3 de octubre de 2006

El Efecto de la Mariposa Blanca

El "efecto mariposa" proviene del antiguo proverbio chino: "el aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo". La idea es que pequeñas variaciones en las condiciones iniciales de un sistema dinámico pueden producir grandes variaciones en el comportamiento del sistema a largo plazo. La interpretación del principio es que la realidad no es mecánica y no es lineal, o dicho de otra forma: la incapacidad del hombre y la ciencia de predecir y controlar la realidad, y que existe un orden en los acontecimientos aparentemente aleatorios.

(Resumen tomado de Wikipedia)

En esos días que las nubes pasan rápido, antes pensaba que el tiempo atmosférico de algún sitio se debía haber alterado o apaciguado y que, por algún efecto físico de esos que tienen nombre de científico impronunciable, las nubes se ponían a correr y la lluvia descargaba con saña en el lugar en el que yo me encontraba. Más tarde encontré un principio científico que podía explicar algunas de estas cosas, pero que no tenía ningún nombre extraño, y sí uno bien bonito. Se llamaba mariposa, el efecto mariposa. Y tenía mucho que ver con la teoría del caos, y con la presunción de que un análisis detallado de un sistema inestable podría arrojar información suficiente para predecir su evolución en el tiempo... Leí mucho sobre el tema, y descubrí que el caos y el azar no son tan caprichosos como parece, y que los sistemas complejos en los que la multitud de variables podrían hacer pensar que el control sobre ellos es imposible, sí que tienen cierto margen de dependencia o de control.

La verdad, nunca pensé que la vida de uno pudiese constituir uno de esos sistemas. Y sin embargo, en estos últimos meses, es mi propia vida la que ha llegado al caos. Pensándolo bien, es cierto que son demasiadas las variables que la determinan y que me han empujado a esta tormenta existencial. Quizá el único signo externo sea el hecho de haber dejado de interesarme por muchas de las cosas que me han interesado siempre. Julia hace semanas que no habla mucho, y supongo que ni siquiera ha sido capaz de enfrentarse a mi cambio de actitud, pero estoy seguro que lo ha notado. Hace ya demasiado que no cojo el lienzo y el pincel. Sé que he tenido otras épocas de falta de inspiración, pero no me cabe duda que ya se ha dado cuenta de que esta vez es diferente. Jorge, mi galerista, no me ha dicho aún nada. Él nunca me dice nada, siempre parece mostrarse entusiasta con mi obra, incluso a pesar de las malas críticas de la última exposición. Y es que en realidad era bastante mediocre, soy consciente de ello. Pero Jorge no quiere verlo. Creo que incluso esconde una cierta y racional decepción personal con mi obra de últimamente. Él siempre se ha guiado por otros instintos conmigo...Desde aquella primera mirada suya lo supe. Pero es muy discreto, y supongo que siempre se ha contentado con eso... y con la imaginación, claro.

Julia sí que me ha hecho algún comentario, pero con sutil arrogancia, como siempre dice ella las cosas. Con esa misma petulancia con la que pretende esconder con excusas que cada vez pasa más días en casa de su madre. Mónica, su madre, desde que está divorciada no hace más que meter ideas extrañas sobre mí en la cabeza de su hija, y, la verdad, ya no sé si agradecérselo o no. Sé que ella nunca vio con buenos ojos nuestra relación. Lleva con demasiada poca discreción su papel de sesentona moderna que, sin embargo, no ha dejado de guiarse por las más provincianas convenciones. Estoy seguro que Julia terminará igual. Y es que creo que ya no miro con los mismos ojos a Julia, con aquella admiración con la que me contagiaba la rebeldía suya de adolescente, esa que empleaba contra la tiranía de su padre, contra los reglamentos de la universidad y en fin, contra toda aquella norma que respirase el mínimo tono reaccionario. Desde que aquel amigo de la facultad, que terminó convirtiéndose en Secretario General en el Ministerio de Cultura, le ofreció el cargo de Directora General de una de las Bibliotecas más importantes del país, fue perdiendo poco a poco aquel idealismo y sustituyéndolo, en un sutil mercantilismo de sus principios, por un estilo convencional y cada vez más conformista, a la vez que poco crítico. Su aspecto le preocupaba cada vez más, y sus conversaciones pasaron a ser poco a poco más superficiales. Es curioso, pero es a través de su cargo como conocí en un acto cultural a Luis Sanabria, el escritor, y así comencé a frecuentar su casa y sus tertulias. Fue él quien me animó a escribir, desde que casualmente leyó algo mío escrito en la contraportada de un libro. Poco a poco he ido dedicándole más tiempo, y tengo que reconocer que cada día me he centrado más en ello, que incluso con frecuencia abandono los pinceles para tomar el teclado y componer pequeños relatos. Pienso que cada día se me da mejor. Un día se lo comenté a Jorge, pero él trató de convencerme de que no debía descuidar mi labor de pintor, que la escritura podía ser un hobbie, pero no debía ser más que eso. Estoy seguro que le aterraba que perdiera la disciplina, que empeorara mi obra, que me alejara de esos círculos sociales de la pintura que él tan bien manejaba y que le mantenían unido a mí, que me hacían dependiente de él. No se lo he confesado aún, pero ingresé en un taller de escritura. Uno que organizaba el mismo Luis Sanabria. A él acude hasta su propio hijo, Carlos.

Carlos tiene sólo 21 años, pero posee un grandísimo talento. Con frecuencia hablamos de muchas cosas a la salida del taller, y hemos descubierto muchas afinidades y aún más complicidades de las que podía haberme imaginado. Al principio me engañó su juventud, pero después de varios meses compartiendo cuatro horas semanales de taller, y alguna más fuera de clase, he llegado a la conclusión de que a veces la madurez es más una visión del mundo que un proceso. El hecho de tener exactamente el doble de su edad no es más que otra coincidencia de la que nos reímos con frecuencia. Fue él quien me convenció para que me conectara a Internet y así poder tener acceso on-line a bases de datos y diccionarios, concursos literarios, blogs de escritores, y un sinfín de servicios. Al principio le costó convencerme, pero ahora reconozco que ha sido un gran acierto. El día que compré el equipo necesario, él mismo me acompañó para asesorarme. Recuerdo con precisión cómo me miraba aquella tarde, con qué curiosidad, con qué admiración. Me sentía contento y a gusto en su compañía. A la entrada de aquella tienda, una mariposa blanca batió sus alas cuando Carlos la apartó con cuidado de la puerta. Recuerdo que pensé en aquel famoso principio científico, e imaginé qué poderoso ciclón estaría a punto de barrer quien sabe si las costas de América Central o la selva de Vietnam... Miré al cielo y todo parecía encajar: las nubes, el viento, la luz del sol cayendo sobre el horizonte, yo mismo caminando hacia el oeste... y Carlos, que no dejaba de mirarme. No sé si fue en aquel momento cuando sentí por primera vez que el deseo me mordía las pestañas. Porque en aquella altura ya no sólo era la forma en que me miraba. Era también su piel rosada, su brazo redondeado bajo la camiseta, sus manos grandes y perfectas, su aliento cuando se acercaba a contarme alguna confidencia de adolescente. Al llegar a casa me instaló un pequeño programa de mensajería, con el cual me explicó que podríamos charlar cada vez que estuviéramos conectados. Él tenía incluso una cámara con la que lo podría ver mientras escribía. Me pareció ridículo, pero la curiosidad pudo conmigo y comencé a charlar con él cada noche. Eran largas conversaciones en las que fui conociéndole poco a poco. En las que fui dependiendo de él, de sus frases, de sus miradas, de sus brillantes guiños, de su inteligencia seductora... El primer día que me masturbé a escondidas mientras lo miraba a través de la pantalla, una gran tormenta se instalaba sobre la ciudad. La recuerdo ruidosa e incómoda. Y durante un instante pensé que quizá el efecto de aquella mariposa blanca iba a darme más de lleno de lo que yo pensaba. Pero mi impulso había desbocado ya mi mirada, y necesitaba ejercerse desde la piel. Al cabo de unos días comenzó a notar lo que yo hacía. Primero fueron provocaciones en forma de broma. Luego vinieron sus gestos felinos. Y, de repente, una noche, comenzó a quitarse la ropa delante de mí, mientras yo callaba. Después, con gran parsimonia, comenzó a tocarse mientras asaltó el objetivo con una mirada turbia que no había viso antes en él, pero que me excitó profundamente... Me preguntó si quería que siguiese. Dudé un instante, pero la decisión ya estaba tomada, quizá por el agitar de alas de aquella mariposa. Le dije que sí.

De eso han pasado exactamente tres meses y dieciséis días. Hago la cuenta mientras tengo a la vista el calendario electrónico del salpicadero del coche. Le espero bajo su casa con el coche en marcha. Otra tormenta se cierne sobre mí esta mañana, pero he decidido que me voy a escapar al sol. Bueno, lo hemos decidido entre los dos. No tendremos que ir tan lejos como Tailandia o Costa Rica para ejercer los efectos de unas alas tan frágiles. Carlos ha sido becado por la Sorbona y queremos marchamos los dos. Aunque tenga que retomar mi oficio para ganar algo más de dinero. De momento, también me ofrecen publicar en un periódico.

A Julia le he dejado una nota, quizá algo escueta... Espero que la encuentre cuando regrese el lunes de casa de su madre. A Jorge no le he dicho nada. He cambiado de teléfono, para que no puedan localizarme. Para que nadie vuelva a localizarme. Y es que necesito comenzar una agenda desde cero. Sí, es lo que realmente deseo. De momento sólo tengo ocupado un número...en la C.

8 comentarios:

hermes dijo...

Hola amigo: Yo no he visto tus pinturas por lo que no puedo opinar( yo tambien pinto), pero si leo lo que escribes y creo que vales para ello, sería una lástima desperdiciar ese valor recientemente descubierto por ti y unos cuantos.
En cuanto a tu historia con Carlos, de foma distinta tambien me ha ocurrido a mi desde hace unos meses algo parecido, con la diferencia de que a ninguno de los dos nos es posible emprender ya un nuevo camino, por ello te animo a que seas feliz y si hay que irse a París se va, incluso cambiar el número de teléfono.

NaT dijo...

Ay mi Vulcanito precioso!!!
Qué de cosas hay en ese bello texto, la prudencia me hace ser sensata, ya hablaremos ;-)
Eso sí, consérvame en la N por favor.
Besos de lava, redonditos de nata

EFESOR dijo...

mira que eres cruel y hacerme imprimir este texto para leerlo encima de una bicicleta estática.

bonito cuento,
bonito tú...

a veces los cuentos nos ayudan a pensar que nada es imposible, que quizás dentro de 10 años consiga lo que ahora no puedo alcanzar.

como me dicen al oído: no vale la pena tener un mundo dentro y no sacarlo fuera.

pe-jota dijo...

Impresionado, que escribes muy bien es obvio, pero este relato lo supera todo, hasta hacerme pensar que parte hay de verdad y que parte de ficción, supongo que eso te lo reservas y que una suave sonrisa cruzará tus labios al leer esto.

Mart-ini dijo...

plas plas plas...

Un diez que te mereces...


Simplemente brillante.

Un beso, con tu permiso (que te lo has merecido a pulso)

Enis del mar dijo...

Que difícil es, a veces, saber dónde está exactamente la línea entre la realidad y la ficción.

Senses & Nonsenses dijo...

merece la pena arriesgarse a empezar de cero por algo o alguien; muchas veces nos aferramos a las cosas que tenemos, o creemos tener, a la seguridad de los lugares, de los objetos, nos aferramos a nuestras creencias...
...y a estas horas ya estoy desbarrando.
espero que me anotes en tu nueva agenda.

me ha gustado el relato.
un abrazo.

ivansergi dijo...

Ojala que relatos asi se cumplan, al menos una vez en la vida (por aquello de que el camino escogido sería el que más felicidad nos proporciona). Muy válido y muy valiente para salir de la Isla de la Melancolía.
Es más que un gustazo leerte, de verdad.
Un abrazo.