30 de mayo de 2006

Gaspard de la Nuit

Martha Argerich


Desde aquella primera noche, siempre ocurre igual. Aquella primera vez que tus dedos recorrieron mi espalda, esas notas comenzaron a sonar en mi cabeza. Y es que noche y música, a veces, comparten una especial forma de ejercer influencias casi magnéticas sobre la carnalidad. Y sin duda aquel torrente de notas al piano, aparentemente descontroladas, decididamente poéticas, brotaban en mi cabeza como el eco de una sola nota repetida y deformada hasta el infinito por el deseo intenso de mis dedos, por el hambre voraz con que mi boca saboreaba tu piel salada.
La noche callada siempre nos abría paso a una luna de blanduras irreverentes que rompía intensamente el velo de nuestras pupilas y que agrandaba el ansia de abarcarnos entre las piernas. Y así, el chasquido de nuestras lenguas comenzó a hacer por sí sólo poesía. Poesía de salivas imaginarias que rodeaban tu cuello, que refrescaban mi sexo. Y entonces, el piano se agrandaba en mis oídos, sus graves despertaban mi vello al pasar de las yemas de tus dedos frágiles. Llegábamos, como en un sueño, a esa aérea sensación de ingravidez de la carne, de respiración única mientras la piel se une en un continuo de olores y de calores. Esas noches siempre terminaban abruptamente, con regresos solitarios bajo la luna fría o en viajes de taxi que ninguno deseaba. Pero aquel piano seguía sonando en mi cabeza. Ravel se había apoderado de mí, y en mis regresos, mi aliento no se recuperaba nunca hasta escuchar la poesía de su piano más poético. Guardo celosamente el exquisito compacto de la grabación de Martha Argerich del 75. Ese en el que una aún joven pianista argentina conmocionaba al mundillo musical con una interpretación asombrosa de esa compleja e intensa obra del músico francés. Y es que la Argerich nos transporta a otro mundo con sus dedos. Con unos tiempos que se escapan casi de la comprensión, y una pasión que recorre con arrebato la oscura poesía de esta partitura. Escuchándola, uno no puede sino estremecerse continuamente ante una ejecución fulgurante, noctámbula, caprichosa en su evolución, sorprendente y mágica en su resultado, casi sobrehumana en su concepción. Así, mis noches terminaron con frecuencia en interminables insomnios de un Ravel que sonaba una y otra vez en los dedos de Martha, en viajes a través de esa poesía en estado puro. Desde entonces, en noches como la de hoy, bajo la luna cómplice de nuestros besos invisibles, envuelto en la inevitable incomprensión de una oscuridad que solo tú o yo entendemos, Ravel vuelve a sonar en el silencio de mi mente. Martha vuelve a martillear mis sienes, a despertar la inconmensurable necesidad de tu piel. Y mi carne se deshace de nuevo, arrojada al pozo de tu mirada, a ese recuerdo que me envuelve en una poesía infinita e inexplicable que nos une, aunque tú no lo sepas, a través de ese Ravel plagado de espinas de deseo que es el Gaspard de la Nuit.

5 comentarios:

monopoly dijo...

hay musicas, personas y emociones que siempre se desbordan en armonía, que suenan y se sueñan a la vez

Vulcano Lover dijo...

Sí, monopoly, incomprensiblemente hay músicas que abren la carne, que despiertan la sensualidad, el deseo... Y para mí, ésta es una de ellas. Porque pocas músicas han sido concebidas como ésta desde la poesía, porque a ella evocan, a esos versos de Aloysius Bertrand que Ravel transformó con absoluta perfección en imagenes sonoras de extraña belleza. Son tantas noches de escucharlas, de estremecerme con ellas... En fin, cada uno tiene sus músicas, y sus rarezas. Cuando al cuento a algún melómano que ésa es mi partitura de piano favorita siempre se extraña, es curioso... Pero así es. Y, con sinceridad, encontrar una carne real en la que volcar esas notas, fue todo un descubrimiento...

Anónimo dijo...

vaya como esta el nene, y decia que estaba tranquilo. muy sexy, pero hasta que llega a lo musical resulta muy adjetivado, y los dos sabemos q eso no es del todo bueno

Anónimo dijo...

por cierto soy victor

Vulcano Lover dijo...

Es posible, mon cher Víctor, pero esto no siempre es un ejercicio literario, y vos lo sabés bien. A veces, la necesidad de la palabra, adjetivada en exceso o no, responde a una necesidad humana, a una fuerza que es de la misma naturaleza que el propio deseo. ¿o no?