1 de junio de 2009

La piel de la manzana

Miguel pelaba las manzanas de un solo corte, dejando que de la hoja del cuchillo se fuese escapando la fina piel en una cinta perfecta que iba cayendo como un inmenso tirabuzón, bajo la palma de su mano. Yo lo intentaba en casa, pero la cinta de piel resultaba irregular y terminaba siempre rompiéndose en algún momento, para mi frustración. Me llegué a obsesionar con aquel ejercicio que Miguel, sin embargo, parecía ejecutar casi con los ojos cerrados, como un héroe. Había otras muchas cosas que Miguel hacía a la perfección. Además, sus opiniones eran sabias y justas. Era capaz de decir la frase precisa para hacer reflexionar sobre algo en lo que aparentemente uno estaba seguro, provocando como nadie una extraña sensación de incomodidad y pudor que se te quedaba en la intimidad pero que te hacía odiarle y envidiarle a partes iguales. Yo consideraba inquietante aquella capacidad suya para hacerte creer que siempre estaba en lo cierto, que siempre tenía razón, ya fuera en un asunto de cultura general, de memoria sobre cualquier cuestión o incluso de relaciones personales. Su juicio siempre te hacía sentir que, de alguna forma o en alguna dimensión, tú eras inferior a él. Y todo ello sin arrogancia alguna, siempre haciendo gala de una modestia y de una generosidad impecables.

Durante muchos años me quedó la secreta costumbre de comparar todo lo que yo pensaba o hacía con lo que haría o diría Miguel. La opinión de Miguel, su visión de las cosas, siguió pesando en mayor o menor medida en mí aún cuando, tiempo después, dejé la ciudad y hasta el país, y había perdido el contacto con muchos de mis amigos, incluido él. Hasta que un día, en una de mis visitas a mis padres lo volví a encontrar casualmente por la calle y se empeñó en invitarme a comer para ponernos al día.

El Miguel de aquel día era mucho menos seguro del que yo recordaba. De aspecto descuidado y con aire cansado, me contó que tras dos divorcios en cinco años, se encontraba solo ahora y que por fin estaba recomponiendo su vida. A pesar de lo escueto que fue en sus explicaciones, me pareció que lo de estar solo no lo llevaba muy bien. Tampoco su trabajo, que le daba para vivir bien, pero le resultaba una carga, aunque que no había tenido la fuerza de buscar otro. Ahora, con la pensión que debía pasar a su segunda mujer, no podía permitirse arriesgarse a cambiar. Lo dijo con un tono amargo que jamás habría imaginado en el pasado. Como si al final todos aquellos consejos, todas aquellas opiniones suyas, por perfectas que pareciesen, no hubiesen logrado evitarle error tras error. Ya no hablaba de la misma manera que antes. Se había vuelto más relativo en todo. Cuando le conté lo bien que me iba en el extranjero, se alegró mucho, pero no comentó nada más.
Miguel no había sido nunca una persona tendente a lamentarse y tampoco lo era ahora, pero su semblante triste se te clavaba en los ojos, incluso cuando, como entonces, volvió a pelar de manera impecable la manzana que tomamos de postre mientras yo destrozaba la mía como siempre. Sí, seguía siendo una proeza aquella piel extraída de manera tan perfecta y matemática. Sólo que ahora creo que ya no me parece algo tan envidiable.

6 comentarios:

senses or nonsenses dijo...

pues la piel de Miguel te ha quedado pelada perfecta e impecablemente.
...lo positivo es que, a pesar de todo, parece que aún no está podrido por dentro. del todo...

un abrazo.

Tomás Ortiz dijo...

Vivo con alguien que tiene la facultad de pelar la fruta de la misma manera. Es cuanto menos inquietante. Pero haberlo visto tantas veces te hace olvidarte de lo inusual que resulta, incluso ahora ya no me quedo embelesado mientras lo hace, sino que miro la tele. La rutina convierte lo excepcional en una banalidad, con todo lo malo (y bueno) que ello representa.

Argax dijo...

Y es que siempre importa más lo que hagas que lo que digas o pienses. al menos para uno mismo.
Pocos logran que ideales, moralidad y acción vayan en la misma dirección.

Buena estructura, sencilla, ideal para lo que querías comunicar y contar.

Ay, amigo...

pe-jota dijo...

Un texto impecable para una realidad contundente, ya que duro es el aprendizaje en esta vida, la cual acaba siendo una suma de desengaños, que nos acabará impulsando hacia la relativización de las cosas. Entre el negro y el blanco hay una inmensa gama de grises, y la vida no es una suma de absolutos, cuanto antes lo aprendamos, antes aprenderemos a disfrutar de lo que poseemos sin envidiar a los demás.

susana dijo...

pues a mi lo que me ha gustado es la idea de una persona del pasado que tenemos como referente, alguien de quien te acuerdas que por alguna razón... yo también tengo migueles en mi (in)consciente y quiero pensar que el presente...a veces es mejor no saber.

NaT dijo...

Me encantó cuando lo leí, no he te dicho nada antes que he tenido una semana un poco agobiada, ya te contaré.

Como pasan las cosas cuando uno va creciendo ¿verdad? hay cosas que nos parecen lo más importante del mundo en un determinado momento y de repente esas cosa dejan de ser lo más vital.

Como siempre una manera especial de decir las cosas.

Besosssssssssss

P.D. espero que mañana no se me olvide mandarte un mensajito.