
Todos los años la misma historia, mi padre se empeñaba en salir con las luces del alba para que no se nos hiciera noche en el viaje. Un viaje repetido una y otra vez, tal día como hoy, siempre tal día como hoy. Las maletas abiertas sobre el sofá durante días iban preparando el ambiente. Tener que sacar de nuevo las chaquetas, las sudaderas, hasta el paraguas, era como un rito extraño cuando en la calle se alcanzaban ya los 40 grados a la sombra sin problema. Y al final llegaba el día, con un aviso suave de mi madre nos poníamos en marcha en silencio, metíamos la infinidad de cosas en el coche, nunca sin alguna pequeña discusión acerca de nuestra capacidad para hacer equipajes, y finalmente subíamos al coche aún con el frescor de la madrugada.
Recuerdo con mucha intensidad aquellos viajes, los amaneceres lentamente recortando las montañas del norte de Sevilla, la primera parada, obligatoria, en la sierra para un café fuerte y un bollo o una tostada. Y el sol poco a poco definiéndose en aquellos cielos azules de verano. Recuerdo que salvo mi padre, que era el único que conducía (ni incluso cuando mi hermano y yo nos sacamos el carnet nos dejaba turnarnos mucho con él, pues con lo obsesivo que es tampoco le servía mucho de descanso estar pendiente de cómo conducíamos nosotros), todos los demás caían dormidos al poco de desayunar. Mi padre bajaba la música y se disponía con parsimonia a enfrentarse al tráfico lento de viajeros, camiones y vehículos agrícolas que plagaba la ruta de la Plata. Yo no, yo no podía dormir, quería verlo todo: los horizontes parduzcos, las encinas que pasaban veloces, los alcornoques trazados en los campos extremeños, la subida a Béjar, la entrada en Castilla, los campos amarillos de trigo seco, la inmensidad, las ciudades y sus murallas, los ciudadanos ordenados y elegantes que parecían llenar las ciudades castellanas a primera hora de la mañana. Yo deseaba parar en todos aquellos sitios, quedarme brevemente para siempre en ellos, saborearlos. Por supuesto no decía nada, estaba bien claro que para mis padres el viaje era una etapa, un medio para llegar a nuestro destino, nada más que eso, y que cualquier distracción no tenía ninguna posibilidad... No lo sabía aún, pero quizá era aquella sensación el primer germen de mi curiosidad viajera, de mi necesidad de ver otros mundos, otras personas, otras realidades, otros paisajes, de mi interés por la historia, por el legado cultural, por la naturaleza... Para mí aquellos viajes no eran un mero trámite, eran toda una emoción, incluso aunque tuviera que observar todo desde la ventanilla del coche. A pesar de que supiera de memoria ya (al cabo de los años) la ruta, las ciudades y hasta los paisajes... No, yo no me podía quedar nunca dormido, mi emoción me lo impedía... Tenía que verlo todo.
La tarde nos sorprendía en la inmensidad monótona y difusa de los campos de Salamanca o Zamora. El sol en su cenit estival lo llenaba todo. Aquello era antes del aire acondicionado, así que las ventanillas comenzaban a abrirse y el aire entraba como un huracán revolviéndonos el cabello y ensordeciendo la música de boleros que mis padres solían poner, reducida casi a los golpes de bajo borradas las melodías y las palabras ya, sin que a nadie le pareciera extraño seguir poniendo casettes y casettes que en realidad no se escuchaban. Llegábamos a León y ya el campo se tornaba verde, las montañas se comenzaban a adivinar boscosas y frondosas... Poco a poco olvidábamos el calor, los campos secos, la canícula... Y nos internábamos en el noroeste, como si de otro país se tratara. Llegaba ya el olor rotundo y fresco de Galicia, la hierba sobre los campos, los castaños carnosos, los ritmos pausados de los habitantes, la dulzura del acento escuchado por azar desde la ventanilla, la humedad y el vértigo como de entrar en otra realidad. Los robles y los eucaliptos infinitos, el bosque haciéndose más agreste conforme el océano se acercaba... y por fin el mar, azul, intensamente azul, recogido en la pequeña ría, tranquila y escondida de la inmensidad atlántica, pero reflejando sus secretos a la luz indescriptible de la tarde.
Se iniciaba con aquellas emociones de la llegada y los abrazos a la familia, el mes de Julio en el norte. Y vendrían como siempre las mañanas de playa, las tardes de asueto frente al sol, los paseos hasta el faro, los bocadillos de chorizo, las noches frías, las tertulias femeninas -la literatura , el cine y la música siempre presentes- los juegos, el bosque oscuro y el mar siempre rodeándonos, haciéndonos casi isla alejada del resto del mundo, del resto de las vidas de todos los que allí habitábamos por aquellos días. Todo un curioso y delicado art de vivre que nos hacía abandonarnos irremediablemente a las rutinas de aquellos estíos.
Soy consciente de que en aquella época aún no sabía yo lo que significaba vivir en mayúsculas. Sin embargo, los meses de Julio en la Costa da Morte quedaron fijados a fuego como paradigma de la felicidad, y de tantas y tantas cosas que después han marcado mi camino. Y comenzaba todos los años, sí, tal día como hoy...
