
Un estreno de André Téchiné siempre es un acontecimiento para los que seguimos con atención la carrera del director de "Les Roseaux Sauvages", película de culto para mí y para muchos de los que me leéis. Hablamos de un director que no siempre nos pone las cosas fáciles para digerir sus trabajos, pero yo siempre he sentido que habla desde la sinceridad y que nos presenta personajes a veces demasiado complejos, pero nunca maniqueos. Tampoco lo son los de "Les Témoins",su última y recién estrenada película. En ella, Téchiné recupera su mejor vertiente (ya apuntada en "Les Égarés") alejándose un poco de la frialdad expositiva de "Les Voleurs", "Loin" o "Les temps qui changent" para sumergirnos de lleno en unos parisinos años 80 marcados por la libertad sexual y la intensidad de vivir, a través de unos personajes rotundamente humanos. Pero a diferencia de otros cineastas, no se dedica a explotar esta vuelta a unos "maravillosos años", ya demasiado recordados y mitificados precisamente por muchas de las cosas que no fueron realmente la clave de esa época. Unos 80 que vemos con una perspectiva lúcida y honda, a través de una serie de personajes con los que el adolescente Manu, recién llegado a París procedente de provincias, entra en contacto de manera casual. Y así, como sin quererlo, se convierte de repente y durante un periodo en centro de gravedad de estas vidas, trastocándolas de alguna forma. Sin embargo, los vínculos personales que se crean entre ellos van a verse alterados muy pronto de manera brutal por la aparición del SIDA.
La película se inicia en 1984, un momento marcado por una libertad sexual sin precedentes. Esta realidad y el posterior drama de la aparición de la enfermedad son siempre tratados con un prisma objetivo y nítido, sin culpas ni complejos, con un profundo sentido de la responsabilidad narrativa. Además, Téchiné no juzga ni dirige opiniones, simplemente nos muestra lo complejo y difícil, tanto de las relaciones humanas como de las tragedias personales y colectivas.
Esta es una película densa y compleja, tanto por los giros y honduras conceptuales del argumento, como por la cantidad de matices de sus personajes. Unos personajes impecablemente interpretados que se nos muestran reales en su complejidad y en su incoherencia, y a los que casi podemos tocar en sus debilidades y en sus imperfecciones (a destacar la madurez de Emmanuelle Béart, que sin haberme gustado mucho nunca, cada día me convence más).
A pesar de todo ello, la simplicidad expositiva de la película resulta pasmosa, sin estrépitos ni golpes de efecto, dejando que la historia se desarrolle con un ritmo contenido y regular de principio a fin.
Téchiné se convierte en un mago a la hora de dibujarnos con lirismo y brutal poesía el momento bellísimo del encuentro carnal de los personajes. El verano, el mar y los juegos de color intenso nos embriagan hasta un nivel al que creo queTéchiné no había llegado antes. Su esmero cuidando los planos, las secuencias, la música (para reforzar los momentos reflexivos) o incluso los silencios o los sonidos de la naturaleza (rotundos, envolviendo la carnalidad de los personajes: no se la pierdan en versión original, aunque sólo sea para escuchar el viento o las olas en su sonido "real") es inigualable. En todos estos detalles estamos ante la obra de un auténtico poeta del séptimo arte. Su madurez ante la cámara se explica por sí misma en este trabajo en el que nos regala algunas de las escenas más embriagadoras de toda su carrera.
La acción se desarrolla a lo largo de un año, y en él las estaciones sirven de marco metafórico a la narración (dividida en tres capítulos). Quizá sea lo más fácil de la película, aunque se lo agradezco, porque a mí personalmente me parece que las estaciones sí que marcan el ritmo de la vida.
Desde mi perspectiva personal, lo más interesante de la película es la reflexión acerca de lo inevitable de la complejidad de la vida, de cómo se alternan e incluso se fusionan esplendor y drama, vida y destrucción en ella. También sobre lo inevitablemente difícil que es enfrentarse a esta dificultad desde la madurez. Estos personajes, al final, nos enseñan que para sobrevivir hay que estar por encima de las circunstancias del bien y del mal, tomando la vida como es, y las relaciones personales como son: eligiendo, equivocándose, sufriendo, haciendo sufrir, pero siempre asumiendo cada etapa, siempre conscientes de la fragilidad de la existencia, pero también de su intensidad.
Así, el final de la película, del que he leído críticas que lo tildan de anticlimático, a mí me encaja perfectamente. Téchiné nos está diciendo que la vida sigue, que las aguas turbulentas se han hundido bajo la tierra y que, hasta que se decidan a volver (y sin duda lo harán) hay que vivir la vida de nuevo con fuerza, esa fuerza que él dibuja de Mediterráneo intenso y música ochentera...