Me he dado cuenta que Madrid está llena de ellos. No sé qué nombre tienen, pero estos árboles de hoja perenne, verde oscuro y rígido, de impecable sombra y brillo delicado, están plantados en muchas calles y plazas de la capital. En la mía también. Al llegar Julio, brotan sus flores, minúsculas y blancas agrupadas en generosos racimos blancos que al abrirse desprenden un aroma limpio, ligeramente floral, muy característico, que suele llegar al olfato con la brisa de las tardes al inicio de verano.
Son los mismos que estaban plantados allí, al final de la calle donde vivía mi abuelo, en la aldea, detrás de la estación del tren. Es el olor de los veranos de infancia, de la infancia misma que en la memoria sólo quiere quedarse con aquella felicidad estiva encerrada como en un tarro de mermelada. Es el olor de las tardes de paseo en el bosque, del tren pasando día y de noche, pitando a lo lejos, de las tardes de calor encerrados en casa o en el jardín de mi tía, de los atardeceres que se clavaban en la mirada, de mi abuelo dándonos cinco duros para un helado, de ir a por leche a la casa de arriba y después de hervirla tomar la nata con una cuchara y azúcar a escondidas, de sentarnos todos los primos en los puf a leer tebeos, de tantas y tantas imágenes.
Pero también, y de alguna forma, es el olor que me devuelve a mi madre, a mi familia gallega y lo que significan para mí. Al cariño inevitable de la sangre, a las conversaciones nocturnas delante de una copa de vino, y a todas las actitudes que de ellas he heredado: la belleza como bálsamo de la angustia vital, el arte como herramienta para educar el alma, el cine como veneno embriagador que recoge y provoca los sueños, la literatura como necesidad para crecer y para ser feliz y adquirir consciencia y responsabilidad, la música como compañera de la vida, como la única luz frente a tantas soledades, la tolerancia y la comprensión ante lo que no entendemos de los otros, la duda como parte de la existencia... En fin, tantas y tantas cosas que sin ser consciente me han construido y me han llevado a ser como soy, a querer ser como quiero ser. Es una familia a la que me siento profundamente vinculado, a la que necesito porque simplemente son parte de mí y me han transmitido unos valores sobre los que he caminado y con los que he decidido mi forma de estar en el mundo. Cada inicio de verano, con el olor de los árboles, esos miles de pequeños detalles, mi Guermantes particular, surgen de nuevo tal y como eran entonces. Bañados de años setenta, de años ochenta, de años noventa. Espléndidos en la memoria. Hondos, en lo más profundo de mi capacidad de sentir, en la raíz de mi vehemencia, en la razón de mi intensidad, caminando siempre conmigo, aunque a veces ni sea consciente.
Es otra de las razones para desear el verano, el regreso de la memoria como un tren veloz que pasa y me deja ver quién fui, quién nunca debo dejar de ser.



