero sabe que el precipicio se está haciendo inevitablemente hondo, y su oscuridad inmensa y venenosa. Por eso cada semana desea con más fuerza la llegada del lunes y su despacho vacío, de Rosa trayéndole la agenda de la jornada y ese inquietante becario que se cruza cada mañana con él en el ascensor sin apartar la mirada de su retina.

-En el fondo, siempre me gustaron los lunes- dice para sí, confiado.

21 de junio de 2008

21 de Junio


El sol comienza a hervir sobre la piedra del patio ya a primera hora de la mañana. Es el día más largo del año y Fran aún lleva el sueño sobre los pómulos. Se ha quedado solo y al regresar a casa, con la brisa de la noche, se ha entretenido y ha hecho perder sus pasos entre las calles del centro. Le cuesta trabajo encajar las decisiones, sobre todo se le hace difícil tener que marcharse y dejar la ciudad. Probablemente para siempre. Se querría quedar eternamente allí, detenido en la noche, habitando la espera. El amanecer, sin embargo, no tiene freno, y comenzará por clarear la oscuridad, pero trepará por las paredes sin remedio. Y Fran querría que la noche durase para siempre.
No le da tiempo de saborearlo, al llegar a casa ya la luz le ciega la retina. Los tres veranos anteriores se le derraman por las sienes y le aprietan fuertemente, como una prensa magnífica, en su cráneo: los bosques y el verde templado de las montañas, el aire entrando por la ventanilla del coche, su mano encima de su rodilla, la embriaguez de las rutas no previstas, las tardes de silencio y piel sobre la mejilla, las cenas eternas, inconscientes del mundo, todo ello corre veloz por la memoria. Y Fran querría que cabalgasen lejos, que no le visitaran más.

Un par de pájaros cantan insistentemente y la tierra, justo en ese instante, llega al extremo de su eje, y se desliza de nuevo hacia su nuevo rumbo. Sobre la tierra callada las piedras crujen en secreto. Se precipita el verano sin remedio.

Entonces, tras un ruidillo casi mudo, brota de repente el olvido, como un minúsculo germen que le crepita desde la garganta. Y Fran, por primera vez en semanas, siente un ligero alivio, como de un río que se aleja y que desliza en su superficie, en forma de infinitos barcos de papel, toda la tinta negra de la noche y de las preguntas inútiles. El sol empuja el calor sobre sus esquinas afiladas, y la flota de veleros se despide poco a poco. Comienza de nuevo la estación, y Fran empienza a respirar, y a limpiar hojas de memoria para el futuro. La vida sigue, piensa. Y sin saberlo si quiera, muda de piel en un instante.