18 de mayo de 2006

Muñecas Rusas

La calle Krasilov, 1977, Eric Bulatov


La exposición que durante este verano podemos disfrutar en el Museo Guggenheim de Bilbao es con seguridad la mejor y más completa muestra de arte Ruso que se ha realizado en occidente, y ha pasado ya por la sede neoyorquina de la institución. Pero además, en el caso de los que también hemos podido disfrutar de la que nos ofreció hasta el día 15 de este mes el binomio Thyssen-Caja Madrid, más centrada en las vanguardias (feliz coincidencia, por otro lado) nos deja una intensa y exhaustiva visión de la historia del arte en aquel país. La de Bilbao, además, reúne una pequeña muestra de lo que fue la interesante labor de coleccionismo en las colecciones reales desde Pedro I el Grande hasta el siglo XIX. Y también otra de las colecciones de los visionarios comerciantes moscovitas Shuchukin y Morozov, que fueron los primeros en apostar por pintores como Matisse, Gauguin o Picasso, queadquiriendo sus obras con avidez en un momento en que los fauvistas y sus sucesores eran unos completos desconocidos y aún escasamente valorados en Europa Occidental. Sus obras fueron visitadas con frecuencia por los artistas rusos, sobre los que sin duda influyeron en el desarrollo de sus propuestas a principios del siglo XX. La etapa socialista y todo su aparato conceptual acerca del valor del arte y su función, también tienen importante representación en la muestra, con ejemplos más que destacados de movimientos como el realismo y el conceptualismo que han ampliado mi visión restringida de esta etapa, que fue más plural de lo que a primera vista yo creía.
En fin, más allá del impresionante baño en cultura rusa que estas exposiciones nos dan, a mí, personalmente, me queda una duda, una tremenda inquietud, en la cual reflexionaba mientras paseaba por las espectaculares salas del edificio de Gehry. Y es que después de haber agrandado mi conocimiento de lo ruso, de haberme incluso llegado algo de la personalidad de los que las realizaron o los que las inspiraron, después de leer con tanto empeño durante mi vida, especialmente en mi adolescencia, a Chejov, Pushkin o Dostoiesvky, o de venerar la música Rusa, desde el grupo de los siete hasta Shostakovich, Stravinsky o Prokofiev, casi soy capaz de entender el significado de la evolución de su arte, las aportaciones e investigaciones que hicieron, el papel importante que juegan en la historia y el arte occidentales. Pero aún me queda esa sensación de secreto por desvelar, como si de un juego de muñecas rusas se tratase, en el que cada vez que abro una, cada vez que desgrano una de las obras de arte que nacen de esa extraña alma rusa, aparece otra más pequeña, otra aún por desvelar. Y así, sigo sin poder penetrar en la esencia de su forma de entender el mundo, en la particularidad que entraña ser ruso. La fascinación que desde siempre sentí por la literatura, el cine o la música rusa, más allá de hacerme fantasear con un idílico romanticismo blanco al estilo de las imágenes líricas de un David Lean en "Doctor Zhivago", o de la intensidad de algunas de las escenas de "quemados por el sol" de Mihalkov, me atrapaban también en los acordes de un inspirado Tchaikovsky que marcó todo un verano de melancólicas fantasías o en el sonido exótico de las vocales nasales, cuando las pronunciaba, al estudiar dicción rusa, una compañera de universidad de la RDA que tuve una vez. Y siempre eran muñecas rusas que se me esfumaban en la nada...
Sin embargo, después de tantos y tantos intentos, de repente, el sábado, delante de uno de los cuadros traídos a Bilbao, entendí muchas cosas. Se trata de un cuadro de Ilia Repin, bastante conocido por haber pintado un famoso retrato de Tetriakov (quien reunió una de las más grandes colecciones, hoy estatal, de toda Rusia) o el aún más conocido de Mussorgsky, la más reproducida estampa del músico. Ambos retratos formaron parte de una exposición hace algunos años, también en Madrid (y es que las reformas y restauraciones de los museos rusos están propiciando, imagino, estas grandes exposiciones que, me temo, no se producirán con tanta abundancia en el futuro).
El cuadro en cuestión, se titula "Sirgadores del Volga" y de él el catálogo habla como de una de las pinturas más icónicas de de todo el arte ruso.
Los Sirgadores del Volga, Ilia Repin, 1870-73
En él, una serie de personas realizan el ingrato trabajo de arrastrar un barco a lo largo del río Volga con la ayuda de unas yuntas. La imagen es terrible, sobre todo sabiendo que fue realizado tras la supresión de la servidumbre... Los siervos de la gleba, libres, pero que ya no tenían una tierra que cultivar, debieron, para ganarse la vida, aceptar trabajos muy indignos y aún más esclavizantes que los agrícolas que ya realizaban antes. Por lo tanto, utópica situación en la que ser libre. En la pintura, uno de los personajes, el único joven, aparece iluminado y como en un intento de desprenderse de la yunta para recuperar una verdadera libertad. Este gesto, dibujado más de cuarenta años antes de la revolución bolchevique, ha querido ser visto por muchos como una auténtica premonición del futuro de la opresión de una gran masa de la población rusa. Esa indigna situación alimentó una revolución que tanto determinó toda la historia de la Europa del siglo XX. Pero junto al joven, el más exhausto de los "sirgadores" nos mira fijamente a los ojos, penetrando en nuestras mentes y sembrando esa duda sobre nuestras morales, esa duda de los que vivimos (y vivían entonces) de una forma privilegiada sin querer mirar a la verdad de tantos. Esa mirada, ese verdadero cuchillo que corta el velo de nuestra conciencia y nos pregunta, en un silencio que en nuestra mente se agiganta, "y tú, ¿qué miras?, deja de mirar y haz algo"... Esa mirada se me clavó. Se me clavó con profundidad y supe en ese momento que había llegado a la última muñeca. La raíz de todas, la realidad de la miseria rusa, de la explotación, de la falta de libertad, de la injusticia, que acaso ¿no es la de la realidad cruda de tantos y tantos lugares?. La rusa, como otras culturas, en esto de la justicia social, no ha inventado nada nuevo. El pueblo ruso lo intentó, a su manera, pero al final aquí estamos todos, al borde de una globalización que nos tragará sin remedio y que no contribuye a que la igualdad, la libertad y el reparto equitativo de la riqueza mundial sean una realidad. Esa mirada, esa mirada demoledora, es una mirada rusa, pero es la mirada de la miseria y del dolor físico, de la privación de la libertad, del infinito dolor de la explotación de tantos. La muñeca rusa desveló su secreto, más simple de lo que imaginé nunca: Esa infinita levedad de la libertad.

4 comentarios:

inquilino dijo...

Interesantes reflexiones que, entre otras cosas, han llenado mi calendario con nuevas "obligaciones" para este verano ;-)
Eso del alma rusa da mucho que pensar. Quizás sea una cuestión climática. Siempre he pensado que el clima extremo forja pueblos con carácter duro, casi despiadado. Supongo que el aislamiento y el instinto de supervivencia hacen que el prójimo cuente menos que en otros lugares. Hoy veía Lawrence de Arabia -por enésima vez- y pensaba precisamente en eso, en ese carácter agrio, individualista y orgullos de esas gentes del desierto.

De todas maneras, supongo que es inevitable sentir fascinación por latitudes "exóticas" para nosotros, por gentes con cosmovisiones diametralmente distintas a la nuestra.
Y, bueno, corto ya, que esto casi parece un post de mi blog ;-)

Vulcano Lover dijo...

Y sin embargo, inquilino, a pesar de todo, los pocos rusos que he conocido, siempre me han demostrado un carácter que, con aristas de rudeza, no dejaba de ser extremadamente dulce en lo esencial... Yo creo que no hay más pueblos duros que lso que deciden serlo...
La fascinación tiene que ver mucho con el conocimiento y con la falta de consciencia de ese sustrato que (en el fondo) compartimos todos los seres humanos de necesidades, cariños, anhelos, frustraciones... Por cierto, que (desesperado de buscar y que no esté editada aquí) he comprado en amazon, precísamente el otro día, la película que nombraba de Mihalkov, que recurdo que me impactó sobremanera cuando la vi por primera (y única) vez... Cuando la reciba ya invitará a pase privado (si te atreves con los subtítulos en francés, claro, porque yo compro en amazon francia)

inquilino dijo...

Qué duro me lo pones, amigüito. Subtítulos en francés, sonido en ruso. Haré el esfuerzo por la compañía, que bien lo merece, aunque luego precisaré de un sesudo debate a lo Jose Luis Garci para enterarme de algo de la peli (que no he visto).

Esto me recuerda a la vez aquella en que fui a ver Gertrud a la Filmoteca y se averiaron los subtítulos. Ya que estaba allí, me quedé. Qué experiencia más dura!! Una peli en danés con subtítulos en alemán. Y encima, qué peli. Porque si hubiera sido Centauros del Desierto en persa con subtítulos en hebreo aún me habría enterado de algo, pero con Gertrud no hubo manera.

Vulcano Lover dijo...

Pues... te ayudaré, no te preocupes... Claro que si no la has visto... A mí es que esa película me dijo mucho, pero también hace tanto tiempo que tengo miedo de que ahora no me diga ya nada, o poco... En fin, si te atreves...
Eso sí, coloquio Gaci-liano obligatorio después... Si quieres invito a mis amigos cinéfilos (y afortunadamente no fumadores) y así hago ambiente.... ¿o me prefieres solo para ti, little darling??