23 de mayo de 2006

Crisálida


Ana sube con indiferencia al autobús, mientras se coloca mejor sus auriculares. El viento fresco de mayo le azota los brazos, pero ella no se estremece lo más mínimo. Esta mañana el frío primaveral recorre las calles, revuelve las copas de los árboles, y se cuela por entre los diminutos agujeros de las chaquetas de punto de las señoras que esperan, también, el autobús, con la cara arrugada, de desagrado. Ella no, ella disfruta el aire que la acaricia, es consciente de que será una de las últimas mañanas frescas de la primavera, que pronto los amaneceres serán siempre cálidos. Ana se sienta en un asiento libre, enfrentada al resto del autobús. Casi todos la miran. Algunos de reojo, otros directamente. Ella no mira a nadie. Saca una revista del bolso y comienza a usarla de abanico. Cruza las piernas, y la minifalda, milagrosamente pequeña, sube aún algún centímetro más por la pierna. Alguna que otra mirada sube por esa piel recién mostrada. Ana siente calor, y agita la revista con velocidad. El autobús acelera, y las hojas de los árboles, de un verde recién estrenado, pasan veloces por las ventanillas, bañando la luz de ese frescor que parece enfriar el metal del exterior. Ana, sin embargo, siente cada vez mas calor. Y agita aún más rápido su revista, compitiendo con la velocidad de las hojas, haciendo también moverse las ondas suaves de su cabello teñido, que parecen descomponerse con los rayos de sol que, de repente, se filtran al interior.
Mari Carmen, envuelta en su chaqueta de punto beige, la mira con curiosidad. No entiende la razón del acaloramiento. Su curiosidad se hace insoportable, y no puede evitar mirar esos cabellos mal cuidados, como si de alguna forma pudieran decirle algo más sobre ella. Pero no, la chica tuerce la mirada hacia el exterior, y en el giro, la minifalda sube aún algún centímetro más. Desde el ángulo de Mari Carmen, casi se podría asegurar que la chica no lleva ropa interior. Eso a Mari Carmen le perturba un poco. De repente se siente sucia mirando hacia ella. La chica se ríe, y Mari Carmen piensa que lo hace de ella, que se está riendo de su indumentaria clásica y algo anticuada, y ello la hace sentirse un poco ridícula. Mira hacia la derecha y descubre que su compañera de asiento también mira a la chica inquisitivamente, y repentinamente siente que vuelve a llevar la razón. Que la actitud de esa chiquilla no es correcta, que esas posturas y esa indumentaria no son de recibo en un autobús público.
Mientras, Borja, que está sentado algo más atrás, también la mira con gran curiosidad. Se siente atraído por el vaivén de la revista, por el leve recorrido de los cabellos al pasar sobre ellos la brisa del improvisado abanico. Se pregunta también por la sonrisa perdida de la chica. Perdida igual que su mirada, que al girar hacia la ventanilla, descubre en la zona inferior del cuello, un nítido círculo morado ante el que Borja no puede sino responder con una sonrisa, que rápidamente esconde tras una mano. Borja imagina la noche de amor, el deseo precipitado en su torpeza, la ansiedad de la impaciencia por abarcar la piel toda. Recuerda su última noche de amor furtivo. Qué pena, piensa, qué lejana ya. El deseo no ha vuelto aún. El amor tampoco. Y suspira.
Mari Carmen descubre también el cardenal. Mira los pobres ojos hinchados de la chica. Y siente que lo debe estar pasando mal. De repente siente toda esa ropa mínima, que le desagrada, como algo digno de producir pena. Y de repente la comprende un poco. Ay, cuánto tiene que aprender la pobre, piensa.
Ana lleva muchos días triste. Con sus veintiún años su cuerpo se transforma. Su mente también. Lleva semanas (meses) insegura. No sabe por qué cada día se siente de forma diferente. No sabe por qué sus opiniones varían, no sabe por qué su deseo es tan arbitrario. Todos le dicen que tener las ideas claras es esencial para madurar, y ella comienza a pensar que quizá sea cierto, que a lo mejor ella es demasiado rara. Siempre se sintió extraña. Ni siquiera Pepe, quién mejor la comprende, es capaz de entenderla del todo. A veces siente que lo ama por pura fidelidad, como contrapartida a su comprensión incondicional, como precio por la vida que le da, por su protección. Pero hoy Ana ha dormido de nuevo en su habitación. En casa de sus padres. Una habitación que le ha parecido, de repente, la de una niña, a pesar de haberla dejado tan sólo hace un año largo. Ha empapado las sábanas de lágrimas frías, pero no ha encontrado respuestas. Y de pronto, con el sol de la mañana, siente que algo se rompe en su interior, algo que, en realidad, la atenazaba. Parece que los árboles anuncian que hace viento. Un viento que suena agudo desde el otro lado de la ventana.
Ana, a partir de este momento, sabe que le da igual lo que piensen, que le da igual no ser como los demás, que no va a juzgarse más a sí misma por sus continuos cambios, que a partir de hoy quiere ser ella misma, sin pensar si hace o no lo que se espera de ella, lo que se espera de alguien maduro. Sí, le da igual el resto del mundo, quiere permitirse ser. Ser como ella quiere. Debe salir ya, desde casa de sus padres tardará un poco más en llegar a su trabajo de teleoperadora, en un edificio de las afueras. Recuerda que sólo lleva la ropa de la noche anterior, con la que salió de copas con Pepe, la misma con la que decidió que no quería volverse con él a casa. Siente que le da igual, que irá a trabajar con su minifalda y su minicamiseta ajustada. Recuerda que en el bolso lleva su tanga de la suerte, y decide ponérselo. ¿por qué no hoy? Y lo hace, sin sentir la duda que con certeza la atacaría en otras ocasiones. Sale rápido de casa, y el viento la empuja calle abajo. Cuando sube al autobús y se acomoda en uno de los asientos próximos a la puerta de entrada, encuentra frente a ella caras de asombro y de curiosidad, repartidas entre la somnolencia general. Cruza las piernas. Imagina qué dirá a Pepe. De repente, siente un extraño calor, un calor asfixiante que sale de su cuerpo, un calor de metamorfosis, de transformación. Saca una revista del bolso y comienza a abanicarse con fuerza. No, no quiere seguir viviendo con Pepe. Y se lo dirá hoy. De repente, los árboles de la avenida, cruzando veloces por la ventanilla, atrapan su mirada. Y Ana deja que se pierda entre su verde oscuro. Y sonríe, sonríe, sonríe...

19 de mayo de 2006

Las mil y una noches rusas.



Ayer, por razones que no vienen al caso (porque además saldrán por aquí en pocos días) acudí a la tienda de música a la búsqueda de un compacto que recogiera esa obrita maravillosa de Ballet, de Rimsky Korsakov, que es Sheherezade. La había extraviado hace años, y siempre que veo "Mujeres al borde de un ataque de nervios" donde sale ésta y otra obra suya (capricho español), siento ganas de ir y comprar de nuevo esa música. Pero al final, no lo hago nunca... Hasta ayer.
Al llegar al estante de la R, la primera versión que cayó en mis manos fue la última grabada por ese gran joven prodigio ruso (que ya no lo es tanto, joven, me refiero): Valery Gergiev. Y es que hace días, cayó en mis manos una estupenda crítica precísamente de esa grabación, que la alababa sobre todo porque es toda una muestra de la evolución meteórica del talento de este Director Ruso del que me temo que oiremos hablar cada vez con más asiduidad como uno de los grandes.
Director de ópera discípulo del gran Yuri Temirkanov, al que yo he podido escuchar en su portentosa versión de la Séptima Sinfonía de Shostakovich en directo, sus versiones operísticas con el teatro del Kirov me han parecido siempre correctas, pero no sobresalientes... Sinceramente le perdí un poco la pista. Sus versiones eran siempre para mí ésas en las que la Ópera Rusa sonaba siempre más rusa y los cantantes recitaban el ruso correctamente.
Así, ayer, enlazando con ese elogio de crítica que retenía yo en mi memoria, no pude sino quedarme con esa copia de seductora portada que recrea la estética de vestuario de los ballets en la época de los años 20 y 30, documentado con interesantes fotografías de artistas de los ballets rusos de esa época (hay una estupenda y curiosa de los ballets posando en la fuente del patio de los leones de la Alhambra con los trajes de Sheherezadre precisamente). Y además añade un delicioso texto que reflexiona sobre esa fascinación de la cultura rusa por lo oriental y lo exótico que generó toda una serie de obras musicales inspiradas en ellas. Éstas resultaban artificiales y sobre todo irreales, pero crearon de la nada toda una forma musical portentosa donde la esencia de lo ruso se travestía de otras melodías y otros ritmos, pero que nunca dejaba de ser profundamente rusa... Todo ello ocurre en una época, mitad del siglo XIX, en la que el imperialismo Ruso se extiende rápidamente hacia esas culturas orientales. De hecho la grabación recoge obras que incorporaron el folclore de las nuevas tierras absorbidas, como es el caso del "en las estepas de Asia Central" de Alexander Borodin. Con lo cual la reflexión, al hilo de las obras escogidas, es muy acertada, lo que es de agradecer en este tipo de comentarios, con frecuencia irrelevantes.
En cuanto al central Sheherezade, tengo que reconocer que Gergiev llega a transmitir con rotundidad la fuerza de esta página, que nos envuelve con ímpetu desde los primeros compases. Los solistas están acertadísimos (ese desconocido o desconocida violinista del inicio merece un monumento), y Gergiev les impone un tempo lento, pero matizado, que despliega con una majestuosidad apabullante el magnetismo y la sensualidad exquisitas de esta composición. Pero igualmente, en esos ritmos trepidantes del frenético final de la obra, nos llena de anhelo de danza, y los pies casi nos corren solos a marcar el ritmo en el suelo . ¿Será esto un afortunado "estado de gracia" o por el contrario deberé en el futuro tener más presente a este director con cara de pocos amigos al que en ninguna foto consiguen hacer sonreír?
No lo sé, seguiré investigando y escribiré por aquí mis conclusiones. De momento, conmovido aún por este momento de eternidad, me deslizo con la mirada por la piel de esa bailarina que se nos rinde soñadora en la portada, fantaseando yo con un Kirov lleno de glamour de antes de la revolución, fundido en ese blanco y negro del recuerdo fotográfico con el que nos obsequia (en este caso) La Phillips.

18 de mayo de 2006

Muñecas Rusas

La calle Krasilov, 1977, Eric Bulatov


La exposición que durante este verano podemos disfrutar en el Museo Guggenheim de Bilbao es con seguridad la mejor y más completa muestra de arte Ruso que se ha realizado en occidente, y ha pasado ya por la sede neoyorquina de la institución. Pero además, en el caso de los que también hemos podido disfrutar de la que nos ofreció hasta el día 15 de este mes el binomio Thyssen-Caja Madrid, más centrada en las vanguardias (feliz coincidencia, por otro lado) nos deja una intensa y exhaustiva visión de la historia del arte en aquel país. La de Bilbao, además, reúne una pequeña muestra de lo que fue la interesante labor de coleccionismo en las colecciones reales desde Pedro I el Grande hasta el siglo XIX. Y también otra de las colecciones de los visionarios comerciantes moscovitas Shuchukin y Morozov, que fueron los primeros en apostar por pintores como Matisse, Gauguin o Picasso, queadquiriendo sus obras con avidez en un momento en que los fauvistas y sus sucesores eran unos completos desconocidos y aún escasamente valorados en Europa Occidental. Sus obras fueron visitadas con frecuencia por los artistas rusos, sobre los que sin duda influyeron en el desarrollo de sus propuestas a principios del siglo XX. La etapa socialista y todo su aparato conceptual acerca del valor del arte y su función, también tienen importante representación en la muestra, con ejemplos más que destacados de movimientos como el realismo y el conceptualismo que han ampliado mi visión restringida de esta etapa, que fue más plural de lo que a primera vista yo creía.
En fin, más allá del impresionante baño en cultura rusa que estas exposiciones nos dan, a mí, personalmente, me queda una duda, una tremenda inquietud, en la cual reflexionaba mientras paseaba por las espectaculares salas del edificio de Gehry. Y es que después de haber agrandado mi conocimiento de lo ruso, de haberme incluso llegado algo de la personalidad de los que las realizaron o los que las inspiraron, después de leer con tanto empeño durante mi vida, especialmente en mi adolescencia, a Chejov, Pushkin o Dostoiesvky, o de venerar la música Rusa, desde el grupo de los siete hasta Shostakovich, Stravinsky o Prokofiev, casi soy capaz de entender el significado de la evolución de su arte, las aportaciones e investigaciones que hicieron, el papel importante que juegan en la historia y el arte occidentales. Pero aún me queda esa sensación de secreto por desvelar, como si de un juego de muñecas rusas se tratase, en el que cada vez que abro una, cada vez que desgrano una de las obras de arte que nacen de esa extraña alma rusa, aparece otra más pequeña, otra aún por desvelar. Y así, sigo sin poder penetrar en la esencia de su forma de entender el mundo, en la particularidad que entraña ser ruso. La fascinación que desde siempre sentí por la literatura, el cine o la música rusa, más allá de hacerme fantasear con un idílico romanticismo blanco al estilo de las imágenes líricas de un David Lean en "Doctor Zhivago", o de la intensidad de algunas de las escenas de "quemados por el sol" de Mihalkov, me atrapaban también en los acordes de un inspirado Tchaikovsky que marcó todo un verano de melancólicas fantasías o en el sonido exótico de las vocales nasales, cuando las pronunciaba, al estudiar dicción rusa, una compañera de universidad de la RDA que tuve una vez. Y siempre eran muñecas rusas que se me esfumaban en la nada...
Sin embargo, después de tantos y tantos intentos, de repente, el sábado, delante de uno de los cuadros traídos a Bilbao, entendí muchas cosas. Se trata de un cuadro de Ilia Repin, bastante conocido por haber pintado un famoso retrato de Tetriakov (quien reunió una de las más grandes colecciones, hoy estatal, de toda Rusia) o el aún más conocido de Mussorgsky, la más reproducida estampa del músico. Ambos retratos formaron parte de una exposición hace algunos años, también en Madrid (y es que las reformas y restauraciones de los museos rusos están propiciando, imagino, estas grandes exposiciones que, me temo, no se producirán con tanta abundancia en el futuro).
El cuadro en cuestión, se titula "Sirgadores del Volga" y de él el catálogo habla como de una de las pinturas más icónicas de de todo el arte ruso.
Los Sirgadores del Volga, Ilia Repin, 1870-73
En él, una serie de personas realizan el ingrato trabajo de arrastrar un barco a lo largo del río Volga con la ayuda de unas yuntas. La imagen es terrible, sobre todo sabiendo que fue realizado tras la supresión de la servidumbre... Los siervos de la gleba, libres, pero que ya no tenían una tierra que cultivar, debieron, para ganarse la vida, aceptar trabajos muy indignos y aún más esclavizantes que los agrícolas que ya realizaban antes. Por lo tanto, utópica situación en la que ser libre. En la pintura, uno de los personajes, el único joven, aparece iluminado y como en un intento de desprenderse de la yunta para recuperar una verdadera libertad. Este gesto, dibujado más de cuarenta años antes de la revolución bolchevique, ha querido ser visto por muchos como una auténtica premonición del futuro de la opresión de una gran masa de la población rusa. Esa indigna situación alimentó una revolución que tanto determinó toda la historia de la Europa del siglo XX. Pero junto al joven, el más exhausto de los "sirgadores" nos mira fijamente a los ojos, penetrando en nuestras mentes y sembrando esa duda sobre nuestras morales, esa duda de los que vivimos (y vivían entonces) de una forma privilegiada sin querer mirar a la verdad de tantos. Esa mirada, ese verdadero cuchillo que corta el velo de nuestra conciencia y nos pregunta, en un silencio que en nuestra mente se agiganta, "y tú, ¿qué miras?, deja de mirar y haz algo"... Esa mirada se me clavó. Se me clavó con profundidad y supe en ese momento que había llegado a la última muñeca. La raíz de todas, la realidad de la miseria rusa, de la explotación, de la falta de libertad, de la injusticia, que acaso ¿no es la de la realidad cruda de tantos y tantos lugares?. La rusa, como otras culturas, en esto de la justicia social, no ha inventado nada nuevo. El pueblo ruso lo intentó, a su manera, pero al final aquí estamos todos, al borde de una globalización que nos tragará sin remedio y que no contribuye a que la igualdad, la libertad y el reparto equitativo de la riqueza mundial sean una realidad. Esa mirada, esa mirada demoledora, es una mirada rusa, pero es la mirada de la miseria y del dolor físico, de la privación de la libertad, del infinito dolor de la explotación de tantos. La muñeca rusa desveló su secreto, más simple de lo que imaginé nunca: Esa infinita levedad de la libertad.

17 de mayo de 2006

17 de Maio, día das Letras Galegas



Hoxe celébrase en Galicia o Día das Letras, toda unha festa para os galegoparlantes, na que dende 1963, cada ano homenaxease un escritor galego o unha figura relevante no impulso da língua galega. Neste ano 2006 a figura escollida é a de Manuel Lugrís, fundador d'A Gaita Gallega, a primeira publicación da Galicia de alén mar que se editou integramente en galego, e fundador d'A Nosa Terra, a cabeceira de prensa en lingua galega de maior continuidade histórica. Dedicou Lugrís abondosos esforzos a subverter a hexemonía do castelán como lingua vehicular dos medios impresos galegos, tendencia lamentabelmente afianzada des que saíu do prelo El Catón Compostelano, hoxe hai xa 206 anos. Na rede podemos atopar máis información en Vieiros. Tamén o día conta con un portal de seu onde falase da figura de Lugris e podemos ollar para a axenda de actos de hoxe ou coñecer as biografías e as obras dos homenaxeados noutros anos.
O galego é unha das miñas línguas sentimentáis e hoxe para min tamén é un día especial. Animo ós que non coñecen esta língua que boten unha ollada pola rede e se animen a ler algunha cousa en galego ou algún autor galego ainda que sexa en castelán. Eu podo recomendar un dos meus favoritos, que é Cunqueiro (ese marabilloso fabulador) e un dos seus romances máis xeitosos: "Si o vello Simbad volvese ás illas" (si el viejo Simbad, volviese a las islas).

Velaquí un pequeno agasallo poético del.

Díxenlle á rula:Pase miña señora;
E foise polo medio e medio do outono
por entre as bidueiras, sobre o río.
O meu anxo da garda, coas azas sob o brazo dereito,
na man esquerda a calabaciña da auga,
ollando a rula irse, comentóu:
-Calquera día sin decatarte do que fas
dices: Pase miña señora¡
e é a alma tua a quen despides como un ave
nunha mañán de primavera
ou nun serán de outono.
© Alvaro Cunqueiro. "Herba de aquí e de acolá"

O, para quien prefiera leerlo en castellano, aquí un fragmento de su obra El año del cometa con la batalla de los cuatros reyes.
Para rematar, tamén unhas palabras suas, nas que expresa moi ben o desexo do compromiso seu coa língua dos seus ancestros e a razón da importancia da palabra como vertebradora da identidade do pobo galego.
Eu quixen e quero que a fala galega durase e continuase, porque a duración da fala é a única posibilidade de que nós duremos como pobo. Eu quixen que Galicia continuase e, ao lado da patria terrenal, da patria que son a terra e os mortos, haxa estoutra patria que é a fala nosa. Se de min algún día, despois de morto, se quixese facer un eloxio, e eu estivese dando herba na terra nosa, podería dicir a miña lápida: "aquí xace alguén que coa súa obra fixo que Galicia durase mil primaveras máis".

11 de mayo de 2006

Liberación



Con cierta frialdad ha acogido el público de Madrid la última realización del Teatro Real, la mozartiana Rapto en el Serrallo. A pesar de ello, encontré muchos aciertos en una producción quizá discreta, pero muy digna, sobre todo en lo musical, y que parte de la falta de pretensiones que derrumban otras producciones operísticas (y no hay que buscar ni muy lejos ni en otros compositores para recordar ejemplos de esto último).
Evidentemente el Rapto no es una de las óperas más célebres de Mozart, pero situándola en el contexto vital de su autor resulta enormemente interesante. Esta obra marca un cambio en la vida del músico y evidentemente de su obra. Mozart llega a Viena, después de renunciar a sus trabajo como músico al servicio del Principe-Obispo de Salzburgo y prueba suerte en la capital del imperio, intentando vender sus obras a editores o adquiriendo encargos puntuales. Y ello tiene más importancia de la que parece, tal y como señala Norbert Elias en su interesante ensayo "Mozart, sociología de un genio", que leo últimamente. Y es que renunciando a esa suerte de funcionariado que en el fondo coartaba su libertad creadora a través de la imposición de formas y de temáticas, consigue dar un paso hacia un modelo de concepción del artista que ya es romántico, un Beethoven que vendía sus obras creadas libremente al mejor postor (editor) para reproducirlas y venderlas a la burguesía culturizada de clase media. Toda una revolución cultural, pues pasa a ser el gusto de estas clases sociales la que determina las tendencias de la creación, pero siempre (por aquel entonces aún) con un margen considerable para la libertad del artista. Mozart es todo un adelantado de su época, convirtiéndose en un artista libre, uno de los pocos que en aquella época comenzaron a romper con la tradicional dependencia del mecenazgo. Este paso hacia la libertad, en el caso de Mozart, es aún más grande, ya que salir de Salzburgo y de esa forma de someter su inspiración y su genio también suponía la liberación de un yugo paterno que lo ahogaba tanto en lo sentimental como en su concepción del artista. Sólo se puede entender el Rapto en esa exultante alegría de la libertad de la llegada a Viena y lo que suponía para el músico. Además, el amor también apareció de forma intensa en su vida, y Konstanze (para la que escribe el papel de su homónima en la obra, todo un homenaje musical de gran posibilidad de lucimiento para la que sería su mujer) debió ser una gran fuente de inspiración para él. El resultado, una obra que de principio a fin celebra el gozo de vivir, con una alegría desbordante. Y quien haya visto la película de Milos Forman, recordará con una sonrisa cómo recreaba perfectamente aquel momento de júbilo en la vida de Wolfgang. Con ella se abren los últimos 10 años de vida del artista, lo que llamamos su madurez musical (¿de qué tendríamos que hablar si Mozart hubiese vivido tan sólo otros 10 años más?).

Esta obra no alcanza las cimas de sus posteriores producciones operísticas, y su peso descansa más en la coloratura del canto que en la profundidad dramática y en el entramado vocal (que consiguió en sus óperas finales destilar hasta la perfección), pero es indudablemente delicioso sentir, entre sus notas, nítidos y sutiles, los gérmenes de tanto Mozart posterior. En un acorde, en un cromatismo de la melodía, en una sutil melancolía. Y es que, sin ir más lejos, en esa misma Konstanze, despierta muchas veces algo de la futura Condesa, de la futura Fiordiligi o, por qué no, de la futura Donna Anna. Además, y fundamentalmente, en este Singspiel (como se denomina en alemán este tipo de ópera con recitativos hablados) Mozart consigue deleitarnos con más de dos horas de puro placer musical. Ya por eso merecería la pena prestarle atención.

Con un argumento muy simple y personajes del todo estereotipados, hay que entender esta obra como un auténtico cuento infantil, una historia de aventuras (aunque en este caso sean más amorosas que de otro tipo) ambientada en la exótica Turquía (tan provocadora de ensoñaciones en aquel SXVIII). Así, sólo tenemos que dejarnos llevar por la seducción de la música y divertirnos, disfrutar de un cuento con humor, ironía y cierta leve melancolía. Es curioso cómo el choque cultural entre occidente e islam era en aquel momento también una evidencia clara, como lo sigue siendo hoy en día. Algunas cosas han cambiado poco, supongo. En este contexto parecería fácil echar mano de la fantasía para plantear una puesta en escena convincente. Y sin embargo la del Real (producción original del Festival de Aix-en-Provence) resultó sobria de más, por lo plano de su concepción y la pobreza de su capacidad dinámica. Las acuarelas de Barceló continuamente cayendo en el fondo del escenario no creo que convencieran mucho a nadie. Por lo demás, destacar que la producción, en su globalidad no se acercó a la perfección, claro. Pero estuvo muy a la altura de una gran producción. Le falto esa chispa, esa fuerza, que puede hacer de esta ópera un auténtico gozo para los sentidos, si bien no aburrió en ningún momento. Le faltó cohesión, y ritmo. La orquesta estuvo especialmente brillante, con un sonido muy mozartiano en el que tuvo especial protagonismo la incisiva belleza de los vientos, que dejaron oír sus notas con especial inspiración.
El elenco vocal, como siempre desigual, con unas voces masculinas bellas, pero con problemas tímbricos y expresivos (más a la altura que otra cosa) y un pachá (Shahrokh Nishkin-Ghalam) que destacó sobre todo por su belleza física y su capacidad como bailarín, aunque considero excesiva su explotación del giro "a lo monje derviche" con la que nos deleitó en el final. Introduciendo su nombre en la ventanita del google, resulta que este hombre sale más como bailarín de música persa y como escenógrafo que como cantante de ópera. ¡Qué cosas!
Las chicas estuvieron mejor, con una aérea y refrescante Ruth Rosique como Blonde y una temperamental y dramática Desirée Roncatore como Konstanze, cuya voz su voz se aquejó de cierta falta de calentamiento en el inicial "ach ich liebte, war so glücklich" si bien se entregó bastante con su personaje, haciendo una demostración de su gran técnica, aunque quizá estuvo algo tirante en los agudos. Mozart casi siempre favoreció a los personajes femeninos, a los que tengo la impresión que consideraba más ricos en posibilidades dramáticas y expresivas. La mujer, en su infinita capacidad para el amor, en su inteligencia para la sensualidad y el deseo, en la sutilidad y hondura de su manera de sentir, encuentra el molde perfecto para la expresión del mensaje universal del salzburgués. Y de alguna forma, en esta Ópera hay un tímido intento de reivindicar la libertad de la mujer, y más allá, de gritar con fuerza la inevitable libertad de amar.

El forzado final con una redención del "malo" pachá, que transforma su odio en bondad, desmorona un poco la historia, pero no hay que olvidar que esta historia es un cuento y debe tener un final feliz. Así que al terminar, todo es alegría y júbilo, en el frenetismo sensual de instrumentos turcos que Mozart incorporó a los tutti y que sin duda debió ser toda una revolución en aquella Viena de 1782 y me remito de nuevo a la película de Forman.
Que desde el foro madrileño sirvan estas representaciones como digno homenaje de aniversario del genio, y como vital defensa de la libertad de crear, de amar y de vivir.
Feliz cumpleaños, Wolfgang... y, feliz libertad a todos.

9 de mayo de 2006

Mare Nostrum

Priene, desembocadura del río Meandros, actual Turquía.


Una ola, dos, tres... Mil. Un millón. Mediterráneo. Esa agua que yo no me creo que entre, a través de Gibraltar, desde el Atlántico. No, tengo la sensación de que el agua en el Mediterráneo brota de un oscuro manantial submarino, y que quizá el espíritu de la Atlántida tenga que ver más con ello de lo que creemos. Desde mi sangre, siempre más sueva que bereber, siempre miré con escepticismo el Mediterráneo. Pero esa calma poética del Mare Nostrum conquista sin remedio, te atrapa, te envuelve en esas tardes naranjas de verano, en esos ocasos de pura belleza y éxtasis de los sentidos. La tierra que lo contiene, entre el parduzo de la piedra y el verde intenso de los pinos, me provoca esa ensoñación dulce de un art de vivre que me seduce, que me inspira esa intensa necesidad de volver, y volver. Tengo que confesar que cada año lucho por conquistar, casi con ahínco romano, por saborear, un palmo más de esta orilla que me subyuga, Y poco a poco he ido adentrándome en el oriente Mediterráneo, en un viaje personal hacia ese extraño Oriente que sin embargo es la cuna de Occidente. Y escenario de la génesis de nuestra cultura, de mitos eternos para la Literatura, de referente para la Filosofía, para la Política, para la Arquitectura...
Por eso, anoche, cuando escuchaba estremecido a la gran Eleftheria Arvanitaki, ganándose a conciencia el fervor de un teatro que pone en pie cada vez que viene a Madrid, venían a mi memoria sabores, imágenes, sensaciones, que formaban ese rompecabezas imposible de la fascinación Mediterránea. Y, como en aquella deliciosa película de Salvatore Gabriele, también la seducción del amor, el peso de la sensualidad sobre mí, rodeándome, estremeciéndome.
Eleftheria destila tradición y coquetea con el pop, atreviéndose incluso a hacer un versión del Universo sobre mí de nuestros Amaral que resulta creíble y casi suya. Con elegancia (la que le sobra) y una fuerza que emana de un magnetismo personal que he tenido ocasión de comprobar hablando personalmente con ella. Porque esos ojos, que desde la butaca sólo se adivinan, llevan dentro una fuerza que proyecta sobre todo lo que toca. Maravillosa, sin estridencias a pesar del frenetismo a veces, honda, como cuando cantó su maravilloso "Parapono" y siempre entregada. Nos hizo un recorrido inverso de búsquedas, partiendo de sus canciones más comerciales, hasta sus raíces casi tribales, marcadas por la percusión, el clarinete bajo y el Bouzouki. Un ritmo que va penetrando en las venas y que me transportó, como una droga dulce, a esos despertares silenciosos del mar Egeo en verano, con el olor del yogur en el aire y esa sensación de que tierra e historia se despiertan tangiblemente en tus dedos, en tu piel. Y después, esa melancolía que queda, que te arrastra, como Eleftheria, de algo que no se sabe qué es, pero que golpea el corazón con la fuerza de las olas saladas, como en esa breve cancioncilla que a ella le gusta tanto cantar, e incluso repetir, como siempre que la veo hace, con la que cerró el concierto anoche... Ti Leipei
¿qué falta,
qué tiene la culpa
de que mi corazón llore?

5 de mayo de 2006

Mudar-Madrid-Mudar


Mi ciudad, entre otras cosas, también tiene eso, el continuo movimiento, la sensación de que pocas cosas se quedan. El viento de la vida sopla con frecuencia y nos empuja al cambio sin remedio. Paseaba esta mañana y redescubría, en uno de mis antiguos barrios, cómo han cambiado las tiendas, los escaparates, la apariencia de las cosas. El movimiento, el trasiego, el intenso ruido de los habitantes de Madrid, justamente criticados en otros contextos, se convierten aquí en impulso de un vertiginoso modo de discurrir en el que nada queda, todo se transforma. Y así ni penas ni felicidades se fijan por mucho espacio de tiempo en el aire, el viento sopla de repente y se lo lleva. Esta ciudad parece que no descansa, que siempre tiene fuerzas para salir a la calle e inundarla, para trotar las esquinas y barrer la soledad de las calles. En el infinito anonimato de la multitud de personas, objetos, imágenes y sonidos, el todo atronador se hace cobertor de melancolías, marco de tobogán hacia otra realidad, la del instante siguiente. Nada debe pararse en estas calles vibrantes. Nada queda, todo se transforma: hojas, primavera, sol, lenguas, suspiros, brillo en los ojos... Sí, definitivamente me encantan esos días de viento en Madrid, cuando la locura colectiva se acelera y te empuja, y parece que el límite del Universo llega atropellado en el horizonte de nubarrones negros que se cierne sobre los tejados... En días así, respiro, y me hundo en las calles, en las avenidas. Los relojes corren deprisa, los corazones también...

27 de abril de 2006

VUELVO AL SUR



Cada uno tiene su propio sur , su propia concepción de lo meridional, su íntimo lugar geográfico al que denomina Sur. Yo, siendo del Sur, lo he tenido siempre más difícil. Y sólo ahora que ya hace muchos años que no vivo allí he comenzado la búsqueda de ese lugar. Durante los últimos años, el Sur para mí han sido esas playas que nos gustan, ésas a las que nos acercábamos con pasión y de las que regresábamos con nuestras músicas en el coche, degustando el aire caliente de la tarde con los dedos a través de las ventanillas abiertas (aunque a ti te gustara más el aire acondicionado). En esa realidad de tintes africanos mi Sur fue intensidad, color, y dejarse llevar por un amor que navegaba siempre con las velas llenas. Ahora sé bien que ahí estaba mi Sur, sólo porque estabas tú. Ahora que ya no estás allí, sino aquí, vuelvo a tener que buscar ese Sur en el que ya no sé si creer. Ahora que mi familia sufre cambios, que quizá se desequilibre su habitar hacia el Oriente, es posible que mi Sur se desplace hacia allí. En el fondo da igual. El Sur, el mío, siempre camina dentro de mí.
De momento, mañana vuelvo... Sin que sirva de precedente, te dejaré poner la música a ti. Yo sólo eligiré la primera canción y te propondré que nuestro nuevo Sur lo busquemos juntos:



Vuelvo al Sur

Música: Astor Piazzola
Letra: Fernando Ezequiel Solanas
Voz: personalmente... Caetano.


Vuelvo al sur
Como se vuelve siempre al amor
Vuelvo a vos
Con mi deseo, con mi temor

Llego al sur
Como un destino del corazón
Soy del sur
Como los aires del bandoneón

Sueño el sur
Inmensa luna, cielo al revés

Busco el sur
El tiempo abierto y su después

Quiero el sur
Su buena gente, su dignidad
Siento el sur
Como tu cuerpo en la intimidad

Vuelvo al sur
Llego al sur
Te quiero

Camisetas


La primavera se despliega definitivamente estos días, y casi roza el futuro verano en algunos momentos del día. Es extraño que alguien para quien el sol y la calidez de la temperatura son tan importantes como lo son para mí, sienta una resistencia tan grande a lucir ropa veraniega antes de que comience la temporada. Supongo que es un signo físico de mi natural resistencia al cambio.
Ayer, rompiendo mis barreras, estrené por fin camiseta de manga corta. Qué bien sienta el primer aire tibio sobre los brazos. Ese viento en desequilibrio de temperatura que sopla a veces cálido, a veces fresco, pero que nos hace sentir vivos, ya no vuelve a ser lo mismo cuando se instala el verano. Los días de primavera son por lo tanto únicos e irrepetibles, más que los de cualquier estación del año. Incluso el otoño camina hacia el invierno de una manera más gradual. Yo en días como éstos siento una enorme necesidad (no carente de cierta frustración), de sentir la luz, la calle, el aire, las miradas.
Tras una desastrosa sesión de cine en el Círculo de Bellas Artes, ayer necesité despedirme de mis amigas y quedarme en el silencio tumultuoso de ese centro neurálgico de nuestra ciudad. Solo, atravesado de pensamientos que me recorrían pero que no era capaz de retener, reflejándose el sol en espejos y vitrinas, parabrisas de coches en movimiento, como en un gigantesco caleidoscopio monocolor que me absorbía con fuerza. Y de repente, toda esa necesidad de primavera se vio colmada en la marea de personas en movimiento que me rodeaba. Tanta piel de repente al descubierto, los cuellos despejados, algunas miradas incisivas que recibía de soslayo... todo ello me dejaba ebrio en pocos minutos. La tristeza zigzagueaba entre mis zapatos y se filtraba en forma de palabras duras bajo mi piel. Y me detuve con calma, sintiendo la marea que quería arrastrarme y yo que necesitaba asirme a algo: luz, piel, aire, pensamiento. Entonces pasaste a mi lado. Con seguridad no eres el chico más guapo que he visto últimamente. Tampoco el más atrayente cuerpo, que envolvías en esa camiseta azul. Pero tu sonrisa me ha llegado, como un pequeño signo de esperanza. Luego me he fijado en tu piel, sonrosada y fresca, tersa, adivinando la turgencia de tu carne. Y mis pensamientos se han hecho hilo que se enreda en tus brazos. Caminando así, en secreto, detrás tuya, mientras fantaseaba en tu nuca, me has llevado a mí destino, despacio, siguiendo el ocaso, casi en una danza que me liberaba, que me hacía avanzar dentro de mí. Unos minutos después desaparecías en una estación de metro. Pero ya no necesitaba seguirte. El momento se había deshecho y de repente volvían los aguijones del pensamiento, las inseguridades del alma, la piel como un instrumento más que se pasea por las calles, las miradas de nuevo inquisidoras de mi lujuria dormida. Y mis hilos que de nuevo se deshacían en mi garganta. Supe que tu camiseta azul es un mar que ya echo de menos, un mar que me llama con insistencia, un mar al que tengo que acudir para verter los hilos rotos, para ahogar los discursos innecesarios, para dejarme llevar por el infinito rumor del oleaje, que me susurrará, como siempre lo hace, mi verdad.

26 de abril de 2006

Intento, Intentos


"La vie de chacun d'entre nous n'est pas une tentative d'aimer. Elle est l'unique essai"

Pascal Quignard, Vie secrète.

Y entonces miro tus zapatos imaginariamente tibios en el armario, y eres tú. Y miro aquella sonrisa entre brumas en la fotografía, y fuiste tú. Y leo en mi estantería un nombre de escritora española, y sé que fuiste tú. Y vienen mis ojos a parar al lomo de esa película italiana. Y sé que eres tú, intensamente. Entonces se abre la puerta y entras. Entras, como siempre, con tu sonrisa amplia, y tu mirada que corre a perderse en la mía, aunque a veces la mía huya. Eres tú, amor, intensamente ahora.