31 de enero de 2006

Fragmentos


Ayer volviste, con el frío.
Han pasado algunos años, y parece que todo ha cambiado. Lo nuestro fue cosa de horas. Aquellas horas de septiembre madrileño que la ciudad nos regaló, desde aquel estupor mío por tu belleza, mientras me esperabas sentado en la Plaza de Santa Bárbara, hasta aquel idilio de palabras, confesiones e identidades comunes que se desgranó en arena de efervescencia roja derramada lentamente por las plazas de La Latina. 8 horas de miradas, de aire compartido. Para entonces, parte de nuestra carne era ya hermana, sellado todo con aquel intenso abrazo nocturno, rodeados del frenesí de Cibeles en sábado noche. Al día siguiente volvías a tu país. ¡Qué pena, pensé, haberte conocido hoy cuando ya te vas! Ahora pienso que las cosas fueron como tenían que ser.
Vinieron años de mensajes, de pequeñas historias, de confesiones, de llamadas telefónicas, de mensajes dejados en tu buzón de voz y algunos tuyos en el mío, que aún conservo. Nos hemos hecho, poco a poco, inseparables en la distancia. Y no dejo de pensar en ti, y sé que tampoco tú dejas de hacerlo en mí.
Y ayer, de nuevo, estábamos cara a cara. Alguna arruga más. Mucha vida recorrida y aprendida. Y nuestras realidades, que no son aquellas de hace años, aunque sé que sí somos, fundamentalmente, lo que entonces queríamos ser. Nos cuesta penetrar en ese terreno vedado, y comenzamos a hablar de cine, de nuestros trabajos, de nuestras parejas, de nuestras familias. Y, al llegar la noche, el hilo humano se va afinando, y caemos en la pasión ingrávida del interior. Reconocemos ese brillo, esa atracción, de nuevo, latir. Es un segundo, mientras nos quedamos solos un instante. Sin palabras, pero nos basta para saber que algunas cosas no cambian. Ahora toca seguir cada uno su camino, con nuestro secreto bajo el corazón.
La felicidad es fragmentaria, y así la he sentido esta mañana, mientras me duchaba en mi baño de transparencias azules, sintiéndote a ti, a mis pasiones recientes, a mis amados desconocidos, mis secretos amantes, y mi pareja que aún bostezaba entre las sábanas donde le amo con infinitud. Cada uno, un fragmento, una pieza del mosaico, ya sean visibles o invisibles. La ducha que los baña de agua y deseo soy yo mismo, y esta irrefrenable fantasía que se escapa por las yemas de mis dedos.

6 comentarios:

Neverland dijo...

Mosaico.
Hermosa -múltiple- imagen que ambos hemos elegido en nuestras bitácoras de hoy.
(¿Será la inspiración mozartiana del CD compartido?)
Me gusta saberme pieza del puzle. De todos los puzles que la vida, a ratos generosa, extiende a mi paso.

Elorri dijo...

Me sumo al puzle con mi último post (te agradezco, Vulcano, tu penetrante comentario) que inconsciente de estos paralelismos escribí.

Curioso -y bello- que la palabra puzle (¿verdad, Neverland?) haya perdido en castellano su original sentido anglosajón de desconcierto, de aturdimiento.

Vulcano Lover dijo...

Y a mí me gusta que te reconozcas.
Hace días que me gustaría poderte hacer llegar una cosa de Mozart. Un placer que me gustaría que pudieras probar, y después (cómo sino) compartir conmigo en tu reinterpretación. Lo haré pronto, cuando sepa cómo.

Vulcano Lover dijo...

Tesela sumada, De Laclos. Pero me temo que ya estabas ahí, quizás incluso desde antes que imaginas.

Elorri dijo...

Mmm... no lo dudo, querido Vulcano, viniendo de ti no lo dudo...

Vulcano Lover dijo...

Eso, no dudes. Y, sin embargo, ¡DUDA!