(Enlace a la primera parte)Comencé a subir pisos sin pensar en que no sabía dónde me dirigía. La catarata contenida de mi excitación acababa de romperse y descendía caudalosa por mi garganta, casi enmudeciéndome. Al llegar al tercer piso, a oscuras, vislumbré algo de luz detrás de una de las puertas del descansillo que estaba entreabierta. No lo pensé más, tenía que ser aquella. La empujé suavemente y entré. Me temblaban un poco las piernas.
Salvo la entrada, el resto de la casa parecía estar también en penumbra. Una penumbra a la que mis ojos se habían ido acostumbrando mientras subía. El silencio, de repente, se vio interrumpido por el sonido de una grabación de música de piano, casi sorda, que parecía provenir de una de las habitaciones del pasillo. La única luz con la que contaba era la que provenía del interior de lo que parecía ser el baño, situado al fondo de la casa, y cuya puerta estaba entreabierta. Caminé a paso lento guiándome por ella hasta llegar a la habitación de la que provenía aquella música. La luz era casi inexistente allí, pero al instante descubrí cómo se detenía suavemente sobre su piel, la piel deslumbrante de su cuerpo desnudo que me esperaba en el interior. En cuanto entré me envolvió un olor dulzón y cálido, casi familiar. Me acerqué a él, con la respiración entrecortada por una emoción que ya no sabía bien de dónde procedía o cómo se conjugaba. Su respiración, también agitada, se escuchaba por encima del piano. Extendí mi mano y toqué su cadera lentamente, como si acariciase una tela de material delicado para comprobar su calidad. Su carne era tibia y apetitosa. Y tan suave, que deslizarse sobre ella era como nadar sobre aceite. Él también extendió uno de sus brazos, tomándome de la cintura. Deslizó sus dedos por debajo de mi camiseta, y acarició el abdomen con suavidad, erizando mi piel a su paso. El corazón se me aceleraba y yo lo sentía martillear en mi garganta y en mis sienes con insistencia. Todas las imágenes de mi deseo descendieron sobre mí en aquel instante, y se mezclaron con la oscura fantasía que me provocaba aquella situación en la penumbra. Las ideas se bloquearon de inmediato en mi cabeza, incapaz de poder dar un sentido a todo aquello. Fue entonces cuando un inesperado descontrol se apoderó de mí y me lanzó a recorrer toda su piel con la mía. Y con mis dedos, y mis brazos, y mis labios, y mi lengua hambrienta. Fue su olor que me llegó como una flecha, y el sabor de su boca, que era como si siempre lo hubiese tenido ahí, incrustado entre el deseo y el placer.
Sucedió rápido. La fuerza de sus manos desnudándome con fruición, su lengua veloz probando mi pecho y mi espalda, los miembros enredados en una maraña que, sin embargo, se movía con una extraña perfección. Fueron momentos de levitación, como si los dos cuerpos flotasen en el aire, como si cada posición que adoptaran desafiase la gravedad a través de un equilibrio casi irreal. Me sentí rodeado de caricias que se acompasaban a la perfección con nuestra respiración y nuestros latidos. Mi pensamiento había dejado de funcionar y se entregaba al placer de la sentir y de desear sin concesión alguna a la reflexión. Fui poco a poco acercando mi sexo a su espalda, como en una danza ritual, y terminé penetrándole a ritmo muy lento, recorriéndole como si fuese parte de mi propio cuerpo, consciente sólo del placer intenso de cada milímetro recorrido, aumentando la velocidad tan poco a poco que no fui consciente de llegar a la extenuación total cuando por fin llegó el orgasmo compartido. En mi grito quebrado y convulso se escapaban muchas más cosas de las que creía. Me quedé abrazado a él, inmóvil sobre las sábanas, sumido en una respiración que se fue deteniendo. Mi lengua, también detenida, en su boca, como si siempre hubiese estado así, junto a él, sumido en un placentero bienestar que hubiese querido que durara para siempre. Estuvimos así un largo tiempo, hasta que de repente, algo me hizo reaccionar. Me incorporé de un brinco. Él encendió la luz y, súbitamente, sus ojos aparecieron por primera vez sobre mí. Me miraba fijamente, sin ningún pudor. No sabía qué decir.
- Me gustas mucho- dijo él.
Yo no sabía qué responder.
-Tú también a mí- solté torpemente. Lo cierto es que me sentía algo avergonzado.
En su mirada había algo de superioridad, de seguridad, que me hacía sentir incómodo, fuera de lugar. Al mismo tiempo, eso le hacía aún más deseable. Su atractivo me poseía y me provocaba de nuevo una erección contundente.
-Tengo algo de prisa. ¿me dejas darme una ducha? -
No sé por qué, pero necesitaba salir de allí. De pronto, lo complejo de la situación que estaba viviendo se apoderaba de mí y me generaba confusión.
-Claro, como quieras. ¿Seguro que no quieres quedarte un rato? Y charlamos... Como ha sido todo tan rápido...-
- Me encantaría, pero de verdad que tengo prisa - Nada deseaba más que volver a enredarme con él sobre la cama, aún templada por nuestro sexo. Pero comenzaba a racionalizar el momento y sabía que no sería capaz de disfrutar.
-Como prefieras. El baño está a la izquierda, al final del pasillo-
Me entregué al agua fría de la ducha como una forma de purificación, como intentando sacar con ella cualquier pensamiento de mi cabeza. A veces es difícil dejarse llevar por los sentidos ilimitadamente. Me gustaría tener un interruptor al que acudir en estos momentos. Desconectarlo y dejarme sentir, sin posibilidad de reflexionar. Pero no.
Me sequé rápidamente, con nerviosismo, y mientras terminaba de vestirme me fijé en su ropa, tirada en el suelo del baño. Del bolsillo de su pantalón sobresalía la esquina de lo que parecía ser una cartera de piel negra. No sé por qué razón me llamó aquello la atención. Me acerqué y la toqué con las manos. En ese instante, sus pasos se acercaron y el pomo de la puerta se movió. No sé qué me llevó a ello, pero no pude evitar tomarla en mi mano y guardármela. No lo entiendo, no soy ni fetichista ni cleptómano, pero un impulso incontrolable me llevó a tomar aquel objeto.
- ¿ya te has vestido? Vaya, qué prisa, ¿no? Pensaba que te quedarías al menos a tomar un café. O una copa si prefieres. No sé ni cómo te llamas- dijo con suspicacia
- Sí, bueno... es que... de verdad que tengo prisa- Lo cierto es que en aquel momento quería salir de allí como fuera. No podía soportar aquella situación un minuto más.
- Vale,
no problem, si quieres, te dejo mi teléfono -
- Sí, claro... Perdona, me llamo Santi- Sonreí, como queriendo calmarme.
- Yo soy Iván- dijo devolviéndome la sonrisa -no te preocupes, te entiendo. Te escribo mi teléfono aquí y si te apetece me llamas para quedar con más calma-
-Gracias, seguro que sí-
Pero en realidad no estaba muy seguro de lo que decía. Me sentía extraño en aquel instante. No quise alargar la situación, y me ajusté la chaqueta para salir, sin entretenerme más. Él se acercó y me besó suavemente en los labios.
- Me ha gustado mucho... Espero que me llames -
-Sí, nos vemos pronto otra vez. Y nos contamos más cosas. A mí también me ha gustado mucho. Se notaba, ¿no?-
Me sentía algo más tranquilo, pero necesitaba salir. Lo hice cerrando despacio la puerta y bajé las escaleras con rapidez. Al salir a la calle, ya a oscuras, el aire fresco en la cara me devolvió a la realidad. Decidí caminar hasta casa. No estaba tan lejos. No había mucha gente por la calle y podía escuchar mis pasos tranquilos sobre la acera.
De repente recordé la cartera que me había llevado, sin saber muy bien por qué. Hundí la mano en mi bolsillo y la acaricié. La saqué. Era de tamaño mediano y no estaba muy abultada. Me sentía un ladrón. No sabía bien qué hacer. Aquel hecho añadía aún más extrañeza a todo lo que había sucedido. ¿Por qué había tomado aquella cartera así?
No podía encontrar una respuesta. La sensación, ya conocida, de que algo se había roto y era irrecuperable comenzaba a apoderarse de mí
-Debería llamarlo ahora mismo y decirle que la he tomado por error, que estaba en el suelo y la confundí con la mía, que es muy parecida. Sí, eso haré, claro. Así no pasará nada-
Inconscientemente la abrí, y la acerqué para olerla. Olía a él, al olor que había poseído tan solo hacía un rato. Casi no tenía nada, Un par de billetes, dos tarjetas, el DNI, y algunos papelitos que sobresalían de uno de los compartimentos laterales. Tiré de ellos hacia fuera y, entre varios comprobantes de compra, se deslizó. Era pequeña, pero rotundamente nítida. Una foto, del verano pasado, en Grecia. En ella estábamos Jorge y yo, abrazados y sonrientes, posando frente a los acantilados del cráter de Santorini. Me detuve en seco. No sabía qué pensar. De repente, más que nunca, era consciente de que algo imposible de deshacer acababa de suceder.
En aquel instante, sin que yo pudiera saberlo, Iván tomaba su teléfono para marcar un número. Era el número de Jorge, que respondía en seguida.
- ¿Qué pasa, Iván? Ya sabes que no me gusta que me llames tan tarde, que va a llegar en seguida. En realidad ya debería estar aquí... ¿qué quieres?-
-Jorge... Ha ocurrido... Esta tarde... Con él-
Pero Jorge no consiguió articular ninguna palabra. Tan sólo exhaló un suspiro, casi imperceptible. Y colgó
Ni Jorge ni yo supimos con seguridad qué era, pero sí, algo se había roto. El fino telón que envolvía el deseo que nos unía a los tres, sin ni siquiera saberlo, se acababa de levantar.
FIN