18 de abril de 2006

Perlas deslizantes.


La línea 6 de autobús baja desde el barrio más aristocrático de la ciudad hasta el centro. En una ciudad tan preocupada por el medio ambiente como ésta, el número de ciudadanos que toman este medio de transporte es considerable. Especialmente los sábados por la tarde, en los que la gran afluencia de público a los lugares de ocio y entretenimiento se acusa, a pesar del reforzamiento del servicio que proporciona el previsor ayuntamiento. Los autobuses de la línea 6 descienden por la larga avenida de las palmeras, que pronuncia una grandísima pendiente. La ligera curva hacia la derecha que ésta traza, unida a la monumental cuesta y a los desconsiderados conductores, hacen del recorrido toda una experiencia, y eso bien lo saben muchas de esas señoras con collar de perlas que lo toman a diario para bajar al centro a reunirse con sus amigas para tomar el té o ir de escaparates a las boutiques. Me gusta situarme entre ellas, dejarme empujar en las frenadas, caer accidentalmente de forma leve sobre sus pechos, bucear en sus perfumes. Su buena educación me permite no ser amonestado verbalmente a pesar de usar la situación para rozar y tocar con cierta alevosía en lo que no es más que un ejercicio de puro desafío a sus principios. El sábado pasado, el servicio se vio prácticamente colapsado ante la cantidad de personas que querían acercarse al centro para disfrutar de uno de los primeros días de buen tiempo de la primavera. Y así, nada más entrar, me vi empujado hacia uno de los espacios centrales que dejan los asientos laterales, sin saber muy bien con quién de mi alrededor se relacionaba cada miembro de mi cuerpo. Te descubrí pegado a mí, mi pecho contra tu espalda. Y en seguida, una calidez especial me recorrió desde el hombro hasta la cadera. Me apoyé un poco más y no sentí que ello te incomodara. Una pena que no podía ver tu cara, me tuve que conformar con la de una señora de unos 50 años que, inconsciente de la llegada de la primavera, se enfundaba en un largo abrigo de pieles en el que seguramente la temperatura alcanzaba ya, con el amontonamiento de personas, el grado de fusión de algún metal dúctil. Sobre la piel de una supuesta marta cibelina se deslizan bien las perlas de su collar, pensé, mientras la curva dichosa se pronunciaba un poco y mi cadera se aproximaba a la suya. Me lanzó una primera mirada de desagrado. "tengo derecho a un espacio para mí y para mi abrigo", seguro que había pensado. Pero yo seguí concentrándome en mi desconocido compañero, cuya mano se había deslizado suavemente por la barra de sujeción hasta llegar a la mía, y tocarla suavemente. ¿Casualidad o intención?, pensé. Solté mi mano un instante y volví a asir la barra, no olvidándome de rozar levemente la piel de su meñique, indicando claramente que entendía su maniobra. Giró un poco la cabeza, pero no del todo, dejando que descubriera que no estaba exento de atractivo. Pero no llegó a mirar. Yo me acerqué aún más a él, adaptando mejor mi pecho a su espalda, sin que él se inmutara. Un frenazo del conductor para detenerse en una parada nos desplazó a ambos, en nuestro intento de fusión, hacia la señora del abrigo, que se unió a nosotros en un apretado encuentro contra el cristal. Ahí sí, no pudiste evitarlo y miraste, primero a la señora de las perlas, que se mostraba incómoda, con una incomodidad de esas en la que uno no sabe muy bien cuál es la causa. Después a mí, para sonreírme buscando la complicidad del momento, pero no desaprovechando la ocasión para fijar tu mirada en la mía, para escrutarme. Tras el frenazo, la única que buscó separarse en seguida fue la señora, ayudándose de un estrepitoso suspiro que atrajo las miradas de los pasajeros más cercanos. Yo me quedé a escasos milímetros de ti, como con ansia de seguir sintiendo el calor que traspasaba tu chaqueta. De nuevo, no pareció incomodarte. Es más, mi respiración caía ahora directamente sobre tu nuca y tampoco eso pareció obligarte a desplazar unos centímetros tu cabeza. Yo tampoco me moví, en un desafío que comenzaba a moverse con el nuevo arranque del autobús. Descensos, nuevas curvas, frenazos, y nosotros siempre guardando esos escasos dos milímetros de separación, pero dejándonos llevar por los movimientos provocados por el vehículo e incluso ampliándolos de manera evidente entre los demás pasajeros que, a nuestro alrededor, comenzaron a sentir el sinuoso movimiento circular en torno a la barra vertical, y el otro, ondulante, en el espacio que abarcábamos y conquistábamos en cada curva. Sobre nosotros, las miradas atónitas de varias señoras, algunas de las cuales, bajaron incluso antes de llegar a la calle de las cafeterías, como cualquiera diría que iban a hacer. La de las perlas no, ésa se quedó hasta la terminal, como nosotros, y miraba de reojo sacudiendo un pañuelo entre sus manos, en un intento vano de airear el sofoco de su rostro. La música del momento, conformada por cientos de palabras pronunciadas al mismo tiempo, pequeños susurros, gritos de adolescentes y más de una conversación sobresaliente salida de la boca de alguna ama de casa poco discreta, nos envolvía sin ritmo ninguno, pero nuestra lambada particular no la necesitaba. Cada curva era un casi rozar de los labios, y a cada parada, nuestros sexos se aproximaban un milímetro, incluso se rozaron levemente en una de las últimas; aquella en la que una nueva señora ataviada con perlas nos preguntó si salíamos ya, en un intento absurdo de separar el imán de nuestras pieles. Inútil, los dos milímetros de rigor se impusieron de nuevo tras su paso. El calor que desprendía tu piel aterrizaba en la mía con los zarandeos del autobús, y ese ir y venir de los demás y nosotros iba haciéndose cada vez más elástico, más elegante también, unidos todos al deslizar de las perlas, al aireo de pañuelos y al crepitar de sexos bajo las faldas y pantalones.
Al bajar, en la última parada, todos nos dispersamos en distintas direcciones. Tú en la contraria a la mía. Sin embargo, caminé dando la vuelta a la manzana, retrocediendo en realidad al lugar donde nos había dejado el autobús. Allí, en el portal que hay frente a la marquesina, vi tu gabardina deslizarse dentro. Te seguí sin dudarlo un instante, ése mismo en el que llegué a pensar que el servicio de autobuses urbanos está mejorando bastante. De hecho, a los varios días, el ayuntamiento, siempre pendiente de las necesidades de los ciudadanos, ha anunciado que reforzará aún más la línea 6 los sábados en horario comercial debido a su constante masificación. Y es que hay que apoyar el transporte público. Yo, por mucho que lo refuercen, seguiré tomando el de las siete treinta y seis. Allí estarás. Me temo que la de las perlas, también.

7 comentarios:

Hades dijo...

Dile al ayuntamiento que reduzcan el número de autobuses... La de las perlas -aunque no lo confiese- también lo agradecerá... ;-)

Vulcano Lover dijo...

Es que este ayuntamiento es muy, pero que muy cívico... Y a pesar de aumentar el número de autobuses, pues como que el de las siete treinta y seis sigue bajando abarrotado... Si quieres podemos comprobarlo un sábado de éstos.

inquilino dijo...

Cuántas historias nos depara el transporte público, con sus pieles, sus perlas, sus apretones y sus olores.
Lo malo del metro, ciertamente, es que su falta de curvas y frenazos nos priva de excusas para abalanzarse sobre nadie. Lástima.

Hades dijo...

´Qué va, qué va, inquilino. El metro también vale... Un buen frenazo del metro en hora punta es un método infalible para acabar con alguien en la cama... Os lo digo yo, que lo he hecho... Palabra de hombre SIN carnet de conducir (i remember you)

inquilino dijo...

me tienes que dar pe-ro-sin-fal-ta el número de tu línea de metro. En la mía no hay frenazos :-(
Allá va el inquilino, metro arriba, metro abajo, esperando el frenazo ;-)

Vulcano Lover dijo...

Bueno, es que los frenazos en las líneas de metro son sólo cuando hay problemas en el suministro, no así de forma habitual... Ahora, cuando frenan en seco, puedes prepararte... porque hay polvo seguro!!!

La mía la uso menos de lo que megustaría, pero ya sabéis que por la mañana prefiero el bus... Mi línea al trabajo baja un buena cuesta.

Esta mañana, por cierto, me vino a la memoria otra ideilla para escribir, recordando la Semana Santa de mi pueblo y sus aglomeraciones... que no dejéis de dudar que están llenas de apretones, tocamientos impúdicos y más de uno y de dos buenos restregones... Y es que, como decía un amigo mío, la Semana Santa de Sevilla sí que es una fiesta gay en toda regla... Hace años que no voy y mi casa siempre está vacía en esas fechas, Si queréis el año que viene vamos y hacemos competición (aunque me da a mí que sé quien la iba a ganar...)

inquilino dijo...

Uy, es que el incienso no me pone nada :-)
Aunque, bien pensado, eso del capirote y tal tiene su morbillo. Eso sí, nada de costaleros. ¡¡Demasiado sudor!! X-D