5 de mayo de 2006

Mudar-Madrid-Mudar


Mi ciudad, entre otras cosas, también tiene eso, el continuo movimiento, la sensación de que pocas cosas se quedan. El viento de la vida sopla con frecuencia y nos empuja al cambio sin remedio. Paseaba esta mañana y redescubría, en uno de mis antiguos barrios, cómo han cambiado las tiendas, los escaparates, la apariencia de las cosas. El movimiento, el trasiego, el intenso ruido de los habitantes de Madrid, justamente criticados en otros contextos, se convierten aquí en impulso de un vertiginoso modo de discurrir en el que nada queda, todo se transforma. Y así ni penas ni felicidades se fijan por mucho espacio de tiempo en el aire, el viento sopla de repente y se lo lleva. Esta ciudad parece que no descansa, que siempre tiene fuerzas para salir a la calle e inundarla, para trotar las esquinas y barrer la soledad de las calles. En el infinito anonimato de la multitud de personas, objetos, imágenes y sonidos, el todo atronador se hace cobertor de melancolías, marco de tobogán hacia otra realidad, la del instante siguiente. Nada debe pararse en estas calles vibrantes. Nada queda, todo se transforma: hojas, primavera, sol, lenguas, suspiros, brillo en los ojos... Sí, definitivamente me encantan esos días de viento en Madrid, cuando la locura colectiva se acelera y te empuja, y parece que el límite del Universo llega atropellado en el horizonte de nubarrones negros que se cierne sobre los tejados... En días así, respiro, y me hundo en las calles, en las avenidas. Los relojes corren deprisa, los corazones también...

1 comentario:

inquilino dijo...

je je, uno que yo me sé anduvo de copas con heráclito este finde.