20 de marzo de 2006

Intermitencias.

Cada diciembre, sin falta, Juan recibe una carta envuelta en papel sepia, a veces es un paquete, siempre delicadamente envuelto, pero no con uno de esos preciosos papeles de decoraciones navideñas que se pueden comprar en las papelerías. El papel suele ser reciclado, cartón, celofán de color, papel de embalaje, eso da un poco igual. Pero siempre viene decorado por una mano precisa que dibuja algún motivo, que añade algún color, que da un toque artesanal que no lo desvirtúa sino que lo personaliza, lo hace único. Un toque que pretende decir al destinatario que no puede confundir esa carta con las otras muchas que seguro recibirá en esas fechas. Juan, cuando recibe esa carta, la reconoce al instante, y sonríe. La guarda con complicidad en el fondo de su mochila y prosigue camino ese día, como si nada extraordinario sucediese. Le espera una tarde de compras quizá. O una cena con amigos, visitas a la familia, un taxi circulando entre copos de nieve que cruza la ciudad. En medio de todas esas actividades, Juan siempre encuentra un rato de tranquilidad para abrir con cuidado la carta y leer su contenido. Los matasellos alemanes tienen una delicada línea ondulada que no borra demasiado el diseño de los sellos. Ella siempre escoge sellos especiales para ese sobre. Flores, personajes célebres, obras de arte, todo lo que sabe que a él le gusta. Dentro del envoltorio siempre hay varios folios escritos a mano, con esa escritura que siempre le pareció extremadamente pulcra, digna de una profesora como ella. Y es que desde hace más de quince años, ésta ha sido la única comunicación que Juan tiene con Kristin. Él sí le escribe con más frecuencia, incluso después de tantos años. Ella, sin embargo, siempre guarda sus respuestas para esta fecha. Como solía decir, “soy tan aburrida, nunca me pasa nada... ¿de verdad que no te aburres conmigo?”. Pero sabía que era pura ironía, que de su imaginación brotaban continuamente historias y reflexiones, esas que les mantuvieron intensamente unidos aquel año en que se conocieron siendo becarios en Bruselas. Desde el principio sabían que aquella historia iba a ser difícil, pero ninguno de los dos estaba dispuesto a renunciar a ella. Los dos tenían otra vida en sus países, otro futuro, otros anhelos por los que llevaban luchando mucho tiempo. Y aquel año en Bruselas se convirtió en una inflexión del tiempo, un continuo reto por la felicidad que ambos sentían, que vivió durante aquel año, medio invisible, medio tolerada por la complicidad de los pocos amigos que lo sabían. El final de aquel año se hizo difícil, la seguridad de ambos se quebraba, y a Juan su futuro en Madrid se le escapaba. Las últimas semanas, las casualidades les hicieron imposible disfrutar de una despedida con la intimidad que los dos necesitaban. Juan desatendía sus prácticas y nadie se explicó muy bien el porqué de la repentina melancolía que le envolvió en su vuelta a España. “Si es que ese clima belga te mete la tristeza en los huesos”, le decía su madre “ya verás que rápido vas a estar contento aquí con el sol y la alegría de la gente...”. Desde entonces sólo se volvieron a ver una vez, un año después, en París, como despedida, porque se lo merecían. Y fue uno de los fines de semana más felices de la vida de Juan, pero también ella le hizo prometer que no volverían a verse. A partir de aquel año, ya sólo hubo aquellas cartas. Cartas por las que poco a poco se fue enterando de la vida de Kristin, en esa lenta periodicidad anual que dejaba tantos y tantos momentos de ensoñación el resto del año. Supo de su matrimonio y de su felicidad, del nacimiento de su hija, fotografiada para él en un retrato del que esa mirada le devoró con intensidad, mordiéndole en la certeza de que si las cosas hubiesen sido diferentes, esos ojos podrían haber sido los de su hija. Pasaron los años, y esa niña fue creciendo, como también crecían los árboles del jardín, del que casi todos los años le enviaba una foto. Con nieve o con sol, con las hojas caídas o con la hierba fresca del verano nórdico. La vida de Juan ha terminado siendo una suerte de segunda elección. Un trabajo que le gusta, pero que no le apasiona, un amor que le adora, pero con quien no termina de encontrar el ardor. Unos hijos que ninguno de los dos se atreve a tener, una vida de conveniencia con la que Juan ha terminado por conformarse. Una vida en la que las cartas navideñas de Kristin caen como ventanas hacia lo imposible, llenas de estímulos, pero cerradas con candado, imposibles de atravesar. Por ello, después de todo el tiempo pasado, Juan no se extraña de que la carta de hoy no contenga nada. Absolutamente nada. Un sobre malva, confeccionado esta vez con una especie de papel de decoración para paredes, con grandes estrellas rojas dibujadas por su mano firme. Juan se extraña, pero decide aceptarlo así. Sin embargo, no puede evitar pensar en la carta del año pasado. Lleva todo el día buscando el momento de quedarse a solas para buscarla y releerla. Ya no es como antes, que se las aprendía de memoria. Por la noche lo consigue, y la lee con atención, como queriendo encontrar algún signo que explique el significado del silencio de este año. Nada, la carta no habla mucho de ella. Le contaba con mucho detalle su viaje, el verano anterior, a Sicilia. Las ruinas, el calor, la vida mediterránea de repente descubierta. Se detenía especialmente en la descripción de una erupción del Etna que les había tocado asistir, por azar y le enviaba varias fotos tomadas por ella misma. La lava bajando, con ese increíble color fluorescente, el magnetismo del crepitar de las rocas fundiéndose, el olor a azufre, los turistas haciendo fotos, la pasmosa tranquilidad de los habitantes locales. Nada, relee palabra por palabra y no encuentra nada. Juan no sabe qué tiene que entender. Y, en su desidia, también lo olvida. Las cartas de ella finalizarán este año, aunque él no lo sabe aún. Las que él envíe le serán devueltas por desconocimiento de destinatario. Y él, de nuevo, terminará por aceptarlo sin mayores indagaciones. Es una pena que Juan haya perdido la ilusión. Alguien ilusionado no se habría conformado, y habría rebuscado con ahínco en el sobre. En el sobre, que descansa ya en el cubo de los desperdicios, en realidad, hay algo que Juan no ha visto, casi escondido en doble papel del envoltorio, cubierto de estrellas rojas. Una foto de ella, radiante, vestida de naranja, el color preferido de Juan, en el lugar favorito de ambos en Bruselas, bajo un sol de otoño que la besa y devuelve a su sonrisa una felicidad que, en realidad, hace años que no conoce.

4 comentarios:

Amo dijo...

Se equivocaron, ¿no?

Vulcano Lover dijo...

He conocido a gente que perdió la ilusión... Para mí eso sí es equivocarse

Amo dijo...

Mmm... Depende, imagina una ilusión que paraliza, que le impide (como quizás fue el caso de Juan) luchar por una nueva vida. ¿Sería equivocarse admitir que la ilusión no le valdrá de nada?

Vulcano Lover dijo...

Está claro que Juan no vive con ilusión ni lo que tiene ni lo que deja de tener. Simplemente pierde la ilusión por todo. Se conforma con no ser feliz, o no ser feliz del todo... A mí me da pena. En el fondo su vida no le convence, y es la falta de ilusión la que le lleva a ni reparar en que allí había una foto... Eso le lleva a no tner datos para decidir, ni siquiera va a poder decidir... es terrible, pero la muerte de la ilusión así lo es. Con ilusión él decidiría, al menos podría decidir. Incluso podría decidir seguir con su vida actual y llevarla a flote... pero no, ya no hay solución. Para mí, él se ha rendido.