9 de abril de 2008

Desmontaje

Mientras la tarde se va apagando Miguel encuentra en el sofá uno de los momentos de inactividad de la semana. Necesita descanso porque en la oficina lleva varias semanas sin tener un minuto libre. O al menos eso es lo que dice a todos. No es que la situación sea para tanto, pero él no para de quejarse, como si así pudiese creerlo. Su acto reflejo de encender la televisión y ver uno tras otro todos los programas de la tarde noche se ha visto abortado, aún no sabe por qué. Desde ese rincón observa el salón en silencio, los muebles de diseño en color claro. El silencio le oprime, sabe que tras él todos esos pensamientos se agolpan esperando cogerle desprevenido. Teme que le asalten así, todos de golpe, enredados, asfixiantes. Toma el mando, todos los objetos de la sala impecablemente colocados en su sitio le observan amenazantes. Es fácil cuando la tele está ya encendida. Pero algo, no sabe bien qué, lo retiene. Se queda mirando la pantalla gris, sintiendo ese leve deseo de la inoperancia. Estoy cansado, se dice, intentando poner un poco de razón al momento.
Laura no ha pasado hoy por casa antes de su clase de yoga. O al menos no ha dejado ninguna nota, ella siempre suele dejarlas cuando no pueden verse. Se levanta, intenta comprobar si se le ha pasado por alto. En la cómoda de la entrada no hay nada. Laura se ha dejado su monedero pequeño junto a la bandeja de las llaves, casi no se ve. Sólo duda un instante, en el fondo no siente demasiada culpa mientras lo toma y abre la minúscula cremallera que lo bordea. Entre las monedas hay varios papeles. Tickets de compra de diferentes tiendas, un par de entradas de cine, la tarjeta del último restaurante donde han cenado. Siempre dejándose cosas por ahí, Laura es un desastre.
Como si no estuviese satisfecho, Miguel examina todo lo que ha sacado. Algo nervioso sí que está. Las monedas al caer sobre la mesa han sonado en la habitación con un estruendo que se le ha instalado en su oído con un incómodo eco. Al abrir una de las entradas de cine lo ve, escrito con una caligrafía torcida y rápida. Un número de teléfono. Lo primero que se le ocurre, como una intuición, es tomar su móvil y marcar las cifras que acaba de leer. Se lo piensa un segundo, pero marca el botón de llamada. En seguida el número se transforma en un nombre. Alfredo parpadea en la pantalla sólo un par de veces antes de que Miguel cuelgue. Un nudo terrible se le ajusta en el estómago y el silencio, sólo roto por sus propios pasos inquietos que han comenzado a caminar de un lado a otro, parece oprimirle más y más a cada segundo. Lo imagina desde hace tiempo. En realidad desde siempre, desde que invitó a Alfredo la primera vez a casa. En aquel momento no supo descifrarlo, pero siempre intuyó que algo extraño se había desencadenado entonces. Quizá hasta ahora no había visto con tanta nitidez que a Laura siempre le había gustado Alfredo. Por aquel entonces había pasado ya mucho tiempo desde que se había acostado con él por última vez. Pensó que había sido algo temporal, aislado. Creyó que llevándolo a casa, haciendo que conociese a Laura, mezclándolo con sus amigos, conseguiría hacer que todo cambiase, borrar aquellas tardes de junio, como si nunca hubiesen sucedido. Se han casi desvanecido ya. Pero hoy, sus sospechas, no teniendo nada que ver con aquello, se lo han hecho recordar con la más cruda de las cercanías. Los celos, ásperos, se apoderan de él, y no es capaz ni de entender de quién ni por qué.

En la calle llueve aún, cada vez con más fuerza. Las gotas alargadas dibujan aristas debajo de las farolas y el ruido, como en sordina, le atraviesa la garganta. Los fantasmas han salido en tropel desde la pantalla inerte del televisor. Ojalá pudiera encenderlo y olvidarse, inventarse que es una tarde cualquiera, como todas las demás, como siempre. Abre la ventana y el ruido de la lluvia entra, esta vez de lleno, invadiendo la habitación. Necesita salir, caminar, mojarse, espantar todos los pensamientos que no quieren huir de su cabeza y que a duras penas consigue esquivar. Sin pensarlo más toma las llaves y sale por la puerta, sin acordarse de cerrar la ventana o apagar las luces. Al girarse para encaminarse al ascensor descubre a Iván que acaba también de salir de su casa. Iván ha llegado tan sólo hace unos meses al edificio. Es joven y bastante aparente, además de tremendamente encantador. De los que lo son de manera inconsciente, como si estuvieran hechos de otra materia, más leve, más divina que la de los demás. Miguel se muestra alterado, incapaz de fingir lo que está sintiendo. Iván no le ha pasado desapercibido nunca, desde el día que llegó. Como con otros muchos hombres, su deseo, a la fuerza apagado, ha pasado a formar parte de esa otra realidad que conforma todo lo que no le sucede. Esa realidad que no existe y que lleva ya alimentando demasiados años sin poder probar.
Entran ambos en el ascensor y Miguel contiene la respiración. El olor corporal de Iván, en la estrechez de la cabina, lo atraviesa. Ambos hacen el gesto de abrir la puerta al llegar a la planta baja y sus manos se tocan al hacerlo. Miguel se queda paralizado. El rumor intenso de la lluvia sobre el portal se escapa a través de los pocos centímetros que se ha abierto la puerta. Iván, extrañado, se queda mirándole fijamente. Su piel es tan suave, casi la puede sentir. Se acerca un poco, pero finalmente abre la puerta del todo y le deja salir. Iván le sonríe, y Miguel le responde con un hasta luego que suena lleno de tristeza. Iván sale rápido, algo extrañado. Otro chico le espera en la puerta y ambos se introducen en un coche que se escapa calle abajo. Miguel sale y deja que las gotas le golpeen y le enfríen las mejillas. La calle le trae por fin el alivio que necesitaba. La soledad y la rabia se mezclan amargamente bajo su lengua. Los nudos se van deshaciendo mientras la cara y los cabellos se mojan más y más, casi impidiéndole ver por dónde camina. Sus pasos saben donde quieren ir. El olor de Iván no se le despega de las entrañas, y necesita saciar esa sed como sea. Sabe bien donde debe ir para hacerlo. Rápido, discreto, sin preguntas, en plena oscuridad. Sus piernas aceleran el paso aún más. Se siente empapado y lleno de fuego a la vez. Sin proponérselo, imagina qué le dirá a Laura esta vez.
Sabe que no le preguntará nada. Que cenarán como si nada hubiese pasado. Sabe que le ha prometido pensarse lo de tener el niño, probar al menos. Sabe que no sabrá decirle que no. La lluvia arrecia. Sabe que todo seguirá como siempre. Se baja la cremallera del pantalón con fuerza, su polla está dura ya. En seguida siente la humedad rodearla. En unos minutos se habrá desahogado. Respira hondo. Sabe que no debería, pero piensa en Laura, y sabe también que le dirá que sí, otra vez, sabe que le dirá que sí otra vez...

12 comentarios:

Raúl dijo...

tío, me gusta tanto lo que escribes que voy a dejar de decírtelo. por cierto, tienes un e-mail.

Fenjx dijo...

multiples facetas
amigos amores
ternura y arrebato
cordura desquicio
pero una sola vida
solo una
porque las grietas
acaban por moverse y hacerse cada vez más grandes
hasta que nos engullen

pe-jota dijo...

Nos acostumbramos tanto a la seguridad de la rutina que cuesta o se hace imposible romperla, aunque sepamos que seríamos más nosotros mismos.
Vidas tristes en entornos grises y muebles de diseño.

Mart-ini dijo...

he logrado recrear la historia en mi cabeza con tus palabras...

EFESOR dijo...

Hola corazón!

He decidido pasar de nuevo por aquí, ya cargado con mis 25 años, y me has emocionado de nuevo. Como tu solo sabes hacerlo, por lo grande.

Llevo un tiempo con ganas de una historia visual, algo que pueda escribir y grabar, volver al trauma de los festivales. Sabías que HACERLO esta seleccionado en un festival en Madrid?? La semana que viene será mostrado de nuevo en pantalla grande, y yo no estaré allí para verlo.

Esta historia me han dado más fuerza, la he visto y le he tenido ganas... De seguir con ella, o comenzar desde cero y asemejarte.

Te mando un beso polar.

Jose

gatchan82 dijo...

desengaño, engaño, decepción, tristeza y refugio en la pasión del momento... son los elementos recurrentes

Vitamina D dijo...

Esos instantes en el ascensor me los has hecho sentir vivamente.
Viniendo de un relato tuyo, no podía ser de otro modo.

Un saludo

Senses & Nonsenses dijo...

jo, igual estoy equivocado, pero esta historia es nueva?, o está sacada de una historia que ya habías escrito?
en cualquier caso, me gusta lo rápido que podemos identificarnos con los personajes de tus relatos.

un abrazo.

susana dijo...

la rutina atrapa, sí, pero cuando te haces valiente y le das la vuelta, la vida es mucho mejor. leerte me ha hecho recordar viejos tiempos y estar orgullosa de ser la persona que soy. gracias!

guillermo dijo...

tu literatura es como la sal, da sabor guillermo

Luís Galego dijo...

Un número de teléfono. Lo primero que se le ocurre, como una intuición, es tomar su móvil y marcar las cifras que acaba de leer.


as nossas inseguranças aqui retratadas neste belo post...

hermes dijo...

Bastan unos segundos para identificarse con los personajes de tus relatos, para meterte de lleno en el tema, eso es saber escribir y lo demás tonterías.

Como siempre, fantástico