21 de abril de 2008

Música para la memoria.

No me gusta dejarme llevar por el exceso de expectativas. Por ello quizá entré con cierta incredulidad el sábado pasado en el Teatro Real, en una de las veladas que se anunciaban como históricas para el teatro madrileño. Todo un triunfo para sus directores el haber podido apuntarse el tanto de ser uno de los 5 teatros del mundo donde el mítico Claudio Abbado, a sus casi 75 años ya, dirige su primera aproximación al Fidelio de Beethoven. Esta ha sido, además, la primera visita del director italiano a España, como director de ópera.
Nunca me arrebató el milanés, a pesar de que sus discos de juventud al frente de la Orquesta Sinfónica de Londres me parecen de lo mejor de la fonografía del siglo XX. Su Beethoven siempre me ha parecido brillante, aunque no sobresaliente como el de Fürtwangler o Kleiber. A pesar de todo había suficientes ingredientes para pensar que algo extraordinario podía ocurrir. Así lo auguraban las crónicas del estreno de la producción en el Teatro de Reggio Emilia. La obra beethoveniana no exige menos. Es una de esas grandes obras maestras infinidad de veces grabada, pero extrañamente poco representada. Es una pena que Beethoven no siguiera por ese camino del Singspiel pues de alguna manera, tomando el relevo de la Flauta Mágica mozartiana, llevó el género a su cumbre. La calidad y la hondura musicales se conjugan en esta obra con una acción dramática brillante que en escena resulta sobrecogedora.
La fidelidad y la libertad guían el mensaje de esta ópera: fidelidad sentimental, la de Leonora a Florestan, que siempre he querido ver en realidad como una metáfora de la fidelidad a las ideas y a lo que uno siente como forma de encontrar la libertad interior, la cual es, a su vez, la única manera posible de alcanzar cualquier otra forma de libertad. Hablando desde una concepción más objetiva de la libertad, el director milanés siempre se ha posicionado políticamente a la izquierda y son ya célebres sus conciertos en las fábricas como manera de democratizar la música o su participación en todo tipo de proyectos en pro de la difusión de la música sin barreras ni discriminaciones. Así, es de imaginar que el impulso de la lectura de esta obra maestra nace de la convicción ideológica personal de uno de los más grandes directores de orquesta vivos, que la transforma en un mensaje musical y vital que nos llega en todas las dimensiones de la sensibilidad. Y así fue desde su salida, abrumadora, la más calurosa y entregada que recuerdo yo para la salida de un músico a escena. Desde los primeros compases de la imponente obertura Abbado consigue un Beethoven fluido y dramático, que nos llega directo al corazón, que es donde tiene que llegar la música. La partitura beethoveniana no es fácil, porque su imponente entramado vocal y orquestal la hacen proclive a caer en lo pesado. Pero el milanés consigue ese milagro de hacer que parezca una música leve sin perder toda la hondura que tiene. Y da igual que el cuadro de solistas, aunque fuese de primera fila, no resultase perfecto y tuviese algún que otro desequilibrio (a destacar, con diferencia, la brillantísima voz de Anja Kampe como Leonore-Fidelio) o que la puesta en escena tuviese poca acogida en el teatro madrileño (aunque a mi parecer sólo adoleciese de un poco de rigidez y alguna que otra libertad de interpretación discutible, pues consiguió sin duda momentos memorables, como el de la bajada a las mazmorras de Fidelio y Rocco), o que los dos coros que participaron (todo un acierto juntar el Arnold Schoenberg Chor y el Coro de la Comunidad de Madrid) estuviesen soberbios, en una obra en la que es uno de los engranajes más importantes. Sí, en el fondo todo eso da un poco igual, porque el verdadero artífice del milagro fue sin duda el gran Claudio Abbado. Porque es su mirada la que estuvo impresa en toda la representación a través de su magnetismo especial, que se desplegó nada más salir a escena. Su aspecto aparentemente circunspecto se rompe nada más tomar la batuta. Porque detrás de ella están, no sólo años y años de estudio de la partitura y de análisis de la música del gran compositor alemán, sino toda una concepción de la música, del mensaje y de su manera de ser transmitido. Lo importante es ya no sólo emocionar, pues eso lo consiguen muchos músicos, sino trascender, conseguir hacer sentir que uno está viviendo algo que está más allá de nuestra comprensión racional, algo único y que es absolutamente irrepetible. Y así lo consigue Abbado. Su final es grande, inmenso... y nos sobrepasó. El reconocimiento final del público madrileño, arrebatado como nunca, fue honesto en este sentido. Acabábamos de presenciar uno de los momentos operísticos más redondos de la historia del Real, de la memoria de muchos de los que allí estábamos, uno de esos momentos que quedarán para siempre en la memoria. Y sino al tiempo.

16 de abril de 2008

Imperceptible

Ya he dejado de preocuparme por él. De imaginarlo cada mañana detrás de la cortina de la ducha. He dejado de pensar en él cuando hago un viaje o cuando compro yogures de melocotón en el supermercado. También en el teatro o cuando subo una montaña. He perdido incluso el miedo a que me asalte en cualquier bar en medio de la noche, cuando el alcohol hace descender la guardia y reta a la voluntad.

Alguien me dijo una vez que hacía falta un año, y sin embargo transcurrieron cinco sin poder olvidarle. Ahora son ya ocho, y me digo que en realidad no pienso ya nunca en él. Eso, en realidad, no es cierto del todo. Pero bueno, nunca le diría a nadie que no puedo evitar fantasear con él cada vez que siento que estoy a punto de llegar al orgasmo porque es la única forma en que sé ya provocarlo. A pesar de que el olor que inunda mi casa es ahora otro. El que quiero.

Por fin me siento feliz, o al menos eso le digo a todo el mundo que me pregunta. Con Alex son ya tres años juntos. Sí, me siento mucho más realizado que antes, mucho más yo. Mucho más que antes, mucho más de lo hubiese podido imaginar.

Por eso, esta tarde, cuando de nuevo lo he visto aparecer ante mis narices, no ha sucedido nada. Acababa de dejar a Alex a la salida del cine porque tenía prisa, y me he quedado un minuto haciendo una llamada de móvil mientras miraba distraídamente los carteles de los próximos estrenos. Ha sido él quien me ha visto y ha venido a saludarme. Llevaba a un chico de la mano. Bastante guapo. Siempre he sido muy observador, y no se me ha escapado el detalle de que mientras hablaba le apretaba fuertemente la mano, como un niño obediente. La conversación ha sido muy corta, como si fuésemos simples conocidos. Me pregunto si en realidad no fuimos más que eso.

- ¡Cuánto tiempo!
- Sí, unos años. He estado viviendo fuera una temporada.
- Ah
Silencio
- ¿ Y, todo bien?
El acompañante sonríe, tiene una sonrisa preciosa.
- Sí, genial. ¿Qué tal tú?
- Bien, estoy contento.
- Me alegro - sonríe, lleno de encanto - Disculpa, llegamos tarde - Se muerde el labio. Siempre se lo mordía cuando estaba nervioso.
- Sí, sí, claro. Yo también tengo prisa.
- Hasta otra.
- Sí, eso, hasta otra.

Había temido ese momento muchas veces. ¡Ha sido tan sencillo, sin embargo! En realidad sé que en el fondo se me ha arrugado el alma un poco. Una de esas arrugas como las que a veces le hago a las camisas por error mientras las plancho y que son tan difíciles de eliminar después. Me he vuelto para mirar hacia la puerta del cine y lo he descubierto girándose él también para mirar hacia mí. Lo inesperado de la acción ha hecho que haya cazado su mirada triste. Posiblemente más triste que ninguna de las que recuerdo de él. Una mirada llena de desazón. Me he vuelto en seguida y sus ojos, de repente clavados en mi retina, han comenzado a desvanecerse. A los pocos segundos me ha llegado un sms de Alex. Siempre me envía uno cuando me acaba de dejar. He sonreído y todo ha vuelto a su lugar. Pasado mañana ni me acordaré. Claro. En realidad estoy deseando que llegue esta noche para poder follar con Alex. Aunque sepa que no voy a poder evitar pensar en él, como siempre... Pero eso sólo lo sé yo. No importa. Siempre he sabido que hay cosas que, mientras no salgan de mi imaginación, en realidad, no suceden.

14 de abril de 2008

Lluvia de abril.


Llegar como la lluvia,
Discreta,
En mitad de la semana.
Fría,
En la primavera veloz, a la que nada detiene.
Y pasar de largo, paraguas bien abierto.

Ojos inquietos que te han reconocido
Aunque no sepan si fingir que no
Y pasar,
pasar de largo.

9 de abril de 2008

Desmontaje

Mientras la tarde se va apagando Miguel encuentra en el sofá uno de los momentos de inactividad de la semana. Necesita descanso porque en la oficina lleva varias semanas sin tener un minuto libre. O al menos eso es lo que dice a todos. No es que la situación sea para tanto, pero él no para de quejarse, como si así pudiese creerlo. Su acto reflejo de encender la televisión y ver uno tras otro todos los programas de la tarde noche se ha visto abortado, aún no sabe por qué. Desde ese rincón observa el salón en silencio, los muebles de diseño en color claro. El silencio le oprime, sabe que tras él todos esos pensamientos se agolpan esperando cogerle desprevenido. Teme que le asalten así, todos de golpe, enredados, asfixiantes. Toma el mando, todos los objetos de la sala impecablemente colocados en su sitio le observan amenazantes. Es fácil cuando la tele está ya encendida. Pero algo, no sabe bien qué, lo retiene. Se queda mirando la pantalla gris, sintiendo ese leve deseo de la inoperancia. Estoy cansado, se dice, intentando poner un poco de razón al momento.
Laura no ha pasado hoy por casa antes de su clase de yoga. O al menos no ha dejado ninguna nota, ella siempre suele dejarlas cuando no pueden verse. Se levanta, intenta comprobar si se le ha pasado por alto. En la cómoda de la entrada no hay nada. Laura se ha dejado su monedero pequeño junto a la bandeja de las llaves, casi no se ve. Sólo duda un instante, en el fondo no siente demasiada culpa mientras lo toma y abre la minúscula cremallera que lo bordea. Entre las monedas hay varios papeles. Tickets de compra de diferentes tiendas, un par de entradas de cine, la tarjeta del último restaurante donde han cenado. Siempre dejándose cosas por ahí, Laura es un desastre.
Como si no estuviese satisfecho, Miguel examina todo lo que ha sacado. Algo nervioso sí que está. Las monedas al caer sobre la mesa han sonado en la habitación con un estruendo que se le ha instalado en su oído con un incómodo eco. Al abrir una de las entradas de cine lo ve, escrito con una caligrafía torcida y rápida. Un número de teléfono. Lo primero que se le ocurre, como una intuición, es tomar su móvil y marcar las cifras que acaba de leer. Se lo piensa un segundo, pero marca el botón de llamada. En seguida el número se transforma en un nombre. Alfredo parpadea en la pantalla sólo un par de veces antes de que Miguel cuelgue. Un nudo terrible se le ajusta en el estómago y el silencio, sólo roto por sus propios pasos inquietos que han comenzado a caminar de un lado a otro, parece oprimirle más y más a cada segundo. Lo imagina desde hace tiempo. En realidad desde siempre, desde que invitó a Alfredo la primera vez a casa. En aquel momento no supo descifrarlo, pero siempre intuyó que algo extraño se había desencadenado entonces. Quizá hasta ahora no había visto con tanta nitidez que a Laura siempre le había gustado Alfredo. Por aquel entonces había pasado ya mucho tiempo desde que se había acostado con él por última vez. Pensó que había sido algo temporal, aislado. Creyó que llevándolo a casa, haciendo que conociese a Laura, mezclándolo con sus amigos, conseguiría hacer que todo cambiase, borrar aquellas tardes de junio, como si nunca hubiesen sucedido. Se han casi desvanecido ya. Pero hoy, sus sospechas, no teniendo nada que ver con aquello, se lo han hecho recordar con la más cruda de las cercanías. Los celos, ásperos, se apoderan de él, y no es capaz ni de entender de quién ni por qué.

En la calle llueve aún, cada vez con más fuerza. Las gotas alargadas dibujan aristas debajo de las farolas y el ruido, como en sordina, le atraviesa la garganta. Los fantasmas han salido en tropel desde la pantalla inerte del televisor. Ojalá pudiera encenderlo y olvidarse, inventarse que es una tarde cualquiera, como todas las demás, como siempre. Abre la ventana y el ruido de la lluvia entra, esta vez de lleno, invadiendo la habitación. Necesita salir, caminar, mojarse, espantar todos los pensamientos que no quieren huir de su cabeza y que a duras penas consigue esquivar. Sin pensarlo más toma las llaves y sale por la puerta, sin acordarse de cerrar la ventana o apagar las luces. Al girarse para encaminarse al ascensor descubre a Iván que acaba también de salir de su casa. Iván ha llegado tan sólo hace unos meses al edificio. Es joven y bastante aparente, además de tremendamente encantador. De los que lo son de manera inconsciente, como si estuvieran hechos de otra materia, más leve, más divina que la de los demás. Miguel se muestra alterado, incapaz de fingir lo que está sintiendo. Iván no le ha pasado desapercibido nunca, desde el día que llegó. Como con otros muchos hombres, su deseo, a la fuerza apagado, ha pasado a formar parte de esa otra realidad que conforma todo lo que no le sucede. Esa realidad que no existe y que lleva ya alimentando demasiados años sin poder probar.
Entran ambos en el ascensor y Miguel contiene la respiración. El olor corporal de Iván, en la estrechez de la cabina, lo atraviesa. Ambos hacen el gesto de abrir la puerta al llegar a la planta baja y sus manos se tocan al hacerlo. Miguel se queda paralizado. El rumor intenso de la lluvia sobre el portal se escapa a través de los pocos centímetros que se ha abierto la puerta. Iván, extrañado, se queda mirándole fijamente. Su piel es tan suave, casi la puede sentir. Se acerca un poco, pero finalmente abre la puerta del todo y le deja salir. Iván le sonríe, y Miguel le responde con un hasta luego que suena lleno de tristeza. Iván sale rápido, algo extrañado. Otro chico le espera en la puerta y ambos se introducen en un coche que se escapa calle abajo. Miguel sale y deja que las gotas le golpeen y le enfríen las mejillas. La calle le trae por fin el alivio que necesitaba. La soledad y la rabia se mezclan amargamente bajo su lengua. Los nudos se van deshaciendo mientras la cara y los cabellos se mojan más y más, casi impidiéndole ver por dónde camina. Sus pasos saben donde quieren ir. El olor de Iván no se le despega de las entrañas, y necesita saciar esa sed como sea. Sabe bien donde debe ir para hacerlo. Rápido, discreto, sin preguntas, en plena oscuridad. Sus piernas aceleran el paso aún más. Se siente empapado y lleno de fuego a la vez. Sin proponérselo, imagina qué le dirá a Laura esta vez.
Sabe que no le preguntará nada. Que cenarán como si nada hubiese pasado. Sabe que le ha prometido pensarse lo de tener el niño, probar al menos. Sabe que no sabrá decirle que no. La lluvia arrecia. Sabe que todo seguirá como siempre. Se baja la cremallera del pantalón con fuerza, su polla está dura ya. En seguida siente la humedad rodearla. En unos minutos se habrá desahogado. Respira hondo. Sabe que no debería, pero piensa en Laura, y sabe también que le dirá que sí, otra vez, sabe que le dirá que sí otra vez...

5 de abril de 2008

Historia de Mario y Pedro.



La melancolía caminaba siempre a su lado, descalza. Con frecuencia silenciosa, su presencia se podía oler en el aire cuando caminaba interminablemente por las calles a última hora de la tarde, al quedarse solo. Por más que necesitara hablar, ella le cosía los labios, los mismos que durante la noche se deshacían en llamas.

La razón le golpeaba las sienes con fuerza cuando Pedro le hablaba, y su mirada, directa a las pupilas, le fragmentaba el aire de los pulmones. Las palabras de las frases de Mario, sin embargo, se escapaban entre sombras y caían siempre en el pozo oscuro de lo que no se puede entender. Algo que él creía ser más fuerte que su voluntad habitaba sus venas, y las invadía de escarcha blanca cada vez que sus pies contemplaban con deseo el precipicio de la espalda de Pedro.

Los ojos de Pedro eran en la noche como dos túneles de felpa negra que giraban sin parar, y en ellos se adivinaba una galaxia inmensa sin estrellas que parecía necesitar beberse el universo entero para no tener que estallar de pena. Tales eran su magnetismo y su tristeza que el viento todo de las montañas trepaba hasta ellos creando un huracán que al soplar hacía heridas en los oídos de Mario. Pero los oídos de Mario no sangraban jamás. En la espesura de su pecho habitaban sonidos desconocidos y las más inhóspitas oscuridades, guardadas celosamente. La luz nunca entró en ellas, y jamás entenderá Mario que las grutas del alma son inevitables e inocuas a la luz del sol de mediodía.

Por ello, una tarde de marzo, a pesar del primer sol tibio de la estación, Mario se marchó sin avisar. Sin despedirse tampoco. Huyó de la mano de su furiosa melancolía y no dejó apenas rastro de sí entre los dedos de Pedro. Tan solo el olor intenso de su piel se quedó enredado en los cabellos de Pedro, y allí continúa peinando sus rizos en las tardes de lluvia. A Mario he creído verle varias veces. En París, en Palermo, en Marraketch.... ya no recuerdo todos los lugares. Siempre lo acompañan chicos muy guapos, de mirada temerosa. Él cree que busca, pero sigue evitando la gruta oscura de su pecho. La melancolía se perdió, aburrida, en una noche de verano.

2 de abril de 2008

Verdes sombras

Lleva varios días levantándose con una extraña sensación de prisa. Sabe que no es ansiedad, porque ya la tuvo otras veces, diagnosticada, y sabe que duele, en el pecho, como si te faltase el aire y los huesos todos se comprimieran para querer buscarlo en alguna parte.
No, ahora no es eso lo que siente. Ahora es diferente. Se toma el desayuno inquieta, como si la vigilasen. Mira con insistencia su gran maceta y las hojas anchas que de ella salen. Sobre todo mira la oscuridad que se escapa entre ellas. La mira una y otra vez, y desearía ser diminuta para poder internarse en esa frondosidad.
La prisa la invade de nuevo mientras baja la cuesta, camino del metro. Los días se están haciendo más largos y ya casi se ve el sol salir entre los edificios rosados antes de bajar las escaleras. Sin embargo, ella lleva la oscuridad de su maceta grabada en la retina como una aguja incisiva que la asfixia.
Los pasillos llenos de gente adormilada son como selvas llenas de lianas y de bostezos. De miradas tristes y somnolientas. La suya, indiferente y lejana, escapa de las que se posan sobre ella y sobre su cuerpo. Como si alguien la persiguiera, quiere huir de la ligera concupiscencia que siente que invade el subterráneo algunas mañanas. El murmullo de las voces encerradas es más ligero a esas horas, y el sordo rumor de decenas de auriculares de músicas machaconas se mezcla como un espeso caldo que cuesta beber. Sobre ellas, la música sombría de aquel piano que escuchó ayer suena martilleante en su cabeza. Una música que, en su imaginación, sale del corazón sombrío de su maceta como si alguien la tocase desde allí. Los graves le arañan el estómago cuando las puertas del vagón se abren y, empujada por la masa, sale a trompicones del tren, entre codazos y empujones de indiferencia. Siente desde la garganta esa prisa indefinible que le agarrota el cuello. Como si no llegase a tiempo y ya nada tuviese sentido, s ube las escaleras andando y adelantando a los que se dejan. Al salir, el primer sol ya ilumina las cumbres de los edificios más altos. Ella los mira con temor, aún siente la asfixia en su pecho. Se dirige con paso firme al Café Versalles y se sienta en uno de los desvencijados taburetes de la barra. Mira alrededor con avidez. Su mirada la encuentra. Como siempre, al final del pasillo, con la mirada perdida en las noticias del periódico. Pide un café y enciende un cigarrillo. Vuelve a su retina la imagen de las sombras de su planta, y casi siente el frescor de las ramas ocultas soplarle en los labios. El café le quema la garganta y parece que la alivia un poco. Por fin ella cierra las páginas y se dispone a pagar. De repente repara en ella y sonríe. Un mechón de su pelo se desliza de repente sobre su sien y el contraste con su piel blanca se le clava con fuerza en los ojos.
- ¿Otra vez aquí? - dice sonriendo - Creía que volvías a tu trabajo en las afueras ya hoy.
- Eh, no. Pues no. Me llamaron para decirme que aún me necesitaban aquí unos días más y... Bueno, pues aquí estoy - dice esforzándose por parecer natural, pero la mirada se le ha paralizado.
- No te he visto, sino me hubiera venido aquí a tomármelo contigo. Ahora ya no, que hoy llevo prisa, tengo que presentar un trabajo a primera hora.
- No te preocupes, es que se me ha hecho tarde, casi acabo de llegar.
- Pero mañana estaré atenta para no perderte. Tu conversación es mucho más interesante que las opiniones de los periódicos.
Sonríe temerosa.
- Yo... así, medio dormida, a estas horas, tampoco es que dé para mucho.
- Así estamos todas, maja - sonríe de nuevo - en fin, que me alegro de verte. Como el viernes te fuiste tan de repente, sin despedirte. Te iba a dar mi dirección de e-mail para que me siguieras contando cómo va lo de tu proyecto de viaje, ¡me pareció tan interesante! Pero con las prisas.
- No pasa nada, mujer, ya un día de éstos.
- Sí, ya te digo, ahora me voy corriendo, que fíjate qué horas.
- Sí, sí, vete, ya mañana hablamos.
- Venga, hasta mañana.
- Que tengas buen día.
Al salir, su falda le ha rozado levemente en su tobillo y al hacerlo se ha llevado consigo la música del momento. De nuevo las sombras verdes oscuras han invadido su cabeza al ritmo de los tacones de ella que se alejan, de nuevo se alejan.
Ella termina su café despacio, y apura su cigarrillo con tristeza, con inmensa tristeza. Paga y sale del local.
En la calle todo es movimiento y la luz del sol ocupa ya todo el espacio. Respira hondo, de nuevo sintiendo cómo la inquietud se instala en ella desde esas sombras a las que aún no termina de acostumbrarse. En su cabeza, la sonrisa de ella se ha paralizado y todas las mentiras que lleva semanas inventando se revuelven como envueltas de espinas. En el trabajo le deben estar echando de menos ya. Comienza a caminar y siente que su voluntad acaba de ser raptada por esa sensación que la oprime los últimos días. Por primera vez la idea certera de no saber qué hacer, de no saber a dónde dirigir sus pasos, se cruza con descaro por su cabeza. De repente siente que las sombras se desvelan y que el piano sordo que la persigue desde ellas le muestra la verdadera cara de una palabra que no quiere pronunciar, pero que se dibuja en sus labios con claridad.
- Miedo - susurra despacio.
Sus pasos se dirigen al trabajo. Enseguida imagina una excusa para la tardanza. En ese momento, desde su casa, solitaria, la maceta tiembla en su rincón.

29 de marzo de 2008

Noche barroca.


Discretamente casi escondido en la programación del Teatro Real de Madrid como complemento a las representaciones del Tamerlano, de Handel –ambas óperas barrocas y con el mismo libreto- nos encontramos el jueves noche con una de las veladas más deliciosas que recuerdo en el escenario madrileño. La versión del concierto de la ópera de Vivaldi Bazajet. Una sola representación que por lo tanto sólo pudimos disfrutar unos poquitos afortunados (comprar la entrada el día que salieron a la venta fue toda una odisea internauta)

El mundo de la ópera barroca necesita de una contextualización histórica y musical correcta y que nazca de una inmersión espiritual decidida. No es un tipo de ópera que suela ser demasiado apreciado por el público general de la ópera y más bien recoge adeptos entre los incondicionales de la música barroca en general. Todo esto era evidente en los comentarios que se podían escuchar en el intermedio a los asistentes. Yo mismo confieso que mi interés y comprensión de la música barroca es fruto de mi esfuerzo personal por asimilarla y dejarme llevar poco a poco por su intrínseca belleza.

Pero el jueves íbamos con los deberes hechos y la ópera escuchada en casa. Y el resultado fue realmente cautivador. Vivaldi es un mago de la música, capaz de inyectarnos la belleza en el aire que respiramos, toda la esencia de esa Venecia ya decadente del s. XVIII que retorcía hasta el infinito el hedonismo de sus habitantes y su incisiva recreación en la belleza, fruto del influjo abrumador de una de las ciudades más oníricas del mundo.

Fue un sueño de casi tres horas, y daba igual que no hubiese escenografía, pues el saber hacer de Fabio Biondi y su trouppe de la Europa Galante, rodeada de un conjunto de cantantes solistas de la mejor calidad en este tipo de repertorios nos dejó sin aliento y literalmente rendidos ante esta música de irregular hondura, pero de innegable magnetismo.


El Bazajet es un buen ejemplo de lo que se denomina Pastiche Barroco, en el que el autor recogía arias de otras óperas de él mismo e incluso de otros autores, y las añadía a alguna nueva compuesta ad hoc.
Fabio Biondi, del que ya he hablado aquí en alguna ocasión con cierta pasión, ha recuperado y revisado esta partitura de innegable calidad y lleva varios años difundiéndola por el mundo en una prodigiosa prueba de su idilio con esta obra.

La música vocal de Vivaldi está extrañamente poco explorada, pero el ejercicio de una nueva generación de músicos como el propio Biondi, Rinaldo Alessandrini, o Christophe Rousset están contribuyendo a verla de otra forma a través de sus visiones renovadoras y serias de este tipo de repertorios, basadas en muchas horas de biblioteca estudiando partituras, anotaciones y demás documentos que son esenciales para poder interpretar una música que se compuso inevitablemente unida a una forma de interpretar que hasta ahora se desconocía bastante. A quien le interese este tipo de música yo recomendaría que escuchara alguna interpretación de estos nuevos (ya no tanto en realidad) músicos y renueve su visión de obras que creía monótonas, aburridas o exentas de pasión. No lo fue la interpretación del jueves del Bazajet vivaldiano, que a los que nos quedamos hasta el final nos robó espontáneos y desgañitados bravos a un conjunto que nos respondió sin divismo y con las sinceras expresiones de felicidad de quien es inmensamente feliz haciendo música.

Consiguieron que nos enamoráramos de Vivaldi.

Os dejo con un par de extractos, uno más dramático y otro más movido, para que os hagáis una idea de lo que os estoy hablando.


25 de marzo de 2008

La electrididad del alma.






Siempre he defendido el Amor con mayúsculas, el que no entiende de deseos porque es Deseo, ni de posesión, porque posee sin voluntad. El que se reconoce lleno de pudor y de valentía pues no teme a la verdad, pero reconoce la fragilidad de su piel.
Amor cantado desde el pasado, porque nada ha cambiado, repetido en el presente, y continuamente moviendo el hilo de los dedos y de las palabras a lo largo del tiempo, habitando el descuido de una tarde, la grieta sincera de una amistad o el precipicio oscuro de las miradas que encajan como el aire entre las ramas.
Amor sin paredes, amor solidario e inevitable, amor cuando menos te lo esperas, amor desde todas las palabras, amor sin definir, amor en todos los que me llegan, amor voluptuoso, amor desde la oscuridad de la razón, amor procaz, amor en ti que me asaltas en tus silencios de mediodía.
El tormento dulce del que habla Monteverdi, herida inevitable que atraviesa la existencia y la ilumina para siempre, que detiene el tiempo y define la belleza.

Como un ejército de extraterrestres anclados en el olvido de ser, reconocidos entre las palabras, en los huecos de lo que no ocurre, en la electricidad del alma, te reconozco de mi misma raza y me uno secretamente a ti, portador del sueño que me turba y del que me libera. Y no te lo susurro porque no es necesario. Llevamos la mirada en la sangre y hacemos que el aire tiemble y se vuelva sólido, como la soledad de las abejas que zumban, como el agua torrencial que se deshace en la roca, como la nube que no respira mientras atraviesa el cielo.
Algún día, ese castillo de soldados extraños vendrá a poner paz a mi agitado corazón. Ese día, no hará falta que os diga nada más.

22 de marzo de 2008

Y llegó...

Inflexible como un mecanismo de reloj de precisión.
Como lo que es, Naturaleza perfecta y desolada. Y aunque soplen hoy los vientos que afilan la piel y me turben las miradas sobre las nubes vertiginosas, y aunque se atropellen bajo la retina las horas azules de un invierno que no existió, que jamás debió existir, -y sin embargo lo hizo- es imparable ya el descenso al verano, a las horas perdidas, a la voluptuosidad de la noche y de los deseos sonámbulos. El silencio queda atrás, la escarcha, las manos frías, la ausencia y las noches derritiendo la acera con los pasos secos de nuestros zapatos. Escucho ya el Mediterráneo y los grillos romper la noche. En el fondo lejano del viento ya te escucho... voy hacia ti.

Feliz Primavera.

18 de marzo de 2008

Jacqueline Du Pré


Nunca he sido mitómano, a pesar de que los nombres de algunos artistas me han marcado profundamente. Es el caso de la violonchelista británica Jacqueline Du Pré, de la que he hablado aquí en alguna ocasión. Su figura está siendo revisada estos días en un ciclo que programa el Caixafórum de Madrid, en el que se proyectan las cinco películas documentales que el realizador y amigo suyo Christopher Nupen hizo sobre ella. El ciclo comenzó con una conmovedora conferencia que él mismo impartió en un bastante correcto castellano. Su cercanía personal a esta artista (recuerda él emocionado cómo le sostenía la mano en el momento de morir) le hace hablar con gran pasión de ella, pero su discurso no es sólo emotivo y nos transmitió un retrato de ella y del origen y el valor de estas películas que fue bastante interesante y objetivo.

Jacqueline Du Pré es una de esas figuras de la música que están quizá excesivamente rodeadas de mito y leyenda. Por resumir, para quienes no la conozcan, su carrera fue meteórica desde los 16 años que ya debutó en una de las grandes salas de concierto de Londres. Su talento y la desatada pasión con la que interpretaba la catapultaron a una fama que su matrimonio con el entonces también emergente pianista y director de orquesta Daniel Baremboim contribuyó a rodear de morbo. Su talento era realmente excepcional y todos los que la conocieron coinciden en señalar su inmensa musicalidad y su don para transmitir con pasmosa facilidad sus visiones de la música. También coinciden todos en destacar sus valores humanos, su energía vital, la musicalidad que la rodeaba en todo lo que hacía, así como su gran generosidad.
Las películas de Nupen (nos contaba él) así lo demuestran. La gran aportación del director es haber tenido la suerte de conocerla y ser consciente de su talento en un momento en el que el desarrollo tecnológico (fundamentalmente la aparición de nuevas cámaras de 10mm insonoras, que permitían la filmación en directo y en distancias cortas sin perturbar la música) le permitió un nuevo concepto de cine musical, capaz de acercarse a la interpretación desde ángulos tan próximos que desvelan a través de gestos y miradas las intenciones interpretativas de los músicos de una manera muy eficaz. Él, además, tuvo la ocurrencia de filmar a Jacqueline y todo el grupo de jóvenes músicos y amigos que tocaban en esa época (finales de los 60) con ella (ahora todos ellos músicos de primera fila como Baremboim, Zubin Metha, Pinchas Zukerman o Itzhak Perlman) en escenas de la intimidad del backstage. Hoy en día ese tipo de imágenes están más que explotadas en innumerables programas de televisión, pero en aquella época constituía toda una nueva forma de aportar otra visión a transmitir la esencia de los interpretes. Las imágenes de este tipo que Nupen filmó nos muestran a una Jaqueline de una perturbadora sonrisa llena de una energía y vitalidad arrolladoras. Las mismas que volcaba en la música. La expresividad de sus gestos era evidente y transparentaba de tal manera sus emociones que realmente se puede decir que el espectador se pierde mucho de lo que ella es si sólo se queda en la escucha de sus grabaciones. Nupen habló de la importancia de la imagen en la música como elemento fundamental de comprensión de la esencia interpretativa. Sus películas son incisivas en mostrar primerísmos planos de las manos, de los gestos, de las miradas, con una inspiración realmente asombrosa.

La técnica y personalidad músical de Jacqueline Du Pré son indudables, así como su precocidad, su talento artístico y su talla humana. No hay manera de explicar la madurez y profundidad que alcanzan sus interpretaciones, realizadas a una edad muy temprana (entre los 15 y los 28 años) en la que la mayoría de los músicos son meros estudiantes. La naturaleza nos brinda de vez en cuando estos misterios. Su interpretación más recordada es la del concierto de chelo del músico inglés Edward Elgar. No hay duda que Jacqueline Du Pré ha transformado no sólo la forma de interpretar esta partitura, sino que la ha hecho universal. Es increíble cómo una adolescente de tan solo 20 años (edad a la que grabó el concierto) pudo ser capaz de entender la oscura melancolía otoñal de esta página y mostrarla al mundo como nadie antes lo había hecho.

Al igual que una macabra alegoría, la vida de esta interprete excepcional se truncó a los 28 años cuando le fue diagnosticada esclerosis múltiple, una enfermedad que produce un deterioro progresivo del sistema nervioso central . Toda una triste metáfora de la existencia. Su vida dedicada a la música no se terminó y ella siguió grabando hasta los últimos periodos de actividad -intermitente- que le dejó la esclerosis, colaborando como narradora en grabaciones de otros, y enseñando hasta prácticamente su muerte, en 1987. La enfermedad, sin embargo, la postró en una silla de ruedas y le impidió volver a tocar a partir del año 71. Profundamente crítica con su trabajo, nunca dejó de escuchar sus grabaciones y películas, lo cual le tormentaba profundamente pues era una de esas personas que necesitaban tocar música como forma de expresión vital, como oxígeno para vivir. Las imágenes de alguna entrevista realizada al final de su vida, en momentos en los que la enfermedad le permitió una cierta normalidad para poder hablar y mover las manos sin demasiada dificultad nos muestran una desoladora Jacqueline que sin embargo no pierde esa sonrisa suya llena de vida.

Quiero dejar aquí mi homenaje particular a esta violonchelista que tanto ha marcado mi forma de sentir la música. Alguien verdaderamente excepcional e irrepetible.
Aún recuerdo la primera vez que la escuché, por casualidad, en la radio. Su especial forma de tocar era y es inigualable. Una vez la has escuchado sabes que nunca podrás oír tocar a nadie como ella. No sólo por la arrebatada pasión con la que interpreta (dinamita pura que quemaba literalmente los micrófonos de los estudios de grabación) sino también por el timbre personalísimo que conseguía del instrumento, que yo personalmente no he vuelto a escuchar a ningún otro chelista. Os animo a comprobarlo.
Destacaría de entre todas sus grabaciones la de las sonatas de Brahms, con Daniel Baremboim, el inigualable concierto de Schumann (su más honda interpretación en mi opinión) o su grabación del concierto de Dvorak, que cuenta con uno de los más tristes finales que se hayan grabado jamás, en el que ella parece presagiar que no volvería a grabar más esa música. Y por supuesto, su obra emblemática, el concierto de Elgar, con cuyo final os dejo. Os recomiendo verlo hasta el final y fijaros en la forma de interpretar, que se le escapa a través de la mirada y del movimiento de su cuerpo.