27 de agosto de 2008

El fin de agosto y el límite de la belleza.

W. A. Mozart

Antes de que la mayoría volvamos a la rutina con ese empeño habitual del final de la época vacacional llegan estos últimos días de agosto. Intensos, porque en ellos el aroma del final del verano se respira con fuerza y eso hace que de alguna manera inconsciente (aún sabedores que la estación del estío todavía tiene casi un mes de vida por delante) sintamos que su esplendor ha terminado. Sabemos que enseguida llega Septiembre, mes del inicio, de la renovación, del continuar y del imaginar nuevas vidas, nuevos planes, en la mayoría de las veces casi con más fuerza que ese otro cambio que supone el pasar de un año al siguiente en el calendario. Aún así, abandonar agosto me deja siempre un poco triste.

Por eso los sentimientos suelen ser contradictorios estos días, que siempre se me presentan bañados en una melancolía que responde a no querer que la parálisis y el hedonismo del verano se terminen, a pesar de saber que continuar es necesario para la vida, y para que el verano y su esencia también tengan sentido. A mí me suele ocurrir que quiero aprovechar al máximo estos últimos días de tranquilidad, de dolce farniente, de no querer mirar lo que viene después, de vivir intensamente cada instante como si el tiempo se hubiese detenido ahí para siempre.
Lo pensaba ayer mientras escuchaba la Sinfonía Concertante K364 de Mozart, especialmente su andante central, que mientras sonaba en mi casa a última hora de la tarde me parecía que no podía reflejar mejor esa especie de distanciamiento de la vida que supone el verano. Esa comunión con el equilibrio cósmico, con la naturaleza, con el olvido de los caminos emprendidos, con el placer de las cosas más sencillas. Por eso la he traído aquí, para compartirla, porque me parece que es una excelente compañía para una de estas tardes de verano.

Mozart escribió para este concierto uno de los tiempos lentos más rotundos de toda su producción y en realidad de toda la historia de la música. Quizá mi favorito.


Este concierto, concebido como una sinfonía con acompañamiento solista de dos instrumentos -el violín y la viola- que Mozart procura situar en términos de igualdad a pesar de sus desigualdades tímbricas, es uno de los más populares entre los apasionados de Mozart, y ello es especialmente debido a este segundo movimiento.
Mozart consigue aquí no sólo una escritura en la que ambos instrumentos se fusionan con pasmoso equilibrio y armonía, sino que parece haber sido alcanzado por una inspiración melódica absolutamente increíble. El movimiento entero es un rotundo ejercicio de belleza y de lirismo que se va construyendo compás a compás, y que nos envuelve lentamente en una espiral de placer musical que Mozart lleva hasta el mismo límite.
Y hablo de límite porque siempre he pensado que la belleza tiene un límite, ya que nuestra capacidad para percibirla es limitada. Creo que más o menos se puede trazar una línea a partir de la cual sabemos que el exceso de belleza nos hace caer en la desmesura.
Mozart era un genio y además era totalmente consciente de ello. Así, en una sublime osadía, en este andante nos lleva hasta ese límite para rozarlo pero nunca traspasarlo. En un alarde de genialidad transforma toda esa belleza al límite de lo soportable en drama, en desolación, en abismo. En efecto, cuando llegamos a la cadencia del final y parece que ya no somos capaces de asimilar tanta belleza, cuando parece que continuar la línea melódica que nos propone Wolfgang nos llevará sin duda a un exceso que no podrá sostenerse, de repente Mozart como forma de terminar el movimiento, nos hunde en un abismo oscuro ante el que nos estremecemos del espanto de sentirnos en realidad frente a nosotros mismos.
Es ese grito de auxilio frente al tiempo el que nos devora sin piedad. Como este Septiembre que llega y que en el fondo nos devolverá al camino, a la vida, pero al cual todavía tememos en algún lugar de la mente, porque supondrá el fin de este reino del verano, del placer y del olvido. Un Septiembre que se intuye lleno de vida y de planes, de movimiento, de ese sentimiento certero de que el mundo sigue su curso. En unos días llegará, como un tercer movimiento, como el que le corresponde a la sinfonía concertante, como así lo escribió Mozart...

5 comentarios:

pe-jota dijo...

En mi caso esta sería una forma de poder huir de esto que acertadamente se llama rutina y no normalidad.

Ben dijo...

Para mí agosto es el preludio de mi época favorita del año. Cuando el calor infernal empieza a apaciguarse y la tierra nos ofrece sus mejores productos.

Muchas gracias por tus visitas a mi blog y por tus palabras. Tu presencia siempre me llena de emoción :)

Besos guapo!

Tessitore di Sogno dijo...

Coincido con Ben, el Otoño me llena de juventud y deseos, de beber vino tinto en mi bosque favorito y dejar que el viento haga lo suyo.

Ahora que siempre le ha ido bien a Mozart la naturaleza, los árboles y las flores, asímismo tus descripciones.

Un abrazo fuerte.

mikgel dijo...

Los últimos días de Agosto, el primer escalofrío de madrugada, el principio de la liberación de las brasas estivales. Pronto echaré una manta, pronto olerá a tierra mojada, pronto... y más este año que tendré vacaciones otoñales.

Parece que estamos todos contra tu meláncolía de final del verano, por la alegría del principio del otoño.

Te echo de menos.
Muchos besos.

gatchan82 dijo...

la música de mozart es... perfecta? se podría decir que sí :)