9 de octubre de 2006

Pupilas en la ciudad

Cada día nos cruzamos con cientos de personas. Especialmente cuando vives en una gran ciudad. Personas que cruzas por la calle, personas que cruzas en las esquinas, al entrar al supermercado, al entrar y salir del trabajo, en todos esos puertos urbanos de la modernidad: andenes, vagones, colas de espera, ascensores... La mayoría pasan desapercibidas, ausentes de nuestra conciencia, como un obstáculo más del laberíntico viaje diario, como elementos móviles de un mobiliario urbano que se hunde automáticamente en el olvido. Hay otras que, sin saber muy bien por qué, llaman nuestra atención, provocan y a veces hasta inquietan nuestra curiosidad. Bien puede ser la atracción lo que nos llama a tejer un hilo ardiente e invisible entre las miradas. Otras es el deseo el que nos obliga, nos arrastra, a perseguir las pupilas, a marcar la curva de la piel y esa otra, imaginada, del aliento.
Las ciudades están llenas de esquinas que obligan al Ulises moderno a quebrarse una y otra vez, a desdoblarse y desmadejarse en paradas de metro, en amplios centros comerciales y desvencijados portales oscuros. Y sin embargo, no siempre desvía su curso nuestro héroe por causa del felino apetito. A veces, la curiosidad es una extraña llamada, un acto que no responde a causa determinable, y que puede terminar en discreta sonrisa, luz en los ojos, ingravidez pasajera... Se produce un reconocimiento mutuo, el hallazgo, secreto quizá, de un gen compartido o de una prehistórica unión. Ulises navega en la ignorancia de lo que las olas humanas le deparan, pero sabe que es a veces sólo en esas miradas donde encuentra la luz, la señal certera de que su caminar diario tiene un sentido más allá de los anhelos y frustraciones de un simple humano como él. Y es que tras esas miradas, vislumbra el eco del paraíso perdido, del pasado que pudo no existir nunca, del futuro que sin duda no existirá. Sentirlo le hace infinitamente pequeño, a la vez que inmenso, por ser capaz de descubrirlo... En el fondo, a pesar de navegar hacia la nada, tener un faro de vez en cuando en el camino, le hace feliz. Y eso, es suficiente.

15 comentarios:

Anónimo dijo...

Que razón tienes, al cabo del día miles de personas anónimas han pasado por nuestro lado, miles de almas de las que no sabemos nada y de las que por regla general no sabremos nada. Pero hay, y no sabemos por qué, alguien o algo q nos hace parar y detener nuestro camino.

Mart-ini dijo...

Todos somos anónimos, perdidos entre la marabunta de gente y, entre millares, están esos ojos que hacen que nuestra vista se pare en ellos y se pare el tiempo a nuestro alrededor...

Un beso, con tu permiso.

Azul_oscuro dijo...

Y que curioso que yo tuviera esa sensación constante en mi visita a Madrid...personas que van y vienen cada una con sus propias historias,que no llegaremos si quiera a atisbar.A Luigi y a mi nos gusta "jugar"a adivinar que historia esconde cada personaje que se nos cruza y que de alguna manera nos llama la atención...

Los ojos para mi,en la mayoría de los casos el espejo del alma.

Besos,azules.

NaT dijo...

Parece ser que estos días el metro da mucho juego ;)
Alli se mezclan multitud de historias, como le pasa a Azul, a mi me encanta observar a la gente e intentar pensar en su historia: esa que se va riendo sola, aquel que habla por el manos libres y aprece que lo ahce solo, el niño con un mohín y los brazos cruzados. Hay tantas historias, hay tantos sueños y tantas soledades que no podrían abarcarse ni en un tren de ida y vuelta.

Besillos volcánicos, abrazos amables, sonrisas dispersas.

Senses & Nonsenses dijo...

calles, esquinas, parques, bancos, andenes, portales: en cualquier sitio puede aparecer el paraíso, esa búsqueda incesante de la LUZ, mientras siga viva la curiosidad, la atracción, el deseo.
y en este laberinto virtual, ¿qué son los ojos? ¿dónde están? ¿dónde se econde el alma de las personas? ¿en las palabras?
por cierto, muy bellas las tuyas.
un abrazo.

Senses & Nonsenses dijo...

calles, esquinas, parques, bancos, andenes, portales: en cualquier sitio puede aparecer el paraíso, esa búsqueda incesante de la LUZ, mientras siga viva la curiosidad, la atracción, el deseo.
y en este laberinto virtual, ¿qué son los ojos? ¿dónde están? ¿dónde se econde el alma de las personas? ¿en las palabras?
por cierto, muy bellas las tuyas.
un abrazo.

nevermore! dijo...

Yo siempre confio en la intuición de que cuando dos miradas se encuentran con una mutua buena impresión, y eso se percibe, es que se tiene algo en común, algo que compartir, por eso nos llama la atención, quizá en algunas ocasiones veamos fragmentos de nosotros mismos, otras en cambio es pura atracción, pero yo no me centro en eso, hay personas que son especiales, que va más allá, no la típica mirada de deseo, sino esa otra que es profunda y que habla. Es totalmente enriquecedor. Con el tiempo he aprendido en que uno debe confiar en su intuición, es difícil como creer totalmente en uno mismo, pero la intuición nunca me ha engañado y en cambio la razón en numerosas ocasiones. Pero para manejar la intuición, antes creo que uno ha de creer mucho en sí mismo.

nevermore! dijo...

Otra cosa, al tomar una reflexión como la tuya, me viene un fragmento de una canción de Mina versionada por Monica naranjo, y en la letra en español dice algo que me gusta mucho y es:

Quisiera revivir
y levantar la piel del mar,
y ver qué poca cosa soy
en la inmensidad.

nevermore! dijo...

levantar la piel del mar para tomar conciencia de la realidad.

EFESOR dijo...

hace un tiempo leí algo sobre estos contactos en la ciudad, de la gente que se te queda dentro... al menos esa gente solo se queda dentro un tiempo, luego vuelven a ser un número... puede que vuelvas a cruzarte con ese/esa que te ofreció un pellisco, una mirada fija y no sientas lo mismo.

espero que pronto te llegue un faro y que te sirva un poco de guia, o al menos, una forma de tener más cuentos en la cabeza.

besos cielo.

luigi dijo...

Mi juego empezo en el metro de Roma, y muchas veces era jugar a mirar a tios que me gustaban, otras simplemente mirar. Aguantar la mirada de alguien es a veces tan dificil, que solo lo hago con determinadas personas... con otras vuelvo la cabeza y no puedo ni mirarlos...
Las historias que acompañan a los demás tienen de bueno que nunca seran nuestras (o no por principio) y que nunca sabremos si son como las imaginamos o no.
Son simples o complejas historias de paso, cuyos protagonistas, masculinos o femeninos, más o menos bellos, salen y entran de nuestras vidas como se salen y se entra en un vagon de metro.
Por eso siempre me despido de ellos con un hasta siempre que se me escapa de los labios susurrando...

javi dijo...

el problema que tiene Ulises es que se está demorando y se le va a enfriar la cena, que lleva puesta más de 15 años, al igual que al pobre Bloom (¿ha metido horas extra o ha salido del curro a la hora?) o al enigmático K. que jamás llegará al castillo. Y todos ellos porque no dejan de encontrarse con gente.
un día de las prisas, no dejaba de correr, me encontré conmigo mismo en varias calles.

J. H. dijo...

Qué texto más bonito!!! Me encanta cómo escribes. Eres una persona muy especial.

Luís Galego dijo...

O texto para alêm de muito intessante está bem escrito e revela sensibilidade...

Vulcano Lover dijo...

Muchas gracias a todos por vuestros comentarios. Ese hilo invisible de la mirada y de la curiosidad de muyy diversas causas por determinadas personas, es algo que compartimos la mayoría. Y es a veces ese extraño reconocimiento de otros el que nos brinda la posibilidad de plantearnos las razones de ese inevitable magnetismo. En las grandes ciudades, las contínuas masas de personas fluyendo en medios de transporte masivo y en lugares de afluencia multitudinaria nos dan ocasión diaria de experimentear esos pequeños milagrs. A veces, son la única compensación del incómodo fastidio de la distancia en las urbes... Me alegra poder compartir con vosotros esta pequeña reflexión en la idea de que quizás esas personas nos dan claves de algunas coass, aunque sólo sea a veces de quiénes somos... Un beso muy grande para todos los lectores.