Raquel recoge los últimos cacharros de la cocina como cada día y al terminar alcanza con su mano suavemente la espalda.
Este trabajo me está quitando la vida, piensa. Mientras dobla con delicadeza su delantal antes de guardarlo en el cajón de la encimera piensa en Jaime y en la discusión de anoche. No, no se merecía una respuesta así, pero algo le llevó a decir aquello. Quizá la infinita desidia en la que viven desde hace meses, cada uno por separado, durmiendo de espaldas, comiendo en silencio, viendo la televisión sin mediar palabra. Ninguno de los dos se atreve a hablar, y cuando lo hacen, tan sólo son capaces de desembocar en reproches. Raquel se detiene a mirar la cocina de los Flórez. Tan grande, tan luminosa, con el frigorífico siempre lleno de comida perfectamente envasada y convenientemente ordenada. Nunca falta nada, la compra se hace a diario y siempre se repone lo que se necesita cada día, para que esté todo fresco y a punto. Esta cocina le inspira una sensación confusa, porque la desea y la envidia, pero al mismo tiempo debe trabajar a diario en ella para que sean otros quienes la aprovechen. Ella tiene la idea de que la cocina es el corazón de la casa, y de que si allí todo funciona y está limpio, el hogar debe igualmente funcionar. Ojalá pudiese tener una cocina así en casa, siempre aprovisionada y limpia, dispuesta a poder satisfacer cualquier menú que se terciase.
La señora Julia le da siempre instrucciones a primera hora de la mañana, nada más llegar ella. Siempre tiene muy claro lo que hay que hacer, como si lo apuntase en un papelito el día anterior y se dedicase a aprender las órdenes de memoria durante la noche. A pesar de su frialdad al hablar, Raquel la siente cercana, y le gusta que la trate de tu y que termine siempre sus frases con un rotundo "¿
te parece bien? La relación entre ambas nunca ha tenido tensiones, y Raquel nunca ha dado pie a comentarios ni recomendaciones de ningún tipo. Tan sólo una vez se había quedado con 20 euros que encontró limpiando debajo del gran sofá del salón, pero nadie los reclamó jamás. Este pequeño incidente secreto, sin embargo, la martiriza aún de vez en cuando, pero nunca se ha atrevido a confesarlo, ni siquiera a Sandra, su mejor amiga. Lo que sí le ha dicho a Sandra es lo de Roberto. Sandra no hace más que decirle que es un jodido
boludo, un puto pijo cobarde, pero Raquel no lo ve así. En el fondo siente que fue ella la que se tomó la libertad aquella tarde en que se encontraron solos en la casa. ¿Qué iba a hacer el pobre después de aquello? con lo severos que son la señora Julia y el señor Ramón, que es que les viene de familia. Roberto se jugaba seguramente su doctorado en
Princeton, y Raquel su empleo en la casa y probablemente las posibilidades de conseguir otro en todo el barrio. Así, siempre entendió el silencio de Roberto, y por qué dejó de hablarle y hasta de mirarle. Estaba segura de que él no había dicho nada nunca a los señores. Ella también había callado. Con Jaime, con su hermana Gloria, con todos. A veces, hasta le parecía que aquello no había sucedido nunca. Inconscientemente, hablar con Sandra de ello había sido como una forma de hacerlo real, de no tener todo el poder para olvidarlo.
Raquel mira el reloj y calcula que tendría que correr un poco para llegar al autobús de las ocho y veinticinco. Aún debe ordenar la despensa un poco y cambiarse de zapatos. La ciudad se ve tan fea desde la marquesina del autobús cuando es de noche y tienes que esperar por el autobús siguiente, piensa. Todos parecen tener dónde ir. Todo el mundo da la impresión de tener algo interesante que hacer, algún lugar especial donde ir o alguien esperando impaciente en algún sitio. La calle se convierte en un lugar de paso a esas horas, solitario, casi deshumanizado. Y eso a Raquel le pone muy triste, porque siente que a ella, en realidad, en ningún sitio la esperan, aunque sea mentira. También le hace sentir que su vida no tiene ningún atractivo desde hace meses. Pero hasta eso, en realidad, es mentira.
Mientras se apresura un poco se lleva la mano al vientre y lo acaricia con sumo cuidado. Es lo único que aún no sabe nadie. No sabe cómo decirlo, ni siquiera a Sandra. A Jaime tampoco. Sabe que es probable que no la crea. Que también es probable que quiera dejarla. Y el miedo la paraliza. Al llegar a casa cada noche lo intenta. Lo mira con insistencia desde la puerta de la cocina mientras él observa en silencio la televisión. Y parece que las palabras acuden hasta sus labios, pero se quedan ahí, detenidas, sobrecogidas. Hasta que Jaime, casualmente la mira, y entonces ella finge como que mira también la televisión desde la puerta. Y ninguno dice nada.
Seguro que lo voy a perder, se lamenta mientras termina de atarse los cordones de los zapatos. Y toma su bolso antes de pasar por el salón y dar las buenas tardes a la señora Julia.
Hasta mañana, le dice. Y Raquel, en sus palabras, aún encuentra un algo familiar, una de las pocas cosas que la reconfortan sin saber muy bien por qué. Mientras cierra la puerta del piso, Roberto acaba de salir del ascensor. Y ella se ha detenido sin saber muy bien qué hacer. Después de varios meses evitándose, no les queda más remedio que cruzarse de una vez en la estrechez del descansillo. Roberto baja la mirada y dice buenas tardes, como si fuese la primera vez que se encontrase con ella. Raquel le responde, pero su voz tiembla mientras pronuncia esas palabras. El olor de Roberto al pasar aún le devuelve a aquella tarde, pero él abre la puerta y entra en la casa sin volver la mirada atrás. Raquel vuelve a pasar su mano por su vientre mientras respira profundamente. De repente no sabe si hace bien o no, y el mundo parece bascular un instante sobre el sonido que la puerta acaba de hacer al cerrarse. Sus latidos parecen retumbar en toda la escalera.
Lo pierdo, coño. Y toma el ascensor apretando insistentemente el botón de la planta baja. No puede evitar correr por la calle abajo hasta la avenida por donde pasa su autobús. Cuando llega lo ve detenerse en la parada anterior, más abajo en la avenida. Viene con retraso, menos mal. Se pregunta si el chico moreno estará hoy también. Es su particular forma de evadirse cada tarde, de vuelta a casa. Ese chico moreno y fuerte, más joven que ella, que la mira con descaro y sin apartar la mirada durante todo su recorrido, cada día. Ella le sonríe con inocencia, pero en sus ojos hay algo más que la sombra de un juego. Sin que ella lo perciba, esconde el filo de un vertiginoso precipicio. Él se baja mucho antes que ella, pero la persigue con la mirada fija hasta que el autobús gira en la última esquina. Y ella, sin ser consciente, se ha vuelto terriblemente exigente consigo misma para no perder el bus de las ocho y veinticinco. Aparentemente, sin embargo, nada sucede.
Sí, también está hoy, al fondo y de pie. Y la está mirando desde que entra, mientras pasa el billete por la anuladora, mientras se sienta en uno de los asientos laterales, justo frente a él, y se alisa el cabello tímidamente con los dedos. La sigue con la mirada y la desnuda con su oscuridad. Y ella, inconscientemente se lleva de nuevo la mano al vientre. Sería bonito bajar con él y dejarlo todo.
Bajarme con él y dejar que me lleve, que me lleve donde quiera. Y él, que ya no sabe como disimular más el deseo, se levanta para dirigirse a la puerta, pues está llegando a su destino, y al pasar roza su brazo con el suyo, y le sonríe con descaro. Ella se estremece, pensando que quizá sea casual, pero se gira para ver cómo desciende. Y él, una vez abajo, no retoma su camino, sino que la mira, y parece que los ojos se salen de sus pestañas. Finalmente le hace un gesto firme, como de que lo acompañe, como de que baje y se vaya con él. Ella se levanta y lo mira, y sus pies quieren salir de allí, Salir y olvidar que la ciudad se ve tan fea desde el autobús. Quiere bajar para que sean los demás quienes la vean a ella caminar con él, caminar hacia un lugar bonito, hacia un lugar interesante. Sentirse también ella deseada, imaginada, fantaseada por los demás. Y parece que le falta el aire mientras se dirige a la puerta. Pero no es capaz de traspasarla. Y se cierran finalmente, delante de sus ojos, y con ellas la mirada del chico moreno que aún la observa desde el fondo de la calle mientras el autobús acelera. Debería coger el siguiente bus, piensa mientras las piernas aún le tiemblan, y saca su reproductor de música mientras vuelve a su asiento. Lo acciona para poner la música lo más alto que puede. No sabe aún si le gusta esa música tan machacona que le ha pasado Sandra, pero no puede evitar escucharla día a día.
Cuando llega a casa, casi se ha olvidado de todo lo que acaba de suceder en la tarde. Sólo quiere relajarse y fumar un pitillo mientras se hace la cena.
Jaime querrá ver el fútbol. Bajaré a ver a Sandra un rato.Pero al llegar Jaime no está. La habitación parece revuelta, como si alguien hubiera estado desordenando los armarios. Faltan algunas cosas de él. Pero nada más le extraña, todo lo demás está en su sitio. En el fondo, aunque muchos días desearía llegar a casa y que no hubiese nadie, no puede evitar sentir un miedo atroz, un miedo que la atrapa de repente y le araña el vientre. Rápidamente saca el móvil para llamar a Jaime, y entonces descubre que tiene un mensaje en la pantalla. Ni sabe desde cuándo estará ahí. Lo abre en seguida, es de Jaime. Pero el mensaje está vacío. Sin palabras. Es un vacío inquietante, que la amordaza, y que de repente abre otro vacío aún mayor. El que se extiende delante de ella.
Se lleva la mano al vientre, parece como si todo el mundo le doliera, de repente, ahí. Le duele la injusticia de la señora Julia, de repente descubierta. Le duele la indolencia de Roberto, su cobardía. Y la indiferencia de Jaime, y lo mucho que en realidad lo necesita. Y en el fondo le duele no quererle ya. Y le duelen los reproches de Sandra, y le duele que siempre le dé la razón. Y le duelen las confidencias y las miradas. Pero sobre todo le duele ella misma, y su propia cobardía. Y le duele su miedo cada tarde en el autobús. Y le duele cada silencio de casa que no es capaz de romper, y su vergüenza de sentirse gris mientras espera el autobús, y le duele la envidia malsana de la vida de los demás... Y le duele el vientre y le duelen sus dudas. Y de tanto dolor, por fin, se sienta y llora por todo... Mañana, imagina mientras las lágrimas le descienden por las mejillas y le llegan al cuello, será otro día.