14 de febrero de 2006

Silencios


No quiero hablar de mi idilio con el piano, salpicado de innumerables infidelidades con otros instrumentos. Al final, siempre vuelvo a él, porque me llena, porque es el que más se acerca a mi forma de expresar, única, pero a la vez con la extraña capacidad de la polifonía.Ayer, en mi silla de abono del Auditorio, contemplando al gran Sokolov, ese divo con aire indiferente en su paseo hasta el instrumento, que se sabe genio y despliega esa sencillez escénica, que uno no sabe si es timidez o arrogancia, quedé de nuevo arrebatado. En este mundo desvirtuado hasta la saciedad y centrado en copiar y reproducirlo todo, es una sorpresa encontrarnos con un intérprete que es capaz de hacer que la obra sea creada en sus manos, que nos suene a recién inventada. Él tiene ese don exacto de la interpretación, transformando la obra e incorporándole su mirada, pero respetando el espíritu del compositor. Y con ello, consigue conmocionar, provocar, exaltar. Y hacerlo, además, desde esa aparente sencillez. Desde cualquiera de las obras del repertorio alemán (y eso en música es hablar del más sublime de los repertorios, del más grande) que abordó. Desde el Bach de la suite francesa número 3, que hizo movimiento universal y sonido de estrellas detenido en la Sarabanda, hasta la pasión desgarrada de la primera sonata de Schumann que quizás desestructuró demasiado en sus pasajes apasionados, pero que ciertamente convenció por la sinceridad de su enfoque, coherente y siempre sutil, perfecto en lo técnico y rotundo en lo espiritual, verdadero fresco de un universo interior que desde la locura enfermiza del músico, nunca deja de asombrarme. En el corazón del concierto estuvo el Beethoven de la sonata Tempestad. Ahí donde Sokolov quiso hacer su refugio, en esa partitura llena de dudas, de preguntas, la mayoría sin responder (ya le llegaría el turno a los románticos para hacerlo), que marca ese cambio en la forma de hacer en piano de Beethoven. Y ahí, con esa apabullante técnica del pedal que tiene, consiguió los silencios más hermosos que yo haya escuchado jamás. Escondidos en la partitura y perfectamente definidos y necesarios. La suavidad de sus pies acariciaba las notas que los provocaban. Esos silencios dieron sentido a mi noche, ¡a tantas noches! En su generosidad, Sokolov siempre nos regala muchas pequeñas piezas fuera de programa, sobre todo del gran Chopin, del que se sabe interprete de referencia en los últimos tiempos. Verdaderos regalos. Y al final, como si a mí sólo me estuviese hablando, en su parsimonia estética, nos regaló, sin razón alguna aparente, esa sonata de Scarlatti que siempre he guardado en mi corazón con las manos de aquel a quien primero amé en mi vida. Sí, claro que dejé de respirar, y casi de vivir... Sokolov es un genio, de la música, de los silencios, de los sentimientos, de las casualidades. Gracias.

2 comentarios:

inquilino dijo...

Hablando de silencios... qué soledad hay por aquí últimamente. Penita penita :-(

Vulcano Lover dijo...

Sí...
Sinf sinf sinf
Esto ya no es lo que era...
Te espero con impaciencia.