28 de febrero de 2006

Mardi Gras chez Mozart versus Pamina

Anna Moffo

Hoy es martes de carnaval, y para comenzar la celebración por la mañana, nada mejor que comprar el CD del País de hoy, que nos hace una selección de grandes cantantes mozartianos en algunas de sus arias. Una de mis mejores amigas es soprano, y siempre recuerdo oírle decir que cantar un aria de Mozart proporciona un placer físico que ningún otro compositor puede hacer lograr a un cantante. Cuando en mi emoción, a veces, me descubro a mí mismo cantando (¡sacrilegio!) por encima de estos cantantes profesionales y llenos de emoción, mientras les escucho, ciertamente debo reconocer que algo de verdad tiene que haber en eso. Un placer físico, un placer de la carne, ideal para sumergirme en este don carnal al que toca festejar hoy y que nunca he sabido afrontar demasiado bien (falta de costumbre, de cultura carnavalera, ¡qué sé yo!). El elenco de cantantes que nos ofrece la grabación de hoy es espectacular... Desde un primer corte con Fritz Wunderlich que, poseedor de esa voz masculina y arrebatadamente aterciopelada, podría derretir el alma de más de una y de más de uno. Son muchos, y sólo me detengo en mis preferidos. Victoria de los Ángeles está sublime en la transparencia de una de las arias de concierto más bellas de la historia de la música, como es el "Ch'io mi scordi di te" (¿que yo me olvide de ti?) envuelta en esa especie de concierto de piano con el que orquesta la canción (Mozart siempre audaz y rompedor). ¿Qué hace que una voz sea mozartiana? No lo sé, supongo que ante todo la sencillez y la transparencia. Y luego, seguramente transmitir rotundidad la línea melódica de su música, resultar sincero. Con Mozart hay poco que interpretar. Hay más bien, que dejarse llevar, disfrutar mientras se canta, ese placer mozartiano del que hablaba, que es indudable que se refleja a la hora de cantar. También aparece Elisabeth Schwarzkopf, indiscutible mozartiana que está en muchas de las versiones de referencia de las operas de Amadeus, porque siempre indaga de forma extraordinaria en la psicología de los personajes, y porque su forma de cantar limpia y celestial creó escuela en el mundo de los roles femeninos mozartianos. También está Imgard Seefried, en esa misma línea, con un tono de gravedad, de oscuridad, también muy interesante. Yo la recuerdo sobre todo en el rol de la FIordiligi del Così fan tutte de Eugen Jochum, lleno de tristísimos acentos, que envolvió de melancolía toda una primavera de mi juventud. Aquí canta un aria de concierto también deliciosa. Al final veo a Anna Moffo, una cantante injustamente tratada por los críticos, para los que es una muy buena segundona, cuando la realidad es que es toda una primera cantante, sensible y contenida, pero capaz de hacernos rozar el cielo con una Susana o, como aquí, cantando Il Re pastore. Además, mirando su foto, con ese glamour perdido de cine italiano de los 50, ¿quién se atreve a decir que tras esa mirada, tras esa boca, no se esconde toda una mozartiana? No es posible.
Así, en medio de esta excitación de placer mozartiano, de este jubilo que hace de una mañana anodina de martes, en la oficina, escondido tras mis auriculares, algo verdaderamente especial, llego al segundo corte, que me trae a una también amada Lucia Popp en la flauta mágica... Yo, que admito no conocer la lengua germánica y por lo tanto no he sabido descifrar qué aria cantaba, la he imaginado en esa Reina de la Noche de la que es la mejor intérprete, de la que tanto se ha escrito, de la que conjuga con perfecto equilibrio belcanto e intensidad emocional, justo como Mozart habría deseado. Pero no, me choco de bruces con Pamina. Esa Pamina que se nos escapa en la melancolía, que vuela por encima del mundo descargando su infinita tristeza, en ese estupor que me sigue produciendo cada vez que, dentro de esa Flauta Mágica llena de alegría y júbilo de la existencia, se me cuela ese llanto inexplicablemente triste de una Pamina que raya lo extraterrenal en un aria que abre y cierra todo un mundo de emociones. Lucia Popp la atraviesa con sinceridad, con honda sensibilidad... Recuerdo esas otras Paminas sin las que no se puede explicar esta música: Edith Mathis, Hilde Gueden, Gundula Janowitz, que a su vez son algunas de las olvidadas en este CD. Así, escuchando esos acordes de la cuerda finales del aria de Pamina, me envuelvo en lo mozartiano, en lo humano de su mensaje, en lo real de su música, que pasa del júbilo a la tristeza en sólo un segundo (no es más lo que los separa en la vida), que es capaz de hacer la vida más feliz a todos, a los que le cantan, a los que le escuchan, a los que le descubren por primera vez, a los que disfrutamos volviendo a él siempre.

27 de febrero de 2006

Nudos

Los dos amantes no se han intimidado ante las miradas curiosas de la vecina que tiende la ropa. No han detenido sus besos ni la efusión de su cercanía porque esa mirada, ni la sentían. No se han escondido detrás de la cortina, no han ocultado su desnudez total mientras bailaban, mientras se cubrían la piel de besos, de lenguas húmedas, de manos alargadas, de miradas concupiscentes. Los detalles materiales (un cepillo de dientes, un frasquito de perfume) han sido preparados con precisión, pero son rápidamente olvidados al entrar en la habitación. Allí las horas pasadas pierden sentido dentro de algo llamado noche, dentro de algo llamado día, dentro de algo llamado mañana, o desayuno, o siesta. Y la realidad comienza a desdibujarse, y comienza a surgir con materialidad el tiempo del deseo, el espacio de los anhelos. Y durante esa tarde, esa mañana o esa noche, el Universo entero adquiere un sentido concéntrico, sin fisuras, que sirve para explicar las pasiones, los velos que caen y la sinceridad en la que no queremos creer, que nos invade. Tras la música, un final seco. Salen por la puerta, cada uno hacia un lado. Ella para un instante para ajustar mejor su pie al tacón. Él busca unas monedas en su bolsillo (“necesito suelto para el autobús” piensa). El resto del día aún buscarán rincones en su cabeza, que se abrirán como ocasos en la monotonía del final de un domingo. Al día siguiente, con las primeras claridades de la mañana, de camino a la oficina, de repente, todo les parecerá extraño: madrugar, los pequeños problemas laborales, las citas sociales de la semana, el programa de la televisión que querían ver por la noche. Incluso las horas juntos les parecerán fuera de lugar, inconscientes, raras.
Él baja la calle, y a la luna débil se la traga un anuncio de neón. Se detiene y mira a los transeúntes, parece que quiere decirles “¿dónde vais?, ¿qué hacéis?, No os dais cuenta que nuestras vidas en realidad no tienen sentido?”
En ese momento ella baja los escalones del metro. El cartel naranja de la parada oculta, al descender, el horizonte rosado del amanecer. Bruscamente, también la extrañeza la asalta con una intensidad que la marea, y la detiene en el vértigo de las escaleras mecánicas. Una larga fila de personas, en sentido contrario, asciende sin mirar a ninguna parte. Ella también quiere gritarles. El mundo parece haberse detenido un instante, y nadie parece enterarse. Él busca impaciente en el bolsillo de su cartera, rastrea hasta encontrar la novelita de Natalia Ghinzburg que han leído juntos ayer, a ratos... Ella se coloca con ansia los auriculares. Suena el adagio de la sinfonía concertante de Mozart que le regaló él, y que escucharon mientras se amaban. Él siente que todo vuelve a recobrar el sentido, las palabras escritas, en plena calle, desbloquean su nudo. Mozart la acaricia, pone el equilibrio justo, la gente sigue ascendiendo con la mirada distraída y ella se sonríe. El primer rayo de la mañana roza los tejados , y la vida continua, que no es poco.

24 de febrero de 2006

El Portal

Es bastante tarde, y en mi camino de vuelta a casa encuentro con sorpresa que dos chicos se besan con intensidad en un portal de la calle. Me detengo un instante a observarles. Nunca he tenido curiosidad por los actos de amor ajeno. Tampoco me considero un "voyeur", ni suelo encontrar morbo en asistir en secreto a escenas de este tipo u otro. Y, sin embargo, algo me detiene a observar. No, no son precisamente adolescentes. Bien entrados en los treinta me da la impresión. Y ahí siguen, retorciéndose en un amasijo del que resulta difícil reconocer los miembros de uno y otro. Manos, que parecen multiplicarse y ropas de las que no reconozco bien ni el color ni el tejido. ¿Cuándo fue la última vez que me besé en un portal con alguien, en plena calle?, he pensado. Hace mucho, casi no lo recuerdo. Fue un beso rápido, seguido de algún que otro empujón contra la pared, mi mano ni siquiera fue capaz de descender más allá del final de la espalda. No he sido nunca demasiado expresivo en mis demostraciones de cariño en la calle, y besos como éste que recuerdo ahora me temo que no se repitieron muchas veces. Siempre me he sentido extraño al descarnar un acto de tanta intimidad en un lugar de paso, de una forma tan vulgar. Ellos siguen a lo suyo, ni se enteran de que estoy al lado, muy cerca, observando. También susurran palabras, por las que súbitamente siento una desmedida curiosidad. Me acerco un poco más. No pasa nadie por la calle, no temo ser descubierto. "Te deseo, te deseo, te deseo, te deseo, te deseo..." escucho, y de repente, un escalofrío me recorre el cuerpo. El estremecimiento de la pareja, envuelto en pequeños gemidos, me conmueve. "Volemos, volemos, volemos, volemos.." , y mi corazón comienza latir con un ritmo que me hace temblar, perder el equilibrio. "Respira aquí..." Y siento que me falta el aire. Paralizado en mi estupor, no consigo mover mis piernas, tampoco mis brazos. Permanezco allí, espectador de una escena que me ciega, que me consume, que me entristece profundamente. Tras el último y prolongado gemido, el silencio y la quietud parecen trasladarse de mí a ellos. Las respiraciones, aún agitadas, se van calmando, y las caricias se vuelven lentas, acompasadas, bellas... Me miran, acaban de descubrirme. Y se vuelven para salir huyendo con rapidez. Yo no consigo aún articular movimiento. Mi pensamiento parece que también se ha detenido. En la carrera, tropiezan con un cubo de basura que en su ruido desalentador me despierta y me hace recuperar la movilidad. Respiro lentamente, me reconozco, prosigo mi camino. El silencio retorna a la calle, y yo siento ese escalofrío certero que me indica que algo no funciona, que algo nunca funcionó.

23 de febrero de 2006

Un Instante


Ayer entrasteis en el vagón atropelladamente. En seguida reparé en vosotros. Supongo que porque erais guapos. Pero también porque pronto me percaté de que la belleza no la exhibíais con vanidad. Sentí esa naturalidad que desprenden algunas personas en sus actos cotidianos. Esa humanidad que no todos somos capaces de mantener fuera de la intimidad. Un viaje en metro puede ser momento para la lectura, para la ensoñación, para la sonrisa, para destilar la tristeza en la mirada, para exhibir el aburrimiento, incluso para el morbo y las miradas atrevidas, para algún roce al límite. Pero es difícil que me llegue a conmover escuchando u observando a alguien, sin que medie mi mirada, claro. La gente habla de trabajo, se queja continuamente, busca en el interlocutor asentimiento a su visión de los problemas, busca afianzamientos, seguridades. A veces la gente, en los vagones, habla de cosas por no callar, pero también los delatan las palabras y los tonos. Vosotros no. Hablabais sin ser conscientes del lugar público en el que estabais. Hablabais en inglés, aunque sólo uno de vosotros lo era. Quizá eso os servía de aislamiento, de pared de intimidad. Os miráis a los ojos y no sois conscientes del resto de miradas, de mi mirada curiosa que acentúo más aún porque sé que no la percibís. Y conversáis con un tono de dulzura que me llama la atención, a pesar de la poca importancia del argumento. "¿Qué has hecho hoy?", "¿Cuándo tienes libre el sábado?", "¿quieres que vayamos al cine?..." Os habéis desabrochado los abrigos, compartís el color, compartís algo más, me temo. Al cabo de unos minutos os decidís finalmente a ocupar los dos asientos frente al mío. Desde la cercanía sois aún más guapos. Y vuestra sonrisa os favorece, os favorece la cercanía del otro. Os miro con atención, casi con desafío, pero vosotros no lo sentís, en ese mundo vuestro no existen miradas ajenas. Me caben dudas de la naturaleza de la relación. O, más bien, del momento en el que está. De repente, una mano que roza el pantalón del otro, levemente, como con aparente descuido, pero con una intensidad que se desprende en el gesto, en la microscópica lentitud del segundo en el que piel y pana sobre piel se acarician. Y, sin saber cómo, de repente esas sonrisas, esa intimidad ajena expuesta ante mi sed de voyeur, cobran sentido, se hacen reales. Una mirada me llega, y yo desvío la mía. Pero ya es tarde, el encanto de la intimidad convencida se deshace, y un sentimiento de extrañeza se instala entre vosotros. Os ajustáis la bufanda y miráis fuera, como si algo percibieseis en la oscuridad del túnel. "Creo que el viernes estoy libre para cenar, si te apetece". Pero ya no es lo mismo, la dulzura se desvanece, y el tono de las palabras se confunde con el del vagón, con el del resto de historias mínimas contadas desde el disfraz de la cotidianeidad mecánica. Desde lo aprendido, desde la fórmula. Salís del vagón, es vuestro destino. Os miro con cara de disculpa, culpable de haber roto vuestro momento. Uno de vosotros me sonríe. Y el vagón recupera para mí su humanidad perdida.

22 de febrero de 2006

La finestra di fronte, diframmentata


Dedicado a Massimo Girotti.

Mio caro Simone. Dopo di te, il rosso non é più rosso, l’azzurro del cielo non é più azzurro. Gli Alberi non sono più verdi. Dopo di te devo cercare i colori dentro la nostalgia che ho di noi.
(“Mi querido Simone, después de ti el rojo ya no es rojo, el azul del cielo no es ya azul. Los árboles ya no son verdes. Después de ti debo buscar los colores en la nostalgia que tengo de nosotros” Carta de Davide a Simone, ya muerto)

Ho ancora bisogno di una tua parola, Davide, di un tuo sguardo di un tuo gesto. Ma poi, all’improviso sento i tuoi gesti nei miei, ti riconosco nelle mie parole. Tutti quelli che se ne vanno ti lasciano sempre addoso un po’ di se... E questo il segreto della memoria? Se é così, allora, mi sento più sicura, perche so che non sarò mai sola.

(“Aún necesito una palabra tuya, una mirada tuya, un gesto. Pero después, de repente, siento tus gestos en los míos, te reconozco en mis palabras. Todos los que se van te dejan siempre encima un poco de ellos... ¿Es ese el secreto del recuerdo? Si es así, entonces, me siento más segura, porque sé que no estaré nunca sola” Giovanna, a Davide, ya muerto)



Son las siete, y la ciudad se pliega sobre sí misma. Dos trenes se cruzan en la estación más subterránea que se conoce. Unos suben, otros bajan, nadie se reconoce. Yo subo, mirando las sombras que se proyectan sobre los azulejos de colores chillones. El tren prosigue, se detiene dentro de un túnel, y algún pasajero incluso se preocupa. En ese espacio de tiempo, llego a casa, y subo la persiana, dejo que el último atisbo de claridad entre en la habitación. La vecina riega unas flores en su ventana y al descubrirme corre con rapidez la cortina. Dentro suena esa música con la que me persigo desde hace días. Alguien pasa por la calle y mira hacia arriba. Tú desciendes las escaleras del metro con lentitud, hundiéndote en las luces de los fluorescentes que te indican el camino. Me acerco al dormitorio, siento aún el sexo sobre las sábanas, húmedo, pellizcante, humano, todavía su recuerdo me excita, me produce un cosquilleo entre las piernas. La música continúa, y yo, algo ausente, sintiendo por primera vez el vacío del día, me siento en una silla e intento leer sin conseguirlo, los titulares del periódico. Las letras se alargan y tú, al chirriante sonido del freno de la máquina, sientes un resorte que se quiebra dentro de ti. Te levantas, y sales del vagón. Yo pienso, me hundo en imaginar qué tiene este día para ser tan frío. Y siento calor en una brisa que me alcanza. Una brisa imaginaria, que va a detonar el impulso de atrapar mi abrigo, mi bufanda de líneas de colores, y salir, escaleras abajo, como en un tornado que gira con fuerza titánica . Al llegar al segundo piso agarro con fuerza la esquina del pasamanos, dejo mi olor en ella. Las escaleras mecánicas te alzan en la tarde, en las nubes frías que se rasgan en el horizonte añil. Mi cuerpo, todo abrigo, bufanda que gira en mi cuello, recorre la calle estrecha, y el cartero me mira con sospecha, también la anciana del segundo que vuelve con la compra en mano... No veo el final de la calle, no lo veo. Me siento volar sobre los coches que se aprestan a enfrentarse al último atasco de la tarde. Detrás, apoyado en la esquina, espera tu mirada. Mirada y labios que se cruzan en la tarde, que no dicen nada, que lo dicen todo. Respirar el crepúsculo, soñar, y hundirse de nuevo en la rutina que nos dirige, a un nuevo vagón, a un nuevo titular no descifrado, a un café, a una noche nueva de sexo, al sueño que repara y deshace.
De regreso, he vuelto a ver algunas escenas de la ventana de enfrente, de Ferzan Ozpetek. Giovanna (Giovanna Mezzogiorno) bajando esas escaleras me persigue desde hace meses. Ese arrebato de la vida posible que se le escapa abajo, ese pastel que prepara entre sus manos, y que deja impulsivamente para salir corriendo en un instante, ese resbalar en la esquina, la desesperación, esas zapatillas que dificultan la bajada atropellada, el corazón en un puño, esa mano que deja una leve mancha de harina en la esquina del pasamanos, el aire de fuera que no envuelve finalmente ya a nadie, y esos ojos asustados de Giovanna. Sí, la vida puede llegar y pasar de largo, si no la asimos con fuerza. Pero, para hacerlo, debemos querer hacerlo con fuerza, con decisión. Ella deja pasar a Lorenzo, y Lorenzo la deja pasar a ella. Hay personas que cambian nuestra vida. Otras, que nos hacen reflexionar sobre si queremos lo que tenemos. Acertar o errar, sólo depende, en realidad, del corazón. Me sigue conmoviendo la actuación de Massimo Girotti, en su último papel en el cine. Su recreación del enigmático amnésico Davide, que va desvelando poco a poco su oculto e intenso amor por Simone, se deshace en su mirada de una forma conmovedora, con la sencillez que sólo un grande podía llevar a la pantalla. Su pasión invisible, entregada, nos desarma cuando los fantasmas entran en escena y las miradas certeras del deseo cruzan la pantalla, dejándonos sin aliento, emocionados por su sinceridad.

20 de febrero de 2006

La Scuola degli amanti. Una mirada compartida de Cosí fan tutte

Cosí fan tutte Kv588, ópera bufa en dos actos. Música: W. A. Mozart. Libretto: Lorenzo da Ponte

Introducción.

Invitado: Ferrando, alguien especial, con quien he compartido últimamente mi pasión por esta ópera y a quien pedí que escribiera una pequeña introducción

Ferrando:
Un'aura amorosa del nostro tesoro
un dolce ristoro al cor porgerà.
Al cor che
nutrito da speme,
d'amore,
di un'esca migliore bisogno non ha.
(acto I, Cosí fan tutte)

La sensualidad se vuelve música en cada rincón del Cosí. El juego, el riesgo, incluso el desafío. Cuatro vértices asediados por la astucia de don Alfonso y la picardía de Despina, dignos herederos de la commedia dell’arte, cuyos designios guiñolescos se tuercen imprevisibles al igual que se retuerce e inventa casi todo en Mozart. Así, el aura amorosa que canta Ferrando traspasa el pentagrama y se hace, ante nuestros atónitos oídos, eminentemente carnal. Jubilosamente libre. Una ópera que recoge el tópico literario de las pruebas de amor para subvertirlo sin fisuras. Para transgredirlo desde la ambigüedad. Para alejarse de la moral rígida y vetusta de quienes no son capaces de entender la vida como suma de sentidos, de impulsos, de latidos comunes. En el Cosí laten cuatro corazones que se estremecen al tocarse, al sentirse, al saberse próximos. Y se prometen fidelidades mientras huyen o preparan la huida mientras les asalta el amor en toda su crudeza. Así son todas, reza el título de esta ópera. Así son todos, nos alerta su desenlace. Así somos. Así –si nos atrevemos a beber la vida en su plenitud- deberíamos ser. Piezas que siempre pertenecen a más de un puzzle. Piezas polisémicas que, en el aura adecuada, sienten el corazón latir tan fuerte como la música –sublime, siempre- de Mozart.

Mi visión.

Hoy, aprovechando que El País regala una edición del Cosí fan tutte, quiero hablar de esta ópera, mi favorita de Mozart, y quizás mi favorita de toda la historia de la ópera. Las razones para ello son demasiadas y no quiero entrar a enumerarlas. Hay muchas personales, puesto que el asistir a esta ópera en directo varias veces ha abierto y cerrado ciclos importantes de mi vida. Pero el arrebato viene del origen mismo de la música, del hallazgo de Mozart para crear, a partir de un pretexto absolutamente frívolo y hasta mezquino, una reflexión honda sobre la naturaleza humana, sobre los anhelos y las debilidades, sobre el hecho de enfrentarse con estupor a las emociones del mundo a través de nuestras reacciones ante el hecho sentimental y ante el magnetismo de la carne y de los deseos.
Lorenzo da Ponte, libretista de la ópera, subtitula la obra “la scuola degli amanti”. Y parte de un argumento con un tema muy superficial sobre el papel, en el que los protagonistas juegan a apostar la fidelidad de sus amantes (hermanas entre ellas), haciéndolas creer que se marchan a la guerra y retornando disfrazados en forma de caballeros albaneses que intentarán conquistar cada uno a la doncella del otro en un juego cruzado de seducciones que crea situaciones realmente curiosas. Toda esta farsa es ideada por el “filosofo de la vida” Don Alfonso, que se ve ayudado en su empeño por demostrar la infidelidad innata de la mujer por Despina, la criada de las doncellas. El libreto de Da Ponte tiene el hallazgo de hacer girar la acción dramática en estos personajes secundarios, que traman la historia y la retuercen hasta donde quieren, demostrando a su vez otra apuesta que en realidad está patente sin ser hablada, la del cuestionamiento del poder de la clase superior sobre la clase dominada. La historia se puede observar como un desafío al poder establecido y un grito a favor de la igualdad de clases. Esta critica es muy velada, pero evidente, y el carácter cómico de la obra lo refuerza.
Sin embargo Mozart se centra en otra segunda lectura, yendo a un más allá en esta historia frívola y banal, donde los personajes y sus reacciones, además de las situaciones a las que se enfrentan, no son en absoluto creíbles... Donde las mujeres parecen caer en la seducción ante cualquier simple palabra de amor, donde la pureza y la castidad parecen irrealmente pétreas, pero caen con un soplo leve de ardor, donde el engaño parece un juego sin consecuencias... Mozart, sin embargo, consigue aprovechar esta llamémosla sit-com del siglo XVIII, para hacernos reflexionar. Reflexionar sobre lo que normalmente más nos importa, es decir, los sentimientos. Y lo hace siguiendo el hilo de este cóctel de celos, seducciones, fidelidades e infidelidades, y demás representaciones de la volubilidad e inseguridad del alma humana que es el guión de Da Ponte.... Para ello se remite a un “segundo nivel”, que es el nivel orquestal, el nivel de lo musical en su desnudez. Mozart improvisa un laboratorio donde meticulosamente experiementa sensaciones. Su música aquí fluye ecléctica, desgranando mil sensaciones, una sorpresa continua que sin embargo hila constantemente con un grave de fondo, un grave que deja al descubierto para quien sepa escuchar un impulso que lleva las palabras aparentemente jocosas a un estado reflexivo, melancólico a veces, que deja expuesto en un entrelíneas musical la descarnada alma humana:
El sonido de la cuerda de la orquesta, luminosamente radiante, se vuelve con frecuencia grave y yo diría trisitísimo, tañendo a golpes certeros, una emoción que nos conmueve. Así, por ejemplo, en el final del primer acto, es patente que el acercamiento de las dos doncellas hacia los dos caballeros que fingen morir bajo el efecto de un veneno que han tomado por causa del desamor de ellas, en la comicidad de texto y situación, Mozart penetra en nuestra intimidad con una orquesta que nos transmite, a ritmo de latidos de corazón, ese asalto agudo de un amor que brota volcánico a la vez que iracional y prohibido, pero que quizás Fiordiligi (¿quién no?) no es aún capaz de reconocer.
El abundante uso del viento en la parte orquestal, que deja patente una sutilidad y un enriquecimiento de matices que está más allá de las palabras cantadas. Desde la obertura inicial hasta los tutti vocales, pero con un ejemplo evidente en el rondó del segundo acto, donde Fiordiligi se pide perdón a sí misma por ceder al amor que la invade sin que ella pueda hacer nada por remediarlo, acompañada de esas flautas y, sobre todo, esa trompa bellísima, que subraya la melancolía y la humanidad de sus palabras con un fraseo mozartianamente inolvidable.
El tono incisivamente menor de los recitativos, de un carácter agudo y extrañamente dramático como en ninguna otra obra del músico, que ahonda en una oscuridad que toca más los sentimientos universales que evocan los personajes que el simple argumento que trasciende en la superficie.
Mozart era un genio y en sus manos todo alcanza una dimensión trascendente, que araña un extraño más allá. Escuchando esta ópera desde su tejido musical, impresionantemente perfecto, es imposible que los personajes no queden como meras marionetas de la comedia, más dramática, que dibuja la música y que nos susurra entre líneas, como un hilo conductor, un grave sentir que se despoja de todos estos sentimientos de los que habla la obra (seducción, infidelidad, infidelidad, celos....qué importantes que son en nuestra vida!!) y que no es otro que la amarga realidad humana de la soledad, ese vacío que nos mueve a al amor y al desamor, pero siempre (volviendo al inicio, cerrando el círculo) enredado en nuestra eterna e inevitable inercia a buscar, a seducir, a dejar volar el deseo, a caer en el desengaño.
En fin, más allá de todo ello está siempre el milagro mozartiano, que nuevamente nos deja asombrados. Asombro por una música que se retuerce en la perfección, por una ópera que, a pesar de su carácter casi camerístico, hace brotar una ingeniería de voces y conjuntos que raya en una perfección, que nos deja estupefactos en un lirismo y, a la vez, en un dinamismo, que vuelve a ser de nuevo motivo para celebrar con gozo ese milagro diario de la existencia. Existencia que en compañía de Mozart, por supuesto, se alarga, se alarga en líneas de infinita verdad y belleza.

17 de febrero de 2006

Soave sia il vento

Comienza un nuevo viernes, con las bolsas del hipermercado en la mano, y el móvil que con su vibración me indica la llegada de un mensaje. Un mensaje que anuncia que el fin de semana no tendrá epílogo. En la muchedumbre, deseo estar solo un instante, pero no es posible. Debo imaginar mi soledad, fantasear con ella mientras la gente se agolpa para salir del centro comercial a empujones. Es viernes y la gente acude rápida a sus planes.
En la radio del coche busco música clásica, que amortigüe un poco el desconcierto de coches impacientes por salir raudos a la orden verde de los semáforos, a girar y adelantarse a los más pacientes... La puerta del fin de semana se abre dibujada de verde, brillante y fresca. En los restaurantes los manteles limpios aguardan ya con cierto cosquilleo que los secretos de tertulias sinceras y superficiales se entierren en sus hilos.
En casa, me dispongo a descansar un rato mientras en mi cabeza ordeno con cariño los acontecimientos de la semana. Me sonrío mientras observo mi mano que descuidada acaricia el pantalón vaquero.
No debo esperar llamadas, no tengo que buscar a nadie. Mi viernes ya está planeado, con una de esas fechas que llevan tiempo jugando en la cabeza, transformándose y pasando de curiosidad a impaciencia, de impaciencia a inquietud, de inquietud a tranquilidad. La música también está en sordina, escondida aún en la guitarra que respira aún desnuda en una silla.
Cada uno con sus pequeños hilos de vida se dispone a colmar la ilusión de la semana, o del mes, o del año. Nadie sabe qué puede pasar. Al final he decidido no ir solo, aumentar las posibilidades de que se crucen vidas me parece tentador para la noche del viernes. La noche es aún una incógnita. Luego vendrá el sol de la tarde, las lecturas en el sofá o los paseos por la montaña. La compañía de una sonrisa día y noche. Una espalda donde abrazarse la noche y dos o tres encuentros con amigos que no he visto hace tiempo. En la imaginación quedarán tardes naranjas y juegos confidentes. Miradas y alientos que aún recuerdo con secreto temblor. De repente, mientras giro la llave de casa para cerrar la puerta, un nombre despierta en mi pantalla de móvil. Todo se desmorona en un instante. La fantasía llama con fuerza y yo, bajo las escaleras a impulso de golpes en el pecho.

16 de febrero de 2006

El andén


Has mirado hacia la derecha. Yo hacia la izquierda. En realidad los dos miramos al mismo lado. En realidad ambos miramos a los ojos del otro, de pie, en cada lado del anden, a la espera de que el convoy nos separe y nos lleve a nuestro mar privado. En el fondo, ambos pensamos que dos o tres minutos más de retraso aumentan el placer de mirarnos un poco más, en esa distancia equívoca del espacio de las vías. En la espera, observada, muevo mis pies adelante y atrás, como en una danza lenta. Cruzo mis piernas, imagino que te abrazo con ellas. Y sonrío. Y te delato en el secreto, en el deseo. Un deseo que quiero que lleves contigo a casa, o dondequiera que vayas. Enlazado a tu pensamiento, enredado en él, cruzándote en la melancolía del vagón lleno de almas que retornan al hogar. Diluido en esa mirada que lanzas al chico de gafas alto, que te recuerda a mí. Sugerido, en ese pensamiento fugaz que cruza tu imaginación, mientras imaginas la piel que se adivina debajo de su camiseta. Y te hundes en el túnel mientras yo te envío un beso que se lleva el aire que se desplaza. Y saludo, reverencia a los habitantes del andén en un gesto que sólo despierta indiferencia, alguna sonrisa cómplice, en esas otras personas que siguen a la espera mientras sienten envidia de los que han tenido que esperar menos para subir.
Desde la ventana, la escasa luz del exterior se pasea alargada por tus pupilas, y sientes que el beso (sí, te has dado cuenta) persigue al vagón pero no, no lo alcanza. Porque los besos te llegan con retraso en la aceleración de la tarde, de incumplir tus planes, de torcer el camino bajo el deseo de un encuentro del que esperas confirmación en la pantalla del móvil. Y que al final, llega.
Yo subo a mi vagón, en sentido contrario, y pienso en nuestros pasos ascendentes, en nuestra conversación deshilvanada, que cosemos nosotros de mordiscos y manos veloces. Y en mi tarde quebrada. Inclinada al deseo, a la tentación de un color que de repente me desafía desde la pantalla del móvil. Y acudo a él, porque plegar la ciudad y encontrarte se convierte en un instante en la aventura más apetecible.
Nuestras reflexiones, acaso imaginarias, caminan en sentidos opuestos, en vagones opuestos de una línea que no tiene prisa por llegar a su destino. Y en ese anden, espejo imperfecto de nuestra simetría vital, yo rompo la regla para ofrecerte mi papel de intérprete, de sonrisa, de imán. Y tú, en tu mirada inquieta, me diriges, sientes jugar tu fantasía con el deslizar de mis pies en el suelo.
Somos artífice e impulso: partícipes, sonrientes dueños de manos que se desbordan, de bocas que se buscan, de pasos que se persiguen, de miradas que se delatan, pero juegan a no saberlo.

14 de febrero de 2006

Silencios


No quiero hablar de mi idilio con el piano, salpicado de innumerables infidelidades con otros instrumentos. Al final, siempre vuelvo a él, porque me llena, porque es el que más se acerca a mi forma de expresar, única, pero a la vez con la extraña capacidad de la polifonía.Ayer, en mi silla de abono del Auditorio, contemplando al gran Sokolov, ese divo con aire indiferente en su paseo hasta el instrumento, que se sabe genio y despliega esa sencillez escénica, que uno no sabe si es timidez o arrogancia, quedé de nuevo arrebatado. En este mundo desvirtuado hasta la saciedad y centrado en copiar y reproducirlo todo, es una sorpresa encontrarnos con un intérprete que es capaz de hacer que la obra sea creada en sus manos, que nos suene a recién inventada. Él tiene ese don exacto de la interpretación, transformando la obra e incorporándole su mirada, pero respetando el espíritu del compositor. Y con ello, consigue conmocionar, provocar, exaltar. Y hacerlo, además, desde esa aparente sencillez. Desde cualquiera de las obras del repertorio alemán (y eso en música es hablar del más sublime de los repertorios, del más grande) que abordó. Desde el Bach de la suite francesa número 3, que hizo movimiento universal y sonido de estrellas detenido en la Sarabanda, hasta la pasión desgarrada de la primera sonata de Schumann que quizás desestructuró demasiado en sus pasajes apasionados, pero que ciertamente convenció por la sinceridad de su enfoque, coherente y siempre sutil, perfecto en lo técnico y rotundo en lo espiritual, verdadero fresco de un universo interior que desde la locura enfermiza del músico, nunca deja de asombrarme. En el corazón del concierto estuvo el Beethoven de la sonata Tempestad. Ahí donde Sokolov quiso hacer su refugio, en esa partitura llena de dudas, de preguntas, la mayoría sin responder (ya le llegaría el turno a los románticos para hacerlo), que marca ese cambio en la forma de hacer en piano de Beethoven. Y ahí, con esa apabullante técnica del pedal que tiene, consiguió los silencios más hermosos que yo haya escuchado jamás. Escondidos en la partitura y perfectamente definidos y necesarios. La suavidad de sus pies acariciaba las notas que los provocaban. Esos silencios dieron sentido a mi noche, ¡a tantas noches! En su generosidad, Sokolov siempre nos regala muchas pequeñas piezas fuera de programa, sobre todo del gran Chopin, del que se sabe interprete de referencia en los últimos tiempos. Verdaderos regalos. Y al final, como si a mí sólo me estuviese hablando, en su parsimonia estética, nos regaló, sin razón alguna aparente, esa sonata de Scarlatti que siempre he guardado en mi corazón con las manos de aquel a quien primero amé en mi vida. Sí, claro que dejé de respirar, y casi de vivir... Sokolov es un genio, de la música, de los silencios, de los sentimientos, de las casualidades. Gracias.

13 de febrero de 2006

Mozart y el abismo del mar


Concierto nº 20 para piano y orquesta en Re menor, K466.

Cuando yo era adolescente, vivía en una casa que miraba al sur, a un sur de cielos azul blanquecinos, desvirtuados por el poder del sol. Me gustaba desde allí mirar al final del horizonte, a los tejados del centro, a la magnética giralda que se torcía para mirar de soslayo. Los campanarios, los colores y las antenas.
Desde mi discreta pasión por el entonces obligado vinilo, adquiría con fervor aquellos discos de la sección del círculo de lectores de los que mi madre me dejaba elegir cada mes un ejemplar. La colección tenía un diseño que imitaba el papel de periódico y en ella las obras e interpretes también aparecían según la disposición de un diario. Eran versiones que era capaz de identificar como diferentes a las que lucían los discos (ya en aquella época comenzaban los flamantes compactos a exhibirse en las estanterías) de la Deutsche Grammophone, con fotos seductoras y artistas que siempre parecían tener un punto de glamour. No adivinaba yo que aquellos, en el fondo extraídos de los fondos de RCA, correspondían a grabaciones de esa época histórica en la que las orquestas americanas se vieron tocadas por el halo mágico de los músicos que huyeron de la Guerra Mundial y se terminaron exiliando después en los Estados Unidos, y que constituían una gran élite de la música en la Europa de antes del 40. Así, orquestas aparentemente poco sofisticadas como la de Dallas, Detroit, Pittisburgh, Marlboro o Columbia se vieron convertidas en orquestas de primer rango, competidoras de las grandes americanas y europeas. Fue un sueño que el dinero americano contribuyó a hacer de américa una continuación en general del mundo intelectual europeo de la primera mitad del siglo XX.
Aquel mes no había nada que me interesase, y decidí, a pesar de todo, pedir un disco con los conciertos para piano de Mozart, que cuando llegaron a casa, admito que pasaron una temporadita en la estantería, sin abrir. En aquel momento yo no sabía deducir que nombres como George Szell y Rudolf Serkin, eran nombres mucho más grandes de lo que imaginaba. Ellos miraban con pose antigua e hierática desde la cubierta, fundidos en el diseño austero que les habían elegido. Y yo los tuve olvidados en aquella estantería durante meses. Mozart era aún para mí ese músico bromista de la pequeña serenata nocturna, lejos de las melancolías románticas de veinteañero que me invadían en aquellos años y que más se acercaban a lo que me podía proponer Brahms o Schumann.
Una mañana de domingo, sin embargo, me quedé solo en casa. Era una mañana de invierno, llena de luz, casi irreal, que redondeaba la perfección estética de sentirme solo en un espacio, de disfrutar de que mis pensamientos se expandiesen por toda la casa. Y caí sobre ese disco, amarillo y negro. Lo abrí y decidí que tenía que darle una oportunidad. Era la versión del concierto número 20 de Mozart por Rudolf Serkin y la orquesta de Columbia dirigida por el (ahora lo sé) gran George Szell.
Desde que las primeras notas, confusas, de la cuerda comenzaron a sonar, algo profundo se conmovía dentro de mí. Porque aquella no era la música del clasicismo que yo esperaba. Era una música sutilmente profunda, que entraba dentro de mí. Y mi casa con ella se convirtió de repente en playa infinita, y el cielo en mar que me lamía los pies, en espuma que llegaba y partía, y Serkin que acariciaba ese desconcierto imposible que sentía yo con la vida. Nunca antes ni nunca después he sentido que una música pudiera representar, en su absoluta falta de vinculación con la palabra o las ideas, de forma tan nítida, lo que yo soy, cómo yo siento. El mar, continuamente cerca, significando el borde de ese abismo que es a la vez deseado y temido, pero que en los días de calma amansa infinitamente, seda los sentidos, los envuelve, y te deja deambular por su orilla hasta el infinito. Con el Romance que le sucede, descubrí que cada vez que el mundo me aturdiese, podía volver a él, porque me sosegaría, como aún sigue haciéndolo, en mis ratos de incomprensión con el mundo. Con el rondó final, sentí lo que probablemente habría sentido alguien de la época escuchando esa furia, más propia de un Beethoven (no en vano era su concierto mozartiano favorito) que se desataba y que concentraba y proyectaba hacia fuera toda esa tempestad, toda esa lava dormida que siempre he guardado dentro de mí. Imagino a alguien del siglo XVIII acostumbrado a las artes de un Haydn o de un Boccherini, verse totalmente atrapado por la furia de este movimiento, de esos violines y ese viento que desde una renovada forma de describir, hurga en nuestros rincones y nos desata desde los instintos más recónditos. ¡Dios!, me dije, y no podía creer lo que sucedía. La música salía por ventanas, por puertas, y yo quería gritar, quedar exhausto de probar esa belleza intensa y sensual, era mi primera iniciación, mi primer escarceo con el lado carnal de la música. Brahms me dejaba esa ansia profunda de belleza que me hundía en la melancolía. Pero Mozart no, me proyectaba, me realizaba, me lanzaba al mar y a las estrellas, sin melancolía, con intensidad. Era la vida que me atravesaba, que me invitaba a vivir cuando yo aún no sabía que me estaba esperando en la siguiente esquina.
Aquel disco desapareció hace muchos años, olvidado por no ser compacto y sustituido por las más modernas versiones de Serkin de los conciertos mozartianos, con Claudio Abbado en los ochenta... Pero tengo que confesar que no es lo mismo, Aquel Serkin anciano sacaba de sus manos un Mozart dulce y cristalino, perfecto, pero se había olvidado de aquellas oscuridades de juventud. Así, esta mañana, cuando he ido a por el País, recordando que el concierto 20 de piano era uno de los que ofrecía en su colección de Mozart, he recordado violentamente aquel sonido de Serkin en juventud, y he debido pasar de largo. Amazon me asegura que en pocos días tendré en casa la versión histórica de juventud, con esa orquesta de Columbia que ya nadie sabe qué es de ella...