14 de junio de 2006

¿Romanticismo?

















Jacqueline Du Pré y Robert Schumann


He leído alguna vez que cuando morimos, el último sentido que deja de transmitirnos estímulos es el oído. Imagino que eso mismo pensaba Daniel Baremboim cuando, el 19 de octubre de 1987, ponía en marcha cierta grabación discográfica para dejar a su entonces esposa morir en paz. Ella era Jacqueline Du Pré, una de las más grandes violonchelistas de todos los tiempos, y su muerte, el final de una tristísima agonía fruto de la esclerosis múltiple, que ya la había apartado de los escenarios en 1973, a la injusta edad de 28 años. A pesar de su juventud, tuvo tiempo de dejarnos un testimonio inigualable de versiones que en muchos casos no han sido igualadas ni probablemente lo serán jamás.
La grabación que en aquella ocasión sonó junto a su oído, su últmia petición de hecho, era una grabación de ella misma. Jacqueline fue siempre muy exigente consigo misma. Además, puede uno imaginar que tantos años de escuchar grabaciones de juventud desde la incapacidad de su silla de ruedas debió ser algo muy duro y que sin duda debió despertar en ella un acusado instinto crítico de amargo sabor . Pero con aquella versión siempre estuvo bastante satisfecha en vida. Y no era para menos, pues con tan sólo 23 años, había conseguido una interpretación que igualaba y superaba a la de sus ilustres profesores Tortelier o Rostropovich.
Jackie no escogió, como podría intuirse, la interpretación que la lanzó a la fama (la del concierto de Elgar). Esa partitura con la que tanto se identificaba y que en una tempranísima adolescencia reinterpretaba de una forma que ha marcado para siempre la suerte de esa música. Ni siquiera escogió el más bello concierto para violonchelo que se ha escrito nunca, el de Dvorak, que también interpretó, por supuesto, de manera inigualable.
No, Jackie escogió la grabación de su concierto de Schumann. Un concierto que forma parte indispensable del repertorio de ese instrumento. Pero teniendo en cuenta que el repertorio concertístico del violochelo es relativamente discreto, esto puede no decirnos mucho.
Para ser sinceros, no es éste un concierto que se interprete mucho en las salas de concierto. Tampoco muchos lo destacarían como una de las obras capitales del músico alemán. Y sin embargo, creo que yo también lo habría escogido. Porque creo que de verdad encarna como pocos las características esenciales del romanticismo, que es indudablemente el periodo en el que este instrumento alcanzó su esplendor tanto a nivel de desarrollo como de inspiración de obras musicales.
Curiosa palabra, romanticismo. Demasiado desvirtuada por el uso, tanto en su acepción sentimental, como en la artística. Por supuesto, no es cuestión de comparar, pero si bien es cierto que música como la de Brahms, máximo exponente del movimiento y quien supo llevarla hasta sus cotas más altas, Dvorak, especialmente dotado para la belleza o Tchaikovsky, el más inspirado melodista de la historia de la música, puede subyugarnos a través de las cimas que alcanzan la intensidad de la partitura o su desarrollo estructural, creo que obras más modestas en sus pretensiones, aunque de absoluta referencia, como ésta de Schumann, pueden plasmar de manera más sintética y sincera la esencia más auténtica del movimiento romántico. Porque el romanticismo no fue sólo pasión, no fue sólo intensidad ni reducción a lo sentimental. Creo que cuando se habla de romanticismo estamos hablando de una concepción del hombre, que decide enfrentarse a sus contradicciones y transmitir la eterna insatisfacción del ser humano frente a la impotencia de no ver realizado sus ideales, sus anhelos. Y el hombre romántico es un hombre que se aventura a explorar la oscuridad de su intimidad, la imperfección del alma, la vulnerabilidad de la carne y del espíritu, y por lo tanto, también tiene algo de diabólico, de monstruoso. El romanticismo ubica al hombre en una realidad interior más rica y lo conecta con sus deseos, pero también con sus miedos, sus debilidades y su perversidad. Es posible que Schumann, al borde de la locura como estaba, consiguiera una especial lucidez para hacernos descubrir esa realidad. Y lo hace en este concierto de una forma magistral a la vez que sutil. Porque desde el inicio, lo inquietante se mezcla con lo lírico al tiempo que la poesía juega con una oscuridad exuberante que nos seduce. El violonchelo pasa de la danza elegante a la descontrolada, se deja caer en la más intensa de las ternuras o nos deja sin respiro cuando baja a esos graves sin acompañamiento que nos estremecen en su misteriosa melancolía, en su oscuro abandono. Los agudos, a su vez, nos dejan marcada esa imborrable marca de la terrible impotencia.
Y todo ello sustentado en una estructura musical que descansa en formas clásicas, puras, sutil y perfectamente construidas, que dan a la obra un carácter sólido, profundamente musical ante todo. El resultado, un autentico gozo para el oído atento. Un hechizo que nos abandona en los infiernos para rescatarnos en una suerte de danza frenética que es el final, ese final que Jacky, en su arrebato, nos marcaba con una escalofriante nota rasgada final, sublime puerta de la sombra, que una simple niña de poco más de veinte años, inconsciente de su destino fatal, registraba para la posteridad.

12 de junio de 2006

El beso de Sheherezade

En la estrechez del angosto escenario, Javier temblaba mientras sostenía su marioneta. El pequeño habitáculo estaba sumido en una semi-oscuridad rota sólo por la luz que llegaba a través del foco trasero. De él, la luz emanaba hacia el tenso y tupido velo que se había colocado en el frontal. En el fondo, de rodillas sobre el escenario, esperaban él y Mar. El pequeño teatro de sombras en el que se encontraban parecía temblar mientras las marionetas se movían levemente en silenciosa expectación.

Javi aún no sabía qué era el amor. Con sólo 14 años y una timidez extrema, únicamente había leído de él en los libros. Sí, se habla mucho del amor en los libros. Javi solía cerrar los ojos e imaginar el ardor que sentían los personajes, a través de los cuales vivía más cosas de las que debiera.

Ese año, Javier debía escoger una actividad extraescolar para realizar por las tardes. Doña Ana, su profesora favorita, dirigía el taller de teatro, así que sin dudarlo escogió teatro. Mar también estaba en el grupo de teatro. En clase todos decían que ellos eran novios, pero no era verdad. En aquella época, Mar era la única chica con la que hablaba, e iban juntos a clases de inglés porque vivían muy cerca y les había tocado el mismo horario. Más allá de eso no había nada.
“Hay que esperar unos minutos más, no os pongáis nerviosos”, dijo doña Ana. Javier miró a Mar, cuyo rostro iluminaba la luz que les llegaba desde abajo, y la sintió rodeada de una belleza diferente, sin duda atractiva. Le sonrió... Ella, aunque se lo acababa de negar, también estaba nerviosa.
Mar era una chica diferente. Poco femenina. Llevaba el pelo cortado como un chico y a éstos les hablaba directamente, casi con desafío, como si fuera uno de ellos. Era la única chica del colegio que jugaba con los chicos en el recreo. Pero aún no había sido novia de nadie. Ni siquiera, en realidad, de Javier. La familia de Mar también era diferente... Su padre trabajaba viajando por todo el país, y casi nunca estaba en casa. De su madre contaban muchas cosas, siempre en voz bajita, para que los niños no oyesen... Pero oían, aunque todavía no entendieran ni juzgaran, tan sólo repitieran los argumentos que escuchaban en casa. A Javi le gustaba la madre de Mar, y cuando iba a su casa, ella era siempre muy cariñosa. Le regalaba onzas de chocolate antes de irse.
Javier sentía el dolor de apoyar las rodillas sobre el escenario, pero sabía que cuando comenzase la obra cesaría, enmascarado por la emoción de manejar los muñecos de madera.
Como al resto de los chicos, Mar a Javier también le hablaba mirándole directamente a los ojos. Pero con él tenía una ternura especial y le contaba algunas cosas de sus hermanas, con las que no se llevaba muy bien, o de los viajes de su padre, al que veneraba. También sabía ser cruel con él algunas veces, y le ponía a menudo en evidencia delante de los otros chicos de clase. Javi no entendía muy bien por qué Mar se comportaba de formas tan diferentes, y con frecuencia se detenía a pensar en ello. Le inquietaba esa falta de lógica del comportamiento de Mar. Cuando estaba a solas con ella, la miraba con cautela, como esperando encontrar en sus ojos un signo de la respuesta que preparaba en cada momento... pero casi nunca acertaba.Ahora estaba nervioso. Después de tanto ensayo, era la primera vez que estaba a solas con Mar en ese espacio. En realidad, era la primera vez que estaba a solas con una chica en un espacio tan pequeño. Pero se sentía con una especial tranquilidad aquel día, a pesar de saber que ninguno de los dos podía hablar allí dentro, pues debían centrarse en manejar las marionetas y permanecer en absoluto silencio. Eran otros quienes, desde un micrófono, ponían las voces a los personajes.
Mar le acababa de devolver la sonrisa.

El primer día del taller de teatro, doña Ana les propuso escenificar un cuento popular para participar en el certamen de teatro infantil de la localidad, así que les pidió que, entre todos, eligieran uno que les gustara. Javier acababa de leer una adaptación infantil de las mil y una noches, y propuso uno de sus cuentos favoritos. Los demás chicos, que siempre se reían de sus ocurrencias, no dejaron de hacerlo aquella vez, pero una vez que Javier les explicó con detenimiento el cuento, lo aceptaron con cierto interés. La historia del príncipe con poderes mágicos y de la princesa prisionera, con luchas y amores redentores, encontró finalmente en los compañeros de clase bastante aceptación ... Doña Ana tuvo la ocurrencia de hacer con la historia un pequeño guiñol de sombras. Y durante meses se pusieron a trabajar en construirlo, en adaptar el cuento, en fabricar los personajes recortando sus siluetas sobre tablas y hasta en pintarlos.... Javier disfrutaba con las témperas, con su olor, extendiéndolas con parsimonia sobre la superficie de los personajes... Y todo ello a pesar de saber que de los personajes sólo importaba su perfil, ya que en la representación iban a ser sombras. Pero él quería que de todas formas lucieran brillantes y coloridos, como él los imaginaba cada vez que leía las historias exóticas del esas Mil y una Noches que tanto le habían gustado.
Aún recuerda el día que repartieron los papeles de la obra, un sorteo en el que doña Ana, valiéndose de unos pequeños papelitos con los nombres de todos escritos, sorteó las voces de los personajes y los intérpretes... A Mar y a Javier les tocó manejar las marionetas dentro del escenario. Por supuesto, las risas y comentarios de los demás fueron inmediatos, corroborando con maldad infantil que los novios iban a gozar de cierta intimidad metidos en ese pequeño cuarto oscuro del escenario... Mar, en uno de esos arranques imprevisibles que solía tener, se apresuró a decir a los otros, así en bajito, pero con la suficiente fuerza para que todos, salvo la profesora, se enterasen: “Claro, ahí nos vamos a tocar todo lo que nos dé la gana, ¿verdad Javier?” y le miro fijamente, como pidiendo su asentimiento. Pero Javier no pudo sino ponerse más colorado que nunca antes en su vida y provocar una enorme risotada del resto de la clase.
Desde entonces, cuando estaban en el escenario, tenía cierto temor a que Mar cumpliera su promesa. Durante los ensayos, siempre había tanta gente alrededor que era prácticamente imposible que ella pudiera hacerlo. A pesar de todo, Javier temblaba siempre que se quedaban en aquel pequeño espacio a solas. No podían hablar demasiado, y ella siempre conseguía comportarse con absoluta normalidad, como si aquella frase nunca hubiera salido de sus labios. Mientras, Javier, al mínimo susurro de Mar en su oído, sentía su pulso acelerar, como desbocado. En el fondo, le daba la impresión de que ella sabía aquello, y que con cuidado estudiaba cada palabra que le decía escogiendo incluso los momentos en que decidía pronunciarlas. Y aquello a Javier le confundía mucho.
Doña Ana había tenido el acierto de pensar que cierta música de fondo podría recrear un ambiente exótico que ayudase a componer con mayor facilidad un contexto para la historia. Había escogido el Sheherezade de Rimsky Korsakov, que hacía reproducir en cada ensayo con vehemente insistencia. “Dejaos llevar por la música, chicos, dejaos llevar...” Y eso hacía Javi, centrarse en la música, hacer que los movimientos de los personajes casi bailaran con ella. De aquella forma, además, olvidaba un poco la tensión que la presencia cercana y turbadora de Mar ejercía sobre él.

“Empezamos”. Era la voz de doña Ana mientras, a través de la pantalla del escenario, se intuía de repente la luz de candilejas que el telón recién levantado acababa de descubrir. Y las primeras notas de Sheherezade sonaron en los oídos de Javier, como despertándole a la historia que debía representar. Ni una sola palabra suya en toda la obra. Sólo las notas de Sheherezade. Pero Mar se acercaba a él más de lo que solía hacer. La princesa, que se movía desde sus manos, se acercaba más que nunca a su príncipe. Y Javier, ante la tibieza de las manos de ella al situarse junto a las suyas, se sintió seguro, y dejó que la música entrara en él. Y así, se fueron acercando, poco a poco, al final. Ya no sentía las rodillas sobre la madera dura, ni tampoco el nerviosismo. Aquel pequeño escenario, dentro a su vez del otro mayor del gran teatro, le proporcionaba una sensación especial de protección. Allí, escondido de público, niños, profesora, del resto del mundo, se sentía bien, se sentía príncipe, como el que sostenían sus manos, y se dejaba hechizar por el influjo oriental que la música le iba dictando en su evolución. Y Mar seguía acercándose poco a poco, con sigilo. Ya sus manos se habían rozado un par de veces. Y él, casi quiso pensar que sí, que ella en el fondo era su novia.

Así llegaron al final mientras hacían volar a sus personajes, al tiempo que un mecanismo casero hacía pasar por detrás de las marionetas algunos objetos para crear la sensación de movimiento. Sonaba esa parte de la música que se había convertido en su favorita, que casi parecía hecha para imprimir la sensación de vuelo que intentaban reproducir. La música llenaba el teatro todo, con una potencia que le atravesaba la piel. Y entonces Javi cerró los ojos y casi se sintió él también volar con la marioneta en mano, en su guiñol, con sus calcetines de rayas, sin zapatos. Mientras, Rimsky Korsakov le susurraba al oído. Entonces sintió, con extrema dulzura, los labios de Mar posarse sobre los suyos. Las marionetas parecían abrazarse aún más en su vuelo y la partitura llegaba a su clímax . El público del teatro comenzó a aplaudir. Javier abrió los ojos y miró a Mar, que, indiferente, se entretenía ya en colocar los muñecos sobre un lateral mientras se disponía a bajar del pequeño guiñol. Cuando, finalmente, miró hacia él, le soltó: “Si cuentas lo que ha pasado, no te volveré a hablar en la vida”

Javier cierra el diario de tapas verdes y respira hondo. Con su vocabulario de adolescente, la historia de aquella representación de sombras chinescas acaba de volver a su memoria casi como si acabara de suceder. El diario no vuelve a hablar de Mar. Pero él sabe bien por qué. A los pocos días de la representación, Mar dejó de ir al colegio. Doña Ana les contó que el padre de Mar había conseguido un trabajo fijo en otra ciudad y que toda la familia se había trasladado. Recuerda la extrañeza de aquella situación. El hecho de que ella jamás le hubiera comentado que se iban de la ciudad, que ni siquiera se despidiera de él. El temor de aquella amenaza en el final de la representación. Todo ello daba vueltas alrededor de Javier aquellos días. Era como un mareo del que no conseguía reponerse. Años después, volvieron a coincidir en la Universidad alguna vez. La primera, se saludaron, como dos viejos amigos, y compartieron juntos un trayecto de autobús. Pero ya no era lo mismo. Hablaron de sus familias y comentaron cómo le iban sus estudios. Sin embargo, a los pocos minutos, ya no tenían nada más de qué hablar. En los otros encuentros la cosa quedó en un simple gesto cordial, poco más que una sonrisa al cruzarse, y quizá alguna palabra. Y de nuevo la perdió de vista. Hasta esta tarde, en que se han vuelto a cruzar. Ella, de la mano de otra chica, presumiblemente su pareja. Javier, de la mano de su chico. No está seguro de que le haya reconocido... Él sí la ha reconocido a ella, con bastante claridad. Y se ha quedado mirándola con atención, mientras se paraban en un escaparate. Mar ha hecho un gesto extraño, como intentando recordar si le conocía de algo. Realmente han pasado muchos años y ambos han cambiado considerablemente. Finalmente ha esbozado una sonrisa, para volverse definitivamente de espaldas y seguir su camino. No, su sonrisa no ha cambiado, aún transmite esa extraña confianza.
"Qué te pasa, Javi, te has quedado parado..." pregunta Sergio. "Nada, nada, me pareció que conocía a alguien... pero no estoy seguro". "Anda, vamos, que llegamos tarde". Y de repente aquella claridad del telón abriéndose sobre el pequeño guiñol ha vuelto con fuerza. Al igual que Sheherezade, al igual que aquel primer beso, y todo aquel mareo. La vida, en realidad, no ha sido más que repetir aquel mareo una y otra vez, en distintos lugares, con otras personas. ¡Qué extraña es la vida!, piensa. Quizá debería haber parado, hablado con ella, intercambiado teléfonos para quedar un día y contarse sus vidas... Pero no, sabe que es imposible. Mar debe quedarse en su diario de tapas verdes, sellado por ese beso dulce, ese primer beso irrepetible y vertiginoso del que sólo ellos dos saben... Bueno, ellos dos y, por supuesto, Sheherezade.

7 de junio de 2006

Balanceos

Hace tiempo que cuando me cruzo contigo sólo te estrecho la mano. Y ello a pesar de que el primero que se decidió a despedirse con un beso fui yo, ¿no recuerdas? Pero de eso hace ya mucho tiempo. Eso fue cuando aún me interesabas un poco... Un intento sutil de acercamiento que sé que tú deseabas, y que de alguna forma yo también. Fueron meses de miradas en la oficina, de miradas que me perforaban cada vez que me acercaba a recoger una copia de la impresora. Reconozco que en aquella época imprimí muchos documentos inútiles sólo por el placer de encontrar esos ojos que me seguían y a los que yo respondía con timidez, pero con absoluta claridad, pensando quizá en el derroche energético al que sometía al pobre planeta, pero sabiendo que el planeta me perdonaría, porque miradas así no se las dedican a uno en cualquier sitio. Y francamente, no había otra excusa para acercarme a aquel rincón. Al no tener tu departamento nada que ver con el mío, estuvimos meses sin ser presentados. Así, hasta que nos encontramos en aquel baño, de repente. Ambos en situaciones un poco embarazosas para dos compañeros de trabajo que ni siquiera han hablado nunca. En fin, que la cosa terminó desahogándonos ambos en tu coche, aparcados en uno de esos descampados oscuros que pueblan los nuevos barrios en construcción. Tu cuerpo me volvió loco, te moviste con absoluta maestría entre mis muslos y los reposacabezas del asiento, y llegamos a un orgasmo compartido mientras sentíamos en la frente la lluvia de gotas de vapor condensado resbalar copiosas por la ventanilla trasera, sobre la que respirábamos. Después, nos quedamos hablando. Ahí me enteré de que estabas casado, que tu mujer sabía, que lo mantenías en la más absoluta discreción... También me confesaste, con esa sonrisa malévola que desconcierta en medio de tu seriedad, que llevabas meses mirándome e intentando que te dirigiera la palabra... Yo, habitualmente expresivo y naturalmente extrovertido, te contesté, sin embargo, que no me había dado cuenta. Noté tu insistencia en volver a verme, y yo te dije que ya veríamos. Te pregunté con cierto ánimo de deducción, si podríamos hablar en la oficina como si nos conociéramos. Me dijiste que sí. Confieso que aquello me tranquilizó. Desde entonces imprimo menos cosas, pero cada vez que me paso por allí, me quedo charlando un rato, como si de cualquier colega se tratara. Sé que en tu mirada a veces se esconde un deseo que espera ir más allá de contarnos nuestras rutinas, pero tú nunca traspasarías la línea de la profesionalidad en tu propio entorno de trabajo. Así que un día te propuse quedar para comer. Por supuesto aceptaste. El sitio lo fijé yo. En Chueca, claro, y es que en el fondo, soy un provocador.

Después de varios meses ya sabía lo suficiente de tu vida como para saber que íbamos a tener temas de conversación. Pero temía que ese morbo que había en el trabajo, esa segunda lectura de nuestras miradas, bajo la anodina conversación que aparentemente solíamos mantener, se acabase. Lo cierto es que mis miedos se cumplieron. Llegamos al restaurante y tú te movías como en tu casa. Incluso conocías a los camareros. Me sorprendió saberte conocido en aquel entorno, lo admito. Aquello recuperaba su intriga. Pero una vez sentados a la mesa, por primera vez enfrentados a una conversación de más de 10 minutos, sentí con nitidez que tu vida no me interesaba nada. Que, incluso, me parecías aburrido. Que casi hubiese preferido que hubieran venido otros compañeros de la oficina y así, al menos, haber hablado de los problemas laborales con cierto humor. Reconozco que me inventé la excusa con la que decliné tomar un café tras el almuerzo. Necesitaba dejarte, y no sabía cómo hacer. De todas formas, consideré que despedirte con un par de besos era lo mínimo que podía hacer. A pesar de todo, aún en dos ocasiones más me insististe en quedar a comer. Y terminaste convenciéndome... En el fondo soy fácil para ciertas cosas, y reconozco que recordar aquella sesión en el coche me animaba a provocar que pudiera repetirse tras una de esas comidas. Pero no, el aburrimiento me terminaba haciendo desistir y la elaboración de excusas selladas con un beso de despedida se convirtieron siempre en mi fórmula de huida.
Desde que me trasladaron de oficina sólo te he encontrado un par de veces por la calle o en el metro. Siempre te estrecho la mano e intercambiamos algunas frases sobre el trabajo, tu nueva casa o tu recién estrenada paternidad. Hasta esta tarde en que hemos coincidido en el mismo vagón de metro. Tras saludarnos, he notado cierto brillo en tus palabras. Me has hecho casi dudar de mi percepción de aburrimiento que tenía de ti. Reconozco que he sentido deseos de seducirte, y que mi libido anda estos días bastante alterada. Y así, mis balanceos agarrado a la barra de sujeción, acercándome a mientras te hago ciertas preguntas con un descarado tono concupiscente, no han sido realmente fruto del capricho. Sé que tu ojos me miraban con cierto deseo, y que incluso con la mano has hecho un débil intento de llegar a mi espalda, quizá a mi cuello. Pero no, con el mismo balanceo que casi llegué a tu nuca, me he distanciado. Tu sonrisa, pienso, sigue teniendo algo de oscuro, algo de salvaje. Es una pena, cuando casi estoy a punto de llegar de verdad a tu piel, el metro se detiene en la parada en la que ambos debemos abandonar el vagón. Avanzamos por el pasillo entre empujones de los pasajeros que caminan con prisa. Y me detengo para despedirme, mientras el resto de personas nos pasan al lado, esquivándonos, tropezando con nosotros. El momento no es el más apropiado, pero tu me lanzas una última mirada que busca seducirme, y ciertamente mi cuerpo tiembla. Me quedo unos instantes quieto, detenido, indeciso... Y cuando estoy a punto de tenderte la mano en señal de despedida, tú, con rapidez, te adelantas para besarme fugazmente. "Hasta otra" me dices, y das media vuelta para retomar tu camino. Me quedo inmóvil, mientras los últimos pasajeros del tren pasan a mi lado. "¿Te apetece tomar algo?" consiguen susurrar mis labios. Pero ya quedas lejos en el pasillo. Avanzando sin detenerte ni mirar atrás. Y yo, confuso ante el hecho de contemplar tu decisión, noto un gusto amargo en la boca, que no me es desconocido. Retomo mi camino. Ahora sí, el pasillo está completamente vacío.

6 de junio de 2006

Regalos y aniversarios.

El sueño va sobre el tiempo
flotando como un velero.
Nadie puede abrir semillas
en el corazón del sueño.
¡Ay, cómo canta el alba, cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!
El tiempo va sobre el sueño
hundido hasta los cabellos.
Ayer y mañana comen
oscuras flores de duelo.
¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!
Sobre la misma columna,
abrazados sueño y tiempo,
cruza el gemido del niño,
la lengua rota del viejo.
¡Ay, cómo canta el alba, cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!
Y si el sueño finge muros
en la llanura del tiempo,
el tiempo le hace creer
que nace en aquel momento.
¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

Extracto de "Así pasen cinco años"
Federico García Lorca.


Hay regalos que se envuelven con vida misma, con el cariño desinteresado que sólo algunos, por sangre o por irremediable pasión, pueden dedicarte. La primera mirada que me dedica mi chico al levantarse. Algunos instantes de amistad que se quedan como suspendidos en el tiempo. Las lágrimas de mi tía mientras me descubría por primera vez la inefable intensidad de una sala de conciertos escuchando a Brahms, ese baile desnudos, casi aéreo, que en algún invierno sucedió, y que sigue existiendo incisivamente en mi memoria, aquel olor a bosque atlántico al bajar del coche cuando llegaba de niño a Galicia en verano. Aquel azul del mar que me inundaba, que me llenaba de sueños...
Pero por encima de ellos, debo reconocer que tengo especial predilección por uno. Un hecho no evidente, y para nada puntual, que marca desde luego mi vida, y la forma en la que la vivo, desde mi vehemencia y mi intensidad, desde mi amor a la belleza y mi ternura por aquellos a los que más quiero. Porque soy yo mismo y la forma en la que he crecido como persona. Porque de él depende gran parte de mi identidad:
Mi madre lleva un año y medio escribiendo sus memorias. Unas memorias que intentan atrapar y revivir en su memoria personal, sus primeros veinticinco años de vida, sus años más intensos. Dice que no quiere seguir más allá. Que más allá su vida ya no necesita recordarla con tanta necesidad. También hace reflexiones sobre lo que escribe, pues lo hace desde estos más de 40 años que han pasado ya...
Hace algunas semanas me confesaba algo, en un acto que repite últimamente con cierta frecuencia, al hilo de estar escribiendo y reflexionando sobre su juventud. "A pesar de todo, de la vida mía que tú conoces, de la aparente limitación en la que a veces puedo parecer que me muevo, siempre he sido un pájaro libre. Y ¿sabes? me preguntaba el otro día en mis memorias qué hijo mío habrá salido a mí... " Y se le iluminaban los ojos, porque en el fondo sabe que yo, al igual que ella, huí de la ciudad natal, de la raíz familiar, y no por culpa de ellos, sino porque me asfixiaba la vida misma, porque me asfixió también un amor inmenso e imposible que me enredaba en la tristeza, y yo quería vivir, y respirar... Sé que ella, a pesar de dolerle tanto saberme tan lejos, es consciente de que aquí está mi vida y que soy feliz así. Y entonces ella es feliz también. Porque, como me sentenció en la siguiente frase: "por eso, yo nunca te corté las alas". Y tiene razón... ¡cuánta!
Mi madre me educo en la libertad de pensamiento, y en la responsabilidad de saber y conocer para poder ser hombre. Siempre tuvo esa exquisita sensibilidad, heredada del antiguo oficio de maestra que ella siempre ejerció con pasión y vehemencia. Y con ella, supo trasmitirme un infinito amor por el arte y la belleza como liberadores ante la oscuridad del mundo, ante la ignorancia, como forma de asunción de los valores humanos. Tanto mi hermano como yo hemos hecho de esa bandera una forma de existir en el mundo, de ser honestos frente al hecho de vivir destinados a la insatisfacción discreta, pero inagotable, de ser valientes para usar el conocimiento como arma para interpretar el mundo y dudar de él, como forma de construirnos desde la libertad, como acicate para ejercer la responsabilidad que tenemos como partícipes de este mundo lleno de injusticia. Esa sutil forma de amarnos es un regalo que nadie en mi vida podrá igualar, porque sin él, yo no sería yo, y es sin duda a través de esa forma de ver la vida que yo he llegado a ser como soy, algo que sin duda es de las pocas cosas que me reconcilian con mi propia existencia en esta inexplicable e imperfecta historia que es vivir.
Hoy hace justo 34 años que llegué a esta aventura de la vida, también gracias a ella. Desde niños nos habló de Federico con una pasión fuera de lo común. Hoy le devuelvo yo estas palabras del poeta: sueño sobre tiempo, vida que es sueño, anhelo o existencia, ser o no ser...

5 de junio de 2006

Lobo parisino, ma non troppo.



Concebida como remake de la setentera "Fingers", de James Toback, uno de esos filmes de culto que debo reconocer que no he visto, Jacques Audiard me ha casi sorprendido con la última realización suya que ha llegado a nuestras pantallas (veo en internet que este año ya ha estrenado un nuevo proyecto). De latir, mi corazón se ha parado. Y ciertamentente consigue, quizá no pararnos el corazón, pero sí zarandearlo violentamente, obligandonos a resguardarlo de la despreciable galería de personajes que, ya en la primera media hora de metraje, nos impone un lienzo inicial fuertemente incómodo de contemplar. Audiard consigue hacernos retorcer en el sillón, porque no deja espacio ninguno para el optimismo en un inicio sin concesiones en el que un conjunto de impresentables y miserables individuos encabezados por un impresionante Romain Duris, nos sumergen en el inquietante y descarnado mundo de los bajos fondos inmobiliarios de París. Un París que se nos dibuja profundamente sórdido, oscuro, vil e inhumano. Audiard es un maestro para dibujar personajes en pocas escenas, y así, con relativa brevedad, nos disecciona con preciso bisturí estos personajes que desde su aparición consigue hacer profundamente antipáticos al espectador, pues están desprovistos de las más mínima humanidad y resultan absolutamente rastreros en su ejercicio de devorarse unos a otros en un escenario desalentador y carente de moralidad y principios. Inmerso en esta absorbente realidad, nuestro protagonista Tom (Romain Duris), encuentra una posibilidad de vida que, de repente y por casualidad, toma realidad: seguir la carrera de su madre muerta, concertista de piano. Y así, en la película comienzan a iluminarse rincones de humanidad. Audiard, a pesar de conseguir mantener cierta frialdad con respecto al protagonista, comienza a dibujar contradicciones en él, y acierta a la hora de transmitirnos ese terrible peso de la duda de la elección de vida, del que Tom no es realmente consciente, pero que opera en él de forma demoledora. La obsesiva preparación de su audición no encuentra reflejo en una reflexión de su modo de vida, que poco a poco e inevitablemente, va acercándolo al caos y a un choque profundo de su recuperada inquietud por el piano con el resto de su vida, representado de alguna forma por su padre, un brillante Niels Arestrup que en este fresco de lobos parisinos ocupa un lugar privilegiado y que, de alguna forma es el que ha inspirado la vida de Tom hasta ese momento.... El enfrentamiento personal con el significado de su padre en su existencia, va a ser, pues, también inevitable.
Al final el destino juega y se produce la colisión... Y aquí me parece que es donde falla Toback, pues en el fondo rehuye el choque, en una elipsis que salta a un futuro en el que un Tom aparentemente reformado se nos descubre aún demasiado encadenado a su pasado y prisionero de unas heridas que desatan una más que oscura perfidia. Lo encontré algo descafeinado como final. Creo que un final abierto en el que el regusto de la maldad se quedara en nuestras bocas hubiera estado más en consonancia con el tono de la película, que se merecía un final más al estilo del Chabrol. Pero Tobak, a pesar de sus aciertos, no es Chabrol, claro. De todas formas la película es altamente recomendable y a pesar de incomodarnos profundamente, la maestría del director y el impecable trabajo de un Romain Duris que en cada película es más grande (algo que comencé a intuir tras su papel en Exils), nos dejan más de 100 minutos de interesante reflexión de la vida y de su lado más caníbal, y, por supuesto, de buen cine, que es de lo que se trata.

2 de junio de 2006

Verde sobre la piel.


No puedo resistirme al color verde. El verde de su camiseta, por ejemplo, torneado sobre esas caderas que sólo mirar provocan el deseo de recorrerlas. Recorrer con las yemas de los dedos esa tela verde, débilmente reflejada en las hendiduras diminutas de las huellas de mis dedos al pasar.
Cuando te vi caminar por la calle, de espaldas, recorrí la diagonal de tu perfil, saboreando el placer de esa estética curva de tu andar. Ya sabes que siempre que te encuentro por la calle me hago el despistado para poder abordarte por detrás. Aquella tarde, además, la provocación del verde me hizo seguirte más rato del habitual en estos casos. El deslizar verde de tu cuerpo alimentaba mi mente con imágenes demasiado tórridas para poder ser disimuladas en plena calle. Mi sonrisa y mi sexo me delatarían. Así que te saludé. Siempre te alegras de verme, aunque siempre te resistas al final. Sólo había llegado a besarte dos veces, y de ahí nunca pasaba la cosa. Pero en fin, yo continuaba intentándolo. Me sorprendió que accedieras a venir a casa, a mi terreno, pues sé que sabes bien lo temerario que soy para estas cosas. A mamá, al llegar, le dije que eras un compañero de la facultad que venía a estudiar. Sonrió mientras te ofrecía una fanta. La pobre seguro que imaginó más de lo que dio a entender. Acto seguido, dijo que debía salir, que tenía cita en la peluquería. Y es que últimamente va mucho a la peluquería. Yo, la verdad, no noto ningún cambio en su peinado, y ella vuelve siempre desencantada, dice que ha cambiado el peluquero y que el nuevo no le convence, pero que de todas formas le da pereza ir a otra peluquería.

Ya en mi cuarto, colocaste el vaso de refresco entre tú y yo, dejando claro que no querías que me acercara. El caso es que al final, aunque digas que no quieras nada conmigo, siempre terminamos en situaciones así. Mientras hablamos, intenté pasarte el brazo sobre tus hombros. Me dio la impresión de que parecía que te dejabas. Me acerqué un poco, y te pedí un sorbo de naranjada. Al hacerlo percibí, a través de la persiana entornada, al nuevo vecino, tomando el sol en su terraza. Era la segunda vez que lo veía, y me parecía enormemente antipático. Pero yo seguía a lo mío, intentando abarcar todo el verde que podía. Tú sonreíste e, inexplicablemente, me dejaste avanzar, bajando con mis dedos tu costado, en una lenta y distraída caricia, a la que no reaccionaste en ningún sentido. Seguías hablando (¿de qué hablabas? yo ya sólo sentía el tacto del verde...) y yo contestaba, con monosílabos, intentando, con delicada habilidad, doblar mis dedos con precisión, debajo de la camiseta verde, y sentir la tibieza de tu piel. Nada, no decías nada. Pero me mirabas con cierta turbiedad. Ciertamente me confundías, pero yo no tenía intención de quitar esos dedos de allí. No, al contrario, mis dedos avanzaban por tu piel, y mientras, la camiseta se replegaba hacia arriba, junto con mi mano. Tú sonreíste, y te acercaste a mí. Alcancé a subir mi mano hasta tu pecho, y rodearte firmemente, mientras en mí se despertaba una erección que deseaba romper la atadura del vaquero para envolverse en tu piel suave.

Algo diferente a las otras veces ocurrió aquella tarde. Tras el primer beso, húmedo y sabroso, no te marchaste. No, continuaste en mi boca e incluso seguiste rastreando mi nuca y mi pecho con tu lengua. Y después, me hiciste el amor frente a la pared con inquietante pasión y salvaje impulso. Sentía tu piel sobre la mía, ardiente, seductora, rodeándome mientras yo te deseaba... En un momento dado, te descubrí mirando a través de las rendijas de la persiana, cuando, en nuestro rodar sobre la cama, llegamos junto a la ventana. Sí, no cabía duda, mirabas al vecino que en aquel momento se despertaba, como de una siesta, siempre con sus gafas de sol. Sí, se irguió y se levantó la camiseta dejando su torso brillar al sol, y, en aquel instante, sentí tu sexo endurecerse aún más, y tu salvaje embestida llegar al fondo de mi placer.

Después de eyacular, te quedaste largo rato mirando por la ventana, mientras yo te acariciaba. pero al final huiste, como cuando lo hacías después de mis besos furtivos. Tu camiseta verde, tras cerrarse la puerta, se quedó fija en mi retina... Ya no volviste más. Tampoco te pusiste de nuevo ninguna camiseta verde. Una pena, te sienta muy bien el verde. Es curioso, desde aquel día, es mi vecino el que siempre viste de verde. Y con esas gafas de sol tan elegantes que lleva, me gusta cada día más. Estoy deseando hacerme el encontradizo en su portal... un día de estos.

1 de junio de 2006

Caminos musicales.


Ayer, de reojo, te miraba mientras escuchabas a Brahms. Reconocía mi adolescencia en tu gesto. La pasión, hecha nudos, que su música de cámara, sus conciertos o sus sinfonías desatan sobre la carne, sobre la respiración misma. Y, de repente, fui consciente de nuestras distancias y de nuestras cercanías. La distancia del tiempo que hace que ya no escucho a Brahms como al principio. La cercanía de sentir en tu gesto, exactamente el mío. Y entre ambas, superpuesto a ellas, el recorrido de estos años de caminar en paralelo, desde la sonrisa compartida, desde las músicas que nos han acompañado. Bailando esa canción de Alaska mientras nos miramos a los ojos, provocando sonrisas que nadie más fabrica, que nadie más entiende. Volviendo de la playa con esa música griega o africana con la que nos gusta envolvernos mientras me tomas la mano suavemente sobre el freno de mano, en uno de tus gestos de ternura que me deshacen. En las noches de fiesta en casa, bailando a ritmo de musical de Bollywood o de pop setentero que también han trazado arterias caudalosas en estos años. Pero, inconscientemente, casi sin darme cuenta, también Brahms o Mozart han crecido en ti, sin quizá yo proponérmelo. Supongo que mi vehemencia, intensa en su lento goteo, provocó tu curiosidad. Sé que por las mañanas tomas compactos sin pedirme opinión, como antes. Sonrío al pensar que por fin vas solito, sin tomarme de la mano, en esto de la melomanía. Explorando desde tu propia identidad, desde tu propia capacidad crítica. Y veo que nace, poco a poco, otro melómano. Tu pasión se precipitaba ayer en la mirada, en el ladeo rítmico de tu cabeza. Ese rondo alla zingarese te desbocó, y te descubrió en tus caminos, en tus deseos, en tu amor por los clásicos que, como esas plantas de la terraza que tanto cuidas, se despliega con fuerza. Ayer, contigo, volví a estremecerme al oír a Brahms.

30 de mayo de 2006

Gaspard de la Nuit

Martha Argerich


Desde aquella primera noche, siempre ocurre igual. Aquella primera vez que tus dedos recorrieron mi espalda, esas notas comenzaron a sonar en mi cabeza. Y es que noche y música, a veces, comparten una especial forma de ejercer influencias casi magnéticas sobre la carnalidad. Y sin duda aquel torrente de notas al piano, aparentemente descontroladas, decididamente poéticas, brotaban en mi cabeza como el eco de una sola nota repetida y deformada hasta el infinito por el deseo intenso de mis dedos, por el hambre voraz con que mi boca saboreaba tu piel salada.
La noche callada siempre nos abría paso a una luna de blanduras irreverentes que rompía intensamente el velo de nuestras pupilas y que agrandaba el ansia de abarcarnos entre las piernas. Y así, el chasquido de nuestras lenguas comenzó a hacer por sí sólo poesía. Poesía de salivas imaginarias que rodeaban tu cuello, que refrescaban mi sexo. Y entonces, el piano se agrandaba en mis oídos, sus graves despertaban mi vello al pasar de las yemas de tus dedos frágiles. Llegábamos, como en un sueño, a esa aérea sensación de ingravidez de la carne, de respiración única mientras la piel se une en un continuo de olores y de calores. Esas noches siempre terminaban abruptamente, con regresos solitarios bajo la luna fría o en viajes de taxi que ninguno deseaba. Pero aquel piano seguía sonando en mi cabeza. Ravel se había apoderado de mí, y en mis regresos, mi aliento no se recuperaba nunca hasta escuchar la poesía de su piano más poético. Guardo celosamente el exquisito compacto de la grabación de Martha Argerich del 75. Ese en el que una aún joven pianista argentina conmocionaba al mundillo musical con una interpretación asombrosa de esa compleja e intensa obra del músico francés. Y es que la Argerich nos transporta a otro mundo con sus dedos. Con unos tiempos que se escapan casi de la comprensión, y una pasión que recorre con arrebato la oscura poesía de esta partitura. Escuchándola, uno no puede sino estremecerse continuamente ante una ejecución fulgurante, noctámbula, caprichosa en su evolución, sorprendente y mágica en su resultado, casi sobrehumana en su concepción. Así, mis noches terminaron con frecuencia en interminables insomnios de un Ravel que sonaba una y otra vez en los dedos de Martha, en viajes a través de esa poesía en estado puro. Desde entonces, en noches como la de hoy, bajo la luna cómplice de nuestros besos invisibles, envuelto en la inevitable incomprensión de una oscuridad que solo tú o yo entendemos, Ravel vuelve a sonar en el silencio de mi mente. Martha vuelve a martillear mis sienes, a despertar la inconmensurable necesidad de tu piel. Y mi carne se deshace de nuevo, arrojada al pozo de tu mirada, a ese recuerdo que me envuelve en una poesía infinita e inexplicable que nos une, aunque tú no lo sepas, a través de ese Ravel plagado de espinas de deseo que es el Gaspard de la Nuit.

26 de mayo de 2006

Ana en subterráneo.


Pasear el grueso volumen de Ana Karenina por los pasillos del metro no es en mi caso muestra alguna de mi gusto por Tolstoi. Ni siquiera por la cultura rusa. El argumento me parece un poco estúpido, y nunca consigo leer más de tres páginas seguidas. Pero el ejemplar es lo suficientemente voluminoso como para no pasar desapercibido a los demás usuarios. El título, en la edición que poseo, marca en gruesas letras rojas, de manera bastante atractiva, el nombre de la pobre enamorada de Vronsky. Con él, me paseo con frecuencia por la línea que conduce a las facultades de letras. Me siento en algún vagón mientras desplazo mi dedo por alguna página como haciendo que leo, pero asegurándome que la posición de la portada deje ver con suficiente claridad el título de mi gruesa novela a la mayor cantidad de pasajeros. A veces, también lo hago durante largos ratos en algún andén. En cualquier caso, siempre con cierta concupiscencia en la mirada. Desde que empieza la primavera, además, acompaño este simple ritual con una puesta en escena que incluye camisetas ajustadas y de mangas estrechas. que resaltan sin duda la marca de mis bíceps cuando con sutilidad los muevo al pasar las páginas. De esta forma, consigo atraer miradas de estudiantes y profesores, ya sea en la mañana, mientras se dirigen a clase, somnolientos pero frescos y perfumados, o por las tardes, con sus cabellos algo más alborotados pero las mentes más propensas a cometer actos carnales, que en el fondo, no nos engañemos, es lo que busco yo. De la mirada de curiosidad de ellos, hago yo mi engaño, atrapándoles con mi sonrisa y dejando caer esa mirada de deseo que siempre consigue atraerles. Por supuesto, hace falta un poco de conversación pues el colectivo universitario siempre se resiste un poco más que el resto. Para ello he debido no sólo aprender el argumento del dichoso culebrón, sin también algo del autor y de historia rusa del siglo XIX. Pero desde que me muevo con soltura por Internet, estas búsquedas se han convertido en algo más que fácil, y aprender ciertos datos, todo un reto cuando el objetivo es algo cuyo pensamiento me despierta la entrepierna. Creo que casi he llegado a convertirme en un experto en la materia (la rusa y la amatoria, ambas) además de descubrir la gran ignorancia de la clase universitaria de esta ciudad. Con la práctica, he llegado incluso a construir en mi cabeza mi propio catálogo de perfiles de "cazados" y, para cada uno, he conseguido desarrollar los métodos más rápidos de persuasión para llevármelos a la cama o al baño de alguna estación. según los casos. Eso sí, nunca repito. Cuando me vuelvo a cruzar con alguno de los chicos que han probado las esquinas de mi Ana Karenina sobre el somier o contra los azulejos de la pared del retrete, les aparto la mirada, como en un acto de repudia que estoy seguro les genera cierto desasosiego. ¿Qué le voy a hacer?, supongo que algo de irresistible debo tener... Hasta la fecha, ninguno se ha lanzado a las vías, cual Ana Karenina obsesiva y desesperada. Al menos que yo sepa. Esta semana, sin embargo, quien sí va camino de la obsesiva Ana soy yo. Y es que, desde que apareció Óscar en el andén, con su ejemplar de Guerra y Paz en la mano, no dejo de pensar en él. En este caso, afortunadamente, saber de literatura rusa y de Tolstoi, aunque sean todo datos aprendidos de memoria, me sirvió para entablar conversación con él, pues tengo la impresión que las miradas funcionan poco con este chico. Lo malo es que he cometido el error de repetir con él. Es más, he repetido todos los días de esta semana. Siempre en baños públicos, en ascensores, incluso en pasillos oscuros lo hemos hecho. Pero nada, su teléfono no me lo da. Y ya comienzo a desesperarme un poco, sobre todo desde que hace dos días no aparece por nuestro andén particular. Ni a la hora de siempre ni a otras. Hoy he pasado toda la mañana y parte de la tarde en el mismo banco. Creo que he llegado a ver a algunos pasajeros hasta tres veces. Y, del fluorescente que parpadea en el fondo, incluso he aprendido a calcular su ritmo con precisión. Pero nada, Óscar no aparece. Hasta he comenzado a leer de verdad mi Ana Karenina. Al final, tampoco es tan aburrido.

24 de mayo de 2006

Milagros inesperados.

Richard Goode

La presencia en Madrid del pianista norteamericano Richard Goode, me había pasado un poco desapercibida, como un concierto más del ciclo de grandes intérpretes de la revista Scherzo. Uno más del que tan sólo unas horas antes, su nombre, resultándome familiar, no estaba registrado en mi memoria. Es un artista que se prodiga poco en España (de hecho, a pesar de sus casi 63 años, éste era su debut en el Auditorio de Madrid). Sus grabaciones, además, están amparadas por un sello discográfico que cuenta con una casi nula distribución en nuestro país (aunque esto es normal, y no quiere para nada decir que la editora musical sea mediocre).Pero a veces el mundo musical nos sorprende, como creo que hizo ayer con todos los que le escuchamos con inicial recelo pero con entrega total al final en su concierto de ayer.
Inició el americano con la Partita nº5 de Bach, en la que, si bien dejó claro su dominio técnico sobre el teclado de manera asombrosa, no terminó de hacer una lectura más allá del tono de danza de las piezas que lo conforman. Su "mise en scène" dinámica y espontánea (no dejo de canturrear y moverse ampliamente frente al piano) nos indicaba que quizá era él quien mejor se lo estaba pasando en la sala. Así, nos dejó un Bach de elegante factura, pero de innegables deficiencias expresivas. Bach es algo más que la danza de sus compases. Un Bach despojado de su visión cósmica y universal es un Bach que pierde precisamente aquello que lo hace inigualable. De todas formas, la música sonó fresca y casi como recién creada. En eso, el intérprete neoyorquino es todo un genio.
La breves piezas del op 19 de Schoenberg que siguieron a Bach (tras breve salida del pianista para superar el shock de semejante cambio cambio de repertorio) en su radical concepción, fueron un buen trampolín que ya nos dejó ver lo que prometía la continuación del concierto. La sutilidad con la que acometió los lentos y su dominio del silencio nos dejaron con cierta inquietud frente al repertorio romántico que aún quedaba por venir.
Cuando inició la segunda pieza del programa, las fantasías op 116 de Brahms, creo que medio auditorio tenía en mente la plana versión que la rusa Elisabeth Leonskaja hizo de esa obra en ese mismo escenario hace menos de un mes. Pero nada más atacar Goode los primeros compases marcó bien clara la diferencia. Y es que Goode dejó rápido muy claro que se mueve por estas piezas llenas de melancolía y pasión desde una visión enormemente personal. Estas piezas pianísticas del final de la producción de Brahms son viajes al interior de un otoño melancólico y lleno de ensoñaciones en las que la recreación de humores y sutiles paisajes de íntima humanidad se combinan con otros de un tardoromanticismo atormentado y elaboradamente complejo. La interpretación de estas piezas requiere un profundo conocimiento del músico, de su vida, de sus pasiones y muchos viajes previos por el interior de una sensibilidad muy personal en la que es preciso aventurarse hasta el final para poder comunicarla. La gran baza de Goode es que su interpretación parte de una intensa y profunda sinceridad, en la que hace suyo instrumento y partitura para comunicar con rotundidad desde su impecable técnica. Goode vive la música desde dentro, y eso se nota con sólo mirarle mientras interpreta. Qué manejo del tiempo, qué dominio de la flexibilidad del ritmo (más que necesario en estas obras), qué precisa y certera pasión en los fortes. En fin, lo siento por la Leonskaja, que es posible que tuviera una tarde mala la última vez que la vimos, pero el Brahms de Goode es rotundo y personalísimo. Humano en su ingravidez y en su carnalidad, y fusión de cuerpo y alma en este viaje de sutiles reflexiones de una vida que llega lentamente al ocaso.
La segunda parte del programa dejaba en completa soledad (necesaria por otra parte) la última sonata de Schubert. Esta obra, además de ser uno de los más grandes monumentos de la música de piano del romanticismo, en su no demasiada complejidad técnica, requiere un intérprete de una madurez excepcional para poder abordar ese mensaje lleno de incógnitas e insondables precipicios que nos deja (prácticamente como testamento) el músico alemán. Schubert plantea en el contexto de su infinita capacidad para la musicalidad, un ejercicio de profundidad expresiva, una exploración mayúscula de la melancolía humana, del sentido de la existencia, del profundo abismo de la vida. Desde la dulzura del inicio, que Goode acometió con infinita delicadeza y un apabullante empleo del ritmo, iluminó los sutiles silencios de la obra y destacó con verdadera hondura esas incógnitas plagadas de misterio que recorren la obra, y con las que Schubert siempre nos consigue inquietar. Goode destacó bien todo aquello que Schubert no dice, ese inmenso iceberg indefinible que (tan sólo) nos apunta, por ejemplo en momentos como la sincopada sección central del Scherzo, que el americano bordó especialmente, con un dominio espectacular de la expresividad y una potencia sutilmente controlada, pero de un apasionamiento voraz. Seguir los vaivenes de su cuerpo sobre el instrumento era todo un espectáculo de intensidad y concentración (lástima que el público del madrileño auditorio no entre con la misma facilidad en la concentración que esta música requiere, porque el empleo de la tos como inconsciente recurso humano al aburrimiento se dejó notar).
Al final, intensa ovación para Richard Goode. Yo, habiendo leído durante el descanso, con especial complicidad, que Goode fue en sus inicios alumno de mi veneradísimo Rudolf Serkin, del que ya he hablado alguna vez por aquí, comprendí más de lo que podría expresar con palabras, me levanté y pronuncié un discreto y silencioso, ¡Bravo, Maestro!