Las conexiones que a veces la vida nos brinda son insospechadas. Y más si hacemos de exploradores de posibilidades, de secretos topos de arena azul. Después de despedir el viernes a EFESOR en su partida a Finlandia, y de que me encargue que le documente en algunas cuestiones de música clásica para su largo, lo primero que se me vino a la cabeza fue Jean Sibelius, el más grande músico Finlandés. Uno de los compositores más interesantes del movimiento romántico nacionalista, autor de obras que forman parte de la discografía básica de cualquier melómano . Su sinfonía número 2, o su concierto para violín, deberían estar en toda discoteca, por básica que sea. Pero quizá sus obras más populares son sus poemas sinfónicos, como Finlandia, compuesta en época de la dominación rusa y para algunos verdadera melodía nacional, o el Cisne de Tuonela, una de las obras más profundamente líricas de todo el romanticismo sinfónico.
En mi casa, de pequeño, tenía un disco que solía poner mucho, con obras de Grieg y de Sibelius. De este último se incluía Finlandia, el Cisne de Tuonela y el Vals Triste, una de sus obras más tradicionales desde el punto de vista musical, pero de innegable inspiración melódica. Me gustaba ponerla una y otra vez, y me parecía que viajaba con la mirada, con el pensamiento, a esa Finlandia blanca, helada, llena de bosques de árboles infinitamente verticales, de lagos negros, de miradas azules... Era uno de mis ejercicios de fantasía más estimulantes, vivido desde mi Andalucía siempre cálida, entre africana y mediterránea... Y es que de niño siempre me gustó soñar con lo nórdico, con el silencio de la nieve, con el hielo tras los cristales... Y para mí todo aquello era Sibelius, y su Vals Triste, su cisne de Tuonela.
Hoy, mientras intentaba buscar algo de él para dedicárselo a Efesor, me he encontrado con este pequeño corto de un tal Bruce Conner, que no sé quién es, pero que funde estas imágenes antiguas de Kansas (ciertamente cautivadoras) en blanco y negro, con la música del Vals Triste de Sibelius. De repente, esa afilada aguja que guía el hilo del destino ha cruzado por un instante la tierra, y, desde algún origen incierto, nos une: nieve y desierto, azul y verde, muerte y deseo, danza triste. La mirada es la misma... cautivadora. La música, lenta e ingrávida, nos envuelve en las búsquedas. Allí o aquí, nada sabemos, esperamos todo. Comenzamos, continuamos, abandonamos, sentimos, nos acercamos, evitamos, miramos, sonreímos, tocamos, respiramos, nos cruzamos... Y el hilo sigue dando vueltas, rompiendo el aire con su risa. La vida nos envuelve con su lengua y nos traga con la paciencia de la serpiente. Los pasos suenan despacio, como arrastrándose por el suelo en un vals circular...




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