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28 de febrero de 2008

Él

Cada mañana estaba ahí, en la esquina, mirándome fijamente. Nadie parecía darse cuenta de que su forma de observarme era ruda y al mismo tiempo llena de oscuridad. Echaba un vistazo alrededor y el mundo parecía seguir discurriendo como si nada sucediese. Yo solía apartar la mirada, pero sientía siempre la suya como fuego sobre mi nuca. Y si, por casualidad, me volvía a comprobarlo, ahí siguía, girada para alcanzarme, recorriéndome aún, llena de intenciones que no alcanzaba a traducir, de deseos que se escapaban de su retina. Ni un músculo más de su cuerpo se movía, sólo su cuello, buscándome ya en el final de la calle.
Un día desapareció para no volver. Lo olvidé rápido, lo admito. Pero nunca fui consciente de la semilla que aquella mirada había enterrado en mí hasta hoy.

Esta noche he vuelto a cruzarme con él, inesperadamente. El viento que se ha levantado de repente, aquellos cables rozándose con ese insoportable ruido metálico, el frío que me recorre el cuerpo. No, no he sido capaz de escuchar ninguna de las señales que llevan un rato queriendo anunciármelo. De golpe ha surgido, como entonces, de una esquina. Esta vez todo está oscuro y sus manos brillan bajo la débil luz de la farola. El viento sigue silbando, nada más se escucha. Parecemos los dos únicos seres sobre la tierra. Sé que está vez no se quedará parado. Sé que viene a por mí. Cada vez se escucha con más fuerza el ruido de los cables. Parece que los siento quemar sobre la piel. He debido tener cientos de pesadillas desde que aquella mirada suya se cruzó con la mía. Pesadillas en las que he perdido casi toda la inocencia de mis intenciones. No recuerdo ninguna, mi consciencia ha pasado por ellas como de puntillas. Pero esta noche, al verle de nuevo, se han despertado todas desde ese pozo infinito de lo inquietante, de lo que no osamos pensar que sucede, de todo lo que está más allá. Su mano me acaba de tomar por el hombro y la luna amarilla brilla insistentemente en sus uñas. Siempre supe que debía pagar por mi secreta perversidad, esa que nadie conoce. Su aliento llega a mi nuca, y sé que es ahora.

31 de julio de 2007

La belleza Inteligente.

Otro de los grandes del cine que se nos fue. Este verano el mundo del cine se queda muy huérfano. Nada más conocer la noticia de la desaparición de Michelangelo Antonioni no he podido evitar traer a mi memoria todas las imágenes (abundantes, rodeadas de una extraña perfección) que en mi memoria guardo de la visita que el año pasado hice a Ferrara, su ciudad natal. Una de las desconocidas de Italia, pese a ser patrimonio de la humanidad. Una ciudad (ya lo expliqué en su día) de una belleza extraña, escondida, sutil. Una ciudad donde la belleza lo inunda absolutamente todo, pero es como si no pesara. Porque no está basada en el la espectacularidad, en el desafío o en la perspectiva, sino que requiere una capacidad más allá de la convención para poder captar el equilibrio de su irregularidad, la cautivadora atracción de lo simple, de lo pequeño, de lo aparentemente normal.
Y es que a mí, que siempre me costó bastante conectar con esa distancia que impone el italiano en sus películas, me parece que su capacidad (inigualable) para plasmar la belleza en cada fotograma que filmó (aún en el más terrible de los lugares) tiene mucho que ver con esa silenciosa hermosura de Ferrara. La poesía que tiene cada uno de sus encuadres es inexplicable. Yo siento que su belleza tiene que ver un poco con la belleza del silencio, de la armonía, de lo cósmico... Ya sean las escenas de los suburbios de Roma, o la gris Londres, él siempre captaba en lo normal, en lo habitual, incluso en lo aparentemente feo, esa conexión que en todo hay con la capacidad para exprimir lo lírico, la belleza estricta. Tampoco he visto tantas películas de él, pero me quedo con esa capacidad única que para mí tiene, de fotografiar desde un inteligentísimo don para captar lo bello en la imagen. Dejo aquí, como recuerdo algunas de las fotos que hice el año pasado en aquel inolvidable paseo en bicicleta al atardecer, donde la ciudad entera plegaba furiosa su silencio, su color y su hermética belleza para nosotros... Seguro que le habrían gustado.
Adiós, Michelangelo, adiós.