24 de mayo de 2006

Milagros inesperados.

Richard Goode

La presencia en Madrid del pianista norteamericano Richard Goode, me había pasado un poco desapercibida, como un concierto más del ciclo de grandes intérpretes de la revista Scherzo. Uno más del que tan sólo unas horas antes, su nombre, resultándome familiar, no estaba registrado en mi memoria. Es un artista que se prodiga poco en España (de hecho, a pesar de sus casi 63 años, éste era su debut en el Auditorio de Madrid). Sus grabaciones, además, están amparadas por un sello discográfico que cuenta con una casi nula distribución en nuestro país (aunque esto es normal, y no quiere para nada decir que la editora musical sea mediocre).Pero a veces el mundo musical nos sorprende, como creo que hizo ayer con todos los que le escuchamos con inicial recelo pero con entrega total al final en su concierto de ayer.
Inició el americano con la Partita nº5 de Bach, en la que, si bien dejó claro su dominio técnico sobre el teclado de manera asombrosa, no terminó de hacer una lectura más allá del tono de danza de las piezas que lo conforman. Su "mise en scène" dinámica y espontánea (no dejo de canturrear y moverse ampliamente frente al piano) nos indicaba que quizá era él quien mejor se lo estaba pasando en la sala. Así, nos dejó un Bach de elegante factura, pero de innegables deficiencias expresivas. Bach es algo más que la danza de sus compases. Un Bach despojado de su visión cósmica y universal es un Bach que pierde precisamente aquello que lo hace inigualable. De todas formas, la música sonó fresca y casi como recién creada. En eso, el intérprete neoyorquino es todo un genio.
La breves piezas del op 19 de Schoenberg que siguieron a Bach (tras breve salida del pianista para superar el shock de semejante cambio cambio de repertorio) en su radical concepción, fueron un buen trampolín que ya nos dejó ver lo que prometía la continuación del concierto. La sutilidad con la que acometió los lentos y su dominio del silencio nos dejaron con cierta inquietud frente al repertorio romántico que aún quedaba por venir.
Cuando inició la segunda pieza del programa, las fantasías op 116 de Brahms, creo que medio auditorio tenía en mente la plana versión que la rusa Elisabeth Leonskaja hizo de esa obra en ese mismo escenario hace menos de un mes. Pero nada más atacar Goode los primeros compases marcó bien clara la diferencia. Y es que Goode dejó rápido muy claro que se mueve por estas piezas llenas de melancolía y pasión desde una visión enormemente personal. Estas piezas pianísticas del final de la producción de Brahms son viajes al interior de un otoño melancólico y lleno de ensoñaciones en las que la recreación de humores y sutiles paisajes de íntima humanidad se combinan con otros de un tardoromanticismo atormentado y elaboradamente complejo. La interpretación de estas piezas requiere un profundo conocimiento del músico, de su vida, de sus pasiones y muchos viajes previos por el interior de una sensibilidad muy personal en la que es preciso aventurarse hasta el final para poder comunicarla. La gran baza de Goode es que su interpretación parte de una intensa y profunda sinceridad, en la que hace suyo instrumento y partitura para comunicar con rotundidad desde su impecable técnica. Goode vive la música desde dentro, y eso se nota con sólo mirarle mientras interpreta. Qué manejo del tiempo, qué dominio de la flexibilidad del ritmo (más que necesario en estas obras), qué precisa y certera pasión en los fortes. En fin, lo siento por la Leonskaja, que es posible que tuviera una tarde mala la última vez que la vimos, pero el Brahms de Goode es rotundo y personalísimo. Humano en su ingravidez y en su carnalidad, y fusión de cuerpo y alma en este viaje de sutiles reflexiones de una vida que llega lentamente al ocaso.
La segunda parte del programa dejaba en completa soledad (necesaria por otra parte) la última sonata de Schubert. Esta obra, además de ser uno de los más grandes monumentos de la música de piano del romanticismo, en su no demasiada complejidad técnica, requiere un intérprete de una madurez excepcional para poder abordar ese mensaje lleno de incógnitas e insondables precipicios que nos deja (prácticamente como testamento) el músico alemán. Schubert plantea en el contexto de su infinita capacidad para la musicalidad, un ejercicio de profundidad expresiva, una exploración mayúscula de la melancolía humana, del sentido de la existencia, del profundo abismo de la vida. Desde la dulzura del inicio, que Goode acometió con infinita delicadeza y un apabullante empleo del ritmo, iluminó los sutiles silencios de la obra y destacó con verdadera hondura esas incógnitas plagadas de misterio que recorren la obra, y con las que Schubert siempre nos consigue inquietar. Goode destacó bien todo aquello que Schubert no dice, ese inmenso iceberg indefinible que (tan sólo) nos apunta, por ejemplo en momentos como la sincopada sección central del Scherzo, que el americano bordó especialmente, con un dominio espectacular de la expresividad y una potencia sutilmente controlada, pero de un apasionamiento voraz. Seguir los vaivenes de su cuerpo sobre el instrumento era todo un espectáculo de intensidad y concentración (lástima que el público del madrileño auditorio no entre con la misma facilidad en la concentración que esta música requiere, porque el empleo de la tos como inconsciente recurso humano al aburrimiento se dejó notar).
Al final, intensa ovación para Richard Goode. Yo, habiendo leído durante el descanso, con especial complicidad, que Goode fue en sus inicios alumno de mi veneradísimo Rudolf Serkin, del que ya he hablado alguna vez por aquí, comprendí más de lo que podría expresar con palabras, me levanté y pronuncié un discreto y silencioso, ¡Bravo, Maestro!

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Pues los bravos merecidos es mejor que no sean silenciosos ni discretos, sino gritones y convencido... que desde el escenario esos arranques se agradecen mucho
Curioso blog. Seguire entrando

Vulcano Lover dijo...

Bueno, es que hay ya tanto gritón en los auditorios que no hace falta que me una. Mi agradecimiento nace del corazón, en uno de esos conciertos en los que se olvida uno de respirar desde que inicia hasta que termina...

Anónimo dijo...

Pues respira, respira. Que no respirar es malisimo

Vulcano Lover dijo...

Sí, eso dicen. A ver si me voy a tener que pasar a conciertos más "populares" para preservar mi salud.

inquilino dijo...

Tú y tus conciertos. Qué envidia me das ¡ñññññ! ¡ññññ! X-( Envidia de la mala, además ;-)