Ana sube con indiferencia al autobús, mientras se coloca mejor sus auriculares. El viento fresco de mayo le azota los brazos, pero ella no se estremece lo más mínimo. Esta mañana el frío primaveral recorre las calles, revuelve las copas de los árboles, y se cuela por entre los diminutos agujeros de las chaquetas de punto de las señoras que esperan, también, el autobús, con la cara arrugada, de desagrado. Ella no, ella disfruta el aire que la acaricia, es consciente de que será una de las últimas mañanas frescas de la primavera, que pronto los amaneceres serán siempre cálidos. Ana se sienta en un asiento libre, enfrentada al resto del autobús. Casi todos la miran. Algunos de reojo, otros directamente. Ella no mira a nadie. Saca una revista del bolso y comienza a usarla de abanico. Cruza las piernas, y la minifalda, milagrosamente pequeña, sube aún algún centímetro más por la pierna. Alguna que otra mirada sube por esa piel recién mostrada. Ana siente calor, y agita la revista con velocidad. El autobús acelera, y las hojas de los árboles, de un verde recién estrenado, pasan veloces por las ventanillas, bañando la luz de ese frescor que parece enfriar el metal del exterior. Ana, sin embargo, siente cada vez mas calor. Y agita aún más rápido su revista, compitiendo con la velocidad de las hojas, haciendo también moverse las ondas suaves de su cabello teñido, que parecen descomponerse con los rayos de sol que, de repente, se filtran al interior.
Mari Carmen, envuelta en su chaqueta de punto beige, la mira con curiosidad. No entiende la razón del acaloramiento. Su curiosidad se hace insoportable, y no puede evitar mirar esos cabellos mal cuidados, como si de alguna forma pudieran decirle algo más sobre ella. Pero no, la chica tuerce la mirada hacia el exterior, y en el giro, la minifalda sube aún algún centímetro más. Desde el ángulo de Mari Carmen, casi se podría asegurar que la chica no lleva ropa interior. Eso a Mari Carmen le perturba un poco. De repente se siente sucia mirando hacia ella. La chica se ríe, y Mari Carmen piensa que lo hace de ella, que se está riendo de su indumentaria clásica y algo anticuada, y ello la hace sentirse un poco ridícula. Mira hacia la derecha y descubre que su compañera de asiento también mira a la chica inquisitivamente, y repentinamente siente que vuelve a llevar la razón. Que la actitud de esa chiquilla no es correcta, que esas posturas y esa indumentaria no son de recibo en un autobús público.
Mientras, Borja, que está sentado algo más atrás, también la mira con gran curiosidad. Se siente atraído por el vaivén de la revista, por el leve recorrido de los cabellos al pasar sobre ellos la brisa del improvisado abanico. Se pregunta también por la sonrisa perdida de la chica. Perdida igual que su mirada, que al girar hacia la ventanilla, descubre en la zona inferior del cuello, un nítido círculo morado ante el que Borja no puede sino responder con una sonrisa, que rápidamente esconde tras una mano. Borja imagina la noche de amor, el deseo precipitado en su torpeza, la ansiedad de la impaciencia por abarcar la piel toda. Recuerda su última noche de amor furtivo. Qué pena, piensa, qué lejana ya. El deseo no ha vuelto aún. El amor tampoco. Y suspira.
Mari Carmen descubre también el cardenal. Mira los pobres ojos hinchados de la chica. Y siente que lo debe estar pasando mal. De repente siente toda esa ropa mínima, que le desagrada, como algo digno de producir pena. Y de repente la comprende un poco. Ay, cuánto tiene que aprender la pobre, piensa.
Ana lleva muchos días triste. Con sus veintiún años su cuerpo se transforma. Su mente también. Lleva semanas (meses) insegura. No sabe por qué cada día se siente de forma diferente. No sabe por qué sus opiniones varían, no sabe por qué su deseo es tan arbitrario. Todos le dicen que tener las ideas claras es esencial para madurar, y ella comienza a pensar que quizá sea cierto, que a lo mejor ella es demasiado rara. Siempre se sintió extraña. Ni siquiera Pepe, quién mejor la comprende, es capaz de entenderla del todo. A veces siente que lo ama por pura fidelidad, como contrapartida a su comprensión incondicional, como precio por la vida que le da, por su protección. Pero hoy Ana ha dormido de nuevo en su habitación. En casa de sus padres. Una habitación que le ha parecido, de repente, la de una niña, a pesar de haberla dejado tan sólo hace un año largo. Ha empapado las sábanas de lágrimas frías, pero no ha encontrado respuestas. Y de pronto, con el sol de la mañana, siente que algo se rompe en su interior, algo que, en realidad, la atenazaba. Parece que los árboles anuncian que hace viento. Un viento que suena agudo desde el otro lado de la ventana.
Ana, a partir de este momento, sabe que le da igual lo que piensen, que le da igual no ser como los demás, que no va a juzgarse más a sí misma por sus continuos cambios, que a partir de hoy quiere ser ella misma, sin pensar si hace o no lo que se espera de ella, lo que se espera de alguien maduro. Sí, le da igual el resto del mundo, quiere permitirse ser. Ser como ella quiere. Debe salir ya, desde casa de sus padres tardará un poco más en llegar a su trabajo de teleoperadora, en un edificio de las afueras. Recuerda que sólo lleva la ropa de la noche anterior, con la que salió de copas con Pepe, la misma con la que decidió que no quería volverse con él a casa. Siente que le da igual, que irá a trabajar con su minifalda y su minicamiseta ajustada. Recuerda que en el bolso lleva su tanga de la suerte, y decide ponérselo. ¿por qué no hoy? Y lo hace, sin sentir la duda que con certeza la atacaría en otras ocasiones. Sale rápido de casa, y el viento la empuja calle abajo. Cuando sube al autobús y se acomoda en uno de los asientos próximos a la puerta de entrada, encuentra frente a ella caras de asombro y de curiosidad, repartidas entre la somnolencia general. Cruza las piernas. Imagina qué dirá a Pepe. De repente, siente un extraño calor, un calor asfixiante que sale de su cuerpo, un calor de metamorfosis, de transformación. Saca una revista del bolso y comienza a abanicarse con fuerza. No, no quiere seguir viviendo con Pepe. Y se lo dirá hoy. De repente, los árboles de la avenida, cruzando veloces por la ventanilla, atrapan su mirada. Y Ana deja que se pierda entre su verde oscuro. Y sonríe, sonríe, sonríe...








