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14 de noviembre de 2012

Recuperando.

Recupero hoy aquí el único relato mío que ha visto la luz en una revista literaria, de la mano de mi amigo Un Extraño en MD.
Aunque el texto está en alguna entrada anterior de este blog, hace años ya, publico de nuevo la versión corregida que apareció en la revista literaria alex_lootz, hoy lamentablemente desaparecida.

Gracias, Iñaki, como siempre, por tus ánimos con mis escarceos literarios.



DULCE ANESTESIA



Carmen saca un poco la mano fuera de la ventanilla del coche para dejar correr la brisa entre sus dedos. Necesita aire. También su vida necesita aire nuevo, fresco, que renueve muchas cosas. Mientras Pedro conduce hacia la sierra, ambos son conscientes de que planificar un viaje para crear un punto de inflexión en la monotonía de su relación les impone también una exigencia que ninguno de los dos sabe si estará dispuesto a asumir. Por eso ambos callan. Callan y dejan pasar el paisaje casi sin mirar, ensimismados en sus pensamientos, como hacen a diario, pasando de largo por los paisajes de su día a día. Carmen, cansada de esperar que Pedro se implique mas en la relación, cada día se centra mas en su clase de Pilates, en su grupo de amigas cinéfilas y en Mario, con el que ha vuelto a tener hace poco un par de escarceos. Pedro, aburrido de la vida domestica, hace cada vez más horas extras para poder evadirse de casa, porque le asfixia estar toda la tarde con Carmen, planificando la compra o haciendo planes para esa interminable obra de reforma en la cocina. Así, cuando están juntos y no hay mas actividades a las que enfrentarse, terminan cada uno en un sillón, con un libro en la mano, o viendo la televisión, mirando a veces de soslayo al otro, pero incapaces de dirigirse ya una palabra que implique comunicación. Tal y como ahora se miran, de manera esquiva, evitándose en el fondo. Evitando palabras, evitando preguntas difíciles.

Carmen pone música, y Pedro se alegra, porque justo tenía ganas de escuchar esas canciones en ese momento. Y Carmen sonríe. Los arboles parecen dibujar la música a ambos lados de la autopista, y ambos piensan, con sinceridad, que su relación siempre tuvo algo de especial, de esa magia del azar que desde que se conocieron les persigue y les hace pasar buenos momentos, de esos que no comparten con nadie mas. Momentos que lamentablemente olvidan en su día a día, pero que en el fondo les cuesta poco recuperar.

Cuando llegan al hotel, uno de esos nuevos hoteles de diseño construidos en ciudades de provincia, ambos salen eufóricos del coche, animados por el impulso de la música. Y se dirigen a la recepción, con el pensamiento de que ese inicio sin dudas les va a deparar resultados muy especiales. Cuando el recepcionista les entrega la llave, Carmen repara en que Pedro lleva varios segundos con su mirada detenida en el botones. Ella también se fija, con cierta curiosidad. El chico no esta nada mal, y el uniforme atrevido y vanguardista que lleva, seguramente diseñado por algún modista conocido, le sienta a la perfección. Suben a su habitación en el cuarto piso. El ascensor es lo suficientemente grande para que nadie dude de que caben los tres, pero adecuadamente pequeño para que la estrechez de las distancias cree cierta sensación de ruptura de la intimidad.  En el, la sonrisa del chico se ha clavado incisivamente en retinas y espejos. Carmen se siente a gusto. Pedro también.

La habitación es preciosa, y Carmen siente nada mas entrar unas ganas enormes de usar el baño, cosa que hace con la rapidez y la curiosidad de una niña traviesa. Si, realmente el baño es el mejor rincón de la habitación. De curvas provocadoras y colores tenues, esta equipada con sales y velas, y resulta ideal para tomar un baño caliente. Así que antes de volver al dormitorio para buscar su bolsa de aseo, Carmen se preocupa de dejar abierto el grifo a una temperatura tibia, casi caliente.

Pedro ha desaparecido, y cuando se acerca a la puerta a mirar en el pasillo, casi se tropieza con el, que entra de nuevo en la habitación.

- La propina, nos habíamos olvidado de la propina-

Pero Carmen solo piensa en el baño caliente de sales que les espera. Sin dudarlo, se desnuda en un instante, y corre a la bañera sinuosa, en la que ya se levanta con abundancia la perfumada espuma. Dentro de esa bañera todo parece diferente. La luz, las miradas, incluso las palabras de uno y otro tienen un eco distinto. Ambos creen que el viaje si comienza a producir un cierto efecto de cambio en los dos. Y así, su particular teoría del azar comienza a desplegarse. Saben que cuando están de buen humor, la suerte siempre les favorece, y todo les sale bien. Y el fin de semana, con cierta complicidad, empieza a sonreírles...  Llegan a los monumentos en las horas de menor afluencia, escogen restaurantes especiales, encuentran a gente interesante en los bares, se sienten ocurrentes y predispuestos a sentir lo desconocido sin barreras, se llenan poco a poco de una sensación creciente de que la vida puede ser algo nuevo a cada instante, sintiéndose unidos por vivirlo juntos.

La noche del sábado deciden salir de copas y a bailar un poco. Hace tiempo que pasan los sábados en casa viendo cine o cenando con amigos, pero volviendo a casa siempre antes de las dos. Planear algo en el fondo tan banal les llena de ilusión, como si con ello rompieran esas reglas invisibles que sin querer se han impuesto. Mientras Carmen se arregla con esmero, Pedro rompe la etiqueta de su nueva camiseta de diseño, con la que esta francamente muy atractivo. Ambos vuelven a sentir de repente esas ganas de noche que no tenían desde la adolescencia.

La vida nocturna parece animada y los locales cuidados y con música bastante interesante... Con cierta sensación de novedad que la situación les provoca, entran en un local que Pedro comenta que le han recomendado en el hotel. Es ciertamente agradable. Pedro se dirige a la barra a pedir un par de gin-tonics mientras Carmen acude al baño, al tiempo que suena el último éxito de su grupo favorito. Al regreso, encuentra a Pedro hablando con alguien en la barra. No puede ser, piensa, ¡si es el botones de ayer! Supone que ha reconocido a Pedro y han comenzado a hablar.

-Mira Carmen, me he encontrado aquí a... ¿cómo te llamas?, disculpa, no nos hemos presentado-
-Jaime, me llamo Jaime-

Y Jaime resulta ser esa compañía perfecta que la noche requería. Estudiante de Filología en último año de carrera, se gana un sueldo extra haciendo horas en el hotel. Su conversación es agradable, casi tanto como su físico generoso y perfilado, de músculos curvos y geometría más que deseable. A lo que añadir un rostro mediterráneo muy atractivo, con una de esas sonrisas que provocan sin querer. Pero de el emana una fuerza especial, una capacidad de empatizar que en seguida les hace sentir cómplices. En un par de horas, tras varios gin-tonics más, ya se han hecho inseparables. Se dejan llevar de un bar a otro, parándose en las plazas de piedra de la ciudad vieja, y han hecho planes de viajes, de proyectos comunes y de escapadas de Jaime a las noches de Madrid con ellos. Carmen se siente libre, desprendida de todas sus obligaciones desagradables. Como si su viaje hubiera sido al otro lado del planeta, como si llevaran ya semanas y semanas de ruta, Pedro también se siente lejos de Madrid. Y se siente extraño, comprobando con sorpresa que por primera vez su atracción por un hombre no encuentra barreras ni busca esquinas en las que esconderse. Ha dudado mucho antes de dirigirle la palabra en el local, pero desde que lo vio en el hotel lo lleva incrustado en el pensamiento. Con aquella propina en el pasillo, sus miradas se habían cruzado con cierto deseo, y el, con un arrojo poco común en su comportamiento, le había pedido recomendación de algún sitio agradable donde tomar una copa. Y allí estaba. Le ha rozado ya un par de veces en la mejilla, y otra le ha tomado por la cintura, una cintura que ha comprobado tibia y acogedora. No le importa que Carmen le observe. Siente también en sus ojos cierta excitación. Indudablemente, Carmen debe sentirse atraída por Jaime. De hecho, le ha pasado ya la mano por la cadera y se ha detenido, sintiendo la blandura de su carne bajo la palma, mirando fijamente a Pedro, como buscando su aprobación. Carmen siempre ha sabido que a Pedro también le gustaban los chicos. No esta segura de que tenga relaciones con otros hombre, y tampoco ha osado sacar el tema. ¡Las tardes se pasan tantas veces sin hablar de nada realmente importante! Ella siempre evita hacerse a la idea. Siempre destierra de la cabeza imaginar una escena en la que Pedro tenga sexo con otro chico. Pero ahora que ve su atracción por Jaime, ahora que siente como coquetea con el, descubre que no le importa, que no le hace daño. Es mas, se siente cómplice en su competición por atraer su atención.

Los gin-tonics siguen su curso, continuos en su destello azulado sobre las barras por las que van pasando, bajando por las gargantas al ritmo de las músicas que les van habitando la noche. Mientras, las miradas se cruzan y se enredan entre los tres, como también sus manos han empezado a cruzarse y, poco a poco, detienen mas los segundos que mantienen el contacto, ese roce divino de la piel que comienza a despertar un deseo creciente. La ginebra sigue durmiendo sus prejuicios, al tiempo que sutilmente despierta esas libidos oscuras que descansan en rincones insospechados.

Al cierre del ultimo local, ninguno de los tres sabría decir como, pero sus pasos se dirigen hacia el hotel, llevados por una inconsciencia que parece no tener voluntad, pero que el agudo deseo mueve certeramente. Ninguno habla, todos se miran intensamente. Como si todo hubiera sido premeditado, entran los tres en el Hotel y suben a la habitación. La voluntad parece no tener dudas, y ninguno se atreve a decir nada, como con miedo de romper el camino tórrido de sus pasos. Silencio a pesar de lo inusual de la situación. Y entonces, como si hubiese mediado un escrupuloso guion en el desarrollo de sus actos, los tres se dejan caer en la cama abrasados de deseo, y se arrancan la ropa con avidez. Los besos derraman la amargura del alcohol en las bocas de todos, y las lenguas, al cruzarse, al enredarse, saborean el mismo zumo, la misma necesidad de sexo. Pedro abraza a Jaime y lo acaricia con una pasión que Carmen desconoce. Pero lejos de asustarla, le excita mucho. Les observa durante largos minutos en los que se masturba lentamente, desbordando de imágenes su fantasía, respirando profundamente mientras se acerca con una mano y toma ambos sexos con ella. Jaime la abraza y la posee, y Pedro les mira, excitado también, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo desnudo de verdad, y libre, inmensamente libre. Y se acerca a ellos enredándose entre sus sexos. Y se quedan así durante muchos minutos, convertidos en piel y deseo, sintiendo la excitación crecer, manteniendo el clímax durante un larguísimo éxtasis que colman tres orgasmos incontenibles, abundantes, ruidosos, como un océano de agua azul oscura... Y así quedan, enmarañados sobre la cama, con las manos aun pendientes de caricias lentas que se desplazan por muslos y caderas. Cayendo con lentitud en un sueno espeso y dulce, arropados por el calor de las pieles ajenas.

Al despertar, sienten el fresco de la mañana sobre sus espaldas. Jaime ya se ha vestido, y esta peinándose en el lavabo. Debe hacer turno de mañana y ya es la hora. Les sonríe por ultima vez y les deja su numero de móvil escrito en un papel. Se despide con un beso en el aire y sale con sigilo. Pedro y Carmen se miran. Sienten algo roto entre sus miradas. Pedro vuelve a sentirse desnudo, pero ahora ya no le gusta. Carmen desvía la mirada y se apresura a ir al baño. Durante la mañana, ninguno de los dos dice nada. Carmen es la primera en hablar.

-Si nos volvemos ya, no pillaremos atasco-
-Sí –

Y vuelven ambos al silencio. Entran despacio en el coche y se hunden en una sordina de la que no querrían despertar jamás. Ninguno quiere pensar en lo que ha pasado. Ambos saben que nunca mas lo van a hablar. Pedro, embriagado aun por el olor de Jaime, decide enterrarlo lentamente en su intimidad mas secreta mientras observa la carretera que se extiende delante de él. Áspera, descendiendo por la montana, como descienden poco a poco sus deseos, sus sensaciones de la noche. Piensa en la semana, en lo cómodo de la jornada laboral, en las agendas que esperan en la oficina, programadas de antemano, sin posibilidad de cambios, sin opción a la duda, al que hacer. Saborea ya el despertar del lunes, y su planificación semanal, fácil, sin complicaciones. Carmen mira los arboles del camino. Pasan rápidos y en seguida quedan atrás. En cada uno imagina una de las caricias de la noche anterior, una de las imágenes que aun conserva su retina, que también van quedando atrás poco a poco. El ronroneo del coche le trae sueno, y unas ganas enormes de volver a la monotonía, a las clases de Pilates, a quedar con Mario el martes a la salida de su oficina, o a volver a mirar aquellos muebles color beige que tanto le gustaron para la cocina. Piensa en el lunes, sana y salva mientras toma la ducha antes de partir para la oficina, y se deja invadir por esa dulce anestesia de la disciplina... Si, es eso lo que necesitan, piensa. Y cierra los ojos.

Sobre la mesilla del hotel, ninguno se ha atrevido a coger la nota con el teléfono de Jaime.

23 de enero de 2012

HERMANO, José Luis Serrano (elputojacktwist), Editorial Egales, 2011


Conozco a José Luis hace ya unos cuantos años. Virtualmente, de esa manera extraña y fascinante por la que comenzamos a conocernos algunas personas hace unos años, especialmente aquellos que nos unimos a aquel movimiento tan motivador y efervescente que fue el mundo de los blogs personales de hace unos 6-7 años, desplazado después por la inmediatez y facilidad que impusieron las redes sociales. Y digo José Luis, porque para mí fue casi desde el principio José Luis, ya que mi interés por aquellas cosas que escribía "Elputojacktwist" en su blog me hicieron más pronto que tarde entrar en contacto personal (aunque aún electrónico) con él. Intercambiamos muchas ideas e intereses a través de chat y sobre todo e-mails, pero aquello fue, poco a poco, diluyéndose. La misma maldición de las redes sociales que nos hizo (a algunos) abandonar bastante el mundo del blog, nos volvió a unir, de otra manera, como observador y espía mutuo de lo que el otro piensa, le interesa, le hace gracia, descubre...

En cualquier caso, mi primer contacto real con José Luis fue precisamente en la presentación de su primera novela, "Hermano", hace menos de dos meses. La generosidad de José Luis hizo que saliese del acto con uno de los ejemplares bajo el brazo, debidamente dedicado, y que me producía cierto temor leer. Porque no suelo leer novela española actual, vete tú a saber por qué, unido a que siempre me produce pavor leer lo que ha escrito alguien conocido por temor que no me guste y a ser demasiado crítico con la opinión que uno se siente obligado a dar en estos casos. Así, lo he dejado reposar un tiempo. Pensaba que iba a ser aún más. Pero ayer, con la intención más de hojearlo que de leerlo en serio, me sumergí en él.
Hoy a mediodía he terminado. Sencillamente lo he devorado de dos tacadas, algo que supongo que dice mucho del libro, pero también de mí, que no me dejo absorber por cualquier lectura.

Me ha gustado, creo que está muy bien escrito, lo cual ya suponía de un libro salido de su mano.
A pesar de que, como también se ha dicho por ahí, me parece que sobran cosas en la novela, creo que consigue no despegarse demasiado de su esencia, que no es otra que la de ser una preciosa mirada hacia algo tan universal como el amor y la fascinación.
En mi opinión, sobran demasiadas explicaciones del protagonista en una historia que es pura elipsis, a través de la obligada falta de comunicación entre los dos personajes, y al tiempo pura metáfora en la que la fascinación que nace y se despliega poco a poco hacia el país (las descripciones son sencillamente maravillosas, literatura de alto nivel), se va mezclando, enredando, emulsionando con esa otra hacia el chico. Por ello, a veces encuentro innecesarias las explicaciones algo torpes del narrador, en una historia en la que nada de lo esencial, en realidad, se dice. Quizá sea una mirada inocente hacia la propia inocencia que supone siempre enfrentarse a algo tan inmenso como el amor.

El amigo español también me sobra, a pesar de que con algunos pasajes me he reído sobremanera, pero creo que tampoco era necesario hacer respirar dentro de la otra novela. O las reflexiones y denuncias acerca de la homofobia, siempre necesarias, pero que creo que el autor ya ejerce mejor en otros contextos y que en mi opinión distraen demasiado de la historia que se cuenta.

A pesar de todo ello (algo que quizá en otra novela no habría perdonado), sigo pensando que ha escrito un gran libro, una gran historia: una exquisita mirada hacia el abismo del amor, la fragilidad de la existencia y la alegría de vivir, los tres pilares de la historia que, con la solidez de su verbo, quedan sobradamente defendidas (con esa maestría para la narración, aunque sobre, en realidad nada sobra).

Sobre todo me deja muy buen sabor de boca el final (más allá del accidente de la despedida y la excusa para el título de la novela) en ese equilibrio inestable que supone la duda mayúscula, la tristeza de la pérdida, y lo que a lo largo de todo el libro hemos visto que desencadena: una honda obsesión que ha paralizado al protagonista, pero que no lo destruye, sino que (al menos yo lo veo así) lo hace crecer en saber quién es él, y cómo quiere estar en el mundo. Esa felicidad sin causa que salpica la novela, al principio como algo nuevo que descubre en Birmania, pero que poco a poco se va incorporando a su vida, a su manera de ser y de estar, y que es el regalo con el que yo veo que el protagonista se queda. Un amor que no existió, ¿quién sabe? (como decía Mendicutti en la presentación, los amores que no fueron, pero que nos hicieron amar, también son amores), pero que ha hecho crecer al protagonista, haciéndole consciente de ser capaz de amar, pero sobre todo de gozar de la vida en este instante tan corto en el que vivimos. En la frontera de haber vivido una historia de amor inolvidable, que se quedó en ese limbo de la culminación, pero que precisamente por ello da valor a todo lo demás: a la vivencia de por sí, a la riqueza de su fascinación, y sobre todo a esa sensación de ESTAR VIVO que creo que es lo más importante de la novela.
En fin, que la he disfrutado mucho y se lo agradezco doblemente: por haberla escrito y por habérmela regalado.

19 de junio de 2010

Adeus, adeus, adeus...


Se fue Saramago, desde su autoexilio volcánico y marino. No se fue a ninguna parte. Desapareció. Desapareció su vida, su energía, sus ojos curiosos, su voz quebrada. La vida se detiene así, de repente, y desaparece.
Desaparecemos.
No desaparecen sus palabras, ni su lucidez, ni su humanismo, ni su espíritu crítico y solidario, ni su esfuerzo por hacerse escuchar, desde la sencillez, desde la modestia, con su palabra redonda y rotunda, con su pensamiento voraz y lleno de reflexión y duda.
Sus palabras, sus personajes, sus universos, forman una obra monumental que quedará para todos nosotros, para el futuro del mundo, iluminando conciencias, asombrando lectores.

Desde su pensamiento incisivo:

"Por que foi que cegámos, Não sei, talvez um dia se chegue a conhecer a razão, Queres que te diga o que penso, Diz, Penso que não cegámos, penso que estamos cegos, Cegos que veem, Cegos que, vendo, não veem"
(Ensaio Sobre a Cegueira)


Hasta la inmensa grandeza de su palabra.

Tu estavas, avó, sentada na soleira da tua porta, aberta para a noite estrelada e imensa, para o céu de que nada sabias e por onde nunca viajarias, para o silêncio dos campos e das árvores assombradas, e disseste, com a serenidade dos teus noventa anos e o fogo de uma adolescência nunca perdida:
- O mundo é tão bonito e eu tenho tanta pena de morrer.
Assim mesmo. Eu estava lá
(Pequenas memórias)


Adeus, José, Adeus :'(

6 de mayo de 2010

Paraíso inhabitado


"A lo mejor no estaba triste por ninguna de estas cosas, pensé. La tristeza parecía un sentimiento muy delicado, que se podía rasgar en cualquier momento, que se podía convertir inesperadamente en otra cosa, algo que me repelía. Todo esto bullía en mi cabeza, sin saber muy bien lo que significaba, pero anticipando un vacío. Un vacío parecido al que sentí aquella mañana en que Isabel me llevó con ella al terrado, y me apoyé en la baranda y miré hacia abajo y me invadió un irresistible impulso hacia el abismo. Sólo la voz rotunda de Isabel y sus brazos vigorosos me apartaron de aquel atractivo. El imán, la atracción que recogía las piezas caídas del Meccano, se abría ahora, sutil, bajo cuanto hacía o decía papá.
- Pide lo que quieras, hoy no tienes que comer lo que no te guste, y, cuando ya no tengas apetito, puedes dejar en el plato lo que no quieras…
Creo aún recordar, como en una neblina, casi todo lo que ocurrió en aquella comida, y la voz de papá. Intentaba ser amable, intentaba darme confianza, intentaba quizá, darme cariño. Pero yo tenía miedo: y así supe que siempre lo había tenido, y que el miedo acababa apoderándose de todo lo que hacía o decía, o escuchaba. Era un miedo sutil, frágil, y sin embargo, poderosamente destructor. "


PARAÍSO INHABITADO, Ana María Matute, 2008

Los ojos de Adriana, la protagonista de la última novela de Ana María Matute, desde sus diez años, observan el mundo y ya se dan cuenta que ella va a ser (es) diferente a casi todos los que la rodean. Rara, hasta mala la empezarán a llamar. Desde su inocencia es capaz, sin embargo, de perturbarnos con su mirada sobre cosas que conforman el universo particular de los seres sensibles, frágiles, pero que se beben la vida a tragos largos: el miedo, la duda, el vértigo, la atracción… Todo ello comienza a despertar, desde sus diez años, y lo hace con una capacidad asombrosa para hacernos cómplices a los adultos que leemos estas páginas, y para conseguir que nos identifiquemos, desde la distancia temporal y emocional, con esas sensaciones que, sin embargo, ya, son tan puras, tan definidas. La pérdida de la candidez, la consciencia de la turbidez de la vida, de la pulsión, del deseo, de la fascinación. Todo eso leemos en Adriana, sin que resulte impostado, fuera de lugar o de edad. Por eso esta novela, a medida que voy avanzando en ella, se me antoja un ejemplo absoluto de literatura, de humanidad, de universalidad. ¿Qué es la vida sino un experimento, una continua reacción, una temblorosa, oscura y progresiva clarividencia de uno mismo y de los demás? Y por encima de todo ello, la fantasía desatada, la realidad inhabitada pero intensamente existente, casi palpable, como dimensión añadida que nos explica el infinito, aunque con ello nos condene a esa inefable melancolía vital.

2 de marzo de 2010

Austerlitz


Incluso ahora, cuando me esfuerzo por recordar, cuando he vuelto a ocuparme del plano de cangrejo de Breendonk y leo en la leyenda las palabras antigua oficina, imprenta, barraca, sala Jacques Ochs, celdas de confinamiento, depósito de cadáveres, cámara de reliquias y museo, la oscuridad no se desvanece, sino que se espesa al pensar lo poco que podemos retener, cuántas cosas y cuánto caen continuamente en el olvido, al extinguirse cada vida, cómo el mundo, por decirlo así, se vacía a sí mismo, porque las historias unidas a innumerables lugares y objetos, que no tienen capacidad para recordar, no son oídas, descritas ni transmitidas por nadie (…)
De “Austerlitz” (W.G. Sebald)



Austerliz es una historia, pero podrían ser cientos de historias. Igualmente podría no ser ninguna. Muchas, como las de los cientos personajes anónimos que la cruzan y que quedan reflejados por una imagen, por una mirada, por algo que en un momento se quedó grabado, quién sabe por qué, en la memoria de alguno de los narradores de esta novela. Ninguna, porque la historia de Austerliz es la historia de un hombre desarraigado que intenta descubrir su identidad pero que a fuerza de convertir su vida en un ejercicio obsesivo para conseguirlo, va vaciándose de vida propia poco a poco.

Sebald nos propone un viaje sorprendente, desasosegante y fascinante a la vez, a través de alguien que busca su origen para poder entender su destino.
Austerliz es una novela compleja, que se va tejiendo como un mosaico de historias anónimas, de esas que vieron truncada su existencia como consecuencia del exterminio nazi en la Europa de la segunda gran guerra. Es un homenaje a la memoria perdida de quienes desaparecieron en la nada en un ejercicio no sólo de pérdida de la dignidad propia, sino dejando en un desamparo afectivo y de identidad, lleno de estupor, a familias, amigos y conocidos. Homenaje también a quienes debieron crecer en la mentira, o en la dolorosa ausencia de pasado y de raíces, a quienes debieron abandonar sus pasado, sus hogares, para vagar en una diáspora amarga y silenciosa, en medio de la indiferencia general.

En un momento en el que el valor del sacrificio no existe, en una era en la que la memoria carece de valor, porque todo parece poder ser registrado y fotografiado automáticamente, Austerliz se convierte en una reflexión necesaria sobre la importancia de la memoria y del testimonio como necesidad humana y literaria. En ella, el texto se conjuga con la imagen de cientos de fotografías que no son casuales, sino que se nos presentan como piezas ineludibles, fascinantes, junto a las palabras, o a las reflexiones sobre arquitectura, de un texto provocador y magnético, que nos habla de la locura del hombre, de las raíces, del destino, de la fatalidad, pero sobre todo de búsqueda de la identidad. De una búsqueda insistente y perturbadora que a medida que va dibujando un pasado, va borrando sutilmente el futuro, como si la pérdida, ya fuera aquí que allí, nos provocase una condena inevitable. Como si la identidad no pudiese dejar de ser un oscuro misterio que no nos deja vivir tranquilos.

Absolutamente recomendable.

12 de mayo de 2009

Blues y otros cuentos. Iñaki Echarte Vidarte


A pesar de que me gustaría poder escribir algo más neutro y objetivo, reconozco que me resulta difícil hacerlo cuando de quien estoy hablando es de Iñaki.

Parece que aquella noche de otoño primerizo en la que me lo encontré por primera vez quedase muy atrás en el tiempo. Pero en realidad no fue hace tanto. Sólo que entramos rápido uno en la vida del otro. Con calma, pero con la discreta velocidad de la complicidad. Y nos sembramos de noches y cervezas por las cuestas de ese Madrid que a ambos nos subyuga. Y desde el inicio nos cosimos con palabras, yo las suyas y él las mías. A nuestra manera, siendo tan diferentes, ocupamos un espacio común en nuestra manera de entender la palabra. Lo intuía, pero ahora que por fin tengo su primer trabajo entre mis manos, soy consciente de la ruta que hasta ahora yo sólo sospechaba.

Iñaki es un gran imaginador de oscura humanidad. Y su palabra es precisa, contundente y esculpida con mimo e inteligencia, como en la mejor literatura.

Sus personajes son derrotados de la vida, pequeños trozos de cristal roto, imposible de recomponer, pero reflejan lo que somos, seres en continua construcción porque continuamente nos destruimos un poco. Y es que el reflejo de quienes somos es imperfecto, fragmentario, superpuesto, pero es únicamente así, desde la ruptura, como lo más íntimo de nuestra identidad, ese secreto que todos llevamos dentro, puede respirar un poco y hacernos algo libres.

Pero no es sólo la complicidad lo que me lleva a recomendar el libro de Iñaki, Blues y otros cuentos. Sinceramente creo que en su construcción literaria, en su forma de narrar, hay no sólo una mirada personal y coherente, sino profundamente literaria.

Y para dar comienzo a este viaje infinito que supone lanzar un libro al mundo, el inicio lo pone la presentación que tendrá lugar en la Librería Antinous (Josep Anselm Clavé 6) de Barcelona, el próximo viernes 15 de mayo a las 19:30, y en la que participará Raúl Portero, actual ganador del IV Premio Terenci Moix de Narrativa Gay y Lésbica

La premura con la que se ha organizado todo me impide asistir, pero os animo a hacerlo a todos los que viváis o estéis por Barcelona. Pronto también lo presentará en Madrid, os mantendré al corriente.

Y qué mejor prueba que un pequeño extracto para dejaros con ganas de ir...


"Sonia salió a la calle, vestida únicamente con los calzoncillos del hombre sin nombre. Era un barrio nuevo y apenas había gente. Y aunque la hubiera. Le daba igual que la vieran así. Ya no le importaba nada.
Se sentó en el mismo banco en el que había conocido a su última pareja sexual y cruzó las piernas. Sonia pensó que había elegido mal, de nuevo, que necesitaba cambiar, otra vez. Lo que no alcanzo a pensar es que si se limitaba a cambiar de nombre, de casa, lo único que lograría era acabar sentada en un banco, semidesnuda, de madrugada, meditando una nueva herida"

(La eterna fugitiva, Blues y otros cuentos. Iñaki Echarte Vidarte, 2009)

Un abrazo grande, amigo, de esos míos que al principio te daban un poco de susto. Y suerte en el viaje.

28 de abril de 2009

Schubert y la piscina.

“I wish I had one friend I wasn’t destined to loose.”
She looked at me with a pensive smile.
“You’re speaking volumes, my friend, and tonight we’re doing short poems only.”
She kept looking at me. “I feel for you.” She brought her palm in a sad and lingering caress to my face, as if I had suddenly become her child.
“You’re too young to know what I am saying -but one day soon, I hope we’ll speak again, an then we’ll see if I’m big enough to take back the word I used tonight. Scherzavo, I was only joking.” A kiss to my cheek.

André Aciman, Call me by your name, 2007.

Alex sentía el sol evaporar las últimas gotas de agua de la piscina sobre su espalda. El calor era asfixiante, pero aún incapaz de sofocarle debido a la humedad fresca proporcionada por el chapuzón. Frente a él, Fede permanecía en un delicado estado de modorra, a pleno sol, sin que una gota de sudor apareciese en su frente. ¡Qué resistencia!, pensaba Alex. Las últimas palabras de la conversación previa a sus cuatro largos aún se repetía como en eco en su memoria, casi aún en la piel de sus oídos. Como con otras personas a lo largo de su aún breve vida, Alex acababa de descubrir que de aquellas tardes de verano en la piscina o paseando en el jardín botánico, la amistad con Fede se cristalizaba con una especial fuerza y profundidad. Con una complicidad que surgía imparable, como indestructible, con ese ímpetu de lo que pensamos que nunca se puede desvanecer.

Alex, debido a su timidez, siempre había sido muy lento haciendo amigos, y aún más intimando con ellos. Necesitaba una empatía extraordinaria para lanzarse y confiar en alguien. El fantasma de la pérdida y del dolor le acechaban con frecuencia, como una sombra viva a la que la felicidad siempre despierta. Alex sentía un miedo inexplicable, un miedo confuso que se mezclaba inevitablemente con aquella otra sensación de no tener ese "mejor amigo" del que todo el mundo siempre habla. Alex se sentía como huérfano vital, incapaz, imperfecto, discriminado. En aquel instante, oyendo las palabras de Fede golpear aún en la frontera de su vulnerabilidad, Alex se sentía extraño y feliz. Decidió justo entonces que sacaría de la mochila el libro que le había traído como regalo atrasado de cumpleaños. Mientras Fede seguía inmutable sobre la toalla, tomó su bolígrafo y se dispuso a escribir en la primera hoja en blanco del libro una pequeña dedicatoria.
"Te doy permiso para entrar en mi vida", o algo así debía poner, "pero si algún día has de salir, por favor, hazlo despacio, de puntillas, para no perderte de golpe, para que pueda, al menos, prepararme y conservar algo de ti."

Parecía que el tiempo se hubiese detenido, hasta el barullo continuo de la piscina se había acallado, cuando Fede abrió los ojos y Alex le tendió el libro con una mueca entre tímida y orgullosa. La sonrisa de Fede al leer su pequeño texto, su diminuto guiño, casi imperceptible, animándole a lanzarse prestos al agua, le devolvieron el ruido y la realidad de nuevo. Siguieron hablando de otras cosas, de otras personas, de sus vidas y de las de los otros. Y siguieron así el camino de una amistad de esas que no entiende nadie.

Pero Fede se marchó un día. Sin imaginarlo él, pero se marchó para siempre. De golpe y enojado con Alex, destruyendo aquel castillo que de repente se transformó en arena frágil que se desmoronaba. Y el miedo de Alex lo invadió todo para siempre, asaltado de dolor, ahogado por la incomprensión de ver tanto empeño, tanto sentimiento y vehemencia, tantas palabras y tantos minutos transformarse de camino en vía muerta, como una macabra metáfora de la vida, con el incisivo y hondo dolor de las cuerdas de ese quinteto que tanto le gustaba, pero que también tanto le perturbaba.

Aquella tarde se quedó adherida en su memoria como un refugio del último instante de inocencia y felicidad confiada, como su pequeño Schubert personal y privado.

23 de abril de 2009

Cesa, inquieta humanidad...


Cease, anxious world, your fruitless pain,
To grasp forbidden store;
Your studied labours shall prove vain,
Your Alchemy unblest,
While seeds of far more precious ore
Are ripen'd in my breast.

My breast, the forge of happier love,
Where my Lucinda lives;
And the rich stock does so improve,
As she her art employs,
That ev'ry smile and touch she gives
Turns all to golden joys.

Since then we can such treasures raise
Let's no expense refuse;
In love let's lay out all our days,
How can we ever be poor
When ev'ry blessing that we use
Begets a thousand more?

Sir George Etheredge (1635?-1691)


Y así alzamos tales tesoros
Que no escatimemos esfuerzo,
Vivamos ejerciendo el amor todos los días
¿Cómo íbamos a ser pobres
Cuando cada fortuna que consumimos
engendra un millar más?


18 de septiembre de 2008

La vida que soñamos


En estos momentos se entrega en Barcelona el IV Premio de narrativa gay y lésbica. El ganador de la presente edición es el joven escritor de Terrassa Raúl Portero, y la novela con la que ha conseguido convencer al jurado se titula “la vida que soñamos”.

No suelo hacer mención ni crítica aquí a novelas ni premios relacionados con la denominada literatura gay, literatura gltb, o similares, pues no entiendo muy bien que deba hablarse de un subgénero en la literatura en función del comportamiento sexual de sus protagonistas. Creo que la literatura es literatura en base a otros criterios y los subgéneros de la misma así deberían serlo.

No obstante, no puedo dejar de mencionar una novela que conozco bien porque conozco a Raúl y la he leído varias veces. Una novela que desde el principio me pareció no sólo un ejercicio notable de narrativa, sino poseedora de elementos por los que quien la lea no puede quedar indiferente.

Raúl nos habla en ella del amor, de la pérdida y de la memoria. Y lo hace de una manera simple y directa, pero al mismo tiempo con un extraño lirismo.
Desde el principio me gustó su prosa, porque es muy depurada, y consigue, con una economía de adjetivos que sorprende, ser enormemente bella a la vez que contundente.


A través un juego en el que el narrador nos va guiando desde diferentes pasados a diferentes futuros, el lector va componiendo el puzzle de una historia que conmueve, pues nos enfrenta a nuestro propio miedo a la ausencia y a la soledad. Y lo hace a través no de la evidencia, sino de la descripción de pequeños detalles de la cotidianeidad, aparentemente insignificantes, pero que se convierten en otros narradores, que de manera paralela y sutil nos van susurrando acerca del dolor, de la incredulidad, del recuerdo como alivio vital, de la necesidad del duelo...

Por todo ello siempre he apostado por esta novela, porque pienso que es literatura y eso hoy en día no se da con mucha frecuencia. Y da igual que el protagonista sea o no homosexual porque aquello de lo que nos habla es lo importante de la vida y le llegará igual a una lesbiana que a un transexual, o a un heterosexual, lo mismo que a un joven o a un anciano. Porque en ella nos podemos reconocer todos, y eso es lo grande de esta novela.

Creo que más allá de eso, también contribuye a la normalización de (en este caso) los gays en la sociedad, pero precisamente lo hace por eso, porque los coloca sin ningún tipo de máscara ni tópico, desnudos ante la vida, como lo estamos todos.

Por eso, desde aquí mi felicitación a Raúl, a quien además me une una amistad muy fructífera en lo personal y en lo artístico. Y mis deseos de que aquí comience una carrera de escritor, porque sé lo que viene después de la vida que soñamos, y sinceramente lo merece.

Y a los lectores, no dejéis de comprarlo cuando se edite, ya os mantendré informados. De momento, y esperando que su autor no lo tome a mal, aquí os dejo con unos brevísimos fragmentos.


se besan en mitad de la pista mientras cierran los ojos y por primera vez en algún tiempo no están pensando en otros

(...)

carlos sostiene la mirada sobre enrique como si fuera un desafío. no quiere que le den ánimos. sabe que josep no se va a despertar nunca más.
-¿cómo se puede vivir después? -susurra.
-es difícil al principio –contesta enrique, moviendo la cabeza.
carlos se reclina en el asiento, llevándose el cigarrillo a la boca

(...)

carlos se reclina en el asiento, llevándose el cigarrillo a la boca.
-me gustan tus pies –añade josep, señalándolos con la mirada.
carlos baja la vista para mirárselos. está descalzo y son unos pies pálidos, sin vello, con unos dedos perfectos. carlos mira a josep desconcertado y sorprendido.

(...)

-¿sabes lo que más me asusta ahora mismo?
ernesto niega con la cabeza, secándose los ojos con las manos. ha intentado no llorar, pero las lágrimas se acumulan en los párpados y resbalan lentamente por su cara.
-¿qué?
-todas las cosas que he olvidado –responde carlos,

12 de mayo de 2008

Mozart y el Teatro.


Hace tiempo que quería trasladar aquí un párrafo de un libro que he leído últimamente. Ma vie avec Mozart. Se trata de un libro que el escritor y dramaturgo francés Eric-Emmanuel Schmidt escribió hace un par de años con motivo del 250 aniversario del nacimiento del genial músico. Apasionado del compositor salzburgués, el autor escribe esta obra en forma epistolar, dirigiéndose al mismo Wolfgang para confesarle cómo su música le ha acompañado a lo largo de su vida, al mismo tiempo de compartir con los lectores las razones de este amor con gran sinceridad y detalle, a pesar de estar escrito para un público no iniciado en música clásica.
Creo que su visión como dramaturgo, que por lo tanto tiene en cuenta no sólo la música, traduce muy bien las razones de la genialidad de la Ópera de Mozart y del porqué estas óperas (especialmente sus cuatro mayores obras, Las Bodas de Fígaro, Don Giovanni, Così fan tutte y La Flauta Mágica) después de más de doscientos años, continúan siendo una de las cimas del género y siguen conquistando audiencias cuando son representadas. El fragmento hace referencia a las reflexiones del autor cuando le fue pedido que hiciese una versión francesa de Las Bodas de Figaro que la hiciese accesible al público francófono no familiarizado con el argumento de esta genial pieza.

Como inicio y final he querido acompañar este texto con un par de fragmentos de las representaciones de esta obra que tuvieron lugar en el Festival de Salzburgo de 2006 a cargo del director aleman Nikolaus Harnoncourt y sque me parecen notables por su calidad musical y por lo acertado y contenido de su puesta en escena. La calidad de sonido no es muy buena, pero os animo a verlos porque de verdad merecen mucho la pena.



"(...) Digamos, por resumir, que se trata de practicar a la vez el teatro, la música, las matemáticas, la traducción y la poesía.
La paciencia que exige una prueba como ésta, me la das tú permitiéndome poder tratar con tu genio. Trabajar en las cocinas de una obra maestra desentumece al aprendiz. ¿Es que acaso necesitas halagos allá arriba en tu sillón de nubes? Entonces, siéntate recto y abre tus orejas.
Como si de un gran dramaturgo se tratase, tú le das oportunidades a todos los personajes. Cuando entras en cada uno de ellos, no los juzgas, sino que les concedes tu simpatía, les permites respirar. Tan justo en el lacayo Fígaro como en el Conde voraz, tan feliz en Susana como nostálgica en la Condesa. Descarado cuando toca Cherubino, afectado mientras Bartolo adivina, de repente infantil si Barbarina se pierde en medio de la noche, demuestras ser capaz de expresar la humanidad en todos sus aspectos, en todos sus sexos, en todas sus edades. Lo mismo Don Juan que Elvira, igual verdugo que víctima. Sin limitar en ningún momento al verdugo a su función de verdugo ni a la víctima a su estatus de víctima, tienes sentido del espesor, de la complejidad, permitiendo así al público codearse con personajes muy diferentes de sí mismo. Contigo, nuestro lejano se convierte en nuestro cercano. Sabes contarlo todo porque haces que todo se torne palpable.

Sostuviste que el teatro era el arte de la ruptura y de la discontinuidad. Sin cesar, cambias de ritmo, de tempo, acelerando aquí, conteniedo allá, sólo deteniéndote la pausa de un silencio para poder recomenzar mejor.

En Teatro se fracasa cuando se piensa en uno mismo. Los escritores ebrios de su lenguaje o los compositores encantados con su música fallan en la escena ya que en lugar de escuchar a los personajes y a las necesidades de la acción sólo se escuchan a ellos. Incluso aunque tengan talento, el oído que acercan con demasiada complacencia les impide escuchar lo esencial: el corazón de los personajes, el recorrido de los pasos, el reposo necesario, la vida que se organiza y se improvisa, autónoma. Tú, antes de tener oído de músico, has tenido ojo de escenógrafo, Tu música regla los movimientos, las entradas, las salidas, acentúa un detalle, destaca una emoción. Ella crea la acción en lugar de interrumpirla o acompañarla. Con frecuencia tus colegas se preguntaron, en diferentes momentos de la Historia, cómo debía funcionar la música, ¿primacía de las palabras? ¿primacía de la música? Falso dilema al que tú respondes: ¡Primero el teatro!

Preferir el teatro a la música, preferir el teatro a la literatura... son pocos los compositores y los escritores que han cortado de esta manera, De ahí la estrechez de nuestros repertorios."

3 de diciembre de 2007

El sexo y el espanto


Te miro y mi cuerpo se aproxima al tuyo. Te rozo casi sin querer y te persigo en la piel, caminando siempre por las calles que descienden, por los callejones más oscuros, esos que me hacen imaginar lo que no imagino. Y siempre me detiene la luz de una angustia que me siega los pulmones, que me paraliza al llegar a las yemas de tus dedos, que me abrasa cuando mi nariz roza tus pestañas. Sé que mis manos no entienden de posesión ni de conquista, que para ellas sólo cuenta el instante de cabalgar sobre tu espalda y navegar desde tu pecho a tus caderas. Y que atraquen otras naves llenas de piratas de olor a madera y sal. Mezclar nuestras lenguas con las suyas, y el aliento recorrerá las mentes llenas de inhóspitas mareas, y deshará todo el espanto contenido entre la espalda y la retina. Quiero librar ese sortilegio de latidos, quiero desatarme entre vuestros muslos, quiero brotar entre mis grietas y mis precipicios, y quiero sobre todo sentir que estoy vivo, aunque sea fugaz el verbo que nos define, y también el que nos deshace en el olvido. El instante, grabado a fuego con el viento de vuestros labios, durará por siempre.



Pensamientos y conexiones al hilo del ensayo "El Sexo y el Espanto" de Pascal Quignard (Ed. Minúscula, 2005). De él, traigo aquí un extracto del prólogo, para que meditéis y reflexionéis sobre esas turbadoras miradas llenas de estupor y espanto de los frescos de Pompeya, y de cómo se perpetúan en nosotros y en nuestra manera de entender el sexo.

(...)

Venimos de una escena en la que no estábamos.
El hombre es aquel a quién le falta una imagen.
Aunque cierre los ojos y sueñe de noche, aunque los abra y observe atentamente las cosas reales a la luz resplandeciente del sol, aunque su mirada se aleje y se extravíe, o vuelva sus ojos al libro que tiene entre sus manos, aunque espíe una película sentado en la oscuridad o se quede absorto contemplando un cuadro, el hombre es una mirada deseante que busca otra imagen detrás de todo lo que ve.

Las patricias representadas en los frescos que compusieron los antiguos romanos están como ancladas. Permanecen inmóviles, con la mirada oblicua, en una actitud de espera anonadada, paralizadas justo en el momento dramático de un relato que ya no comprendemos. Quiero meditar sobre una palabra romana difícil: la fascinatio. La palabra griega phallos se dice en latín fascinus. Los cantos que lo acompañan se llaman "fescenius". El fascinus atrapa la mirada, ya que no podrá apartarse de él. Los cantos que inspira están en el origen de la invención romana de la novela: la satura.
La fascinación es la percepción del ángulo muerto del lenguaje. Por eso la mirada es siempre oblicua

Trato de comprender algo incomprensible: el traspaso del erotismo de los griegos a la Roma imperial. Esa mutación no ha sido pensada hasta ahora, no tanto por una razón que ignoro como por un temor que concibo. La metamorfosis del erotismo alegre y preciso de los griegos en melancolía aterrada tuvo lugar durante los cincuenta y seis años del reinado de Augusto, que reorganizó el mundo romano bajo la forma del Imperio. Esta mutación tardó solo unos treinta años en imponerse (del año 18a.c. al 14 d.c.). Y sin embargo aún nos envuelve y domina nuestras pasiones. El cristianismo no fue más que una consecuencia de esa metamorfosis: retomó, por así decirlo, el erotismo en el estado en el que lo habían reformulado los funcionarios romanos que promovió el principado de Octavio Augusto y que el Imperio, en los cuatro siglos siguientes, se vio obligado a multiplicar con obsequiosidad.

Hablo de los terremotos

El eros es una placa arcaica, prehumana, totalmente bestial, que aborda el continente que emerge del lenguaje humano adquirido y de la vida psíquica voluntaria, adoptando las dos formas de la angustia y la risa. La angustia y la risa son las cenizas densas que caen lentamente de ese volcán. No se trata nunca del fuego abrasador ni de la roca aún incandescente y viciosa que sube del fondo de la tierra. Las sociedades y el lenguaje se protegen sin cesar de la amenaza de ese desbordamiento. En los hombres, la fabulación genealógica tiene el carácter involuntario de un reflejo muscular: son los sueños en los animales homeotermos entregados al sueño cíclico; son los mitos en las sociedades; son las novelas familiares en los individuos. Inventamos padres, es decir historias, a fin de dar sentido a lo aleatorio de un apareamiento que ninguno de nosotros -ninguno de sus frutos, tras diez oscuros meses lunares- puede ver.

Cuando los bordes de las civilizaciones se tocan y se superponen, se producen sacudidas. Uno de esos seísmos tuvo lugar en Occidente cuando el borde de la civilización griega tocó el borde de la civilización romana y el sistema de sus ritos: cuando la angustia erótica se convirtió en fascinatio y la risa erótica en el sarcasmo del ludibrium.
(...)

Pascal Quignard.

8 de junio de 2007

Revisitando a Álvaro de Campos

“Y allá fuera la luz de la luna, como la esperanza que no tengo, es invisible para mí”
Álvaro de Campos



¿Dónde descansa todo aquello que no sucedió. Esos millones de instantes imaginados que terminaron por escapar deshechos en el aire?
Miradas y paredes, jardines y bosques que fueron tan reales... pero que nunca tocaron la piel de sus dueños. Porque los deseos pueden ser ligeros en peso, y los sueños casi ingrávidos, pero cuando se acumulan en los rincones, transforman el espacio que ocupan y lo dilatan en densidades que no todos perciben. Densidades que arañan la melancolía y el dulce abandono.
Están ahí, sin que lo sintamos. Ahí, detrás de una delgada pared invisible que se esconde en algún lugar indeterminado de cada ciudad, de cada bosque, de cada montaña, de cada casa.

A veces, cuando camino, siento que tengo justo delante de mí una de esas paredes transparentes. Lo siento con fuerza. De la misma forma que un agujero negro de la galaxia, estas paredes ejercen un magnetismo tal, que cualquier presencia inquieta puede quedar atrapada por ellas. Ahí, detrás de ese aire imperceptiblemente transformado, sé que habita algo que no sucedió. Y entonces, en algún lugar que tampoco existe, pero que vive en mí, todo se vuelve rojo y dilatado.

Hoy, estando en casa, he descubierto mi rincón. Ahí detrás del sofá, en un hueco que nunca utilizo, descansaba indiferente de mí. Me he acercado lentamente, con curiosidad, y he alargado la mano hasta tocar levemente su superficie mórbida. Entonces, de repente, he sentido que ahí no había ni sueños ni fantasías, ni imaginación ni deseo, ni siquiera lo que nunca podrá suceder. En ese pequeño rincón, agazapado, aún sintiéndose pequeño, estaba todo lo que nunca llegaré a imaginar, lo que olvidé soñar, aquello que jamás llegaré a conocer, ni a desear. Descubrirlo y sentirme atrapado por un intenso espacio negro, fue todo uno. Hoy ya camino con él. Es un hueco grande que, por momentos, no me deja respirar.

30 de mayo de 2007

Libertad, Literatura y Gran Vía.

Teniendo en cuenta mi falta de inspiración de últimamente, he decidido tomar el Meme que me pasó Pe-jota hace ya algunas semanas. A mi manera, claro. Porque buscar en el libro que leo la página 139 y escribir el segundo párrafo, no tiene porque dar como resultado algo coherente ni siquiera interesante. Lo probé con el libro que estaba leyendo, sin funcionar. Con el que acababa de leer... tampoco. El que pensaba leer después: era el mismo que leía el propio Pe-jota... Nada, aquello no funcionaba. Entonces comencé a buscar en mi estantería libros de esos que llevo en el corazón, de los que me han atrapado por alguna razón. De esos que la memoria guarda con un envoltorio especial, porque nos hicieron sentir especiales cuando los leímos. Esos libros, de alguna forma, se transforman en amigos que se quedan con nosotros, y que nos acompañan.
Tomé el que primero vino a mis manos.

LO RARO ES VIVIR, de Carmen Martín Gaite.

No por casualidad, sino porque es uno de los libros que más felicidad de lector me dio cuando lo leí. No creo que sea una novela ejemplar, aunque sí está bastante bien escrita. Simplemente, aquellos personajes que se movían en él (que se mueven aún en él) me llegaron. Me atraparon ellos y sus circunstancias, sus situaciones, sus paisajes... La página 139, curiosamente, da inicio a uno de los momentos más redondos de la novela (sic)

La ciudad se convierte a veces en una víscera que empieza a funcionar mal, y al llegar a una esquina determinada te asalta de improviso el dolor desconocido, como una punzada en el páncreas.

Con él, además, uno de mis iconos urbanos favoritos, la "jungla humana" de la Gran Vía madrileña, como vía de escape y jaula, como precipicio y paraíso, como noche y día, entró a formar parte de cómo soy y de cómo siento.

Yo, al igual que la protagonista, he debido afrontar muchas veces lo irremediable de la atracción fatal, la necesidad del cariño que no merecemos, el oscuro e inevitable peso del pasado, su entrada casual, como un océano en nuestra vida en calma. También, como ella, he caminado atravesando la Gran Vía huyendo y perseguido, haciendo de ella refugio e inevitable bálsamo. Una vez, recuerdo, con una rosa en la mano y la mirada perdida, aún con la suya bañando la mía, aún con nuestro pasado paralizando mis dedos y un dolor agudo de espina deteniendo el tiempo...


Página 140:


Entré en un snack-bar de la Gran Vía a comerme un perrito caliente con una cerveza y de repente me dio mucha rabia haberle dejado mi teléfono a Roque; es que no tengo remedio, qué insensateces se me ocurren, como si no tuviera ya la vida bastante complicada de por sí. Y además Roque no se merece que le dé pie a nada, borrón y cuenta nueva, ya está bien de idealizar. Así que me dirigí de nuevo hacia la esquina donde había visto al diablo, con ánimo más que nada de dirimir aquella cuestión y extirpar su daño. Si el papelito seguía en el platillo, es que no se trataba de Roque, porque se habría agachado a cogerlo al verme desaparecer, es lo menos que se podía esperar, y si el papelito, en cambio, había desaparecido, pensaba dirigirme a él y pedírselo, aunque fuera con cajas destempladas.
De todas las maneras, lo único evidente era que con el pretexto del papelito ya me bullía la sangre otra vez y volvía a meterme en los laberintos peligrosos de la obsesión, así que subí la cuesta despacio, indecisa, deseando a la vez desentenderme de aquel asunto y seguir hurgando en sus enigmas. A ratos me paraba. Porque además habían pasado tres horas ¿y quién te asegura -me amonestaba mi parte sensata- que el diablo siga en esa misma esquina?
Pero seguía allí. Y también el papelito, que desenterré de entre las monedas con gestos crispados y sin contemplaciones, resoplando de ira. Luego me incorporé y no pude por menos de mirar a la estatua viviente. Esta vez sonreía un poco más. Era Roque, sin duda.
-¡Eres un asqueroso, le increpé!-. Y además no sé cuándo me has protegido ni me has consolado de nada. ¡No eras el del sueño!
Luego salí corriendo y paré un taxi.


(Fin del capítulo XII)

17 de mayo de 2007

17 de maio, día das Letras Galegas

Hoxe celébrase o dia das Letras Galegas. Unha festa da palabra. Palabra como reivindicación da identidade cultural, como xeito de afirmar a necesidade da fala como eixo da vida e da humanización deste mundo á deriva. Para min, dependente confeso da palabra, é un día especial, porque tamén esta lingua e a maioría das súas palabras, dos seus xiros, da súa fráxil e fermosa poesía, camiñan a modo polas miñas veas.
Cada ano, homenaxease unha figura das Letras Galegas, e normalmente inténtase revalorizar algunha figura esquecida ou pouco estudada. Este ano, a elixida foi a poeta María Mariño, da que inclúo unha pequena poesía.

Somos un ou somos dous, ou tantos como en nós temos?
Cada un é o caber dun mundo que non sabemos
si somos ou si el é o que ten e nós mecemos.

A miña propia homenaxe ten un autor convidado, un dos meus preferidos. E ven con xeito de conto pequeno, casi microrrelato, e que deixa ese doce vértigo da existencia ao que nos ten afeitos.

Convidado: MANUEL RIVAS

A PONTE DE MARLEY, extraído de "As chamadas perdidas"

Tiña na parede da habitación un póster de Bob Marley e a avoa, que só vía cando quería, e así estaba como unha rosa, díxolle: "Moi ben, nena ¡un sagrado corazón!" E era verdade que se parecían. Marley, Xesús Cristo e o mozo da ponte. Mirábao pasar dende a praia fluvial co seu pelo de rasta e o andar desgonzado, pero rítmico, como se camiñase sobre unha corda frouxa ou na liña do horizonte. Un día cruzáronse e el sorriulle. Ela ampliou o sorriso até que ocupou a súa mente. Namorouse daquel sorriso. Pero endexamais volveu ver ao mozo da ponte. naquel pobo, a xente humilde nacía cunha maleta debaixo do brazo.
Cando de verdade casou, xa non tiña o póster de Marley nin de ningún outro. So unha pquena reproducción de Paxaros na noite, de Edward Hopper. A avoa, si. Conservaba o seu Sagrado Corazón de Xesús, cada vez mais esvaído. Era un cadro este que a ela a deprimía. A exposición da víscera rosácea, coas súas chagas e a coroa de espiñas parecíalle un icono de crueldade na habitacíón dunha enferma. A pintura dunha cultura canibal, que sentía devoción pola súa víctima, Cristo, o derradeiro cristián.A avoa mentía. Dicía que só vía un resplandor.
Ela casaba cun sorriso que pertencía á vida. A véspera da voda levara ao seu noivo á ponte e conseguiron abaneala co embate dos seus corpos entrelazados. O outro enlace, o oficial, foi unha ceremonia ao grande, á que se deixaron levar sen resistencia, conscientes de que unían dous apelidos, dúas herdanzas, dúas dinastías. Era o día do Corpus e, ao saíren da Igrexa, camiñaron como reis sobre unha alfombra de flores. Ao principio, entre flashes e saúdosnon se fixou nas estampas vexetais que pisaba despreocupada, e que ducias de mans compuseran na noite.
Até que empezou a ver a alfombra como un cadro que a metía dentro, O Espírito Santo, unha pomba de pétalos de dalia branca. A Biblia cos lombos de casca de piñeiro e o perfil de follas de fideo. Un Deus Pai co cabelo prateado de serraduras de aluminio e o manto azul de hortensia. Na man, un lóstrego mouro, de grans de café, con resplandor de candeas. E, con tento de non pisar o Sagrado Corazón, pétalos de rosa con coroa de silveira ao cabo da alfombra, alzou a vista, buscando con angustia o seu propio sorriso. Había anos que a ponte non existía.

23 de abril de 2007

La fiesta de los lectores.

Hoy, día 23 de abril, se celebra el día del libro. Y aunque normalmente solemos dedicarlo a homenajear a autores y promocionar la lectura, yo querría este año poner el acento de manera especial en hablar del lector.
Porque nosotros, como lectores, hacemos que el mundo de la lectura, los infinitos universos que nos descubre, se hagan realidad en algún lugar. Porque cada vez que abrimos un libro y comenzamos a leerlo, estamos abriendo una puerta a un universo nuevo, que es nuestra particular mirada sobre las palabras del autor. Un universo que existe desde que comenzamos a leer, y que sólo existe a partir de ese momento, pero que nunca se abriría si no llegamos a leerlo. Porque es única e irrepetible la forma en que cada uno interpreta cada libro. Es única, y crea una visión sobre las palabras que es a su vez un nuevo acto de creación y de sugestión. Por eso, he querido yo hoy trasladar aquí un párrafo del libro que ando leyendo estos días. Para dároslo a conocer, si es que no sabíais de él, y para compartir con vosotros algunas de las reflexiones que propone, que creo que quedan más o menos dibujadas en estas palabras. Que cada uno construya su particular mundo con ellas.

SÁNDOR MÁRAI. La Mujer Justa (narrativa Salamandra), 2005.

Sándor Márai es un escritor Húngaro que tuvo gran éxito en el periodo entre guerras, y que más tarde, con la llegada del comunismo a su país, cayó en el olvido. Hace unos diez años comenzó a recuperarse su obra en gran parte de Europa, a partir de la vuelta a la edición de una de sus novelas más interesantes “El último encuentro”. Su narrativa incisiva y llena de reflexión sobre las relaciones personales, su particular bisturí a la hora de diseccionar la naturaleza humana, la cultura europea, el papel de la burguesía, la oscuridad del hombre, son casi perfectamente vigentes hoy en día. Navegar por sus libros nos lleva a una continua y profunda reflexión sobre la vida y el mundo en el que vivimos. Es un escritor adictivo, y muchos de los que terminamos seducidos por aquella primera novela suya reeditada nos convertimos en seguidores incondicionales. Y hemos esperado con verdadera ilusión que poco a poco se hayan ido recuperando las novelas que escribió. Hace pocas semanas lo hacía otra de ellas (“la hermana”) que yo ya albergaba en mi biblioteca en su traducción italiana, puesto que este verano cuando estuve allí ya estaba traducida y no pude resistirme a comprarla...
La mujer justa fue la última novela que escribió en vida, y en ella el nivel de reflexión alcanza una altura conmovedora... Quiero compartir con vosotros uno de sus pasajes...
Feliz día del libro.



"(...) Todos ignoraban quién era el amor secreto del criado y de la cocinera salvo mi madre, que con toda seguridad no era muy experta en cuestiones amorosas y probablemente nunca había leído nada sobre deseos tan ambiguos como la pasión sin esperanza de la cocinera por Judit... Pero sabía la verdad. Era ya mayor y no se asustaba de nada. Sabía que la presencia de Judit en la casa era peligrosa y no sólo para el criado o la cocinera... era peligrosa para todos sus habitantes. Por mi padre ya no se preocupaba porque para entonces era un anciano y estaba enfermo, y además mis padres no se amaban. Pero a mí sí me quería mi madre; más tarde me pregunté por qué no había alejado a tiempo aquel peligro de la casa si lo sabía todo... He tenido que llegar a estas alturas de mi vida para comprenderlo finalmente.
Acércate un poco. Mi madre deseaba aquel peligro para mí
Quizá porque temía que yo fuese víctima de un peligro mayor... ¿Sabes cuál? ¿No lo adivinas?
La soledad, esa terrible soledad en la que se habían consumido sus vidas, las vidas típicas de una clase social triunfante, acomodada y ceremoniosa. En la existencia de las personas puede verificarse un proceso que es alarmante, angustioso, peor que cualquier otra cosa... El progresivo aislamiento del mundo. El proceso de convertirse en máquinas. En casa reina un orden severo, en el trabajo reina un orden aún más rígido, y en torno a ellos, un orden social absolutamente estricto; incluso su diversión, sus inclinaciones y sus vidas amorosas se desarrollan según un orden. Saben por adelantado a qué hora deben vestirse, desayunar, trabajar, amar, divertirse y dedicarse a la cultura. Están rodeados de un orden maníaco. Y en ese orden descomunal, poco a poco se va congelando la vida a su alrededor, como si, durante una expedición que se dirigiera a lugares lejanos y frondosos, de pronto el océano y la tierra se cubrieran de hielo y todos sus planes y objetivos cayeran miserablemente en el frío y la quietud. ¿Y que es la muerte sino frío y quietud? Es un proceso lento e inexorable. Un día, la vida familiar se coagula. Todo se vuelve importante, se concentran en cada detalle, pero pierden de vista el conjunto, la vida misma... Se visten con tanto esmero por la mañana y por la noche como si al ponerse la bata tuvieran la intención de celebrar algún rito solemne y sagrado, un entierro o una boda, o de asistir al pronunciamiento del fallo de un juez. Van a fiestas, reciben invitados, pero detrás de todo se esconde la soledad. Y mientras la esperanza se mantenga viva en sus corazones y en sus almas, detrás de tanta soledad, la vida será soportable. Seguirán viviendo... como buenamente puedan, sin la dignidad del ser humano, pero vivirán. Por la mañana tendrá sentido darle cuerda al mecanismo para que funcione hasta la noche."

23 de enero de 2007

El amante del volcán, un año después.

Cuando en el Vesubio se acercaba otra erupción, el Cavaliere subía más a menudo, en parte para saborear cuán intrépido había llegado a ser. ¿Era por la predicción de la sibila respecto a una larga vida? En ocasiones se sentía más seguro en el ascenso a la montaña hirviente que en ningún otro lugar.
La montaña procuraba una experiencia distinta a cualquier otra, una medida diferente. La tierra se ha expendido, el firmamento ha crecido, el golfo se he ensanchado. Tú no tienes que recordar quién eres.

***

El Cavaliere saboreaba el tener un secreto, una pequeña debilidad que podía concederse: una debilidad estimulante. Nadie debería ser del todo consecuente. Como su siglo, el Cavaliere era menos racional de lo que se ha contado.

***

Así pues, el coleccionista es un encubridor, alguien cuyas alegrías nunca están exentas de ansiedad. Porque siempre hay más. O algo mejor. Debes tenerlo porque es un paso para completar idealmente tu colección. Pero esta culminación ideal, que todo coleccionista anhela, es una meta ilusoria.

***

El Cavaliere en su salón del tercer piso. Contemplaba levantarse la columna de humo gris, hincharse y balancearse contra el cielo. Cayó la noche. Contempló el ascenso de la masa rojiza. Catherine tocaba la espineta en una habitación próxima. La espesa corriente de lava se ensanchaba.

***

Debajo de los estratos de la historia, todo habla de amor. Según el folclore local, el origen de muchos emplazamientos napolitanos es una desdichada historia de amor. En un tiempo, estos lugares fueron hombres y mujeres, quienes, debido a un infausto o desgraciado amor, sufrieron una metamorfosis en la que les vemos ahora. Incluso el volcán. El Vesubio fue en una ocasión un joven, que vio a una ninfa preciosa como un diamante. Ella le arañó el corazón y el alma, no podía pensar en nada más. Respirando con más y más vehemencia se abalanzó sobre ella. La ninfa, abrasada por sus atenciones, saltó al mar y se convirtió en una isla que hoy se llama Capri. Al ver esto, el Vesubio enloqueció. Se irguió amenazador, sus suspiros de fuego se esparcieron, poco a poco se convirtió en una montaña. Y ahora, tan inmóvil como su amada, para siempre más allá de su alcance, sigue lanzando fuego y hace que tiemble la ciudad de Nápoles. ¡Cómo lamenta la indefensa ciudad que el joven no consiguiera lo que deseaba! Capri está en el agua, totalmente a la vista del Vesubio, y la montaña quema, y quema, y quema...

***

El Cavaliere era un buscador de felicidad, no de arrobamiento. Nunca, en todas sus cavilaciones sobre la felicidad, había vislumbrado el abismo entre una vida feliz y una que persigue el éxtasis. El éxtasis no sólo supone, como diría el propio Cavaliere, una petición irracional a la vida. Tiene que volverse algo brutal, también.
Como las pulsiones sexuales, cuando pasan a ser un foco de dedicación o de devoción y de hecho son vividas en toda su capacidad de adicción y su vehemencia, así la sensibilidad al arte (o a la belleza) puede, al cabo de un tiempo, experimentarse únicamente como exceso, como algo que se ejercita al máximo en sobrepasarse a sí mismo, en ser aniquilado, en suma.

Extractos de "El Amante del Volcán", Susan Sontag, 1992



Todo empezó una noche de invierno, de carne y palabras hasta el amanecer. Una simple coincidencia. Una, como millones pudieron suceder. Pero fue aquella, y no otra. El comentario preciso, la clave perfecta.
Y llegaron aquellos días de verano, y las palabras se Susan sobre el césped de la piscina. Y el arrebato de la palabra sobre el sol. Y la palabra que desencadenó la búsqueda y la necesidad. Y de nuevo el tiempo, y los susurros. Y con él otra vez el invierno. Y las historias. Y en una tarde de enero, con unos versos sencillos de Pessoa, hace hoy justamente un año, nació mi Amante del Volcán. Y fue poco a poco albergando esas historias que se habían ido dibujando en mi fantasía desde hacía tiempo, y otras que nacieron después. También surgió la música. Pero, sobre todo, fuisteis surgiendo vosotros, inesperados, pero inevitablemente importantes. Y en el camino, me atrapó la pasión, intensa y oscura, esa inolvidable pasión. Y las manos, que arrastraron el hilo del futuro a través de un laberinto que se construía mientras yo seguía aquel. Era la Anti-Ariadna, deseando llegar al centro, al oscuro minotauro. Pero, a cada paso, el laberinto se hacía más grande, más inescrutable, más interminable aún. Y llegaron Teseos y Bacos, y muchos olvidos: necesarios unos, irrelevantes otros... Así, sin querer, mi vida se vio demasiado envuelta en este instrumento, al que poco a poco he ido colocando en el lugar que quiero para él. A estas alturas, y por el momento, demasiado vinculado a mí y a mi vida. Ha sido testigo de un año de transformaciones, de extrema felicidad y de dolorosas ausencias, de un pedazo de vida que me ha traído un poco también las vuestras, demostrándome una vez más que la palabra es algo que me conforma, algo a lo que soy adicto, y sin lo que no puedo vivir, porque me atraviesa y me determina, porque la amo y la necesito, y porque entre las mías y las vuestras, a veces, encuentro razones para creer que esto es todo un invento. Y porque toda palabra (no sólo la poética, como rezaba Celaya) es un arma cargada de futuro. Así pues, a por otro (año) más...
Gracias a todos los que estáis siempre ahí, detrás de la palabra. De la mía. De la nuestra...

16 de enero de 2007

Pequeña gran literatura

A veces sucede en medio de una narración que no termina de atraparnos, que no consigue ser redonda y que por tanto leemos con la desidia de quien atraviesa un desierto, pero sin posibilidad de abandono. Y todo porque sabemos que a veces puede ocurrir que nos asalte ese párrafo, esas líneas cuya inspiración nos llega con ardor, y nos atraviesa. Esa pincelada de palabras capaz de dibujar con precisión, con extraño lirismo, una realidad conocida, incluso ajena, pero inefable, que hasta entonces sólo formaba parte de lo no expresable, o de lo no existente. Pero que irrumpe rasgando nuestra imaginación, dejándonos desnudos frente a las palabras que muerden afiladas el vano oscuro de esa imagen que existe sólo unos segundos, como un flash que irrumpe un instante, y sin embargo deshace por unos minutos el asombro de la retina, y el de la razón.
Así me sentí, y quise compartirlo. Extrayendo ese párrafo, porque se sostiene casi sin necesidad de contexto, porque es literatura con Mayúsculas, porque lo he leído decenas de veces estos últimos días...

Pete y Cat son miebros de la policia que trabajan en los teléfonos de recepción de llamadas de personas que dan información sobre la banda terrorista que asola New York diseminando bombas por toda la ciudad, incluso a veces los propios autores que anuncian la colocación de los artefactos:

"He stepped into the cubicle, made so bold as to put his hand on her shoulder. She and Pete had mantained an unspoken no-touching rule since that night three months ago when they were both working late, when they'd been exhausted and discouraged enough to duck into the women's room together. Cat still couldn't say why she'd done it, she wasn't remotely interested, and yet mysteriously, unaccountably, she'd been headed to the ladies' and had nodded to him, and before you knew it she was sitting on the sink with her legs wrapped arround his unpretty middle-aged ass, he because she'd allowed it, becouse they'd seem at that moment like the only two people in the world, because his wife was loosing her sight and his only child had become an econut in Latin America,and she because... because Pete's wife was loosing her sight and his only child had become an econut in Latin America, because she'd led her own son die and she'd been taking calls for going on twelve hours, because Pete's neck reminded her of her ex-husband's neck, because this place was so ugly and silent and far from everything, because she'd seemed to have wanted, at that moment, to tear everything apart, to go down, to be as crazy and destructive and irresposible as the people who called her. She and Pete had never spoken about it.They both knew it would not happen again."

Michael Cunningham.
Specimen days, 2005.

LA ESPERADA TRADUCCIÓN...

“Caminó hacia el cubículo, con la suficiente audacia como para poner su mano en el hombro de ella. Ella y Pete mantenían una regla implícita de no-contacto desde aquella noche de hacía tres meses en la que ambos trabajaban tarde y estaban lo suficientemente exhaustos y desanimados como para introducirse juntos en el baño de señoras. Cat aún no se podía explicar por qué lo había hecho. No estaba ni remotamente interesada en él, y sin embargo de alguna forma misteriosa e inexplicable, se había dirigido al retrete y le había hecho un gesto con la cabeza, y antes de ser consciente, ya estaba sentada en el lavabo con sus piernas alrededor de su feo culo de mediana edad. Él porque ella se lo permitió, porque parecía como si en aquel momento fueran las dos únicas personas del mundo, porque su mujer estaba perdiendo la vista y su único hijo se había convertido en un loco ecologista en América Latina, y ella porque... porque la mujer de Pete estaba perdiendo la vista, y su único hijo se había convertido en un loco ecologista en América Latina, y porque ella había dejado a su propio hijo morir, porque llevaba doce horas de llamadas telefónicas, porque el cuello de Pete le recordaba a la de su ex-esposo, porque ese lugar era tan feo y silencioso, y estaba tan lejos de todo, porque justo en ese momento, parecía como si ella hubiera querido desgarrar todo, bajar, ser tan loca, destructiva e irresponsable como la gente que la llamaba por teléfono. Ella y Pete nunca habían hablado de ello. Ambos sabían que nunca sucedería de nuevo”
Michael Cunningham.
Días memorables, 2005.