5 de febrero de 2006

De Omnes


W.A.Mozart. Misa en do menor Kv417a. "Gran misa"

Hoy he salido a pasear solo. Lo necesitaba. A veces necesito salir de mi vida y entrar las otras, no porque mi vida no me parezca adecuada o porque la sienta aburrida, nada más lejos de la realidad. Pero, a veces siento en mi piel la llamada del universo, que me recuerda la infinitud de la existencia, a pesar de su limitación temporal. Y siento que cada calle, cada rincón, cada café, está lleno de vida de la que, de repente, puedo también yo formar parte. He paseado por el sol y la belleza dominical, y por la sombra de las calles alargadas, por las descarnadas y empinadas aceras del desengaño de la ciudad. He ido cruzándome historias, miradas, suspiros, retazos de conversaciones, alguna música, y muchas ilusiones dibujadas en rostros. He observado, he intentado sonreír, he intentado sumarme a alguna de las estelas que dejaban a mi paso, pero no he podido. A veces, la vida sólo ocurre más allá de ti. Y me he limitado a observar. He ojeado el periódico, reparando en el compacto de mañana... La gran misa de mozart... He imaginado la primera vez que en silencio, aquella amiga me descubrió el secreto de ese “et incarnatus est” que cantaba una impecable Barbara Hendricks. Mozart siempre tuvo una especial sensibilidad para describir ese momento de la misa en la que el texto recoge la encarnación de Jesucristo en su madre. Era la primera pista que me llegaba para intentar descifrar ese lado religioso de un Mozart que en aquel momento, sólo comenzaba a conocer de cerca. La iglesia, en el siglo XVIII no era, efectivamente, una institución que pudiera uno evitar así como así, no sólo por su poder espiritual y moral sobre los hombres, sino también por su poder económico que para un músico caprichoso y despilfarrador como era nuestro Wolfgang debía ser una razón decisiva a la hora de ponerse a componer misas o motetes. Sí, porque al chico, mucha espiritualidad no se le veía a la hora de musicalizar el evangelio. No llegó a la rebeldía de mi querido Schubert, sutilmente eliminando las frases que no le convencían de los textos. Pero Mozart, hacía suyas las palabras de la misa y las reinterpretaba con la ayuda de la música convirtiéndolas en verdadera expresión del grito profundo del hombre que era. Grito de incomprensión, grito de placer y de júbilo, de ternura, de melancolía, de vida. La misa quedó, desafortunadamente, incompleta (para mí que no le llegaba a motivar el tema y en mitad de la composición se le hizo aburrido terminar una misa que se adivinaba de dimensiones más grandes de lo esperado). Aún así, el resultado de lo que dejó, es de un espíritu poco “escolástico”, pero encuentro que más allá de todo, es un vehículo por el que conocer un poco la relación que Mozart debía tener con la religión, y con la espiritualidad. La misa, en su línea melódica y en su teatralidad y dramatismo nos ofrece un fresco arrebatador del hombre como ser que es incapaz de entenderse y de entender el mundo al que se enfrenta con todas sus virtudes y todos sus defectos. Cuando empecé a conocer esta obra, siempre sentí que en el fondo estaba, más allá del texto, ante una verdadera ópera en la que la humanidad se expresaba con infinita claridad y belleza. Desde el profundo kyrie inicial que nos deja estupefactos ante la (físicamente al límite) melodía de la soprano que nos lleva del cielo a las oscuridades en unos segundos, los coros se van alternando con escenas de dúos, tríos, cuartetos, en una creciente simbiosis operística que casi recuerda al “crescendo” vocal del segundo acto de Las Bodas de Fígaro. El resultado es sinceramente irregular a ojos de “lo que debería ser una misa”, pero es innegable el efecto embriagador de esas voces que nos llevan del júbilo de la existencia en el Gloria, a la arrebatadora musicalidad festiva del Laudamus te, para hundirnos acto seguido en la irremediable tristeza de ese breve Gratias que en un minuto consigue un efecto dramático insospechado. Mozart lo enlaza, desafiante, con un dueto, el Domine, de elegancia y morbosidad desbordadas, en un juego de 2 sopranos que nos lanza a la belleza en estado puro, a la contemplación como camino del éxtasis. Pero la inexorable condición humana nos arrastra a ese Qui tollis peccata mundi, que nos sumerge en la profundidad de tristeza desgarrada que sin embargo, se descubre con grietas bellísimas de esperanza. Para recuperarnos de esa sima de triste intensidad Mozart nos regala a continuación una de las páginas “operísticas” más bellas que salieron de su mano: Quoniam tu solus sanctus, maravillosa pieza en la que los cuatro solistas se apasionan en un crescendo musical de vitalidad y bellezas embriagadoras en su humanidad y en un frenetismo que nos arroba y nos arroja al pecado musical. El pequeño intermedio del Jesu Christe, nos enlaza al Cum Sancto spiritu, que nos acelera lentamente en un casi canon desbordado de vitalidad y júbilo. Ese camino nos abre la puerta de un Credo que nos va a dejar sorprendidos, en su exultante grito de principios, que Mozart, a pesar de optar por el coro para representarlo, lo vuelve a dotar de un engranaje absolutamente operístico que nos empuja a una melancolía que fusiona tristeza y alegría en una atmósfera no carente de ambigüedad. Pero la gran sorpresa del Credo la tenemos una vez que el coro deja la palabra a la soprano, que recita el et incarnatus est en una verdadera aria operística llena de inmensa ternura, en la que quizás sea la más excelsa representación de la maternidad del arte occidental. La soprano juega con todos los instrumentos de viento a ser uno más. De nuevo Mozart, osado, se arriesga en una fusión imposible con el estilo concertante, creando un verdadero “concierto” para voz humana. Como siempre, con un resultado que está más allá de la lógica. Maternidad y fusión con la naturaleza, en una melodía en la que Mozart deja salir toda su humanidad, su infinita humanidad. Y la destila a través de ese genio compositor e inventivo. En fin, que esta obra, bien merece una misa, je je je.
Una pena que Mozart, a pesar de todo, abandonara el proyecto, que continúa con un contenido Sanctus, que sin embargo nos abre las puertas de un cielo que, precedido del Hosanna, verdadero, esta vez sí, canon, nos enmarca el BENEDICTUS final, fragmento verdaderamente impecable de genialidad que resume toda la inconmensurable humanística de la obra en un delicado y aéreo juego operístico (de nuevo) e imposible de los solistas que verdaderamente juegan en una página de melancolía casi romántica que nos salva la vida a toda la humanidad con su cristalina musicalidad. Una página que nos anuncia ya lo que va a ser el Réquiem inigualable del Tuba Mirum o del Recordare
En cada mirada un sentimiento, un grito de existencia, una inútil llamada a la irrevocable brevedad de la vida. Mientras lo he vuelto a escuchar esta mañana, arropado de esta ciudad que me acompaña también en su humanidad dulce de domingo, he comenzado el primer capítulo del “Microcosmi” de Claudio Magris, que a su manera, retratando al inicio el complejo universo (verdadero microcosmos humano) del café San Marco de Trieste, retrata también, irremediablmente a toda la humanidad. Me he sentido furiosamente feliz de formar parte de este experimento de la existencia, desde la intimidad de mi voz que se enlaza a la de los otros, de ti que estás preocupado, de ti que estás triste, de ti que me amas sin que yo pueda amarte, de él al que amo sin saberlo yo aún, de ellos que están dejando de amarse, de ella, que siente celos, y de ella, que se siente cansada, de él que lee sin saberlo su futuro, de ellos que crean y de ellas que se ilusionan, de nosotros que jugamos, de él que cierra los ojos para no ver lo que no quiere ver, de ellos que tienen tanto amor que no saben cómo beberlo, de ella que se siente, en esta mañana de domingo, sola, y va a pasear al parque, donde se mezclan los colores de los abrigos de solitarios, vividores y enamorados. Y el sol se acuesta lentamente, y deja que las sombras se hagan crujientes, y las acaricie el viento de la tarde, y de nuevo llegue a su fin un día más de la humanidad, un día más de aliento universal, tal y como nos lo cuenta Mozart.

10 comentarios:

Neverland dijo...

Prosa con ritmo versal como compañía perfecta de la música mozartiana. De nuevo, en mi discman, rompiendo el prosaísmo de las máquinas de fichar en -aquí, sí- Torrelaguna...

Vulcano Lover dijo...

Te iba a reocmendar que no te lo perdieras. LA verdad qu eyo no iba a comprarlo, ya que tengo varias versiones de cada una de las obras, pero al final Mozart ha podido. En fin, es una versión cristalina y muy sentida, de ese Maag dulce de sus últimos años, que yo vi varias veces dirigir la sinfónica de Sevilla en mi época de universitario. COmplementa a mis dos favoritas, la de Ferenc fricsay con la orquesta de la radio del sector americano de Berlin, sublimemente mozartiana en sus tempo y en su ternura, en sus silencios, en sus finales alargados... Y la arrebatadora y extrapasional de Bernstein con la orquesta de la radio de Baviera (mi orquesta favorita, todo hay que decirlo). En fin, además el registro es en directo, en la sala ollini de Padova, tan cerca de esos (también arrebatadores( frescos de Giotto que seguro tienen su influencia en la inspiración.

Vulcano Lover dijo...

En fin, la escucho en mi pc, en secreto y la verdad que me he repetido el Benedictus ya 3 veces. Me siento como un Salieri envidioso que no puede resistir volverla a escuchar, pero que al mismo tiempo quiere parar porque no soporta tanta belleza... Neverland (te lo digo a ti porque veo que me sigues en esta saga mozartiana), ¿¿te das cuenta de la grandeza inmensa de esta obra???

Vulcano Lover dijo...

ya por último (eso creo), no pasar por alto la intervención (divina) de Victoria de los Ángeles en el Exultate, que desarma en su perfección. Dios mío, qué voz, eso no es de este planeta!!!

Neverland dijo...

Victoria de los Ángeles canta, en efecto, como una ídem... No sé qué es más apasionado: si la música o tu relato... Hablaré con mis compañeros de El País. Creo que se han perdido a un antólogo estupendo para sus CD's ;-)
P.S. Que conste que estoy estudiando a marchas forzadas para ponerme a tono en este blog... Vas a tener que hacer una versión para torpes (comme moi)

Vulcano Lover dijo...

A ver, mi relato es apasionado porque yo lo soy, en todo lo que hago y me importa (las dos cosas a la vez, claro). Te recuerdo que mi nombre es vulcano ;-) La pasión, sin embargo, nunca fue una de las características sobresalientes de Victoria. Sí su voz hermosa, y una técnica apabullante que manejaba con elegancia e introspección psicológica de lo que cantaba. Victoria es más la grandeza de la lucidez, de la madurez. Es un poco esa sensación de que cuando canta te da la impresión de que interpretar así es bastante fácil. Sí, nos parece sencillo, pero detrás hay una labor concienzuda e inspirada. Pocas lo consiguen. Además, esa ternura al cantar, esa humanidad... en fin, supongo que conoces su Mimí.
Por otro lado, ya te he dicho que yo no soy experto, y mis opiniones están plagadas de subjetividad a raudales. Simplemente vivo la música y ésta me comunica o no. Nunca estudié nada. La capacidad de sentir no se estudia, creo. No hay versiones para torpes. Yo te enseñaría alguna cosa, pero sé que tienes buenos maestros.
Lo indefinible de Mozart, en relación a la facilidad que para mí resulta entender e interpretar su música desde el sentimiento, es que crea unas composiciones que no sólo son hechas para la contemplación, sino que te permiten, de alguna forma "vivir en ellas, habitarlas" Es una sensación extraña, pero escuchas sus obras y entras en ellas de alguna forma: puedes ser la condesa, ser susana, hablar con ellos, sentir que tú también cantas con ellos. Esa implicación del que oye, que consigue (en mi opinión, pero es sólo una tesis) a través del tejido musical que nos engancha en una combinación de ritmos y contínuos que fluyen por debajo de la melodía, hace que sus óperas sean diferentes, que cobren vida propia, y que se vayan evolucionando en nuestra forma de entenderlas, permitiendo así poder hablar de ellas casi sin fin.
(joder, qué rollo,¿has conseguido llegar al final?)

Neverland dijo...

Sí... He llegado al final... ;-)
Totalmente de acuerdo en esa vida que crea Mozart en su música. A mí fue su Clemenza la que me volcó, definitivamente, en la pasión -torpe pero in crescendo- hacia la música. Hasta entonces sólo había curioseado con ella, pero aquel día, en aquella función, me sentí tan cercano a Tito, a Vitelia, a Sexto... que comencé a devorar músicas de Mozart y de quienes -entonces aún no lo preveía- acabaría amando.

Vulcano Lover dijo...

Ya ves, conmigo el idomeneo aún no hizo efecto. Ni siquiera he llegado a comprarlo nunca, siempre lo eschuché por ahí o me lo dejaron, o... Qué sé yo. De alguna forma, el saber que la vida de Mozart no dió más obras de sí, debido a su temprana muerte (se habla de obras de madurez de Mozart, cuando sólo vivió poco más de 30 años) creo que me hace tener miedo de descubrir a fondo todo lo que me queda de él así de golpe, para poder tener un futuro de apasionados "descubrimientos".
En fin, como siempre que quieres, pasas por alto los más interesantes rincones

inquilino dijo...

Absolutamente im-pre-sio-nan-te. Vulcano, querido amigo, sigue enseñándonos, por favor.

Vulcano Lover dijo...

Gracias por los ánimos. Lo intentaré...