24 de marzo de 2006

Eat and flirt.


Te mueves con torpeza entre las mesas, y cuando estás en la caja, te muerdes discretamente las uñas. Me mata esa mirada tuya frágil y desorientada cuando te pido un plato extraño. No lo sabes, pero lo hago precisamente por eso. Soy consciente que sólo te has fijado en mí porque te miro constantemente cada día que aparezco por el autoservicio, lo cual hago cada vez con más frecuencia. También sé que al principio me evitabas. Hasta te descubrí un día, mientras estabas ya preparando mi plato, susurrando a tu compañera que terminara de atenderme ella a mí, que tú tenías que ir a la caja a solucionar no sé qué problema. Pero yo seguí insistiendo. Siempre llego a la misma hora y me siento junto a la barra, para tenerte más cerca. Tú, evidentemente, evitas la mirada. O, al menos, la evitabas al principio. Evitabas incluso cruzarte conmigo en alguno de mis desplazamientos por el local, al baño o a buscar un poco de aceite para la ensalada. Después no, después comenzaste a mirarme tú, cuando yo estaba distraído. Me mirabas un segundo, dos... y no podías sostener la mirada más tiempo. Era curiosidad. La curiosidad ante la atracción que podemos causar a un desconocido, cuando ésta es insistente y voraz, como lo es la mía, provoca un irremediable efecto de fascinación. Una necesidad que nace tímida de una vanidad que albergamos todos, y sobre la que podemos perder el control si no somos capaces de dominarla. Yo seguía mirándote con insistencia. Incluso comencé a sonreírte con cierto deseo escondido, en una valentía que tu incipiente curiosidad alimentaba. Me seguías evitando, pero cada vez descubría más miradas tuyas sobre mi espalda, sobre mi nuca. Tampoco he dejado de reparar que el otro día, cuando con un amigo comenté en tono de voz audible, mientras pedíamos la cuenta en la barra, que a mí los chicos con barba no me gustan, fingiendo conscientemente que no reparaba en tu presencia al lado, tú te la rasuraste a los dos días. Mmmm, dos días de reflexión para mí sólo, pensé. Debo confesar que en ese momento comencé a aburrirme un poco. Esta semana me he llevado un libro que leo sin levantar la mirada mientras termino el plato a mediodía. Creo que debo cambiar de sitio, me digo. Y me levanto para recoger mi bandeja. Antes de irme, cada día, visito al baño con la intención de lavarme los dientes. Hoy también, pero, al entrar, te descubro agazapado en una, esquina, indeciso. Te acercas al urinario y sacas tu sexo, con torpeza, tienes una tremenda erección que acaricias con una mano temblorosa. Me miras con un ansia animal, felina, que no me deja alternativa. Los camareros, pienso, siempre me han dado mucho morbo.

5 comentarios:

Hades dijo...

Cuánto me han gustado siempre los momentos de cruising en el baño... En el de la Fnac tuve yo más de un bonito encuentro casual... Como la prota de mi obra, un encuentro casual en el que me esforzaba mucho por encontrarme casualmente con alguien que me pusiera un montón... Eso nunca falla ;-)
(Y en el vestuario de mi gimnasio empieza a funcionar...)

Vulcano Lover dijo...

La característica "pendón" siempre me ha encantado en la gente y en mí mismo. Veo que compartimos algún que otro espacio físico de desarrollo de esas actividades...

Hades dijo...

Sí, aunque en mi caso es difícil no coincidir en esos espacios físicos... Esas actividades creo que las he desarrollado en casi todas partes... Me falta una estación lunar, el Congreso de los Diputados (por dentro, que los leones ya vieron algo) y el Prado (me pone más el arte moderno)

Vulcano Lover dijo...

Sé que existe un papelito por ahí, donde hay cierta proposición escrita que tiene algo que ver con lo que dices tú... ¿querrías saberlo?????

Hades dijo...

Las galerías de arte tienen su puntito...