7 de agosto de 2006

auf Wiedersehen Marschallin


Elisabeth Schwarzkopf


La hemos perdido este fin de semana. Con ella hay que cerrar definitivamente la memoria de uno de los periodos más brillantes y mágicos de la historia de la interpretación musical. Esos años cincuenta del siglo XX en los que su voz se convirtió en una de las más poderosas del estrellato operístico.
Recuerdo la primera vez que la escuché... Era mi primera ópera en compacto. Un regalo con demasiado sentimiento y amor detrás como para olvidar. Se trataba de la grabación de Las Bodas de Figaro, en la que ella interpretaba a la Condesa. Estaba dirigida por Carlo María Giulini y también aparecía la americana Anna Moffo, en una inolvidable Susana. Todos ellos han desaparecido recientemente, y, en este año Mozart, ciertamente una sombra oscurece la que es una de las interpretaciones más destacables de su producción operística.
Cuando escuché alquel "Porgi Amor" que salía de los altavoces, se libró en hechizo. El de su voz inigualable, limpia, de una perfección extraña, madura, elegante, llena de belleza. Desde aquella primera aria, mirando su foto, esta misma que cuelgo hoy aquí, me rendí a la fascinación que esta soprano ejerce sobre todo aquel que la escucha. Su voz, la más elegante que el mundo del disco ha dado nunca, su irremediablemente aristocrática pose. Esa voz, inconfundible, inimitable, reconocible para toda la vida una vez que se ha escuchado, me ha acompañado en demasiados momentos, me ha emocionado en demasiadas ocasiones como para no sentir hoy una pena muy muy grande.
Elisabeth, además, es el paradigma de la carrera musical impecable. La ascensión imparable de una voz que se gestó con intensidad e inteligencia. Escogió siempre los papeles adecuados, nunca arriesgó más de lo necesario, más de lo asumible. Su matrimonio con Walter Legge, uno de los más importantes productores de una de las grandes discográficas (EMI) del momento le ayudó a ello. Y él la convirtió en un objeto de veneración. La hizo fotografiar de la maneramás exquisita, le dedicó algunas de las más hermosas portadas de vinilo de la historia del disco, descubrió para el mundo su indiscutible magnetismo, la elegancia perfecta de esta mujer, su increíble belleza. Los más grandes directores de la época, como Karajan, Böm o Toscanini la adoraron. Y tenían razones.
Hay demasiados momentos que vienen a mi cabeza cuando pienso en ella. Sin olvidar sus comienzos en papeles de menos envergadura como La Susana de Mozart, la Zerbinetta de Strauss, o la Marzellina de Beethoven, a las que daba un aire de grandeza que jamás volvieron a tener, hoy la reconocemos como interprete indiscutible de los grandes papeles Mozartianos (Su condesa, su doña Elvira, su Fiordiligi, inolvidables) y, sin dudarlo un instante, de las heroínas de Strauss. Nadie podrá negar que su Mariscala en el Caballero de la Rosa es y será inigualable. O que su grabación con George Szell, de los cuatro últimos Lieder, es uno de los discos de clásica más intensos que ha dado el siglo XX. Pero para despedirme de ella, he escogido mi favorito, esa Ariadna, también de Strauss, en la que como nadie canta esa aria de bienvenida a la muerte. Esa muerte que nos la arrebata para siempre. Adiós, Mariscala, adiós. Aquí no te olvidaremos nunca.

4 comentarios:

Mart-ini dijo...

:'(

J. H. dijo...

Llamadme inculto, pero no sabía quién era.

Vulcano Lover dijo...

No eres inculto por no saber quién era esta señora, Javier... En su época fue tan famosa como Maria Callas, porque además es tan buena como ella, si bien los papeles que interpretaba eran de otro tipo. Lo único es que no tenía esa vida social, y no salía tanto en las revistas ni se convirtió en figura de culto como la griega... Pero si te vas a una tienda de música clásica la verás en un montón de CD's

inquilino dijo...

Otra grande que se va :-(
Y cuántas audiciones pendientes!!