3 de marzo de 2006

La ragazza con la valigia


Caludia Cardinale

La película de Valerio Zurlini ha vuelto a mi con la misma violencia con la que la vi hace años en el cine Doré. La sensación de haber estado expuesto a una sesión de especial belleza humana queda siempre en mi boca cuando termina. Inmersos en el final de la edad de oro del cine Italiano, la chica con la maleta nos introduce en el difícil mundo de la incomprensión en la adolescencia. De la intensidad de las primeras decepciones, del desconcierto profundo del amor, del vértigo de la vida, y de ese difícil camino del encuentro entre mundos opuestos que se atraen. La primera escena de esta bellísima película nos deja ver un tren que pasa al lado de una carretera, para a continuación dejarnos ver acercarse, desde el horizonte por el que ese mismo tren ha desaparecido, un elegante vehículo deportivo que al llegar a nosotros se detiene. De él baja Claudia Cardinale, con una falda de amplio vuelo, una camiseta ajustada de cuello abierto hasta los hombros, puro años "50". En 1 minuto de metraje, Zurlini ya nos está diciendo que esta historia nos habla de viajes y de sensualidad. La inocencia que en seguida se desprende de la Cardinale, está envuelta en esa profunda carnalidad de mujer italiana, deseable, redonda de formas, absolutamente glamourosa. La película nos irá descubriendo a una cupletista un poco de vuelta de la vida, pero enamoradiza y muy crédula, que termina en los brazos de cualquier hombre atractivo que le de cariño y le prometa una pizca de otra vida. El magnetismo de Claudia (Aida en la película) nos irá seduciendo en su ternura, su estilo disperso, desenfadado, su tierna inocencia a la vez que su melancolía. Jaques Perrin está estupendo en el papel de un convincente Lorenzo, hermano del último seductor de Aida, a quien ha dejado plantada tras aburrirse de ella. Lorenzo, adolescente hijo de una adinerada familia de Parma no sabe aún nada de la vida. Escucha la historia de Aida y sentirá una profunda compasión hacia ella, al mismo tiempo que una severa censura hacia el comportamiento de su hermano. Pero súbitamente va naciendo también en él una irremediable atracción hacia Aida, que nunca se verá correspondida como él desea. La desigualdad de la relación los embarca en un viaje en el que Aida arrastrará a Lorenzo a un mundo de desencuentros y de amarguras, de frustraciones, de heridas propias y compartidas. En el fondo, la juventud de ambos los une en la curiosidad por la vida, por las experiencias, por la intensidad, por las búsquedas, pero llegarán a un nudo de sentimientos que terminará mal. La película nos deslumbra en su mirada sutil y que destaca la inmensa belleza física de los actores, de ciudad de Parma... Todo está cuidado para resultar bello, pero desde una melancolía muy especial. Zurlini era un experto en Arte y ciertamente se recrea en las escenas para iluminarlo con gran habilidad, con un equilibrio profundamente clásico entre lo sencillo y lo abigarrado. Belleza y melancolía, escenario perfecto para Aida y Lorenzo, que nos brindan escenas inolvidables llenas de gestos, de miradas, de silencios, que Zurlini nos retrata con unos encuadres quizá irreales, pero que nos descarnan aún más los sentimientos descontrolados de estos dos adolescentes insatisfechos con una vida que se les revela con incipiente amargura.
Y más allá de la historia, la película de Zurlini, además, nos envuelve de blanco y negro, de música italiana, de ópera, de arte, de sensualidad, de glamour, y me hace pensar en todas esas películas que de adolescente vi, y que me subyugaban porque me hundían en esa vida de los demás, en esas historias donde un simple paseo, una simple conversación, un simple desayuno compartido (como la brioche que se toman Lorenzo y Aida en la pensión de ella) se convierte en algo deseable, porque nos provoca esa fascinación de la vida de los otros. Fascinación que a veces es una barrera para poder sentir la vida propia con intensidad, porque en nuestra vida, vayamos a donde vayamos, siempre cargamos con nuestra propia insatisfacción, diluida en sueños y expectativas, pero que se instala con amplitud, desde dentro. Así, el magnetismo del cine nos engancha en esa contemplación observadora de la vida de los otros, con sus grandezas, pero también donde las insatisfacciones son sólo observadas, reconocidas, identificadas con las nuestras, pero en realidad no sentidas. Y esa mirada ajena que se hace propia nos engancha en un placer que dibuja vidas e historias, literatura hecha imagen, reflexión continua sobra la vida, inconformismo con la visión predominante, sueños con los que dibujar el camino. Los amantes del cine me entenderán bien ¿no? Después llega la vida y lo desbarata todo, pero... siempre nos queda el cine.
La ragazza conla valigia, Valerio Zurlini, Italia, 1961

7 comentarios:

inquilino dijo...

"Todos los hombres sueñan, pero sus sueños no son los mismos. Los que viven sus sueños de noche, en los rincones polvorientos del espíritu, se despiertan por la mañana, para descubrir la verdad. Pero los soñadores diurnos son hombres peligrosos, porque pueden poner sus sueños en marcha, con los ojos abiertos, para hacerlos posibles." (T. E. Lawrence)

Un día de estos colgaré la cita en mi blog. Mientras tanto, te la regalo en forma de comment ;-)

Hades dijo...

"Antes de ser nosotros dos, no había ninguno de los dos" Y es que, sin mis películas, no existimos ni ellas ni existo yo.

Vulcano Lover dijo...

Me alegro que os haya gustado la reflexión. La fascinación de las vidas de los demás a través de cine y literatura es un tema que me hace reflexionar mucho. Supongo que saldrá más veces en estos textos y habrá ocasión de seguir indagando.

Hades dijo...

Acogeremos las nuevas reflexiones con los brazos abiertos

inquilino dijo...

por lo que a mí respecta, con los brazos abiertos o con lo que sea ;-P
(mira que llego a ser traviesa X-D )

Hades dijo...

;-P
Sí, aquí somos muy abiertos todos (de mente, I mean)

inquilino dijo...

y de corazón, no te olvides